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El precio justo

Publicado: 2 septiembre 2009 en Gino Ceccareli
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tremebunda

Cincuentón y bohemio, Fulvio se ganaba la vida como cantante en peñas criollas y animador en reuniones públicas y privadas. Aparte de cantar un limitado repertorio musical, matizaba sus presentaciones con chistes y anécdotas graciosas para animar a los espectadores de turno. Algunas veces contaba historias jocosas sobre su esposa, a la que él mismo describía como una mujer fea. Más allá de ser ciertas o no las burlonas anécdotas que contaba sobre ella, los que llegamos a conocerla nos dimos con la sorpresa de comprobar que, efectivamente,  no era precisamente una mujer beneficiada con los atributos de la belleza. También sabíamos que a pesar de sus chistes y burlas que provocaba la risotada de los jaraneros sobre las carencias estéticas de su pareja, él la amaba y se dedicaba a ella como un buen marido. Habían cumplido veintisiete años de casados y a pesar de sus bromas de mal gusto, él era un marido fiel y dedicado.

Fulvio se detuvo y miró su reloj. Marcaba las siete y media de la noche. Suspiró y caminó despacio buscando una banca libre en la Plaza 28 de Julio. Encontró y se sentó con desgano. Como todas las noches, desde hacía unos meses, había ido a esperar a su mujer que estudiaba corte y confección en una academia que quedaba justo enfrente de la plaza para acompañarla a casa cuando salía. Esa noche había llegado con media hora de anticipación y sentado sobre una incómoda banca de cemento observó a su alrededor, como buscando algo en que distraerse mientras esperaba que pasen los minutos.

Una muchacha con una brevísima minifalda y un escote rojo se le acercó coquetamente, se paró frente a él y con una sonrisa maliciosa le dijo:

-Joven, ¿quiere compañía?

Fulvio la observó  con curiosidad, hizo una mueca complaciente y con el fin de entretenerse y hacer hora hasta que su mujer salga de sus clases le contestó:

-¿Cuánto cobras?

-Cincuenta soles, joven.

-¿¡Qué!? ¿Estás loca? Es mucho.

-Cuarenta pues, te voy a hacer cosas riiiicas.

-Cuarenta sigue siendo mucho, no me va a alcanzar lo que tengo.

-Treinta y cinco pues, es lo mínimo.

-Noooooo, muy carera eres, tienes que bajarte más pues.

-Porque eres guapo te voy a cobrar treinta, ¿ya?

-Sigue siendo caro.

La negociación continuó por un buen rato más. Cuando la transacción llegó a los a siete soles, Fulvio se percató que eran ya las ocho de la noche y con el fin de deshacerse de la lolita y no hacer esperar a su esposa que seguramente ya estaba saliendo de la academia, le dijo con tono severo y definitivo:

-¡Muy caro, muy caro! Sigue tu camino hijita, voy a buscar otra.

-Pero joven, ¿¡ni siquiera por siete soles!?- le increpó desconcertada la paciente y desprendida muchacha

Fulvio se levantó  sin mirarla y apresurando el pasó cruzó la calle. Su  mujer lo esperaba en la vereda de enfrente. Se saludaron cariñosamente y cruzaron la pista agarrados de la mano. Caminaron despacio y cuando estuvieron cerca del monumento central de la plaza, la joven meretriz reconoció al hombre que hacía unos minutos había despreciado sus favores hasta humillarla a pesar de que ella había aceptado complacerlo por una ridícula suma de dinero, y que se atrevió de a decirle que era “muy cara”. Indignada y herida en su orgullo, la lolita se dirigió con paso decidido hacia ese hombre despreciable (que ahora estaba acompañado). Los alcanzó y poniéndose delante de ellos con una mirada desafiante los obligó a detenerse y observó detenidamente el rostro y el cuerpo de la mujer que cogía la mano de Fulvio, luego clavó su mirada en él y con un evidente gesto de alivio le dijo:

-¡Bien hecho! ¡Eso te pasa por tacaño!

lasalmassonmariposas

Una de las razones por las que decidí participar en un concurso para dirigir el INC Loreto, y de paso quedarme en Iquitos, fue porque tristemente comprobé que en nuestra ciudad habían desaparecido las salas de cine. Cuando era niño, nuestra ciudad contaba con cinco salas. Las otras razones por las que decidí volver a la santa tierra eran tanto o más importantes que la mencionada.

Después de anunciarme que me habían elegido para el cargo de Director, me puse a trabajar y tratar de darle un impulso a la cultura en la región. Demás está decir que el panorama que encontré era desolador. No solamente por las enormes y ridículas limitaciones financieras que disponía dicha institución, sino porque no contaba con  recursos humanos suficientes, un local adecuado ni con el apoyo de nadie. Es natural que para poder trabajar con un mínimo de recursos y a fin de darle presencia a la institución, me vi obligado a hacer convenios con instituciones y empresas, pedir donaciones, auspicios, apoyos y hacer malabares de toda índole. Entre estos trámites, logré convencer al alcalde para firmar un convenio de “cooperación” para que destaque al INC dos trabajadores de la municipalidad (de acuerdo a mi ROF, no podía contratar a nadie). Le pedí una secretaria y un personal para que apoye en el área de actividades.

Al día siguiente de firmar el convenio, llegó la secretaria y un señor que pidió  que le llamemos Don Rolando. Era el tigre que con ansia esperábamos para apoyarnos a organizar actividades.

Al cabo de un año, me llama por teléfono un empresario hindú que tiene una cadena de salas de cine por todo el país, el cual había conocido en Lima hacía ya algunos años cuando desempeñaba el cargo de agregado cultural para la Embajada de su país.

-Hola Gino, soy Gupta, ¿Te acuerdas de mí? Te llamo porque quiero hacerte una consulta.

-Claro que me acuerdo de ti. Dime.

-Estoy pensando poner un complejo de multicines en Iquitos, mi socio ya vio un local céntrico. Honestamente ¿vale la pena? ¿Tú crees que sería una buena inversión? Tengo cifras y según veo, Loreto está muy deprimido económicamente.

-¡Mi hermano! ¡Qué gusto escucharte! Por supuesto que sería una gran inversión, hace años que la población de Iquitos reclama eso. Cuenta con todo mi apoyo. El cine es la gran ilusión de todos acá.

-Confío en ti. Mañana llego a Iquitos y conversamos.

Gupta pertenece a esa casta minoritaria de empresarios serios. Al día siguiente, en mi oficina, después de darle todos los “argumentos” para invertir en Iquitos me dijo:

-Hoy compro el terreno y en 4 meses inauguramos.

Cumplió  su palabra.

El mismo día que se iban a inaugurar  los Multicines, recibo una llamada de la municipalidad, preguntando si el letrero que habían colocado en la fachada del local tenía la licencia respectiva. El INC es la institución que regula y otorga el permiso para los letreros que se colocan en la zona monumental. Verifiqué con la administradora y me di con la sorpresa que no se había solicitado la autorización respectiva.

Llamé  a Gupta y le advertí que ese permiso era necesario, que hacía más de dos meses le hice llegar el reglamento y que debía enviarme un documento indicando el contenido de dicho letrero, sus dimensiones y colores a fin de aprobarlo para estar en regla antes de inaugurar el local. Efectivamente, a la media hora llegó un mensajero con el documento.

Quizás se debió al apuro o a la negligencia de su secretaria que, al leer dicha solicitud que contenía la información necesaria para aprobar el letrero, me percaté que habían olvidado de poner el texto del mismo.  Debido a la urgencia, tomé la decisión de no solicitarle un nuevo documento corregido. La autorización que debíamos expedir debía aprobar el texto exacto del letrero, así como los demás requerimientos de ley.

Volvamos al tigre de Rolando. El personaje que nos había destacado la municipalidad era todo un caso: olvidadizo, distraído, despreocupado, ocurrente, con muchas iniciativas alucinadas, amiguero, sobón y siempre disponible pero poco efectivo (vicios recurrentes en la administración pública). A pesar de ser comedido, puntual y simpático, era un peligro, ya que los encargos que se le daba los hacía mal o le ponía su toque personal que degeneraba en otra cosa que no tenían nada que ver con lo encargado.

Teníamos que autorizar ese letrero. Confieso que no solo por mi entusiasmo por el cine, sino porque cumplía con los requisitos. Demasiados años esperando tal acontecimiento que había que solucionar ese impase esa misma tarde.  Alguien debía de ir a la calle Arica para verificar el texto del letrero. Todo el personal estaba ocupado, salvo uno: Rolando.

Pensando que el encargo que le iba a dar era tan sencillo, opté por confiar plenamente.

-¡Rolando! Necesito que me hagas un servicio.

-Lo que usted diga, Don Gino.

-Quiero que vayas al local de los Multicines que construyeron en la calle Arica y que se va a inaugurar esta noche. Necesito saber exactamente lo que dice el letrero que han puesto en la fachada. No recuerdo si es “Multicines Iquitos” o “Sala Multicines Iquitos”. Lleva una hoja de papel y un lapicero, ¡Ah!, fíjate que pinte el lapicero. Anotas lo que dice y te vienes como un rayo.

– ¡A la orden, señor Director!

Después de coger una hoja de papel y algo para escribir, se alejó con paso ligero.

Pasaron como veinte minutos y regresó, también a paso ligero.

-¡Misión cumplida, señor Director!

-Léeme lo que anotaste.

-Un segundito- me dijo y, sacando su pañuelo del bolsillo, se secó el sudor de la frente.

-¡Lo tengo todo! Sala 1: Spiderman, Sala 2: Harry Potter, Sala 3: ….

El shegue

Publicado: 10 agosto 2009 en Gino Ceccareli
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aeropuerto-6580

El pintor Christian Bendayán estuvo por Pucallpa hace ya varios meses recolectando obras de artistas amazónicos que están imbuidos en el tema del Ayahuasca para una gran exposición que estaba preparando para Lima.

Como el viaje fue financiado por el Centro Cultural de la Universidad de San Marcos donde se desarrolló la exposición, necesitaba recabar recibos y facturas para justificar sus gastos como se debe. Ya con su maletín en la mano se dirigió a la recepción del hotel donde se había alojado.

-Por favor, necesito que me prepare una factura con este nombre y el número de RUC. Regreso en una hora para recogerla, ya que tengo que ir al aeropuerto- le dijo Bendayán al recepcionista que se abanicaba con un periódico.

-No te preocupes- le contestó el astuto trabajador – al toque te lo preparo.

Efectivamente, una hora después, regresó y vio que el recepcionista dormía con la cabeza ladeada y la boca abierta. Tuvo que sacudirle para despertarlo y le pidió la factura. No estaba lista.

-Ahorita te lo hago- le dijo sacudiendo la cabeza.

Con toda la paciencia del mundo, jaló una silla hacia la computadora, prendió  un cigarrillo, le dio un par de pitadas mirando el humo que se dirigía al cielo raso. Bajó la vista y leyó como cuatro veces el nombre que debía escribir en la computadora, volvió a acomodar su silla, puso sus manos sobre el teclado y arrancó.

-Tic… tic… tac… tic…

Escribía despacio con un solo dedo, se equivocaba de letra a cada momento, borraba y seguía: tic… tic… tic… pasaron como siete minutos y levantando la cara le dijo a Bendayán:

-¿Este es número de RUC?

-¡¡SI!!

-Tic… tac… tic…

-¿Cuántos días estuvo en el Hotel?

-¿Acaso no está anotado ahí?

-Ah!, aquí  está… son cuatro días.

Sacó  su calculadora, sumó, se equivocó, volvió a sumar y encendió  otro cigarrillo.

-Son ciento veinte soles…

-Ya sé, porque ya pagué- dijo Bendayán visiblemente irritado.

-Tic… tic… toc…

-Un ratito ¿ya?, voy a pishir.

Regresó  del baño con un cigarrillo en los labios.

-¿Dónde estará  mi cenicero?… no le hallo.

-Por favor, termine.

Pasaron otros siete minutos y el recepcionista ¡terminó de escribir!

-Ahora hay que imprimir. Voy a buscar una hoja…

A estas alturas Bendayán temblaba…

Con toda la pachocha del mundo el recepcionista abrió cajones, rebuscó, se rascó el cuello, removió papeles en los estantes, bostezó  y, por fin, encontró lo que buscaba. Prendió la impresora, imprimió y le alcanzó para que revise.

-Oiga- dijo Bendayán –¡aquí falta una palabra!

-¿Ah, sí?  ¿Le puedo agregar a mano?

-¡Sí, pero apúrese!

El empleado se levantó y empezó a rebuscar en los cajones de todos los escritorios. Estuvo así como tres minutos hasta que dijo:

-Aquí  está- y le mostró una reglita con una sonrisa de triunfo en los labios.

En ese preciso momento salió un joven del Hotel y el recepcionista levantando el pulgar le dijo:

-¡Choche!, ¿Y? ¿Cómo estás oy?

-Bien- le dijo el otro alejándose.

Volvió  a mirar a Bendayán y le dijo:

-Es mi pata, hemos trabajado juntos antes…

Volvió  a tomar la reglita para escribir derechito la palabra que faltaba y de nuevo levantó la cabeza.

-Pero no aquí, hemos trabajado en otro Hotel. Era mi pata de trancas y…

-¡Carajo! Termine de una vez que voy a perder el avión.

-Tranquilo amigo, ¿no ve que me estoy apurando?

Le tomó  como tres minutos escribir lo que faltaba y le dio la factura a Bendayán que sudaba a chorros de pura rabia.

-¡Oiga, falta su firma!

-¿En serio? Yo estaba seguro que ya la había firmado… ¿qué gracioso no?

Cogió  la factura y con mucha paciencia volvió a remover todos los papeles que desordenadamente estaban en los cajones y sobre su escritorio buscando un lapicero.

-…no encuentro mi lapicero ya vuelta…

-¡Tome el mío y firme de una vez!!

A todo esto había transcurrido más media hora.

Bendayán salió  como un rayo a la búsqueda de un motocarro que lo lleve al aeropuerto.

Perdió  el avión.

Esa noche durmió  en otro Hotel y, demás está decir, pidió que le hagan la factura por adelantado.

El shegue sigue “trabajando”.

MSN existencialista

Publicado: 2 agosto 2009 en Gino Ceccareli
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-Mi nombre es Luna, quiero conocerte.

-¿Cómo entraste a mi correo? ¿Te conozco de algún lado?- respondí rápidamente.

-No me conoces, yo tampoco te conozco.

Suspiré  desconcertado y tratando de entender escribí:

-¿Y cuál es la razón de tu interés en conocerme?

-No lo sé, quizás sea por la expresión que veo en tu foto.

-¿Y qué  te dice la expresión que ves en mi foto?

-Que puedo confiar en ti, que me vas a entender y que me dirás lo que quiero escuchar.

Mi desconcierto aumentó. Podría tratarse de alguna broma, una tomadura de pelo o que alguna desequilibrada entró en mi MSN para desfogar su morbo… Volví a suspirar y traté de creer que efectivamente podría tratarse de alguien que necesitaba ayuda, y si ese era el caso, debía ser prudente y comprensivo.

-Gracias por la confianza a priori… pero, ¿has pensado que a lo mejor no soy esa persona que te podrá entender?

-Tengo 34 años, soy antropóloga, separada, sin hijos, vivo en Lima y, por si necesitas saberlo, no creo tener problemas sicológicos graves.

-Entonces, no estás buscando en mí a un terapista anónimo.

-No Gino, no busco eso.

-¿Entonces?

-Quiero vivir. Me siento cansada de la vida que llevo, de ser coherente socialmente, de ser poco arriesgada y de ser responsable y cumplidora profesionalmente.

-Nunca pensé  que la antropología fuera aburrida ni poco aventurera- le respondí. -Tu desgano y cansancio, ¿no se deberá a que equivocaste de vocación o se trata más bien de un hartazgo extra profesional, es decir, de soledad, falta de afecto o insatisfacción de tu entorno?

-Sabía que me escucharías. ¿Podemos seguir hablando o te interrumpo?

-Bueno, ya despertaste mi curiosidad, ya no importa si estaba en otra cosa, y, según veo, no estás decepcionada de tu intuición que te dijo que podías confiar en la mirada de un desconocido.

-Antes de continuar, creo que deberías saber que lo que vi e intuí al ver tu foto no tiene nada que ver con atracción física ni con una cita futura.

-De acuerdo Luna,- sonreí y sentí un pellizcón en mi vanidad- pero por lo menos déjame saber cómo es la persona con quien hablo, no has puesto tu foto y prefiero no adivinarte.

-Tienes razón, te concedo ese derecho sabiendo que despertaré tu instinto de cazador varonil. Soy alta, delgada, pelo negro, ojos grandes y con un lunar en el pómulo izquierdo.

¿Hice bien en preguntar?, me dije. Efectivamente mi curiosidad y mi instinto cazador despertaron ante esa descripción somera e intrigante. ¿Mentía para cautivarme y así lograr involucrarme y que sea yo el oráculo de sus dudas que le dictó su intuición? o simplemente era sincera y su descripción podía tener matices que no respondían necesariamente a imaginarla bella.

-Volvamos al tema,- le dije tratando de mostrar solo interés en el motivo que la impulsó a buscarme –creo entender que la gente que te rodea no sabe de tu problema existencial y que tampoco te interesa compartir con ellos ya que estás convencida que en el cambio que le quieres dar a tu vida no están incluidos.

-Sí.

-Pero… si tienes las cosas claras respecto a que estás cansada, aburrida y que has decidido por fin ponerle una dosis de locura y aventura a tu vida, ¿no crees que es solo un tema de decisión y que no necesitas de un desconocido que te diga: “manda todo a la mierda y haz lo que te da la gana”?

-No es fácil, ¿tú lo hiciste alguna vez?

-Te confieso que mi problema es al revés, ya que desde siempre he tratado, sin convicción y muchas veces por ser políticamente correcto, de pisar tierra, de ser coherente y responsable, con poco éxito felizmente, quizás se deba a que nunca tuve crisis existenciales respecto a mi vocación de ser artista.

-Me gusta lo que hago Gino, lo disfruto. Lo que ya no soporto es tener que cargar toneladas de prejuicios, formalidades, complejos colectivos, poses obligadas que incluso invaden mi intimidad. Sé que la mayoría de las gentes tienen (y se resignan disfrazando) problemas y frustraciones. Mi trabajo es investigar para comprender culturas vivas y extintas, descubrir y estudiar los comportamientos y los aspectos biológicos de las sociedades, pero, no he logrado descubrirme ni entenderme a mí misma.

-Querida Luna, tu interrogante y dilema es tan antiguo como el hombre y lo sabes. En verdad agradezco tu confianza y tu transparencia en confiarme y creer en mí como en un espejo deforme que te muestre y reafirme que las distorsiones, exageraciones y lo inesperado que vemos y a veces rechazamos no necesariamente es malo. La aventura de vivir (que ya es bastante) es vivir como a uno le da la gana, por lo menos es lo que yo creo.

-Lo sé. Más que una reflexión filosófica personal, se trata, en mi caso, de decisión, de actitud, de liberar impulsos que afectará mi entorno en todos los niveles, tanto laboral, familiar, personal, social y a todo lo que me rodea…

-Lunísima… se está agotando el tema o corremos el riesgo de caer en masturbaciones existenciales. Empiezo a creer que buscarme no se debió a una azarosa decisión o que mi opinión no te ayuda mucho.

-Gino…

-¿Puedo ser directo?

-Sí.

-Ese desahueve personal que tanto buscas, ¿concierne tu sexualidad? ¿A un desengaño afectivo? ¿A una frustración o fracaso profesional? ¿Por qué creo que sabes más de mí de lo que dices?

-Gino…

-Luna, perdona que sea tan directo. Mientras conversábamos mi memoria empezó  a recordar y ubicar algunos datos y espacios.

-No entiendo.

-A ver. Hace 15 años conocí a una chica muy bella, alta, delgada y con un lunar en el pómulo… me enamoré y se enamoró de mí. Ella tenía enamorado y en una fiesta, mientras bailaba con ella la besé en la boca. Ella lloró y huyó. Nunca más la volví a ver.

-¿Crees que soy yo?

-Sí.

-¿Crees que todo lo que te dije es mentira?

-Creo que eres sincera en tu confesión, ¿sabes por qué? Porque esas dudas y esas ansias por “vivir” sin presiones familiares ya los tenías. Parece que dejaste que se acumulen demasiado.

-¿Y crees, que si tu teoría fuera cierta, esa chica te está buscando porque te recuerda con cariño o porque realmente es sincera con sus angustias y dudas?

-Ya no importa Mariana, nos vemos a las 8 en el Haití.

-De acuerdo Gino, ahí estaré. Un Beso.

el primer hombre fue mujer

El otoño en París siempre llega acompañado de lluvias. Y creo que no hay nada peor que las lluvias frías para un artista amazónico. Quita toda inspiración, por lo menos ese es mi caso.

Hacía días que yo venía peleando con un cuadro en mi taller parisino y mirar por la ventana no me ayudaba mucho. La lluvia gris bloqueaba cualquier idea.

Sonó el teléfono.

Génevieve era una amiga muy divertida, culta, lesbiana y feminista. Presidía una asociación en París que ayudaba a las mujeres.

-“Salut Gino”- me dijo con una voz apagada y triste.

-“Hola loquísima”- le respondí. “¿Estás enferma?, se te escucha muy mal”

– “Sí, no puedo moverme de la cama y te llamo porque te necesito…”

Me explicó. Ella tenía que participar en un congreso feminista que se iba a desarrollar en una ciudad del sur, en Clermont Ferrand más precisamente y quería que yo la reemplace…

-“¡¿Qué?! Realmente estás enferma… Yo no tengo nada que hacer ahí, no tengo tiempo y, además, tu sabes que el feminismo es un tema que me aburre”- le dije categóricamente.

Insistió.

Me dijo que sus amigas de la asociación no podían remplazarla, ya tenían comprometido su fin de semana, que yo era su último recurso para representarla, que me pagaban todo, incluso viáticos, que no todas las asistentes eran lesbianas, que por favor y que ya había mandado un mensajero con los pasajes y toda la información a mi casa…

Le agradecí el gesto, una vez más, le dije que no iría y colgué. Vi mi cuadro triste, inconcluso, la lluvia persistente, el cielo gris de París, mi desgano por la vida… acepté la invitación.

Al día siguiente tomaba el vuelo que me llevaría a un congreso de Feministas… después de todo, podía ser divertido.

Me recibieron en el aeropuerto, me llevaron al Hotel, me dieron una identificación con el nombre de la asociación que yo representaba, un fólder con muchos documentos, manifiestos y toda la información necesaria (que no leí, por supuesto) y con una sonrisa en la boca, entré al auditorio donde se iba a llevar a cabo la ceremonia de inauguración.

Era el único hombre.

Ese día entendí lo que es el miedo. Quinientas miradas femeninas y feministas se posaron en mi humanidad. Miradas inquisidoras, destructoras, curiosas, discriminadoras, agresivas, perversas…

Me senté en el lugar que me indicaron y traté de no mirar a nadie.

-“¿A qué mierda vine…?”- era lo único que atinaba a pensar. No es agradable sentirse escrutado por cientos de arpías.

Empezaron los discursos. Es evidente que no prestaba atención, lo único que quería era salir corriendo de ese lugar. Esperé como una media hora, me levanté sin mirar a nadie y salí. Busqué el bar, lo encontré y al barman (era un hombre, Aleluya!) le pedí que me sirviera un Whisky. Ya no me sentía solo… Cuando me dijo que el consumo del bar era gratis para los participantes le pedí que me bajara la botella. Hablamos un poco de todo (rajamos de las feministas también) mientras yo me despachaba la botella. Pasaron como tres horas. De repente una anfitriona vino hacia el bar llamando al representante de la Asociación parisina: yo. Levanté la mano y, cogiéndomela, casi corriendo me llevó al auditorio. Sucede que cuando tengo algunos tragos encima yo soy de los que se ponen dóciles, sobre todo con el sexo opuesto. Casi sin darme cuenta me di cuenta que… ¡me estaban subiendo al escenario! Me dijeron que me tocaba hablar.

De pronto me percaté que estaba frente a un micrófono en medio del coliseo romano como un cristiano rodeado de fieras, pero, para ese entonces el Whisky ya había alterado mi timidez, me había desinhibido y mi espíritu suicida se puso a flor de piel.

Ni siquiera sabía cuál era el título del congreso y si la asociación que yo representaba había preparado alguna ponencia ya que no me di la molestia de revisar ninguna información.

-“¿Y ahora que digo?”- me dije sonriendo.

Suspiré fuerte y largo, escudriñé a mi auditorio, pasaron unos treinta segundos y ahí supe lo que tenía que decir.

“El primer hombre no fue hombre, fue mujer”. Dije fuerte y claro como una sentencia apostólica. “Y se llamó Kaametza”.

Así empecé a contar la historia de la creación del mundo según una versión Asháninka. Hablé fuerte y despacio a la vez, traduciendo con delicadeza cada palabra, cada idea y tratando de alargarla.

“Kaametza ya existía antes que Dios nazca, Pachakamaite, el padre supremo, aun no sabía que iba a existir… nuestra primer ancestro vivía en un mundo donde todo era de ceniza y vivió así en un tiempo sin tiempo. Un día se le apareció un otorongo negro que también era de ceniza. Ella miró a ese ser de ojos luminosos y no tuvo miedo, no sabía lo que era el miedo. El otorongo sacó las garras y se le abalanzó rugiendo. Ella por instinto esquivó el ataque y en ese momento descubrió y aprendió lo que era el miedo. Cuando el animal giró para volver a atacar, Kaametza se sacó un hueso de su cuerpo y esperó la embestida. Con ese instinto natural que solo poseen las mujeres, supo lo que tenía que hacer. Volvió a esquivar y con el hueso le perforó el pecho. El otorongo rugiendo cayó sobre la ceniza y murió”.

“Fue ahí que decidió crear una compañía para ella. Arrojando el hueso y haciendo una invocación que sabía-sabiendo, fue convirtiendo aquel hueso en una llamarada que girando-girando fue tomando la forma de algo-alguien igual y distinto a ella a la vez. Creó a Narowé, creó al hombre”.

Hice una pausa y vi que había logrado hipnotizar a la jauría.

“Cuando Kaametza vio su creación, inmediatamente hubo esa atracción poderosa, instintiva y que no queremos ni podemos explicar cuando sucede. Sin dejar de mirarse a los ojos, ella se recostó despacio sobre la sangre aun caliente del ororongo y abrió sus piernas delicadamente en una invitación explícita”.

“Así como el río Inuya penetra en el Urubamba, tronando fuerte, así entró Narowé en el cuerpo de Kaametza. Hubo vientos, fríos y calores, estrellas y arcos iris, sonidos nuevos, quejidos y gritos. Hubo todo”.

“Cuando juntos llegaron al primer orgasmo, se creó la luz en el universo”.

Miré al auditorio unos segundos, parecía que nadie respiraba y terminé diciendo: “espero que hayan entendido el mensaje”.

También demoraron unos segundos en reaccionar y se desencadenó una tormenta de aplausos. Suspiré aliviado y desde esa tarde, agradezco al Whisky todos los días de mi vida.

Esa noche fui un héroe, todas me buscaban, querían comentar e interpretar el final de mi discurso, cada una tenía una versión distinta de la historia contada. Me sonreían, me engreían, me mimaban! Esas mujeres que cuando aparecí me hicieron sentir que interrumpía un aquelarre, de pronto me parecieron dulces, cariñosas y bellas… ¡me miraban con ternura! Aquella noche fue inovidable e… interminable.

La clausura fue al día siguiente, me había levantado tarde (por agotamiento feliz, se entiende) y cuando me aparecí en el auditorio, vi que casi todas reían, como niñas que habían tramado una travesura. Estaban entregando diplomas a las asociaciones que más habían contribuido durante ese año con las mujeres y la sociedad. Y como último acto, llamaron al representante (yo) de la asociación parisina. Me acerqué al estrado y después de un breve discurso de felicitación por parte de la directora del congreso, me entregaron un diploma (mandado a hacer especialmente para mi) donde se me declaraba “MUJER HONORIS CAUSA”.

Kaametza me salvó la vida.