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I never wanted to kill.

I am not naturally evil.

Such things I do Just to make myself

More attractive to you. Have I failed?

(Morrissey, Last of the Famous International Playboys)

*****

Tengo que confesar algo: desde que vi Déjame entrar, no he dejado de pensar.

Aquél es un pensamiento cíclico, obsesivo, perturbador.

Son preguntas: ¿Qué pasa cuando las noches parecen eternamente frías y allí, afuera, en el pueblo donde habitas, un feroz depredador ha ganado notoriedad desapareciendo inocentes, asesinando sin piedad y sin aparente razón? ¿Qué pasa si aquella constatación de la brutalidad no te atemoriza, al contrario? ¿Qué pasa si a lo que en verdad le temes es al mismo gélido silencio que rodea tus cotidianas actividades? ¿Qué pasa si la soledad es un estado natural que te produce insatisfacción? ¿Qué pasa si, repentinamente, la vida decreta, con su puta ironía característica, que tu educación sentimental no será como la de cualquier mortal de tu edad?

En fin ¿Qué pasa si te enamoras platónicamente de alguien a quien tu mamá nunca invitaría a tomar el lonche? ¿Qué pasa si estás dispuesto a entregar el alma – y el cuello – por preservar aquel momento?

En la anémica y vergonzosa cartelera comercial peruana (donde aún esperamos ver 500 Days of Summer o Where the Wild Things Are) pocas veces se presentan películas que te motivan a tomar una posición clara. Como si, de pronto, no decir nada o decirlo tibiamente te hace sospechoso y fan declarado de Cinescape.

Hay que subrayarlo con todas sus letras: el más reciente trabajo del cineasta sueco Thomas Alfredson (estrenado en Lima con el anodino título Criatura de la noche) es un suceso extraordinario en nuestro circuito fílmico.

Casi tanto como ver en persona a un vampiro.

Desde hace mucho tiempo sigo la trayectoria del novelista John Ajvide Lindqvist. Es uno de los más interesantes escritores europeos de terror contemporáneos, gran admirador de la música de The Smiths y particularmente de su vocalista, el incombustible Morrissey. Sus libros Descansa en paz (una jauría de zombis aterrando Estocolmo) y Paredes de papel (colección de cuentos de terror) son altamente recomendables para los amantes del género. Aunque no había leído su primera novela, que es justamente la que da origen al guión de esta película, no había duda que su presencia no pasaría desapercibida. Luego de haberla leído, corroboro dicha afirmación.

El film (titulado en sueco Låt den rätte komma in) narra la historia de Oskar, un niño introvertido que vive con su madre en las afueras de Estocolmo a principios de los ochentas, en un barrio obrero donde el invierno es crudo y no suele pasar nada. Oskar es aterrorizado por una pandilla de pequeños villanos de clase y sueña con deshacerse de ellos blandiendo un puñal. Paulatinamente, vemos la historia de Eli, una misteriosa niña que habita con un hombre que parece ser su padre (después se descubrirá que es una especie de vasallo que acepta todas sus órdenes a cambio de misteriosas prebendas). Ambos habitan en departamentos contiguos del mismo edificio, pero sus vidas parecen diametralmente opuestas. Aún así, empiezan a desarrollar una extraña relación, donde prima la atracción pero también se empiezan a evidenciar los signos de lealtad, compañerismo e, incluso, dependencia. Poco a poco Oskar descubrirá que Elí no es una niña “normal” y que necesita de saciar su sed de sangre para seguir viviendo (todavía).

Ajvide Lindqvist escribe el guión, extrayendo del material original las historias personales de los niños (pródigos en detalles perversos y sórdidos, los cuales son fascinantes en sí, pero hubieran dado otro tono al material fílmico) y potencia en el film aquella que tiene que ver con la relación entre ambos. Lo que finalmente queda es una suerte de cuento de hadas sombrío, una desesperada historia de amor que se desarrolla entre la nieve y la sangre, una aventura que tiene de aprendizaje como de apuesta por la incertidumbre.

Narrado con temple, con suave dominio del pulso, pero al mismo tiempo con tripas y con sentido de la identificación, a uno casi le dan ganas de preguntarle a Sthepanie Meyers (la millonaria autora de moda) por qué no es más comprometida con sus personajes, por qué no se la juega cuando escribe sobre la saga Twilight. Estoy seguro que la bazofia en que convirtieron los productores hollywoodenses a sus creaciones no hubiera sido posible si la Meyers hubiera pensado más en la emoción que en la plata. Al final, las películas Crepúsculo y Luna nueva terminaron por sepultar la escasa decencia y dignidad que le quedaban a la Meyers (y a su futuro como creadora respetable).

Claro, comparar los emo-vampiras-historias antes mencionadas con Déjame entrar no sólo es inútil y ocioso, sino también injusto, porque equivaldría a considerar cierto nivel de igualdad y competencia entre ambas. Seríamos demasiado infames si acometemos dichas comparaciones. En principio, porque lo que a Crepúsculo le falta, Déjame entrar tiene de sobra: realismo, nobleza, sobriedad, ternura, pasión, oscuridad, crueldad y un par doble de cojones que se agazapan detrás de dos manos que escriben y otras dos que filman (¡y vaya lo que son capaces de filmar!)

Algo es evidente: si bien el guionista Ajvide Lindqvist aporta magistralmente el concepto y la historia, el director Thomas Alfredson aplica soberbiamente la técnica y el pulso para hacer de ésta una cinta entrañable. Esto de por sí ya es notable: que un cineasta independiente de un país que no importa ingentes cantidades de material fílmico se convierta en un objeto de culto inmediato. Aunque Alfredson ha tenido una carrera más o menos notoria en el campo de la televisión en su país, así como dos filmes anteriores con moderada crítica favorable, su nombre recién empezó a sonar a partir de los reconocimientos internacionales que recibió Déjame entrar desde su estreno en el 2008 (más de 50, aproximadamente).

No hay duda esta película de 114 minutos de duración ha reformulado el mito visual del vampirismo, no sólo por su enorme carga dramática, sino también por mantener el espíritu del género, pero añadir nuevos elementos. Alfredson aporta un planteamiento seco, pero emotivo, que no descarta la sensibilidad, pero también se contagia del paisaje. El aspecto de tranquilidad y molicie con que nos reporta el frío nórdico se opone a la metódica brutalidad con que actúan tanto Elí con su vasallo, mientras alrededor de ambos panoramas se contrapone el despertar emocional y sexual de Oskar. Sin la acertada dirección de actores (todos se lucen, desde los secundarios hasta los jóvenes y magistrales protagonistas Kare Heldebrandt y Lina Leandersson); sin el tono marcadamente emotivo, que apela a los sentimientos antes que a los efectismos digitalizados en post-producción; sin esos contrapuntos que maneja y muestran, más allá del horror y la vesania, una historia de amor ingenua y lacónica; no se hubiera logrado esa conexión directa entre el espectador y la película. Todo ello es mérito de Alfredson, además de un equipo compacto de producción técnica, en el que destaco una magnífica banda sonora (con partitura original de Johan Söderqvist y canciones bien bacanes de gente como los Secret Service y Per Gessle, que al fin parece darse cuenta que puede existir vida más allá del nunca bien ponderado dúo Roxette)

Con el tiempo, uno constata que los finales felices no existen en la vida real. Pero para eso está la ficción. Los diálogos de la película son magníficos, algunos francamente desgarradores (“Tengo 12 años, pero los tengo hace mucho tiempo”, le dice Eli a Oskar), pero también se transmite mucho a través de sentimientos y acciones. Los gestos, las miradas, los silencios, cuando dan realce a una escena o revelan un hecho desconocido, valen oro. Incluso aquella forma de comunicación secreta que descubren los núbiles amantes a través del lenguaje Morse potencia la sensación de nostalgia y melancolía. Uno se pregunta – y se desespera al no obtener una respuesta inobjetable – si la licántropa con aspecto infantil tendrá que sacrificar su extraño objeto de deseo para domeñar su naturaleza. Aún así, uno también se emociona, se le nubla la visión, se le anuda la garganta cuando ve a Eli – monstruosa, pero sensible al fin y al cabo – desgarrarse por dentro para defender, atraer y dejar entrar por completo en su vida a Oskar, para estar a su lado en los momentos más tensos y peligrosos (chequen si no la maravillosa y alucinada escena climática en la piscina temperada y me darán completamente la razón). No sólo hablamos de espacios que se comparten. Hablamos de amor; de esa masa viscosa y gelatinosa que muy pocos, pero muy pocos llegan a asir completa y definitivamente.

No tengo dudas que Déjame entrar / Criatura de la noche es una de las películas románticas más conmovedoras que he visto en bastante tiempo. También una de las cintas “fantásticas” más elegantes, elaboradas y sobrias de la década. Ni que hablar de ser el mejor estreno comercial en lo que va de este 2010. Su categoría de filme de culto ha crecido astronómicamente (no son masas desbordantes las que van a los cines a verla, pero los que van siempre la recomiendan furiosamente, con adjetivos calificativos superlativos), así como el interés de Hollywood (que ya prepara el remake, a cargo de Matt Reeves, el de Cloverfield). Pero al mismo tiempo es como una bocanada de aire fresco y un recordatorio que nunca es demasiado tarde para seguir contando historias que no sólo te hagan pensar, sino perpetúen dentro de cada uno de nosotros el fuego fatuo de aquellos que aún creen que se puede vivir al límite, con pasión, con nobleza, con justicia, con eternos resplandores de tiempos mejores, de tiempos soñados (sean como anhelos o pesadillas) tanto en el cerebro como en el corazón.

Como diría la última línea de la novela de Ajvide Lindqvist que da vida a esta excepcional obra de arte: “todo es diferente cuando se es joven”.

NE: Visto primero en Cinencuentro

El ingrediente es…sangre

Publicado: 27 junio 2009 en Percy Meza
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Fue un día demasiado agitado. Los trámites se habían realizado maravillosamente, pero me habían estresado de una manera tal que casi había llegado al bochorno. Salí de la oficina lo más rápido posible, porque estaba seguro que el jodido del ingeniero llegaría de repente y me aprisionaría otra vez en el trabajo hasta dejarme hasta tarde. No había dormido tres días seguidos por dedicarme a una facturación larga y tediosa.

La otra vez estuve a punto de irme a descansar a  casa, cuando de repente apareció el ingeniero. Con su cara de felicidad hipócrita, pidiéndome: “Gustavo, debes arreglar algo en la facturación. Existen algunas fallas en los cálculos.” Cómo quisiera desmayarme en ese momento y que el ingeniero me llevase al hospital. Y que los doctores le dijeran que era un ingeniero totalmente estúpido, arrogante y explotador de trabajadores.

Salí de la oficina, riéndome de esa propuesta utópica. Como era el último en quedarme y siempre pasaba eso, apagué todas las luces. Abrí la puerta con desgana y salí al frío Jirón Próspero. Los motocarros pasaban tan tranquilamente, mientras las luces naranjas de los postes de luz teñían el ambiente nocturno. Aquel frío nocturno me rozó la mejilla y me inducía al sueño. Estaba seguro que si me miraba al espejo, encontraría unas ojeras como si hubiese recibido puñetazos. Agazapé mis cosas hacia mi pecho y mirando todas las tiendas, comencé a caminar hacia el norte.

Pero cuando di unos cuantos pasos, escuché la maldita corneta musical de carro del ingeniero. Cerré los ojos del puro cansancio. Sabía que no iba ceder, así que aumenté la caminata. Mire con ojos envidiosos a esas personas que reían sin desgana.

Sonó otra vez la corneta del carro. Seguí caminando e inicié una charla conmigo mismo, enardecido.

—Carajo, no deja de molestar. Tanto no deja de fastidiar. Por eso algunos de sus trabajadores renunciaron…

Tuve que esconderme en alguna parte para perderlo de vista. Con ojos cansinos observé una heladería. Apresuré y entré. Pasé entre las pequeñas ocupadas, y me acerqué al mostrador.

—Disculpe —dije cansado.

—Buenas noches, señor —me dijo la señorita, examinándome con detalle.

—Me puede hacer un favor —dije casi sin ganas. La señorita entornó los ojos—. El ingeniero… de mi trabajo… esta siguiéndome. Me amanecí tres días y no quiero quedarme otra noche trabajando. ¿Tiene un lugar para esconderme?

—Oh —exclamó ella, seguro fijándose en mis ojos—. Tiene horribles ojeras.

Asentí cansado.

—Sí venga…

Como un niño perdido, la seguí. Pasé por una puertita del mostrador. Habló con un amigo del trabajo que me miraba con desconfianza. Luego me guió hacia un cuarto trasero, lleno de cajas de D’ Onofrio y Lamborghini, y refrigeradoras.

—Sólo quédese aquí…

De repente, sonó mi celular. Miré por la pantallita y vi inscrito “Ingeniero de mierda”. Sabía que era él, porque así ponía para identificarlo cuando llamaba.

—Me está llamando… No se cansa —dije desanimado.

—Apáguelo —me aconsejo la señorita.

Antes de que suene otra vez, apagué el celular.

La señorita me miró con algo de lástima. Salió de la habitación y se fue a lo suyo. Me quedé mirando las cajas, parpadeando levemente para que mis ojos no cedieran ante el sueño. Esta horrorosamente cansado.

Buenas noches —escuché el tono fluido del ingeniero.

Eso me levantó de mi ensimismamiento soñador. Me moví por las cajas, apretando algunas, tratando de oír claramente aquella conversación.

—Estoy buscando a un señor… Me pareció ver que entró a esta heladería…

—Disculpe, pero aquí entran muchas personas… —respondió la señorita.

Escuchando toda la conversación, divisé un hoyito en la pared de madera triplay. Me acerqué más y más, encajoné mi vista en esa herramienta de espía. Vi a la señorita hablando con el ingeniero.

—Tengo que el conocimiento de que entran muchas personas a un lugar público como este… Disculpe, pero el señor estaba con una camisa a cuadros y pantalón jean. Llevaba unos papeles en el brazo…

Hipócrita —dije a lo bajo. Me describía como si fuera un prófugo.

—Perdóneme, señor. No vi a ningún señor con esos detalles. Además, muchas personas que terminan su día de trabajo vienen aquí relajarse, si puede fijarse.

Proferí una risita cansina. El ingeniero dio una pequeña mirada a la gente comiendo entretenidamente sus helados.

—Entonces, gracias… —finalizó el ingeniero.

—Disculpe por no serle de mucha ayuda.

Se giró y salió de la heladería, mirando a la gente.

La señorita disimuló atender algunas personas por la entrada de la heladería y revisó para ver si se alejó. Después de unos minutos, por la entrada vi pasar en un atisbo el carro del ingeniero.

La señorita sonrió y vino a mi escondite.

—Se fue. Subió a un carro.

Boté un prolongado suspiro, que de repente me hizo sentir más sueño. Agradecí a la señorita. Compré un helado en un cono y regresé a mi casa.

Con mi cuerpo muriéndose del sueño, abrí la puerta de mi casa y entré. No me percaté dónde boté mis cosas, solamente caminé por todo mi casa. Subí las escaleras, dando pisadas torpes. Cuando llegué frente a la puerta de mi cuarto, abrí por el pomo y entré como si la gravedad de mi hermosa cama me jalara. Me quité los zapatos, me eché en mi cama con mi ropa de trabajo. Para aprovechar eso, acuné mi cabeza. Rocé la sábana y me quedé echado…

Bzzzzzzzzzzzz

Abrí los ojos cansados, de repente.

BzzzzzzzzzzzzzZZZZZZZZZZZZzzzzzzzzzzzzzzzzz

El zumbido de un insecto llegó cerca de mi oído. Me incorporé de mi cama, fastidiado, mirando la penumbra de mi cuarto. Nunca me gustaron los sonidos de los insectos volando cerca de mí. Me provocaba una reacción inquietante.

Voltee la cabeza de un lado a otro. Escuchaba el zumbido, pero como si estuviera en un punto lejano de mi cuarto. Como un desesperado, tratando de enfocar inútilmente en la oscuridad.

—Carajo, para qué tengo una lámpara de luz —dije enfurecido. Me bajé de la cama y fui al interruptor.

La lámpara de luz blanca iluminó todo el cuarto. Mis ojos enrojecidos recorrieron todo el cuarto.

Escuché un zumbido en mi oído. Giré la cabeza de un golpe. Y con ese zumbido que martillaba la audición, vi pasar frente a mis ojos a un zancudo. Con el cuerpo y patas cubiertas de bandas negras y blancas, trataba de buscar su punto de festín sangriento en mi piel.

—Maldito zancudo…

Alcé mis dos manos entre el zancudo y lentamente comencé a encerrarlo hasta que… PLAP. Mis manos lo aplastaron… Cuando observé para comprobar, encontré con el cuerpo totalmente aplastado, con las patas despilfarradas mezcladas en su lastimado tórax, por donde salía un charquito repugnante de sangre.

—Por fin…

Me limpié la mano con la servilleta que traje junto al helado. Apagué la luz y fui directo a mi cama. Cerré mis ojos… Tratando de dormir.

—Creo que tengo que renunciar a ese trabajo —dije con la voz perdiéndose en mi cansancio—… Tengo que renunciar… Renunciar… Re….

BzzzzzzZzzzzzzzzzzzzz

Abrí los ojos de repente. En eso fruncí el ceño.

En eso sentí una picazón en el brazo.

Y otro en el pie desnudo, en la planta.

—No

Me levanté de sobresalto. Moví todo mi cuerpo para alejar a los zancudos y me caí de la cama. Me arrastré por el suelo, boté mis zapatos por un lado y llegué a encender la luz.

Me incorporé rápidamente, haciendo caso omiso a mi terrible cansancio. Barrí con la mirada mi cuarto. Y donde distinguí a un zancudo revoloteando por la cabecera de mi cama y otro dos por la cómoda.

—Ay, por el santo día que tuve, quiero dormir.

Los puntos donde me picaron los zancudos comenzaron a escocerme. Lo peor era que la picazón en la planta del pie fue una molestia.

Con la furia y el sueño partiéndome el cerebro, tomé mi sábana y mi almohada. Cerré la puerta de un portazo. Bajé hacia la sala y arreglé el sofá para poder dormir ahí. Me acurruqué en el sillón. Cerré mis ojos. Los mantuve así por tres minutos, pero ¿por qué no me dormía?

Me incorporé en el sofá. Tenía sueño, pero no me dormía. Miré mi penumbrosa sala… Estaba siempre ordenada.

Me sobresalté. Algo sonó al otro extremo de mi sala. Entrecerré los ojos y traté de ver en esa oscuridad. Me enfurecí, alargué mi brazo hacia el interruptor y oprimí el botón. La lámpara no se encendió.

Eso me hizo sospechar.

Escuché una pisada y me fijé en el extremo de la sala.

Tratando de enfocar más la visión, pude distinguir un movimiento borroso, bajo la escalera.

TIC TOC

Aquel sonido sonó viscoso. TIC TOC, BZZZZ

zancudo1

El zumbido me causó un pánico. Sonaba tan fuerte que era imposible que un zancudo lo haya proferido.

—No debiste haber escapado assssí, Gustavo —dijo una voz.

Aquella voz me resultó horrorosamente familiar. Era la voz del ingeniero.

— ¿Qué hace aquí? ¿Cómo entró? —Estaba asustado. Me arrastré lentamente hacia atrás, sobre el sofá.

—No debiste haber escapado así del trabajo… Tenías que haber continuado trabajado, Gussssstavo.

— ¿Por qué está hablando así?

—No debiste esconderte en la heladería… porque ssssé que estabas ahí…

— ¿Qué? —proferí, llegando a estar encima del apoya-manos del sofá.

—Tuve que hacerle eso a la señorita… Me obligaste a hacerlo…

— ¿Qué le hizo? —susurré.

Mmmmm… Le chupé la sangre… —dijo con tono deleitoso.

— ¿La mató? ¿La mató…?  Pero qué… Muéstrese… Salga de ahí… —sigilosamente me bajé del sofá. Trataba de no mostrarme tan aterrado pero el terror me invadía—. ¡SALGA DE AHÍ!

Pero él seguía hablando.

—Debes quedarte de amanecidas para hacer la facturación…

— ¡SALGA DE AHÍ!

Su movimiento se hizo raro. Sus pisadas tenían un sonido amortiguado. Salió hacia la luz débil que provenía del foquito de la cocina. Y cuando la luz cayó sobre su paranormal cuerpo, me quede tieso como un palo.

Era del tamaño de un elefante bebé. Tenía seis patas que pisaban el suelo. Un cuerpo alargado y repugnante como si hubiese nacido de una de las maneras más desagradables manera. Pero lo que me hizo dar unas náuseas terroríficas era la cabeza. Era la cabeza del ingeniero, asimétrico, acoplada a ese cuerpo de insecto. De su cabeza sobresalían un par de antenas, llenas de pelos que me inquietaban. La boca estaba alargada como una enorme aguja carnosa, con la punta parecida a una ventosa. Era un zancudo monstruoso.

Sacudió su cabeza con un giro inquietante, mientras se acercaba a mí.

—Debes continuar trabajando… Debes hacerlo…

—No… No se me acerqué…

— ¡DEBES HACER LA FACTURACIÓN! ¡AHORA!

—NO, NO, NO…

—Debes continuar trabajando para mí… AMANECETE…

Me resbalé con mis zapatos. Pero traté estabilizarme. Cuando lo hice, sentí una picazón muy dolorosa en mi pecho. Con el pánico, me fijé que la aguja del zancudo monstruoso estaba clavada en mi pecho.

Tienes que trabajar… para que mes des dinero…

Y comenzó a succionar. Mi pecho se contrajo hacia ese agujero. Comencé a gritar del terror, mientras por el traslúcido tubo de succión se veía mi sangre alimentándolo. Parecía una clase de fuente de energía para él.

—Ahhh… Ahhhhh… Basta… Basta… BASTA

Con ese último grito, vi como mi corazón pasaba por ese tubo… Las arterias, los pedazos de mis órganos. Di un sobresaltó y me levanté de esa pesadilla, con un grito. Me caí del sofá y fui dar de bruces contra el suelo frío. Abrí los ojos lentamente, dejando que la realidad de la mañana invadiera mi visión. Y cuando sucedió, me senté raudamente sobre el suelo y toqué mi pecho. Levanté la camisa a cuadros… Observé un pecho totalmente sano, ejercitado e intacto.

Eso fue la pesadilla más horrible que experimentado. Nunca me lo hubiese imaginado así, porque fue tan real que estaba pasando un pánico descomunal. Observé hacia la puerta de la huerta, y me percaté del algo: había zancudos revoloteando alrededor de un macetero no usado.

Me puse los zapatos. Corrí hacia allí y encontré una multitud de zancudos, mientras el agua estancada del macetero estaba lleno de larvas.

Asqueando, agarré el macetero y la incline para botar el agua estancada. Mojó la tierra, mientras las larvas se zigzagueaban en la tierra, hasta dejar de moverse. Con los zancudos adultos usé un insecticida. Rocíe el lugar, la sala y mi cuarto, hasta que el olor penetrante del insecticida quedará en mi casa.

Pero la manera para matar al ingeniero no era con un insecticida, sino con una buena dosis de demanda. Me preparé para salir a la oficina, mientras el insecticida hacia su trabajo. Caminé hacia la puerta, la abrí y me sobresalté, al ver al ingeniero a punto de tocar la puerta.

—Aquí esta… —dijo alegre.

—Aquí esta… quién —mofé yo con sarcasmo.

—Usted… ¿Por qué se escapó del trabajo? Le falto acabar toda la facturación… Seguro que hoy día acaba, porque debe continuar otro…

—Disculpe, ¿dijo que voy a continuar otro? Acaso se está burlando de mí o qué.

El ingeniero se quedó con los ojos enfocados en mí.

—No me responda así, porque ya sabe que puede pasar… —espetó.

— ¿Qué puede pasar? ¿Despedirme? ¿Sabe qué? No me importa si me despide, además estoy cansado de ese maldito trabajo…

Me miró con ojos furiosos. Levantó la mano y comenzó a puntear con su regordete dedo, en mi pecho. Yo traté de alejarme de él. Aquella acción que hizo me acordó a la pesadilla.

—Usted tiene la valentía de decir eso…

—Sí. ¡Y no tiene el permiso de describir esto como una valentía, porque no soy un dejado! ¡Me mantuve tres días sin dormir! ¡Sin contar las otras veces! ¡Ves estas horribles ojeras que obtuve por trabajar así! ¡Cree que eso es trabajar! ¡Yo soy capaz de demandarlo por abuso de trabajo!

El me miró con ojos anonadados y llenos de ira. En su cara regordeta se reflejó como el miedo y la culpabilidad.

— ¡Demándeme! ¡Hágalo! ¡No creerá las huevadas que dice un trabajador! —dijo con un brillito malicioso de triunfo.

—No soy sólo yo, señor. Pediré ayuda a las personas que renunciaron, anteriormente. Y usted dejará de tomar mi s… de abusar, a parte que quede con otro castigo.

Cerré la puerta de mi casa y fui a la bordilla de la vereda, y llamé a un motocarro. El ingeniero me miraba como actuaba.

— ¿A dónde va?

—Que le interesa…

Un motocarro se acercó.

—Me puede llevar al Palacio de Justicia, por favor… —indiqué al motocarrista.

—Podemos hacer un trato… —farfulló.

—Para que después lo rompa. JAJAJA —ríe. Me embarqué al motocarro—. Vamos, señor… Le recuerdo que vaya al Palacio porque debe estar ahí…

El motocarro avanzó. Miré por uno de los espejos retrovisores y me di cuenta de su rostro completamente consternado, culpable y de miedo. El zancudo estaba a punto de ser aplastado.

 

Bicho chupasangre

Publicado: 23 junio 2009 en Percy Meza
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yelingredienteessangre2

Las cosas cada vez estan peor.

Este viernes, en IQT.

Caso caníbal

Publicado: 20 junio 2009 en Percy Meza
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VIERNES, 29 de Agosto de 2009
11:00 a.m.
Caso sucedido cercano del rio amazonas. Accidente de avioneta y supuesto ataque caníbal a sobrevivientes.
Número de víctimas: 8.
Sobrevivientes: Desconocido.
Nombre del caso: CANIBAL.

canibal

Miraba el rio Amazonas por la ventanilla. Era hermosa esa vista con su trayectoria serpentina y una coloración de amarillo tostado. Mientras la seguía, se fue perdiendo en el horizonte lejano. Una pequeña nube rozó el ala de la avioneta y se dispersó para luego desaparecer.

—Como todos saben… —Explicó la guía de turismo—, el río Amazonas es uno de los ríos más largos del mundo. Su longitud supera la del rio Nilo en más de cuarenta kilómetros.

—Sensacional —dije con admiración.

—Sí, es muy bonito —dijo mi compañero de asiento, con su español mezclado con el acento inglés—. Mirarla en vivo es más impresionante que ver en National Geographic Magazine.

—Una vez la leí cuando mi prima la trajo a Lima, cuando estaba en mi temporada de natación. Había comprado la revista en Colombia. ¿Y tú en dónde consigues las ediciones de las revistas?

—Cerca de Times Square.

— ¡Qué bien! Hablando del Times Square —me acomodé en el asiento—. Cuéntame ¿cómo te decidiste venir a Iquitos?

—Siempre quise conocer Iquitos… En las publicidades apareció como el lugar especial para disfrutar de la máxima cultura del Perú.

—Interesante. Quisiera ver esa publicidad…

—La tengo en mi cámara… —dijo, mientras se acercaba a su mochila y sacaba una cámara Lumix, que se tenía un aspecto de recién comprado. La encendió y busco una galería a la foto. En atisbos pude ver fotos de familiares, gente riendo.

—Aquí está

Era una foto muy nítida de una publicidad brillante y elegante en un panel electrónico:

Want a trip to the warm city of Peru?
Come visit our facilities
and we can give you all the information for you to discover the wonderful city called Iquitos.

— ¿Qué dice? —pregunté. Sabía inglés, pero no tan fuerte para saberlo.

—Dice: “¿Quieres un viaje a la calidad ciudad del Perú?/Ven a nuestras instalaciones/Y te ofreceremos toda la información para que descubras esta extraordinaria ciudad llamada Iquitos”

—Alucinante —exclamé—. Es muy bueno que una ciudad como Iquitos, sea muy famosa a nivel mundial.

—Sí —asintió él con ojos asombrados—. Si me disculpas, me pondré los audífonos

—Oh, no hay problema —dije sin recelo, mientras él sacaba un iPod y se colocaba los audífonos en los oídos. Escuchando el ritmo electrónico, levantó la mirada y miró el río Amazonas por la ventanilla que había a mi costado. La canción era, recuerdo, Sensitized de Kylie Minogue.

Por un tiempo, la guía dejó de describir toda la sorprendente gama que contenía la Amazonia. Se sentó en un asiento reservado. Yo me recosté en el asiento y apoyé en la ventanilla, contemplando todo la alfombra verde de árboles por un largo tiempo. Mi compañero de asiento ahora se entretenía tarareando la música. Estaba muy ansioso de conocer a gente que estaba muy conectada con la naturaleza, donde su única receta de vida es tener una vida completamente familiar, donde la tecnología avanzada no todavía llegaba, pero eran completamente alegres.

De pronto, se formó un barullo que crecía. Una señora estaba cerca a la ventanilla, indicando algo. La guía se levantó de su asiento y se acercó a su lado.

—Hay una persona en esa orilla… Tiene una apariencia muy rara… ¿No se habrá extraviado?

—Puede que sea un poblador de la zona, señora —sugirió la guía—. Pueden aparecer personas caminando solas por algún lugar visible en cualquier momento imprevisto.

La señora quedó mirándola, mientras volvía a observar. Desde mi ventanilla pude ver el aspecto humano de alguien tumbado en el suelo…

—Oh, no… —chilló alguien que estuvo tras mi asiento. Giré a verlo y me di cuenta que llevaba unos binoculares—. No creo que sea un poblador herido… Lo veo muy raro… Tiene algo a su alrededor… como un charco oscuro… Espere…

Todas las personas se levantaron de su asiento para acercarse hacia las ventanillas que dejaran ver lo que siendo indicado. La avioneta se movió levemente por un lado.

—Espere… —dijo el chico de los binoculares—… Oh, por Nuestra Señora de Guadalupe… ¡Esta herido…! ¡Tiene un charco de sangre a su alrededor!

Un francés pregunto a su hermano:

Qu’est-ce qui se passe?

Il ya un homme blessé dans un fleuve Amazone! —respondió el otro.

El primer de los franceses gritó a voz en cuello:

Nouns devons de sauvetage!

—Le pediremos permiso al piloto de aterrizar en las aguas. Tenemos primeros auxilios y una camilla.

La guía salió disparada de la sala, desapareciendo por la puerta hacia sala de máquinas.

Desde ese ángulo, pude ver a todas esas personas desesperadas. Me sentí muy rara. Todas las personas parecían compartir un mismo parecer.

Sorpresivamente, la guía salió de la sala de máquinas y vino a nuestro encuentro.

—Descenderemos. Con los flotadores, aterrizaremos sobre el agua y bajaremos de la avioneta. Me ayudaran a llevar los primeros auxilios y la camilla hasta el herido y subiremos nuevamente a la avioneta. ¿Entendieron todos?

Yo y los demás asintieron.

—Bien. Abróchense los cinturones que aterrizaremos. ¡Podemos bajar! —dirigiendo la voz al piloto.

Todos nos abrochamos los cinturones. Mi compañero de asiento había dejado el iPod por un lado y con la música sonando débilmente.

Los franceses hablaban tan rápido que su conversación parecía hecha de una voz de dos. La guía, sentada en el asiento reservado, llevaba los primeros auxilios en la mano.

Dejé de mirar ese panorama, para mirar el otro que estaba afuera. La avioneta comenzó a dar una vuelta y la vista se amplió alrededor de la zona, mientras el herido seguía tumbado a la orilla del rio Amazonas. El charco se había expandido hacia el agua del río, donde la corriente la llevaba, formando una larga hilera roja.

— ¿Qué es lo que había pasado?

La avioneta descendió y, con estrépito, las patas flotantes rompieron la superficie del agua. Una salpicadura gruesa de agua chocó contra mi ventanilla, mientras la luz del mediodía las hacia brillar.  Desde mi ventanilla, pude ver al hombre tumbado a la orilla del río. Habíamos aterrizado muy cerca del herido.

—Vamos, vamos —indicó la guía, abriendo la portilla, por donde entró un haz de luz caliente—. Algunos quédense aquí. Ustedes dos —indicando a mi compañero de asiento y un oriental— lleven la camilla, por favor. Tú, ayúdame con los primeros auxilios —me indicó.

Será todo un placer —dije en mi mente, algo asustada.

El norteamericano y el oriental saltaron con la camilla hacia el agua. Para no mojarla por completo, la levantaron. Me quedé mirándolos, con los primeros auxilios en mi mano.

—Vamos —me dijo la guía.

Ella saltó al agua. Yo la seguí. Me zambullí, mientras el agua me llegaba hasta la cadera. Estaba algo fría.

—Vamos…

Caminé difícilmente por el agua. Procuré que los primeros auxilios no se mojarán. Cuando llegamos a la orilla, la hilera de sangre me topó la blusa y sentí náuseas.

Oh, my God —gimió el norteamericano, soltando la camilla—. Oh, my God.

—Le sacaron la carne… —chilló el oriental, aterrado.

Eso me erizó los pelos de la nuca. Cuando la guía llegó, dio un gemido que se apagó cuando llevó la mano a la boca. Mientras me acercaba miraba el cuerpo, fui por alrededor y vi lo que dijo el oriental. Toda la comida de mi estómago subió por mi garganta y comencé a vomitar.

Al hombre le habían vaciado todo el pecho, dejando un tórax totalmente limpio de órganos. Era como una clase de muñeco de paja que había sido objeto de diversión. Seguro que aquel hombre lo mataron vivo, porque los ojos se mantenían abiertos.

—¿Quiénes pudieron haberle hecho esto? —dije.

—No sé. Pudieron ser animales que rondaron —supuso la guía—. Seguro el hombre se quedó dormido, y los animales lo atacaron por sorpresa.

—No creo que haya sido animales —rechinó el oriental del miedo—. El… agujero fue hecho limpio. Los huesos no lastimados. Solo arrancados los órganos.

— ¿Qué ocurre? —llamó el piloto desde la ventanilla.

—Está muerto —respondió el norteamericano. El retrocedió un poco para alejarse del cuerpo inerte. Cuando dio unos pasos, chasqueó algo. Él cojeó ante el sonido y se alejó, para luego quedar mirando una cosa en el suelo.

—Eso es una lanza… —tartamudeó el oriental.

—Y está ensangrentada…

—No, no, no. Es imposible. No hay caníbales en la Amazonia peruana.

—Creo que sí ¿Cómo explica esta lanza y el limpio agujero que le hicieron a este hombre?

— ¿Me puedes decir qué sucede? —llamó el piloto desde la avioneta. Giré a verlo y vi que todos los pasajeros estaban en la portilla, observando.

—Dejen de hablar, ya —chillé desesperada—. Si este hombre fue muerto aquí, debemos salir de aquí.

—Vamos… Vamos…

Al movilizarnos de vuelta al agua, los que estaban en la avioneta gritaron en unísono. Escuche movimiento tras mío, y zumbido fuerte y punzante, seguido de un golpe sordo.

La guía dio un gemido. Volví para verla, cuando la punta de una flecha sobresalía de su cabeza como un adorno macabro. Me quedé mirándola con los ojos perdidos, mientras caía al agua inerte.

El norteamericano me agarró del brazo y me llevo a rastras por el agua. El oriental no dejaba de quejarse y quería llegar a la avioneta de cualquier forma.

El piloto activó el motor de la avioneta y ella comenzó a avanzar por el agua. Mi compañero alargó el brazo y tomó la pata de la avioneta. La gente extendía las manos para podernos levantar.

Cuando volteé hacia atrás, vi un gran grupo de  hombres con lanzas y aspecto muy decidido a querer cazarnos. Ahora nosotros éramos su presa.

—Sube, sube, sube —dijo mi compañero, mientras flechas letales zumbaron hacia y chocaba contra la superficie metálica de la avioneta. Una flecha zumbo e impactó contra el brazo de mi compañero. Él gimió de dolor, pero continuó para salvarnos la vida.

Siguieron zumbando las flechas. Las personas desaparecieron de la portilla. Y la avioneta fue alejándose de la orilla, con tumbos. Otras flechas zumbaron.  Uno me rozó el hombro y una rompió la ventana del piloto, entrando sin más remedio para detenerla.

Estaba segura que el piloto fue flechado, porque la avioneta comenzó salirse de control. Pero aún así despegó del agua, sintiendo los pies fuera del agua. Pero un vértigo le avisó que solo fue un salto de la muerte.

La avioneta se agitó.

—Tranquila —me dijo.

Se latigueó por un lado. Y mis manos no soportaron la fuerza del impulso que dejaron de sostenerse y comencé a caer. Igualmente lo hacía mi compañero, y entre mi terror sabía por qué lo hacía.

De pronto, un fuerte golpe de impacto lleno el aire. Cuando me zambullí en el agua, sentí que las pocas fuerzas me dejaban abatirme, pero no quería rendirme. El avión se precipitó hacia el agua, y se incrustó en el río. Una gran masa de agua se levantó.

Después de un segundo, el norteamericano cayó al agua. Tragando agua dulce, ayude a mi amigo a emerger. Tenía todavía la flecha en el brazo y expresaba una expresión muy seria.

—Creo que no nos alcanzaran… Pero donde están.

Estaba muy lejos de la orilla, casi por el centro del río, pero era muy fácil ver desde ahí. Los atacantes no estaban en donde habían empezado a atacar. Presentí algo muy aterrador.

Escuché una salpicadura.

—Oh, no. Viste eso. Comienza a nadar. Nademos hacia la otra orilla —chillé al norteamericano.

Estuve muy segura que esa salpicadura era de un movimiento natatorio. Teníamos que cruzar el río como sea, aunque tan grande sea.

—No. No puedo más —dijo mi amigo. Tenía un aspecto desalentador.

—Vamos…

—No, no. Vete. Go. Go. Tienes que salvar tu vida. Yo seré un peso para ti. ¡VETE!

Estuve a punto de llorar. No quería dejarlo ahí. Así que continué nadando, dejándolo en medio del río.

No quise mirar atrás. Estaba segura que seguí nadando torpemente, hasta escuchar su grito de dolor martillándome los tímpanos. Lo escuché gritar hasta que se ahogó.

Ahora todo dependía de mí. Tenía que salvar mi vida. Y se complicaba más aún cuando la corriente se hacía más fuerte a medida que me iba acercando al centro. Parecía que estaba naufragando.

Sólo tuve en mente que para llegar a la otra orilla era como mi competencia de natación donde mi nombre, Abigail, tenía que existir y no tenía que morir. Así que me puse a nadar con más vigor, mientras ellos, me fueron siguiendo como la presa más escurridiza de sus vidas.

Era vivir o vivir.

caso canibal

Este viernes 19, en IQT, la tercera entrega de los cuentos de terror En coma, de Percy Meza.

Caso caníbal.

Espéralo