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Menudo trabajo tendrá el competente e intelectualmente solvente Javier Medina Dávila cuando el día de hoy viernes 22 le corresponda presentar Archipiélago de sierpes, la más reciente novela de Miguel Donayre, escritor loretano de domicilios ibéricos, siempre bajo el sello editorial de Tierra Nueva.

Menudo trabajo, digo, porque habiendo leído la obra narrativa de Donayre en su integridad, debo confirmar que ésta es, acaso, su propuesta más compleja y ambiciosa.

Menudo trabajo, claro está para el buen investigador Medina, porque probablemente estemos frente a una novela que no está interesada en caerle bien a la comunidad. Que puede ser considerada polémica.

Una novela que retrata espacios oscuros de la sociedad en que vivimos.

Mi amigo, el editor Jaime Vásquez, tuvo a bien confiarme el manuscrito de Archipiélago de sierpes antes que entrará a imprenta. Después de haberlo leído, recuerdo haber tenido que salir a tomar un poco de aire en el Malecón Tarapacá.

Porque, aunque la estridencia no es un atributo de Donayre, su temática es absolutamente chirriante.

Su prosa se vincula con las historias que narra, y es una historia que golpea.

Que quema e incendia.

Una historia que debería causar impacto. Que por lo menos debería levantarnos un poco de la invasión de abulia y apatía en la cual parecemos estar sumiéndonos con irremediable resignación.

Archipiélago de sierpes reactiva nuevamente el discurso de la historia clásica y el héroe que se moviliza a través del telón de fondo de su época. Ante un tema no tan fácil: un submundo de corrupción, traiciones, miserias, que engarzan todos los estamentos públicos, las actitudes de los ciudadanos, pero con mucho énfasis en el ejercicio de las comunicaciones, en el desempeño del periodismo loretano.

Por momentos, uno se sorprende de que el mismo autor de El ocaso de los delfines y Estanque de ranas sea el mismo que escribe este libro, coprolálico, mordiente, histérico, por momentos intoxicado de adrenalina y sabor de tinta roja. Un libro con mala entraña porque nace a partir de la ira, de la estupefacción, del dolor.

Un libro que muerde.

Que quema e incendia (ya lo dije ¿no?)

Una crónica en tiempo retardado sobre el sensacionalismo y la mentira y la conveniencia y los estamentos de la sociedad establecida.

Y en medio de todo, lo que a Donayre menos le importa es quedar bien con alguien. No le interesa quedar bien con nadie.

Solo quiere ser honesto consigo mismo y con su visión de ese mundo que nomina como putrefacto, aún cuando sea en la ficción.

En ese ínterin, el narrador y sus antihéroes disparan con las palabras. Acribillan con  descripciones. Intensifica su resentimiento con frases que se clavan dentro de la memoria más dolientemente que los cuchillos más afilados y lacerantes.

En esa carrera, a veces se equivoca. A veces se excede, es cierto, a veces dice cosas que no se sustentan dentro del esquema mismo que se plantea inicialmente. Por momentos la historia, así como supura  velocidad, se cansa, transpira copiosa y lentamente. Pero son solo detalles, nimiedades, acomodos que se diluyen cuando el narrador empieza a germinar con sus expresiones las típicas muecas de estupor y sorpresa.

Cuando llega, cuando logra conectar, cuando logra moverte de tu asiento y hacerte arquear las cejas o asquearte, es cuando el libro de Donayre cumple con creces su objetivo.

Créanme, hay muchos de esos epifánicos momentos en el libro.

Por momentos, los mejores, Archipiélago de sierpes tiene chispazos que remiten a Conversación en la catedral, uno de los libros capitales de Mario Vargas Llosa.

Por momentos, nos recuerda a Manhattan Transfer, ese alucinado texto de John Dos Passos que todo aquél que quiera estudiar sobre periodismo y entender la condición humana debería leer.

Por momentos, también por momentos, uno se acuerda de Tinta roja, la novela contemporánea del chileno Alberto Fuguet que fue adaptada al cine bajo la dirección de Francisco Lombardi.

Y, claro, cómo no, tiene puentes de conexión con Ídolos de barro, el debut del entonces bisoño periodista Jaime Vásquez.

Pero lo que le interesa, y se muestra oculto, aunque evidente, es la intención del narrador por recordarnos ,  pese  a quien la pese, la estructura aparentemente irrompible e inmodificable del sistema.

Detrás de Archipiélago de sierpes se esconde  una historia de serpientes que circundan un nido de aves y, a lo lejos, raudo y presuroso, un émulo de Emile Zola dispuesto a no dejar con cabeza a ningún canalla, a ningún impostor. De paso, uno de los libros más interesantes y recomendables que se han escrito sobre estos fastos en lo que va de este tiempo reciente.

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El 31 de Julio pasado, Martín Roldán Ruiz presentó su nuevo libro “Este amor no es para cobardes”, bajo el auspicio de Editorial Norma. Particularmente, siento que esta publicación refleja el sentimiento de mucha gente que asiste a las tribunas a dejarlo todo por su equipo, sentimiento que muchas veces va mas allá del desempeño que acompaña a los colores de la camiseta que once jugadores defienden en la cancha.

Tengo entendido, por propia boca de Martín, que “Este amor no es para cobardes” ya tenía tiempo de haber sido gestado, teniendo como título tentativo “Camiseta Ensangrentada” (título que por cierto me parece más cercano a la realidad del libro), empero está ya a la venta en todas las librerías a nivel nacional, teniendo una acogida realmente impresionante, más allá de la expectativa generada por la publicación de la misma y de otra publicación afín de contenido superficial.

Este libro va plagado de 7 historias recalcitrantes, retratadas de manera tal que sólo alguien que ha convivido en las tribunas puede plasmarlas. Doy fe de que cada relato sale de experiencias vividas por quien escribe. He tenido la suerte de compartir con el escritor tribuna muchas veces, tanto en Lima como provincias, y puedo decir que lo escrito se acerca mucho a la realidad de las tribunas, es la copia fiel de realidades que mucha gente y más que contar las glorias o pérdidas de amigos de tribuna, es el grito desesperado de gente que solo tiene como ideal principal seguir y defender los colores del club por quien están dispuestos a darlo todo, incluso la vida.

Los viajes , las guerreadas, las arengas, la manera radical del sentimiento tribunero, la soledad y el compañerismo de gente con la cual solo te identifica el color de la camiseta, el sufrimiento y goce en las tribunas, el grito descarnado del hincha que se resiste a que su canto y aliento quede en el aire y el anonimato, hasta las pugnas internas de barra son retratadas de manera envolvente en este libro, que no se centra en solo algún personaje idealizado, sino que va mas allá y refleja en carne viva el modus vivendi de la tribuna, de todo un pueblo, de todo un sentimiento, que a la par de los hechos políticos/sociales de ese momento sobrelleva el sentimiento, pasando por encima de todo para hacer llegar su mensaje, el mensaje de que los colores que los envuelven es más que la tónica social que estaba reventando en ese momento.

La violencia de ese entonces es el ahora, plasmada en palabras que a más de uno nos sientan a pensar que el fanatismo, los ideales y la vida, de ser absurda pasa a ser parte de una religión inevitable: la de ser escuchados, observados, odiados y hasta venerados.

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“Este amor no es para cobardes” no pretende bajo ningún concepto ser una guía para el barrista consecuente o en potencia. Más que algún libro gurú en estos temas, creo que se proyecta como una luz en medio de la ignorancia que se vive en las tribunas.  A partir de aquí, podremos entender la tónica que mueve a toda persona enfundada en este tipo de creencias. Atípico y e imprescindible “Este amor no es para cobardes” es como  para prenderle una vela a nuestra ideología que no se vende, libro para volver a pintar los murales con nuestras mejores arengas al equipo que nos quita el sueño fecha a fecha, libro que despertará desde lo más profundos recovecos de nuestra conciencia la enervada sonrisa que produce el gol en el arco contrario y toda la vorágine a la cual muchas veces tal cosa nos ha arrastrado. En otras palabras, el grito desesperado por hacer sentir nuestra voz.