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El drama nacional se alimenta de la amnesia voluntaria, que evita auscultar, reflexionar, interiorizar y sanar procesos colectivos traumáticos. Debido a ella muchas preguntas que se abrieron a partir de la terrible tragedia de Bagua, el 5 de junio de 2009, no han tenido respuesta o, lo peor, ni siquiera se ha intentado procesarlas. Causas, motivos y  objeciones que condujeron a dicho cataclismo social siguen vigentes e, incluso, se han acentuado.

En Bagua murieron 34 peruanos y desaparecieron algunos más. También se desnudó en todo su patético esplendor el drama de nosotros, los amazónicos, los olvidados por el Perú oficial. Un drama que viene de siglos, apenas visibilizado, incomprendido o ignorado por quienes tienen el deber de descubrir procesos de integración. Un drama que no se acaba en radicalismos ni politizaciones electoreras o endurecimiento de las medidas represivas.

Creer que la tragedia se debe a arrestos de “ciudadanos de segunda clase” es no querer entender que la Amazonía es un todo de múltiples visiones y formas de entender el mundo, algunas muy lejanas a la mentalidad occidental, que tienen no sólo el derecho sino la obligación de ser integradas al país. En suma, persistir en el error (y el horror).

Pensar y recordar Bagua, un año después, también implica percibir a la Amazonía no como un territorio inhóspito y exótico, sino como un espacio físico y espiritual que aspira a convertirse en posibilidad concreta, valiosa, sustentable para el progreso y el desarrollo del Perú. Para eso es necesario, urgente e imprescindible empezar a recordar la tragedia y sus motivaciones para que no vuelva a suceder. Nunca más.

La importante crítica de arte peruana Élida Román escribe en el diario El Comercio una nota alertando el abandono y riesgo potencial en que se hallan dos murales del gran artista amazónico César Calvo de Araujo, los cuales fueron extraidos del antiguo palacio municipal de Iquitos y han sido abandonados a su suerte por la gestión edil del actual alcalde Salomón Abensur, uno de los más ineptos y, además, nefastos en cuanto a la promoción y desarrollo de manifestaciones artísticas en la provincia de Maynas. Aquí el texto completo de Román:

César Calvo de Araujo (Yurimaguas, 1910-Iquitos, 1970), pintor y poeta, es el nombre más reconocido como artista de la Amazonía en los dos primeros tercios del siglo pasado. Autodidacta y apasionado de su tierra, sus obras recorrieron EE.UU., Brasil, Bolivia, Colombia y Argentina. A él se deben los dos murales instalados en la Municipalidad de Maynas, uno que representa el descubrimiento del río Amazonas, por Francisco de Orellana, y el otro, la llegada de los vapores que enviara Ramón Castilla a la aldea de Iquitos (1864), entonces puerto fluvial, origen de la ciudad actual.

En el 2007, el actual alcalde, Salomón Abensur, víctima de la fiebre modernizante y cementera, decidió construir un nuevo palacio municipal, e inició la demolición del existente, y provocó la inmediata reacción de artistas e intelectuales, que exigieron detener tal acción (ver Diario de IQT), y lograron, como resultado, la intervención del INC, que estableció exigencias específicas en relación con el cuidado y conservación de los citados murales, condición indispensable para otorgar el permiso correspondiente.

En noviembre del 2009, sin embargo, se retomó el proceso de demolición, sin autorización del INC, con el resultado de que la grúa que trasladaba los murales cayó sobre la vecina casa Fitzcarrald, patrimonio arquitectónico y el inmueble más antiguo que se conserva en Iquitos.

Si bien los murales no sufrieron, fueron desterrados al parque zonal, y permanecieron al aire libre, hasta febrero del 2010. Entretanto, el alcalde firmó un acta por la que se comprometía a reparar el daño en la casa afectada y dar tratamiento adecuado a las obras de Calvo, lo que, por supuesto, no se ha llevado a cabo hasta la fecha.

En marzo, el INC-Loreto, bajo la dirección de Christian Bendayán, ha entablado demanda contra la municipalidad. Como dato final, se conoce un proyecto de nueva sede, provisto con un pintoresco diseño de fachada, en que espejos y neones completarán esta historia difícil de calificar.

Habría que hacer algo urgente para salvar estos tesoros del patrimonio cultural amazónico ¿verdad? La comunidad loretana y la comunidad artística local, nacional e internacional tienen la palabra.

EXTRA: El INC Loreto ha invitado a una reunión a toda la comunidad artística y general para discutir y debatir el abandono y riesgo en que se encuentran los dos murales de César Calvo de Araujo, extraídos del antiguo palacio municipal de Iquitos y abandonados a su suerte por la gestión del actual alcalde Salomón Abensur. El encuentro se realizará este jueves 27 de mayo en el INC- Loreto (Malecón Tarapacá 382 Altos) a horas 8:00 p.m. Es hora de asumir nuestra responsabilidad como ciudadanos y artistas loretanos, exigiendo a las autoridades se respete el arte y la historia de nuestra región.

Lecciones de Kanatari

Publicado: 27 julio 2009 en Paco Bardales
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kanatari25años

Este semanario cumple 25 años y quien esto escribe debe recordar que nunca como ahora, la vigencia del papel vuelto espíritu ha estado más en crisis. No solamente por el avance incontenible de las nuevas tecnologías de la información, sino, además, por la crisis de recursos humanos que ha hecho del oficio de escribir en un diario una ventolera de tristeza y frustración.

A pesar de ello, llegar a un cuarto de siglo con la mirada fija en el horizonte, al pie del cañón y esperando nuevas batallas en favor de la memoria, la cultura, la reflexión y el análisis, todas aquellas ungidas del gran magma amazónico, debe llevar a la sorpresa. Debe llevar a la perpleja admiración.  Debe llevar al reconocimiento.

A modo de testimonio personal, debo reconocer que he aprendido muchas lecciones en Kanatari. No todas han sido hermosas, por cierto, pero ellas no se motivan necesariamente por el medio, sino quizás por la condición humana. Tienen que ver con los avatares de la política y la sociedad, con las luchas interminables que se gestan a partir de inquietudes perdurables, alejadas de la sordina y el ulular de esas sirenas del inmediatismo. Alude, sin duda, a los encontronazos que el idealismo encuentra en la realidad, a las contradicciones de la fe, a los oscuros  empellones donde choca el dogma y renace el poder sin límites, el dinero y su servidumbre voraz.

Debo reconocer que no hubiera recalado un día de julio del 2000 (9 años atrás y más de 15 kilos menos) en la oficina de redacción si no hubiera sido porque creía con honestidad que Kanatari es probablemente uno de los medios de comunicación más genuinos y serios de la Amazonía. Y tampoco si hubiera tenido interés en conocer, aprender, compartir experiencias, campañas, lanzas y hasta dardos venenosos con gente que conocía apenas, que desconocía personalmente, pero acompañaba semanalmente a través de estas páginas.

Hay tanta gente que me enseñó a través de Kanatari. Recuerdo, sin duda, a July Ramírez, impecable maestra de redacción, oficial de la guardia dura de la corrección de estilo,  implacable generadora de dudas metódicas, sintácticas y ortográficas, que en algún momento pudieron haber desanimado a cualquiera. Porque si algo le debe esta ciudad y este medio a July es haber puesto una valla alta para pasar el filtro en la escritura. Sin ella al liderazgo de la ejecución, por tanto tiempo,  Kanatari no hubiera tenido la pulcritud que mantuvo en este empeño tan difícil por escribir, bien y correctamente. July me hizo sentar un día en una computadora y me dijo “Escribe”. El resto ya saben cuál es la historia.

Aprendí  de Jaime Vásquez. Debo considerar que la época en que Jaime manejó  la jefatura de redacción (suerte de presente griego y honor que te envolvía en el torbellino del stress y compromiso), fue aquella en que la virtud periodística se hizo una fuerza de la naturaleza. Porque Kanatari se volvió periodístico en extremo, no solo por la investigación, sino también por el formato en el que se movía. Se respiraba, se comía, se vivía periodismo, dentro de los postulados exactos que aquello significaba y dentro de la línea maestra pergeñada por su primer consejo consultivo, en 1984. Jaime creyó, antes que nadie, en que podía tener algo de oficio para escribir, y motivó que en 1995, saliese mi primer artículo en estas páginas, llamado proféticamente “El extraño en un tierra extraña”.

Aprendí, sin duda del Padre José María Arroyo. Aunque lo conocí tarde, casi en las postrimerías de sus incursiones permanentes en Kanatari, no voy a olvidar que la columna de internacionales siempre se leía mejor cuando él la escribía. Siempre voy a admirar su talento cierto para la sintaxis y el adjetivo exactos, todo ello salpicado con los más castizos ajos y cebollas (dichos en privado y a veces en público). Aprendí, claro está del Profesor Aurelio Tang, que con sus innumerables viñetas, con su tremendismo exagerado y sus diatribas en forma de humor, ácido, corrosivo y siempre visceral, demostró que un acto de amor por la Amazonía también, de vez en cuando, puede ser romper los platos y alzar la voz para protestar. Aprendí de Guillermo Flores Arrué, la alegría desbordante, el amor por la Amazonía, la expresión corta y coloquial que comentaba la actualidad, que fomentaba el reencuentro, que animaba la fe y expresaba el retorno a la madre tierra. Guillermo, mucho antes que varios, entendió el valor del internet como medio de comunicación y eso es algo invaluable, desde mi modesto punto de vista.

Aprendí  muchísimo de Fernando Nájar, el judío errante, el periodista de raza, el investigador, el sabueso y aquél hombre curtido con el instinto y una brutal honestidad para enfrentar las corruptelas, los abusos, las inclemencias sociales de un pueblo usualmente desconcertante. He aprendido, con mucha humildad, del extraordinario talento del Padre Maximino Cerezo para ordenar, diseñar, crear.  Quiero mucho a Maximino y quiero aún más aquella vasta obra artística que ha dejado como legado a la Amazonía, mucha de la cual es fácilmente ubicable en Kanatari.

He aprendido mucho de aquellos con quienes, en el ejercicio del servicio a la causa, han sido parte integrante del mismo: de Alejandra Schindler, tenaz y persistente como pocas mujeres; Sofía Herrera, reseñista de primera y consultora sobre libros y cultura; Alva Isern, destinada a la diagramación y a la presión intensa; a los tigres de diseño, Norbil Bocanegra y Rony Isern; a la gente de imprenta, Tony De Souza y Madison Flores; a Rosa Guerra, secretaria constante primero y dilecta amiga después; a Máximo García, el gran procurador que todo estén en orden; a aquellos que desde planta cultivaron la alegría, la solidaridad, la amistad.

Sería muy difícil acordarme de todos a quienes he leído con pasión y admiración en Kanatari,  probablemente si los enumerara caería en algunas omisiones u olvidos, en todo caso debo reconocer que este semanario nunca hubiera sido el mismo si por sus páginas no hubieran desfilado innumerables plumas, de diversas edades, signos, ideologías, de diversas tiendas políticas, todos arropados bajo el magma implacable de la identificación de la memoria y el color amazónico. Debería nombrar, sí, algunos a quienes siempre he leído e identificado con la causa de Kanatari: Pepe Álvarez, Alberto Chirif, Ricardo Soberón, César Ching, Moisés Panduro, Pedro del Castillo, Beto Pérez, Roger Rumrrill, Padre Silvino Treceño, Gonzalo Tello, Saúl Collazos, Gabel Sotil, Martín Reátegui, Bibiana Daigle, Alberto Vela, Javier Gutiérrez, Jorge “Chololongo” Arévalo. En fin, son tantos y tan avaro el espacio para recordarlos y reconocerlos como debería.

He aprendido mucho del Padre Joaquín García. He aprendido de su conocimiento enciclopédico de la historia amazónica, de sus atingencias siempre intensas sobre el pasado y el presente de la región, de sus utopías sanas y sabías sobre la identidad cultural, sobre el diálogo constante con las poblaciones, de su obsesiva búsqueda de resquicios de memoria en una comarca donde a veces lo que mejor funciona es el olvido. Si hay algo que reconocerle a Joaquín García es que han sido muy pocos los hombres que han traspasado por cuatro décadas el ir y venir y los dilemas amazónicos con tanto compromiso y actitud creadora. 25 años después de la creación de ésta  – sin ninguna duda- su obra más exitosa en cuanto a perdurabilidad en el tiempo y la memoria de los loretanos y todos aquellos que han estado presentes desde otras latitudes, es posible que estemos ante una nueva reinvención, ante una nueva cruzada, ante un nuevo reto, porque esa es la esencia, esos son los postulados, ese es el ideal de un nuevo día. Porque, finalmente, Kanatari también significa “Amanecer”.  

Pd: Artículo realizado para la edición especial del semanario Kanatari de Iquitos, a raíz de sus bodas de plata de fundación