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Estaba sentada en el asiento copiloto del carro de mi padre. Era un Chevrolet Silverado, con el interior plagado de aroma de pino. A través del empañado parabrisa observamos el cielo plomizo, mientras por mi cabeza pasaba el enfermizo nombre de Alfa y Omega.

—Tu madre esta desesperada —dijo mi papá, intranquilo—. Mi celular no ha dejado de chillar toda la noche y gasté toda mi saliva diciéndole que estábamos para irnos a Miraflores.

No hable. Sólo quedé mirando el cielo plomizo, mientras los enormes paneles de publicidad me distraían.

— ¡Cristina, te estoy hablando!

—Cállate, papá —dije susurrando, con los ojos posados en niños llevando globos de helio—. ¿No puedes calmarte…?

— ¿Calmarme, hija? ¡Ese imbécil te pudo haber violado!

—Ya lo sé, papá. Es que Emma y Omar resultaron heridos al caer de la escalera…

—Se curarán, hija —dijo a secas, tajante.

—“Se curarán, hija” Papá, Emma se fracturó la cabeza y Omar casi muere. ¡Lo que odio de ti es tu presencia desaparecida! ¡Ni siquiera estás en la casa! ¡Y parece que te doy por muerto!

—No me hables así, Cristina —me calló con una voz furiosa, haciendo gestos enfáticos por cada tajante palabra—. No hubiese pasado esto, si no te hubieras dedicado estar en ese maldito Messenger!

Hablé la boca para hablar.

— ¡Y cállate que la gente está mirándonos!

Quedé sedada con su furia. Miré por el parabrisas y había personas que nos miraban con aprensión. Las personas se detuvieron a vernos mejor, con caras de entrometidos, distraídos por los gestos tajantes de mi padre, mientras el semáforo indicaba rojo.

—Cuando lleguemos a casa, no le cuentes cualquier tontería a tu madre. Ni de esta conversación…

No le hice caso. Tenía mi vista fija en un punto. Cualquiera se pudio haberse percatado. Pero esto me pareció muy raro. Mi padre seguía hablándome, pero aquello me mantuvo en un trance.

El hacker nunca se deja ver, pero sus productos sí…

El emoticon macabro de él estaba ahí. Dibujado en un globo amarillo de helio. Flotando sobre la cabeza de un niño que reía descontroladamente.

Cristina…

El globo dio una vuelta sobre ella, mientras los ojos me miraban. Mi padre me estaba hablando, pero no le hice caso. Aquel globo me estaba engullendo en un tremendo temor. Mi vista se disipó, y tuve en frente un flashback. No estaba agonizando. El globo fue reemplazado por la pantalla roja, con el emoticon.

Sentí un silbido en mi oído, que se agudizó. Las personas comenzaron a moverse lentas, sin importancia, yo permanecía hipnotizada por ese globo desplazándose por el aire. Escuché un estallido vidrioso en mi pensamiento atolondrado.

—Cristina —me llamó mi padre.

Me sobresalté, mirándome los brazos llenos de heridas. El semáforo seguía en rojo, pero el niño con el globo amarillo estaba en la distancia.

— ¿Qué te pasa?

—Nada —respondí callada. Aquello desvaneció mi repentina furia hacia mi papá.

Todavía mi vista estaba impregnada por la coloración roja de las pantallas. Como si hubiese visto un punto rojo durante mucho tiempo y después se quedará presente en la vista, después que aquel punto desapareciera.

El semáforo rojo se puso en ámbar. Quisiera verte… Y luego en verde. Los carros revivieron y fueron reyes de la pista. Mi papá no habló. Solamente se quedó mirándome de reojo, asustado, circunspecto, enojado.

Mi celular sonó dentro de un rato. El identificador decía que era mi madre. Mi padre botó un bufido de impaciencia.

—Hola, hija

—Mamá, no puedes calmarte. Acabas de llamarme hace quince minutos. Y no paraste de llamarnos desde que me desperté.

—Discúlpame, hija. Estoy asustada de que te pase algo. Pasaron tu caso por el noticiero…

— ¿Qué?

— ¿Qué dice  tu madre?

Tapé el auricular.

—Mi caso salió en los noticieros.

— ¡Qué! ¿Tan rápido se enteró la prensa?

—Y ¿cómo están tus amigos, Cristina? —preguntó mi madre con un tono lastimero.

—Están graves, mamá. Realmente graves —levantando la voz para que mi padre escuchara. Botó otro bufido de tremenda desaprobación—. Emma esta con una fractura en la cabeza y Omar tiene una nariz totalmente rota.

— ¡Ay, me muero! —dijo mi madre, con su frase característica de ella.

— ¿Y ya lo encontraron?

—Hemos hablado con la policía. No han llegado a identificar al sospechoso por nada. ¿Salió algo en las noticias?

—Anunciaron tu caso, pero lo bueno es que no te contactó la prensa. Hablaron con la policía. Dijeron que están haciendo una rigorosa búsqueda del sospechoso, porque ya tuvo seis víctimas anteriormente —Las chicas del vídeo, pensé—. Contactaron con las víctimas anteriores, pero se negaron dar el paradero de las víctimas a la prensa. Lo raro es tu caso, Cristina…

— ¿Qué es lo raro, mamá?

—Tú te salvaste —mi madre hablaba susurrando, preocupada, alterada, casi en el taciturno completo.

— ¿Cómo que me salvé?

—Las otras chicas resultaron…

—Resultaron cómo, mamá.

—Esto es terrible, hija.

—Mamá, puedes hablar, por favor —bajé la voz. Aproveche que un camión ruidoso estaba a lado nosotros—. Si no me dices qué pasó, me voy a aterrar más.

—Ay, hijita…

—Habla ya, mamá.

—…

—Mamá…

—Fueron violadas. Una de ellas tuvo un hijo —Mi ojos se quedaron tiesos—. Una resultó muerta… Nadie les vio la cara. Santos Dios, hija. ¿No te enteraste de eso? —Profirió un tono molesto.

El cambio de humor fue repentino.

—Mamá, paro el mayor tiempo en la universidad.

—Y en ese programa de la computadora… ¿cómo se llama? Missenger, Mosunger

—Messenger

—Esa cosa… Cuándo vienes a la casa, voy a hablar seriamente contigo.

—Ya soy adulta y no vengas con tus reñidas…

—Una adulta inmadura.

—Por favor, mamá. No vengas con tus cositas.

—No me interesa si tienes veinte años, hijita —enfatizando “hijita” de manera muy punzante—. Pero me di cuenta que aún te falta mucho por madurar. No entiendo. ¿Qué hice mal contigo?

—No hiciste nada mal conmigo.

—Cuando vienes hablamos ya. Chao —y colgó.

Seguro a mi padre no le faltó preguntar qué paso, porque se dio cuenta a través de mi consternado rostro enfurecido. Se rió. Me irrité. Miré por la ventanilla, con mis padres oponiéndose contra mí y el extraño usuario. Como si fuera cómplice de él.

Llegamos a  Miraflores. Con él, todo alrededor cargado de publicidad, personas caminando de un lado a otro, el chorro de agua de la fuente del  Óvalo llegando casi al cielo, los cines, las tiendas, los restaurantes, todo formando un adorno lleno de algo contemporáneo.

Giramos a la derecha y entramos a otra calle, paralelo al parque Kennedy y la Iglesia. Observé personas sentadas, tomando aire parcialmente fresco, chicos lindos estudiando bajo la sombra de árboles, abuelitas conversando de sus pasatiempos. Me dormí en todo el trayecto hasta aquí. Mi madre no me llamó después de la ruda conversación. Y lo consideraba “rudo” por algunas razones tan obvias. Doblamos por la izquierda, entrando a la avenida Benavides. Los altos edificios, considerándolo así, porque jamás he viajado a la ciudad de los rascacielos, nos taparon con sus sombras. Hasta ahora esto eran lo más altos que he visto. El Chevrolet Silverado dobló por la derecha y entramos a la avenida Porta. A diferencia a la Benavides preferencial con su establecimientos comerciales, esta era como una calle común y corriente, con casas contiguas, como departamentos, adornados de jardines, verjas de entradas y puertas barnizadas. Lo que quedaba era el lujo.

El auto se estacionó delante de una casa de aspecto como la casa de los siete enanitos. Blanca, dos pisos, el techo al puro estilo irlandés, ventanas con alfeizares y un puerta barnizada con un complicado tallado. El jardín era pequeño, cargado de flores y arbustos, separado por un corto sendero. La verja de entrada era un diseño siempre raro, que nunca le pregunté a mi madre de qué se trataba.

Bajamos del auto. Mi padre puso la alarma con ese controlcito. La puerta barnizada se abrió de repente y mi madre apareció. Tenía el aspecto cansado, con el rostro ligeramente arrugado. Estaba ataviada con una ropa normal, una blusa con un estampado  y unos jeans azules, y unos tacones.

Cuando me vio, vino corriendo hacia mí. No enfurecida, sino contenta de verme. Abrió la verja y me abrazó. Mi padre boto su bufido de impaciencia. Miró de reojo y entro a la casa.

— ¿Estás bien, hija?

—Estoy bien, mamá. Gracias.

—Vamos, hija. Entra

Caminamos por el sendero y entramos a la casa. Mi papá estaba sentado en el sofá, leyendo el periódico. Mi madre me hizo sentar en un puf de gran tamaño, delante de mi padre, mientras se iba a la cocina. Mi casa no había cambiado. Seguía reluciente como siempre. Con ese olor almizcleño, la luz que entra por las claraboyas y muchas otras cosas. La presencia de un computadora era fundamenta y estaba ahí, junto a la portentosa chimenea.

—La noticia no está en los periódicos. Qué bueno —comentó mi papá.

Mi madre regresó con un vaso lleno de refresco de maracuyá. Me la ofreció y yo tomé un sorbo. Ella me preguntó toda la historia ahora que estaba mi presencia. Le conté todo, de mi llegada de la universidad, haciendo la tarea en la computadora, descansado revisando mi correo y chateando, y encontrar de repente a ese extraño usuario. Puso un gesto ceñudo, llevando una mano al pecho. Lo que siempre hacen las señoras. Cuando entré a la parte de que me vio por la ventana y corre asustada. Mi madre se puso de pie y gritó:

— ¡Ay, Humberto! ¡Esto es horrible!

— ¿Y por qué me lo dices a mí, Asunción? Deberías decirlo a ella —apuntándome—. Eso le pasa por estar todo el tiempo en ese maldito Chat… Y eso no hubiera pasado, sino hubiese estado todo el tiempo ahí.

— ¡Papá! ¡Estuvo a dos casas de la de nosotros! ¿Crees que tiene que ver algo el Messenger en esto? Ya te dije, no hubiera pasado nada de esto si hubieses estado en la casa.

—No me eches la culpa, señorita… —contraatacó mi papá. Botó el periódico al suelo—. Tu tienes la culpa por andarte juntando con tarados de la universidad.

— ¿Ellos la culpa, papá? ¿Qué tienen que ver ellos en esto? Él me estuvo vigilando. ¿No crees que estuvo mucho tiempo antes en el vecindario?

— ¿Y cómo sabes eso? —pestañeo, esperando mi respuesta. Mi madre se había quedado ausente, como si hubiese esfumado cuando había gritado.

— ¡Porque busco la lógica, papá!

— ¿Pero cómo supo tu dirección?

—Cara… —me pausé. Mi madre quiso abrir la boca para hablar y mi padre abrió los ojos enormemente—. Viste la habitación llena de computadoras. ¿Acaso no te contaron que era un hacker?

Me puse muy impaciente.

—       ¿Saben qué?, no voy a soportar que me echen la culpa de todo —no quería quedarme callada. Escuchando las acusaciones de mi padre. Tenía autocontrol, pero esta vez ya me había sacado de mis casillas—. Si están aquí para que me apoyen, no voy a aceptar que me pongan como cómplice. Gracias mamá por tu bienvenida. Voy a dormir.

Sobré el refresco de maracuyá. Lo entregué a mi madre. Y me dirigí a la escalera. No voltee a verlos, pero estaba segura que me miraban con ojos penetrantes, lleno de una contrariedad inusitada. Subí la escalera sonoramente, pisando fuerte, retumbando la madera. Llegué  a mi antiguo cuarto, entré y me tumbé en la cama, mirando el techo. Lo que me gustaba de mi cama era sus sábanas, que te engullían con su suavidad.

Por mi cabeza pasó el rostro asustado de mi mamá y la expresión ceñuda de mi padre. En el techo comenzó a dibujarse todo lo que pasó —estaba recordando, por supuesto—, apareciendo la silueta de él con la cámara de mano grabándome. Se dibujó también el emoticon de las pantallas y del globo. La cara inconsciente de Emma y la nariz irreconocible de Omar. La bola de cristal surcando toda la habitación. Era fácil recordar lo que me pasó. No me sucedió nada feo como eso en mucho tiempo, después de presenciar la muerte de hermano.

La luz de la ventana entró con más intensidad. Tenía que ser la diez. No levanté mi celular para ver la hora. Sólo me quede así hasta que mi celular sonó. Era un mensaje de Andrea.

Ola, Cristina. Me contaron todo lo que te paso y a Emma y Omar. Todos aquí están preocupados también.  Lo siento por no llamarte. Es que estoy muy ocupada, en clase. Chao. T_T

Me quedé mirando el mensaje durante un rato. Me quede echada en la cama, sin dormirme. Solamente contemplaba el cuarto. Y durante ese lapso recibí muchos mensajes, demasiados.

— ¿Cristina? ¿Hija? —llamó mi mamá desde la puerta.

—Vienes a decirme otras cosas, mamá.

—No, hija

— ¿Entonces?

—Hay dos policías que quieren hablar contigo. Están abajo.

Lo que me faltaba. Me levanté de la cama, deslizándome por las sábanas. Mi madre puso su aspecto de niña lastimada, pero no quise abrazarle. Bajé y encontré a los dos policías sentados en el sofá donde estuve mi padre, que ahora estaba sentado en el enorme puf.

—Buenos días, señorita Cristina. Tenemos noticias sobre el sospechoso —estreché las manos de los dos. Me senté en un sofá pequeño y mi madre se quedó parada junto a la ventana, vigilando a los vecinos.

—Hemos descubierto que perteneció a un grupo de hackers, dueños de un sitio web ilegal donde ponían a disponibilidad de descargas muchos artículos sin ningún estreno previsto —dijo el primer policía. El otro no se le escuchó a continuación.

— ¿Con qué nombre? —preguntó mi padre.

—No hay nombre por ahora. Se halló con el mismo “seudónimo” que nos describió la señorita: Alfa y Omega.

— ¿Y cómo están seguros de que es él?

—Aquel nombre tiene un enlace que lleva a un perfil.

—Podemos verlo en la computadora —dijo mi padre, indicando al ordenador y haciendo el ademán para levantarse del puf.

—No será necesario, señor. Aquella página tiene una cantidad de virus. Y es posible que su computadora se descomponga al entrar a la página. Pero le trajimos capturas de la página y el perfil.

El segundo policía sacó unos papeles de una carpeta.

—Según Telefónica, el servidor de la página es totalmente ilegal.

Recibí la captura. La portada de la página era completamente negra. Las letras verdes y tenía una estructura bastante simplona. Estaba encabezada con un título, también verde, llamando a la página como Warez Peruano. Miré la lista de los colaboradores, todos con “seudónimos”, y entre ellas estaba el nombre de él. Alfa y Omega.

—Este es el perfil del sospechoso.

Cuando me entregó la captura, mi mirada se posó en una cosa: el emoticon. Estaba junto a su seudónimo. Aquí decía que había iniciado su sesión el sábado 4 de julio, ayer, y era una hora antes que me había asustado. Eso era una pista.

Al despedirme de los policías, me calmé un poco. Me dejaron las capturas, porque ellos tenían otras. Cuando abrieron la puerta, eché un vistazo a la calle y distinguí a los vecinos, viendo el carro de policía.

Cuando cerramos la puerta, mi hombro sintió la mano de mamá. Mi padre sólo se fue a sentar nuevamente en el sofá.

Mi madre se quedó mirándolo.

—Humberto, ¿puedes hacerme un favor?

— ¿Qué?

—Ee… ¿puedes acompañar a Cristina a los parapentes?

Salí de mi ensimismamiento. Mi papá profirió un “¿uh?”, expresando un rostro perdido.

— ¿Puedes acompañar a tu hija a los parapentes?

— ¿Y para qué?

—Creo que sería bueno para que se le pase la tensión. Con todo lo que le está pasando…

—Está bien —asintió mi padre.

—… eso podría…

— ¡Está bien! Iré con ella en la tarde. Después del almuerzo.

Y así fue. No sé si sonreí ante aquella propuesta, pero quedé un poco aliviada. El almuerzo fue muy tenso, que apenas pude sentir el sabor del escabeche. Mi padre no levantó de la mirada del almuerzo, y sólo lo hizo cuando quería algo más.

Para arruinar la situación sólo faltó que sonará mi celular. Ellos me miraron con malos ojos, pero contesté. Era Andrea con su voz atiplada, estropeada.

—Hola, Cristina.

—Ah, hola, Andrea. Recibí tu mensaje.

—Estaba preocupada. Te cuento que fui a visitar a Emma y Omar…

— ¡Dios! ¿Cómo están los dos?

—Están bien. Hubo derrame de sangre de la nariz de Omar, pero están bien.

—Eso me tranquiliza. Cuando fui al hospital en la mañana, Omar estaba teniendo una horrible hemorragia por la nariz.

—Pobrecito —dijo melancólica—. ¿Y qué estás haciendo ahora?

—Estoy almorzando, después que vino la policía. Voy a los parapentes para dejar de tensarme.

— ¿A los parapentes? ¡Que bueno…! Los parapentes…

— ¿Dijiste algo, Andrea? —pregunté intimidada.

—Dije qué… —pausó su emoción.

—Nada…

— ¿Qué pasa?

—Nada, nada… Sólo te digo que voy a ir a los parapentes y de ahí me voy de nuevo al hospital a visitar a Emma y Omar… —Boté un suspiro.

— ¿Qué te pasa?

—Me siento muy mal por ellos. Parece que no fui la víctima, sino ellos. Salí ilesa de todo lo ocurrido.

—…

—Por eso quiero que den con él.

—Seguro lo harán… Cristina… No… Ellos…

— ¿Qué dices, Andrea? —pregunté impaciente.

—Seguro lo harán como tu dicen, Cristina —me contestó como si yo fuera una sorda—. No pasará nada. Ellos lo van a encontrar.

—Cristina… —llamó mi mamá. Voltee a verla. Ella me dijo susurrando—: ¿Ya?

—Gracias, amiga. Tengo que irme porque debo terminar el almuerzo, para luego ir a los parapentes.

—Bien, bien. Chao, amiga. Te espero en el hospital.

—De acuerdo, chao, chao.

—Chao.

Continúe con el almuerzo. Mi madre me miraba con mala cara. No importó eso. Al menos alguien de mis amigos me llamó y no me sentí tan encerrada en este cuidado.

Al terminar el almuerzo, fui a ducharme. Me coloqué la ropa más adecuada y bajé al encuentro de mi padre, que estaba en la puerta barnizada.

—Ahorita regresamos, Asunción.

—Tengan cuidado, por favor.

Salimos de la casa, subimos al Silverado y fuimos en dirección a los parapentes. Recorrimos a lo largo de Porta y salimos hacia la costa. No hablamos en todo el trayecto. Pasamos por un puente y el  Parque del Amor y llegamos a la zona de los parapentes. Estacionamos el carro en una playa y descendimos de ella.

En ese momento, un parapente se alzaba del precipicio con su piloto y su pasajero, contrastándose con el cielo plomizo. Y había otro a la distancia. En ese momento, el viento se le sentía frío y fuerte, agitando mi pelo largo y castaño. No tenía frío, solo estaba ansiosa de subirme a ella. Parecía que mamá tenía razón: me calmó un poco la tensión.

Papá pagó y pidió un boleto. Había muchos profesionales con sus parapentes, agitándolos al ritmo del viento, probándolos. En eso, mi mente femenina, se centró en uno de ellos. Era alto, fornido, pelo color miel y un increíble rostro. Y para hacerlo más increíble, me estaba mirando. Mordí mi labio inferior de pura picardía.

Él estaba sin clientela y era el único que quedaba. Todos los demás estaban flotando en el aire. Un señor nos guió, caminé junto a mi padre por una entrada y llegamos al despejado precipicio, con césped.

—Espérame un ratito, señorita… —Por suerte mía, llamó al chico—. Tú, ven… Lleva a la muchacha a un paseo.

—De acuerdo. Bien… Hola —me saludó. Tenía una voz hermosa, que me sonó muy familiar.

—Cuidado, hija…

—Ven, te voy a colocar el chaleco y el casco —me indicó él. Sus ojos era asombrosamente color caramelo, claros y seductores—. Ponte aquí.

Con sus manos, me colocó el chaleco y conectó con los mosquetones al plegador, que era una mezcla de rojo y amarillo. Puso una mochila con paracaídas de emergencia sobre mi espalda. Él se arregló los implementos que tenía y nos colocamos sobre el arnés del parapente.

Él primero se sentó. Luego lo hice. Una segunda persona, hizo el arreglo, mientras el plegador ya se había elevado, rígido y enorme. Un ligero vientecillo la destempló, pero no cedió.

— ¿Lista? —preguntó.

Asentí, con el viento agitando mi pelo sobrante que salía bajo el casco.

—Bien, vamos

Se puso mirando el litoral limeño. Yo también lo hice. El mar se le veía pequeño y, a su vez, maravilloso. Y cuando él corrió (empujado por alguien más), y avanzamos hacia el precipicio.

Lancé un gemido, cuando mis pies tocaron vacío. Miré abajo y observé la carretera, con los carritos como hormiguitas atléticas. Sentí que mi visión parecía como una cámara en un solo ángulo.

El parapente dio un giro, y al costado de nosotros estaba el precipicio, con mi padre  y las demás teniendo la apariencia de unos muñequitos. Nos distanciamos un poco, hacia el norte, con los otros parapentes paseándose por los aires.

— ¿Te gusta? —me preguntó él.

—Es maravilloso… Jamás he visto la costa sobrevolando sobre ella…

—Qué bien —dejo oírse. El silbante sonido y los ruidos de nuestras ropas al chocar con el aire no dejaban oír bien.

Y seguíamos así, sobrevolando. Giramos y regresamos hacia el precipicio, momento por el cual salude a mi papá, que por fortuna me saludó. Giramos nuevamente y fuimos otra vez hacia el sur, con una vista espectacular. Quería quedarme todo el tiempo, ahí, volando con el parapente, con la compañía del chico. Este despejó mi mente y miré con una esperanza, teniendo la fe que Emma y Omar se recuperarían muy pronto. Miré a los demás parapentes y solo había uno que podía ver, muy atrás de nosotros.

Ja, no importa. Solamente quería sentir el aire en mis mejillas por un tiempo más. Hubo una turbulencia pero no me preocupé. Estaba con él y me sentía confortable.

—Te estuve esperando…

— ¿Cómo dices? —proferí yo, con mi tono ensimismado.

—Te estuve esperando, Cristina.

— ¿Me estuviste esperando? ¿Cómo sabes…? No entiendo.

Los parapentes… Una electricidad surcó mi cuerpo. Me quede anonadada.

— ¿Quién eres?  —levanté el rostro para verlo.

—Baja la cabeza —espetó, mientras sentía algo punzante en mi espalda. Gemí—. Si gritas, te juro que te atravieso con este cuchillo.

— ¿Tu…? ¿Eres…? ¿Alfa y Omega?

—En carne y hueso, cariño —Sentí su mano deslizarse por mi cintura, bajo ella.

Mi cuerpo tembló.

—Por favor, no hagas nada —dije suplicante.

—No te preocupes —dijo él, haciendo un sonido deleitoso—. No te haré daño. Sólo quiero ocuparme de algo contigo.

—No, por favor.

Su mano voló hacia mi cara, con un trapo. Se pegó a mi rostro y aspiré, desesperada. Mi cuerpo se sintió débil en ese momento, viendo el mar aullando, desvaneciéndose. Mis párpados cayeron pesados y sentí caer en un túnel.

“La tenía en mis manos. Suavecita y calientita para la noche. Estaba tumbado en su asiento, con su cuerpo desparramado, sin dar movimientos. Agarré el GPS y el equipo de radio, y los lancé a la carretera. Desaparecieron de vista al instante. Manipulé el parapente, mientras pasé mi mano por su espalda hasta llegar abajo. Este día hice mal. Me dejé ver, igual que mis productos. Pero esta fue escurridiza. Sí. Me la gané de todos modos.

Manipulé el parapente, en dirección al lugar que pasaría la mejor noche con ella.”

ALFA Y OMEGA

Estado: Ocupado

Domingo 05/07/09 3:25 p.m.

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Pásame las pops

Publicado: 25 julio 2009 en Percy Meza
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— ¿No podemos conseguir solo el paco? —dijo Monse. Estaba apegado contra la pared con el rostro inundado por las ojeras, la piel amarilla, ataviado con un polo de Bob Marley y unos jeans rasgados.

— ¡Tas weón, Monse! —le regaño Breamaqui, completamente intranquilo—. El paco tiene mala facha, es horrible… La pop es más bacán…

Breamaqui vino corriendo y le dio una patada a Monse.

—Vamos, cabrón —Monse salió despedido al pasadizo.

Bajaron la escalera y llegaron a la sala pituca. No había rincón en esa casa que no estuviese ocupado por una pequeña huella de un artículo de tecnología de punta, como el enorme televisor de plasma. El viejo de Monse estaba sentado en unos de los sofás, leyendo un periódico sensacionalista con una primicia: “Marido decapita a su mujer con una tenazas” y la vieja estaba lavando los platos.

El viejo dejó de leer en ese momento, cuando aparecieron los tres. Miró por encima de sus cuadrados lentes, pero no dijo ni mierda, sólo examinó con esos ojos escrutadores pelo y caracha de los chicos.

—Pobre si llegas tarde —dijo al fin su viejo, con aspecto inexpresivo.

Monse solo asintió. Los chicos solo dijeron vagamente “Hasta luego, señora…”. Y tras una tensión, salieron a la calle y cerraron la puerta tras ellos.

—Te cuidan como un llullo cagón —espetó Breamaqui.

—Me importa un carajo lo que dicen

—Monse, chochera, pata del alma —dijo Troncho, colocando su brazo alrededor de su cuello, dejando a un lado a Breamaqui—, no te ases. Sólo es una broma… Broma de patas..

— ¡Oe, weón, deja de tus mariconadas que me das bicicleta! —Bramó Breamaqui desde atrás, dando una patada a Troncho, que le hizo sobresaltar—. ¿Cómo hacemos para conseguir la mercancía?

— ¡Oe, sí, chochera: la mercancía…! ¡Trolón me dijo que esta por el centro, cerca al malecón!

— ¿Por el bulevar? —Breamaqui se mostró incrédulo—. ¡Oe, tu estas bien cojudo! El serenazgo puede pillarnos…

—Queda por ahí… —trató de calmarlo. Breamaqui era un irascible—. Está por abajo… por las zonas donde esas malezas… por ahí… ¿Te ubicas?

Breamaqui sólo se quedo mirándolo. Luego puso todo esa mirada en Monse.

—Monse es un maricón que hasta es caña monse… Si por su culpa nos pillan…

—Deja de hablar huevadas, Brea —se defendió Monse—. Tú también eres un cabrón. El otro día casito nos pillan por tu culpa en el bulevar.

Breamaqui reaccionó y fue contra él. Troncho intervino.

—No te metas con Brea. — dijo Troncho, que era más alto que los dos.

Llegaron a la Plaza de Armas de Iquitos. El escenario de ese día estaba un ambiente de chibolitos, chillando por allá, corriendo para pedir un helado o una bolsita de palomitas. Las señoras nos miraban con ojos impasibles, examinándolos. Pero la mayoría de ellas se fijaban en el aspecto enfermo de Breamaqui, con su aire de hombre fornido y que espantó a algunos chibolitos. Caminaron todo bacanes hasta el otro extremo de la Plaza de Armas, frente a la Casa de Fierro. Cruzaron la pista con esos mismos pasos, llegaron al bulevar.

— ¿Dónde es? —preguntó Breamaqui, disimulando, porque había polis cuidando cerca.

—Por allí —llegaron a un balcón, se apoyaron todos bacanes. Miraron al oscuro río Amazonas…—. ¿Ves esas lucecitas?

A lo lejos unos puntos luminosos por la orillas del río Amazonas se impregnaron en la visión.

— ¿Qué cojudezas hay ahí?

Troncho chasqueó la lengua.

—Ahí está la mercancía… —dijo impaciente, sonando obvio para que estaban viniendo aquí.

Troncho se adelantó. Breamaqui se quedo a la misma distancia de Monse. Llegaron al lugar principal del bulevar, donde los cómicos ambulantes, chibolitos, lustradota y muchas personas pasaban una noche diferente y diferente al de ellos. Doblaron a la derecha y bajaron por una escalinata larga que llevaban a otro nivel del bulevar. Las suelas de las zapatillas comenzaron a sonar al ritmo de las pisadas.

Pasando por más personas, pero de poca presencia, llegaron a un pasaje donde la luz venía muy débil. Había un olor penetrante a orine y maleza, chirridos de grillos y chicos escondidos besándose a pleno.

—Aquí —dijo Troncho. Estábamos a medio camino del pasaje. Él se apoyo sobre el balcón y miro hacia abajo. Breamaqui y Monse hicieron lo mismo.

En frente de ellos se ampliaba la visión con un panorama oscuro iluminado por la luna. Bajo el balcón había un sendero levemente marcado que se iba a perdiendo en la distancia en la amplia orilla, que siempre se formaba cuando bajaba su nivel de caudal.

—Hay un guachimán por allá —indicó Breamaqui hacia un enorme bungalow, más allá del pasaje, sostenido por vigas. Bajo ella, el guachimán estaba paseándose con su cachiporra.

El trío se trepó encima del balcón y cayó sobre la tierra. Se agacharon, aprovechando que había arbustos. Bajaron una empinada cuesta a través del sendero.

Aquí, la única fuente de luz era la luna. Ahora el sendero se quedó envuelto por altas malezas que sobrepasaba a Troncho, dando la impresión que estaban corriendo en un campo de trigo. Atrás de ellos, el bulevar se distanciaba.

— ¿Cómo tuvieron la cojuda idea de hacer el club por esta zona? —se preguntó Brea.

—No sé —respondió Troncho—. Después de una semana de búsqueda, damos con este lugar.

—    ¿Qué va a ver por allá? ¿Algo más que la mercancía?—dijo Monse.

—Un pequeño tono con pops, hembritas preparadas para una noche y más pops —dijo Troncho con un tono ansioso.

—Que rico, hembritas —deleitó Brea, mordiéndose el labio.

Monse sonrió ante ese panorama.

Con los pies adormecidos, oliendo la maleza y siendo picados por algunos mosquitos, se escuchó una distante música, cargado de rock, metal, quejidos femeninos y una lujuria desbordante.

Troncho sonrió y salió de ese sendero, luego Brea y Monse. El escenario era de extrema orgía y pops. Trolón, el amigo de Troncho, estaba sentado en el suelo, con el pecho desnudo y  un vidrio donde había líneas blancas. Estaba con el rostro lleno de ojeras, un aspecto sucio y el pelo alborotado. Mientras tres velas iluminaban pobremente el lugar.

—Hola, pata —dijo Troncho saludándolo. Este levantó una mano temblorosa y la estrechó.

Monse se quedo con la mirada hipnotizada donde unos dos chicos y una chica, metidos en un fardo de ropas, tenían una orgía. La chica le lanzaba guiños libidinosos a Monse.

—    ¿Cuánto me das por cuatro líneas? —preguntó Troncho.

Trolón aspiró una línea de pops, con una aspiración sonora. Levantó la mirada y se rascó la nariz. Con la cabeza echada por un lado y la boca medio abierta dijo:

—Nunca me pediste cuatro líneas —hizo sonar su nariz nuevamente—. Pero si lo quiere te costará sesenta cocos…

— ¿Sesenta cocos?

—Sesenta cocos.

—No podías rebajar algo…

Trolón cerró los ojos como si esas palabras lo hubiesen ofendido. Sacudió la cabeza lentamente y se quedó mirando a Troncho.

—Pagas o no pagas…

—Dale —dijo Breamaqui.

—Pero…

—Dale los sesenta cocos…

—Cuncha su mare… Pásame las pops —maldijo Troncho. Llevó su mano al bolsillo de sus jeans y sacó sesenta soles. Entregó a Trolón que lo recibió embriagadamente admirado.

—Te rebajaría si el negocio no fuera así, Troncho —explicó Trolón. Agarró su mochila y sacó una bolsita llena de un polvo blanco—. Te prestaré mi espejo, porque no trajiste el tuyo. —Con cuidado colocó cuatro líneas de pops, al costado de las seis líneas de Trolón.

Breamaqui se junto con Troncho y compartieron las líneas. Monse no se acercó a ellos, sólo se quedó mirando a la chica.

— ¡Monse, ven aquí! —Llamó Troncho—. ¡Prueba una línea!

Monse se acercó a Troncho, mientras Breamaqui se alejó de nosotros y desapareció entre las malezas con una chica.

— ¡Vamos, prueba!

Monse se agachó, sostuvo el tubo de lapicero y aspiró la línea de una sola. Su cuerpo se lleno de una repentina sensación. Sintió como si el aire atravesará su cuerpo y lo dejará flotar en una euforia maldita. Con las pops haciendo efecto, posó otra vez la mirada sobre la chica.

Troncho también desapareció por entre la maleza donde salió Breamaqui. Monse se quedó mirando el espacio, con las drogas haciéndole efecto, de pies a cabeza.

— ¿Cuánto años tiene, chochera? —preguntó Trolón, perdido en su mundo drogado.

—16 —contestó.

Trolón hizo un mohín.

—Recién estás entrando a la juerga… ¿Sabes qué te recomiendo, pata? No dejes que esos idiotas te dominen… Son unos hijos de puta… La última vez, Troncho y Breamaqui, esos cabrones, trajo a un marica… No sé que hicieron con él… Pero…, por poquito, esos concha sumares no me delatan… El brócoli fue a su casa con un problema en el culo…

Él se rió. Monse sólo se quedo mirándolo.

—Los viejos del brócoli acusaron a Troncho y Breamaqui… Al fin de cuentas, el brócoli dijo pura finta… Sabía que si delataba él quedaba frío…

— ¿Qué hizo?

—Mintió que tenía una huevada de hemorroides… Eso le salvó… Hasta ahora… No sé qué hay de su vida de ese marica…

Monse rió. Con los ojos parpadeando por turnos, sacó veinte soles de su bolsillo.

—Pásame más… Una línea…

—Ya estas siguiendo el ritmo, chochera

Sacó la bolsita con el polvito blanco y colocó una línea. Monse con el tubo del lapicero aspiró por completo toda la línea. Luego volvió a ver a la chica, que seguía en su rito sexual.

—No la mires mucho, chochera

Monse volteó a Trolón. Hizo un rictus embriagado. Los párpados le pesaban, pero el efecto era tan exquisito que quería más. Se levantó de ese lugar, dejando a Trolón inmerso en un trance enfermizo, escuchando la música metal. Se acercó a la maleza por donde desaparecieron Troncho y Breamaqui. Escuchó muchas cosas que provenían de ahí. Dando un traspié, se abrió entre ella y se encontró frente a un pequeño charco. A la orilla estaba Troncho y Breamaqui, con el cuerpo desnudo brillando bajo la luz de la luna, mientras la chica se embriagaba con sexo a lo bestia.

Se quitó el polo, mientras se reunía a ese rito.

— ¿Dónde vistes a esos chicos?

—Se bajaron por el balcón —dijo el chico. Agarraba por la mano a su enamorada totalmente perdida en esa conversación—. Sólo bajaron y desaparecieron.

— ¿Desaparecieron? —frunció el ceño el sereno.

Volteo hacia el panorama oscuro del río Amazonas. Examino el balcón y un notorio sendero marcado.

—Esos malandrines… —espetó el otro sereno.

—Llama a los otros —dijo el primero—. Creo que tenemos otros caso como del otro día…

El segundo llevó la radio a su boca. Tenía un tic en los ojos.

—Pérez, llamando a todos, tenemos un problema por aquí. Vengan a la planta baja del bulevar, cerca de Anaconda… cambio

Alejó la radio y la voz de otro guachimán salió de ella.

Entendido. Vamos por allá, cambio.

—Estos chibolos me tienen cojudo… —le dijo a su amigo, procurando que la pareja no le oyera—. Todos los días hay un caso como esto.

Dentro de un rato, aparecieron tres serenos más. Todos ellos con cara de curiosos, intentando averiguar cuál era el nuevo problema. Uno de ellos se fijo en la presencia de la pareja apartada del grupo.

—Ahora qué sucede, Solsol —dijo el guachimán corpulento.

—Saavedra, parece que tenemos otro caso de malandrines… —explicó Salinas. Se acercó al balcón, con ojos completamente inspectores. Apuntó al sendero—. Ves ese caminito… Creo que bajaron por ahí…

—Salinas, ese camino siempre estuvo ahí. Los muchachos bajan para jugar en una cancha que esta por ahí… —contradijo un guachimán que apuntó el caminito con su cachiporra.

— ¿A esta hora? —dijo tajante.

Salinas estaba seguro que había algo más en esa maldita oscuridad. Solsol volteó hacia la pareja.

— ¿Cuántos eran?

— ¿Cómo?

— ¿Cuántos eran?

—Eran tres… —describió el joven—. Uno era alto y flaco y llevaba un polo negro; el otro era muy musculoso y tenía mala cara; y el último era un chibolo algo tímido… como de  16 o 17 años…

Solsol se quedó mirándolo, luego puso los ojos sobre sus acompañantes y regresó a Salinas.

—Vamos…

Los cinco serenos se treparon por el balcón. Encendieron sus linternas, mientras el bullicio nocturno compuesto por grillos, la luz plateada de la luna y el horizonte oscuro del Amazonas parecían no comprender aquella situación.

Bajaron por una empinada cuesta con la ayuda. La caminata duró mucho tiempo, pero no era de esperar que las circunstancias se presentaran súbitamente. Llegaron hasta cierto punto donde todo el bulevar se le describía como un barco brillante, perdido en la deriva.

—Esperen… Escuchan eso… —intuyó Salinas, deteniendo la fila.

Solsol movió la cabeza de un lado para otro, tratando de oír. Entrecerró los ojos por un momento. Miró a Salinas y luego a los demás que también hacia lo mismo. Con al aspecto de total intriga, asintieron. Encima de esa alta maleza, una luz surgía entre ella, iluminando algunos árboles cercanos. A juzgar por su parpadeante iluminación, debía estar alumbrado con velas. Sin embargo, ahora si se escuchaba la música metal muy claramente.

—Vamos… No hagan bulla…

Dieron pasos largos, procurando no hacer pisadas sonoras. La maleza se abrió entre ellos… La música estaba más cerca; la luz de esas velas se intensificaba… Ahora acompañado de quejidos… Un olor fuerte a plástico quemado… La maleza se abría ante ellos…

—Cuncha su mare… —Un muchacho se levantó de pronto, derribando lo que tenía encima. Tenía el pecho desnudo.

—Ven, pedazo de mierda, no te me vas…

Salinas corrió tras él. El muchacho gateó por el suelo, aferrándose a cualquier cosa para impulsarlo y desaparecerlo. Solsol y los demás fueron contra la chica y dos chicos… La chica forcejeó, mientras los chicos estaban amordazados…

— ¡Puta su mare! —Maldijo Salinas—. Se escapó…

La cortina de malezas comenzó a sonar. Todo el ambiente posó su mirada, mientras de allí surgieron tres muchachos en calzoncillos y una jovencita con el pecho desnudo. Cuando cayeron en la cuenta, se pusieron pálidos, putearon lo que sea y echaron a correr.

Uno de ellos tumbó a la chica. Un seno se raspó en el suelo y comenzó a sangrar.

Saavedra, agarrando a la chica, y Salinas fueron tras ellos… Se internaron otra vez en la maleza y oyeron en eco, a los chicos pateándose entre ellos.

Salieron a un terreno medio pantanoso, dominado por un pequeño charco. La silueta de los chicos se contorneó a la luz de la luna. Estaban echando a correr, rodeando el charquito, llevando sus ropas en la mano.

—Síguelos…

Salinas rodeó el charquito, taciturno, reflejando la luna. Dio un traspié en el barro y entró nuevamente a otra zona de malezas. Sintió que los insectos golpearon contra su cara.

¡Cuncha su mare, por tu culpa nos vieron!

No me eches la culpa, cabrón

Estas jodido.

¡Mierda, déjalo! ¡Vamos!

Una zambullida se oyó, seguida de puñetazos.

Toma… Toma… Toma… Que te grabado, maricón

Se escuchó golpe tras golpe, mientras Salinas echo a corre más. ¿Eran  simplemente muchachos? Cuando surgió entre la maleza, su pregunta quedó respondida.

Un chico fornido estaba dando golpizas a un flacuchento, en la orilla de un charco mucho mayor. Este no se defendía. Escuetamente se tapaba con los brazos y recibía cada uno de los puñetes.

Salinas, encendió rápidamente su linterna y proyectó donde ellos. El fornido, miró pálido y con las cejas ceñudas se echó al agua. El flacuchento se movió de su posición…

— ¡Déjame, mierda!

Salinas le agarró de los cabellos. Apagó la linterna, después que esta dejaba distinguir a los dos muchachos escapándose hacia el otro lado, perdiéndose entre más escabrosidad.

Estaba sentado en la comisaría. Cabizbajo, con la cara lleno de moretones, el labio roto y una ceja estropeada. Miró por intervalos a la calle, esperando que en cualquier maldito tiempo sus padres aparecieran. El policía llamado Salinas le había preguntado. Él no respondió, solamente se quedo cabizbajo. Y siguió así… Y siguió así…

—Buenas noches

Su padre entró a la comisaría, seguida de su madre. Miró a su hijo con unos ojos llenos de furia, enrojecidos, impotentes. Su madre no quiso acercarse, porque el padre no se lo permitió. Salinas se acercó donde ellos y preguntó si era su hijo.

—Desgraciadamente —respondió el padre, haciendo temblar el rostro.

Andrés se agachó y comenzó a sollozar. Estaba seguro que su padre le iba a sacar la mierda. Salinas sólo miró impertérrito y contó lo sucedido. Cuando llegó al momento de las drogas y el sexo, el padre parpadeó duramente y la madre se llenó de vergüenza.

—Le pediría, por favor, que lleve a su hijo al hospital —aconsejó Salinas.

—Usted no es nadie para decir que hacer con… este malagradecido —espetó. El personal de la comisaría levantó la mirada. Salinas trató de intervenir—… Usted ya cumplió con su trabajo, comisario. Vamos… Muévete…

Andrés se levantó de la butaca, muerto del miedo y mantuvo una distancia. Salinas no intervino, pero se quedó mirando con un rostro impasible. Salió a la fría noche, con los ojos de los curiosos mirando en Andrés. Era una vergüenza maldita.

Su padre se acercó al Volkswagen y se metió, dando un portazo desmedido. Su madre solamente entró con los ojos enrojecidos en el asiento copiloto.

Andrés entró y cerró rápidamente la portilla. Los curiosos ya estaban hablando huevadas.

El escarabajo arrancó. El trayecto fue tenso, absorto. El padre estaba tan tieso de la furia que no pudo conducir bien. Mientras la madre, solo se inmutó a llorar, y seguir llorando.

—Ya vas a ver en la casa, mierda… Ya vas a ver

Eso hizo temblar a Andrés de pies a cabeza. Seguro esos hijos de puta de Troncho y Breamaqui la estarán pasando tan bien, mientras yo pagaba pato.

Cuando llegaron a la casa, ya no le resulto su hogar, sino una prisión.

Salió lentamente del Volkswagen, mientras sus padres hacían lo mismo. El padre sacó las llaves de su bolsillo… Abrió la puerta… Y Andrés echo a correr.

— ¡Oe, vas a ver, mierda!

Subió rápidamente las escaleras, mientras su padre hacía lo mismo.

— ¡No, Fernando! —gritó su madre, llorando—. ¡Por fa… vor!

Andrés se fue a su cuarto y cerró la puerta, tras él.

— ¡ABRE LA PUERTA! ¡PEDAZO DE MIERDA! ¡OE VAS A VER! ¡ESTE ES TU DÍA!

La puerta retumbó. Andrés se puso tras ella, soportando cada tremendo golpe.

— ¡ABRE LA PUERTA! ¡¡ABRE LA PUERTA!!

¡Déjalo, Fernando!

— ¡ABRE LA PUERTA!

Crack…

El padre entró. Andrés fue despedido al suelo, mientras la puerta se abría. Gateó por el suelo, pero su padre le agarró por los pies.

Inició la condena.

— ¡POR-QUÉ-ME-HICISTE-ESTO! —Bramó, con cada zurra que daba—.  ¡POR-QUÉ-ME-HICISTE-ESTO!

— ¡PERDONÁME, PAPÁ! —sollozó.

— ¡NADA, MIERDA! ¡Y NO ME DIGAS “PAPÁ”!

Un puñete cayó sobre su cuerpo, uno tras otro, como el golpe estridente de mil demonios.

Extraño usuario

Publicado: 18 julio 2009 en Percy Meza
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extrañousuariopic

Cuando apreté la última letra y guarde el documento, salté de mi asiento. Dando unas vueltas, me lancé sobre el sofá…

—Por fin… —dije con los ojos cansados—. Por fin, termine el trabajoooo… Sólo faltará poner la hoja de presentación y listo, libre.

Me quede tirada en el sofá, contemplado el techo, inmersa en mis pensamientos, pensando un pronto futuro de Socióloga. Sacudí mi cabeza y me levanté del sofá. Fui a la computadora para entretenerme un poco… Inicié mi sesión en Live Messenger y también  en el Hi5…

La ventana de Messenger emergió en mi pantalla como una personita saludándome. Una advertencia, pequeña y azul me dijo con el tonito de siempre.

Tiene 7 mensajes en su bandeja de entrada.

—Dios, en todo un día recibí siete mensajes…

Arreglé mi nick, cambie la foto que se mostraba por mi display y revisé mi bandeja de entrada donde encontré cartas locas de mis amigas, una invitación para una fiesta y una salida para el cine… Que vagos son estos, pensé.

Estado: Conectada… (Tucutín). Para q sepan todos, ya termine mi trabajo, ok??? *-) <Sab 04/07/09; 8:15 p.m.>

De repente, el MSN se interrumpió con varios tucutín. Pablo me estaba diciendo un montón de chistes. A pesar de que mi amiga, Andrea, terminó también su trabajo, inició una tesis psicológica por la conversación. Mi estado con ella: Aburridaza… Quería descansar y tomarme un tiempo divertido. No comenzar otra investigación.

Era cuando, apareció una de las personas mas churras de la universidad, Omar. Aunque por el Messenger no se lo veía, no importaba, de igual manera su belleza se digitalizaba.

El amor no se puede buscar fácilmente JJJ dice:

*Cristina, q haciendo por allí

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*Por acá, tomando un descanso, después de haber terminado un arduo trabajo q la profesora de History nos pidió…

*Gracias a Dios…

El amor no se puede buscar fácilmente JJJ dice:

*Q bien…

Tucutín. Alguien me habla. El nick no me parece conocido, pero me sigue hablando. Que rarazo, me dije. Me fijo en la notificación y me sorprendo. No acepte a ningún Soy Alfa y Omega, cuando inicié mi sesión. Abrí la ventana de conversación.

Su display se había convertido en una ventanita negra, como si el usuario había activado su cámara web. Pero estaba completamente negra.

Soy Alfa y Omega dice:

*Hola…

*cómo te llamas?

Le hablo sí o no. Seguro había sido un idiota que puso cualquier correo electrónico en el agregar un contacto y por suerte cayó con el mío. Sin embargo, esa ventanita negra me traía algo raro.

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*Hola… Me llamo Cristina… y tú??

No respondió en un instante. Aunque podía conversar con Omar (que no paraba de escribirme), me quede esperando la respuesta del extraño usuario… Su respuesta vino después de quince segundos.

Soy Alfa y Omega dice:

*Alfa y Omega…

Alfa y Omega… ¡Qué bonito! Sí me respondía con eso, seguro era un fanático a los videojuegos, sacándome la abrupta conclusión que era un adolescente… No obstante,  no tenía que apresurarme. Traté de sonar un tanto amigable y sacar mis conclusiones de manera más astuta.

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*q chévere… Seguro eres un programador de juegos…

Soy Alfa y Omega dice:

*No soy un programador de videojuegos

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*ooo

Soy Alfa y Omega dice:

*pero soy fanático de ellos…

*Hablando de ti, cuántos años tienes?

Mi suposición se comprobó por sí solo.  Era un fanático de los videojuegos. Ahora me preguntaba cuántos años tenía. Eso no me gustó. La ley de las chicas era jamás desvelar la edad, peor si era a un desconocido. Entonces tenía que persuadir esa pregunta.

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*Una edad muy aceptable para ser una señorita

Soy Alfa y Omega dice:

*mmmm… Una señorita

Ese “mmmm” me hizo pensar muchas cosas. ¿Estaba pensando? ¿¿Estaba deleitándose?? Lo bueno era que no revelé mi edad. Pero mi nombre si lo estaba, porque comenzó a llamarme así, de una manera muy intimidante. Como si tuviera otra cosa en mente.

Soy Alfa y Omega dice:

*Cristina, quisiera verte… Puedes activar tu cámara web

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*Mi cámara web???  Está descompuesto, amigo… Pero, porque no t muestras tú… Sólo veo una ventanita negra

Soy Alfa y Omega dice:

*Es porque no me gusta la luz…

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*Pero como quieres q t conozca si no t puedo ver, pss

Y pasó lo mismo. No me respondió en un instante. Me quedé mirando esa misteriosa ventanita negra, teniéndola como un insólito medio para ver a ese extraño usuario. Hablé con Omar por intervalos para esperar algo novedoso. Es donde sonó el tucutín de Alfa y Omega. Rápidamente abrí la ventana de conversación y me topé con un texto que decía: “Esto es lo que soy”. Por la ventanita se veía justamente la pantalla de un televisor. Fuera del marco, esa oscuridad impenetrable seguía ahí… Escuché gritos, que tensaron mis nervios. Por aquella ventanita, con la pésima calidad, el televisor proyectaba una especie de película. No reconocí la película, pero oí la frase escalofriante de la película Juego del Miedo: “Que empiece el juego”. A pesar de que no se veía bien, los gritos distorsionados de los personajes de la película me provocaba una mala intuición. Era un amante de las películas de terror…

El televisor desapareció en un borrón luminoso, y luego la ventanita se sumió en esa oscuridad, donde un fino contorno luminado estaba sobre él. No podía ser posible que fuera un muchacho, porque el fino contorno lo describía mucho más desarrollado.

Soy Alfa y Omega dice:

*q opinas

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*se nota q eres un amante d esas películas…

Soy Alfa y Omega dice:

*no soy un amante d esas películas

*me encanta como descuartizan a esas personas…

*y quisiera hacer d la misma manera contigo

Me quede pálida. Ese último texto erizó los pelos de mi nuca y me hizo entrar un pánico inquietante. Cerré la ventana de conversación con él. Trate de buscar su correo en todas las listas de contacto, pero no lo hallaba. ¿Cómo es que se metió en mis contactos?

De pronto, sonaron varios tucutín. Por el lado derecho de mi pantalla se llenó muchas notificaciones de él, uno sobre otro, con el nick cambiando: “El león encontró carne fresca”. Las notificaciones desaparecieron, pero algo aterrada, le comenté a Omar.

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*Omar, he estado recibiendo cosas feas d un extraño hombre por el msn… estoy asustada

El amor no se puede buscar fácilmente JJJ dice:

*Q dices??? Cómo?? Cómo es???

Para q sepan todo, ya termine mi trabajo, ok??? dice:

*T estoy diciendo q es extraño… No se como es… Pero estoy recibiendo muchas notificaciones de el… Tengo miedo…

El amor no se puede buscar fácilmente JJJ dice:

*Entonces salté d tu Messenger… Cierra tu sesión… Voy a ver si puedo ir a tu jato

Afirmé por esa tan fácil idea. Me despedí, insistiéndole que venga. Cerré todas mis conversaciones, y lleve el puntero al botón Cerrar sesión. Al oprimirlo, en mi pantalla salió una advertencia.

Usted no puede cerrar su sesión porque esta manteniendo una conversación. Cierre todas sus conversaciones y vuelve a intentarlo.

¡Qué! Tengo todas mis conversaciones cerradas, además nunca sale esa clase de advertencia al cerrar. Como no tenía nada que cerrar, oprimí el botón nuevamente, pero la advertencia salió.

Tucutín. Salió una pequeña notificación, diciendo que él me estaba escribiendo. No quería revisar, pero mi computadora actúo como si tuviera un tremendo virus informático. La ventana de conversación se abrió y reveló un texto.

El león encontró carne fresca dice:

*No puedes cerrar tu sesión… es mejor que no lo hagas…, porque dejaré de verte y no quiero eso.

*Quieres verte??? Mírate

La ventanita de cámara web surgió de repente, revelando un monitor de computadora… Tenía el mismo aspecto de mi ventana de conversación, con la ventana de él proyectando más monitores dentro de otro… Pero mi boca se abrió del puro pánico, al ver que mi expresión aterrorizada, verse por una ventanita… Me estaba observando. ¡Me estaba observando!

Abruptamente, fijé mi mirada en mi cámara web. Tenía la lucecita de power on encendida… Con la cara tiesa, y mis ojos desorbitados clavados en la ventanita y mi expresión filmada, llevé mi dedo directamente al CPU…

Dio un apagón general a mi computadora. Pero mi cámara web seguía encendida. Me agaché, desconecte el alimentador principal, y mi cámara web por fin se apagó.

Me quedé sentada, muerta del susto. Este no era cualquier persona. Este era un hacker, porque interfirió en mi Messenger, activó mi cámara web sin mi conocimiento y… y… podía pasarse como yo…

¡Make me feel like I can make it real…!

El timbre musical de mi celular me pegó un tremendo susto que proferí un grito. Mirando por momento a la cámara web, fui a contestar.

—Aló… —dije con voz quebrada.

—Cristina —se escuchó la voz de mi amiga Emma—. ¿Estás bien? Omar vino a la universidad y me contó que estuviste recibiendo mensaje de un hombre raro.

—Si, amiga —y luego le conté toda la historia.

—OH, mierda —chilló ella, preocupada y aterrorizada—. ¿Te vio? Esto es peligroso, Cristina, peor aún si es un hacker… En mi carrera me contaron que existe una categoría de hackers que lo llaman black hat, son unas clases de hackers muy astutos y pueden meterse por Internet, las computadoras filtrando, alterando toda informática posible…

—Ya me estás asustando más, Emma

—Discúlpame, amiga. Pero es sólo para que enteres y tengas conocimiento. Ahora el mundo esta inundando por la informática…

Ahora sonó mi teléfono. Con Emma aún en línea, activé el altavoz para no sentirme sola, me acerqué al teléfono y contesté.

—Aló…

— ¿Te gusto cómo luciste frente a la cámara web?

Aquella rancia voz hizo que gritara y colgará el teléfono de golpe.

— ¿Qué paso? —Gritaba Emma—. ¡Cristina, qué paso!

—Fue él… El extraño del Messenger… —dije a punto de llorar. Crucé media estancia y me agazapé contra la pared.

—Ay, Cristina… —dijo ella, horrorizada—. Este maldito es también un phreaker.

— ¡Deja tus huevadas, Emma! ¡Estoy espantada! ¡No te conté que quiere hacer una cosa horrenda conmigo —mientras hablaba mi cabeza se movió por todo mi estancia, miré por mi ventana que estaba a mi lado y me fijé en un hombre que grababa con una cámara de mano, desde su tragaluz— lo que sea…! ¡aaaaaaAAAAAHHHH!

—¡¡Corre, Cristina!! —chilló Emma, sin saber si estaba en peligro.

El terror me inundó por completo. No sé como tomé el pestillo de mi puerta, pero salí a la fría calle, con el cielo oscuro haciéndome acordar la ventanita negra. Los vecinos salieron de sus casas por los tales gritos que daba…

—¡¡No dejes de correr!! —me decía Emma.

— ¡Qué te sucede, chica! —dijo una señora consternada, acompañada de unos adolescentes, que estaban con un rictus en sus labios.

—Hay un chico… que está espiándome —dije con las palabras estropeadas por el terror—. Ahí… Ahí… —Apuntando el segundo piso de la casa, que estaba a dos de la mía.

La estuvo amenazando, señora —decía Emma desde mi celular.

La señora me miraba con ojos escrutadores, pensando si era una buena broma hecha por jóvenes vagos. Los adolescentes que la acompañaban estaban al borde de la risa. Yo solamente lloraba y suplicaba que me ayudara. Sabía que podía ir corriendo, pero el horror me mantenía impotente, en un solo lugar.

El vecindario se puso a mí alrededor… Algunos viéndome con malos ojos y otros con lástima… La señora insistía a los demás que yo era una malcriada que jugaba con bromas. En eso, apareció Omar, junto a Emma. Ellos dos vinieron a mí a consolarme, tratando de calmarme, porque estaba muerta del miedo.

La policía llegó dentro de tres minutos, junto a mi padre. Conté toda la historia, donde Emma y Omar trataban de apoyar, porque no dejaba de balbucear. Cuando llegué a la parte donde vi al hombre, me preguntaron en dónde. Indiqué el tragaluz en el segundo piso de la casa.

—Irrumpiremos en la casa —constató el policía.

Con el vecindario alrededor, los policías se pusieron frente a la puerta de la casa. Llamaron a la puerta, pero nadie abrió. Es donde entró la actitud brusca, como en las películas, se lanzaron contra la puerta y se abrió.

Mis amigos, los dos policías, mi papá y yo entramos. Un tercer policía impidió que el vecindario se acerque mucho.

La casa tenía una apariencia muy desértica, como si nadie y nunca lo hubiese habitado alguien. Tenía muebles rotos, un olor fuerte a cigarro y algunos rastros de moho por todo el lugar. Desde ahí el bullicio del vecindario venía amortiguado, aparte de un sonido raro que parecía provenir de la casa.

Los policías iban delante de nosotros con unas linternas, mientras los haces de luz develaban muchas cosas más como cables, tres monitores de computadora, una bolsa plástica llena de mouses descompuestos, teclados y algunas cámaras web.

Aunque estaba con mi padre,  mis amigos y los policías, tenía escalofríos.

Llegamos a un lugar profundo de la casa donde encontramos una escalera de caracol, oxidada y solitaria. Lentamente, comenzamos a subir. Ahora se podía escuchar el raro ruido procedente de la casa. Venía del segundo piso.

Me amenazó… Me dijo que me iba a matar… Dijo que el león tiene carne fresca… Tengo Miedo

Encima de nosotros, al final de la escalera, había una salida por donde se veía entrar una luz parpadeante.

Cuando surgimos por la salida, nos encontramos en un cuarto repleto de cuatro monitores de computadora, muchos accesorios para informática, una consola, cámaras web. En cada monitor proyectaba un escritorio repleto de iconos de programas sofisticados y extraños. En una pared estaba el enorme tragaluz donde él había estado espiándome. El problema es que el extraño no estaba, desapareció, esfumándose, como si se hubiese metido a la Internet y tendría como destino un lugar desconocido. Las cosas físicas que dejó eran unos lentes solares, unas revistas pornográficas y un vaso medio lleno de Coca Cola.

Los policías examinaron todo el cuarto, de polvo en polvo. No obtuvieron nada, sólo muchos objetos de informática…

De repente sonó un tucutín del Messenger, inmensamente fuerte, que nos pegó un susto a todos. Los monitores mostraron una pantalla completamente roja, tiñendo a su vez la habitación, con un símbolo de un rostro amarillo macabramente feliz, con los ojos rojos y desorbitados, una amplia sonrisa y con una frase espeluznante que hasta se oyó.

El hacker nunca se deja ver, pero sus productos sí —de los parlantes salió una voz distorsionada, difícil de reconocer.

Las pantallas rojas desaparecieron para mostrar rostros distorsionados de chicas, donde el horror llenaba su expresión. La última fue mía, filmada desde el punto de él, directamente del tragaluz. Me vi corriendo hacía la puerta, muerta del pánico, mientras una risa maquiavélica traía de fondo. Me apegué a mi padre del puro susto.

extrañousuario

Después, los monitores volvieron a la pantalla roja. Inmediatamente se escucharon diferentes sonidos, propios de Windows, pero se entremezclaban y algunos parecían hechos por pequeños diablillos. Me quedé mirando las pantallas, hipnotizada, llena de algo…

Rápidamente, todo sucedió en segundos. Una bola de cristal de discoteca surgió de no sé donde. Producía una trayectoria peligrosa, directa a nosotros. Empujé a mi padre contra un costado. Emma se lanzó contra Omar, mientras desaparecían escaleras abajo. Los policías trataron de evitar la bola, pero inmensamente inútil, porque los golpeó, enviándolos contra las computadoras.

La bola emitió un silbido cristalino en su rápido trayectoria, hasta que impactó contra la pared. Los añicos de cristal volaron por todas partes, como dardos deliberados. Unos cayeron sobre los policías que trataron de incorporarse. Otros lastimaron a mi papá y a mí…

Con los brazos lastimados por los vidrios, me fijé en la pantalla de una computadora, la única intacta, con el símbolo de aquel sujeto, aquel extraño usuario.

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Publicado: 11 julio 2009 en Percy Meza
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I

Abrí los ojos mansamente. Recibí muy suavecito la luz de la mañana, que cubría todo mi desordenado cuarto. Me incorpore en mi cama y me senté al borde de ella. El sueño todavía me atrapaba, pero tenía que estar despierto para ir a mi consultorio. Apoyé la cabeza sobre mis manos y luego las jalé hasta restregar mi rostro para quitar ese cautivador y delicioso sueño que me faltaba saciar. Tomé perezosamente el cepillo y le coloqué la pasta dental. Mirándome con cara de marrano, me cepille los dientes.        Salí del baño y me desvestí. Me tumbé en la cama, tomando el control remoto y enciendo el televisor, que estaba adornado en su marco de visión con un pequeño panfleto para prevenir la gripe A (H1N1). El noticiero matutino me saludó con una primicia inquietante.

AUMENTARON 105 CASOS DE LA TEMIBLE GRIPE A (H1N1)

—Según informes publicados por el Ministerio de Salud, aumentan seis casos en nuestro país —constató la presentadora—, reportaron 105 nuevos casos de la temible gripe A (H1N1) en nuestro país… Esto se suma en nuestro país a 916 casos.

Me quede atónito, mientras me ponía, mecánicamente, el zapato en el pie con el calcetín. Tome mi valija, la examiné para no olvidarme ninguno de mis útiles de trabajo, la cerré y la sujeté firmemente.

Apagué el televisor, en el momento que daban indicaciones para prevenir el contagio de este virus. Puse mi ropa en su lugar, que lo consideró como el “gran arreglo” que le doy a mi habitación diariamente.

La gente que pasaba por mi lado vive tensa por el trabajo y muchas cosas más. Yo vivo tenso por mi trabajo y conseguir una chica.

Cuando llegué a la inmensa caja de cristal de Saga Falabella, las nubes blancas del cielo brillaron para dar el aspecto frío que siempre teñía las mañanas. Crucé la ancha pista, tome la ruta adecuada e inicia mi largo trayecto para ir hasta mi trabajo.

II

Son las 9:05 a.m. He partido desde Miraflores a las 7:30 a.m. No sé quien me dio la estúpida tentativa de poner mi consultorio tan lejos de mi departamento.

Enciendo las luces de la sala de espera, del consultorio, de todo el lugar. Pongo mis cosas en mi escritorio, mientras espero a Almendra. La recepcionista que es mi sobrina de 20 años, que apareció a las 9:15 a.m. con su sonrisa tan dulce, risueña, que alegraba mi día.

—Buenos días, tiíto —dijo, dándome un besito en la mejilla. Arregló su escritorio, con su delicado cuidado hasta obtener un diseño exuberante. Un orden paulatino de lapiceros en sus portadores, folios y papeles en el centro, panfletos de campañas contra el sarro al borde y a la vista, y una foto de su madre difunta, mi hermana Esmeralda, que murió por peritonitis.

—    ¿Viste la noticia, Almendra? —pregunté de repente.

—Sí, tiíto. Me asuste con esa estadística. Cada día hay más infectados. El domingo pasado me dio una gripe que pensé que era gripe porcina. Creo que ese día hubo 32 casos más aquí en Lima…

—Estás al tanto en los noticieros…

—Nunca me pierdo de una, aunque no creo que soy la única que no me lo pierdo.

Ella me miró con ojos impertérritos. Siempre segura de sí misma. Es por eso que ningún chico tenía el nivel para considerarlo como su enamorado.

—Listo, tiíto. Abrimos el consultorio ahora… Vamos, vamos, vamos, tiíto. Tú debes estar en tu escritorio…

Reaccioné ante su imperativa orden. Cruce media sala de espera, para entrar a mi consultorio, mientras Almendra encendía el televisor de la sala de espera.

Tras esperar media hora, apareció un paciente que tenía un horrible problema de sarro supragingival. En la arcada superior tenía dos dientes con el trastorno. Tuve que recurrir a ciertos procesos de limpieza para sacar aquel molesto sarro, porque el pobre paciente tenía el aspecto de tener dos dientes más largos que otros. Acabé con la limpieza, le sugerí cosas buenas o malas y se fue. En toda la mañana recibí a un niño que necesitaba una endodoncia, por un diente profundamente picado. ¡Para el colmo el diente era de hueso! Luego recibí a un señor de edad que había venido frecuentemente, porque se quejaba por lo incomodo que era la prótesis que cubría su paladar.

Almendra, de repente, le dio un ataque de orina, por su etapa de menstruación. Tiíto, tengo que ir al trono. Por eso tuve que salir de mi escritorio y esperar en el escritorio de Almendra, mientras por la puerta de cristal veía pasar los autos. En un unos segundos, apareció una señora con aspecto adolorido.

Venía tocándose la mejilla hinchada. Un problema notorio de caries peliagudo.

—Buenos días, señora. ¿Cuál es su problema?

—OH, doctor. Amanecí con un fuerte dolor en la muela… En estos momentos me aflige mucho, doctor.

—Muy bien. Acompáñeme…

La llevé al consultorio. Se colocó en la silla dental. Moví el estante móvil, me puse la mascarilla y acerqué los instrumentos. Tomé el espejito dental y examiné con ella los dientes. Uy. Tenía el tercer moral totalmente picado. Esto requería a una endodoncia. Preparé las limas para sacar todo el tejido pulpar: la K y la de Hedstrom.

En toda la operación de endodoncia, que duró hasta el mediodía, el diente murió y la señora quedó libre del dolor. Ahora solo tenía que retener la hemorragia con algodón.

—Gafias, fofor —me dijo ella.

En el momento, que quiso saludarme, ella me permitió un segundo y estornudó. Luego, le estreche la mano. Ella salió del consultorio, contenta y parecida a Quico.

—Por fin, terminó el día de trabajo… —aspiré profundamente—. A ver… Debo marca la fecha en el calendario… 4 de julio de 2009… Así que Od. Carlos Parleo Costumo, terminó tu hora de trabajar…

Limpié todos los instrumentos dentales, arreglé por aquí y por allá. En ese tiempo de orden, Almendra asomó la cabeza por la puerta y me dijo:

—Tiíto, me voy. Tengo que ayudar a la abuelita en la casa… Chao, cuidado con el tráfico —me mandó un beso volado.

Lavándome las manos, hice el ademán de recibir un beso.

—Chao, hija.

Tras eso, arreglé con lo faltado. Salí de ella y me regresé a mi departamento.

Pasé una tarde tranquila como cualquier sábado por la tarde. Comí pollo a la brasa pedido por delivery y viendo unas cuantas películas. Cuando fui a la cama era como regresar de mi consultorio… Estaba muy adolorido y no sabía porque. Seguro era el día… Bah… Así que me eché en mi cama a la medianoche.

III

Me levanté. Pero esta vez me costó mucho… Parecía como si niños invisibles estuvieran pisando todo mi cuerpo… Saltando sobre mí… Traté de ver el reloj, pero con un movimiento giratorio de mi cabeza parecía como si ella estuviera hecha de aire y mareo. Abrí más los ojos. Esta vez definí bien mi desordenado cuarto, pero el mareo persistía en verlo como un cuadro aún más horrendo. Me moví lentamente y parecía como si cama quería tragarme. Todo el cuerpo me dolía profundamente y me quemaba.

Aspiré un poco de aire y sentí la nariz totalmente congestionada… Tragué mi saliva y era como si estuviese pasando una enorme piedra. Estaba tan desesperado de salir de la cama, que di un movimiento brusco y sentí una náusea tremenda… Quedé turbado y vomité en mis sábanas…

—No puedo tenerlo ahora…

Tomé un poco de aire que me costó y me levanté de la cama. Era como caminar sobre un piso resbaladizo con la cabeza perdida… Fui por un lado y me golpee con la pared… Estaba completamente nauseabundo…

—¿Dónde está…?  —dije al borde de quedarme inconciente.

Con la mirada mareada, encontré el panfleto, que siempre estaba pegado en el marco del televisor. La arranqué porque era imposible caminar con ese estado… Acerqué los textos a los ojos…

—Síntomas… Síntomas… —dije rebuscando. Para una persona sana la habrá encontrado en un santiamén.

SINTOMAS

Tos seca recurrente

Fiebre alta (38-40º)

Secreción frecuente de mucosa

Dolor general

Escalofríos

Fatiga

Dolor en los ojos

Perdida del apetito

Falta de aliento

Vómito

Diarrea

—OH… p —con voz quebrada—. Estoy… infectado… ¿Cómo… me pude… haber contagiado…? OH… La última paciente… de ayer… estornudó… OH…

Como mi cuerpo no soportaba estar parado en un lugar, fui para un costado, pateando mis cosas  y sentí esa tremenda náusea, que acabó en vómito…

Con el cuerpo torpe y enfermo, busqué mi celular. Di giros lentos con la cabeza, escudriñando el aparato en medio de todo ese desorden… Después de unos segundos, lo encontré tirado bajo mi cama.

—Buenos días, ¿en que podemos ayudarlo? —dijo la voz suave de una mujer.

—Señorita… —dije—. Amanecí tremendamente mal… Siento un malestar general… Revisé los síntomas de la gripe A (H1N1) y todo ellos concordaban…

—Correcto… ¿Cómo se llama, usted?

—Carlos Parleo Costumo…

—El número de su domicilio…

—Calle Francia 452…, departamento D2… Miraflores… Queda por los alrededores del colegio Mater Purissima.

—Señor Parleo, debe quedarse en un lugar donde podamos verlo. El equipo de emergencias llegará a su domicilio en unos minutos… Por favor, no salga de la casa por ningún motivo, la gripe A (H1N1) es altamente contagiosa…

—De acuerdo…, señorita —mi voz se interrumpió por un estridente tos.

La señorita colgó.

Me quedé parado. Hice una aventura para llegar al sillón de mi estancia, pero antes de sentarme, dejé la puerta de entrada entornada. Me tumbé sobre el sillón.

IV

El equipo de emergencia llegó a las 9:35. Me había levantado enfermo a las 9:15. Todo el equipo vino hacía mí, con mascarillas, examinándome, viendo mi pulso, haciendo todo lo necesario para ver mi estado de salud.

—Su fiebre alcanza los 39º grados Celsius… —afirmó un hombre, con su voz amortiguada por la mascarilla—.

— ¡Traigan la silla de ruedas! —grito otro.

Con el cuerpo como una gelatina, me hicieron sentar en la silla de ruedas. Lo que tenía encima era una mascarilla para respirar y un termómetro bajo la axila. Al salir al pasadizo, mis párpados estaban en un estado de “ya no aguanto estar así”. Cuando llegamos al final del pasadizo, los de emergencia discutieron algo, hasta que vino lo peor. Me iban a bajar por el ascensor. OH, por Dios.  Dos de emergencia bajaron por las escaleras, y dos me acompañaron para entrar al ascensor. No podía haber mucho tumulto a mí alrededor con el riesgo de contagio. Entrando al ascensor, estaba seguro que iba a sufrir otra infección, que podría sumarse temporalmente a esto: la claustrofobia. Pero eran solo tres pisos abajo, pero la ansiedad se sumó a mí cuando las puertas del ascensor se cerraron. Comencé a contar, 1, 2, 3, 4…, cuando tenía la horrible sensación de que las cuatro paredes del ascensor se ceñían ante mí…

Humberto, saca a Carlitos de esa maleta… No puedo, se cerró por sí sola y el candado esta oxidado… Ay, por Dios, ¿desde qué hora estuvo encerrado ahí?…

La ansiedad, al llegar a un punto pavoroso, las puertas del ascensor se abrieron. Sentí el aire en mi piel y se calmó uno de esos, pero la gripe persistía, me martillaba, hacia lo suyo. Salimos del lugar, con algunas personas de casas vecinas mirándonos. Uno de emergencia, gritó a algunos curiosos que se acercaban.

— ¡Por ningún motivo se acerquen o serán contagiados! ¡Sólo quédense en sus casas!

Me subieron al carro de ambulancia y se inició el trayecto al hospital. Pero en ese momento le dije a los de emergencia que sufría claustrofobia y me pusieron, desesperados, algún analgésico que me calmó.

V

Abrí los ojos lentamente. Pensé que fue algún tipo de pesadilla, pero me di cuenta que era real cuando tenía una mascarilla de aire en mi rostro. Estaba sobre una camilla, con el cuarto limpio y blanco, siendo iluminado por una tenue luz de sol. A mis lados, un montón de aparatos registraban mi estado, con unos pi, pi, pi, que molestaban mis oídos.

Esta vez, no sentía los síntomas horriblemente. Estaba con un estado normal…

Me di la vuelta y encontré mi celular en una mesita. La tomé y marqué el número del celular de Almendra. Me saqué por un momento la mascarilla de aire.

— ¡Tiíto, por Dios! —Escuché ruidos raros, además de su voz dulce—. ¡Cómo te encuentras! ¡Estuve muy preocupada! ¡Estuve esperando en la sala de espera, pero vine a McDonald’s para comer algo! —Seguro había derribado la hamburguesa, de puro nervios.

—Estoy bien, hija. Creo que me pusieron muchos analgésicos para aliviar los síntomas…

Tras eso, le comencé a contar la larga historia.

En la pared de mi cuarto había un afiche no publicitario, de que medicamentos se usaba en el tratamiento contra la gripe. Entre ella estaba el Tamiflu (unas cápsulas bicolores: blanco y amarillo) y la Relenza, que era un pomo con una peculiar forma en cuña, debajo de su nombre rezaba Zanamivir, sólo para inhalar.

— ¡Por Dios, tiíto! ¡Ay, tiíto! —Sollozo—. Tuve mucho miedo. Pensé que muchas cosas feas…

—Hija, no te preocupes. Ya estoy en tratamiento…

—Pero tiíto, es que la enfermedad… —el tono de su voz se volvió muy severo—. No es fácil… Es muy complicado…

Se que no quería decirme directamente. La gripe era tan mortal en ciertos casos, ocurrido en Estados Unidos, México y Argentina, países que estaban en los primeros puestos de la lista Víctimas de esta enfermedad pandémica.

—Tiíto, informaron… que hay un caso mortal en el Perú. Es de una niña de 4 años que tenía síndrome de Down… Ay, tiíto. Voy a rezar por ti… —dio un pequeño sollozo—. Ahora los familiares no pueden acercarse a los infectados… Pero buscaré la manera para verte, tiíto… No quiero que te pase nada…

Esas palabras casi me hicieron llorar… Era cierto, era como un padre para ella. Pero la gripe era tan seria que no había manera de justificar el daño que hacía. Mi hija colgó el teléfono, tras un prolongado sollozo. Me eché en la cama, acomode la mascarilla de aire y me quedé mirando el techo, taciturno, inerte, sin comprender lo que me pasaba ahora.

Pasando los días, el televisor no paraba de proferir las noticias de la enfermedad y sus víctimas… Channel next… Channel next

El 5 de julio de 2009 se detectaron 111 casos. Todos peruanos: 98 residentes en Lima, 4 en el Callao, 5 en Cusco, 2 en Trujillo, 1 en Huánuco y otro en Madre de Dios. Numero de casos: 1027. Muertes: 2, ocurridas en Lima

El 6 de Julio se detectaron 43 casos, 35 en Lima, tres en Arequipa, 2 en el Callao y Chimbote y uno en Cajamarca elevándose a 1070 casos en el país.

El 7 de Julio se detectaron 65 nuevos casos de la nueva Influenza A (H1N1). Todos peruanos; 35 residentes en Lima, 5 en Arequipa, 5 en La Libertad, 9 en el Callao, 4 en Piura, 6 en Junín y 1 en Iquitos, elevándose a 1135 casos en el país.

El 8 de Julio se confirmaron 196 nuevos casos de la nueva Influenza A (H1N1). Todos peruanos; 183 residentes en Lima, 1 en Arequipa, 1 en La Libertad, 6 en el Callao, 1 en Ayacucho, 1 en Junín, 2 en Huánuco y 1 en Cusco, elevándose a 1331 casos en el país. A la vez, el MINSA informa que se registró la tercera muerte en el país, dada en el hospital de Yanahuara, en Arequipa.

Power off… (…)

Curva del diablo

Publicado: 6 julio 2009 en Percy Meza
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bagua[1]

La turba de gente se llenó en la calle, mientras el ambiente árido y con poca vegetación era consumido por el sol matutino. Unos hombres gritaban a todo plumón, mientras otro grupo decían que se apartasen.

—Fuera, muévanse, huevones. Este hombre esta herido —gritaba un hombre que sostenía al herido, mientras otros le ayudaban. El hombre que apartaba a gritos, empujó a unos cuantos más.

La gente que estaba por otro lado, comenzó a unirse a la turba. Llevaban al herido con las voces de la gente gritando por todo el lugar. Cuando revelaron el cuerpo magullado y lastimado del hombre a demás personas, algunas mujeres gritaron en el llanto. Aquel lastimero sentimiento se fue apagándose hasta mudarse en un gemido enardecido.

—Malditos de mierda —gritaba una mujer con el rostro lleno de furia—.

El hombre fue llevado a una casa cercana, donde aún, muchos jóvenes y niños se quedaron mirando, colgándose de algún poste de luz. La casa de una señora se convirtió en una clase de clínica, irreconocible, mientras unas mujeres histéricas mandaban a algunos niños a un hospital cercano.

—Niños, niños —llamaba una señora. Los niños mirándose en sí, entraron a la abarrotada casa, empujando a unos cuantos hombres—. Vengan, vengan… —cuando los niños llegaron ante ella, un de ellos se quedo traumado al ver al hombre muy lastimado, con un horrible herida que surcaba todo el ancho de su pecho—. Vayan al hospital más cerquita… por aquí, no más… Vayan, vaya… No se queden parados…

Los niños salieron de la casa abarrotada. Algunas cosas de la casa se estremecieron cuando más gente entraba a ver al herido. Salieron la irreconocible calle, llena de gente con diferentes armas cosas en sus manos, pero lo que más abundaba eran los fusiles AKM.

—Esto me asusta… —dijo un chico moreno de 7 años, con las manos temblando y con el andar apresurado, tratando de alejarse del lugar.

— ¿Cómo que te asusta? —respondió el mayor, bruscamente—. Sólo estamos defendiendo nuestras tierras… ¿Crees que esta bien que tomen nuestras tierras así no más?

—    ¿Por eso están peleando todos?

— No sé… pero estamos luchando para defender nuestras tierras

Se escucharon unos disparos. Aquello les dio un tremendo susto a los niños. Voltearon a ver, mientras el menor de ellos se aferraba a su hermano.

— ¡No dejen que avance! ¡No dejen que avancen!

En el centro de la pista un camión de bomberos trataba de pasar, mientras un grupo de personas lo impedía, golpeando con unas lanzas la ventana parabrisas. El camión trató de moverse entre toda esa multitud, pero solo recibió empujones enfurecidos.

—Conch… ¡Dejen de hacer eso!

Salió un bombero por la ventanilla y dio grandes gritos enfurecidos a la turba. Pero como el resultado era como el típico fuego contra fuego, el lío aumento en grados desesperantes.           La gente embistió el carro de bomberos, picaron con sus lanzas el capó y espetaban obscenidades.

—Bájense… Bájense —gritaba algunos con voces furiosas.

—    ¡Que no pasen!

Un hombre golpeó con violencia el parabrisas hasta causar que se forme una araña de grietas sobre ella. Los bomberos dentro trataron de salir del camión, pero eran recibidos con algunos gritos más furiosos.

— ¡Salgan…! ¡Con esto van a salir! – Dijo un joven mayor, que venía corriendo, mientras alzó sobre su cabeza una botella de molotov encendida. La línea de humo que dejó en el aire, impregnó la respiración colectiva.

La calle se despejó, cuando la letal botella de molotov venia lista como una bomba muy peligrosa. La muchedumbre miró con expresión furiosa y ansiosa, los bomberos trataron de salir de ella y la botella de molotov iniciaba su vuelo parabólico hacia su blanco, dando giros rápidos, profiriendo el ruido sordo del líquido dentro de ella, mientras la línea de humo dibujaba una espiral densa y ácida.

Silencio general en milésima de segundos… Último giro de la botella… Ojos ansiosos…

… La botella reventó sobre el capo del camión de bomberos. Una repentina flama de fuego se propagó por todo la ventana de parabrisas. Los bomberos salieron del camión, dando un gran salto donde cayeron de bruces en el asfalto caliente.

Como una gran tea, el camión de bomberos comenzó a consumirse.

Los niños trataron de no seguir a todo el tumulto enfurecido. El menor de los hermanos ahora se mostraba muy curioso ante eso, porque repentinamente el miedo fue reemplazado por una clase de aventura totalmente peligrosa.

Con una mente muy contagiada por el peligro que estaba encima, el menor de los hermanos puso en marcha un plancito.

—Vámonos… —dijo el mayor del grupo, algo aterrado y sorprendido.

Y el menor de ellos dijo:

—José, me voy a quedar en la casa…

—    Vamos. Por esta parte de la ciudad es peligrosa… Ya viste que le pasó al transporte de los mangueros.

—No es eso… Tengo que ir al baño —fingió Manuelito. Puso carita de contrariado, con los labios presionados entre sí.

—Deja a tu hermano, vamos, nosotros…

—Iremos a La Peca…

A Manuelito no le importaba La Peca. Quería ver que pasaba por La Curva del Diablo… Por qué la gente se peleaba tanto…

—Solo quiero quedarme en la casa…

—Eres chivo, así… —dijo el amigo de José.

Manuelito se quedó cabizbajo.

—Deja de hablar cojudeces… Vamos, al hospital… Ese hombre debe estar quedándose frío… Vamos… Tú, Manuel, vete a la casa y no salgas…

Manuelito hizo el ademán de regresar a la casa. Se escondió tras un pequeño arbolito, mientras su hermano y su estúpido amigo de mierda desaparecían tras una curva hacia la derecha.

Miró hacia el otro lado de la pista. Estaba despejada. La mayoría de las personas se había dirigido para enfrentarse a la Policía por La Curva del Diablo. La calle estaba casi totalmente desierta.

Tomo la iniciativa. Cruzó la silenciosa pista, mientras al llegar al otro lado, se metió por unas plantas y se integró a un calvo bosque de árboles bajitos. Subió por una cuesta, y caminó muy agachado por todo el camino.

Se escuchaba gritos, sonidos raros, disparos y algo como el ruido de una enorme mezcladora. Escabulló entre los arbustos secos y se escondió. Esperando que esos infernales ruidos cesaran por un ratito. Con siete años, la adrenalina fluyó por sus venas, impulsándolo a cometer cualquier acción arriesgada.

Siguió caminando cabizbajo, procurando no llamar la atención repentinamente como animal perdido y repentinamente extrañado. Tropezándose con un roca que le dejo una raspadura en la rodilla, caminó muchos más allá, hasta estar frente a un claro desértico. De repente, comenzó a escocerle los ojos de manera muy abrupta.

Algo contundente impactó sobre la arena agreste, levantando una pequeña nube de arena. Después apareció más de esas nubes de arena, producido por un ruido silbante y muy rápido.

— ¿Qué es eso?

El sonido era tan fuerte, que pensó que algo iba a caer sobre él. Se agachó y acurrucó bajo los matorrales. Luego comenzó a sentir un fuerte viento que movía todas las plantas, alzaba grandes nubes de arena que amenazaban en entrar en los ojos de Manuel. Levantó la cabeza y se encontró con un impresionante helicóptero, repleto de policías, listo para combatir. El intenso aire que causaba las hélices del helicóptero, provocaba que los calvos arbustos donde se escondía Manuel comenzaran a desplomarse.

El helicóptero descendió, perdiéndose de vista cuesta abajo, hacia La Curva del Diablo. Procurando no llamar la atención, Manuel se acercó a otro arbusto. Con ansias arriesgadas, se abalanzó lentamente. Caminó muy agachado, pisando ramitas caídas, hasta que sintió que sus pies se resbalaron contra algo y cayó tras un bejuco. Aquí era donde los ojos le escocieron terriblemente.

Se levantó adolorido, porque en la misma reciente herida sintió un roce horroroso. Dio unos grititos, pero estaba seguro que a esos dos grandes grupos no le interesaba si era un animal llorando.

— ¡Disparen…!

Y era cuando descubrí que era lo que levantaba en pequeñas nubes de arena. Eran miles de balas que estaban dispuestas a impactar en cualquiera. Sucumbieron el lugar con miles de balazos ametrallados, contundentes, letales, llenos de maldad exquisita.

Por un lado recóndito, se escondían periodistas; algunos con sus compañeros camarógrafos. Manuel pudo observa a mucha gente en el lugar, con lanzas y fusiles AKM, disparando.

Cuando se encontró con una pelea, muy cerca, de repente un papel se atajo en el bejuco que estaba escondido. Por el espacio que veía, saco su brazo y tomó el papel

En ella decía que La Ley de Flora y Fauna Silvestre sería aprovechada de una manera estable.

¿Acaso por eso peleaban?

De repente, comenzó otra lluvia de muerte cargado de balas. Algunos impactaron muy cerca de aquí, pero jamás llegaban tan cerca.

Dejó mirar esa escena espantosa y volvió a ese misterioso papel. No entendía que es lo que decía, pero estaba lleno de dígitos muy raros, palabras como ‘artículo’, ‘capítulo’. Se quedo mirándolo, averiguando qué era lo extraño que era lo que tenía ese papel.

Había algo que le perturbaba. Era un enorme diálogo entre personas que si comprendían esto, pero le perturbaba las palabras tan difíciles.

Así actúa el extremismo en el Perú

— ¿Qué significa extremismo? —se preguntó Manuel en su cabeza, mientras los gritos de la masacre venía desde La Curva del Diablo con bastante notoriedad.

No deberíamos permitir esto… El Perú debe progresar… Usaremos las tierras de nuestra Amazonía para un uso agrario

De repente vino a su cabeza la voz de su hermano José.

Sólo estamos defendiendo nuestras tierras… ¿Crees que esta bien que tomen nuestras tierras así no más?

En el papel decía:

Solamente tratamos de buscar un progreso más estable, exportando, vendiendo

Instalaremos industrias petrolíferas para extraer el petróleo de la Amazonía… —escuchó la voz de una mujer.

¡Esto va más allá de la política! ¡Estamos hablando de vender hectáreas de nuestra Amazonía! ¡Estamos hablando de árboles! ¡Nuestras propias riquezas! —le vino a la cabeza la voz de uno de sus vecinos, dirigente, mientras opinaba sobre los nuevos decretos legislativos—. ¿Y con que quedamos nosotros mientras vendemos? ¿Dinero? ¿Nuestras riquezas vendidas que ahora tendremos que comprar de ellas para beneficiar nuestras necesidades? El Perú está muy mal en esto… ¡¡Tanto nos cuesta explotar nuestras propias riquezas!!

—Nuestras riquezas —pensó Manuel. Tenía la mente tan concentrada y conectada, que apenas se dio cuenta que una bala cayó a pocos metros de él.

Estamos tan cerca de ella… Podemos buscar nuestra propia manera para tener un ecosistema estable, mientras que el Gobierno no piensa más que en una política estúpidamente consumista… A veces pienso que el propio Gobierno nos contagió con lo de traer marcas extranjeras y venderlas aquí

Aquel pedazo de papel hizo recordarle todas las conversaciones escuchadas de muchas personas, después de que se anunció los nuevos decretos.

— ¿Pero qué significa extremista?

¡BUM!

Se escuchó una enorme explosión. Se sobresaltó mientras la luchas en diferentes puntos de La Curva del Diablo se daba violentamente. Con la mano aún con el papel, gateó por el suelo árido y miró entre los arbustos.

Desde ese punto era horrible presenciar ese acontecimiento. Con ojos desorbitados y escocidos por ese panorama totalmente cruel, donde solo el mal se apoderaba, se escondió otra vez en el bejuco.

De improviso, cuando Manuel quiso alejarse de ahí, unas balas comenzaron a caer perdidas, muy cerca de él. Las nubes silbantes de humo se levantaron, mientras los ojos escocían más. Manuel empezó a aterrarse. Los silbidos de las balas llegaban a muy poco metros. Se agachó y trató de apegarse al suelo árido. Los silbidos se amortiguaban con el suelo y con algún metal que estaba cerca de él. Manuel comenzó a sollozar, mientras las balas no se detenían en caer cerca de él. Sonó un chillido metálico, y una señalética ZONA DE BACHES se desplomó. Tenía todo el gráfico cincelado por el impacto de las múltiples balas y apenas recibía más. Manuel estaba en una clase de lluvia de muerte.

El disparo de las balas se calmó un poco, pero se escuchaban que algunas caían. Se levantó de ese escondite y comenzó a correr hacia el pueblo. Dio grandes traspiés, mientras escuchaba los disparos y una batalla sangrienta a lo lejos. Con el cuerpo paralizado por el terror, se resbaló nuevamente y cayó hacia la pista de la ciudad.

A pesar de ser niño, la comprensión se desbordó a un punto donde la misma realidad se convertía en objeto de la maldad.

Se levantó y se tocó el cuerpo. Se miró todo el cuerpo en busca de alguna raspadura, pero se consternó al no encontrar en su dominio el pedazo de papel que había encontrado. Extrañamente había desaparecido.

— ¡Manuel! ¡Manuel! —le llamaba su hermano.

—…

Manuel se quedo irresoluto. Su hermano apareció en el momento menos adecuado. Cuando estuvo muy cerca, José le agarró de la patilla al niño.

— ¡Mamá me puteo y me dijo a dónde te habías perdido!

—No me digas nada —dijo Manuel con su voz tenue.

—    ¡No me ca…! —Se detuvo y entrecerró los ojos en sospecha—. Oe, ¿A dónde te metiste? ¿Por qué tienes ese aspecto como si el chancho te hubiese acompañado en un baño?

—Me caí… Estaba por allá,…

—No seas un mentiroso…¡Oh, conch…! ¡Te fuiste a La Curva del Diablo…!

—No —sacudió la cabeza,  muy nervioso.

Su hermano entrecerró tanto los ojos que apenas se vio la esclerótica.

¿saes q es extemimio? —susurró tan bajito que José no logro escuchar.

—No hables como chivo…

— ¡¿Sabes que es extremismo?!

AHHHH

Se escuchó un grito. Venía de una casa próxima.

— ¿Qué pasa?

José se mostró muy triste.

— A una niña de cuatro añitos le cayó una bala en el estómago y ahora está mal… La madre esta llorando mucho… Vamos… Tenemos que cuidarnos… Dicen que pondrán en toque de queda…, te mandé a la casa y te encuentro aquí.

José le tomó del brazo y le jaló de regreso a casa. Lo raro es que no se enteró sobre lo que significaba extremismo, hasta que lo hizo por un spot en la televisión, que apenas sucumbió su pensamiento muy infantil. No se trataba de cualquier cosa, ni de quién apoyar, pero aquellas palabras eran iguales a lo que encontró en el papel: Así actúa el extremismo en el Perú

El ingrediente es…sangre

Publicado: 27 junio 2009 en Percy Meza
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zancudo2

Fue un día demasiado agitado. Los trámites se habían realizado maravillosamente, pero me habían estresado de una manera tal que casi había llegado al bochorno. Salí de la oficina lo más rápido posible, porque estaba seguro que el jodido del ingeniero llegaría de repente y me aprisionaría otra vez en el trabajo hasta dejarme hasta tarde. No había dormido tres días seguidos por dedicarme a una facturación larga y tediosa.

La otra vez estuve a punto de irme a descansar a  casa, cuando de repente apareció el ingeniero. Con su cara de felicidad hipócrita, pidiéndome: “Gustavo, debes arreglar algo en la facturación. Existen algunas fallas en los cálculos.” Cómo quisiera desmayarme en ese momento y que el ingeniero me llevase al hospital. Y que los doctores le dijeran que era un ingeniero totalmente estúpido, arrogante y explotador de trabajadores.

Salí de la oficina, riéndome de esa propuesta utópica. Como era el último en quedarme y siempre pasaba eso, apagué todas las luces. Abrí la puerta con desgana y salí al frío Jirón Próspero. Los motocarros pasaban tan tranquilamente, mientras las luces naranjas de los postes de luz teñían el ambiente nocturno. Aquel frío nocturno me rozó la mejilla y me inducía al sueño. Estaba seguro que si me miraba al espejo, encontraría unas ojeras como si hubiese recibido puñetazos. Agazapé mis cosas hacia mi pecho y mirando todas las tiendas, comencé a caminar hacia el norte.

Pero cuando di unos cuantos pasos, escuché la maldita corneta musical de carro del ingeniero. Cerré los ojos del puro cansancio. Sabía que no iba ceder, así que aumenté la caminata. Mire con ojos envidiosos a esas personas que reían sin desgana.

Sonó otra vez la corneta del carro. Seguí caminando e inicié una charla conmigo mismo, enardecido.

—Carajo, no deja de molestar. Tanto no deja de fastidiar. Por eso algunos de sus trabajadores renunciaron…

Tuve que esconderme en alguna parte para perderlo de vista. Con ojos cansinos observé una heladería. Apresuré y entré. Pasé entre las pequeñas ocupadas, y me acerqué al mostrador.

—Disculpe —dije cansado.

—Buenas noches, señor —me dijo la señorita, examinándome con detalle.

—Me puede hacer un favor —dije casi sin ganas. La señorita entornó los ojos—. El ingeniero… de mi trabajo… esta siguiéndome. Me amanecí tres días y no quiero quedarme otra noche trabajando. ¿Tiene un lugar para esconderme?

—Oh —exclamó ella, seguro fijándose en mis ojos—. Tiene horribles ojeras.

Asentí cansado.

—Sí venga…

Como un niño perdido, la seguí. Pasé por una puertita del mostrador. Habló con un amigo del trabajo que me miraba con desconfianza. Luego me guió hacia un cuarto trasero, lleno de cajas de D’ Onofrio y Lamborghini, y refrigeradoras.

—Sólo quédese aquí…

De repente, sonó mi celular. Miré por la pantallita y vi inscrito “Ingeniero de mierda”. Sabía que era él, porque así ponía para identificarlo cuando llamaba.

—Me está llamando… No se cansa —dije desanimado.

—Apáguelo —me aconsejo la señorita.

Antes de que suene otra vez, apagué el celular.

La señorita me miró con algo de lástima. Salió de la habitación y se fue a lo suyo. Me quedé mirando las cajas, parpadeando levemente para que mis ojos no cedieran ante el sueño. Esta horrorosamente cansado.

Buenas noches —escuché el tono fluido del ingeniero.

Eso me levantó de mi ensimismamiento soñador. Me moví por las cajas, apretando algunas, tratando de oír claramente aquella conversación.

—Estoy buscando a un señor… Me pareció ver que entró a esta heladería…

—Disculpe, pero aquí entran muchas personas… —respondió la señorita.

Escuchando toda la conversación, divisé un hoyito en la pared de madera triplay. Me acerqué más y más, encajoné mi vista en esa herramienta de espía. Vi a la señorita hablando con el ingeniero.

—Tengo que el conocimiento de que entran muchas personas a un lugar público como este… Disculpe, pero el señor estaba con una camisa a cuadros y pantalón jean. Llevaba unos papeles en el brazo…

Hipócrita —dije a lo bajo. Me describía como si fuera un prófugo.

—Perdóneme, señor. No vi a ningún señor con esos detalles. Además, muchas personas que terminan su día de trabajo vienen aquí relajarse, si puede fijarse.

Proferí una risita cansina. El ingeniero dio una pequeña mirada a la gente comiendo entretenidamente sus helados.

—Entonces, gracias… —finalizó el ingeniero.

—Disculpe por no serle de mucha ayuda.

Se giró y salió de la heladería, mirando a la gente.

La señorita disimuló atender algunas personas por la entrada de la heladería y revisó para ver si se alejó. Después de unos minutos, por la entrada vi pasar en un atisbo el carro del ingeniero.

La señorita sonrió y vino a mi escondite.

—Se fue. Subió a un carro.

Boté un prolongado suspiro, que de repente me hizo sentir más sueño. Agradecí a la señorita. Compré un helado en un cono y regresé a mi casa.

Con mi cuerpo muriéndose del sueño, abrí la puerta de mi casa y entré. No me percaté dónde boté mis cosas, solamente caminé por todo mi casa. Subí las escaleras, dando pisadas torpes. Cuando llegué frente a la puerta de mi cuarto, abrí por el pomo y entré como si la gravedad de mi hermosa cama me jalara. Me quité los zapatos, me eché en mi cama con mi ropa de trabajo. Para aprovechar eso, acuné mi cabeza. Rocé la sábana y me quedé echado…

Bzzzzzzzzzzzz

Abrí los ojos cansados, de repente.

BzzzzzzzzzzzzzZZZZZZZZZZZZzzzzzzzzzzzzzzzzz

El zumbido de un insecto llegó cerca de mi oído. Me incorporé de mi cama, fastidiado, mirando la penumbra de mi cuarto. Nunca me gustaron los sonidos de los insectos volando cerca de mí. Me provocaba una reacción inquietante.

Voltee la cabeza de un lado a otro. Escuchaba el zumbido, pero como si estuviera en un punto lejano de mi cuarto. Como un desesperado, tratando de enfocar inútilmente en la oscuridad.

—Carajo, para qué tengo una lámpara de luz —dije enfurecido. Me bajé de la cama y fui al interruptor.

La lámpara de luz blanca iluminó todo el cuarto. Mis ojos enrojecidos recorrieron todo el cuarto.

Escuché un zumbido en mi oído. Giré la cabeza de un golpe. Y con ese zumbido que martillaba la audición, vi pasar frente a mis ojos a un zancudo. Con el cuerpo y patas cubiertas de bandas negras y blancas, trataba de buscar su punto de festín sangriento en mi piel.

—Maldito zancudo…

Alcé mis dos manos entre el zancudo y lentamente comencé a encerrarlo hasta que… PLAP. Mis manos lo aplastaron… Cuando observé para comprobar, encontré con el cuerpo totalmente aplastado, con las patas despilfarradas mezcladas en su lastimado tórax, por donde salía un charquito repugnante de sangre.

—Por fin…

Me limpié la mano con la servilleta que traje junto al helado. Apagué la luz y fui directo a mi cama. Cerré mis ojos… Tratando de dormir.

—Creo que tengo que renunciar a ese trabajo —dije con la voz perdiéndose en mi cansancio—… Tengo que renunciar… Renunciar… Re….

BzzzzzzZzzzzzzzzzzzzz

Abrí los ojos de repente. En eso fruncí el ceño.

En eso sentí una picazón en el brazo.

Y otro en el pie desnudo, en la planta.

—No

Me levanté de sobresalto. Moví todo mi cuerpo para alejar a los zancudos y me caí de la cama. Me arrastré por el suelo, boté mis zapatos por un lado y llegué a encender la luz.

Me incorporé rápidamente, haciendo caso omiso a mi terrible cansancio. Barrí con la mirada mi cuarto. Y donde distinguí a un zancudo revoloteando por la cabecera de mi cama y otro dos por la cómoda.

—Ay, por el santo día que tuve, quiero dormir.

Los puntos donde me picaron los zancudos comenzaron a escocerme. Lo peor era que la picazón en la planta del pie fue una molestia.

Con la furia y el sueño partiéndome el cerebro, tomé mi sábana y mi almohada. Cerré la puerta de un portazo. Bajé hacia la sala y arreglé el sofá para poder dormir ahí. Me acurruqué en el sillón. Cerré mis ojos. Los mantuve así por tres minutos, pero ¿por qué no me dormía?

Me incorporé en el sofá. Tenía sueño, pero no me dormía. Miré mi penumbrosa sala… Estaba siempre ordenada.

Me sobresalté. Algo sonó al otro extremo de mi sala. Entrecerré los ojos y traté de ver en esa oscuridad. Me enfurecí, alargué mi brazo hacia el interruptor y oprimí el botón. La lámpara no se encendió.

Eso me hizo sospechar.

Escuché una pisada y me fijé en el extremo de la sala.

Tratando de enfocar más la visión, pude distinguir un movimiento borroso, bajo la escalera.

TIC TOC

Aquel sonido sonó viscoso. TIC TOC, BZZZZ

zancudo1

El zumbido me causó un pánico. Sonaba tan fuerte que era imposible que un zancudo lo haya proferido.

—No debiste haber escapado assssí, Gustavo —dijo una voz.

Aquella voz me resultó horrorosamente familiar. Era la voz del ingeniero.

— ¿Qué hace aquí? ¿Cómo entró? —Estaba asustado. Me arrastré lentamente hacia atrás, sobre el sofá.

—No debiste haber escapado así del trabajo… Tenías que haber continuado trabajado, Gussssstavo.

— ¿Por qué está hablando así?

—No debiste esconderte en la heladería… porque ssssé que estabas ahí…

— ¿Qué? —proferí, llegando a estar encima del apoya-manos del sofá.

—Tuve que hacerle eso a la señorita… Me obligaste a hacerlo…

— ¿Qué le hizo? —susurré.

Mmmmm… Le chupé la sangre… —dijo con tono deleitoso.

— ¿La mató? ¿La mató…?  Pero qué… Muéstrese… Salga de ahí… —sigilosamente me bajé del sofá. Trataba de no mostrarme tan aterrado pero el terror me invadía—. ¡SALGA DE AHÍ!

Pero él seguía hablando.

—Debes quedarte de amanecidas para hacer la facturación…

— ¡SALGA DE AHÍ!

Su movimiento se hizo raro. Sus pisadas tenían un sonido amortiguado. Salió hacia la luz débil que provenía del foquito de la cocina. Y cuando la luz cayó sobre su paranormal cuerpo, me quede tieso como un palo.

Era del tamaño de un elefante bebé. Tenía seis patas que pisaban el suelo. Un cuerpo alargado y repugnante como si hubiese nacido de una de las maneras más desagradables manera. Pero lo que me hizo dar unas náuseas terroríficas era la cabeza. Era la cabeza del ingeniero, asimétrico, acoplada a ese cuerpo de insecto. De su cabeza sobresalían un par de antenas, llenas de pelos que me inquietaban. La boca estaba alargada como una enorme aguja carnosa, con la punta parecida a una ventosa. Era un zancudo monstruoso.

Sacudió su cabeza con un giro inquietante, mientras se acercaba a mí.

—Debes continuar trabajando… Debes hacerlo…

—No… No se me acerqué…

— ¡DEBES HACER LA FACTURACIÓN! ¡AHORA!

—NO, NO, NO…

—Debes continuar trabajando para mí… AMANECETE…

Me resbalé con mis zapatos. Pero traté estabilizarme. Cuando lo hice, sentí una picazón muy dolorosa en mi pecho. Con el pánico, me fijé que la aguja del zancudo monstruoso estaba clavada en mi pecho.

Tienes que trabajar… para que mes des dinero…

Y comenzó a succionar. Mi pecho se contrajo hacia ese agujero. Comencé a gritar del terror, mientras por el traslúcido tubo de succión se veía mi sangre alimentándolo. Parecía una clase de fuente de energía para él.

—Ahhh… Ahhhhh… Basta… Basta… BASTA

Con ese último grito, vi como mi corazón pasaba por ese tubo… Las arterias, los pedazos de mis órganos. Di un sobresaltó y me levanté de esa pesadilla, con un grito. Me caí del sofá y fui dar de bruces contra el suelo frío. Abrí los ojos lentamente, dejando que la realidad de la mañana invadiera mi visión. Y cuando sucedió, me senté raudamente sobre el suelo y toqué mi pecho. Levanté la camisa a cuadros… Observé un pecho totalmente sano, ejercitado e intacto.

Eso fue la pesadilla más horrible que experimentado. Nunca me lo hubiese imaginado así, porque fue tan real que estaba pasando un pánico descomunal. Observé hacia la puerta de la huerta, y me percaté del algo: había zancudos revoloteando alrededor de un macetero no usado.

Me puse los zapatos. Corrí hacia allí y encontré una multitud de zancudos, mientras el agua estancada del macetero estaba lleno de larvas.

Asqueando, agarré el macetero y la incline para botar el agua estancada. Mojó la tierra, mientras las larvas se zigzagueaban en la tierra, hasta dejar de moverse. Con los zancudos adultos usé un insecticida. Rocíe el lugar, la sala y mi cuarto, hasta que el olor penetrante del insecticida quedará en mi casa.

Pero la manera para matar al ingeniero no era con un insecticida, sino con una buena dosis de demanda. Me preparé para salir a la oficina, mientras el insecticida hacia su trabajo. Caminé hacia la puerta, la abrí y me sobresalté, al ver al ingeniero a punto de tocar la puerta.

—Aquí esta… —dijo alegre.

—Aquí esta… quién —mofé yo con sarcasmo.

—Usted… ¿Por qué se escapó del trabajo? Le falto acabar toda la facturación… Seguro que hoy día acaba, porque debe continuar otro…

—Disculpe, ¿dijo que voy a continuar otro? Acaso se está burlando de mí o qué.

El ingeniero se quedó con los ojos enfocados en mí.

—No me responda así, porque ya sabe que puede pasar… —espetó.

— ¿Qué puede pasar? ¿Despedirme? ¿Sabe qué? No me importa si me despide, además estoy cansado de ese maldito trabajo…

Me miró con ojos furiosos. Levantó la mano y comenzó a puntear con su regordete dedo, en mi pecho. Yo traté de alejarme de él. Aquella acción que hizo me acordó a la pesadilla.

—Usted tiene la valentía de decir eso…

—Sí. ¡Y no tiene el permiso de describir esto como una valentía, porque no soy un dejado! ¡Me mantuve tres días sin dormir! ¡Sin contar las otras veces! ¡Ves estas horribles ojeras que obtuve por trabajar así! ¡Cree que eso es trabajar! ¡Yo soy capaz de demandarlo por abuso de trabajo!

El me miró con ojos anonadados y llenos de ira. En su cara regordeta se reflejó como el miedo y la culpabilidad.

— ¡Demándeme! ¡Hágalo! ¡No creerá las huevadas que dice un trabajador! —dijo con un brillito malicioso de triunfo.

—No soy sólo yo, señor. Pediré ayuda a las personas que renunciaron, anteriormente. Y usted dejará de tomar mi s… de abusar, a parte que quede con otro castigo.

Cerré la puerta de mi casa y fui a la bordilla de la vereda, y llamé a un motocarro. El ingeniero me miraba como actuaba.

— ¿A dónde va?

—Que le interesa…

Un motocarro se acercó.

—Me puede llevar al Palacio de Justicia, por favor… —indiqué al motocarrista.

—Podemos hacer un trato… —farfulló.

—Para que después lo rompa. JAJAJA —ríe. Me embarqué al motocarro—. Vamos, señor… Le recuerdo que vaya al Palacio porque debe estar ahí…

El motocarro avanzó. Miré por uno de los espejos retrovisores y me di cuenta de su rostro completamente consternado, culpable y de miedo. El zancudo estaba a punto de ser aplastado.

 

Bicho chupasangre

Publicado: 23 junio 2009 en Percy Meza
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yelingredienteessangre2

Las cosas cada vez estan peor.

Este viernes, en IQT.