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extusu23

Estaba sentada en el asiento copiloto del carro de mi padre. Era un Chevrolet Silverado, con el interior plagado de aroma de pino. A través del empañado parabrisa observamos el cielo plomizo, mientras por mi cabeza pasaba el enfermizo nombre de Alfa y Omega.

—Tu madre esta desesperada —dijo mi papá, intranquilo—. Mi celular no ha dejado de chillar toda la noche y gasté toda mi saliva diciéndole que estábamos para irnos a Miraflores.

No hable. Sólo quedé mirando el cielo plomizo, mientras los enormes paneles de publicidad me distraían.

— ¡Cristina, te estoy hablando!

—Cállate, papá —dije susurrando, con los ojos posados en niños llevando globos de helio—. ¿No puedes calmarte…?

— ¿Calmarme, hija? ¡Ese imbécil te pudo haber violado!

—Ya lo sé, papá. Es que Emma y Omar resultaron heridos al caer de la escalera…

—Se curarán, hija —dijo a secas, tajante.

—“Se curarán, hija” Papá, Emma se fracturó la cabeza y Omar casi muere. ¡Lo que odio de ti es tu presencia desaparecida! ¡Ni siquiera estás en la casa! ¡Y parece que te doy por muerto!

—No me hables así, Cristina —me calló con una voz furiosa, haciendo gestos enfáticos por cada tajante palabra—. No hubiese pasado esto, si no te hubieras dedicado estar en ese maldito Messenger!

Hablé la boca para hablar.

— ¡Y cállate que la gente está mirándonos!

Quedé sedada con su furia. Miré por el parabrisas y había personas que nos miraban con aprensión. Las personas se detuvieron a vernos mejor, con caras de entrometidos, distraídos por los gestos tajantes de mi padre, mientras el semáforo indicaba rojo.

—Cuando lleguemos a casa, no le cuentes cualquier tontería a tu madre. Ni de esta conversación…

No le hice caso. Tenía mi vista fija en un punto. Cualquiera se pudio haberse percatado. Pero esto me pareció muy raro. Mi padre seguía hablándome, pero aquello me mantuvo en un trance.

El hacker nunca se deja ver, pero sus productos sí…

El emoticon macabro de él estaba ahí. Dibujado en un globo amarillo de helio. Flotando sobre la cabeza de un niño que reía descontroladamente.

Cristina…

El globo dio una vuelta sobre ella, mientras los ojos me miraban. Mi padre me estaba hablando, pero no le hice caso. Aquel globo me estaba engullendo en un tremendo temor. Mi vista se disipó, y tuve en frente un flashback. No estaba agonizando. El globo fue reemplazado por la pantalla roja, con el emoticon.

Sentí un silbido en mi oído, que se agudizó. Las personas comenzaron a moverse lentas, sin importancia, yo permanecía hipnotizada por ese globo desplazándose por el aire. Escuché un estallido vidrioso en mi pensamiento atolondrado.

—Cristina —me llamó mi padre.

Me sobresalté, mirándome los brazos llenos de heridas. El semáforo seguía en rojo, pero el niño con el globo amarillo estaba en la distancia.

— ¿Qué te pasa?

—Nada —respondí callada. Aquello desvaneció mi repentina furia hacia mi papá.

Todavía mi vista estaba impregnada por la coloración roja de las pantallas. Como si hubiese visto un punto rojo durante mucho tiempo y después se quedará presente en la vista, después que aquel punto desapareciera.

El semáforo rojo se puso en ámbar. Quisiera verte… Y luego en verde. Los carros revivieron y fueron reyes de la pista. Mi papá no habló. Solamente se quedó mirándome de reojo, asustado, circunspecto, enojado.

Mi celular sonó dentro de un rato. El identificador decía que era mi madre. Mi padre botó un bufido de impaciencia.

—Hola, hija

—Mamá, no puedes calmarte. Acabas de llamarme hace quince minutos. Y no paraste de llamarnos desde que me desperté.

—Discúlpame, hija. Estoy asustada de que te pase algo. Pasaron tu caso por el noticiero…

— ¿Qué?

— ¿Qué dice  tu madre?

Tapé el auricular.

—Mi caso salió en los noticieros.

— ¡Qué! ¿Tan rápido se enteró la prensa?

—Y ¿cómo están tus amigos, Cristina? —preguntó mi madre con un tono lastimero.

—Están graves, mamá. Realmente graves —levantando la voz para que mi padre escuchara. Botó otro bufido de tremenda desaprobación—. Emma esta con una fractura en la cabeza y Omar tiene una nariz totalmente rota.

— ¡Ay, me muero! —dijo mi madre, con su frase característica de ella.

— ¿Y ya lo encontraron?

—Hemos hablado con la policía. No han llegado a identificar al sospechoso por nada. ¿Salió algo en las noticias?

—Anunciaron tu caso, pero lo bueno es que no te contactó la prensa. Hablaron con la policía. Dijeron que están haciendo una rigorosa búsqueda del sospechoso, porque ya tuvo seis víctimas anteriormente —Las chicas del vídeo, pensé—. Contactaron con las víctimas anteriores, pero se negaron dar el paradero de las víctimas a la prensa. Lo raro es tu caso, Cristina…

— ¿Qué es lo raro, mamá?

—Tú te salvaste —mi madre hablaba susurrando, preocupada, alterada, casi en el taciturno completo.

— ¿Cómo que me salvé?

—Las otras chicas resultaron…

—Resultaron cómo, mamá.

—Esto es terrible, hija.

—Mamá, puedes hablar, por favor —bajé la voz. Aproveche que un camión ruidoso estaba a lado nosotros—. Si no me dices qué pasó, me voy a aterrar más.

—Ay, hijita…

—Habla ya, mamá.

—…

—Mamá…

—Fueron violadas. Una de ellas tuvo un hijo —Mi ojos se quedaron tiesos—. Una resultó muerta… Nadie les vio la cara. Santos Dios, hija. ¿No te enteraste de eso? —Profirió un tono molesto.

El cambio de humor fue repentino.

—Mamá, paro el mayor tiempo en la universidad.

—Y en ese programa de la computadora… ¿cómo se llama? Missenger, Mosunger

—Messenger

—Esa cosa… Cuándo vienes a la casa, voy a hablar seriamente contigo.

—Ya soy adulta y no vengas con tus reñidas…

—Una adulta inmadura.

—Por favor, mamá. No vengas con tus cositas.

—No me interesa si tienes veinte años, hijita —enfatizando “hijita” de manera muy punzante—. Pero me di cuenta que aún te falta mucho por madurar. No entiendo. ¿Qué hice mal contigo?

—No hiciste nada mal conmigo.

—Cuando vienes hablamos ya. Chao —y colgó.

Seguro a mi padre no le faltó preguntar qué paso, porque se dio cuenta a través de mi consternado rostro enfurecido. Se rió. Me irrité. Miré por la ventanilla, con mis padres oponiéndose contra mí y el extraño usuario. Como si fuera cómplice de él.

Llegamos a  Miraflores. Con él, todo alrededor cargado de publicidad, personas caminando de un lado a otro, el chorro de agua de la fuente del  Óvalo llegando casi al cielo, los cines, las tiendas, los restaurantes, todo formando un adorno lleno de algo contemporáneo.

Giramos a la derecha y entramos a otra calle, paralelo al parque Kennedy y la Iglesia. Observé personas sentadas, tomando aire parcialmente fresco, chicos lindos estudiando bajo la sombra de árboles, abuelitas conversando de sus pasatiempos. Me dormí en todo el trayecto hasta aquí. Mi madre no me llamó después de la ruda conversación. Y lo consideraba “rudo” por algunas razones tan obvias. Doblamos por la izquierda, entrando a la avenida Benavides. Los altos edificios, considerándolo así, porque jamás he viajado a la ciudad de los rascacielos, nos taparon con sus sombras. Hasta ahora esto eran lo más altos que he visto. El Chevrolet Silverado dobló por la derecha y entramos a la avenida Porta. A diferencia a la Benavides preferencial con su establecimientos comerciales, esta era como una calle común y corriente, con casas contiguas, como departamentos, adornados de jardines, verjas de entradas y puertas barnizadas. Lo que quedaba era el lujo.

El auto se estacionó delante de una casa de aspecto como la casa de los siete enanitos. Blanca, dos pisos, el techo al puro estilo irlandés, ventanas con alfeizares y un puerta barnizada con un complicado tallado. El jardín era pequeño, cargado de flores y arbustos, separado por un corto sendero. La verja de entrada era un diseño siempre raro, que nunca le pregunté a mi madre de qué se trataba.

Bajamos del auto. Mi padre puso la alarma con ese controlcito. La puerta barnizada se abrió de repente y mi madre apareció. Tenía el aspecto cansado, con el rostro ligeramente arrugado. Estaba ataviada con una ropa normal, una blusa con un estampado  y unos jeans azules, y unos tacones.

Cuando me vio, vino corriendo hacia mí. No enfurecida, sino contenta de verme. Abrió la verja y me abrazó. Mi padre boto su bufido de impaciencia. Miró de reojo y entro a la casa.

— ¿Estás bien, hija?

—Estoy bien, mamá. Gracias.

—Vamos, hija. Entra

Caminamos por el sendero y entramos a la casa. Mi papá estaba sentado en el sofá, leyendo el periódico. Mi madre me hizo sentar en un puf de gran tamaño, delante de mi padre, mientras se iba a la cocina. Mi casa no había cambiado. Seguía reluciente como siempre. Con ese olor almizcleño, la luz que entra por las claraboyas y muchas otras cosas. La presencia de un computadora era fundamenta y estaba ahí, junto a la portentosa chimenea.

—La noticia no está en los periódicos. Qué bueno —comentó mi papá.

Mi madre regresó con un vaso lleno de refresco de maracuyá. Me la ofreció y yo tomé un sorbo. Ella me preguntó toda la historia ahora que estaba mi presencia. Le conté todo, de mi llegada de la universidad, haciendo la tarea en la computadora, descansado revisando mi correo y chateando, y encontrar de repente a ese extraño usuario. Puso un gesto ceñudo, llevando una mano al pecho. Lo que siempre hacen las señoras. Cuando entré a la parte de que me vio por la ventana y corre asustada. Mi madre se puso de pie y gritó:

— ¡Ay, Humberto! ¡Esto es horrible!

— ¿Y por qué me lo dices a mí, Asunción? Deberías decirlo a ella —apuntándome—. Eso le pasa por estar todo el tiempo en ese maldito Chat… Y eso no hubiera pasado, sino hubiese estado todo el tiempo ahí.

— ¡Papá! ¡Estuvo a dos casas de la de nosotros! ¿Crees que tiene que ver algo el Messenger en esto? Ya te dije, no hubiera pasado nada de esto si hubieses estado en la casa.

—No me eches la culpa, señorita… —contraatacó mi papá. Botó el periódico al suelo—. Tu tienes la culpa por andarte juntando con tarados de la universidad.

— ¿Ellos la culpa, papá? ¿Qué tienen que ver ellos en esto? Él me estuvo vigilando. ¿No crees que estuvo mucho tiempo antes en el vecindario?

— ¿Y cómo sabes eso? —pestañeo, esperando mi respuesta. Mi madre se había quedado ausente, como si hubiese esfumado cuando había gritado.

— ¡Porque busco la lógica, papá!

— ¿Pero cómo supo tu dirección?

—Cara… —me pausé. Mi madre quiso abrir la boca para hablar y mi padre abrió los ojos enormemente—. Viste la habitación llena de computadoras. ¿Acaso no te contaron que era un hacker?

Me puse muy impaciente.

—       ¿Saben qué?, no voy a soportar que me echen la culpa de todo —no quería quedarme callada. Escuchando las acusaciones de mi padre. Tenía autocontrol, pero esta vez ya me había sacado de mis casillas—. Si están aquí para que me apoyen, no voy a aceptar que me pongan como cómplice. Gracias mamá por tu bienvenida. Voy a dormir.

Sobré el refresco de maracuyá. Lo entregué a mi madre. Y me dirigí a la escalera. No voltee a verlos, pero estaba segura que me miraban con ojos penetrantes, lleno de una contrariedad inusitada. Subí la escalera sonoramente, pisando fuerte, retumbando la madera. Llegué  a mi antiguo cuarto, entré y me tumbé en la cama, mirando el techo. Lo que me gustaba de mi cama era sus sábanas, que te engullían con su suavidad.

Por mi cabeza pasó el rostro asustado de mi mamá y la expresión ceñuda de mi padre. En el techo comenzó a dibujarse todo lo que pasó —estaba recordando, por supuesto—, apareciendo la silueta de él con la cámara de mano grabándome. Se dibujó también el emoticon de las pantallas y del globo. La cara inconsciente de Emma y la nariz irreconocible de Omar. La bola de cristal surcando toda la habitación. Era fácil recordar lo que me pasó. No me sucedió nada feo como eso en mucho tiempo, después de presenciar la muerte de hermano.

La luz de la ventana entró con más intensidad. Tenía que ser la diez. No levanté mi celular para ver la hora. Sólo me quede así hasta que mi celular sonó. Era un mensaje de Andrea.

Ola, Cristina. Me contaron todo lo que te paso y a Emma y Omar. Todos aquí están preocupados también.  Lo siento por no llamarte. Es que estoy muy ocupada, en clase. Chao. T_T

Me quedé mirando el mensaje durante un rato. Me quede echada en la cama, sin dormirme. Solamente contemplaba el cuarto. Y durante ese lapso recibí muchos mensajes, demasiados.

— ¿Cristina? ¿Hija? —llamó mi mamá desde la puerta.

—Vienes a decirme otras cosas, mamá.

—No, hija

— ¿Entonces?

—Hay dos policías que quieren hablar contigo. Están abajo.

Lo que me faltaba. Me levanté de la cama, deslizándome por las sábanas. Mi madre puso su aspecto de niña lastimada, pero no quise abrazarle. Bajé y encontré a los dos policías sentados en el sofá donde estuve mi padre, que ahora estaba sentado en el enorme puf.

—Buenos días, señorita Cristina. Tenemos noticias sobre el sospechoso —estreché las manos de los dos. Me senté en un sofá pequeño y mi madre se quedó parada junto a la ventana, vigilando a los vecinos.

—Hemos descubierto que perteneció a un grupo de hackers, dueños de un sitio web ilegal donde ponían a disponibilidad de descargas muchos artículos sin ningún estreno previsto —dijo el primer policía. El otro no se le escuchó a continuación.

— ¿Con qué nombre? —preguntó mi padre.

—No hay nombre por ahora. Se halló con el mismo “seudónimo” que nos describió la señorita: Alfa y Omega.

— ¿Y cómo están seguros de que es él?

—Aquel nombre tiene un enlace que lleva a un perfil.

—Podemos verlo en la computadora —dijo mi padre, indicando al ordenador y haciendo el ademán para levantarse del puf.

—No será necesario, señor. Aquella página tiene una cantidad de virus. Y es posible que su computadora se descomponga al entrar a la página. Pero le trajimos capturas de la página y el perfil.

El segundo policía sacó unos papeles de una carpeta.

—Según Telefónica, el servidor de la página es totalmente ilegal.

Recibí la captura. La portada de la página era completamente negra. Las letras verdes y tenía una estructura bastante simplona. Estaba encabezada con un título, también verde, llamando a la página como Warez Peruano. Miré la lista de los colaboradores, todos con “seudónimos”, y entre ellas estaba el nombre de él. Alfa y Omega.

—Este es el perfil del sospechoso.

Cuando me entregó la captura, mi mirada se posó en una cosa: el emoticon. Estaba junto a su seudónimo. Aquí decía que había iniciado su sesión el sábado 4 de julio, ayer, y era una hora antes que me había asustado. Eso era una pista.

Al despedirme de los policías, me calmé un poco. Me dejaron las capturas, porque ellos tenían otras. Cuando abrieron la puerta, eché un vistazo a la calle y distinguí a los vecinos, viendo el carro de policía.

Cuando cerramos la puerta, mi hombro sintió la mano de mamá. Mi padre sólo se fue a sentar nuevamente en el sofá.

Mi madre se quedó mirándolo.

—Humberto, ¿puedes hacerme un favor?

— ¿Qué?

—Ee… ¿puedes acompañar a Cristina a los parapentes?

Salí de mi ensimismamiento. Mi papá profirió un “¿uh?”, expresando un rostro perdido.

— ¿Puedes acompañar a tu hija a los parapentes?

— ¿Y para qué?

—Creo que sería bueno para que se le pase la tensión. Con todo lo que le está pasando…

—Está bien —asintió mi padre.

—… eso podría…

— ¡Está bien! Iré con ella en la tarde. Después del almuerzo.

Y así fue. No sé si sonreí ante aquella propuesta, pero quedé un poco aliviada. El almuerzo fue muy tenso, que apenas pude sentir el sabor del escabeche. Mi padre no levantó de la mirada del almuerzo, y sólo lo hizo cuando quería algo más.

Para arruinar la situación sólo faltó que sonará mi celular. Ellos me miraron con malos ojos, pero contesté. Era Andrea con su voz atiplada, estropeada.

—Hola, Cristina.

—Ah, hola, Andrea. Recibí tu mensaje.

—Estaba preocupada. Te cuento que fui a visitar a Emma y Omar…

— ¡Dios! ¿Cómo están los dos?

—Están bien. Hubo derrame de sangre de la nariz de Omar, pero están bien.

—Eso me tranquiliza. Cuando fui al hospital en la mañana, Omar estaba teniendo una horrible hemorragia por la nariz.

—Pobrecito —dijo melancólica—. ¿Y qué estás haciendo ahora?

—Estoy almorzando, después que vino la policía. Voy a los parapentes para dejar de tensarme.

— ¿A los parapentes? ¡Que bueno…! Los parapentes…

— ¿Dijiste algo, Andrea? —pregunté intimidada.

—Dije qué… —pausó su emoción.

—Nada…

— ¿Qué pasa?

—Nada, nada… Sólo te digo que voy a ir a los parapentes y de ahí me voy de nuevo al hospital a visitar a Emma y Omar… —Boté un suspiro.

— ¿Qué te pasa?

—Me siento muy mal por ellos. Parece que no fui la víctima, sino ellos. Salí ilesa de todo lo ocurrido.

—…

—Por eso quiero que den con él.

—Seguro lo harán… Cristina… No… Ellos…

— ¿Qué dices, Andrea? —pregunté impaciente.

—Seguro lo harán como tu dicen, Cristina —me contestó como si yo fuera una sorda—. No pasará nada. Ellos lo van a encontrar.

—Cristina… —llamó mi mamá. Voltee a verla. Ella me dijo susurrando—: ¿Ya?

—Gracias, amiga. Tengo que irme porque debo terminar el almuerzo, para luego ir a los parapentes.

—Bien, bien. Chao, amiga. Te espero en el hospital.

—De acuerdo, chao, chao.

—Chao.

Continúe con el almuerzo. Mi madre me miraba con mala cara. No importó eso. Al menos alguien de mis amigos me llamó y no me sentí tan encerrada en este cuidado.

Al terminar el almuerzo, fui a ducharme. Me coloqué la ropa más adecuada y bajé al encuentro de mi padre, que estaba en la puerta barnizada.

—Ahorita regresamos, Asunción.

—Tengan cuidado, por favor.

Salimos de la casa, subimos al Silverado y fuimos en dirección a los parapentes. Recorrimos a lo largo de Porta y salimos hacia la costa. No hablamos en todo el trayecto. Pasamos por un puente y el  Parque del Amor y llegamos a la zona de los parapentes. Estacionamos el carro en una playa y descendimos de ella.

En ese momento, un parapente se alzaba del precipicio con su piloto y su pasajero, contrastándose con el cielo plomizo. Y había otro a la distancia. En ese momento, el viento se le sentía frío y fuerte, agitando mi pelo largo y castaño. No tenía frío, solo estaba ansiosa de subirme a ella. Parecía que mamá tenía razón: me calmó un poco la tensión.

Papá pagó y pidió un boleto. Había muchos profesionales con sus parapentes, agitándolos al ritmo del viento, probándolos. En eso, mi mente femenina, se centró en uno de ellos. Era alto, fornido, pelo color miel y un increíble rostro. Y para hacerlo más increíble, me estaba mirando. Mordí mi labio inferior de pura picardía.

Él estaba sin clientela y era el único que quedaba. Todos los demás estaban flotando en el aire. Un señor nos guió, caminé junto a mi padre por una entrada y llegamos al despejado precipicio, con césped.

—Espérame un ratito, señorita… —Por suerte mía, llamó al chico—. Tú, ven… Lleva a la muchacha a un paseo.

—De acuerdo. Bien… Hola —me saludó. Tenía una voz hermosa, que me sonó muy familiar.

—Cuidado, hija…

—Ven, te voy a colocar el chaleco y el casco —me indicó él. Sus ojos era asombrosamente color caramelo, claros y seductores—. Ponte aquí.

Con sus manos, me colocó el chaleco y conectó con los mosquetones al plegador, que era una mezcla de rojo y amarillo. Puso una mochila con paracaídas de emergencia sobre mi espalda. Él se arregló los implementos que tenía y nos colocamos sobre el arnés del parapente.

Él primero se sentó. Luego lo hice. Una segunda persona, hizo el arreglo, mientras el plegador ya se había elevado, rígido y enorme. Un ligero vientecillo la destempló, pero no cedió.

— ¿Lista? —preguntó.

Asentí, con el viento agitando mi pelo sobrante que salía bajo el casco.

—Bien, vamos

Se puso mirando el litoral limeño. Yo también lo hice. El mar se le veía pequeño y, a su vez, maravilloso. Y cuando él corrió (empujado por alguien más), y avanzamos hacia el precipicio.

Lancé un gemido, cuando mis pies tocaron vacío. Miré abajo y observé la carretera, con los carritos como hormiguitas atléticas. Sentí que mi visión parecía como una cámara en un solo ángulo.

El parapente dio un giro, y al costado de nosotros estaba el precipicio, con mi padre  y las demás teniendo la apariencia de unos muñequitos. Nos distanciamos un poco, hacia el norte, con los otros parapentes paseándose por los aires.

— ¿Te gusta? —me preguntó él.

—Es maravilloso… Jamás he visto la costa sobrevolando sobre ella…

—Qué bien —dejo oírse. El silbante sonido y los ruidos de nuestras ropas al chocar con el aire no dejaban oír bien.

Y seguíamos así, sobrevolando. Giramos y regresamos hacia el precipicio, momento por el cual salude a mi papá, que por fortuna me saludó. Giramos nuevamente y fuimos otra vez hacia el sur, con una vista espectacular. Quería quedarme todo el tiempo, ahí, volando con el parapente, con la compañía del chico. Este despejó mi mente y miré con una esperanza, teniendo la fe que Emma y Omar se recuperarían muy pronto. Miré a los demás parapentes y solo había uno que podía ver, muy atrás de nosotros.

Ja, no importa. Solamente quería sentir el aire en mis mejillas por un tiempo más. Hubo una turbulencia pero no me preocupé. Estaba con él y me sentía confortable.

—Te estuve esperando…

— ¿Cómo dices? —proferí yo, con mi tono ensimismado.

—Te estuve esperando, Cristina.

— ¿Me estuviste esperando? ¿Cómo sabes…? No entiendo.

Los parapentes… Una electricidad surcó mi cuerpo. Me quede anonadada.

— ¿Quién eres?  —levanté el rostro para verlo.

—Baja la cabeza —espetó, mientras sentía algo punzante en mi espalda. Gemí—. Si gritas, te juro que te atravieso con este cuchillo.

— ¿Tu…? ¿Eres…? ¿Alfa y Omega?

—En carne y hueso, cariño —Sentí su mano deslizarse por mi cintura, bajo ella.

Mi cuerpo tembló.

—Por favor, no hagas nada —dije suplicante.

—No te preocupes —dijo él, haciendo un sonido deleitoso—. No te haré daño. Sólo quiero ocuparme de algo contigo.

—No, por favor.

Su mano voló hacia mi cara, con un trapo. Se pegó a mi rostro y aspiré, desesperada. Mi cuerpo se sintió débil en ese momento, viendo el mar aullando, desvaneciéndose. Mis párpados cayeron pesados y sentí caer en un túnel.

“La tenía en mis manos. Suavecita y calientita para la noche. Estaba tumbado en su asiento, con su cuerpo desparramado, sin dar movimientos. Agarré el GPS y el equipo de radio, y los lancé a la carretera. Desaparecieron de vista al instante. Manipulé el parapente, mientras pasé mi mano por su espalda hasta llegar abajo. Este día hice mal. Me dejé ver, igual que mis productos. Pero esta fue escurridiza. Sí. Me la gané de todos modos.

Manipulé el parapente, en dirección al lugar que pasaría la mejor noche con ella.”

ALFA Y OMEGA

Estado: Ocupado

Domingo 05/07/09 3:25 p.m.

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