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Esta vez nos entrevistaron en Marea Cultural (#mareacultural) y la dinámica y alentadora página cultural (alojada en el cálido corazón de Chimbote) , y esto fue lo que conversamos, sobre cultura,  Bagua, Twitter, y el futuro de las comunicaciones desde las nuevas teconologías en Iquitos y la Amazonía peruana .

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Hace un mes iniciamos en este blog una encuesta sobre los que, según el gusto de los lectores y visitantes pudieran ser los 10 filmes (cortos, medios y largometrajes) que mejor pudieran mostrar a Iquitos y la selva loretana.

La encuesta recibía las sugerencias de libros de los lectores, a partir de una pequeña selección y opinión de algunos críticos del medio. No solo fue se consideraron trabajo de ficción, sino también no ficción, documentales ,y todo aquél que desde su ámbito aportara algo al conocimiento de esta parte del mundo. Ningún IP pudo tener más de un voto.

Al final, más de 244 votos definieron los siguientes resultados (las reseñas de algunos filmes forman parte del artículo Postales Audiovisuales de Iquitos, que publicó la revista La sombra del hombre del DIP) :

1.- Pantaleón y las Visitadoras (Francisco Lombardi) 12.3% (30 votes) ¿Quién  no ha amado un poco ese Iquitos bullicioso, calenturiento, pintado con tonos rojizos y sudorosos, con telón de fondo del otrora famoso Grupo Euforia, que muestra Pantaleón y las Visitadoras (1998), adaptación fílmica de Pancho Lombardi de la desternillante novela de Mario Vargas Llosa, empuñando por primera vez  el estandarte  selvático como gancho marketero y sensual para.  Ahí, entre varias, la generosa figura de la Cepeda brilla con goce hedonista y bailable. Divertida, leve, fácil, Sin rollos. Entretenida.

2.- Fitzcarraldo (Werner Herzog) 10.7% (26 votes) Existe un momento en Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog,  cuando, desde los altos de la Iglesia Matriz, se muestra un momento espectacular, en el cual la ciudad reposa sobre las piernas de la Plaza de Armas. El protagonista, Klaus Kinski, dentro de los zapatos del más excéntrico de los barones caucheros de la época dorada y cruel de nuestra Amazonía, pierde el control y grita toda su febril alucinación y rabia. Escena con repique de campanas, que le da majestad y desmesura a esa fabula sobre la época del caucho, plagada de excesos y delirios, que logra componerse en esta inspirada, abigarrada, monumental película. Herzog dirigió anteriormente en nuestros dominios Aguirre, la ira de Dios, pero la sabiduría popular siempre la prefirió menos que este canto fílmico buscando a Caruso. Discutible o no, este filme es probablemente uno de los mejores sobre nuestra descomunal y compleja anatomía social, cultural y mental.

3.- Diarios de Motocicleta (Walter Salles) 9.4% (23 votes) ¿Alguien recuerda con deleite esa imagen de Diarios de Motocicleta (2004) de Walter Salles, en la cual Ernesto Guevara/Gael García le increpa al Doctor Federico Bressani/Gustavo Bueno por la calidad de su novela Latitudes de Silencio? En los diálogos, se habla de Pucallpa. Pero la escena, en realidad, fue hecha en el Mercado de Productores de la ciudad. Fue la única escena que recuerdo haber visto sobre IQT en esta mega producción extranjera, que tuvo como su base y estación final las instalaciones de Santa María de Ojeal, a unos kilómetros de aquí.

4.- Hijas de Belén (Javier Corcuera) 7.4% (18 votes) ¿Radiografía sobre el barrio más pobre y efervescente de la Amazonía peruana? Definitivamente, Hijas de Belén, uno de los cortometrajes de En el mundo a cada rato (2004)  recopilación de cortos documentales sobre la situación laboral de los niños del mundo. Su director, Javier Corcuera, supo plasmar en 27 minutos las historias de tres generaciones de mujeres que habitan el barrio más pobre e hiperactivo de esta urbe. la cinta rezuma cariño y pasión cuando filma a sus protagonistas. Los parlantes de Radio Belén como sonido ambiental permanente y un paseo en motocarro por las calles de Iquitos, al compás de una canción del grupo Calypso,  deberían figurar en alguna antología audiovisual sobre esta ciudad.

5.- El último piso (Dorian Fernández) 7.4% (18 votes) Entre febrero y marzo de aquel 2009, durante más de 13 sesiones de rodaje, los miembros de Revolución Visual, dirigidos por Dorian Fernández, dieron forma a una de las producciones más extrañas y complejas en la cual yo he podido participar: un mediometraje de 55 minutos, ambientado como locación principal en uno de los espacios públicos más emblemáticos de la ciudad: el viejo edificio abandonado de Essalud, pretendido hotel de lujo que orgullosamente mirara al Amazonas en alguna época y ahora desvencijado depósito de chatarra, instrumentos quirúrgicos y archivos humedecidos por la lluvia y el paso del tiempo. Durante tres semanas, entre cuartos improvisados, humildes moradas, depósitos de autos, microbuses en movimiento, abarrotadas aceras del Malecón, la Terminal, la Plaza de Armas, se daba forma a una historia de desolación. Estrenada en febrero del 2010.

6.- Bajo el sol de Loreto (Antonio Wong Rengifo) 6.6% (17 votes) ¿Una película filmada íntegramente con fondos y logística local? No se sabe de antecedentes de tal calaña, salvo Antonio Wong Rengifo, en la tercera década del siglo pasado. Las obras de Wong fueron coleccionadas en diversos cortos sobre hechos históricos, paisajes filmados en diferentes formatos. Posteriormente, Bajo el Sol de Loreto (1936), inmediatamente a su estreno, se consideró un hito, porque fue la primera película de formato largo, filmada en polvorientas arterias, así como parajes naturales del río Napo, ambientada en la época del caucho y con recreación de detalles de su tiempo. Wong financió íntegramente los costos de su filme e hizo de libretista, camarógrafo, realizador, productor, montajista y difusor. Aún no existen copias de la totalidad en la actualidad y mucha gente, por no decir la mayoría, no la ha visto, pero su leyenda sigue vigente.

7.- Amazónico Soy (Chema Salcedo) 6.6% (16 votes) Fuego te produce, la ciudad, captada desde el aire, las casas con  calaminas oxidadas, el Amazonas al lado, la Iglesia Matriz serena, el sol del mediodía. Fuego, te produce también mirar la procesión del Niño Jesús de la Caja y la música especial, sacra, operática, sinfónica y deslumbrante que precede a la noche repleta de lucecitas sobre el Mercado Belén. Fuego te produce mirar a todos los personajes a quienes la sociedad de uno u otro modo dejaría de lado, triunfando en un canto coral, al ritmo del grupo Explosión. Eso, y mucho más, mucho más sabor, color, alegría y revelación, es el documental Amazónico Soy (2008) dirigido por José María “Chema” Salcedo y producido por Jaime Vásquez. El rostro de Iquitos, mostrado por sus propios habitantes.

8.- Aguirre, la ira de Dios (Werner Herzog) 5.7% (14 votes) Mucho consideran a Aguirre (1972) como la obra maestra del alemán Werner Herzog. Quizás sí, quizás, pero nadie puede quedar sino absorto ante esa perturbadora maquinaria  la demencial aventura de un grupo de conquistadores españoles, quienes en 1560 se internaron en la selva amazónica en busca de El Dorado Uno de ellos, “el loco” Lope de Aguirre se erige como el gran príncipe del Perú, se insubordina contra la Corona y es ejecutado al año después. A Herzog le bastó esta anécdota para crear un verdadero tratado sobre la locura, la ambición, las desventuras de la selva, y sobre todo, la obsesión. Primera película en la que Herzog trabajaría con su actor fetiche Klaus Kinski. Filmado en varias zonas del río Nanay, cerca de Iquitos.

9.- En la selva no hay estrellas (Armando Robles Godoy) 5.3% (13 votes) En la selva no hay estrellas (1967) narra la travesía de un ambicioso hombre que roba el oro recolectado por una tribu amazónica, pero cuya huida será el comienzo de un viaje de reconocimiento de su propia vida y una lucha por su supervivencia en medio de la tupida selva. El actor argentino Ignacio Quirós fue quien dio vida al aventurero y lo acompañaron en el elenco: Susana Pardahl, Jorge Aragón, César David Miró, Manuel Delorio, Jorge Montoro, Luisa Otero y Demetrio Tupac Yupanqui. Gran película de Robles Godoy, incomprendida en su época, ahora felizmente recuperada no sólo en su esencia filmica sino en su intención existencial

10.- Buscando el azul (Fernando Valdivia) 5.3% (13 votes) La destreza de los artistas bora y huitoto de Pucaurquillo es impresionante. La temática ha ido abracando además del manejo de los colores, el dibujo, y el uso de fabricación de tintes naturales y la disposición del trabajo artístico sobre la llanchama, no solo para representar animales y paisajes, sino, con el tiempo, ir descubriendo detrás de los cuadros verdaderas representaciones o reflexiones sobre la vida, el origen de su mundo, las cosmovisiones particulares y colectivas; en otras palabras, la cultura del pueblo, dotadas además de un técnica cada vez más ensayada, mejorada y creativa. Uno de los grandes representantes fue por un tiempo Víctor Churay Roque, quien trabajó con Pablo Macera y destacó rápidamente en Lima, hasta que la muerte lo encontró en un extraño accidente en el año 2002. Un revelador documental sobre la vida y el trabajo de Churay, irónicamente póstumo, fue Buscando el azul (2003) del realizador Juan Carlos Valdivia, donde se retrata con brillo y sensibilidad aquella impenitente utopía que esperaba alcanzar algún momento Churay.

Inmediatamente después de este pelotón, se lograron los siguientes resultados. En algunos casos, estos filmes estuvieron muy cerca de encontrarse en este top de popularidad, no obstante que su calidad y brillo fílmico son innegables:

Radio Belén (Gianfranco Anichinni) 4.9% (12 votes)

La muralla verde (Armando Robles Godoy) 3.3% (8 votes)

Chullachaqui (Dorian Fernández) 2.9% (7 votes)

Mi hermano María Paula (Piero Solari) 2.5% (6 votes)

Los árboles tienen madre (Juan Carlos Galeano) 2% (5 votes)

Altar (Christian Bendayán) 1.6% (4 votes)

Canción al viejo fisga (Norza de Izcue) 1.6% (4 votes)

Tigres del pincel (Christian Bendayán) 1.2% (3 votes)

El lugar donde estuvo el Paraíso (Gerardo Herrero) 0.8% (2 votes)

Fuego en el Amazonas (Luis Llosa) 0.8% (2 votes)

A Lima (Juan Carlos&Marco Palacios) 0.8% (2 votes)

Viento del ayahuasca (Nora de Izcue) 0.4% (1 votes)

Cuando Donnie Darko fue estrenada (hace ya casi una década, el 2001) se produjo un extraño fenómeno: su realizador, el entonces debutante Richard Kelly, se convirtió, abismalmente, en uno de los más sentidos y lúcidos artesanos del caos y la enajenación de los tiempos que corrían. La película, como era obvio, se asumió como un clásico adolescente instantáneo.

Provisto de evidente talento, pero también de emoción y una alta dosis de cultura pop contemporánea, Donnie Darko era hermosa porque le hablaba en su propio idioma a una generación que provenía del nihilismo, pero con un amplio sentido de la sensibilidad. Habían tantas cosas que emocionarse en esta película: un guión lúcido y trasgresor, una banda sonora maravillosa, actores formidables (Jake Gyllenhaal consagrándose tempranamente, Patrick Swayze jugándose la vida en su personaje), una estructura esquizofrénica que apostaba por retratar miedos y las paranoias de la etapa post reaganiana, una mitología que se nutría de la fantasía pero también tenía del cuento de hadas y relato apocalíptico.

A varios críticos circunspectos Donnie Darko no les emocionó (aunque igual destacaron su audacia y el oficio del nuevo realizador). Las grandes audiencias, usualmente despistadas, tampoco le dieron mucha bola en principio, pero, mientras el mundo tal como lo conocemos no se reponía de la aceleración del tiempo, algo estaba sucediendo desde abajo, desde las periferias: estaba naciendo un producto de culto y una declaración de principios, bajo la forma de una de las películas alternativas más importantes de los últimos tiempos.

Ante ello, quedaban pocas opciones: amarlo o aborrecerlo. No amarlo constituía la ventana perfecta del Zombie Decente. No amarlo constituía ser un anciano de espíritu, un tipo para el sarcófago. Yo, desde luego, amé la película y no sólo respeté mucho a Richard Kelly, sino también lo consideré un amigo cósmico. Donnie Darko sigue teniendo vigencia y regreso a ella cada vez que necesito una guía para recordar que a veces uno puede hacer algo más que una obra artística o un producto para el entretenimiento: a veces uno logra, sin siquiera proponérselo, un canto coral que excede a sus pares cronológicos y se vuelve universal.

La gente, como ustedes saben, crece. El problema es cuando, en vez de crecer, envejece y, peor, cuando envejece mal. A Kelly, mucho me temo, los años le han caído mal. Lo han indigestado y hecho ver alucinaciones que no es capaz de controlar ni, mucho menos, superar. La caja (The Box), su más reciente estreno comercial, es una prueba demasiado palpable de esta aterrorizante decadencia.

Por razones de cariño y un poquito de sanidad, ni siquiera voy a profundizar en aquel monumental bodrio llamado Southland Tales (2007), que hizo que muchos dudaran del verdadero talento de Kelly. Yo sentí que, más allá de las buenas intenciones, el resultado era infinitamente inferior a la inteligencia de su director. ¿Qué pasó? Según mi teoría, Kelly se dejó ganar por la dispersión y el mito y actuó como un patita que cree que lo puede todo y siente que está fundando la Nueva República Cinematográfica. Easy, baby, detén tu patineta, tampoco eres Cronenberg. El precio de tanto embuste y tanta basura autocomplaciente fue un fracaso estrepitoso, tanto de público como de crítica.

En La caja, Kelly, seguramente herido en su orgullo, trata de enderezar las cosas, pero el resultado, si bien superior a su combo masturbatorio anterior, es inferior, por varios cuerpos, a su notable opera prima.

La historia de La caja, basada en el relato corto “Button, button” del interesante escritor Richard Matheson, se sitúa en 1976. Norma Lewis (Cameron Diaz) es profesora en un college, y su marido Arthur (James Marsden) es ingeniero de la NASA. Tienen un hijo avispado y viven una vida aparentemente normal, salvo por el detalle de una deformidad de juventud que Norma padece. Una noche, alguien deja en la puerta de su casa una caja y una nota con un mensaje. Al día siguiente, un hombre misterioso (Frank Langella) con el rostro lacerado y desfigurado aparece en su puerta y presenta a Norma su propuesta de vida alternativa: la familia recibirá un millón de dólares si es que decide apretar el botón principal de la caja. Existe una consecuencia por dicha acción: alguien que no conocen instantáneamente morirá. Norma y Arthur tienen 24 horas para decidirse. Después de ello, más allá del dilema moral, empieza a sucederse una serie de extraños acontecimientos que vinculan a la caja con un experimento de corte paranormal, el cual también roza con el destino mismo de quienes lo poseen.

No soy fan del spoiler y no contaré más el argumento, pero siento que hay cosas en La caja que deben saberse: es una historia de fantasía rozando la ciencia ficción, centrada en los dilemas de la condición humana. Pretende ser un drama de ribetes alucinados, que incide en el misterio y la perturbación que producen nuestros propios actos y nuestras propias decisiones. Delirio místico y desarrollo ineluctable de las cuerdas que rigen el destino. El azar y el poseedor de nuestras vidas que mueve los hilos de lo que haremos o dejaremos de hacer. La muerte y el dolor con sólo presionar un dispositivo. No sigo, a riesgo de caer pesado con tanto misticismo aguado como un café de Starbucks.

Se podría decir que en el cine uno no debe ir con prejuicios y todas las historias son diferentes y deben analizarse de modo independiente. Sí, es cierto, debería pasar, pero cuando quienes dirigen los filmes son gente como M. Night Shyamalan, J.J. Abrams o Lucho Llosa. Si uno se considera no sólo cineasta, sino también autor, también debe recordar que lo compararán usualmente en torno de su obra y su obra completa, en comparación a las obras de otros autores de su categoría.

El primer gran problema que tiene Kelly, quien ególatramente se considera un autor, es que dejó la valla demasiada alta con Donnie Darko. Para bien o para mal, cualquier cosa que haga será comparada con aquella película. Debería leer al maestro Héctor Soto, quien en el libro Una vida crítica escribe lo siguiente: “el problema de las películas que no están a la altura del prestigio de su realizador es doble, porque aparte de defraudar las expectativas asociadas a los estrenos importantes, introducen una sombra de duda sobre su obra anterior”.

Injusta o no, aquella lógica perversa se aplica constantemente en el cine. Si no, no hubiese gente que diría que Almodóvar es un fracaso luego de Los abrazos rotos, que a Scorsese empieza a sentírsele el cansancio en La isla siniestra, que Woody Allen destila senilidad en Vicky Cristina Barcelona o que Wenders decretó su muerte fílmica desde Tan lejos y tan cerca.

La caja puede ser una decepción para quienes admiraron Donnie Darko, pero también una segunda oportunidad para quienes conocieron a Kelly después de Southland Tales. Para quien estas líneas escribe, resulta un embuste, una pretenciosa acumulación de imágenes y situaciones que fallan no tanto en el oficio, sino en la emoción. El cineasta se aburguesa, se cree Todopoderoso, asume que lo dicho será tomado como verdad absoluta. Felizmente, en el cine todavía valen las imágenes más que mil discursos pomposos y mesiánicos, que esconden una penosa orfandad narrativa. En Darko la historia era fluida, y los eventuales giros demagogos, histéricos o los clichés te lo soplabas con gusto, porque sabías que el cineasta se estaba pasando todo por el trasero y pretendía, antes que nada, hacernos sentir cercanos a sus delirios y sus personajes. Acá todo termina siendo plano, desangelado, supuestamente bien construido, pero sin convicción. Lo paranormal es insuficiente, lo misterioso no lo es tanto, la pasión se quedó en la isla de edición y la esquizofrenia se usa ahora para creerse Kubrick (en una mezcla impensable de 2001 y Eyes wide shut) sin serlo ni por asomo.

No me creo ni un momento el juego de Kelly, y aunque debo admirar un poco el clima de misterio y cierto sentido del suspenso que maneja en ciertas escenas (la primera media hora del filme funciona, a pesar de todo), la tensión de las historias ya me las cuenta hasta el hartazgo en el tráiler publicitario. Pésima apuesta la del ingenuo Richard: contarte el nudo climático de la trama en la publicidad. No hay mucha sorpresa en el desenlace, el final es previsible. Incluso, siento que Kelly no hace justicia al relato de Matheson, al trocar la atmósfera opresiva del cuento por un clima de falsa locura que no llega a cuajar adecuadamente.

Hay momentos supuestamente desaforados y sobrenaturales que dan risa y vergüenza ajena y, la verdad, no sé que hace Cameron Diaz (una actriz menor, en mi opinión) soportando gran parte de la carga dramática. Mardsen no da más que para X Men. Frank Langella hace lo que puede, pero siento que quisieron confinarlo a una réplica de sus lugares comunes más, valga la redundancia, comunes: cara dura, inexpresividad facial, ojos resignados, silencios que duran una eternidad. Ya conocemos perfectamente el resto.

Lo más grave es que en algunos momentos la película termina entrando en una fase soporífera y deseas con toda sinceridad que Kelly destruya para siempre a sus personajes y se acabe tanto falso dilema, tanto falso dolor, tanta chapucera filosofía. Lo banal y lo irrisorio terminan devorándose el sueño del cineasta.

Kelly puede haber hecho una gran primera película, pero no puede seguir naufragando de esa manera. No es digno. Después de ver La caja, sentimos que el estómago lleno y el corazón contento a veces hacen muy mal a las carreras de ciertos autores. Por aquella espiral descendente, inevitablemente no se logra la madurez y la solidez creativa. Tan sólo fuegos de artificio y un camino inevitable de prematura decadencia. Atento, Richard.

Link: Leído primero en Cinencuentro

I never wanted to kill.

I am not naturally evil.

Such things I do Just to make myself

More attractive to you. Have I failed?

(Morrissey, Last of the Famous International Playboys)

*****

Tengo que confesar algo: desde que vi Déjame entrar, no he dejado de pensar.

Aquél es un pensamiento cíclico, obsesivo, perturbador.

Son preguntas: ¿Qué pasa cuando las noches parecen eternamente frías y allí, afuera, en el pueblo donde habitas, un feroz depredador ha ganado notoriedad desapareciendo inocentes, asesinando sin piedad y sin aparente razón? ¿Qué pasa si aquella constatación de la brutalidad no te atemoriza, al contrario? ¿Qué pasa si a lo que en verdad le temes es al mismo gélido silencio que rodea tus cotidianas actividades? ¿Qué pasa si la soledad es un estado natural que te produce insatisfacción? ¿Qué pasa si, repentinamente, la vida decreta, con su puta ironía característica, que tu educación sentimental no será como la de cualquier mortal de tu edad?

En fin ¿Qué pasa si te enamoras platónicamente de alguien a quien tu mamá nunca invitaría a tomar el lonche? ¿Qué pasa si estás dispuesto a entregar el alma – y el cuello – por preservar aquel momento?

En la anémica y vergonzosa cartelera comercial peruana (donde aún esperamos ver 500 Days of Summer o Where the Wild Things Are) pocas veces se presentan películas que te motivan a tomar una posición clara. Como si, de pronto, no decir nada o decirlo tibiamente te hace sospechoso y fan declarado de Cinescape.

Hay que subrayarlo con todas sus letras: el más reciente trabajo del cineasta sueco Thomas Alfredson (estrenado en Lima con el anodino título Criatura de la noche) es un suceso extraordinario en nuestro circuito fílmico.

Casi tanto como ver en persona a un vampiro.

Desde hace mucho tiempo sigo la trayectoria del novelista John Ajvide Lindqvist. Es uno de los más interesantes escritores europeos de terror contemporáneos, gran admirador de la música de The Smiths y particularmente de su vocalista, el incombustible Morrissey. Sus libros Descansa en paz (una jauría de zombis aterrando Estocolmo) y Paredes de papel (colección de cuentos de terror) son altamente recomendables para los amantes del género. Aunque no había leído su primera novela, que es justamente la que da origen al guión de esta película, no había duda que su presencia no pasaría desapercibida. Luego de haberla leído, corroboro dicha afirmación.

El film (titulado en sueco Låt den rätte komma in) narra la historia de Oskar, un niño introvertido que vive con su madre en las afueras de Estocolmo a principios de los ochentas, en un barrio obrero donde el invierno es crudo y no suele pasar nada. Oskar es aterrorizado por una pandilla de pequeños villanos de clase y sueña con deshacerse de ellos blandiendo un puñal. Paulatinamente, vemos la historia de Eli, una misteriosa niña que habita con un hombre que parece ser su padre (después se descubrirá que es una especie de vasallo que acepta todas sus órdenes a cambio de misteriosas prebendas). Ambos habitan en departamentos contiguos del mismo edificio, pero sus vidas parecen diametralmente opuestas. Aún así, empiezan a desarrollar una extraña relación, donde prima la atracción pero también se empiezan a evidenciar los signos de lealtad, compañerismo e, incluso, dependencia. Poco a poco Oskar descubrirá que Elí no es una niña “normal” y que necesita de saciar su sed de sangre para seguir viviendo (todavía).

Ajvide Lindqvist escribe el guión, extrayendo del material original las historias personales de los niños (pródigos en detalles perversos y sórdidos, los cuales son fascinantes en sí, pero hubieran dado otro tono al material fílmico) y potencia en el film aquella que tiene que ver con la relación entre ambos. Lo que finalmente queda es una suerte de cuento de hadas sombrío, una desesperada historia de amor que se desarrolla entre la nieve y la sangre, una aventura que tiene de aprendizaje como de apuesta por la incertidumbre.

Narrado con temple, con suave dominio del pulso, pero al mismo tiempo con tripas y con sentido de la identificación, a uno casi le dan ganas de preguntarle a Sthepanie Meyers (la millonaria autora de moda) por qué no es más comprometida con sus personajes, por qué no se la juega cuando escribe sobre la saga Twilight. Estoy seguro que la bazofia en que convirtieron los productores hollywoodenses a sus creaciones no hubiera sido posible si la Meyers hubiera pensado más en la emoción que en la plata. Al final, las películas Crepúsculo y Luna nueva terminaron por sepultar la escasa decencia y dignidad que le quedaban a la Meyers (y a su futuro como creadora respetable).

Claro, comparar los emo-vampiras-historias antes mencionadas con Déjame entrar no sólo es inútil y ocioso, sino también injusto, porque equivaldría a considerar cierto nivel de igualdad y competencia entre ambas. Seríamos demasiado infames si acometemos dichas comparaciones. En principio, porque lo que a Crepúsculo le falta, Déjame entrar tiene de sobra: realismo, nobleza, sobriedad, ternura, pasión, oscuridad, crueldad y un par doble de cojones que se agazapan detrás de dos manos que escriben y otras dos que filman (¡y vaya lo que son capaces de filmar!)

Algo es evidente: si bien el guionista Ajvide Lindqvist aporta magistralmente el concepto y la historia, el director Thomas Alfredson aplica soberbiamente la técnica y el pulso para hacer de ésta una cinta entrañable. Esto de por sí ya es notable: que un cineasta independiente de un país que no importa ingentes cantidades de material fílmico se convierta en un objeto de culto inmediato. Aunque Alfredson ha tenido una carrera más o menos notoria en el campo de la televisión en su país, así como dos filmes anteriores con moderada crítica favorable, su nombre recién empezó a sonar a partir de los reconocimientos internacionales que recibió Déjame entrar desde su estreno en el 2008 (más de 50, aproximadamente).

No hay duda esta película de 114 minutos de duración ha reformulado el mito visual del vampirismo, no sólo por su enorme carga dramática, sino también por mantener el espíritu del género, pero añadir nuevos elementos. Alfredson aporta un planteamiento seco, pero emotivo, que no descarta la sensibilidad, pero también se contagia del paisaje. El aspecto de tranquilidad y molicie con que nos reporta el frío nórdico se opone a la metódica brutalidad con que actúan tanto Elí con su vasallo, mientras alrededor de ambos panoramas se contrapone el despertar emocional y sexual de Oskar. Sin la acertada dirección de actores (todos se lucen, desde los secundarios hasta los jóvenes y magistrales protagonistas Kare Heldebrandt y Lina Leandersson); sin el tono marcadamente emotivo, que apela a los sentimientos antes que a los efectismos digitalizados en post-producción; sin esos contrapuntos que maneja y muestran, más allá del horror y la vesania, una historia de amor ingenua y lacónica; no se hubiera logrado esa conexión directa entre el espectador y la película. Todo ello es mérito de Alfredson, además de un equipo compacto de producción técnica, en el que destaco una magnífica banda sonora (con partitura original de Johan Söderqvist y canciones bien bacanes de gente como los Secret Service y Per Gessle, que al fin parece darse cuenta que puede existir vida más allá del nunca bien ponderado dúo Roxette)

Con el tiempo, uno constata que los finales felices no existen en la vida real. Pero para eso está la ficción. Los diálogos de la película son magníficos, algunos francamente desgarradores (“Tengo 12 años, pero los tengo hace mucho tiempo”, le dice Eli a Oskar), pero también se transmite mucho a través de sentimientos y acciones. Los gestos, las miradas, los silencios, cuando dan realce a una escena o revelan un hecho desconocido, valen oro. Incluso aquella forma de comunicación secreta que descubren los núbiles amantes a través del lenguaje Morse potencia la sensación de nostalgia y melancolía. Uno se pregunta – y se desespera al no obtener una respuesta inobjetable – si la licántropa con aspecto infantil tendrá que sacrificar su extraño objeto de deseo para domeñar su naturaleza. Aún así, uno también se emociona, se le nubla la visión, se le anuda la garganta cuando ve a Eli – monstruosa, pero sensible al fin y al cabo – desgarrarse por dentro para defender, atraer y dejar entrar por completo en su vida a Oskar, para estar a su lado en los momentos más tensos y peligrosos (chequen si no la maravillosa y alucinada escena climática en la piscina temperada y me darán completamente la razón). No sólo hablamos de espacios que se comparten. Hablamos de amor; de esa masa viscosa y gelatinosa que muy pocos, pero muy pocos llegan a asir completa y definitivamente.

No tengo dudas que Déjame entrar / Criatura de la noche es una de las películas románticas más conmovedoras que he visto en bastante tiempo. También una de las cintas “fantásticas” más elegantes, elaboradas y sobrias de la década. Ni que hablar de ser el mejor estreno comercial en lo que va de este 2010. Su categoría de filme de culto ha crecido astronómicamente (no son masas desbordantes las que van a los cines a verla, pero los que van siempre la recomiendan furiosamente, con adjetivos calificativos superlativos), así como el interés de Hollywood (que ya prepara el remake, a cargo de Matt Reeves, el de Cloverfield). Pero al mismo tiempo es como una bocanada de aire fresco y un recordatorio que nunca es demasiado tarde para seguir contando historias que no sólo te hagan pensar, sino perpetúen dentro de cada uno de nosotros el fuego fatuo de aquellos que aún creen que se puede vivir al límite, con pasión, con nobleza, con justicia, con eternos resplandores de tiempos mejores, de tiempos soñados (sean como anhelos o pesadillas) tanto en el cerebro como en el corazón.

Como diría la última línea de la novela de Ajvide Lindqvist que da vida a esta excepcional obra de arte: “todo es diferente cuando se es joven”.

NE: Visto primero en Cinencuentro

El cine es uno de aquellos espacios importantes donde se logran mostrar, además de las temáticas de ficción o no, espacios.

Iquitos también ha sido parte de aquellos espacios, en los cuales, se ha logrado mostrar diversos ángulos y aristas de una ciudad que crece y sigue creciendo aceleradamente.

Hemos decidido abrir en este blog una encuesta sobre los que, para los lectores se pueden considerar los mejores filmes  que muestran a Iquitos, y la selva loretana, en general. La película más antigua sobre el tema pudiera ser Bajo el sol de Loreto (1936), de Antonio Wong Rengifo, pero es probable que casi nadie la haya visto completa debido a que sus copias se extraviaron o malograron irremediablemente y la última que pudiera recuperarla – no al 100% – aún espera un largo proceso.

La selección corresponde evidentemente a un proceso más o menos riguroso por parte de quien estas líneas escribe, pero que no pretende ser un catálogo cerrado, pues hay la posibilidad de seguir ampliando la lista, de acuerdo evidentemente a los aportes de los cibernautas que haya sido interesante y haya contribuido mejor al conocimiento de la cultura, de la historia y la vida amazónica de esta parte del país. Además, claro está, del cine.

En la selección participarán desde cortometrajes hasta largometrajes, realizados por directores de cualquier nacionalidad y con porducción de cualquier tipo, con el único requisito de que se haya mostrado o por lo menos aludido una considerable presencia de Iquitos  (y por añadidura de la selva loretana) en la trama o desarrollo de las incidencias.

La encuesta pueden ubicarla al extremo superior derecho de este blog y podrá ser votada hasta el 30 de abril. Los que quieran incluir alguna propuesta sobre alguna otro filme que hayamos olvidado colocar, lo pueden hacer a través de un comment en este post. Luego del mismo se publicará una selección del top ten  Será una opinión rápida de los lectores de Diario de IQT y todo aquel que quiera participar.

James Cameron probablemente bajó del avión de Lan que lo trajo al Aeropuerto de Iquitos (aquél que tiene categoría internacional pero donde a veces se malogra la faja de entrega de equipaje y los baños de la sala de embarque son más angostos que caja de zapatos). Seguro miró con detenimiento la impresionante cantidad de motocarros y los choferes que le ofrecían una carrerita, mister. Subió a un autobús enorme que lo conectó inmediatamente con Nauta, mientras se iba familiarizando con los colores, con los olores y, evidentemente con la luz natural, una de las más atractivas e intensas que puede haber en el planeta entero (y una ventaja comparativa importante a la hora de filmar en exteriores). Seguro pasó por las casitas humildes, donde los niños corren detrás del autobus, antes de llegar al embarcadero de lujo donde le esperaba un refresco de frutas tropicales y un cariñoso oso hormiguero. Más tarde, cuando ya se había ido el sol y en medio de una noche despejada y absolutamente fresca, El Delfín, un enorme crucero de lujo, zarpó a navegar el Amazonas, con Cameron en su interior, por cuatro días.

El cineasta y la Selva. El río, la comida regional, el paisaje incomparable. El silencio, el sosiego. La paz. Y, claro, al llegar a la reserva natural Pacaya Samiria, la sensación de haber descubierto el exacto punto donde estuvo el Paraíso (de que hablaban los libros del cura español Antonio de León Pinelo – en 1651 – y del escritor chileno Carlos Franz a finales de los años noventa del siglo XX).

Cuatro días que seguramente quedaron marcados en la cabeza y en el torrente creativo de uno de los realizadores más exitosos y conocidos de Hollywood, responsable de películas como Terminator 2, El secreto del abismo, Mentiras verdaderas o Titanic.

Meses después de esta visita, la película Avatar saldría a la luz, con un despliegue impresionante de publicidad, no sólo por ser la película más cara de la historia del cine, sino también por ser la que mayores adelantos tecnológicos en su realización había requerido y, adicionalmente, ser la vuelta de Cameron al negocio después de 12 años.

La película se estrenó antes de Navidad y en estos tres meses ha recaudado más de 2 mil millones de dólares en todo el mundo, ostentando además la marca de ser hasta el momento la más taquillera de todos los tiempos.

La primera vez que supe que Cameron había estado de incógnito por Iquitos (tras el dato que un amigo tomó del barman de El Delfín), como dato suelto, fue antes de que se estrenara Avatar. Hace unos días confirmé la veracidad de la noticia de parte de los propios propietarios del barco en que navegó el cineasta. Por algunos datos, también sabia que el director y parte de su equipo de rodaje se había movido por las selvas de Brasil y América Central. Era evidente que iba a rodar una película con fuerte contenido amazónico.

Desde entonces he visto la película unas cuatro veces, no sólo en su versión normal, sino también en HD. Hace unos días me reuní con alguien que fue testigo del viaje de Cameron por la selva. No temo equivocarme en señalar que muchas imágenes que se muestran (que el director demoró 14 años en escribir y rodar) tienen un gran componente inspirador amazónico.

En principio, las locaciones, imaginadas en un mundo imaginario llamado Pandora, tienen un sesgo básico que remite a la floresta tropical a que estamos acostumbrados, con su toque ficticio evidente y alusiones a realidades geográficas de otros países. Abstrayéndonos un poco, podemos mirar Avatar como una película que pudo haberse filmado fácilmente en la Amazonía peruana, salvo evidentemente porque todos sus productos finales son irreales, no existen totalmente.

Pero vaya que en algo tuvo que inspirarse Cameron para trabajarlo.

Lo que mucho también importa en el filme es este conflicto interno entre los Na’vi, una población indígena de Pandora y su eterno conflicto con un ejército que financiado por una poderosa empresa multinacional que pretende explotar un importante recurso mineral en el subsuelo, intenta desalojar a la fuerza los territorio donde viven los Na’vi. En medio de ello hay muchas referencias a las cosmovisiones particulares de los pobladores indígenas, su conexión con la tierra, intrínseca y espiritual, así como los dilemas de la actividad científica, antropológica, conservacionista y las vicisitudes que plantea el progreso, el aprovechamiento de los recursos naturales y la inevitable aculturación o el mestizaje que plantea la interacción entre lo moderno y lo tradicional.

La película es buena, quizás no es excepcional y por momentos tiende a ser demagógica, pródiga en clichés y quizás políticamente correcta, pero también es deslumbrante como vehículo a través del cual opera un discurso que pretende defender la vida, que pretende respetar la naturaleza, que pretende revalorar los conocimientos ancestrales. La forma como Avatar plasma esta dualidad entre lo correcto y lo incorrecto, la forma como grafica la invasión de los saqueadores de Pandora es simplemente incontenible y uno, como espectador que de alguna manera ha vivido en un espacio en el cual se han generado tantos conflictos de ese tipo (depredación, contaminación, agresiones a los pueblos originarios, desconocimiento del valor cultural del pasado, Bagua) no puede sino sentirse tocado, sino emocionado o frustrado por una historia que parece ser real, que parece que siguiera existiendo todos los días sin que hagamos nada para cambiarla. Hay imágenes que valen oro porque, además de ser homenajes de Cameron a películas como Apocalipsis Ahora o Un hombre llamado Caballo, son también como fotogramas de lo que pasó, está pasando o podría pasar en nuestra selva.

Uno se siente estupefacto cuando ve el mapa económico de la Amazonía peruana y se olvida al toque de esos discursos bienintencionados que proclaman que ésta es la despensa de recursos más importante del planeta. Mentira, pues.

Uno ve el mapa de Loreto y ve que éste ha sido parcelado por completo. La selva no tiene un dueño. Tiene varios. Son como compartimentos estancos donde la autoridad se maneja a partir de la capacidad tecnológica-logística-económica para extraer el recurso que produce el suelo o el subsuelo. Ni la sabiduría de los antepasados ni la identidad cultural pueden hacer mucho ante estas pequeñas colonias y ante la debilidade evidente del Estado para hacerles frente de igual a igual. Las multinacionales son los nuevos dueños del mundo y esto no es demagogia populista o izquierdosa. Es claro que debería haber un contrapeso que no hay, defendiendo sobre todo a las personas y al ecosistema. Es una realidad que al menos en la Amazonía la vivimos diariamente.

Ante ello, evidentemente, Avatar es una película que toma la causa amazónica y las similares como una bandera expresiva, como un homenaje y de paso, también, como un testimonio de que vale la pena defender a veces causas importantes, mucho más importante que sólo la plata o el cemento. Sin ser lo máximo, en ese sentido al menos la película de Cameron cumple con creces con su objetivo.

Esta tarde estuvimos en el Congreso de la República inaugurando la muestra itinerante Amazónico Soy, nacida a partir del documental dirigido por José María Chema Salcedo y producido por Tierra Nueva y Jaime Vásquez. En la inauguración estuvimos el congresista loretano Augusto Vargas  y quien estas líneas escribe. Aquí algunas fotos, enviadas gentilmente por nuestro amigo Leo Ramírez.