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Esta es época de Copa del Mundo y el fútbol ocupa espacio preponderante en el interés de la afición. Pero eso no significa que los problemas indirectos del fútbol no deban ser comentados. Resulta muy preocupante que a CNI le estén quitando puntos en el torneo de fútbol profesional debido a deudas económicas. Hace unos días, se perdieron cuatro puntos debido a deudas pendientes que el club mantiene con  Enrique Ísmodes y Juan Montenegro.  Si nos atenemos a las reglas del torneo y del circuito profesional,  lo próximo que vendría sería una eventual pérdida de categoría, y, aún más extrema, la desafiliación. Según la Agremiación de Futbolistas del Perú, nuestro equipo-emblema mantiene en la Cámara de Conciliación y Resolución de Disputas alrededor de seis casos, con muy pocas posibilidades de éxito.  Lo más importante, urgente, sería pagar inmediatamente para no tener que pasar por estos trances.

Cuando CNI recuperó la categoría profesional, luego de 16 años, los más entusiastas indicaron que estábamos, como mínimo para Copa Libertadores. 18 meses después, no sólo hemos hecho peor campaña en toda la historia del plantel en Primera División (salvo el año de la baja), no sólo no se ha invertido adecuadamente en recurso humano, sino hemos perdido en la mesa, por garrafales errores dirigenciales, lo que hemos vuelto a ganar con no poco esfuerzo en estas últimas fechas. ¿Cómo el equipo con la plaza más cotizada del 2009 no tiene dinero para pagar deudas? ¿Cómo uno de los equipos que más dinero recaudó en taquilla se ve forzado a esta penosa situación? ¿De qué sirve que los jugadores se maten ganándole al Cienciano o a la U si su sacrificio se esfumará en la mesa extradeportiva? Que alguien me lo explique, porque yo no entiendo.

Extra: ADFP posterga la sustracción de puntos del CNI hasta que se defina proceso judicial. La tensión sigue

Un candidato que convierte la tribuna de las ideas en un chongo, un señor exaltado que enarbola calzones que les quita a mujeres humildes, una potencial autoridad que obliga a sus compañeros de partido a darse besitos en la boca con ancianas empobrecidas para las cámaras de la televisión nacional; en fin, alguien así ¿puede ser favorito para ganar las elecciones en Maynas?  Al parecer, sí, pero no es el único que cree en el carnaval. Una señora promete movilidades gratis para ir hasta a un conocido local para proclamar su candidatura, cuyo número especial no será, por cierto, el anuncio de su plan de gobierno, sino el sorteo especial de una vaca entre los asistentes. Otro por ahí se concentra en ir casa por casa repartiendo pollitos, mientras uno más allá se concentra en regalar robustos chanchos. Sin mencionar todos los bailes con parlantes estridentes y los cientos de miles de litros de alcohol en que ahora nadan las concentraciones proselitistas.

¿En qué momento la política se convirtió en vendaval de tonterías, en repartija asistencialista o en feria ganadera? Me indican que esta situación se debe a la clase dirigente actual, frívola, inepta o corrupta. Esto sólo es una media verdad, porque también hemos contribuido los medios de comunicación, que apañamos o no exigimos calidad y eficiencia a las autoridades, y también la sociedad, que se deja seducir por bufonadas propias de malos cómicos ambulantes, antes que por propuestas serias y sustentable. Veo este paisaje y recuerdo con pesar la línea final de “Rebelión en la Granja”, de George Orwell: “ya no se distinguía quién era quién, dominados por el poder y la avaricia, se habían convertido hombres y cerdos en iguales”.

En el Congreso de la República se está debatiendo la ley del Mecenazgo Cultural, que promueve la congresista Luciana León. El gran tema de controversia es la asignación porcentual que deducirían en impuestos aquellos que inviertan en actividades culturales. El Parlamento indica un máximo de 50%. El Poder Ejecutivo señala un tope de 15%.

Apoyo el Mecenazgo. Pero lo de la ley de Luciana León más parece exoneración.  Obviando la distorsión del concepto de Mecenas (una suerte de protector y benefactor integral de artistas y arte), hay un problema real que se nota: tanto el Estado como el sector privado se pelotean la responsabilidad de la dinamización del sector.

Evidentemente, el Estado no tiene ni vocación ni plan para estructurar dinámicamente el desarrollo cultural. Su actividad en ese sentido es centralista, lenta, burocrática. Además, se cree, equivocadamente, que la cultura no puede rendir dividendos económicos. Por ello, su asignación es ínfima e inestable. Por ejemplo, el presupuesto para Loreto es irrisorio y se centra casi en su totalidad en Iquitos.

El Mecenazgo Cultural puede ser un avance importante en el desarrollo artístico del país, Pero tampoco acaban ahí los esfuerzos por dinamizar el sector. ¿Y la creación del Ministerio de Cultura? ¿Y la ley de Cine?  Me parece poco decente que el gobierno no haga su tarea en este aspecto. ¿No quieren que exista exoneración? Excelente, entonces que el Estado invierta, bien y permanentemente.

Cuando no hay mercados culturales consolidados, el Estado tiene deber de promoverlos o de construirlos, de modo tal que se monte una formación sólida de valores culturales y artísticos, dignos y sustentables, económica e inmaterialmente. Esta es una tarea de todos. Del gobierno, del Congreso, de los empresarios y, sobre todo, de los artistas.

La directora de la Biblioteca Amazónica me comenta que están a punto de cerrar sus instalaciones, debido a que no reciben el dinero del presupuesto que por convenio, el Gobierno Regional de Loreto mantiene con dicha institución desde los años noventa. La forma en que se pelotea el trámite en las dependencias del GOREL (donde, por cierto, todo pasa por un proceso tortuoso, paquidérmico y abusivo) abarca también a organizaciones como La Restinga, Algo bello para Dios, Orquesta Sinfónica y, por cierto, muchas más.

No cuento nada nuevo cuando señalo esta situación. El problema es que los ineficientes funcionarios nunca han considerado a la cultura como un tema de agenda, ni siquiera como asunto a discutir. Quienes han organizado ferias de libro, actividades artísticas, proyectos audiovisuales saben a lo que me refiero. Lo peor es que, aunque se tenga presupuestado ese dinero, éste nunca se ejecuta. Si en educación tenemos ese problema, imagínense ustedes las dimensiones en el área estrictamente cultural.

Esto pasa por una concepción de que el progreso es cemento y cuchipanda pro-electorera. Y poca capacidad de raciocinio para auscultar la memoria, el legado y la importancia artística de nuestro pueblo. Sólo así se siguen destruyendo los monumentos arquitectónicos y se podan árboles a diestra y siniestra; sólo así se obvia la dotación de material a colegios y bibliotecas o se desdeña capital y recursos para la formación de escuelas de formación varias. Sólo así se construye una sociedad poco instruida, irreflexiva, que acepte como venga las pachotadas de una clase dirigente poco eficiente, poco ilustrada y poco preocupada del porvenir de Loreto.

El drama nacional se alimenta de la amnesia voluntaria, que evita auscultar, reflexionar, interiorizar y sanar procesos colectivos traumáticos. Debido a ella muchas preguntas que se abrieron a partir de la terrible tragedia de Bagua, el 5 de junio de 2009, no han tenido respuesta o, lo peor, ni siquiera se ha intentado procesarlas. Causas, motivos y  objeciones que condujeron a dicho cataclismo social siguen vigentes e, incluso, se han acentuado.

En Bagua murieron 34 peruanos y desaparecieron algunos más. También se desnudó en todo su patético esplendor el drama de nosotros, los amazónicos, los olvidados por el Perú oficial. Un drama que viene de siglos, apenas visibilizado, incomprendido o ignorado por quienes tienen el deber de descubrir procesos de integración. Un drama que no se acaba en radicalismos ni politizaciones electoreras o endurecimiento de las medidas represivas.

Creer que la tragedia se debe a arrestos de “ciudadanos de segunda clase” es no querer entender que la Amazonía es un todo de múltiples visiones y formas de entender el mundo, algunas muy lejanas a la mentalidad occidental, que tienen no sólo el derecho sino la obligación de ser integradas al país. En suma, persistir en el error (y el horror).

Pensar y recordar Bagua, un año después, también implica percibir a la Amazonía no como un territorio inhóspito y exótico, sino como un espacio físico y espiritual que aspira a convertirse en posibilidad concreta, valiosa, sustentable para el progreso y el desarrollo del Perú. Para eso es necesario, urgente e imprescindible empezar a recordar la tragedia y sus motivaciones para que no vuelva a suceder. Nunca más.