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Ilustración:Extraído de página de Diego Molina

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Conmocionado, se tocó la cabeza con las manos temblorosas tratando de asimilar la realidad. Tenía que encontrar una explicación lógica y razonable en aquel episodio. Se miró las manos y la ropa, revisó la cerradura de la puerta principal y las ventanas, examinó el huerto. Con mucha cautela, decidió acercarse a examinarlo nuevamente. Estaba frío, sin pulsos ni latidos, igual que ayer.

 

A pesar de ser un hombre racional, por un momento temió que abra súbitamente los ojos y se eche a andar, por lo que trató no moverlo demasiado. Había leído alguna vez que aún después de muertas, algunas personas continúan moviéndose, aunque desprovistas de toda voluntad, como resultado de la lenta extinción de la circulación sanguínea. En las crónicas de la Edad Media recuerda haber encontrado el relato sobre un hombre condenado a muerte que, luego de habérsele cercenado la cabeza, se alejó dando tumbos hasta el final de la plaza, para finalmente caer a los pies de su esposa. Mentes místicas han interpretado eso como la lucha del cuerpo por aferrarse a la vida, o la posibilidad de sobrevivir a la muerte; quizá es lo que le sucedió a su compañero.

 

Pero la mañana anterior no tenía pulso ni latidos, no parpadeaba ni resollaba, estaba rígido como una escultura de mármol, clínicamente muerto; y ahora estaba frente a él, sentado y expresivo, como si conversara. Trató de razonar nuevamente: una vez vio a un mago hindú desacelerar su pulso hasta niveles críticos, a un norteamericano ordenar a su corazón que se detenga en un programa de entretenimientos bastante serio; la historia médica registra muchos casos de ahogamiento en el mar, en el que el individuo estuvo cerca de media hora bajo el agua y pudo sobrevivir.

 

Si bien aquellos antecedentes eran escasos para explicar lo que había ocurrido, le brindaban una idea propincua acerca de la capacidad del cuerpo humano para no doblegarse. Esto le tranquilizó mucho, y le permitió concluir que su compañero, como consecuencia de la inanición, entró en una especie de trance muy parecido a la muerte en sus síntomas, y que durante la madrugada había recuperado el conocimiento, para luego ingresar nuevamente a la casa. Y él mismo sabía de su condición, de allí que le hiciera ese extraño último pedido. Enterrarlo cuando estuviese bien muerto.

 

Quedaba ahora por establecer cuál era su verdadero estado en este momento.

 

Resuelto a no tomar decisiones apresuradas, esperó todo el día junto a él a que despertara. Lo extrañaba más ahora que antes, pues aunque de vivo casi no le dirigía la palabra, de muerto se convirtió en su confesor. Quizá era la culpa por haberlo sepultado tan prematuramente. Le arropó con suavidad una manta, frotándole los hombros; luego tomó dos tazas de porcelana y las puso en la mesa silbando la ribereña, que era la única melodía que podía recordar; inclinó la tetera sobre ellas y las llenó de café imaginario. Así permaneció hasta el anochecer, bebiendo sorbos de aire entre cada anécdota mal relatada.

 

La propia certeza de estar condenado a una muerte muy lenta, lo obligaba a rodearse de acciones cotidianas. Es extraño, pero cuando ya nada tenemos, nos aferramos a las cosas que menos valoramos. Aquella tarde lloró emocionado al observar la salida de una larva de su capullo, y sintió una pena profunda cuando las arañas del techo se lo devoraron. A veces cerraba los ojos durante un largo rato, tratando de recordar cuándo fue la última vez que le habló tiernamente a su esposa.

 

La noche fue una vorágine. Antes de sentarse a cuidar a su compañero desde el mueble, se le ocurrió una prueba de vida: tomó una pelusa de su camisa y la colocó en sus fosas nasales, para comprobar si durante la noche respiraba. Vigiló el cuerpo durante horas sin pestañear, esperando alguna reacción; pero no observó ningún movimiento. Desde la ventana, el viento ingresaba para agitar sus cabellos, sólo eso. A intervalos regulares, el sueño le hacía perder la noción del tiempo, como si desconectara involuntariamente sus sentidos y cayese rendido al abúlico sopor de la noche; pero tan pronto recordaba lo que estaba haciendo, se ponía de pie y estiraba vehementemente las cejas, respirando muy hondo.

Los rayos del sol lo sorprendieron absorto en sus divagaciones, contemplando a su compañero como quien contempla a un perro gruñendo sordamente. Cuando la luz terminó de llenar la habitación, se levantó para examinarlo de cerca. La pelusa estaba intacta, pero hizo otro descubrimiento: por acción del calor, el cuerpo empezaba a emanar los olores propios de la descomposición. Devastado, pero tranquilo de haber corroborado su muerte, procedió nuevamente a enterrarlo.

 

Hacía ya varios días que había dejado de escribir, y quiso retomar sus notas científicas. Tenía mucho que registrar acerca de este extraordinario evento que seguramente cerebros más preclaros y menos desgastados sabrán explicar. Recordó que también su compañero solía escribir mientras permanecían sin hablarse, y que incluso cuando su lapicero agotó la tinta, tuvieron que turnarse para tomar apuntes. Él lo hacía de día, mientras el occiso esperaba la quietud de la noche.

 

Al intentar ubicar los apuntes de su compañero, dedujo con cierto desdén que era muy probable que las haya enterrado con él, pues siempre las guardaba en sus bolsillos. De todos modos, pensó que la humanidad no se perdía gran cosa. La noche volvió como siempre, ensombreciendo despiadadamente sus fuerzas. Sin deseos siquiera de levantarse y trancar la puerta del jardín (una supersticiosa medida de prevención), cerró los ojos y desplomó su cabeza sobre el poyo del viejo sillón.

 

En las horas escasas que antecedieron al día no soñó nada, tal vez por cansancio. La noche surtió un mágico efecto reparador; pero al despertar, toda la energía de la que disponía para levantarse se evaporó ante el horrendo cuadro que tenía frente a sí: su compañero estaba nuevamente sentado a la mesa, cubierto de tierra, bañado en hedor, mirándolo fijamente igual que ayer, con las apergaminadas manos dispuestas en tono acusador; delgado y sereno como la muerte.

 

Un vértigo incontenible se apoderó de él, sacudiendo sus percepciones hasta sentir una dolorosa presión en las sienes. Las imágenes a su alrededor comenzaron a moverse mientras la vista se le nublaba lentamente. Desesperado, exhaló un tembloroso gemido mientras se dirigía a la cocina para coger un cuchillo. Al ponerse frente a él, le gritó:

 

– ¿Qué quieres de mí, maldito enfermo? He hecho todo lo que hemos acordado. Tú estás muerto ¿Entiendes? Muerto. Respeté tu decisión, ahora tú respeta la mía. Quiero que te quedes enterrado en el jardín. No existes más para nadie.

 

Lo cogió de hombros y lo tiró al suelo para arrastrarlo nuevamente hasta el hoyo, que empezaba a encharcarse. Luego se arrodilló y empujó la tierra que sobresalía con sus brazos, asentándola con golpes desesperados. Al ingresar a la casa, se aseguró de trancar la puerta con el picaporte y arrimó una silla contra la manija. Ahora lo único que le preocupaba era estar perdiendo la razón, motivo por el cual se aferró a sus apuntes mucho más. En sus notas analizaba largamente lo que estaba pasando, evitando explicaciones metafísicas, pero sin poder estar completamente satisfecho. A medida que se tranquilizaba, fue descartando posibilidades hasta convencerse de que la única explicación razonable era que alguien más estuviera en la casa; después de todo, era inmensa y sólo estaba ocupando la sala. A la derecha quedaba un corredor, y a mitad de él, una escalera conducía al segundo piso.

 

Imaginó que, probablemente, haya un sobreviviente más que asalta la habitación muy entrada la noche. Un hambriento, como él, que tal vez ahora esté agazapado en algún escondido armario, viéndolo reaccionar con insania, poniendo a prueba su cordura, aguardando para devorarlo en cuanto se abandone del todo. Con un último acopio de fuerzas, tapió la entrada al corredor con la mesa y aseguró la puerta de la calle con una barreta, enclaustrándose completamente en la sala. Luego retomó sus apuntes escribiendo, tembloroso:

 

– No me cogerán sano… No me cogerán sano.

 

Al principio se resistía tenazmente a cerrar los ojos y descansar, pero las extremas condiciones a las que estaba sometido desde hace días terminaron por abatirlo. En su memoria desfilaban los recuerdos de su hogar; la discusión con su esposa antes de partir, ella llamándolo desde la sala para hacer las paces, él alejándose sin escucharla, orgulloso y tirano, azotando la puerta por última vez. Mataría por oír su voz de nuevo. Pensaba ahora, desde la lejanía, en sus tontos planes de trabajar en el ministerio, conducir hasta Nauta de madrugada, terminar la novela que empezó hace tanto. La vida es tan frágil que no tiene sentido. Para cuando el sol se rendía ante la luna, se halló entregado a un pesado sueño.

Lo que pasó después sólo puede inferirse del estado en que se encontraron las cosas cuando el Ejército allanó la casa, dos días después. Al desoldar las bisagras de la puerta principal, encontraron a un hombre sentado a la mesa, con las manos extendidas y el cuerpo cubierto de tierra, dejando un rastro que venía desde el jardín. Por el avanzado estado de descomposición, se dedujo que había muerto hace días. Al pie de él, yacía un segundo hombre. Estaba tirado boca abajo, y probablemente no tendría más que unas horas de fallecido. Su cuerpo estaba cubierto de pústulas y escoriaciones, producto del rápido contacto con la misma bacteria que diezmó a la población. El descubrimiento más aterrador fue que había muerto apretando entre sus dedos una rata, cuya cabeza había cercenado con sus propios dientes.

 

Aunque hubieron muchas conjeturas en los periódicos, el informe final de los agentes estatales concluyó, basándose en el minucioso diario del último sobreviviente, que aquella mañana el escribidor se levantó nuevamente conmocionado, al encontrar por tercera vez a su compañero instalado en el mismo lugar, y que, como dejaba entrever en sus escritos, sospechó que estaba siendo manipulado por alguien que seguramente esperaba su muerte con ansias. Preso de la desesperación y sometido por alucinaciones incontroladas, prefirió contaminar su cuerpo con la mortal bacteria antes de ser devorado por aquel extraño imaginario, y la única forma que encontró fue mordiendo una rata infecta. Falto de defensas biológicas como consecuencia de la anemia grave, tardó sólo unos minutos en sucumbir a la enfermedad.

 

Lo ocurrido en aquella casa planteaba a los investigadores dos interrogantes principales. Primero ¿Cómo se mantuvieron inmunes a la bacteria? Y luego, tomando en cuenta el testimonio del escribidor, ¿cómo es que el cuerpo inerte de su anciano compañero aparecía cada mañana en el mismo lugar ? El informe ya referido con anterioridad, respondía contundentemente a la primera cuestión: la bacteria se había propagado a través del tucunaré, proveniente de los ríos contaminados por los desagües industriales. Ambos hombres eran alérgicos al pescado, por lo que nunca se contaminaron.

 

En cuanto a la segunda cuestión, se encontraron en el bolsillo del anciano sus propios apuntes, aquellas que el escribidor no quiso buscar, y que de hacerlo, hubieran significado el fin de sus ilusorios tormentos. En ellas, el último párrafo parece haber sido escrito con desesperación:

 

Perdí la cuenta de los días, sólo espero la noche para dormir y olvidarme de esta pesadilla. El dolor de estómago es fuerte, me canso de respirar, todo se vuelve oscuro. Mi compañero me da miedo. Hace cosas extrañas como levantarse de madrugada a buscar raíces en el jardín. Luego se sacude la tierra, se lava las manos y continúa durmiendo como si nada. A veces toma un cuchillo y escarba entre mis cosas. Una vez me tomó de los hombros y me obligó a levantarme, arrastrándome hasta la mesa. Me sonreía. He intentado detenerlo, pero creo que es malo despertar a un sonámbulo. Ahí está otra vez.

 

Link: Pánico en la vieja casa (I)

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Ilustración: Diego Molina

De pronto, ya nadie quedaba en el pueblo. Sólo aquellos dos hombres ocultos en la casa que da al parque. Como estaban conscientes de ser los únicos sobrevivientes, se prometieron que el primero en morir sepultaría al otro bajo el árbol de guayaba, pues no deseaban que sus cuerpos quedaran expuestos a merced de ratas y gallinazos. No querían salir por temor a contagiarse, y contemplando la ventana, el espectáculo era aterrador: el río vomitaba cada día nuevos cuerpos a las playas, y desde el cielo una lacerante lluvia los descomponía con extrema eficacia. El aire era apenas respirable, tampoco se veían aves en el cielo. Sólo consumidores de carroña que ejecutaban su trabajo con precisión, obedeciendo a un macabro ecosistema que marchaba sin alterar el orden impuesto por la despiadada naturaleza.

 

En los días que siguieron, ambos hombres pasaban las horas muertas especulando su posible salvación. Por algún motivo la enfermedad no los había tocado aún, y se mantenían vigorosos; pero el agotamiento de los víveres les empezó a preocupar. Al principio confiaban en que la extinción de todo un pueblo sería rápidamente advertida en los caseríos adyacentes, sobre todo al verse privados del suministro de tucunarés; pero luego de dos semanas de espera, temieron estar abandonados para siempre. En la cabaña que les servía de refugio, el último plátano fue consumido con la sopa de la mañana, y el día estaba por terminar.

Siendo hombres bastante fuertes, no permitieron que tal eventualidad los abatiera rápidamente. Uno de ellos escribía lo que hacía cada día para sobrevivir, pensando quizá en convertirlo en algún legado para la ciencia. El otro, más viejo que aquel, hablaba de cosas triviales todo el tiempo, como el olor de la pimienta, la forma en que se mecen las hojas de los árboles, ciertas maneras de hacer el amor sin llegar al orgasmo; también garabateaba un poco. Antes, el continuo parlar de aquel individuo molestaba al escribidor, mas luego entendió que era una forma de sobrellevar la tragedia, como escribir es la suya.

 

– ¿Crees en Dios, amigo? – preguntó un día el más anciano de los hombres.

 

– Ahora sí, con urgencia – respondió, en tono desdeñoso, el escribidor.

 

– Puede que jamás nos encuentren…

 

– No pensemos en eso ¿quieres?- Dijo mientras miraba hacia la ventana simulando estar ocupado.

 

– Es necesario…prometimos que el primero en morir enterraría al otro en el jardín, pero es probable que yo muera primero; estoy viejo y diabético, por eso quiero pedirte un favor adicional.

 

Le disgustaba el pesimismo ajeno, porque aún conservaba la esperanza de ser encontrado. Con dureza, y queriendo concluir rápidamente la conversación, preguntó:

 

– ¿Qué cosa?

 

– No me entierres hasta estar seguro de mi muerte.

 

Al no poder comer nada que brotara, nadara o volara fuera de aquel recinto que creían saludable, empezaron consumiendo las hojas del guayabo del huerto; al terminarse éstas, extrajeron las partes blandas de sus ramas, para luego continuar con la tierra llena de savia alrededor de las raíces. Finalmente, comieron sus propios cinturones y zapatos, que estaban hechos de cuero. Durante todo aquel proceso degenerativo, sus cuerpos se alivianaron tanto que excluyeron, casi sin darse cuenta, toda conversación entre ellos. Aquella mutua promesa era lo único que enlazaba sus destinos.

Una mañana, el escribidor despertó y encontró a su compañero mirándolo fijamente desde la mesa, con el rostro endurecido en un gesto de asombro. Acostumbrado a sus ataques histriónicos, no le tomó importancia y salió al huerto para contemplar la plenitud del cielo. Pensó en su familia, y en los buenos amigos que había dejado en la ciudad, mientras los maldecía por no haberlo extrañado a tiempo. La sensación de frío producida por la anemia aguda lo devolvió nuevamente a la casa, ideando otras formas de olvidarse de las punzadas en el estómago. Buscó su libreta al lado de la mesa y notó que su compañero continuaba en la misma posición de hace un rato, pero esta vez con una rigidez pétrea. Se acercó mucho más a él y comprobó que estaba muerto, o al menos que no tenía pulso, ni latidos en el corazón. Espantado, retrocedió hasta caer de espaldas sobre el mueble. La extraña manera de morir lo sobrecogía en extremo. Había muerto, probablemente en la madrugada, con los ojos llenos de angustia mirándolo fijamente. Esbozando quizá alguna súplica no resuelta, algún ruego no comunicado a tiempo.

 

Execrables deseos le hicieron ver lo que su amigo pedía con esa mirada: que lo enterrara según el pacto, sospechando quizá que la agresiva carestía le haría cambiar de parecer. Y no se equivocaba. Bajo condiciones tan extremas, aquel cuerpo inmóvil se le presentaba como un envoltijo de abundante carne, vigorosa y saludable, que se echaría a perder si lo arrojaba sobre un hoyo en el jardín. Al no estar seguro de su muerte y recordando sus enigmáticas palabras, decidió esperar la noche para tomar una decisión.

 

Pero, sea que le quedaban algunos resabios de civilización, o que al imaginarse en la situación opuesta, hubiese deseado no ser consumido por un semejante, o que su religión le obligue a respetar la santidad inmarcesible del cuerpo humano, lo cierto es que al sopesar las circunstancias, optó por no comerse a su compañero y enterrarlo, como lo había prometido. A estas alturas, le pareció que ya estaba bien muerto.

Además, sepultarlo representaba un trabajo agobiante. Esa noche a duras penas arrastró el cuerpo y lo depositó en el hoyo que ambos habían hecho hace unos días, buscando insectos y raíces; lo cubrió con tierra completamente, cual si fuera un delgado manto; elevó una veloz plegaria y retornó a tumbarse, agotado, sobre el mueble.

 

Aquella fue una noche de sueños confusos; soñó que regresó a casa luego de un largo viaje y que al abrir la puerta, encontró a su esposa tan obesa que le causó una deliciosa impresión. Al acercarse a darle un beso en los labios, soñó que se los arrancaba con desesperación, provocando que ella huyera despavorida. Luego se topó con la mirada póstuma de su amigo, lánguida y suplicante; al intentar acercarse para devorarlo, comprobó que las piernas no le obedecían y se quedaba inmóvil, viendo aquella carne descomponerse ante él sin poder hacer nada. Cuando al fin pudo moverse desesperado, cogió un cuchillo, se cortó las orejas y comenzó a comérselas. Allí despertó.

 

Lo primero que vieron sus ojos al permitir el paso de la luz provocó que el corazón se le encogiera súbitamente y la piel del cráneo se le estirara. Aquel hombre que había enterrado con tanto esfuerzo la noche anterior, se encontraba allí nuevamente, sentado a la mesa en igual posición y con la misma expresión mórbida en su rostro. (Continuará)

Conformistas

Publicado: 31 julio 2009 en Martín Wong
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Imagen: Volveré y seré millones

– Bueno. ¿Y qué hacemos ahora? – preguntó la mujer.

El hombre acaricio a su gato, miró a través de la ventana salpicada por la lluvia y suspiró.

– Pondremos un negocio, pues.

Tras varios años de vender maní tostado por las calles, al fin habían reunido un capital decente para tener lo que llamaban “algo propio”. Sus amigos siempre los creían conformistas y, después de tantos años sin progresar, empezaban a creerlo. Pero como pasa con la mayoría de cosas a las que le tomamos cariño, se resistían a romper el chanchito.

– ¿Y si pasa algo? Necesitamos esos ahorros. ¿Recuerdas cuando el Elmer enfermó de hepatitis y pudimos comprarle las medicinas?

– Pero Elmer ya no está, vieja.

– No sé. No quiero. Mejor no.

Le costó alrededor de un año convencerla de que sus huesos ya no estaban para esos trotes, y cuando alguna mañana no podía levantarse debido a sus piernas varicosas, se lo recordaba aún más. Al fin, una noche, Erlinda se acercó al oído de Miguel y le dijo:

– ¿Y qué quieres hacer con el dinero?

Cinco mil soles, reunidos a lo largo de quince años, tomaron forma en la cabeza del marido.

– Quiero poner una bodega.

Al día siguiente salieron a caminar, pero esta vez sin la bandeja de maníes sobre sus cabezas. Se sentían casi desnudos, relajados y desenvueltos. Se tomaron de la mano cuando pasaron por la cantina donde se conocieron, ella como mesera y él como parroquiano. Eran otros tiempos, pero la taberna no había cambiado nada. Hacía mucho que no salían a la calle solamente a caminar.

Alquilaron una covacha en la avenida más concurrida del mercado y la llenaron de abarrotes de toda clase. Miguel se encargaría de las compras y Erlinda, con su habitual carisma, atendería a sus nuevos clientes.

Uno de los primeros resultó ser un chico bien plantado, de gafas oscuras y maletín ejecutivo. Le hizo un pedido de treinta soles y cuando le extendió la boleta le dijo:

-Ahí no más señora. Soy de la SUNAT.

A Erlinda le tembló súbitamente la mano que sostenía el comprobante. El inspector examinó el pedazo de papel como si fuera un perito en busca de indicios de criminalidad: Nombres,RUC, descripción del negocio, pie de imprenta, numeración. Ya se resignaba a retirarse desalentado cuando decidió comprobar la dirección exacta. La boleta decía: Abtao 481-A, pero la placa en la puerta simplemente decía Abtao 481.

-¿De dónde salió esta letra “A”, señora?

– Ah, es que, joven, esta casa es tiene dos cuartos de alquiler, y para no confundirme con el de al lado, el dueño la dividió en A y B.

– Présteme la autorización de impresión de las boletas.

Erlinda buscó entre sus papeles y encontró lo que le pedía.

-¡Ajá! Dijo el muchacho con aire de triunfo, felicitándose por ser tan meticuloso. La dirección registrada en SUNAT no consigna esa letra A.

-Si, ya lo sé, pero para que los clientes nos puedan ubicar fácilmente y no nos confundan con la bodega de al lado…

-Usted debió poner la dirección tal y como lo indica la orden, señora.

Erlinda le clavó una mirada suplicante. Había escuchado que la SUNAT no reparaba en errores y cerraba tiendas con la misma rapidez con la que alguien dice ¡Dios mío!

– Esta bien -le dijo al fin el chico, luego de darse un pausa de suspenso- Por esta vez la voy a pasar, pero consígase algo para ocultar esa A de allí, o dígale al dueño del local que haga los trámites ante la Municipalidad para dividir su predio.

– Muchas gracias, joven.

– Bien, le voy a dejar esta constancia de descargo para que la lleve cuando tenga tiempo a la SUNAT. Que tenga buen día.

Cuando llegó Miguel, Erlinda le contó su primer encuentro con la autoridad. Este le avisó inmediatamente a su contador, un joven aficionado a empinar el codo. Al leer el documento, dijo muy suelto de huesos:

– ¡Ah, con que esas tenemos. No te preocupes. Así te quieren asustar esos cabrones, pero no pasa nada!

Dicho esto, se guardó el documento en el bolsillo y le anunció que iría mañana a primera hora. Erlinda y Miguel continuaron trabajando. Eran los únicos que abrían desde las seis de la mañana y ya empezaban a tener clientes entre algunas empresas importantes. De seguir así, Miguel pensaba abrir una sucursal en el mismo puerto Masusa para eliminar intermediarios y mejorar los precios.

Seis meses después, cuando ya contaban con dos empleados y habían alquilado la casa de al lado para no perder tiempo y dinero en transportes, les llegó una resolución que les partió por el eje.

Una multa de mil quinientos soles por haber consignado en el comprobante de pago una dirección distinta a la registrada en SUNAT, en flagrante violación del artículo ciento setenta y tantos del Código Tributario.

El contador se deshizo en excusas por no haber descargado el documento y se excedió en improperios contra el Estado, anunciando con mucha pompa que nunca había perdido un solo proceso con la Superintendencia y que con la reclamación que estaba preparando conseguiría la victoria final.

Dicha reclamación, llena de pleonasmos y carente de sintaxis, transcrita de un viejo libro de contabilidad y salpicada de argumentos no jurídicos; si bien para Erlinda y Miguel resultó incomprensible, para los funcionarios estatales resultó aún más abstrusa y resolvieron devolverla por no tener firma de abogado.

Miguel y Erlinda fueron a ver a un abogado que el contador les recomendó. El doc los recibió en su enorme oficina con una sonrisa de gato despensero. Al escucharlos, levantó las cejas y les dijo que no había por qué preocuparse, pues era un procedimiento de rutina y si ellos querían podía llevar el caso hasta el mismísimo Tribunal Fiscal, donde pasarían años antes de que expida sentencia, y mientras tanto el cobro de la multa quedaría suspendido. Les comentó que el error de ambos fue de estrategia, y que debieron consultarlo con un abogado desde el principio.

Cuando le preguntaron por sus honorarios, intimidados por la elegancia del estudio, el doctor les dijo que no se preocuparan, que cuando se trataba de una injusticia latente como ésta, en lo último que pensaba era en cobrarles por adelantado. Miguel y Erlinda respiraron aliviados.

El doctor reformuló la apelación y le dio un nuevo aspecto, con profusión de frases en latín y referencias históricas que llegaban hasta el mismo Justiniano. A su lado, la apelación del contador empírico lucía como una columna de chismes de un periódico de medio pelo. La pareja quedó satisfecha.

Al lunes siguiente, el enorme auto del abogado se estacionó frente a la bodega, y bajaron de él una mujer y dos adolescentes, diciendo que los había enviado el doc a cobrarles por el servicio. Sacaron, arroz, menestras, latas de conserva, salchichas, leche, huevos, jugo y azúcar por un monto de casi seiscientos soles. Miguel y Erlinda veían vaciarse sus anaqueles sin poder hacer nada porque, después de todo, el trabajo estaba hecho.

A estas alturas las rentas de la pareja empezaban a mermar. Tres meses después llegó la resolución de multa, que desestimaba la apelación del doctor. Debido al tiempo transcurrido, el monto de la sanción había ascendido a mil ochocientos soles. El abogado, fingiendo pesar, les dijo que esto agotaba la vía administrativa, mas no la judicial y que si ellos quisieran podrían seguir litigando. La pareja respondió al unísono: no gracias.

Volvieron entonces al contador, que les dijo que lo mejor que podían hacer era aceptar la sanción y acogerse al fraccionamiento. Ahora, aparte de pagar el impuesto mensual (que ascendía a ciento cincuenta soles aproximadamente), debían pagar ciento ochenta soles durante diez meses, lo que quiere decir que sus tributos se habían duplicado, aunque sus activos estén disminuyendo.

Luego de cuatro meses haciendo malabares para poder cumplir con el impuesto y la multa a la vez, vendiendo algunos muebles y deshaciéndose del gato que les hacía gastar mucho en comida, el quinto mes no pudieron cumplir con la obligación, e inmediatamente les llegó una nueva Resolución en la que les comunicaban que, por semejante incumplimiento, acababan de perder su derecho a fraccionamiento, por lo que debían abonar la totalidad de la deuda en el más breve plazo posible o se haría efectiva la cobranza coactiva.

Nuevamente desfilaron entre contadores y abogados, sin que nadie pueda o quiera ayudarles realmente. La bodega se descuidaba cada día más y a veces permanecía cerrada para esquivar al prestamista particular que los había socorrido hace unos meses para mantenerse a flote.

Finalmente, un día ingresó una señora muy elegante que se presentó como la ejecutora coactiva y, con un lenguaje bastante técnico y presuntuoso, les explicó su misión. Hizo un inventario de los artículos y luego cargó con ellos, comunicándoles que su cuenta estaba saldada.

Miguel Paredes y Erlinda Rengifo aún venden maní tostado por las calles, aunque evitan pasar por la calle Abtao. A veces se encuentran con el prestamista y reciben insultos, pero Miguel se reserva la furia para descargarla con el primer imbécil que les diga conformistas.

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Se ha dicho que el clima y la geografía influyen en la idiosincrasia de un pueblo. Que la idea de equilibrio de poderes y democracia no habría surgido en Grecia si esta no hubiera sido un conjunto de islas más o menos independientes entre sí, pero con una sólida identidad común. Que los habitantes del hemisferio norte son más serenos y circunspectos que sus festivos vecinos del ecuador. Que Japón no sería hoy una potencia en tecnología y productos manufacturados si nunca hubiese tenido la necesidad (debido a su árida y volcánica geografía), de importar materias primas. Que el frío hace al hombre trabajar y el calor lo vuelve un haragán sin remedio; y que el mundo sería un mejor lugar si los ricos del norte gozaran del mismo clima que los pobres del sur.

Y debo admitir que todo esto empieza a parecerme cierto. Iquitos tiene una temperatura que oscila entre los 28 y 35 grados centígrados, nada que envidiar a los árabes del desierto, y a veces el calor al mediodía es tan insoportable que si vas en moto es imposible dejar de bajar los brazos en cada semáforo rojo, pues parece que ardieran como conciencia de congresista. Entre las dos y las cuatro de la tarde las calles de Iquitos parecen las de un domingo: casi vacías. A esa hora el iquiteño se guarda del sol y aprovecha para descansar. No hay diligencia que se programe durante ese tiempo y es muy conocida la frase “cuando baje el sol”, usada como pretexto para dejar para mañana lo que se debió hacer hoy.

Casi ningún negocio acata la moda de la capital del “horario corrido” y hasta las grandes galerías, como Quispe, suelen cerrar entre la una y las tres. Saben que en esas horas venderán tanto como el infeliz al que se le ocurrió vender “curichis de yogurt” y que ahora no se encuentran ni para recuerdo.

Entonces ¿puede que en ciertas costumbres poco esforzadas de mis coetáneos tenga mucho que ver el calor? Analicemos un poco más:

Se ha dicho que somos inmorales y promiscuos; y es porque puertas y ventanas se abren casi todo el día, dejando ver cosas que asustarían al más flemático limeñito.

Se ha dicho que somos confianzudos, porque la escasez de privacidad a que nos obliga el calor nos libera de formalidades y prejuicios; y no lo pensamos dos veces antes de abrazar al extraño, compartiendo el mismo vaso de cerveza o invitándolo a conocer hasta el último rincón de nuestra casa.

Se ha dicho que nuestras mujeres son ardientes y fáciles, y esa no es más que una mala impresión producto de su brevísima vestimenta; conclusión tan estúpida como llegar a una tribu aborigen y pensar que todas las mujeres de allí son unas zorras que andan mostrando lo que no deben. Las iquiteñas son efusivas en su trato y desprejuiciadas en su vestir, pero el problema no está en lo que hacen, sino en la interpretación que se la da a lo que hacen. Y antes de aceptar que vengan moralistas de otros lares a querer decirnos lo que ellas deben vestir, deberían someterlos primero a un test de Roschard para saber en qué piensan ellos cuando se topan con una fémina entrepierna desnuda. Tal vez simplemente estén tratando de luchar con sus propios demonios.

Y bueno, la acusación final, que es la idea central de este artículo y hiere profundamente mi orgullo de varón: se ha dicho que el hombre charapa es un haragán. ¿Cuánto de verdad encierra esta afirmación? Quienes la defienden argumentan el manido discurso de la fuerza y el empuje del inmigrante de la sierra, que llega a Iquitos con una mano adelante y otra atrás, que duerme en una covacha y come cuando puede, pero a los pocos años de intenso trabajo (de horario corrido, por cierto) llega a ser propietario, cuando no un gran empresario. Ellos son las hormigas y nosotros la cigarra. Entre ellos y los chinos circula casi el 60% del flujo de caja de la ciudad. ¿Y qué es lo que piensan ellos de nosotros? Que carecemos de: buenas costumbres, disciplina en el trabajo, sentido del ahorro, visión de futuro, y que si no cambiamos de actitud siempre seremos sus empleados en sus fábricas y almacenes.

Dicen que en economía casi hemos sido expropiados. Y nosotros felices. Menos responsabilidad, más reventón. Nos basta con recibir nuestra paga semanal para volar al Complejo y canjearla por cerveza; y luego andar prestando el lunes para el mercado, o lo que es peor, empeñando la tele. ¿Han advertido el crecimiento inopinado de las casas de empeño? ¿Otro espejo de un deficiente sentido del ahorro, producto de nuestra idiosincrasia improvisada y facilista?

Jorge Bruce dijo alguna vez que el tráfico de una ciudad es el reflejo de su gente. Dime como manejas y te diré qué tienes en la cabeza. Un tráfico desordenado refleja una ciudad que crece a empellones. Y si tuviera que elegir al ícono que mejor represente lo que no queremos ver de Iquitos, sería el motocarrista. Ser motocarrista es la primera opción para salir de un apuro, el dinero fácil al que recurren los mocosos sin brevete para invitar a la enamorada a la pollería o comprarse el celular de moda. Son todo un caso aparte. La proyección de nuestros defectos. Como conductor de motocicleta he tenido la oportunidad de verlos interactuar y he soportado muchas de sus impertinencias. El Reglamento de Tránsito establece que los vehículos lineales deben transitar por el lado derecho de la pista, pero aquí esa es letra muerta, pues desde siempre esa parte de la vía le ha pertenecido a los motocarristas, que circulan a diez kilómetros por hora cuando andan buscando pasajeros y casi a ochenta cuando ya lo tienen. El motocarrista es sin duda el rey de las pistas. Nunca andan en línea recta, y hay que encomendarse a Dios cada vez que debemos pasar al lado de ellos, pues cambian de carril intempestivamente. La Próspero es casi imposible de cruzar no tanto por la afluencia de vehículos, sino porque no bien te colocas al borde de la vereda un enjambre de motocarros se estaciona tu lado como apristas en busca de ministerio. Hay que estar continuamente negando con la cabeza para que empiecen a circular. Tanta es la gravedad del problema que a todo lo largo del Jirón hay varias policías con una sola función: evitar que los motocarros se estacionen a esperar pasajeros.

Y es que en eso de estacionarse a esperar nadie les gana. Cuando no están yendo a donde no los llaman están… estacionados. En la puerta de las universidades, colegios, almacenes, en las plazas, en los mercados, y en donde sea que la Policía no los eche. Entonces, se tienden a dormir a pierna suelta o conversan con sus compañeros del gremio, intercambiando los últimos chismes o quejándose de lo baja que está la plaza hoy y lo injusta que es la vida porque a pesar de trabajar como burros todo el santo día no pueden salir de pobres.

Improvisados, quejumbrosos, haraganes, despreocupados, juergueros, impresentables… tal vez nos molesta demasiado que existan tantos motocarristas en esta ciudad porque todos tenemos un poquito de lo que a ellos les sobra. Antes hubiera puesto el grito en el cielo si me hubieran dicho que el iquiteño es haragán, ahora puedo responder que no somos haraganes, sólo nos gusta disfrutar la vida al máximo. Tal vez no nos fascine hacer planes para el futuro, ni nos guste ahorrar. Tal vez somos desorganizados y pasionales. Tal vez no hallamos mejor manera de demostrar aprecio hacia el amigo que invitándole una chela bien helada o un trago calienta-tripas. Pero en fin, no nos sintamos miserables por lo que piense la gente. Digamos que el calor hizo su poquito, y mandemos otra ronda más.

Se llamaba Clara

Publicado: 17 julio 2009 en Martín Wong
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Cuando mis padres me dijeron que estaban en bancarrota y que tendríamos que mudarnos a un barrio más pobre en la periferia, me dolió tener que separarme de Clara. No me importó dejar de tener mi propia habitación, pelearme por el baño cada mañana con mis hermanos, comer arroz con lentejas seis de los siete días de la semana, cambiarme a una escuela pública y hacer nuevos amigos en un vecindario hostil. Lo único que desgarraba mi alma era saber que Clara ya no estará allí para escucharme, que ya no podré tomarla de la mano todas las tardes y pasear por el parque de la vuelta, que ya no le contaré lo que me pasó en clases ni ella me hablará de lo creídas que son sus amigas, porque 70 kilómetros nos separarán.

Cuando somos chicos, el mundo también lo es para nosotros. Yo no podía imaginarme una vida después de Clara. Recuerdo que pensaba ¿cómo pueden mis padres ser tan insensibles y dejar que muera de dolor? Me encerraba en mi cuarto durante días y cuando bajaba a comer tenía el aspecto de un zombie, pero no se daban cuenta pues también ellos la estaban pasando muy mal. Hasta podría desaparecer y no lo notarían. Podría desaparecer… y llevar a Clara conmigo.

Una tarde antes de despedirnos, le propuse escaparnos. Nervioso como un niño al que se le pide que pase al frente a recitar la poesía que aprendió, le hablé de los fuertes lazos que nos unen y la importancia de permanecer juntos no importa qué o quién trate de separarnos. Le dije que estaba consciente de que encontraríamos muchos obstáculos, pero debíamos tomar ese riesgo porque si nos separan poco a poco moriremos, porque somos dos personas con un solo corazón. Ella accedió, pero se veía un tanto confundida. Acordamos encontrarnos en el parque a las cinco. Preparé mis cosas, junté algo de dinero y dejé una nota para mis padres. La esperé sentado en nuestra banca durante tres horas. Nunca apareció. Al volver a casa mis padres me dieron un buen sermón.

Cuarenta años han pasado y desde entonces, guardo aquel intento de fuga como mi más grande locura de amor. Luego de eso jamás volví a enamorarme hasta el punto de dejar todo por alguien. Cada vez que sentía que empezaba a depender demasiado de una persona, me apartaba. Con los años me mudé a la capital, me casé con una buena mujer que no me exigía tanto y tuvimos dos hijos que nos salieron buenos. Ya no viven en casa, y qué trágico fue darme cuenta que ellos eran el mayor vínculo entre mi esposa y yo. Nos dedicamos tanto a educarlos, olvidándonos de nosotros mismos, que cuando partieron dejando la casa sola y vacía a menudo me preguntaba ¿quién es esta mujer que duerme junto mí? ¿quién es aquel hombre que se acuesta junto a ella y me mira fijamente desde el espejo?. Las cosas fueron más evidentes tras mi jubilación. Ella pasaba tanto tiempo con sus amigas que estaba claro que le aburría tenerme el día entero en la casa. Yo por mi parte me encerraba en el estudio, dejando que el silencio envolviera nuestra relación. Descubrí que algo valioso se había apagado en mí aquella tarde en el parque, algo que me hizo elegir la manera en que viviría el resto de mi vida .

Mentiría si dijera que salí inmediatamente en busca del remedio para mi deprimente situación. No fue así. Acostumbrado como estaba a soportar en silencio la carga de una existencia mediocre, reprimí aquel deseo o quizá lo sublimé a través de alguna actividad menos compleja: Ejercí la docencia. Así pasó algún tiempo.

Mi nuevo trabajo me dio la oportunidad de volver a Iquitos luego de tantas décadas, y estando allí experimenté una insaciable curiosidad por saber de Clara. Un amigo común me puso al día en pocas horas: se casó una vez a los veintiún años luego de fugarse con su novio a Brasil. Al poco tiempo retornó sola y abandonada. Como sus padres no quisieron recibirla, se fue con sus abuelos. Se desempeñó en oficios ocasionales tan diversos como los hombres que llevaba a casa. Se hizo alcohólica y estuvo un tiempo en prisión por robo. Al morir sus abuelos, vendió la casa y se mudó con su pareja (de entonces) lejos del vecindario. Al parecer él la abandonó poco tiempo después llevándose todo el dinero. Mi amigo no supo decirme nada más.

Me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiésemos fugado. Teníamos dieciséis años y todo un horizonte por descubrir ante nuestros ojos. La amé como a nadie, y sé que ella también, sólo que no estaba preparada para enfrentarse al mundo. De haberse aparecido aquella tarde, la vida nos hubiera llevado por caminos distintos. Tras mi partida se sintió tan culpable por no tomar más riesgos en su vida, tan culpable de su cobardía que parecía encadenarla a una vida sin emociones, que no permitió que aquello le volviera a pasar. Y yo me sentí tan decepcionado porque me abandonó luego de abrirle mi corazón y entregarle todo, que tampoco permití que aquello me volviera a pasar. Algo murió en nosotros desde entonces. Si se hubiera aparecido por el parque, yo sería más humano, ella más feliz, y tal vez hoy no estaría aquí, escribiendo esto al pie de su tumba.

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Era una noche fría, sin duda. Pero era preferible recorrer las calles buscando algún pasajero ebrio antes que volver a casa y reanudar la discusión con su mujer, interrumpida violentamente durante el día. Sin duda la gorda lo estará esperando. Siempre lo espera. Tal vez esté viendo la tele sin mirar, con el oído atento al motor del motocarro, sentada en el mueble con los brazos cruzados, bramando como los toros antes de entrar al redil.

La calle Moore estaba desierta, y salvo por el pitido de los guardianes, el paisaje frente a él parecía una inmensa y lúgubre fotografía. Aguzó la mirada tratando de penetrar la niebla. Creyó ver una silueta. Sin pensarlo demasiado, aceleró metiendo la cabeza entre los hombros para mirar debajo del toldo con cara de confiable. Una pareja salía de un hostal mal iluminado. Ella escondía su rostro bajo sus cabellos y se recostaba en el pecho de su acompañante. ¿A dónde, mister? Fue lo primero que preguntó. El hombre ni siquiera le miró. Ayudó a la chica a subir, se acomodó, volvió a abrazarla y pidió que tomara el camino al aeropuerto.

El chofer esbozó una sonrisa. En vista de la hora, la distancia, el semblante y el vestido de sus pasajeros, calculaba que veinticinco soles era un precio razonable. Si el caballero quiere amoscarse, probablemente lo deje en veinte. A través del espejo podía ver que le hablaba a su compañera en voz bajita. Casi siempre se sonrojan cuando las ven salir de un hostal, pensó, sobre todo si lucen decentes.

Trató de no pensar en la felicidad ajena y se concentró en su propia miseria. Hace mucho tiempo que se sentía desanimado. Las discusiones con su mujer cada noche le enfermaban tanto que prefería hacer doble turno. No soportaba su voz, su rostro, la manera de sentarse en el mueble a ver las novelas ocupando la única espuma en buen estado con su inmenso trasero. Cuando se enamoró de ella nunca imaginó que algún día se llegaría a cansar de respirar su aliento cada noche. Casi sin darse cuenta, descubrió que nada le ataba a ella más que la certeza de saber que sólo se tenían el uno al otro, y la firme convicción de que los años transcurridos pesan más que cualquier deseo de libertad.

Por supuesto que tenían una hija. Una hija cuyo recuerdo se había convertido en el único momento de sosiego entre ambos. Los domingos, cuando visitaban su nicho en el cementerio, se quedaban callados, tomados de la mano, como si temieran que ella pudiera ver cuánto se detestaban. Pero al salir del camposanto las peleas se reanudaban con más fuerza, como desquitándose por haber parado un poco.

Por eso, la escena de amor que presenciaba desde el espejo le parecía patética. Muestras de atención melosa y febril que suele confundirse con amor, y que sólo son restos de mutua gratitud tras una sorda satisfacción biológica. Como cuando uno termina de darse un banquete y luego eructa con placentera fruición.

¿Qué saben ellos de amor? ¿Podría ella amarla si él perdiera su trabajo? ¿Podría él seguir susurrándole mieles al oído si ella se convirtiera en una cerda que se pasa en la sala viendo novelas y repitiéndole que es un fracasado?

Cuando trabajaba en la fábrica también era feliz. Pero nada es para siempre, aunque dure veinte años. Un día te enamoras de una mujer, la llevas al altar, viven años maravillosos en la casita que compraron para convertirla en su nido de amor y de pronto un día despiertas y estás en la calle: sin empleo, sin dinero y con una deuda tan grande como la decepción de la mujer que juró amarte en las buenas y en las malas. Ahora no podía decir en las fiestas que su esposo era gerente de una fábrica de textiles. Ni siquiera había dinero para pensar en asistir a una. Cuando sus amigas lo veían llegar y guardar su motocarro, ella se excusaba diciéndoles que era algo temporal.

La voz de su pasajero lo sacó de sus pensamientos.

– Mi esposa quiere saber si usted es casado – comentó.

El chofer sonrió por cortesía y respondió.

– Sí. Justo estaba pensando en mi esposa.

Ambos pasajeros volvieron a reír, y continuaron murmurando entre ellos. La chica ya no parecía avergonzada.

– No hay nada más lindo que tener a alguien que nos quiera ¿no lo cree? – Dijo el pasajero en voz alta, luego de acomodarse para abrazarla mejor.

– Eso sí no sé, mister.

– ¿Cómo? ¿No dijo usted que es casado?

– Sólo quise a una persona con toda el alma, y ella está muerta. Mi hija Miriam.

– ¡Ah caramba, qué pena! ¿Y cómo murió?

– Un accidente de moto – respondió en tono cortante.

El chofer dejó de oír risas por un momento. Conocía aquel silencio. El silencio de la compasión. No se sentía con ganas de contar su historia.

– ¿Y ustedes? – replicó de pronto, cambiando su tono de voz – ¿Cuánto llevan juntos?

– Hace tres años que prometimos amarnos para siempre. Cuando la vi me enamoré inmediatamente de ella. Al principio no quería darme la oportunidad, y era natural. Yo era un hombre hecho y derecho y ella apenas una estudiante. Me costó mucho convencerla de que estaba soltero y sin hijos. Me costó mucho desprenderla de los prejuicios que le impedían verme como hombre. Pero cualquier esfuerzo era nada comparado con la recompensa de tenerla en mis brazos. Sé lo que está pensando, amigo: este tío sólo es un viejo verde al que le gustan las chibolas; pero créame: he pasado toda la vida esperando a la mujer adecuada y al fin la encontré.

– Yo no pienso nada, mister. Cada uno es libre de encontrar la felicidad a su manera mientras no haga daño a nadie.

– Bien dicho ¿Y qué me dice de usted? ¿A su esposa no le molesta que trabaje hasta tarde?

– A mi señora lo único que le importa es que la tenga como una reina aunque para eso tenga que vender mi sangre.

– Como debe ser. Ellas son las reinas del hogar y nada debe faltarles.

El chofer le clavó los ojos a través del retrovisor.

– Mire señor – replicó- lamento contradecirlo, pero usted apenas lleva tres años con su conjunta y puedo augurarle un par de años más de felicidad. El primer lustro de matrimonio es lo más lindo. Seguro que se comunican mucho y se consultan todo antes de tomar una decisión. Seguro que cuando usted sale a trabajar piensa toda la mañana en ella y cuenta las horas que faltan para regresar a casa, colmarla de besos y comer juntitos, intercalando suaves caricias entre cada bocado. Seguro que cada noche, cuando se acuesta y la rodea con sus brazos como ahora, piensa en lo vacía y triste que era su vida antes de conocerla y hasta se pregunta cómo pudo vivir sin ella. Entonces la abraza con más fuerza y le susurra “dónde has estado todo este tiempo, amor”. Luego ella voltea y acaricia su mejilla con la suya, cerrando los ojos, y usted piensa que nunca, nunca, nunca podrá ser más feliz como en ese instante. Quiere que todos se enteren de lo pleno que se siente. Cuando la lleva a las fiestas la toma del brazo, le tiende el asiento, le dice a sus amigos cuánto la ama tantas veces que empiezan a sentirse miserables. A veces se cree protagonista de una novela de América y cuando va por la calle piensa que no hay más que ustedes dos, y que el mundo entero es apenas un accesorio de la historia de amor que ustedes creen representar.

Notó que el pasajero empezaba a incomodarse, pero no dejó que le interrumpiera.

– Pero al final es sólo eso. Una representación. Paulatinamente, como los granos de arena que se desprenden de las enormes pirámides, el amor mutará en algo peor. ¿Alguna vez ha deseado algo con toda el alma? Cuando era adolescente yo quería una cámara fotográfica. La vi en la tienda de la esquina, era preciosa: flash incorporado, a pilas, lente ajustable, pequeña como la mano de un niño. Desde que la vi no pensé en otra cosa que en la manera de comprarla. Salí a buscar trabajo y lo encontré en una fábrica textil. No sabía nada de remalladoras, agujas ni máquinas de coser, pero mentí para que me dieran el puesto de obrero. La cámara lo valía. Su precio eran tres sueldos míos. Casi repruebo el quinto año porque a las cinco tenía que escaparme para entrar a las seis a la fábrica. Llegaba a casa después de las doce, exhausto y dispuesto a recibir las reprimendas de mamá que empezaba a creerme un vagabundo. Pero la cámara lo valía. Al salir al colegio pasaba por la tienda y me aseguraba que estuviese aún en la vitrina, esperándome. Luego de cobrar mi tercer cheque corrí a la tienda a rescatarla. Cuando la tuve en mis manos fue como si hubiera encontrado mi corazón. Andaba con ella a todas partes, mostrándosela a todos, orgullosísimo, tomando fotos aquí y allá. Pero un día descubrí que sólo era una cámara de aficionado. Había que correr manualmente el rollo por cada foto y el famoso lente ajustable sólo tenía tres modos: paisaje, retrato y poca luz. Me di cuenta que me había fijado en un diseño, en un color, en el cumplimiento de una meta trazada, pero nunca me tomé el tiempo de evaluar si valía la pena comprarla o no, funcionalmente hablando. En menos de un año, aquel aparato fue a descansar en mi baúl de cosas viejas, junto a mi Pantro y mi Robotech.

El chofer hizo una larga pausa, como si examinara lo que acababa de decir.

– Por supuesto que una mujer no es una cámara fotográfica. Con ellas el desencanto tarda un poco más en aparecer. Y no hay mejor lente para ver las imperfecciones que el matrimonio. Por muy enamorado que uno esté, al final el matrimonio se encarga de limpiarnos los ojos, abotagados de tanta miel.

Cuando se detuvo, vio que ambos lo escuchaban absortos y se sintió mal por ello. Decidió entonces dejar de meterse en asuntos ajenos y concentrarse en la cimbreante carretera. Es lo que debió hacer desde el principio: conducir en silencio, sin pensar nada más que en la tarifa.

Pero había algo en sus pasajeros que le molestaba. Dentro de su corazón egoísta aún sentía nauseas por la felicidad ajena. Para variar, su esposa tampoco desaprovechó la oportunidad para culparlo de alguna forma por la muerte de su hija.

– ¿En qué sentido? -preguntó el pasajero.

– ¿Disculpe?

– Dijo usted que su esposa lo culpó de la muerte de su hija. ¿Cómo así?

– ¿Pero qué está diciendo? Ni siquiera abrí la boca.

Por un momento pensó que estaba volviéndose loco, pero inmediatamente recobró la compostura. Tal vez eran demasiadas horas frente al volante. Necesitaba descansar. Notó que sus brazos estaban acalambrados y apenas podía sentirlos. Este será mi último viaje, pensó. La pareja empezó a tener recelos, como si fuera un desquiciado. El chofer no podía dejar de mirarlos a través del espejo. ¿Quiénes eran? Nunca los había visto ¿Por qué el camino al aeropuerto se hacía lento y pesado?

– ¿Cuántos años tenía? – le preguntó nuevamente el pasajero. Él no pudo dejar de responder.

– Dieciséis. Era una linda muchacha. Desgraciadamente su madre le metió esas ideas en la cabeza. Consíguete un buen marido que te haga feliz y tenga plata. No corras la misma suerte que yo. Arréglate, píntate, sé coqueta y tendrás los hombres a tus pies. A mí no me parecía bien que se vistiera como una puta y se quedara hasta tarde en las noches. Un sábado le di una bofetada. Eran las dos de la mañana y la sorprendí en la Plaza de Armas, ebria y sola. Le dije que nunca más saldría de su cuarto y ella respondió que me odiaba con toda el alma. Toda la semana no nos hablamos. El sábado siguiente se escapó a una fiesta y cuando llegó de madrugada, me dijo que estaba enamorada y se iba a casar. Podía sentir su aliento a licor desde el otro extremo de la sala. Su madre dio un brinco y preguntó cómo era él. Yo le dije que si se casaba sólo para largarse nunca sería feliz, pero no me escuchó. Se dio media vuelta y subió a su moto. Fue la última vez que la vimos con vida.

De pronto, la chica, que hasta entonces se había mantenido en silencio, le gritó:

– Eso no fue lo que me dijiste.

El chofer sintió vértigos, como si los recuerdos se mezclaran con la realidad. Giró el torso para mirarlos pero el vehículo trepó sobre el sardinel de la vereda y se volcó antes de que pueda asimilar lo que sucedía.

Cuando recobró el conocimiento vio que nadie había acudido aún a auxiliarlos. Levantó el motocarro con rapidez, mirando varias veces alrededor suyo, pero solo halló al hombre sentado al borde de la acera, llorando, tomándose de la sien y balanceándose.

– ¿Dónde está? – le gritó el chofer, casi suplicante.

Su pasajero no cesaba de llorar.

– ¿Donde está ella? ¡Dígame!

– En casa. Lléveme a casa por favor.

– Está bien. ¿Dónde vive?

El pasajero levantó la mano y señaló hacia un paredón color verde y una pequeña puerta en la parte lateral. Estaba como a cincuenta metros. Le ayudó a levantarse y lo llevó casi cargando. Sus quejidos no hacían más que desesperarlo. Cuando al fin llegaron, lo sentó en las escalinatas de la puerta y tocó el timbre. Inmediatamente unos perros empezaron a ladrar, las luces del interior se encendieron y escuchó que la llave giraba en la puerta. Se preparó para lo peor. Una señora anciana pero robusta, vestida de bata y sandalias, se apareció bajo el umbral.

– Álvaro, estaba preocupada por ti – le dijo mientras trataba de levantarlo, creyéndolo herido. Ambos lo condujeron a la sala y lo acostaron en el mueble. Inmediatamente se quedó dormido.

La mujer se fijó en el rostro pálido del chofer.

– Gracias por traerlo, estaba preocupada por él. El doctor le prohibió salir de casa, pero hoy tuve que salir al mercado y se escapó.

– ¿El doctor?

– El siquiatra. Si es que hizo o dijo algo que le incomodó, le ruego que no lo tome en cuenta.

– ¿Qué problema tiene?

La mujer bajó los ojos como si se disculpara con aquel extraño.

– Hace tres años que su novia falleció en un accidente de moto. La quería mucho. Desde entonces no ha podido superarlo. Él…actúa como si estuviera viva. La trae a la casa, la llama por teléfono, los viernes la invita a cenar y tenemos que reservarle un asiento y un plato de comida al lado de él.

La anciana miró a su sobrino dormido y trató de relajar su garganta, luego continuó.

– Se me parte el alma cuando le veo así, sonriente, hablándole al vacío, cuando acaricia el aire y dibuja su rostro con sus manos, cuando la abraza haciendo un circulo con sus manos y le susurra al oído…

De pronto ella notó sus guantes de motocarrista.

– ¡Ah! Disculpe ¿Cuánto le debo? – preguntó metiendo la mano en los bolsillos de la bata.

– Nada – le dijo. ¿Cómo se llamaba su enamorada?

– Miriam. Era una buena muchacha. Dicen que cuando le contó a su padre que se iba a casar puso el grito en el cielo y la echó de la casa. La pobrecita estaba tan perturbada que rodó con su moto por una zanja recién abierta.

La anciana cerró la puerta y giró la llave. El chofer se quedó un rato más en la vereda, tratando de adivinar las siluetas a través del vidrio catedral de la puerta, pero luego las luces se apagaron. Se convenció de estar loco. Tal vez los recuerdos de la noche le habían afectado sobremanera. Mucho más de lo que imaginó. Encendió su motocarro, cuyos faros estaban inservibles, y manejó lento, hurgando las calles con detenimiento. No vio a nadie más.

Abrió la puerta del garaje y metió el vehículo en él. Se sentó en el comedor y empezó a llorar en silencio. ¡Cuánta fe necesitaba para creer lo que acababa de pasar! Había tantas cosas que desconocía de su hija que le gustaría pensar que sí era ella, que el amor es capaz de vencer a la muerte y que a veces venía aquí, a la casa, a escuchar sus irremediables lamentos por las cosas horribles que le dijo aquella noche.

Entró a la sala y vio que su mujer dormía con el televisor prendido, el cenicero en una mano y el control en la otra. Se acercó a ella despacio, le quitó los objetos y le acomodó los pies sobre el mueble.

Advirtió de pronto que no era un cenicero lo que tenía en sus manos. Su vieja cámara fotográfica, casi olvidada, casi inservible, se balanceaba entre los dedos de su mujer. Aunque la recogió con delicadeza, inmediatamente despertó.

– ¿Qué haces? – le preguntó ella, como si lo hubiera sorprendido tratando de matarla.

– Sólo estoy recogiendo la cámara antes de que se te resbale.

– ¿Tu cámara? ¿Para qué sacaste esa carcacha de la azotea?

– ¿Tú no la trajiste?

– ¡Sabes que tengo miedo a los murciélagos del cielo raso!

Él tomó el aparato, lo examinó durante largo rato como si fuera una joya valiosa y luego suspiró, mirando hacia la ventana.

– ¿Quieres ir a dar una vuelta? – preguntó el hombre.

– ¿No tienes que ir a trabajar?

– No. Hoy quiero estar contigo – replicó, como si fuera la primera vez que dijera eso – ¿A dónde quieres ir?

– No sé. ¿Tienes plata?

– Tú solo dime.

– Quistococha

– Pues vamos a ver a los otorongos. Y trae la vieja cámara. Hay cosas que nunca pasan de moda.

La mujer le miró extrañada.

– ¿Estás llorando?

– No, amor, no – replicó mientras se limpiaba los ojos- Es sólo que ahora veo las cosas con una luz distinta.

hospital nocturno

Su cuerpo se estrelló a seis metros de mi motocicleta. Iba a sesenta kilómetros por hora. Recuerdo el crujido de sus vértebras bajo mis llantas, el rechinar de los frenos, la fría crispación de mi espalda y finalmente, la calzada sobre mis ojos.

Cuando desperté tenía las costillas rotas y un profundo dolor en la parte posterior del cráneo. Mi brazo derecho colgaba de un atril, estaba desnudo y cubierto con una sábana maloliente. A mi costado, una enfermera anotaba con desgano las lecturas del monitor y miraba su reloj.

– Te has salvado de una buena. ¿Cómo estás? ¿Estás bien? ¿Sientes mi mano?- Me preguntó mientras me apretaba el pecho.

– ¿Qué me pasó?

– ¿Sientes mi mano en tu cara? Dime.

Me di cuenta que no me escuchaba. Movía mis labios sin emitir ningún sonido. Pero ese no fue el descubrimiento más aterrador. Cuando la enfermera se cambió de lado para revisarme las pupilas, no la pude ver. Mi ojo izquierdo estaba ciego. Me alumbró con una pequeña linterna e hizo un gesto de resignación, ganado a fuerza de presenciar cada noche trágicas historias de hospital.

– ¿Tranquilito ya? – dijo cuando le solicité explicaciones con la mirada-Tus familiares están en camino.

Entonces me acordé de mi esposa. La dejé en el aeropuerto hace unas horas, iba de regreso cuando aquella mujer se atravesó. Gloria me creerá enojado por nuestra última discusión en la sala de embarque, sabe que no la llamaré hasta que me haya calmado, es decir, en una semana o dos.

– No va a venir nadie -traté de decirle, frenético, pero una silueta baja y regordeta en el umbral hizo que me calmara. La enfermera se acercó a decirle algo en voz baja, moviendo la cabeza y levantando el índice. Luego se marchó.

El visitante tenía un rostro moreno y curtido, vestía camisa de tela impecable y pantalón de poliéster. Bajo las cejas le brillaban los ojos como dos semillas de sandía, y su nariz achatada parecía extralimitar sus carrillos tostados.

– Tengo entendido que se encuentra muy mal, señor Torres, pero puede escucharme. Sólo vine a que me viera la cara. Mírela bien porque es un rostro que verá el resto de sus días. No me importa que esté postrado en un hospital con medio cuerpo en el aire. Cuando salga de aquí irá derechito a la cárcel.

Mi cabeza era un remolino, y las frases rabiosas del pequeño sujeto que me mostraba su mal aliento eran como ráfagas inconexas de recuerdos. Es decir, había atropellado a una persona, pero ella cayó desde un puente de ocho metros de altura a la mitad de la autopista. ¿Qué podía hacer? Aquel hombre parecía ser un familiar indignado, tal vez su padre, o su hermano, no lo sé, pero ¿cómo se le ocurre culparme de su muerte? Me sentí como un niño ante la ira de un desquiciado y traté de llamar a la enfermera, pero él cerró puerta antes que pudiera verme.

– No, señor Torres, que no se le desorbiten los ojos. Tranquilo. No voy a matarlo. Usted no merece descansar en paz. Sería muy fácil ahogarlo con la almohada, ponerle aire en las venas o desconectar el monitor como en las películas, pero voy a dejarle vivir. Considérelo como un regalo de mi parte. Un regalo generoso a cambio de la vida que me quitó.

Puso una mano sobre mi frente como hacen las ancianas para medir la fiebre de sus nietos, y sin saber porqué, empecé a llorar entre agitaciones. Al notarlo me secó las lágrimas con la sábana. Él sólo se quedó ahí, enjugándome los pómulos con la mirada gélida.

– Ella no se suicidó. Conozco bien a mi hija. Ella nunca haría eso. Ella…

Otra enfermera empujó la puerta jalando un carrito lleno de inyecciones y medicinas, dando los buenos días en voz alta y cantando una canción sobre el maravilloso clima de hoy. Le ordenó que saliera un momento y él obedeció. Con mi ojo sano pude ver que me quitaba la sábana mal oliente y la doblaba entre sus piernas. No le importó, digamos, el frío que podría sentir.  Cuando se marchó no ingresó nadie más en toda la mañana. Las horas se hacían lentas y pesadas.  Necesitaba tener las ideas claras para saber cómo llegué aquí. Las enfermeras eran demasiado profesionales para decirme algo, pero actuaban como si fuera un caso sin remedio. Decidí limitarme a mis sensaciones y recuerdos para reconstruir mi situación. Traté de mover todas las partes de mi cuerpo y descubrí, aliviado, que estaba completo. El siguiente paso fue cerrar los ojos y simular estar dormido. Un enfermero, creyéndome en ese estado, le comentó a otro:

– Ya son cinco días y nadie ha venido por él.

– ¿Y el hombre que vino el primer día?

– Dicen que no ha vuelto más por aquí, y que le mintió a la enfermera al excusarse de firmar los papeles, luego de que el doctor le diera el diagnóstico.

A veces recuerdo detalles del accidente, como si las imágenes desfilaran lentas: puedo ver a la chica parada en la barandilla del puente, con el cabello agitado y después, todo se vuelve borroso. Durante muchos días traté de recordar su rostro e imaginar cuál era su expresión antes de caer. A veces me parecía verla llorar, y aunque suene desequilibrado, me regocijaba de que así fuese, pues reforzaba la hipótesis del suicidio. Otras veces me parecía escuchar el jolgorio de sus amigas alrededor, pero siempre era distinta. Con el tiempo me di cuenta de que eran recuerdos fabricados y en realidad no podía recordar nada.

Con el tiempo…¿qué tiempo? No lo sé. Siento llegar la noche cuando las luces se apagan y la quietud envuelve la habitación. Entonces puedo escuchar con claridad mis pensamientos. Al principio llevaba la cuenta de los días, pero había mañanas en que me despertaba sin recordar el número registrado la noche anterior. Me acostumbré al desfile de enfermeras, a las evaluaciones del doctor y a ser auxiliado en mis necesidades básicas. Me cosifiqué. Durante el día permanecía en silencio, mirando un horizonte imaginario, y sólo esperaba la noche para reconstruir los pedazos de una vida pasada que ya no estoy seguro si existió.

Gloria era todo para mí. La conocí en la facultad, cuando ambos nos preparábamos para ser abogados. No era muy bonita. Más bien era pequeña y delgada, pero tenía un espíritu libre. Siempre andaba cultivando amistades por todo el salón, y cuando me tocó a mí, la chispa que sus ojos emanaban no pudo menos que conquistarme. Tenía algo que me hacía querer estar con ella en todo momento, algo que no puedo describir físicamente. Pero, aunque muy dinámica, Gloria era democrática. Así como me trataba a mí, trataba a los demás, y lo que en algún momento me pareció una atención especial, comprendí que era simple cordialidad hacia un compañero cualquiera. Vaya que costó mucho llamar su atención y conquistarla.

Vuelvo otra vez a la noche del accidente. No estoy seguro de haber visto a alguien colgado del puente antes de saltar, pero es necesario que trate de recordar. La chica muerta con los pies en la barandilla me sonríe, pero su sonrisa se parece demasiado a otras sonrisas, lo que demuestra que mi mente está mezclando unos gestos con otros, reconstruyendo por temor un instante que tal vez nunca existió. El cerebro puede ser muy engañoso cuando se trata de salvar el pellejo.

Una vez, cuando era niño, mi abuela me contó una historia que nunca olvidé. Mi hermana, la única hermana que tuve, acababa de morir al caer la avioneta que la traía de Pucallpa. Su cuerpo quedó destrozado y la mitad de su cabeza jamás se encontró. En el velorio mi madre no permitió que la vieran, pero yo estaba tan triste que necesitaba despedirme de ella. Aprovechando un descuido, me subí al reclinatorio y alcancé a levantar la tapa del féretro. Grité como si hubiera visto un monstruo y salí llorando de la casa. Mi padre corrió tras de mí y me trajo cargando como si fuera una enciclopedia. Yo no dejaba de llorar, y cuando me arrojó sobre su cama, empezó a sacarse el cinturón. No me importó, ya estaba acostumbrado. Me puse en posición fetal y escondí la cabeza entre mis rodillas, cerrando los ojos. Estuve así un buen tiempo, pero no sentí ningún azote. Cuando abrí los ojos, temeroso, descubrí a mi abuela sentada, intentando acariciarme la cabeza. Me dijo que no tenía porqué llorar, y que mi hermana estaba con Dios. Recuerdo haberle dicho que no me importaba con quién estaba ahora, lo que me dolía era darme cuenta de la horrible muerte que había tenido. Entonces me sonrió con ternura y me replicó que ella no había sentido ningún dolor, porque un ángel la había cuidado todo el tiempo. Yo le pregunté cómo lo sabía, y me respondió que ella misma se lo acababa de decir. Me dio un beso y me cubrió con la sábana. Cuando la quité, descubrí en mis piernas las marcas diagonales de la paliza, y a mi padre acomodándose el cinturón. Le pregunté a dónde había ido la abuela y me dijo ¿la abuela? la abuela está en el cementerio, cojudo.

No sé porqué recuerdo esto ahora. Quizá en algo me consolaría saber que aquella chica no sufrió tanto, o tal vez me gustaría descubrir que ella no existe, que fue un ángel cuidando la muerte de otro, o que haya sido mi ángel. Pero el tipo que me amenazó el primer día aplastaba cruelmente esa posibilidad. Los policías que vinieron una tarde a mirar mi estado y hablar con los doctores también. Sin duda, esa muerte fue real.

Un día no pude aguantar más y le grité a la enfermera encargada de la limpieza que era una maldita pervertida, pues tenía la costumbre de quitarme la sábana y luego ponerse a asear la habitación, lo cual, a pesar de todo, seguía siendo humillante. Sólo al final, tras haber dispuesto todo lo demás, volvía a cubrirme. Al oír mi insulto, arrojó las botellas de suero al piso, y se puso a buscar como loca una sábana limpia para cubrirme. Podía ver una expresión de sorpresa y terror en sus ojos, lo que demostraba que mi insulto, lejos de ser ofensivo, resultaba descriptivo. Luego corrió a llamar al médico y éste me preguntó desde cuándo podía hablar; le dije que desde que esa loca empezó a dejarme desnudo mientras limpiaba. El médico esbozó una sonrisa y anotó algo sobre mi historia clínica. Luego se marchó. Ese día me convertí en la noticia del día y cada persona que ingresaba a revisarme quería comprobar lo que se rumoreaba: que el olvidado paciente del 203 por fin recuperó el habla, y lo primero que hizo fue quejarse de que la enfermera más bonita del pabellón, Dolly la loca, lo desnude. Ella jamás volvió por aquí.

A medida que mi recuperación avanzaba, los médicos se volvían más festivos, tanto que pensé que no imaginaron que sobreviviría. O también podría ser esa fatua necesidad de andar con un humor impostado para no alarmar al paciente. Como sea, yo no veía la hora de salir de allí. Un día, me avisaron que al día siguiente vendría la policía y el fiscal para hacerme unas preguntas. Entonces comprendí que lo peor apenas había pasado.

Esa noche hice un último esfuerzo por ordenar los sucesos del accidente antes de dar mi versión de lo ocurrido. Dejé a Gloria en el aeropuerto, discutimos porque no quería que se marchara, le dije como siempre que era una puta y que seguro estaba loca por separarse de mí para encamarse con Julián, su compañero de trabajo. Ella me dijo que me largara, yo le dije que no. Intenté arrancarle el billete de avión, forcejeamos, ella lanzó un grito agudo que hizo que dos policías me arrastraran hasta la puerta y me prohibieran el ingreso. Julián me miraba impasible desde la sala de embarque. Desde afuera continué gritándole prostituta, zorra, basura.

– Gloria ¿quieres casarte conmigo?

– ¿Qué dices? – Respondió ruborizada.

– Digo, no ahora, pero ¿prometes casarte conmigo cuando sea un abogado y gane un billetón quitándole propiedades a la gente?

Ella terminó de acomodar sus cuadernos en la mochila, se arrimó el pelo detrás de las orejas y suspiró.

– Sí, tontito.

La abracé fuerte y le dije que, como me hacía el hombre más feliz del mundo, yo la convertiría en la mujer más feliz del universo.

Y así fue, al menos al principio. Nuevamente estoy bloqueando mis recuerdos. Tenues rayos de sol empiezan a dibujar el contorno de las ventanas cerradas de la habitación. Un doctor y dos enfermeras llegaron para acomodarme en una silla de ruedas, aunque podía caminar. Luego de asearme y vestirme, el fiscal y dos policías ingresaron para tomar mi declaración.

– Señor Santiago Torres Salcedo, veintinueve años, natural de Iquitos, de profesión abogado…

Pude conseguir su fecha de retorno, y sin que ella supiera, la esperé en el aeropuerto. Los minutos viendo desfilar a los pasajeros que llegaban a la sala eran agobiantes, pero casi al final, apareció con su pequeña maleta en mano. Me marché antes que me viera y me dispuse a preparar la cena y arreglar la casa.

-… Traumatismo encéfalo-craneano leve, fractura expuesta de cubito y radio…

Nunca llegó. La esperé seis horas en casa pero nunca llegó. Tiré la cena, arrojé la vajilla al suelo y destrocé los muebles. Temiendo lo peor, me dirigí a casa de Julián, me asomé por la ventana… y allí estaba. Recostada sobre su pecho mientras… no. No puedo continuar.

-Señor Torres ¿está consciente de los cargos que se le imputan?

– No, no puedo…

– Se le acusa del homicidio de Gloria Reátegui de Torres, su esposa. El 20 de Julio del 2007 usted la atropelló con su motocicleta, causándole la muerte. ¿Está consciente de eso?

– No, no puedo… ella fue la que acabó conmigo…

Esperé toda la noche a que la puerta de Julián se abriera y vomité a mi esposa. Horas de angustia que terminaron por minar mi cordura. Casi al amanecer, la vi salir. Le estampó a su amante un beso largo y copioso, luego caminó hasta la avenida a esperar un motocarro.

– Necesita un abogado señor Torres. ¿Ya tiene uno? El abogado de la parte agraviada es el padre de la víctima, el doctor José Reátegui.

– Oh! Ya nos conocemos-dijo con fastidio el pequeño hombre de los ojos de sandía- Lo puse al tanto de todo el primer día.

– ¿Tiene algo que decir, señor Torres? -Continuó el fiscal.

Hice una larga pausa antes de poder contestar:

– Sí…mi Gloria no sufrió. Un ángel la cuidaba.