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Cuando Donnie Darko fue estrenada (hace ya casi una década, el 2001) se produjo un extraño fenómeno: su realizador, el entonces debutante Richard Kelly, se convirtió, abismalmente, en uno de los más sentidos y lúcidos artesanos del caos y la enajenación de los tiempos que corrían. La película, como era obvio, se asumió como un clásico adolescente instantáneo.

Provisto de evidente talento, pero también de emoción y una alta dosis de cultura pop contemporánea, Donnie Darko era hermosa porque le hablaba en su propio idioma a una generación que provenía del nihilismo, pero con un amplio sentido de la sensibilidad. Habían tantas cosas que emocionarse en esta película: un guión lúcido y trasgresor, una banda sonora maravillosa, actores formidables (Jake Gyllenhaal consagrándose tempranamente, Patrick Swayze jugándose la vida en su personaje), una estructura esquizofrénica que apostaba por retratar miedos y las paranoias de la etapa post reaganiana, una mitología que se nutría de la fantasía pero también tenía del cuento de hadas y relato apocalíptico.

A varios críticos circunspectos Donnie Darko no les emocionó (aunque igual destacaron su audacia y el oficio del nuevo realizador). Las grandes audiencias, usualmente despistadas, tampoco le dieron mucha bola en principio, pero, mientras el mundo tal como lo conocemos no se reponía de la aceleración del tiempo, algo estaba sucediendo desde abajo, desde las periferias: estaba naciendo un producto de culto y una declaración de principios, bajo la forma de una de las películas alternativas más importantes de los últimos tiempos.

Ante ello, quedaban pocas opciones: amarlo o aborrecerlo. No amarlo constituía la ventana perfecta del Zombie Decente. No amarlo constituía ser un anciano de espíritu, un tipo para el sarcófago. Yo, desde luego, amé la película y no sólo respeté mucho a Richard Kelly, sino también lo consideré un amigo cósmico. Donnie Darko sigue teniendo vigencia y regreso a ella cada vez que necesito una guía para recordar que a veces uno puede hacer algo más que una obra artística o un producto para el entretenimiento: a veces uno logra, sin siquiera proponérselo, un canto coral que excede a sus pares cronológicos y se vuelve universal.

La gente, como ustedes saben, crece. El problema es cuando, en vez de crecer, envejece y, peor, cuando envejece mal. A Kelly, mucho me temo, los años le han caído mal. Lo han indigestado y hecho ver alucinaciones que no es capaz de controlar ni, mucho menos, superar. La caja (The Box), su más reciente estreno comercial, es una prueba demasiado palpable de esta aterrorizante decadencia.

Por razones de cariño y un poquito de sanidad, ni siquiera voy a profundizar en aquel monumental bodrio llamado Southland Tales (2007), que hizo que muchos dudaran del verdadero talento de Kelly. Yo sentí que, más allá de las buenas intenciones, el resultado era infinitamente inferior a la inteligencia de su director. ¿Qué pasó? Según mi teoría, Kelly se dejó ganar por la dispersión y el mito y actuó como un patita que cree que lo puede todo y siente que está fundando la Nueva República Cinematográfica. Easy, baby, detén tu patineta, tampoco eres Cronenberg. El precio de tanto embuste y tanta basura autocomplaciente fue un fracaso estrepitoso, tanto de público como de crítica.

En La caja, Kelly, seguramente herido en su orgullo, trata de enderezar las cosas, pero el resultado, si bien superior a su combo masturbatorio anterior, es inferior, por varios cuerpos, a su notable opera prima.

La historia de La caja, basada en el relato corto “Button, button” del interesante escritor Richard Matheson, se sitúa en 1976. Norma Lewis (Cameron Diaz) es profesora en un college, y su marido Arthur (James Marsden) es ingeniero de la NASA. Tienen un hijo avispado y viven una vida aparentemente normal, salvo por el detalle de una deformidad de juventud que Norma padece. Una noche, alguien deja en la puerta de su casa una caja y una nota con un mensaje. Al día siguiente, un hombre misterioso (Frank Langella) con el rostro lacerado y desfigurado aparece en su puerta y presenta a Norma su propuesta de vida alternativa: la familia recibirá un millón de dólares si es que decide apretar el botón principal de la caja. Existe una consecuencia por dicha acción: alguien que no conocen instantáneamente morirá. Norma y Arthur tienen 24 horas para decidirse. Después de ello, más allá del dilema moral, empieza a sucederse una serie de extraños acontecimientos que vinculan a la caja con un experimento de corte paranormal, el cual también roza con el destino mismo de quienes lo poseen.

No soy fan del spoiler y no contaré más el argumento, pero siento que hay cosas en La caja que deben saberse: es una historia de fantasía rozando la ciencia ficción, centrada en los dilemas de la condición humana. Pretende ser un drama de ribetes alucinados, que incide en el misterio y la perturbación que producen nuestros propios actos y nuestras propias decisiones. Delirio místico y desarrollo ineluctable de las cuerdas que rigen el destino. El azar y el poseedor de nuestras vidas que mueve los hilos de lo que haremos o dejaremos de hacer. La muerte y el dolor con sólo presionar un dispositivo. No sigo, a riesgo de caer pesado con tanto misticismo aguado como un café de Starbucks.

Se podría decir que en el cine uno no debe ir con prejuicios y todas las historias son diferentes y deben analizarse de modo independiente. Sí, es cierto, debería pasar, pero cuando quienes dirigen los filmes son gente como M. Night Shyamalan, J.J. Abrams o Lucho Llosa. Si uno se considera no sólo cineasta, sino también autor, también debe recordar que lo compararán usualmente en torno de su obra y su obra completa, en comparación a las obras de otros autores de su categoría.

El primer gran problema que tiene Kelly, quien ególatramente se considera un autor, es que dejó la valla demasiada alta con Donnie Darko. Para bien o para mal, cualquier cosa que haga será comparada con aquella película. Debería leer al maestro Héctor Soto, quien en el libro Una vida crítica escribe lo siguiente: “el problema de las películas que no están a la altura del prestigio de su realizador es doble, porque aparte de defraudar las expectativas asociadas a los estrenos importantes, introducen una sombra de duda sobre su obra anterior”.

Injusta o no, aquella lógica perversa se aplica constantemente en el cine. Si no, no hubiese gente que diría que Almodóvar es un fracaso luego de Los abrazos rotos, que a Scorsese empieza a sentírsele el cansancio en La isla siniestra, que Woody Allen destila senilidad en Vicky Cristina Barcelona o que Wenders decretó su muerte fílmica desde Tan lejos y tan cerca.

La caja puede ser una decepción para quienes admiraron Donnie Darko, pero también una segunda oportunidad para quienes conocieron a Kelly después de Southland Tales. Para quien estas líneas escribe, resulta un embuste, una pretenciosa acumulación de imágenes y situaciones que fallan no tanto en el oficio, sino en la emoción. El cineasta se aburguesa, se cree Todopoderoso, asume que lo dicho será tomado como verdad absoluta. Felizmente, en el cine todavía valen las imágenes más que mil discursos pomposos y mesiánicos, que esconden una penosa orfandad narrativa. En Darko la historia era fluida, y los eventuales giros demagogos, histéricos o los clichés te lo soplabas con gusto, porque sabías que el cineasta se estaba pasando todo por el trasero y pretendía, antes que nada, hacernos sentir cercanos a sus delirios y sus personajes. Acá todo termina siendo plano, desangelado, supuestamente bien construido, pero sin convicción. Lo paranormal es insuficiente, lo misterioso no lo es tanto, la pasión se quedó en la isla de edición y la esquizofrenia se usa ahora para creerse Kubrick (en una mezcla impensable de 2001 y Eyes wide shut) sin serlo ni por asomo.

No me creo ni un momento el juego de Kelly, y aunque debo admirar un poco el clima de misterio y cierto sentido del suspenso que maneja en ciertas escenas (la primera media hora del filme funciona, a pesar de todo), la tensión de las historias ya me las cuenta hasta el hartazgo en el tráiler publicitario. Pésima apuesta la del ingenuo Richard: contarte el nudo climático de la trama en la publicidad. No hay mucha sorpresa en el desenlace, el final es previsible. Incluso, siento que Kelly no hace justicia al relato de Matheson, al trocar la atmósfera opresiva del cuento por un clima de falsa locura que no llega a cuajar adecuadamente.

Hay momentos supuestamente desaforados y sobrenaturales que dan risa y vergüenza ajena y, la verdad, no sé que hace Cameron Diaz (una actriz menor, en mi opinión) soportando gran parte de la carga dramática. Mardsen no da más que para X Men. Frank Langella hace lo que puede, pero siento que quisieron confinarlo a una réplica de sus lugares comunes más, valga la redundancia, comunes: cara dura, inexpresividad facial, ojos resignados, silencios que duran una eternidad. Ya conocemos perfectamente el resto.

Lo más grave es que en algunos momentos la película termina entrando en una fase soporífera y deseas con toda sinceridad que Kelly destruya para siempre a sus personajes y se acabe tanto falso dilema, tanto falso dolor, tanta chapucera filosofía. Lo banal y lo irrisorio terminan devorándose el sueño del cineasta.

Kelly puede haber hecho una gran primera película, pero no puede seguir naufragando de esa manera. No es digno. Después de ver La caja, sentimos que el estómago lleno y el corazón contento a veces hacen muy mal a las carreras de ciertos autores. Por aquella espiral descendente, inevitablemente no se logra la madurez y la solidez creativa. Tan sólo fuegos de artificio y un camino inevitable de prematura decadencia. Atento, Richard.

Link: Leído primero en Cinencuentro

Miro las noticias sobre los ilegales negociados que las autoridades realizan con total impunidad, el aprovechamiento de los fondos públicos para manejar propaganda electoral, las consultorías bamba, la aviesa y descarada destrucción de la memoria histórica y arquitectónica de la ciudad. La indignación me invade. Y para expresarla, usualmente recurro a la palabra escrita.

Hay otros, como Luis Cueva Manchego, que expresan su ira de modo, digamos, más polarizado. Algunas veces lo hizo a través del crimen y la enajenación. Ahora lo hace a través del pincel.

Desde esta semana, la Galería de Arte del Instituto Nacional de Cultura de Loreto se viene exponiendo “La Guerra”, reciente exposición individual de quien se hacía llamar a sí mismo – alguna vez –  como “Tío Chacalón” , pero es mejor conocido en el mundo artístico por las siglas de su nombre completo: Lu.Cu.Ma.  Lo que destaca, además de ver la innata técnica  que ha ido depurando el artista (celebrada internacionalmente en la última Trienal de Santiago de Chile), es la batalla que ha decidido librar contra el hedor que nos rodea.  Pero al mismo tiempo una guerra con los demonios que todos llevamos dentro.

En medio de todo, se encuentra el pintor, como un pararrayos que se alimenta de sus incendios, y retoza en la barbarie que se disemina en el mundo exterior.

No es fácil describir con palabras la intrincada personalidad de Lu.Cu.Ma. Con  capacidad casi innata de transitar por los extremos de la sicopatología sin morir en el intento, este abultado ser de contradicciones y marcas indelebles en la piel ha generado una obra artística – ¡vaya uno a conseguirla en una sociedad donde es difícil siquiera generar un esbozo de vida coherente! – que tiene el enorme privilegio de construir en torno de sí un culto hardcore y militante.

No estamos hablando, por cierto, de una decisión meramente estética. Hablamos de un tránsito tortuoso. El Armagedón no es precisamente un discurso etéreo, es más bien algo que se lleva en la mente (Recuerden la escena en que el personaje encargado por Benicio Del Toro afirma en la película 21 gramos,  tocando su cabeza cuando un cura le dice que por sus malas acciones irá al infierno: “El infierno está  aquí”). El Infierno de Lu.Cu.Ma habitó durante mucho tiempo en su mente y en su corazón.  No en vano es uno de los personajes estrella de El pintor de Lavoes, imprescindible libro de crónicas escrito por Luis Miranda que todo aspirante a periodista debería leer. Allí, sin que le tiemble la voz, escribe que alguna vez asesinó, cocinó y comió a su propio hermano.

Evidentemente, si le hacemos caso a La Divina Comedia de Dante Alighieri, todo aquél que transita por el círculo de las llamas perpetuas, también debe padecer el Purgatorio con el fin de llegar al Cielo. Lu.Cu.Ma hace tiempo dejó su dolorosa penitencia (admite haber encontrado a Dios en su camino y no se cansa de difundirlo) y ha logrado construir a partir de los fogonazos visuales que su prontuario y sus delirios le han permitido conocer – y experimentar –  junto con un estilo pictórico chirriante, colorido, siniestro y psicodélico, una obra alucinada como alucinante.

Lu.Cu.Ma. es un poeta visual de la marginalidad amazónica, así como el notario pictórico del caos estético y la transgresión intercultural. Su poder consiste en haber permitido que se desempolvaran del olvido y el desdén de los señores feudales del buen gusto aquella primera fascinación del ser humano por lo estridente, por lo excesivo, por lo kitsch. En las almas de las buenas gentes de clase dorada y corazón oprimido, Lu.Cu.Ma. no tiene espacio debido a su talante para crear aquello por lo cual la nueva tendencia artística lo aprecia: su visión desprejuiciada del descenso a los confines del infierno dantiano (Y su vida, por lo que se sabe y él se encarga siempre de puntualizar, no se parece ni por asomo a una comedia)

Lu.Cu.Ma sin duda odia a todos esos miserables que se llenan los bolsillos con la plata de todos, a esos malditos que hacen sufrir no sólo al pueblo, sino a él mismo. En su propuesta, más allá de abominar de la guerra, explica los mecanismos con que deberíamos destruir a quienes él considera las Bestias del Apocalipsis. Y los retrata con nombres y apellidos, los lacera a través de su pincel, se ofrece como una suerte de cruzado inquisidor contra el Mal. Como en los postulados de la Iglesia católica, sabe que hay que luchar, resistir, apreciar el martirio (y las costras que se exhiben en el cuerpo). Lu.Cu.Ma cree fervorosamente en la guerra santa y lo replica en sus cuadros o en esos fascinantes cascos donde retrata imágenes de vedettes y señores risueños, elementos clásicos de la iconografía popular.

“La guerra es una droga” reza la cita inicial de la reciente película ganadora del Óscar, Zona de miedo (dirigida por la sorprendente Kathryn Bigelow). Esta exposición refuerza dicha visión. El conflicto interno es permanente y la calma sólo un detalle que no reviste mayor consideración. En la guerra se encuentra la salvación; en la abominación de lo impuro, en la destrucción de lo contaminado. Y en esa misión todo es permitido: la estridencia, la recolección de los pedazos, el retrato de las miserias que llevamos dentro de nuestras  historias privadas.

Lu.Cu.Ma. se bate entre ambas destrezas, y aunque suene controvertido discutir sobre la calidad de su trabajo, también no admite dudas que, a su modo bronco y violento, ha sabido conformar una corriente que incluye pintores de todo talante y talento como Christian Bendayán y Miguel Saavedra, representantes intensos desde los cimientos básicos del fenómeno, como “Ashuco” Araujo, Lewis Sakiray o “Piero”.  En aquella cofradía o hermandad cósmica, Lu.Cu.Ma. es el combatiente más chúcaro, el más virulento, el del tajo y la daga acechante; el Berraco multicolor.

Los creadores perduran en el tiempo y el contexto básicamente por dos cosas: por su capacidad para aportar al arte ideas o conceptos innovadores; y por su apasionada visión para retratar aquel espacio que los demás no son capaces de olisquear.  Su universo pictórico es el de las emociones y los sentimientos. La gran contribución de Lu.Cu.Ma.  reside en haber construido  un hogar artístico con su inefable sensibilidad para alojar y asilar, dentro de sus demonios interiores, los agonizantes fragmentos del deterioro. Ahí radica su mayor victoria: en haber emergido del caos como habitante luminoso de su propia trayectoría.

PD: Las fotos son de Warmiboa, que también se ha hecho un chévere post sobre Lu.Cu.Ma que debería revisar

I never wanted to kill.

I am not naturally evil.

Such things I do Just to make myself

More attractive to you. Have I failed?

(Morrissey, Last of the Famous International Playboys)

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Tengo que confesar algo: desde que vi Déjame entrar, no he dejado de pensar.

Aquél es un pensamiento cíclico, obsesivo, perturbador.

Son preguntas: ¿Qué pasa cuando las noches parecen eternamente frías y allí, afuera, en el pueblo donde habitas, un feroz depredador ha ganado notoriedad desapareciendo inocentes, asesinando sin piedad y sin aparente razón? ¿Qué pasa si aquella constatación de la brutalidad no te atemoriza, al contrario? ¿Qué pasa si a lo que en verdad le temes es al mismo gélido silencio que rodea tus cotidianas actividades? ¿Qué pasa si la soledad es un estado natural que te produce insatisfacción? ¿Qué pasa si, repentinamente, la vida decreta, con su puta ironía característica, que tu educación sentimental no será como la de cualquier mortal de tu edad?

En fin ¿Qué pasa si te enamoras platónicamente de alguien a quien tu mamá nunca invitaría a tomar el lonche? ¿Qué pasa si estás dispuesto a entregar el alma – y el cuello – por preservar aquel momento?

En la anémica y vergonzosa cartelera comercial peruana (donde aún esperamos ver 500 Days of Summer o Where the Wild Things Are) pocas veces se presentan películas que te motivan a tomar una posición clara. Como si, de pronto, no decir nada o decirlo tibiamente te hace sospechoso y fan declarado de Cinescape.

Hay que subrayarlo con todas sus letras: el más reciente trabajo del cineasta sueco Thomas Alfredson (estrenado en Lima con el anodino título Criatura de la noche) es un suceso extraordinario en nuestro circuito fílmico.

Casi tanto como ver en persona a un vampiro.

Desde hace mucho tiempo sigo la trayectoria del novelista John Ajvide Lindqvist. Es uno de los más interesantes escritores europeos de terror contemporáneos, gran admirador de la música de The Smiths y particularmente de su vocalista, el incombustible Morrissey. Sus libros Descansa en paz (una jauría de zombis aterrando Estocolmo) y Paredes de papel (colección de cuentos de terror) son altamente recomendables para los amantes del género. Aunque no había leído su primera novela, que es justamente la que da origen al guión de esta película, no había duda que su presencia no pasaría desapercibida. Luego de haberla leído, corroboro dicha afirmación.

El film (titulado en sueco Låt den rätte komma in) narra la historia de Oskar, un niño introvertido que vive con su madre en las afueras de Estocolmo a principios de los ochentas, en un barrio obrero donde el invierno es crudo y no suele pasar nada. Oskar es aterrorizado por una pandilla de pequeños villanos de clase y sueña con deshacerse de ellos blandiendo un puñal. Paulatinamente, vemos la historia de Eli, una misteriosa niña que habita con un hombre que parece ser su padre (después se descubrirá que es una especie de vasallo que acepta todas sus órdenes a cambio de misteriosas prebendas). Ambos habitan en departamentos contiguos del mismo edificio, pero sus vidas parecen diametralmente opuestas. Aún así, empiezan a desarrollar una extraña relación, donde prima la atracción pero también se empiezan a evidenciar los signos de lealtad, compañerismo e, incluso, dependencia. Poco a poco Oskar descubrirá que Elí no es una niña “normal” y que necesita de saciar su sed de sangre para seguir viviendo (todavía).

Ajvide Lindqvist escribe el guión, extrayendo del material original las historias personales de los niños (pródigos en detalles perversos y sórdidos, los cuales son fascinantes en sí, pero hubieran dado otro tono al material fílmico) y potencia en el film aquella que tiene que ver con la relación entre ambos. Lo que finalmente queda es una suerte de cuento de hadas sombrío, una desesperada historia de amor que se desarrolla entre la nieve y la sangre, una aventura que tiene de aprendizaje como de apuesta por la incertidumbre.

Narrado con temple, con suave dominio del pulso, pero al mismo tiempo con tripas y con sentido de la identificación, a uno casi le dan ganas de preguntarle a Sthepanie Meyers (la millonaria autora de moda) por qué no es más comprometida con sus personajes, por qué no se la juega cuando escribe sobre la saga Twilight. Estoy seguro que la bazofia en que convirtieron los productores hollywoodenses a sus creaciones no hubiera sido posible si la Meyers hubiera pensado más en la emoción que en la plata. Al final, las películas Crepúsculo y Luna nueva terminaron por sepultar la escasa decencia y dignidad que le quedaban a la Meyers (y a su futuro como creadora respetable).

Claro, comparar los emo-vampiras-historias antes mencionadas con Déjame entrar no sólo es inútil y ocioso, sino también injusto, porque equivaldría a considerar cierto nivel de igualdad y competencia entre ambas. Seríamos demasiado infames si acometemos dichas comparaciones. En principio, porque lo que a Crepúsculo le falta, Déjame entrar tiene de sobra: realismo, nobleza, sobriedad, ternura, pasión, oscuridad, crueldad y un par doble de cojones que se agazapan detrás de dos manos que escriben y otras dos que filman (¡y vaya lo que son capaces de filmar!)

Algo es evidente: si bien el guionista Ajvide Lindqvist aporta magistralmente el concepto y la historia, el director Thomas Alfredson aplica soberbiamente la técnica y el pulso para hacer de ésta una cinta entrañable. Esto de por sí ya es notable: que un cineasta independiente de un país que no importa ingentes cantidades de material fílmico se convierta en un objeto de culto inmediato. Aunque Alfredson ha tenido una carrera más o menos notoria en el campo de la televisión en su país, así como dos filmes anteriores con moderada crítica favorable, su nombre recién empezó a sonar a partir de los reconocimientos internacionales que recibió Déjame entrar desde su estreno en el 2008 (más de 50, aproximadamente).

No hay duda esta película de 114 minutos de duración ha reformulado el mito visual del vampirismo, no sólo por su enorme carga dramática, sino también por mantener el espíritu del género, pero añadir nuevos elementos. Alfredson aporta un planteamiento seco, pero emotivo, que no descarta la sensibilidad, pero también se contagia del paisaje. El aspecto de tranquilidad y molicie con que nos reporta el frío nórdico se opone a la metódica brutalidad con que actúan tanto Elí con su vasallo, mientras alrededor de ambos panoramas se contrapone el despertar emocional y sexual de Oskar. Sin la acertada dirección de actores (todos se lucen, desde los secundarios hasta los jóvenes y magistrales protagonistas Kare Heldebrandt y Lina Leandersson); sin el tono marcadamente emotivo, que apela a los sentimientos antes que a los efectismos digitalizados en post-producción; sin esos contrapuntos que maneja y muestran, más allá del horror y la vesania, una historia de amor ingenua y lacónica; no se hubiera logrado esa conexión directa entre el espectador y la película. Todo ello es mérito de Alfredson, además de un equipo compacto de producción técnica, en el que destaco una magnífica banda sonora (con partitura original de Johan Söderqvist y canciones bien bacanes de gente como los Secret Service y Per Gessle, que al fin parece darse cuenta que puede existir vida más allá del nunca bien ponderado dúo Roxette)

Con el tiempo, uno constata que los finales felices no existen en la vida real. Pero para eso está la ficción. Los diálogos de la película son magníficos, algunos francamente desgarradores (“Tengo 12 años, pero los tengo hace mucho tiempo”, le dice Eli a Oskar), pero también se transmite mucho a través de sentimientos y acciones. Los gestos, las miradas, los silencios, cuando dan realce a una escena o revelan un hecho desconocido, valen oro. Incluso aquella forma de comunicación secreta que descubren los núbiles amantes a través del lenguaje Morse potencia la sensación de nostalgia y melancolía. Uno se pregunta – y se desespera al no obtener una respuesta inobjetable – si la licántropa con aspecto infantil tendrá que sacrificar su extraño objeto de deseo para domeñar su naturaleza. Aún así, uno también se emociona, se le nubla la visión, se le anuda la garganta cuando ve a Eli – monstruosa, pero sensible al fin y al cabo – desgarrarse por dentro para defender, atraer y dejar entrar por completo en su vida a Oskar, para estar a su lado en los momentos más tensos y peligrosos (chequen si no la maravillosa y alucinada escena climática en la piscina temperada y me darán completamente la razón). No sólo hablamos de espacios que se comparten. Hablamos de amor; de esa masa viscosa y gelatinosa que muy pocos, pero muy pocos llegan a asir completa y definitivamente.

No tengo dudas que Déjame entrar / Criatura de la noche es una de las películas románticas más conmovedoras que he visto en bastante tiempo. También una de las cintas “fantásticas” más elegantes, elaboradas y sobrias de la década. Ni que hablar de ser el mejor estreno comercial en lo que va de este 2010. Su categoría de filme de culto ha crecido astronómicamente (no son masas desbordantes las que van a los cines a verla, pero los que van siempre la recomiendan furiosamente, con adjetivos calificativos superlativos), así como el interés de Hollywood (que ya prepara el remake, a cargo de Matt Reeves, el de Cloverfield). Pero al mismo tiempo es como una bocanada de aire fresco y un recordatorio que nunca es demasiado tarde para seguir contando historias que no sólo te hagan pensar, sino perpetúen dentro de cada uno de nosotros el fuego fatuo de aquellos que aún creen que se puede vivir al límite, con pasión, con nobleza, con justicia, con eternos resplandores de tiempos mejores, de tiempos soñados (sean como anhelos o pesadillas) tanto en el cerebro como en el corazón.

Como diría la última línea de la novela de Ajvide Lindqvist que da vida a esta excepcional obra de arte: “todo es diferente cuando se es joven”.

NE: Visto primero en Cinencuentro

NE: Esta es una nota crítica y de análisis sobre el filme iquiteño El último piso desde el punto de vista de sus personajes y la historia que cuenta. Fue publicada en Katenere, suplemento cultural de los lunes del diario loretano Pro & Contra, escrito por el prestigioso y respetado narrador y periodista loretano Percy Vílchez

Es siempre reconfortante, aquí y ahora, encontrar en el único cine de esta ciudad el anuncio de una película hecha entre nosotros. Conocemos lo arduo y lo difícil que es hacer cine en estos avernos. Sabemos de las limitaciones, de los estorbos, de las complicaciones. De allí que siempre será un mérito llevar adelante un proyecto de filmación. En estos días, se viene presentando El último piso, dirigido por Dorian Fernández y que contó con el guión de Francisco Bardales. Los actores son de por acá. Son de por aquí. Son Duller Vásquez, Gladys Vásquez, Joel Huamán y tantos extras. La historia detrás o dentro del edificio inconcluso puede ilustrarnos sobre la otra ciudad,  la cara de la luna, la otra verdad que muchos no quieren ni ver ni aceptar.

En el ámbito central de la ciudad, donde destacan edificios antiguos y modernos, donde atiendan tiendas y comercios, donde funcionan casinos y otros centros de diversión, donde la gente pasa o se detiene, donde no escasea el ruido infernal acostumbrado, hay un lugar que es como una fea cicatriz en el rostro de cualquiera. Es un escombro visible, imponente. Es un hotel que nunca fue, una construcción trunca y abandonada, donde late la desdichada huella de la corrupción sin castigo. Como desafiando a las nubes viajeras, como interrumpiendo el sosegado vuelo de las aves, se levanta sobre los otros techos. En sus descoloridos muros, en sus pisos deteriorados, se notan las inevitables huellas del azote de las inclemencias, del raudo paso del tiempo. De lejos o de cerca, parece a punto de derrumbarse.

En el último piso de esa ruina urbana, en las condiciones más precarias, en el laberinto de una soledad de espanto, vive un hombre de edad avanzada. En su rostro, en sus gestos, en su indumentaria, hay las huellas del deterioro que calza perfectamente con el edificio anquilosado. Es entonces como una parte de esa ruina, como una emanación fantasmal de ese inmueble vetusto. Ese ser ha afincado allí, como el último refugio posible, la única residencia en el borde del desastre final. Es un ser que sobrevive en las peores condiciones. Es, pues, un habitante de otra vida, de esa existencia que las ciudades del último mundo crean con frecuencia: los parias.  Estos parias son legión y día a día aumentan como arrojados por una fuerza ciega que contradice todos los optimismos sobre la aniquilación de la pobreza, sobre las gangas y las ventajas del progreso renombrado. Nuestras ciudades son como usinas que creen esos desperdicios humanos. Estos parias, generalmente, están en todas las periferias. En esta ocasión, en la historia principal del corto El último piso, ese destino de desdicha, ha abandonado la zona habitual para afincar en el mismo centro de la ciudad. Y ello es como una invasión no anunciada, una presencia no registrada por los hurgadores de los motivos de nuestra miseria que se incrementa.   Ese hombre acabado, sin familia, sin destino, no sale nunca de su lugar. Está acorralado. Está aislado en ese último piso, lejos de todo, lejos de la vida que pasa. Y distrae sus horas pintando o tratando de pintar el rostro de una muchacha que perdió hace tiempo. Es decir, se aferra a la fuerza del recuerdo, a algo que ya no es. No vive en el presente como una evasión que le permite seguir viviendo en esas condiciones de marginalidad, de pobreza. El pasado está perdido fatalmente. El futuro no asoma por ninguna parte. Está entonces en una frontera peligrosa, más allá del cual sólo le espera la destrucción.  Desde el fondo de esa soledad sin consuelos, desde ese estricto  desamparo, desde esa otra orilla, el personaje logra establecer un vínculo con uno de los guardianes del edificio. No para que le conecte con las novedades de la ciudad de allá abajo, ni para que le haga los mandados en ese su aislamiento radical, sino como un simple recurso de acceder a algo del sustento diario. Entre ambos no hay saludos, no hay palabras, como si la comunicación fuera un estorbo o algo inútil. En un acuerdo tácito logran relacionarse como aniquilando el persistente muro que se impone entre ambos.   Desde ese fatídico último piso, desde ese suburbio aéreo, se puede ver la ciudad y su hervor diurno o nocturno, se puede ver el río de siempre que no vuelve, se puede ver el monte que se inicia, y desde luego, se pude ver el cielo sin estorbos. Desde allí no se puede ver, entre la gente que va y que viene, que se ajetrea o se demora, a la mujer que ha perdido la razón y que deambula por las calles centrales. Ella tiene el rostro que el solitario personaje pinta. Una historia oculta entre ambos asoma entonces. Ese ser también es una paria, una abandonada que se tortura con sus sueños frustrados, con lo que pudo ser y no fue. En su deambular no tiene rumbo. Entonces, el ser perdido en el piso final y el ser perdido en el suelo o en el mundo de abajo, se igualan en el lamentable destino del paria, en el aislamiento, en la incomunicación, en la dura soledad de todos los días.  Ambos no se encuentran nunca y acaban viviendo cada uno su propio drama.

En el centro de una ciudad celebrante y divertida se desata, pues, un drama de soledad y de oprobio, de abandono y de dolor. La periferia ha contaminado el centro. No hay salvación para esa pareja desolada, ni castigo para los que se han beneficiado con la venta de ese edificio, algunos de los cuales han conspirado para acabar con el personaje que alguna vez estuvo en la construcción de esa obra trunca. En medio de la algarabía de los demás, en medio de la parranda ajena, el paria del edificio vetusto decide poner fin a sus días deplorables. No soporta más esa existencia desgarrada. La medida extrema, el arrojarse al vacío desde ese último piso,  es como un cuestionamiento a la urbe convencional y turística, a la ciudad de festejos y de inauguraciones. Así el refugio final del paria no es ese lugar equívoco, no es la reivindicación tardía de su vida lisiada. Es la rotunda verdad de la muerte.

Link: El cine hecho en Iquitos

NE: Critica sobre El Último Piso, realizada por analista y opinologo Giaancarlo Scavino, publicado el día de hoy en el diario Pro & Contra de Iquiotos, en la misma línea de lo señalado por el editorial del diario La Región del día viernes 19 luego del avant premiere de la película, que se estrenó comercialmente este jueves 18 en Multicines Star de Iquitos y lidera hasta el momento la taquilla en la ciudad este fin de semana, con un repunte significativo de asistencia el día domingo, y venciendo a blockbusters de Hollywood como El hombre lobo, Percy Jackson, Papás a la fuerza y la notable Bastardos sin gloria

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Creo que te va a gustar”, escuché decir a Dorian Fernández, director de la película loretana “El Ultimo Piso”, una de las películas más interesantes y mejor logradas del cine loretano en mi modesta opinión.

El film de Dorian adquiere uno de los matices más innovadores para el cine de nuestros tiempos: color, relato y música, todas enfundadas en la más lograda de las producciones realizadas por gente de nuestra tierra.

Un sueño, sí, un sueño que no dejó de gestarse y  que inclusive se sueña, pero despierto. Ese sueño es el que tiene Dorian Fernández y que contagia a todo su equipo: “El hacer cine en Iquitos”. Ahora resulta desde la mente innovadora de su director-soñador la mas completa realidad, que permitirá convertirse sin ánimos de equivocarme y sin ningún ápice a floro y franela, esta película,  en la llave de la carrera de un sueño de hacer cine en provincia a pisar platos de producción de mayor rango y nivel profesional.

“El último piso” es la historia de tres personajes que miran la vida, la muerte y el conflicto socio-personal de la existencia en un cuadro rítmico, colorido y con sustento de alma, de sentimiento, sobre todo cuando en la narración se expresa con cada sinfonía el texto de un poema hecho imagen y adornado con la magnificencia que nos regala una ciudad como Iquitos que se postra placidamente a contribuir en la película como un cuarto personaje, no menos importante, sino por el contrario a lo antagónico en un complemento indispensable al momento de la proyección.

Con el guión de Paco Bardales y la música del mismo director, “El último Piso ” tiene un sabor a éxito que desde mi punto de vista combina con el excelente trabajo actoral de Duller Vásquez, Gladys Vásquez y Joel Huamán, al filo cumplidor de una dirección teatral, casi perfecta. Lo claro de un trabajo como el que vimos (o podemos ver) no seria posible sin el apoyo del gran equipo que acompaño a Dorian en este sueño, ya  hecho realidad, jóvenes del Taller Revolución Visual organizado el año pasado por AUDIOVISUAL FILMS, aquellos de Chullachaqui, pero que ahora muy bien nombraron a sus talleres de cine REVOLUCION VISUAL, porque desde el trabajo primigenio de la leyenda del “diablillo de la selva” dieron una revolución profesional al momento de filmar y producir una película como EL ULTIMO PISO.

Es impresionante ver cómo el cine de autor (cine independiente) se expresa con la delicia de los formatos audiovisuales bien trabajados técnicamente, calzados en la absoluta frialdad de hacer arte plasmando desde la literatura, la música, la pintura, el teatro y la danza en una sola expresión fílmica. Eso es lo maravilloso del cine, que nos reúne mucho arte en uno solo, nos arranca de nuestra realidad por una, dos o tres horas y nos sumerge en el placer de ver arte, cultura, el abrirnos la mente a ideas o propuestas que enriquecen nuestra visión hacia el futuro, nos lleva al compromiso y a la preocupación de desarrollar nuestras actividades con mayor relajo y creatividad. Esa es la ventaja del cine de autor, del cine que proyecta películas como EL ULTIMO PISO.

El Ultimo Piso, película loretana en formato de mediometraje, simboliza lo descrito líneas arriba, recomiendo ver la película y plasmarse la critica más aguda posible, no crean que irán a ver fantasmas ni terror, mejor aún, se involucrarán como espectadores en una historia peculiar pero a la vez tan cercana a nosotros, los loretanos,  y que al margen de los resultados después de verla, podrán decir por lo menos (si no les gusta) que cine en nuestra tierra sí es posible realizar.

“Deja vu”, primer sencillo de Fuerza Natural, la nueva producción musical de Gustavo Cerati,  ha sido lanzado al mercado con un videoclip bastante extraño, lisérgico, ciertamente autista y bipolar:  el cantante, con guantes de cuero negros, en medio del desierto, conduce un auto que bien podría remitirnos a las proezas de Meteoro. Súbitamente, en medio de la ruta, se encuentra  con un chica hermosa, casi una visión o invento del Diablo.  Cruzándola de cabo a rabo, un tren fantasma, plateado, pasa por ella. Corte. Otra vez música. Otra vez Cerati conduciendo. Una caja de madera sobre el asiento de copiloto destella luces y se calma. La canción acaba rápido, lo mismo que el trayecto, aunque entre el sol que se apaga, una misteriosa frase CONTINÚA le da aire de enigma.

Listo.

Cerati no da truega y tampoco le interesa complacer a la masa. Incluso, los más fanáticos o fervoroso melómanos poperos, hinchas de su carrera deben reconocer que el videoclip de “Deja vu” es raro. Freak. Desconcierta. No calza del todo con el estilo de la canción (que suena algo a Strokes, algo más al Coldplay de “Viva la vida”, todo ello mezclado en clave country y arreglos rockeros bien The Killers).  Además, claro está, las invocaciones sobre el lado futurista,  las advertencias del principio y el fin de los tiempos, las letras crípticas/metafísicas/para-el-bronce y el aroma de cuidadosa melancolía que corrompe cada obra del ex Soda Stereo.

Nunca ha sido fácil seguir a Cerati. Está claro, que los famosos que ya tienen una obra, pueden hacer lo que quieran. Lo que también es cierto que no siempre la atinan. En este caso, luego de abandonar la famosa banda que lo catapultó al megaestrellato (y de mantenerla viva en el recuerdo de millones de fans alrededor del mundo),  la carrera de Cerati como salista siempre ha estado signada por el fantasma de Soda. Evidententemente, le costó mucho tiempo, pero sobre todo le costaron una serie de experimentos musicales y apuestas riesgosas que desde lo formal y desde el uso extremado de la imaginería pop vanguardista le labraron un camino más allá de su pasado.

Cerati siempre ha puesto la valla alta, aún cuando pusiera en peligro a su evidente notoriedad. Claro, luego de Soda, muchos creían que no había nada más que demostrar, sin embargo, sus incursiones  han tenido siempre un espacio vital que lo impregna todo, que le ajusta las tuercas y dinamita lo ya expuesto. El psicodélico Amor amarillo (1993) es digno, pero aún experimental si lo comparamos con, por ejemplo, el grandilocuente, efusivo, sinfónico Bocanada (1999) y a éste, a su vez lo tomamos como  transicional en comparación con el sofisticado Siempre es hoy (2002),  o con el rockero y potente Ahí vamos (2006).  Ninguno de sus álbumes es igual al anterior, pero todos tienen un sello particular, descomunal, megalómano y afrentoso. Cerati nos dispara, directo al corazón, todo su ego, toda su brillante formación melómana, sus disparatados pero incesantes puntos de vista sobre la condición humana, pero aún más, su soledad y su persistencia.

Claro, solo a un persistente y, de paso, talentoso creador se le puede ocurrir reinventarse, más allá de las modas y tendencias mediáticas. Por momentos, Cerati se parece a David Bowie en la capacidad camaleónica para innovar y detectar los sonidos y las pulsiones del futuro. El artista se entrega a la idea de parir, y unir pieza por pieza la creatura frankesteniana que su cabeza y su alma son capaces de moldear. En el proceso de construcción, sin duda, recluta a su equipo, casi todos seres obsesos, talentos de orfebrería y sintetizador, de clásica sinfonía y radical avant garde, capos en su nota, que forman parte integrante, de la partitura perfecta que designa, cual Dios,  GC. La misión es simple: plasmar en un disco lo “inasible”, grabar lo “ingrabable”.

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Fuerza Natural es un álbum excepcional porque no se parece a nada que haya grabado anteriormente Cerati. Pero tiene tantos guiños al pasado, no solo en el plano formal, sino incluso en las letras (que ahora, como antes, envanecen, con el adicional que se acercan peligrosamente a la confesión personal).  Fuerza Natural es tan posmo, pero paralelamente flirtea con el rock clásico, desde Dylan, Neil Young, hasta clásicos populares argentinos como Spinetta o las zambas/chacareras, sin dejar de lado los rasgueos hardcore o la instrumentación computarizada. En medio de todo, estaciones, días y noches, kilómetros transitados , plegarias cósmicas,   viajes espaciales, ausencia y apocalipsis. Lo importantes es que te quedas pagando, con la idea de que algo más vendrá en cualquier instante. No hay parangón en lo que acabas de escuchar (aunque te queden tantas ideas sobre los referentes).

Lo apreciable en el trabajo de Cerati ha sido, a la par de su instrumentación operática,casi perfecta (que en Fuerza Natural alcanza cumbres con la beatlesca “He visto a Lucy”, la  pacífica y oceánica “Sal”, la balada hippienta seudocountry  “Convoy” o la misma canción que da título al disco), la notable combinación de música con letras. Su capacidad para generar versos de primera es inigualable. En esta oportunidad, las colaboraciones incluyen frases que se te graban en la memoria. Aquí algunas:

Y los mèdanos
seràn tèmpanos,
en el vèrtigo
de la eternidad.
Y los pàjaros
seràn àrboles,
en lo idèntico
de la soledad.

(Cáctus)

Un compás de luz
el faro dibujó en el mar.
Con un beso azul
la espuma se convierte en sal.

(Sal)

Cuento hasta diez
y te escondes,
Dioses creados con diez nombres,
Alfa y Omega,
todo principio y final.

(#)

Puedo equivocarme
tengo todo por delante
Nunca me sentí tan bien.
Viajo sin moverme de aquí
Chicos del espacio
Están Jugando en mi Jardín.
Me dirán el azar con el viento

(Fuerza natural)

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Fuerza Natural es un álbum melancólico, que se lo escucha en la ruta y se lo aprecia precisamente en el camino. Es el amor por el trayecto, sin intermediarios, y la búsqueda constante de experimentación, el aprendizaje de la vida. Pero al mismo tiempo es un espacio de madurez en el cual Cerati ha querido aplicar su mayor talento para el fuego de artificio y la capacidad de volverse volatil y entrañable.  Poner la valla siempre más alta a veces asusta a los creadores, porque los fuerza a desgarrarse, a sufrir, a probarse que aún son capaces de sorprender. Cerati demuestra que en la apuesta y el riesgo está la adrenalina, y por cierto, el valor. Si además de ello, se genera un producto poderoso, fresco y vanguardista (como  felizmente sucede aquí), estamos ante la música que escucharemos en el futuro y ante el artista como pionero y profeta.

El mejor disco del año en español, sin duda alguna.

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El 31 de Julio pasado, Martín Roldán Ruiz presentó su nuevo libro “Este amor no es para cobardes”, bajo el auspicio de Editorial Norma. Particularmente, siento que esta publicación refleja el sentimiento de mucha gente que asiste a las tribunas a dejarlo todo por su equipo, sentimiento que muchas veces va mas allá del desempeño que acompaña a los colores de la camiseta que once jugadores defienden en la cancha.

Tengo entendido, por propia boca de Martín, que “Este amor no es para cobardes” ya tenía tiempo de haber sido gestado, teniendo como título tentativo “Camiseta Ensangrentada” (título que por cierto me parece más cercano a la realidad del libro), empero está ya a la venta en todas las librerías a nivel nacional, teniendo una acogida realmente impresionante, más allá de la expectativa generada por la publicación de la misma y de otra publicación afín de contenido superficial.

Este libro va plagado de 7 historias recalcitrantes, retratadas de manera tal que sólo alguien que ha convivido en las tribunas puede plasmarlas. Doy fe de que cada relato sale de experiencias vividas por quien escribe. He tenido la suerte de compartir con el escritor tribuna muchas veces, tanto en Lima como provincias, y puedo decir que lo escrito se acerca mucho a la realidad de las tribunas, es la copia fiel de realidades que mucha gente y más que contar las glorias o pérdidas de amigos de tribuna, es el grito desesperado de gente que solo tiene como ideal principal seguir y defender los colores del club por quien están dispuestos a darlo todo, incluso la vida.

Los viajes , las guerreadas, las arengas, la manera radical del sentimiento tribunero, la soledad y el compañerismo de gente con la cual solo te identifica el color de la camiseta, el sufrimiento y goce en las tribunas, el grito descarnado del hincha que se resiste a que su canto y aliento quede en el aire y el anonimato, hasta las pugnas internas de barra son retratadas de manera envolvente en este libro, que no se centra en solo algún personaje idealizado, sino que va mas allá y refleja en carne viva el modus vivendi de la tribuna, de todo un pueblo, de todo un sentimiento, que a la par de los hechos políticos/sociales de ese momento sobrelleva el sentimiento, pasando por encima de todo para hacer llegar su mensaje, el mensaje de que los colores que los envuelven es más que la tónica social que estaba reventando en ese momento.

La violencia de ese entonces es el ahora, plasmada en palabras que a más de uno nos sientan a pensar que el fanatismo, los ideales y la vida, de ser absurda pasa a ser parte de una religión inevitable: la de ser escuchados, observados, odiados y hasta venerados.

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“Este amor no es para cobardes” no pretende bajo ningún concepto ser una guía para el barrista consecuente o en potencia. Más que algún libro gurú en estos temas, creo que se proyecta como una luz en medio de la ignorancia que se vive en las tribunas.  A partir de aquí, podremos entender la tónica que mueve a toda persona enfundada en este tipo de creencias. Atípico y e imprescindible “Este amor no es para cobardes” es como  para prenderle una vela a nuestra ideología que no se vende, libro para volver a pintar los murales con nuestras mejores arengas al equipo que nos quita el sueño fecha a fecha, libro que despertará desde lo más profundos recovecos de nuestra conciencia la enervada sonrisa que produce el gol en el arco contrario y toda la vorágine a la cual muchas veces tal cosa nos ha arrastrado. En otras palabras, el grito desesperado por hacer sentir nuestra voz.