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menstraucionPensar en aquellos días es para algunas recordar el día en el que terminaron con sus enamorados sin verdadera intención de hacerlo, para otras el día en el que no pudieron estrenar su bikini nuevo y abstenerse de meterse a la piscina para darse un rico chapuzón. Para otras, simplemente la semana en la que no hacían otra cosa que quejarse insoportablemente de dolores que jamás hubiesen sentido de haber nacido varones, en el mejor de los casos representa el no hacer los ejercicios de educación física en el colegio, aunque no representa un verdadero beneficio.

Recuerdo haber leído un texto en el que explicaban distorsionadamente el origen de este mal necesario que sólo aqueja a las mujeres y explicaba que cuando Eva, la primera mujer sobre la tierra, pecó en el paraíso, Dios, para hacerle pagar por su falta, le dijo: “pagarás tu pecado con sangre”. ¿Pero en cómodas cuotas mensuales? me pregunto.

¿O no habrá querido decir incómodas cuotas mensuales?

Cuando una es pequeña (yo siempre fui pequeña) tiene una hermana mayor y no sabe que la menstruación significa una semana horrorosa, de incomprensión (porque nadie sabe las cosas que a una se le cruzan por la cabeza). Somos unas perfectas incomprendidas, porque tenemos accesos de ira, de muchas otras cosas imposibles de expresar con palabras. Pero antes que eso te pase, una sueña con que ese “maravilloso” día llegue y realmente – en mi caso – es maravillosa la primera vez que encuentras en tu ropa interior esa mancha de sangre, crees que el sol  empieza a brillar por fin para tu vida, ya que aparte de hacerte creer que es inofensiva, trae con ella un paquete de cositas interesantes que se manifiestan en tu cuerpecito. Primero, en tu pechito, que no se diferenciaba en nada con el de tu primito,  te empiezan crecer unos, algo dolorosos pero dignos de orgullo, bubíes. Seguidamente, por detrás van tomando una forma interesante tus caderas y no se hace esperar un kabús que a los chicos les parece impresionante (aunque no todas tenemos la  suerte de recibir el paquete completo)

Pero con cinco años de experiencia en el área, permítanme decirles, niñas preciosas, que deben rogar porque ese día no llegue tan pronto, porque entonces tendrán que preocuparse por un gasto demás todos los meses, no sólo en el paquete de toallas higiénicas (de todas las marcas que salen en la televisión que aseguran ser súper absorbentes e inmóviles y sin embargo en el momento menos esperado alguien se te acerca y te dice al oído: “tienes una mancha en el pantalón”). También en las cremas para los granitos desagradables que trae la pubertad, en los analgésicos para calmar un poco el malestar que esta etapa implica, y si eres de las que van a la piscina con frecuencia también tendrá que estar en tu lista un paquete de tampones, para que no te suceda lo que le sucedió a una  amiga y nos obligó a todas a salir completamente horrorizadas de la piscina, como si un elemento mortífero hubiese sido vertido en el agua, al darnos cuenta que su toalla flotaba muy campante alrededor suyo. Fue un asco, sin duda.

No para todas, la experiencia de su primera menstruación es la fecha más esperada. En algunos casos las madres (que se supone son las principales responsables de informar del asunto a sus pequeñas hijas) no tienen la delicadeza de hablar con sus hijas de este tema.  Las niñas reciben muy poca información en el colegio o no tienen un buen libro de sexualidad a su alcance. Cuando llega el momento creen que se están muriendo, que tienen alguna enfermedad incurable o que se les ha roto algo ahí dentro y tantas cosas que se le pueden ocurrir a una niña que tiene entre doce y catorce años (algunas empiezan a menstruar a los nueve y otras no lo hacen sino hasta  los diecinueve, es cosa de hormonas), entonces el momento, lejos de ser feliz, es traumático. Lo bueno es que el trauma se les pasa rápido. Conozco a alguien que dio un grito desgarrador cuando fue al baño y encontró su ropa interior sucia de sangre, pero luego cuando su mamá le explicó de dónde venía esa sangre y lo que significaba su presencia ahí, se calmó y aprendió a ponerse las “serenas” como una profesional, vivió feliz hasta que la mala de la película empezó a presentársele con intensos dolores.

No todo es malo en esos días, así que no se asusten mucho, de que es incómodo, lo es, no podemos evitar este “fenómeno” que nos prepara para ser madres algún día. El mes pasado tuve que hacer magia, por decirlo de algún modo, para no tener que quejarme delante de todos, pues pasamos una noche en un edificio abandonado que no posee un solo y triste baño en el que una pueda siquiera cambiarse la toalla. Cómo me las arreglé, no se los puedo decir, fue una aventura sacrificadísima, además es un secreto que sólo conoce mi amiga Sofía.

No puedo evitar mencionar lo gracioso que resulta ver cómo las abuelitas hacen un mito de este momento que para ellas es histórico y te preparan lavados de hojas que en la vida habías imaginado que existían, supuestamente para convertirte en una señorita correcta.

Creo que la menstruación es la etapa más incómoda, insufrible, complicada, dolorosa e incomprensible por la que tienen que pasar las mujeres y que no existe un cuy mágico que pueda ayudarnos. La idea es mantenerse en actividad constante. En el año 2002, yo pertenecía a un equipo de básquetbol (aunque nadie me cree, no sé por qué), tenía doce años y fue mi primera vez, quiero decir la primera menstruación. La esperaba desde hacía un año, cuando llegó me alegré mucho. Hoy me pregunto por qué llegó sin dolor alguno, mi mamá dice que es porque en aquel tiempo yo permanecía muy activa con la gimnasia y lo otro, en ese instante pensé que era una de las mejores cosas que podían pasarme en la vida. Con el tiempo me convertí en una señorita intelectual (siempre he sido buena en mis estudios pero nunca tanto como entonces), ya no amaba ningún deporte, las únicas actividades físicas que realizaba eran las caminatas para ir al colegio en días de paro nacional y los exhaustivos bailes interminables que me gustaban tanto (estaba de moda la corriente axé y sí que te movías mucho con las coreografías).

Así empezaron los dolores y de ese modo empecé a detestar los días que antes parecían mágicos.

Cuando cursaba el último año de secundaria  y tenía escasos y dulces 15 años, conocí a Nené. Le decían así por una historia que no viene al caso.  Era primo de una de mis mejores amigas y quería que ella hiciera el papel de Celestina para que fuéramos noviecitos. Por más que ella influenció y él se portó más que bien, la señorita Muñoz, lejos de encantarse, interesarse o, en su defecto, compadecerse de Nené, se portó un poquito más que mal. Conversaciones indiferentes con una mezcla de desaires eran nuestros habituales encuentros. Un buen día –a pesar de los nada gratos momentos- Nené ya no “aguantó su angustioso amor” y le entregó a su prima una carta llena de corazones, bonitas frases y perfumada a más no poder para que ella, como si fuera empleada de agencia sentimental, me lo hiciera llegar. Ya tenía 16 y estaba en la academia pre universitaria, era la hora de receso cuando me entregaron la carta, luego de leerla ella me preguntó “¿Y qué vas a hacer?”. “¿Quieres ver?” le dije invitándole a que no pierda de vista lo que iba a hacer. Me puse de pie y empecé a romper el papel en mil pedazos, luego dejé que el viento se llevara hasta el último segmento de su declaración. Lo reconozco, era una niña mimada y él un chico terco.

No sé si ella le contó el final de su carta, no sé qué le habrá dicho para convencerlo de que la chica que él buscaba no era yo. Recuerdo también que le respondí la carta agradeciéndole el gesto pero reafirmándole que entre nosotros no habría nada más que una amistad, y que esa sí, aunque no era de lo más ponderada, por lo menos se encaminaba a ser sincera.

Supe también que después de recibir mi carta no la pasó nada bien y que a pesar de eso –por razones que hasta ahora no entiendo- guardó por un tiempo el papel que le envié. ¡Ah!  claro, nuestra amistad se empezó a tornar cada vez más distante. Me imagino que no quiso saber de mí después de lo que pasó.

Años después yo vine a Iquitos y entre las muchas conversaciones que tuve con su prima –que seguimos siendo muy buenas amigas aunque tenemos menos contacto- le pregunté: ¿Qué es de Nené? Luego de que Rosi – su prima- me dijaera  que él estaba súper bien y que sale con una chica muy linda, le pedí su número de celular para saludarlo. Pensé que como los años pasaron, ambos ya no éramos unos quinceañeros, teníamos nuevas vidas, y nuestros arranques de niñerías ya no eran frecuentes, pensé que no sería mala idea que habláramos y recordáramos con mucho humor aquellos trotes de la época de cuando bailábamos la mayonesa. Le mandé un mensaje, el que, hasta ahora, espero que me responda. Pienso que ya no se acuerda de mí por eso optó por no responder.

bueno-o-malo

Esta historia que muy pocas veces la cuento y que ahora comparto con ustedes, siempre aflora cuando escucho algunos comentarios sobre qué cosas no hacer para no perder a buen chico. Mi tía, la mamá de Mel,  nos dijo una vez: nunca hagan llorar a un hombre porque les sala la vida. Muchas veces pienso –quejándome de lo mal que se portan los hombres- que Nené saló la mía, y aún más, a toda mi  generación completa. Claro está, bromeando un poco, se que él era un chico bueno que se volvió más bueno y yo una niña no tan buena que a veces agoniza en el intento de ser buena o -con el fin de crear una coraza-  ser mala.

Quiero pensar que mi vida no está salada, que la teoría de mi tía no es más que una leyenda, un mito creado por los propios hombres ante el temor de verse rechazados, que las malas acciones que he tenido que digerir de algunos chicos no son la descarga inconciente o el karma justiciero de un, me imagino, ahora renovado Nené y que es por mi temperamento que no dejaré de quejarme de ellos, de renegar, de odiarlos a veces,  pero también de ceder y enamorarme hasta el cien de los mismos.

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