De todos los síntomas que he percibido últimamente en Iquitos, el más intenso y evidente es el miedo.
Miedo a salir a la calle.
Miedo de dejar la moto estacionada sin cadenas o alarmas ultra sensibles
Miedo de dejar la casa vacía.
Miedo de salir de noche, de caminar por lugares solitarios, de sacar el carro más bacán.
Miedo de usar cosas caras, de invitar a extraños a tomar agua en la sala.
No hay nadie de Iquitos que conozca que no haya sido víctima o tenga un familiar o un pariente que haya sido víctima de un robo, hurto, agresión, atraco en los últimos tiempos.
Lo más difícil de asumir es que en algunos caso a cada uno de nosotros han intentado afectarnos.
A mí me han robado al paso en motocarro una gorra a un par de cuadras de mi casa. Intentaron, cuando andaba con mis amigos Kenny e Irina, robarme en grupo en la esquina de mi casa. Han robado algunas puertas de fierro en el frontis de mi casa. Les han robado a mis tíos a cada rato en su patio delantero. He presenciado cómo algunos buenos amigos pierden su moto, son desvalijadas sus habitaciones, son extraídos sus motocarros, son arranchados sus celulares o sus bolsos. He tenido que contener mi incredulidad al saber que también se roban perros y mascotas. He visto cómo se intenta sacar dinero de mi cuenta bancaria. He tenido que rumiar mi asombro cuando le birlaron el vehículo a mi ex secretaria a media cuadra de una comisaría importante y nadie dijo nada, nadie vio nada, nadie sabía nada.
He leído en los medios de comunicación cómo operan las bandas juveniles, cómo se enfrascan en batallas campales en las calles del centro de la ciudad. A la gente le bolsiquean en la cola en el estadio. Hay asesinatos y los delincuentes roban con armas de fuego. Empiezan a existir las llamadas amenazadoras. Al hijo del alcalde de Maynas le roban a una céntrica arteria. A una vecina le atracan en la esquina inmediata al nuevo edificio del Serenazgo. Hay persecuciones de transeúntes y motociclistas sobre todo en las zonas más alejadas de los distritos urbanos.
Todo esto en menos de un año.
Ahora, la sensación de impotencia ha sobrevenido en pánico luego del secuestro de Herman Pezo, hombre fuerte de los negocios y conocido por sus vinculaciones con las altas esferas políticas de la región (y, de paso, padre de una muy querida amiga, a quien desde estas líneas le envío mi solidaridad, a ella y su familia).
He percibido cómo los empresarios y los comerciales exitosos de Iquitos han montado en histeria.
Sé que esta semana han crecido notablemente las demandas por cámaras de vigilancia, seguridad vecinal y protección personal.
Los murmullos son totales en todas las esferas, desde supuestos paraderos, supuestos victimarios, supuestos plagiarios se han multiplicado por mil en estos días.
El consenso unánime es: si eso le ha pasado a alguien como Herman Pezo ¿por qué no podría pasarme a mí?
Miedo, en suma. Y paranoia.
De todos los comentarios que he leído sobre la creciente ola delincuencial que nos azota intensamente, resalto el pertinente y atinado editorial de este diario publicado el lunes. Extraigo de él algunas reflexiones:
“El secuestro del empresario Herman Pezo Rentería revela lastimosamente que Iquitos ha cedido a las bandas armadas y profesionales de la delincuencia que obviamente requiere un aparato del estado con las mismas características pero para el bien de la seguridad ciudadana, un órgano que pase por lo más profesional de la Policía Nacional, porque ya no es extraño desde hace meses – sino años – que cuando ocurre un suceso de esta naturaleza, tienen que ser efectivos policiales de Lima que lleguen a investigar y dar co los posibles culpables”
“Ya no se trata de asaltantes de gallinas o de excesos del alcohol para la actuación de un Serenazgo local, ahora el secuestro con ribetes del sicariato ha tocado las puertas de una ex tranquila ciudad que ya no sabe si empezar a cerrar las puertas y pensar que lo peor de la delincuencia nos está derrotando”
¿Qué hacemos? No se trata simplemente de decir que aquí hay responsabilidades de otros. Porque, sí, es cierto, las autoridades respectivas quizás no han trabajando un plan de seguridad mínimo y básico para afrontar este tsunami de malas noticias (como usualmente tampoco planifican en casi nada) y es cierto que la Policía Nacional ha dejado de lado su labor de proteger a la ciudadanía y muchas veces, por indolencia o ineficiencia, ha dejada desguarnecida a la ciudad. También es cierto que un Serenzago equipado también debería venir acompañado de una adecuada preparación por parte de sus miembros. Sin embargo, no sólo depende de ellos, sino también de nosotros, los ciudadanos que ayudemos a que esto se solucione.
He escuchado teorías de todo tipo esta semana, pero también propuestas que por su carácter, deberían ser tomados muy en serio, pero como advertencia, para combatir la delincuencia. Mucho ojo con este y similares planteamientos. El miedo nos puede llevar a situaciones extremas. Abrir este tipo de puertas no sólo es peligroso, sino también, aunque lo deseemos posteriormente, no hay vuelta atrás.
Es evidente que, como toda ciudad que empieza a crecer, el desorden y el caos empiecen a campear y eso ha hecho también que la codicia atraiga el delito. No pasa sólo en Iquitos. Por ejemplo, para no ir lejos, Chiclayo y Trujillo afrontan problemas similares y más graves. Pero debe generarse una concertación urgente, que incluya también planes a mediano y largo plazo. Ya no basta estar pensando de forma mediocre, con intención política, sino en ver la seguridad colectiva. Ya no basta con que los candidatos se sienten y le sonrían a todos, mientras dan regalitos y piensan que la gente es tonta. No esperemos que a ellos, los políticos, también les suceda lo de Herman Pezo para que se decidan no sólo a plantear, sino también a tomar acciones inmediatas.
from → Paco Bardales
NE: Esta es una nota crítica y de análisis sobre el filme iquiteño El último piso desde el punto de vista de sus personajes y la historia que cuenta. Fue publicada en Katenere, suplemento cultural de los lunes del diario loretano Pro & Contra, escrito por el prestigioso y respetado narrador y periodista loretano Percy Vílchez
Es siempre reconfortante, aquí y ahora, encontrar en el único cine de esta ciudad el anuncio de una película hecha entre nosotros. Conocemos lo arduo y lo difícil que es hacer cine en estos avernos. Sabemos de las limitaciones, de los estorbos, de las complicaciones. De allí que siempre será un mérito llevar adelante un proyecto de filmación. En estos días, se viene presentando El último piso, dirigido por Dorian Fernández y que contó con el guión de Francisco Bardales. Los actores son de por acá. Son de por aquí. Son Duller Vásquez, Gladys Vásquez, Joel Huamán y tantos extras. La historia detrás o dentro del edificio inconcluso puede ilustrarnos sobre la otra ciudad, la cara de la luna, la otra verdad que muchos no quieren ni ver ni aceptar.
En el ámbito central de la ciudad, donde destacan edificios antiguos y modernos, donde atiendan tiendas y comercios, donde funcionan casinos y otros centros de diversión, donde la gente pasa o se detiene, donde no escasea el ruido infernal acostumbrado, hay un lugar que es como una fea cicatriz en el rostro de cualquiera. Es un escombro visible, imponente. Es un hotel que nunca fue, una construcción trunca y abandonada, donde late la desdichada huella de la corrupción sin castigo. Como desafiando a las nubes viajeras, como interrumpiendo el sosegado vuelo de las aves, se levanta sobre los otros techos. En sus descoloridos muros, en sus pisos deteriorados, se notan las inevitables huellas del azote de las inclemencias, del raudo paso del tiempo. De lejos o de cerca, parece a punto de derrumbarse.
En el último piso de esa ruina urbana, en las condiciones más precarias, en el laberinto de una soledad de espanto, vive un hombre de edad avanzada. En su rostro, en sus gestos, en su indumentaria, hay las huellas del deterioro que calza perfectamente con el edificio anquilosado. Es entonces como una parte de esa ruina, como una emanación fantasmal de ese inmueble vetusto. Ese ser ha afincado allí, como el último refugio posible, la única residencia en el borde del desastre final. Es un ser que sobrevive en las peores condiciones. Es, pues, un habitante de otra vida, de esa existencia que las ciudades del último mundo crean con frecuencia: los parias. Estos parias son legión y día a día aumentan como arrojados por una fuerza ciega que contradice todos los optimismos sobre la aniquilación de la pobreza, sobre las gangas y las ventajas del progreso renombrado. Nuestras ciudades son como usinas que creen esos desperdicios humanos. Estos parias, generalmente, están en todas las periferias. En esta ocasión, en la historia principal del corto El último piso, ese destino de desdicha, ha abandonado la zona habitual para afincar en el mismo centro de la ciudad. Y ello es como una invasión no anunciada, una presencia no registrada por los hurgadores de los motivos de nuestra miseria que se incrementa. Ese hombre acabado, sin familia, sin destino, no sale nunca de su lugar. Está acorralado. Está aislado en ese último piso, lejos de todo, lejos de la vida que pasa. Y distrae sus horas pintando o tratando de pintar el rostro de una muchacha que perdió hace tiempo. Es decir, se aferra a la fuerza del recuerdo, a algo que ya no es. No vive en el presente como una evasión que le permite seguir viviendo en esas condiciones de marginalidad, de pobreza. El pasado está perdido fatalmente. El futuro no asoma por ninguna parte. Está entonces en una frontera peligrosa, más allá del cual sólo le espera la destrucción. Desde el fondo de esa soledad sin consuelos, desde ese estricto desamparo, desde esa otra orilla, el personaje logra establecer un vínculo con uno de los guardianes del edificio. No para que le conecte con las novedades de la ciudad de allá abajo, ni para que le haga los mandados en ese su aislamiento radical, sino como un simple recurso de acceder a algo del sustento diario. Entre ambos no hay saludos, no hay palabras, como si la comunicación fuera un estorbo o algo inútil. En un acuerdo tácito logran relacionarse como aniquilando el persistente muro que se impone entre ambos. Desde ese fatídico último piso, desde ese suburbio aéreo, se puede ver la ciudad y su hervor diurno o nocturno, se puede ver el río de siempre que no vuelve, se puede ver el monte que se inicia, y desde luego, se pude ver el cielo sin estorbos. Desde allí no se puede ver, entre la gente que va y que viene, que se ajetrea o se demora, a la mujer que ha perdido la razón y que deambula por las calles centrales. Ella tiene el rostro que el solitario personaje pinta. Una historia oculta entre ambos asoma entonces. Ese ser también es una paria, una abandonada que se tortura con sus sueños frustrados, con lo que pudo ser y no fue. En su deambular no tiene rumbo. Entonces, el ser perdido en el piso final y el ser perdido en el suelo o en el mundo de abajo, se igualan en el lamentable destino del paria, en el aislamiento, en la incomunicación, en la dura soledad de todos los días. Ambos no se encuentran nunca y acaban viviendo cada uno su propio drama.
En el centro de una ciudad celebrante y divertida se desata, pues, un drama de soledad y de oprobio, de abandono y de dolor. La periferia ha contaminado el centro. No hay salvación para esa pareja desolada, ni castigo para los que se han beneficiado con la venta de ese edificio, algunos de los cuales han conspirado para acabar con el personaje que alguna vez estuvo en la construcción de esa obra trunca. En medio de la algarabía de los demás, en medio de la parranda ajena, el paria del edificio vetusto decide poner fin a sus días deplorables. No soporta más esa existencia desgarrada. La medida extrema, el arrojarse al vacío desde ese último piso, es como un cuestionamiento a la urbe convencional y turística, a la ciudad de festejos y de inauguraciones. Así el refugio final del paria no es ese lugar equívoco, no es la reivindicación tardía de su vida lisiada. Es la rotunda verdad de la muerte.
Link: El cine hecho en Iquitos
from → Paco Bardales
La ciudad de Iquitos se ha convertido desde no hace mucho en una ciudad absolutamente insegura. Esto ha ido incluso a pesar de los discursos incendiarios y demagógicos de las autoridades, entre ellas la del Alcalde de la ciudad, cuyo propio hijo fue hace unas semanas, precisamente, víctima de unos delincuentes que lo golpearon y desvalijaron de algunas joyas en una calle céntrica. A los asaltos constantes que se perpetran en la vía pública todos los días, pasando por los atracos furtivos, robos de domicilios, así como de motocicletas, se suma ahora la modalidad del secuestro. La víctima ha sido Herman Pezo Rentería, chiclayano de nacimiento, uno de los empresarios más conocidos y poderosos de la región Loreto, famoso por sus relaciones sociales y políticas en las más altas esferas loretantas. Según el diario Perú 21, citando fuentes policiales, Pezo había venido recibiendo amenazas de muerte constantes.
Aquí la nota del diario iquiteño Pro & Contra sobre el particular:
Cerca de la una de la madrugada de hoy, el empresario Herman Pezo Reintería, fue secuestrado por dos sujetos que vestían uniforme policial cuando salía del coliseo de gallos ubicado en la cuadra 12 de la calle Calvo de Araujo en Iquitos. La Policía informó que se encontró en la carretera Las Camelias, la camioneta marca KIA en la que fue llevado el empresario y señalaron que aún los secuestradores no se han comunicado con sus familiares.
Herman Pezo, salía en compañía de dos personas identificadas como Yhony Flores Tafur y Antonio Barbarán Ascoy, dos aficionados a la cría de gallos como el empresario. Ya en su auto, dos supuestos policías lo abordaron para pedirle sus documentos y al salir del mismo Pezo habría sido maniatado y subido a esta camioneta alquilada a la empresa River Fox. En el lugar se han encontrado dos DNI a nombre de Edilberto Cienfuegos García y Aquiles Zevallos Pérez quienes habrían alquilado la camioneta, pero estos documentos habrían sido clonados. La Policía en estos momentos rastrea la zona de Nanay buscando alguna pista que lleve con el paradero de Pezo Reintería dueño de la empresa MP que recoge la basura en Iquitos y proveedor de varias municipalidades en Loreto en el rubro lacteo.
from → Paco Bardales
Doña Celia Chong Vda de Alarcón me empieza a explicar con afán didáctico una serie de sabores que es posible descubrir detrás de los insumos amazónicos. Nos sentamos en una mesa del antiguo Chifa Long Fung (ex Wai Ming), el único donde las meseras – un par de señoras coquetas y súper amables – han atendido a por lo menos tres generaciones de iquiteños. Chelita me cuenta algunos de sus secretos, mientras yo le pregunto por algunos detalles de la preparación de platos que siempre me han encantado cuando he pasado por el Exclusivo, restaurante que administra desde mucho tiempo atrás.
Mientras me da un repaso por el encanto del cebiche con camu camu o el chicharrón de lagarto o, claro está, su estupendo pescado enrollado, me explica su gran proyecto: sacar adelante la enciclopedia de la gastronomía amazónica. Un compendio de recetas que vayan acompañados de una explicación no sólo culinaria, sino también histórica, sociológica e incluso antropológica. Chelita viene recopilando y generando una serie de notas e investigaciones sobre el particular por largos años y definitivamente es una de las más importantes y autorizadas voces regionales.
Didacticamente, como le ha explicado a tantos grandes de la gastronomía como Gastón Acurio, Pedro Miguel Schiaffino o Isabel Álvarez, me orienta acerca de las virtudes y defectos de cada comida. Habría que preparar una recopilación y profundizar el estudio, pero es importante que trabajos como ése se mantengan, sobre todo ahora en que se ha logrado un gran avance en cuanto a recrear el sabor amazónico, pero poco se ha avanzado en bibliografía de avanzada en el tema. Ahí se encuentra una veta no descubierta que puede darle un vuelco importante a la difusión sobre las bondades de nuestra culinaria.
Mientras escribo esto, repaso nuevamente las páginas de Inguirito Machacado, el buen libro de recetas amazónicas que nos legó el gran periodista loretano Guillermo Flores Arrué. Y de lejos empiezo a recordar la capacidad del Profe por brindarnos, siempre, cultura gastronómica. Como sabemos, la cultura gastronómica se aprende también en los centros de estudios, pero no solo allí, y tampoco sólo por ganar plata facilmente aprovechando el boom, porque ahora algunos creen que todo pasa por un pingüe negocio que quiere mostrarnos que unicamente en las academias se aprende a cocinar y, sobre todo, a comer.
La cultura gastronómica se aprende en la vida diaria, en esa vida que ahora los muchachos que quieren a como dé lugar un cartón en Turismo u Hotelería o se gradúan de chefs expertos en preparar comida caribeña y son incapaces de entender de cultura general loretana o balbucean incoherencias cuando les preguntan sobre los mitos y leyendas de nuestra selva, no les interesan en demasía. Y aunque haya esfuerzos solitarios a veces por dar una buena educación, la chiquititud no está todavía entusiasmada.
El sabor charapa, efectivamente, tiene madera como para hacer una tesis de doctorado, pero no necesariamente necesitas el claustro. A veces simplemente te basta un buen lugar y una extraordinaria sazón y el resto del asunto viene por curiosidad, por constancia y por disciplina que vas aprendiendo a través de la educación y el conocimiento.
Porque, definitivamente, no es de actividad unviersitaria los extraordinarios casquitos que prepara la mamá de mi buen amigo el ingeniero Alejandro Reátegui, con esa suavidad, esa textura, ese punto exacto de dulzor. Gracias a la mamá de Alejandro he aprendido que los casquitos no son necesariamente unas bolitas duras repletas de azucar sinoun manjar que se deshace en la boca y te retrotrae a viejos tiempos de un Iquitos más sereno y apacible.
Por lo menos yo no sé si las chicas del restaurant Blanquita, cerca del Cementerio, han estudiado gastornomía o si han recibido diplomas en Le Cordon Blèu o si tienen su carnet de la Asociación Peruana de Gastronomía, pero no hay duda que allí se debe comer la mejor comida regional casera de toda la ciudad. Cada vez que se vuelve a la Blanquita es un triunfo y un encanto.
Así como en la Blanquita o en el caso de la madre de mi amigo, hay un conocimiento que se vuelven valor agregado. Esos conocimientos son integrados con la tradición y con la necesidad. Esa necesidad, con el paso del tiempo y las mejoras – sobre todo económicas – se vuelve deseo y también placer. Comer puede ser una necesidad, pero también es un placer. Y muchos de quienes son grandes cocineros en el fondo aman la comida porque les encanta comer.
A todos quienes les encanta comer saben que un gran platillo, es decir aquél que es capaz de trasladarte a lugares impensados, que te devuelve en un momento lo mejor de tu infancia, de tu adolescencia, que a través de un sabor certero y sublime te hace rememorar los mejores momentos de tu vida .
He vuelto a ver Ratatouille, la extraordianria cinta animada sobre el roedor que amaba la gastronomía y me quedo con su méxima
“Cualquiera puede cocinar”
Yo la complemento: “Cualquiera puede comer”
Y todo lo demás se regenera de un mejor modo: Todos pueden disfrutar de la comida.
Creo también que todos tienen la obligación moral de difundir la cocina amazónica, de poder brindar conocimiento que permita no sólo a los amazónicos, sino también al mundo entero. Aprender de los sabores de los insumos, de las variedades y de la magia encantadora de la culinaria.
El sabor charapa debe ser considerado un asunto de bandera regional.
En la buena película Julie&Julia (donde, entre otras cosas, se puede apreciar a esa monumental actriz que es Meryl Streep), una inocente pero voluntariosa joven decide cambiar su vida tratando de imitar y reactualizar o reinventar las recetas de la famosa chef norteamericana Julia Child, y colocarlas en un blog que, increíblemente se vuelve famoso y reputado.
Yo creo que lo importante no es tanto la receta, sino el espíritu que dejas en ella. Yo creo que el sabor está íntimamente ligado al corazón y a la emoción.
Cocinar también es un arte.
Difundamos el sabor amazónico como si fuera un arte. Como si fuera una necesidad. Como si fuera un motivo más para sentirnos orgullosos de él.
from → Paco Bardales
El Instituto Nacional de Cultura de Loreto, bajo la batuta de su flamante director Christian Bendayán, viene organizando para este sábado 27 de febrero el conversatorio “Aproximaciones a la música indígena amazónica”, cuya exposición central estará a cargo del investigador en temas amazónicos James Matos Tuesta.
En esta visión panorámica de la música indígena amazónica el expositor abordará cuál fue la percepción sobre la música, de los españoles que ingresaron por primera vez a la amazonía peruana, luego, la percepción de los misioneros católicos, hasta llegar a las primeras grabaciones en elepés de la cantos y danzas de los indígenas de Loreto, Ucayali y Amazonas.
Asimismo, dará a conocer sobre las últimas grabaciones de cantos indígenas en discos compactos de los pueblos Shipibo-Conibo, Awajún-Wampis, Kukama-Kukamiria, entre otros. Finalmente, el expositor hablará sobre el fenómeno musical de “cumbia amazónica indígena” que viene ocurriendo entre los pueblos indígenas de Ucayali y Amazonas, con la aparición de conjuntos musicales indígenas que interpretan sus composiciones en sus propios idiomas pero en ritmo de cumbia. Durante la exposición se podrá escuchar las primeras grabaciones hechas en el Perú sobre cantos indígenas y se podrá apreciar en video el fenómeno musical de la cumbia indígena amazónica.
El expositor, James Matos Tuesta, es natural de Pucallpa. Es abogado y comunicador social por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Egresado de la Maestría en Estudios Amazónicos de la Universidad de San Marcos. Actualmente, viene investigando sobre la historia de Juaneco y su Combo, y la historia de la cumbia amazónica peruana. En los comentarios estará el antropólogo Alberto Chirif.
from → Paco Bardales











