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Siempre he creído que los grupos cristianos, agrupados en torno de iglesias de todas las denominaciones, han sabido manejar con soltura y a veces con calidad el rubro de la música. Hay una fuerte predisposición y apoyo a expresarse musicalmente para alabar a Dios.  En el caso iquiteño, no podíasn faltar sus representantes.

Uno de ellos es Wilfredo Malpartida Gómez, mejor conocido en el ámbito de la fe como Willie Mago, cultor de lo que se considera como “rock cristiano” (muy interesante rubro, del cual han surgido grandes grupos como POD). El caso de Willie (hijo del pastor Noé Malpartida, consejero regional del GOREL), es el de todo chico común y corriente, quien con fuerza, terquedad y ganas de surgir compone una línea musical y de paso genera una corriente.

Willie Mago ha producido un álbum llamado “Reyes y reinas” y había estrenado anteriormente un videoclip, titulado “Rendirse jamás“. Ahora, nos trae un segundo corte titulado “Fuego”, con harta guitarra distorsionada, efectos  recargados y tremendistas y una letra eminentemente alabatoria de su Creador.

Poco a poco se empieza a sentir una fuerza interesante en este espectro en nuestra ciudad. Más allá del mensaje o de las letras, el deseo por rockear para Dios está presente y parece que tendrá muchos adeptos en breve.

Estaremos atentos

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El Papa estuvo en Israel hace algunos días. Sus voceros oficiales señalaron que su visita sería netamente religiosa. Fue todo lo contrario, porque Benedicto XVI desde que bajó del avión  que lo trajo de Jordania, mantuvo un discurso político, abstracto por cierto, para no herir la susceptibilidad de los judíos o de los musulmanes.  Hoy se sabe que el representante político de Cristo vino también en plan de negocios y arreglos terrenales relacionados  con la deuda tributaria que tiene el Vaticano con el Estado Judío, pedir exoneraciones fiscales para sus bienes y exigir que le devuelvan ciertas propiedades.

 

 

Joseph Ratzinger es el tercer Papa que llega a Tierra Santa. En los cinco días de visita, el gobierno movilizó a 80 mil policías para su seguridad personal y de su comitiva de 200 personas. Un despliegue extraordinario para un personaje mundial cuya feligresía en Israel no supera las 30 mil personas. La mayoría de ellos de origen árabe que radican en Haifa, Carmiel, Belén, Nazareth y Jerusalén.

 

Para su visita también le asignaron una ambulancia de cuidados intensivos, blanca, a la que le fue borrada la estrella roja de  David,  para no herir la susceptibilidad de alguien, nos imaginamos del papado. La organización de ambulancias de Israel se denomina Magen David Adom, su símbolo es una estrella roja de David.   

 

 

 

El peregrinaje del Papa significó también un desembolso de 12 millones de dólares para acondicionar los lugares que visitó. La Municipalidad de Nazareth invirtió unos 25 millones de shequelines, unos 6 millones de dólares en mejoras urbanas paras unas cuantas horas de estadía del representantes de Cristo

 

El 15 de mayo último día de su visita  a Israel,  Benedicto XVI mantuvo una conversación secreta por espacio de quince minutos con el Primer Ministro israelí, Beniamin Netanyahu. Un dialogo fortuito, que no estaba en el protocolo establecido con dos meses de anticipación. El Pontífice, al parecer, intentó hacer un nudo marinero sobre unos asuntos que en  un futuro cercano serán muy difíciles de resolver. Temas que desconoce su feligresía.

 

 

¿Sobre qué hablaron los dos jefes de estado?

 

 

 

Seguro que este Papa alemán no habló en  secreto sobre la negación del Holocausto Judío; ya es pública la postura del Prelado sobre ese tema. Y lo repitió en el Museo de Yad Vashem, cuando señaló textualmente que  “los nombres de estas víctimas jamás sean olvidados, que sus sufrimientos jamás sean negados, olvidados o rebajados”. Habló de los muertos y no de los asesinados, lo que significó que la prensa israelí le recordara, para su incomodidad, su juventud hitleriana

 

Benedicto XVI seguro que no dialogó en secreto sobre el muro que construye Israel en Cisjordania, muro que evita la entrada de terroristas suicidas; ya lo señaló    ante las cámaras de televisión” de todo el mundo,  que aquella  muralla le causa “una dolorosa pena”.“.

 

El Pontífice no conversó sobre el antisemitismo, que crece peligrosamente en el mundo. Seguro que no. Su peregrinaje a Israel expresa tácitamente la posición de la Iglesia Católica en ese tema: su preocupación y desacuerdo con la nueva persecución a los judíos en Europa y otras parte del mundo, incluso en Argentina y Venezuela.

 

El Vicario de Cristo no platicó con  el Primer Ministro israelí  sobre la crisis palestina-israelí. Lo dijo antes y lo repitió enérgicamente, momentos antes de subir al   enorme Boeing del El Al  que le llevó a Roma “que el estado palestino deje de ser un sueño y se convierta en realidad”.

 

Los analistas políticos de este país, señalan que  los quince minutos de charla secreta entre Joseph Ranziger y Beniamin Netanyahu fueron en torno tres puntos: la deuda millonaria por concepto de impuesto inmobiliario que el Vaticano le debe a las municipalidades israelíes; exoneraciones  a las propiedades de la Iglesia Católica.Pocos saben  que la Iglesia Católica tiene más de  300 propiedades entre Israel y en los territorios de la Autoridad Palestina.

 

En Perú el impuesto inmobiliario  se denomina Impuesto Predial o Autoavalúo; sólo un tercio de la población cumple con su pago. En Israel este tributo se denomina “arnona y casi nadie se exime de su pago, es un deber ciudadano que se cumple sí o sí. Solamente los jubilados, las madres abandonadas, los que padecen de alguna enfermedad terminal y los desempleados pagan una mínima cuota.

 

Hasta el 2007, el Vaticano le debía al Estado Israel por Impuesto Predial la cifra de   300, 000,000 shekalim, 75 millones de dólares o 52 millones de Euros; Hoy en día la suma bordearía los 80 millones de dólares. Esta sería en realidad una de las razones  para una obligada visita de Benedicto XVI a Tierra Santa.

 

Desde 1993, cuando se estableció las relaciones diplomáticas entre el Vaticano e Israel,  delegaciones técnicas de ambos estados periódicamente se vienen reuniendo para lograr un acuerdo final; sin embargo hasta el día de hoy no hay nada nuevo; la Iglesia católica sigue siendo en Israel una entidad sin personería jurídica.

 

Un documento oficial del Vaticano señala que están  bajo su control    9 circunscripciones eclesiásticas, 78 parroquias, 11 hospitales, 192 centros educativos, 9 hogares para ancianos e inválidos, 11 orfelinatos, varias residencias. Casi la totalidad de estos inmuebles, valorizados en millones de dólares, se encuentran en los territorios palestinos; muy pocas hay en las ciudades israelíes con creyentes católicos.

 

Quiénes habitan en esos inmuebles?. El personal humano del Vaticano entre Israel y los territorios palestinos no es poca cosa. Para 130,000 seguidores hay 11 obispos, 406 sacerdotes, 1,171 religiosos y 134  seminaristas 

 

De todas maneras, Israelí que ampara la libertad de culto, tácitamente  exonera del impuesto inmobiliario a los nueve  templos católicos que hay en su territorio. Pero el Vaticano no esta contento con esa regalía; exige exoneraciones para todas sus propiedades como hoteles, residencias, escuelas etc. que le significan ingresos económicos.

 

En ese punto hay resistencia de las autoridades judías. Primero, que otras instituciones religiosas que tienen propiedades valorizados en millones de dólares   exigirán exoneraciones; pero también las autoridades israelíes temen que las propiedades de la Iglesia católica se conviertan en espacios extraterritoriales del Vaticano.

 

Como era de suponer, el Papa no ha perdido tiempo durante su visita para expresar sus preocupaciones institucionales. Ha solicitado también como una de sus propiedades el Cenáculo el patio donde se cree que Cristo realizó la última cena.

 

Según los evangelios cristianos, Jesucristo navegó también por el Mar de Galilea. En este ritmo   peticiones y sugerencias, el Vaticano podría en un futuro cercano considerar aquel  espejo de agua como suyo.  Una próxima reunión entre funcionarios de Israel y del Papa será en diciembre de este año

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Luego de varios días  regreso al mundo urbano y mi primer acto cybercivilizado es averiguar qué me deparó el pasado en mi PC. Mientras saboreo un buen café turco  ( !ya quisiera ese tal pepino Verea probar esta cafeína de ángeles!) me encuentro con el  mail de siempre, el  “que todo me cuenta sobre Iquitos”  . Esta vez me pone al tanto del fallecimiento del sacerdote José María Arroyo.

Mi informante, que no es una persona vinculada a la prensa, ni al mundo de la cultura, me señala, textualmente, que la muerte de Arroyo fue una “novedad” en la prensa y en las autoridades. Luego  de anunciarme otros datos, termina su mensaje con una frase “filosófica”  que tiene visos de autenticidad: “solo se acuerdan de ti, cuando te mueres”.

En la idiosincrasia actual, primero te mueres y luego se acuerdan que existías. Se fue Arroyo y “descubrieron” que vivía; porque este sacerdote, además de periodista, de una impresionante cultura,  probablemente  uno de los pocos que hablaba y escribía  el castellano con propiedad y pulcritud, estuvo en los últimos años de su existencia olvidado de sus amigos mas cercanos y de los que dicen que le apreciaban;  La “justificación” era, me lo dijo uno de ellos en Iquitos, que Arroyo ya no conocía a nadie.

Existir en el anonimato que te imponen los que dicen que te aman, debe ser más doloroso que una enfermedad incurable.

A una semana de su muerte sigo leyendo y escuchando los epitafios; todos me conmueven, y lo digo sin sarcasmo. Hay uno,  publicado el 29 de abril en el diario La Región con el título:” Hasta pronto Chema”. En la elocuencia biográfica, el redactor se confiesa amigo entrañable de JMAA; pero hay un párrafo final que me causa hilaridad. El autor de la nota, se pregunta desconsolado:

¿Por qué te has ido “Chema”, por qué nos hundes en un océano de dolor y pena, negándonos tu egregia presencia?

¡Qué desvarío! Hace seis años Arroyo comenzó con su inexorable partida, pero  al mismo tiempo que “una nube blanca empezaba cubrir su memoria”, su existencia fue sitiada en el olvido y el mundo viviente comenzó a irse de su lado. Corrijo la pregunta del desconsolado  ¿ Por qué nos fuimos de tu lado, cuando más nos necesitabas? Y le respondo al mismo desconsolado: Porqué  somos cada vez inhumanos y frescos;  ¿Qué océano de dolor y pena? puede causar una persona que murió necesitada de la fraternidad humana para soportar el Alzheimer  que al final de cuenta le consumió hasta el alma. Arroyo se fue sin negar su egregia presencia, simplemente nos olvidamos de él.

Aunque no todos. Joaquín García Sánchez, aquel mago de la cultura regional, el impertérrito director de Kanatari, que presagiando los malos tiempos que le depararía  a José Maria, promovió un reconocimiento público con una edición especial, el Nro. 1050, que salió publicado el  31 de octubre de 2004. El titular metafórico del suplemento fue y es:  “De la cátedra al pueblo”. Arroyo era del pueblo

Lo que sí no dudamos es que su fallecimiento fue una triste novedad para aquellos feligreses de la parroquia de Bagazán,  personas anónimas, comunes y corrientes de bajos recursos,  que  le saludaban con cortesía, incluso cuando Arroyo ya no podía responder más que con una mirada vaga. Seguro que las  lágrimas autenticas de esos pobladores no tienen semejanza con las lágrimas de los cocodrilos. Él era, hasta antes de caer enfermo, el confesor de los moribundos del Hospital Iquitos. Alguna vez me contó que fue el único amigo que le asistió y acompañó hasta el último momento al poeta y periodista Moisés Bendayán Cacique, que murió en ese centro de atención. Él no tuvo esa suerte.

Debo precisar que  José María Arroyo no era mi amigo en el término formal de la palabra, como para darme méritos y mandarme con alguna remembranza biográfica. No pasé de ser un amigo fortuito como tantos que tuvo. Yo le conocí a comienzos de los años noventa en la redacción del semanario Kanatari, cuando ya era un jubilado, por momentos  impaciente, a cada momento renegón y  con un capitulo  propio en la historia de Iquitos. Eso si,  conversábamos de algún tema de actualidad, siempre en forma breve.

Él escribía la página internacional, A vuelo de Ronsapa, y otros artículos y yo fungía de reportero gráfico; creo que reemplazaba  a José Álvarez. Cuando el director del semanario se ausentaba, que por esos años era frecuente, entonces era el que escribía los editoriales, definía el titular de la portada, el resto quedaba en manos de la señorita Julia Ramírez, aquella excelente jefa de redacción.

Buen amigo suyo lo fue  el profesor Aurelio Tang Ramírez, otro que no tienes pelos en la lengua para encarar  las cosas anormales que hacen los normales. Y de ese espécimen era José Maria, que renegaba  de las “boberías (palabra suya)- y con otros calificativos- que hacía algún personaje conocido y citadino. Nunca le escuché vociferar alguna palabra soez.

Fue a mediados de los noventa que descubrimos que José María conversaba  continuamente, y en voz baja, con algún ser misterioso e invisible que le seguía o le perseguía a todas partes. Su amena “charla” se interrumpía cuando alguien le saludaba o descubría que  le observaban. Todavía no había indicios de aquella perversa enfermedad que años después se robara su semblante, su corazón y su espíritu.

Durante el tiempo que permanecí en la planta de  Kanatari,  me enteré  de su existencia cotidiana. Álvaro Mesía, otro extraordinario redactor, me contó de su afición al radioteatro en los primeros tiempos de Radio Loreto; Aurelio Tang, me habló mucho de su lado humano y de  un Arroyo que donaba su sueldo de docente universitario al Hogar de la Niña de Loreto. Jaime Vásquez Izquierdo me dio detalles de su capacidad pedagógica; Vásquez Izquierdo también me confesó de ciertos vericuetos sentimentales con una dama ligada a la cultura (Lugo nunca fue ni será una excepción). Jaime Olórtegui me refirió del Arroyo filosofo y filólogo; Alejandro Eléspuru me conversó sobre su erudición literaria; José Verea me platicó  sobre el sacerdote amante de los finos cigarros; el poeta Javier Dávila me relató con gracia del sacerdote irreverente; el fotógrafo profesional, Augusto Falconí nos dijo, durante un desayuno ecológico en la casa del chino Tang, que Arroyo “era el padre más sincero, incluso, más que los demás”; “Chispa” Elgegren  definió al padre Arroyo, en términos humorísticos, como un cura pendejo.

Hasta antes que el Alzheimer le consumiera, su existencia social   transcurría  entre tres puntos geográficos: su parroquia, el Café Express y la oficina de CETA. A esta última llegaba entre martes y sábado y permanecía menos de hora. La excepción eran los jueves que escribía su página. El ritual comenzaba a las 10 de la mañana, cuando entraba a la redacción. Dependía de la forma cómo habría y  cerraba la puerta de esta oficina  para definir si estaba malhumorado o de buen ánimo. Si lo hacía con violencia, sabíamos que andaba con el cerebro revuelto. Gruñía, incluso, hasta cuando se equivocaba de tecla.

No demoraba para concluir A Vuelo de Ronsapa; tras unas indicaciones con la jefa de redacción, se marchaba  hacia su otro reducto, el Café Express .

En este recinto de mágicas conversaciones, Arroyo hablaba con más libertad y franqueza. Bebía una y otra taza de café pasado, mientras departía con aquellos eslabones vivientes del Iquitos urbano de ayer  y hoy.  Charlas amenas  sobre antiguos personajes, alguna anécdota añeja o historias habladas sin confirmar, como aquella que  relató el Dr. Traverso sobre Manuel Clavero que fue obligado a romper la cashuera con el “América”, en el combate del Caquetá, porque el Coronel Oscar Benavides le puso una pistola en la sien.

El mismo Arroyo nos relató con ánimo y burla que cierto día el entonces Alcalde de la ciudad, Luís Arana Zumaeta, olvidándose de su educación e investidura, persiguió a patadas al comerciante maltes Víctor “Pichico” Israel. Acusaba a Israel de vender  a Colombia, en forma dolosa, por 200,000 soles,   los títulos de propiedad, los originales,  de los terrenos del Putumayo de Julio C Arana. Un relato ligado a la realidad y que lo confirma el Dr. Juan Bákula, en el prologo de la reedición, a través de Monumenta Amazónica, del primer  tomo de “Colección de leyes, decretos, resoluciones y otros documentos oficiales referente al departamento de Loreto”, de Carlos Larraburre y Correa.

En las tardes Arroyo volvía al café de Pedro Reátegui, se deleitaba y reía de buena gana con las ocurrencias del “Chavo del Ocho”. Tal vez asemejaba su niñez, que fue pobre y dificultosa, con el personaje de Roberto Gómez Bolaño.

En el 2005 lo vi por última. A una fiel asistente, contratada por su Orden, se le ocurrió llevarle al Café Express. Saludaba con cortesía, estaba delgado, con una camisa blanca cerrada desde el primer botón; presentí que la realidad se le iba, su semblante ya no era de un Arroyo sobrio y seguro de sí mismo, sino de un ser tímido que miraba a todos lados, como quien busca sus pasos.

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Me aturde pensar que un hombre de una memoria tan impresionante en el pasado como José María Arroyo haya finalmente decidido ceder en la batalla que libraba contra una enfermedad como el Alzheimer, cuyo síntoma primordial es precisamente la pérdida inexorable de la memoria.

Recapitulemos que el Alzheimer es un fenómeno degenerativo que va suprimiendo los recuerdos de una persona, aquellos que se remontan a ayer o de lo que se hizo por la mañana si estamos por la tarde (la memoria a corto plazo). El Alzheimer está asociado a trastornos del pensamiento abstracto, juicio, funciones corticales superiores y modificaciones de la personalidad, bastante importante como para interferir en las relaciones interpersonales del afectado. Poco a poco la capacidad de rememorar se hace inútil, y la mente va borrando todo el disco duro de la historia personal de quienes padecen el mal. El cambio de personalidad es brutal, la tendencia al aislamiento social es invencible y la relación con el mundo exterior es tan solo una burbuja desprovista de sentido y de norte.

Refiero en este pequeño artículo al Alzheimer porque, más allá de haber pasado por experiencias directas con personas que lo padecían, explica de modo palpable, en forma metafórica, aquella acelerada pérdida de la memoria y el linaje histórico que ha ido dándose en nuestra región, todos aquellas virtudes y valores y cualidades que formaron parte del espíritu, el talento y la capacidad del Padre Arroyo.

Por ejemplo, se ha ido perdiendo en la memoria, impresionantemente, la vocación por el conocimiento, el cultivo constante de la pedagogía, la declaración permanente de la honestidad, la solidaridad y la generosidad

Además, en estos tiempos temblorosos se ha ido eliminando de la memoria el conocimiento y la práctica del  buen castellano, así como a la difusión impenitente de todas aquellas manifestaciones tan vinculadas con la cultura amazónica.

Ni qué decir de la pérdida constante y masiva del trabajo – religioso o no – plagado de dedicación, humildad y  devoción.

Porque ese hombre carismático, de carácter fuerte, locutor de radios, escritor impecable del idioma, analista enciclopédico de la realidad internacional desde este semanario en su “A vuelo de ronsapa” (que nunca más volvió a ser el mismo desde que dejó de redactarlo, hay que señalarlo), ese amante de la prosa bien escrita, ese consultor preciso de la concordancia idiomática, ese motivador escolar y universitario, ese periodista de polendas, ese fiel cultor de los radioteatros, ese hombre casado con su vocación y con los diccionarios, aquél cosmopolita parlante de cinco idiomas, ese incansable propulsor de tertulias, ese maestro de las cosas dichas directamente y sin rodeos (aunque de por medio mediaran ajos y cebollas), ese cariñoso aficionado y difusor de los mitos y leyendas de nuestra tierra, ese hombre, repito, llamado José María Arroyo, ahora, entre la barbarización de la lengua, la indiferencia cuasi criminal con nuestro linaje y el culto a la ineptitud, parece ser un anacronismo, un incierto dato de tiempos inmemoriales y olvidados que ahora se lo deja en el baúl de los trastes antiguos o en las palabras huecas que se las llevará el viento en cualquier momento.

Hemos dejado, en otras palabras, que nuestro propio Alzheimer social  nos prive de la memoria del saber, el legado y la cultura. Nos prive de todo aquello que tan bien representaba la vida y la obra del Padre Arroyo.

Recuperar un poco  – o bastante – del sentido y la sensatez del pasado, recordar que la dignidad del ser humano está afincada en su valor de conocimientos y de sinceridad  es enseñar a las generaciones que la memoria es una sola, es indisoluble en el tiempo y en el espacio y, felizmente, como la materia, no solo se destruye, sino más bien se transforma. De la materia de que estuvo formada la figura de José María Arroyo debería salir el magma necesario para transformar o reconstruir nuestra tradición, nuestro espacio y nuestro sendero más adecuado.