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Caso caníbal

Publicado: 20 junio 2009 en Percy Meza
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VIERNES, 29 de Agosto de 2009
11:00 a.m.
Caso sucedido cercano del rio amazonas. Accidente de avioneta y supuesto ataque caníbal a sobrevivientes.
Número de víctimas: 8.
Sobrevivientes: Desconocido.
Nombre del caso: CANIBAL.

canibal

Miraba el rio Amazonas por la ventanilla. Era hermosa esa vista con su trayectoria serpentina y una coloración de amarillo tostado. Mientras la seguía, se fue perdiendo en el horizonte lejano. Una pequeña nube rozó el ala de la avioneta y se dispersó para luego desaparecer.

—Como todos saben… —Explicó la guía de turismo—, el río Amazonas es uno de los ríos más largos del mundo. Su longitud supera la del rio Nilo en más de cuarenta kilómetros.

—Sensacional —dije con admiración.

—Sí, es muy bonito —dijo mi compañero de asiento, con su español mezclado con el acento inglés—. Mirarla en vivo es más impresionante que ver en National Geographic Magazine.

—Una vez la leí cuando mi prima la trajo a Lima, cuando estaba en mi temporada de natación. Había comprado la revista en Colombia. ¿Y tú en dónde consigues las ediciones de las revistas?

—Cerca de Times Square.

— ¡Qué bien! Hablando del Times Square —me acomodé en el asiento—. Cuéntame ¿cómo te decidiste venir a Iquitos?

—Siempre quise conocer Iquitos… En las publicidades apareció como el lugar especial para disfrutar de la máxima cultura del Perú.

—Interesante. Quisiera ver esa publicidad…

—La tengo en mi cámara… —dijo, mientras se acercaba a su mochila y sacaba una cámara Lumix, que se tenía un aspecto de recién comprado. La encendió y busco una galería a la foto. En atisbos pude ver fotos de familiares, gente riendo.

—Aquí está

Era una foto muy nítida de una publicidad brillante y elegante en un panel electrónico:

Want a trip to the warm city of Peru?
Come visit our facilities
and we can give you all the information for you to discover the wonderful city called Iquitos.

— ¿Qué dice? —pregunté. Sabía inglés, pero no tan fuerte para saberlo.

—Dice: “¿Quieres un viaje a la calidad ciudad del Perú?/Ven a nuestras instalaciones/Y te ofreceremos toda la información para que descubras esta extraordinaria ciudad llamada Iquitos”

—Alucinante —exclamé—. Es muy bueno que una ciudad como Iquitos, sea muy famosa a nivel mundial.

—Sí —asintió él con ojos asombrados—. Si me disculpas, me pondré los audífonos

—Oh, no hay problema —dije sin recelo, mientras él sacaba un iPod y se colocaba los audífonos en los oídos. Escuchando el ritmo electrónico, levantó la mirada y miró el río Amazonas por la ventanilla que había a mi costado. La canción era, recuerdo, Sensitized de Kylie Minogue.

Por un tiempo, la guía dejó de describir toda la sorprendente gama que contenía la Amazonia. Se sentó en un asiento reservado. Yo me recosté en el asiento y apoyé en la ventanilla, contemplando todo la alfombra verde de árboles por un largo tiempo. Mi compañero de asiento ahora se entretenía tarareando la música. Estaba muy ansioso de conocer a gente que estaba muy conectada con la naturaleza, donde su única receta de vida es tener una vida completamente familiar, donde la tecnología avanzada no todavía llegaba, pero eran completamente alegres.

De pronto, se formó un barullo que crecía. Una señora estaba cerca a la ventanilla, indicando algo. La guía se levantó de su asiento y se acercó a su lado.

—Hay una persona en esa orilla… Tiene una apariencia muy rara… ¿No se habrá extraviado?

—Puede que sea un poblador de la zona, señora —sugirió la guía—. Pueden aparecer personas caminando solas por algún lugar visible en cualquier momento imprevisto.

La señora quedó mirándola, mientras volvía a observar. Desde mi ventanilla pude ver el aspecto humano de alguien tumbado en el suelo…

—Oh, no… —chilló alguien que estuvo tras mi asiento. Giré a verlo y me di cuenta que llevaba unos binoculares—. No creo que sea un poblador herido… Lo veo muy raro… Tiene algo a su alrededor… como un charco oscuro… Espere…

Todas las personas se levantaron de su asiento para acercarse hacia las ventanillas que dejaran ver lo que siendo indicado. La avioneta se movió levemente por un lado.

—Espere… —dijo el chico de los binoculares—… Oh, por Nuestra Señora de Guadalupe… ¡Esta herido…! ¡Tiene un charco de sangre a su alrededor!

Un francés pregunto a su hermano:

Qu’est-ce qui se passe?

Il ya un homme blessé dans un fleuve Amazone! —respondió el otro.

El primer de los franceses gritó a voz en cuello:

Nouns devons de sauvetage!

—Le pediremos permiso al piloto de aterrizar en las aguas. Tenemos primeros auxilios y una camilla.

La guía salió disparada de la sala, desapareciendo por la puerta hacia sala de máquinas.

Desde ese ángulo, pude ver a todas esas personas desesperadas. Me sentí muy rara. Todas las personas parecían compartir un mismo parecer.

Sorpresivamente, la guía salió de la sala de máquinas y vino a nuestro encuentro.

—Descenderemos. Con los flotadores, aterrizaremos sobre el agua y bajaremos de la avioneta. Me ayudaran a llevar los primeros auxilios y la camilla hasta el herido y subiremos nuevamente a la avioneta. ¿Entendieron todos?

Yo y los demás asintieron.

—Bien. Abróchense los cinturones que aterrizaremos. ¡Podemos bajar! —dirigiendo la voz al piloto.

Todos nos abrochamos los cinturones. Mi compañero de asiento había dejado el iPod por un lado y con la música sonando débilmente.

Los franceses hablaban tan rápido que su conversación parecía hecha de una voz de dos. La guía, sentada en el asiento reservado, llevaba los primeros auxilios en la mano.

Dejé de mirar ese panorama, para mirar el otro que estaba afuera. La avioneta comenzó a dar una vuelta y la vista se amplió alrededor de la zona, mientras el herido seguía tumbado a la orilla del rio Amazonas. El charco se había expandido hacia el agua del río, donde la corriente la llevaba, formando una larga hilera roja.

— ¿Qué es lo que había pasado?

La avioneta descendió y, con estrépito, las patas flotantes rompieron la superficie del agua. Una salpicadura gruesa de agua chocó contra mi ventanilla, mientras la luz del mediodía las hacia brillar.  Desde mi ventanilla, pude ver al hombre tumbado a la orilla del río. Habíamos aterrizado muy cerca del herido.

—Vamos, vamos —indicó la guía, abriendo la portilla, por donde entró un haz de luz caliente—. Algunos quédense aquí. Ustedes dos —indicando a mi compañero de asiento y un oriental— lleven la camilla, por favor. Tú, ayúdame con los primeros auxilios —me indicó.

Será todo un placer —dije en mi mente, algo asustada.

El norteamericano y el oriental saltaron con la camilla hacia el agua. Para no mojarla por completo, la levantaron. Me quedé mirándolos, con los primeros auxilios en mi mano.

—Vamos —me dijo la guía.

Ella saltó al agua. Yo la seguí. Me zambullí, mientras el agua me llegaba hasta la cadera. Estaba algo fría.

—Vamos…

Caminé difícilmente por el agua. Procuré que los primeros auxilios no se mojarán. Cuando llegamos a la orilla, la hilera de sangre me topó la blusa y sentí náuseas.

Oh, my God —gimió el norteamericano, soltando la camilla—. Oh, my God.

—Le sacaron la carne… —chilló el oriental, aterrado.

Eso me erizó los pelos de la nuca. Cuando la guía llegó, dio un gemido que se apagó cuando llevó la mano a la boca. Mientras me acercaba miraba el cuerpo, fui por alrededor y vi lo que dijo el oriental. Toda la comida de mi estómago subió por mi garganta y comencé a vomitar.

Al hombre le habían vaciado todo el pecho, dejando un tórax totalmente limpio de órganos. Era como una clase de muñeco de paja que había sido objeto de diversión. Seguro que aquel hombre lo mataron vivo, porque los ojos se mantenían abiertos.

—¿Quiénes pudieron haberle hecho esto? —dije.

—No sé. Pudieron ser animales que rondaron —supuso la guía—. Seguro el hombre se quedó dormido, y los animales lo atacaron por sorpresa.

—No creo que haya sido animales —rechinó el oriental del miedo—. El… agujero fue hecho limpio. Los huesos no lastimados. Solo arrancados los órganos.

— ¿Qué ocurre? —llamó el piloto desde la ventanilla.

—Está muerto —respondió el norteamericano. El retrocedió un poco para alejarse del cuerpo inerte. Cuando dio unos pasos, chasqueó algo. Él cojeó ante el sonido y se alejó, para luego quedar mirando una cosa en el suelo.

—Eso es una lanza… —tartamudeó el oriental.

—Y está ensangrentada…

—No, no, no. Es imposible. No hay caníbales en la Amazonia peruana.

—Creo que sí ¿Cómo explica esta lanza y el limpio agujero que le hicieron a este hombre?

— ¿Me puedes decir qué sucede? —llamó el piloto desde la avioneta. Giré a verlo y vi que todos los pasajeros estaban en la portilla, observando.

—Dejen de hablar, ya —chillé desesperada—. Si este hombre fue muerto aquí, debemos salir de aquí.

—Vamos… Vamos…

Al movilizarnos de vuelta al agua, los que estaban en la avioneta gritaron en unísono. Escuche movimiento tras mío, y zumbido fuerte y punzante, seguido de un golpe sordo.

La guía dio un gemido. Volví para verla, cuando la punta de una flecha sobresalía de su cabeza como un adorno macabro. Me quedé mirándola con los ojos perdidos, mientras caía al agua inerte.

El norteamericano me agarró del brazo y me llevo a rastras por el agua. El oriental no dejaba de quejarse y quería llegar a la avioneta de cualquier forma.

El piloto activó el motor de la avioneta y ella comenzó a avanzar por el agua. Mi compañero alargó el brazo y tomó la pata de la avioneta. La gente extendía las manos para podernos levantar.

Cuando volteé hacia atrás, vi un gran grupo de  hombres con lanzas y aspecto muy decidido a querer cazarnos. Ahora nosotros éramos su presa.

—Sube, sube, sube —dijo mi compañero, mientras flechas letales zumbaron hacia y chocaba contra la superficie metálica de la avioneta. Una flecha zumbo e impactó contra el brazo de mi compañero. Él gimió de dolor, pero continuó para salvarnos la vida.

Siguieron zumbando las flechas. Las personas desaparecieron de la portilla. Y la avioneta fue alejándose de la orilla, con tumbos. Otras flechas zumbaron.  Uno me rozó el hombro y una rompió la ventana del piloto, entrando sin más remedio para detenerla.

Estaba segura que el piloto fue flechado, porque la avioneta comenzó salirse de control. Pero aún así despegó del agua, sintiendo los pies fuera del agua. Pero un vértigo le avisó que solo fue un salto de la muerte.

La avioneta se agitó.

—Tranquila —me dijo.

Se latigueó por un lado. Y mis manos no soportaron la fuerza del impulso que dejaron de sostenerse y comencé a caer. Igualmente lo hacía mi compañero, y entre mi terror sabía por qué lo hacía.

De pronto, un fuerte golpe de impacto lleno el aire. Cuando me zambullí en el agua, sentí que las pocas fuerzas me dejaban abatirme, pero no quería rendirme. El avión se precipitó hacia el agua, y se incrustó en el río. Una gran masa de agua se levantó.

Después de un segundo, el norteamericano cayó al agua. Tragando agua dulce, ayude a mi amigo a emerger. Tenía todavía la flecha en el brazo y expresaba una expresión muy seria.

—Creo que no nos alcanzaran… Pero donde están.

Estaba muy lejos de la orilla, casi por el centro del río, pero era muy fácil ver desde ahí. Los atacantes no estaban en donde habían empezado a atacar. Presentí algo muy aterrador.

Escuché una salpicadura.

—Oh, no. Viste eso. Comienza a nadar. Nademos hacia la otra orilla —chillé al norteamericano.

Estuve muy segura que esa salpicadura era de un movimiento natatorio. Teníamos que cruzar el río como sea, aunque tan grande sea.

—No. No puedo más —dijo mi amigo. Tenía un aspecto desalentador.

—Vamos…

—No, no. Vete. Go. Go. Tienes que salvar tu vida. Yo seré un peso para ti. ¡VETE!

Estuve a punto de llorar. No quería dejarlo ahí. Así que continué nadando, dejándolo en medio del río.

No quise mirar atrás. Estaba segura que seguí nadando torpemente, hasta escuchar su grito de dolor martillándome los tímpanos. Lo escuché gritar hasta que se ahogó.

Ahora todo dependía de mí. Tenía que salvar mi vida. Y se complicaba más aún cuando la corriente se hacía más fuerte a medida que me iba acercando al centro. Parecía que estaba naufragando.

Sólo tuve en mente que para llegar a la otra orilla era como mi competencia de natación donde mi nombre, Abigail, tenía que existir y no tenía que morir. Así que me puse a nadar con más vigor, mientras ellos, me fueron siguiendo como la presa más escurridiza de sus vidas.

Era vivir o vivir.

caso canibal

Este viernes 19, en IQT, la tercera entrega de los cuentos de terror En coma, de Percy Meza.

Caso caníbal.

Espéralo

Tijereta

Publicado: 23 mayo 2009 en Percy Meza
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tijereta

Esterlina estaba preparando las cosas para ir. Los planes para visitarlo tenían que ser muy rápidos porque últimamente el sembrío estaba marchitándose y si seguía así el problema iba a incrementarse.

—Tenemos que ir a la chacra, ahora —Pablo llamó desde el otro lado de la casa. Hoy no se había mostrado de una manera muy rara, pero no dejaba de hacer sus piropos de siempre.

—Espera, mi amor —respondió Esterlina—. Estoy poniendo algunas cositas en la bolsa.

—Te espero en la puerta…

Esterlina siguió guardando algunas cosas, todo lo necesario para que el problema de la chacra desapareciera en cuanto el clima lo permitiera. Mientras ponía unas bolsas de guano, pensó en algo maravilloso. La noche anterior la había pasado extraordinariamente con Juan. Caminando por el sendero del pueblo y haciendo algunas conversaciones que acabaron en besos y otros afanes.

—Fue maravilloso —pensó ella—. Qué bueno que mi marido no se enteró de nadita… Pero cómo se va a dar cuenta este idiota si sólo me manda regalitos…

De pronto paró en seco…

—Las vecinas… Esas chismosas de boca floja… pueden haber visto… —A Esterlina le tembló las piernas—. No… Juan procuró que no nos vieran esas…

— ¿Con quién hablas? —llamó Pablo desde la entrada de la casa.

—Con nadie, querido… —farfulló—… E-estaba recordando las cosas… que ponía…

—Entonces, vámonos —dijo el marido.

Esterlina arregló la talega y la apegó a la cintura para asegurarla. Salió del cuartito, y se fue al encuentro de Pablo, que estaba bajo el quicio de la puerta.

— ¿Ya está todo? —preguntó con un tono raro, pero dulzón.

—Si… —sonrió Esterlina, para dar un pequeño beso. Luego bajó la mirada hacia las manos de su marido—. ¿Para qué llevas unas tenazas?

—Es para cultivar … —explicó el, agitando la tenaza oxidada—. Estoy seguro de que la maleza creció en estas cuatro semanas…

—Oh, seguro…

—Espera —interrumpió Pablo. Agarró firmemente la tenaza con una mano y sacó del bolsillo de su camisa a cuadros un papel…—. Toma…

— ¿Qué es?

—Sólo léelo…

Esterlina blandió la hoja de papel y leyó la caligrafía estilizada de Pablo. A Esterlina le pareció raro que la caligrafía estaba medio arisca, como lo hubiese hecho con una furia cansada. “Bah, el nunca se cansa de mandarme regalos” pensó Esterlina.

Mi amor, tu sabes que en todos los días te doy un regalo especial. Y para mostrar mi afecto especial, quisiera darte un regalo muy especial este día, mejores que los otros. Y ese regalo es…

— ¿Cuál es mi regalo, amor?

—Tendrás que descubrirlo… Ayer fui a la chacra… —se apuró a decir porque Esterlina quería contradecir—. ¡Si fui!… y puse la respuesta en un papel rosado, escondido por la maleza… Cuando corte una cierta parte, hallarás el papel y sabrás la respuesta… —Dio una mueca muy dura, que Esterlina le pareció aún más rara.

Pero lo que le importaba era el regalo.

—Entonces, vamos.

Esterlina y Pablo salieron de la casa. Cuando Esterlina se fue por toda la calle, al mirar a las vecinas chismosas, estas la devolvieron una expresión muy inescrutable. La conclusión a que llegó con todas las expresiones de esas señoras, le daba una sensación de inseguridad. ¿Acaso sabían sobre el amor platónico de Esterlina y su amante? ¿Le habían contado a Pablo?

En todo el trayecto, Esterlina pensó eso como una estúpida idea de que fuera real. Estaba totalmente en desacuerdo de que esas vecinas la hubiesen visto con el amante por el Valle del Tunche.

El Valle estaba muy lejos del pueblo…

Pero, Juan la recogió de su casa…

Y ahí podría ser que le había visto a Pablo…

Pero no era posible para Esterlina. Ella siguió tan hipócrita en el trayecto, que hacía piropos fingidos con Pablo.

Cuando llegaron a la chacra que estaba a dos kilómetros del pueblo, la tarde se estaba poniendo. Esterlina examinó por el lugar con detenimiento. La chacra estaba totalmente cubierta de maleza y algunos sembríos se ahogaban en ese mar de mala hierba. Pablo se acercó, haciendo repiquetear las tenazas estridentemente.

—Qué bueno que hemos llegado a tiempo, ¿no, Pablo? —preguntó Esterlina con dulzura.

—Sí… —dijo a secas—. Sí, mi amor… Ya que estamos aquí, comenzare a cortarrrr la maleza para que encuentres tu regalo.

Esterlina se emocionó. Por fin este tontonazo me regalará algo del bueno, pensó ella.

—Acércate…

Mientras Pablo comenzaba a cortar, arrancar y despedazar la maleza, Esterlina se puso a su costado. En una mala maniobra, la tenaza casi corta el brazo de Esterlina… Sin embargo, Pablo siguió cortando la maleza, mientras la hierba caía a los pies de Esterlina…

—Lo puse por aquí…

—Uy, qué ese olor… —asqueó Esterlina, sin embargo, Pablo siguió cortando…

El olor de la savia bruta, mezclado con el olor pestilente y los mosquitos comenzaban ya a fastidiar. Pedazos de hierba caía sobre los brazos de Esterlina y le causaba escozor. Mientras seguía cortando la maleza, avanzaban dejando un sendero.

— ¿Dónde está, mi amor?

Pablo llegó a decir algo bajo que no se escuchó. Esterlina no quiso preguntar de nuevo, porque se fijo en la cortada de la hierba. Estaba algo mal hecha, dejando a la hierba cortada como un adorno feo en el sembrío.

El crepúsculo se acercaba.

—Ya estamos cerca… —dijo Pablo de manera muy lineal.

—Tenemos suerte de que sea de cuatro hectáreas…

La tenaza comenzó a cortar hierbas malas más largas que alcanzaban un metro. El crepúsculo se fue acentuando más, mientras le daba a la chacra otros aspectos… Un aspecto inquietante… Algo que le presionaba con un frío muy peculiar…

—Ya, querido… Ay

Esterlina dio un pequeño resbalón. Miró hacia abajo y vio que sus zapatillas blancas estaban ensuciadas con un barro que tenía una coloración rojiza. Ella frunció el ceño y se agachó para remojar su dedo con el barro que había en las zapatillas… La raspó con el dedo pulgar y luego la acercó a la nariz…

tijereta(1)

—Aquí está el regalo, querida…

Ella se sobresaltó y levanto la mirada. Mientras afinaba la vista, frunció el ceño.

Un papel… “Tu regalo será despedazarte…”, la cabeza sangrienta y seccionada, inerte de Juan, una foto de ella pegada a uno de los ojos con la cara descompuesta y lacerada. Al lado, una muñeca estaba clavada con un clavo grueso en el pecho… Y ante ella estaba la expresión macabra de Pablo, agitando con ira las tenazas…

Esterlina se dio la vuelta con terror y comenzó a correr. Dio un resbalón en el barro ensangrentado, cuando sintió un dolor punzante en la mano… Tremendamente doloroso que la hizo gritar…

— ¡Eres maldita malagradecida! —gritó Pablo. Agitando las tenazas…

Esterlina levantó el brazo. Comenzó a gritar de terror, mientras veía su mano muerte colgar de su muñeca por un hilo de carne… para luego caer al suelo. Borbotones de sangre mojaban la maleza mal cortada…

— ¡TE DI TODO LO QUE UN MARIDO PUDO DAR! PUTA HIPOCRITA! ¡REGRESA AQUÍ! ¡NO TE VAS A IR!

Pablo no corría, pero daba unas zancadas letales. Unas pisadas que aterraron.

— ¡AUXILIO! ¡¡AUXILIOOOOO!!

— ¡NO! No, mi amor. No grites. No grites porque no te podrán escuchar.

Esterlina dio un quejido aterrado ante eso y siguió corriendo. Dio pequeño traspiés que la aterraban… Procuraba no caer… Ni lastimarse un tobillo…

— ¡Mi amor, ven aquíiiii! ¡No rechaces tu regaloo! —Dijo con un tono escalofriantemente cantarín—. ¡Es malo de tu parte!

—No, no… —quejó Esterlina por el cansancio. Desde ahí se le veía a Pablo como el tamaño de una monstruosa hormiga…

Bajo la cuesta hacia la carretera. Pasó bajo el quicio de la entrada de la chacra.

—Auxilio —dijo con el terror apagando su voz.

Cuando llego a la orilla de la carretera, se tropezó con una piedra. Cayó de bruces sobre el áspero asfalto, mientras el muñón ensangrentado se dio un raspón contra ella. Sonó un viscoso “crac” y Esterlina gritó…

—No, no…

Giró y quedo tendida al borde de la carretera, mirando el cielo anocheciendo. Percibió un brillo extraño. Se distrajo hacia ella y vio a Pablo bajo el quicio de la entrada de la chacra, con la silueta totalmente negra. Las tenazas repiquetearon…

— ¡Amor! Tu delicada mano cayó. No te preocupes… La tengo aquí conmigo…

Alzo la mano muerta para verla. Luego con gesto macabro, comenzó a descuartizar la mano con las tenazas. Arrancando los dedos y haciendo lo peor con ella. Aunque la mano ya no estaba acoplada a su cuerpo, verla siendo descuartizada le dio un reflejo aterrador. Se agarró el muñón y la presionó.

—No, Pablo. No.

Pablo dejo de descuartizar la mano. Levantó la cabeza hacia Esterlina rápidamente.

— ¿Por qué? ¿POR QUÉ? —gritó el con una voz macabra. Tiró la mano irreconocible hacia el suelo, perdiéndose de vista. — ¡Te di todo lo que un marido puedo darte: regalos! ¡Cosas que te pudieron agradar y pensé que lo hicieron! ¡PERO QUE HICISTE! ¡TE VAS CON OTRO, UN CABRÓN MALDITO Y ME DEJAS A MI…! ¡EN LA NADA! ¡LAS VECINAS ME LO CONTARON TODO!

Él se acercó lentamente, bajando la cuesta. Ahora Esterlina pudo verlo nítidamente. Estaba con una expresión mezclada con la furia, la desilusión, la obsesión y la locura.

—Por favor, dame una… oportunidad… Perdóname…

—Lo hubieses pensado antes… Lo hubiese pensado antes… ¡LO HUBIESES PENSADO ANTES!

Se acercó a Esterlina, abriendo las tenazas a lo máximo. Esterlina comenzó a arrastrarse, pero las tenazas le dieron una sensación fina, estridente y punzante…

Esterlina  abrió los ojos como platos. Se empalideció la piel, mientras las tenazas se cerraban alrededor de su cuello.

—No, Pablo…

—Perdóname, querida… No supe qué regalo darte… —dijo con una voz demente—. Pero esto va con todo el amor que no supiste valorar …

Y la voz desapareció en un fluido viscoso. Pablo hizo presión, mientras las tenazas cortaron el cuello de Esterlina con la furia.

La noche había finalmente caído sobre el lugar.

Aquí el trailer promocional de Tijereta, segundo cuento de la colección de cuentos de terror En Coma, escrito por nuestro columnista más joven y afanoso,  Percy Meza.

Este viernes 22 en IQT, la nueva generación.

Porque la literatura, el terror y la adolescencia siempre se han llevado de la csm.

En coma

Publicado: 16 mayo 2009 en Percy Meza
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encoma

Pasó una hora y tenía todo respondido. Sólo estaba escribiendo un ensayo sobre la política actual. Cuando terminé de escribir la última, quede satisfecho. Boté un pre-suspiro y terminé mi ensayo.

Guardé mis útiles en el bolsillo. Me levanté y entregué mi tablón de respuestas a la pedagoga. Ella asintió con una sonrisa que me sobrecogió. Era el tercero de los aproximados 65 que terminó el examen.

Sin mirar a los que continuaban el examen, salí del aula. Libre del examen. Libre. Cuando llegué al salón de bienvenida, me tumbé en un banco y bote un prolongado suspiro.

Sólo tengo que regresar a casa y contar a mis padres y a Alicia, que el examen estaba muy fácil. Estaba muy seguro de que iba a ingresar.

Salí de la UCP. La luz del sol cayó en mí y sentí el cuerpo se relajaba, tras una larga tarea en el examen.

Comencé a caminar hasta la salida, porque para llegar a la universidad tenía que conducir un sendero exclusivo para los carros o motocarros. Pero no era lejos.

Llegué a la salida y a la congestionada avenida Quiñones. Tenía que cruzar la pista y conseguir un motocarro en el otro carril.

Tenía que ser muy precavido y no distraerme. Miré por los dos lados, mientras esperaba que la pista quedara vacía. Cuando lo hizo, corrí y corrí y llegué a la otra orilla de la pista.

Quise ahorrar plata para disfrutar la tarde con Alicia y mis padres. Así en vez de llamar a un motocarro, esperé un microbús. Ellos cobraban más cómodo. Esperé la ruta adecuada, y tuve que esperar quince minutos bajo el sol, hasta divisar uno.

Era un Etuisa.

Lo llamé y se detuvo. El cobrador dijo lo de siempre:

— ¡Todo Próspero! ¡Todo Próspero! Bellavista… Sube, sube…

Subí al microbús.

—Dale… —chilló el cobrador, golpeando el capo del microbús.

El microbús se puso en marcha, pero de manera brusca. Tuve que agarrarme de los pasamanos para no puntearme contra el suelo. Busqué un asiento vació y encontré uno, en el medio, y me senté.

Al sentarme al costado de la ventanilla, vi todas las calles de Iquitos. Era lo particular. La mayoría de casa con solo un piso, pero pocas con dos pisos. Eso se encontraría por el centro.

Quedé mirando vagamente, las calles, viendo cada uno de las personas, los motocarros y el bullicio.

Todas las personas estaban tranquilas haciendo lo que sea. Algunos vendiendo algo de comida, trabajando o haciendo las cosas de la casa.

Pero noté algo raro.

Entre las personas había una que me causaba sopor.

Levanté la cabeza del respaldar del asiento. El micro pasó sobre un bache, me golpeé la cara con el quicio de la ventana y mire otra vez a esa persona.

Era completamente negra. Nada a que se refiera a un hombre de tez negra. Era completamente negro.

Me quedé mirándolo, hasta que en una curva hizo que desapareciera de la visión.

Fruncí el ceño, mientras regresaba a echarme en el respaldar del asiento. Estaba dando mis hipótesis sobre lo que vi. Pero estaba muy cansado que me daba flojera pensar.

Quedé mirando el techo del micro de manera vaga.

Entrecerré los ojos. Me estaba entrando el sueño.

Las calles pasaban muy tranquilas hasta que me dormí…

Tuve un sueño donde todo estaba muy divertido. Mis padres estaban bailando la música de los carnavales, mientras Alicia estaba pintada toda de azul, con puntitos blancos. Parecía una ninfa. Ella me miraba con los ojos llenos de una belleza selvática. Estaba muy feliz.

Pero detrás de ella había alguien más. Era una persona negra.

Alicia se aparto, pero de repente se esfumó.

Mi casa se tensó y sentí terror.

La persona traía una larga capucha. Era toda negra. Tenía casi mi altura. Estaba cabizbaja y vi subir y bajar sus hombros de la respiración. Bajé a ver sus pies…

Todo mi cuerpo sintió ese vientecillo frío experimentado en mi trayecto hacia la universidad.

Esa cosa estaba flotando en el aire.

Sentí algo más de terror. Y cuando supe que ese terror era supremo, la persona alzó la cabeza lentamente y reveló su rostro…

Grité en un segundo. De su rostro salió algo horripilante y mi sueño se mezclo de imágenes. Escuche un ruido ensordecedor y luego sentí un golpe tremendo en la cabeza que me partió la cabeza de dolor…

¡Ah…!

Me levanté de un sobresalto, luego de sentir un vértigo. Me calmé y supe que era solo una pesadilla. Pero fue tan vívido que me asustó.

Miré por todos los lados y aún las personas seguían sentadas. Conservando la mirada al frente. El cobrador estaba sentado en un banco, con el rostro inexpresivo. Y el chofer… y el chofer… ¿dónde estaba el chofer? Lo encontré echado en un asiento, acariciando el rostro de una niña.

Pero alguien conducía. ¿Por qué el microbús seguía moviéndose?

Miré el enorme espaldar del asiento del chofer. Era claro que tapaba la visión, pero no había nadie conduciendo.

— ¿Qué está sucediendo…? —susurré.

Me levanté y me sentí grácil. Como si estuviere hecho de algodón. También que la combi lo estaba, porque no sentía ni el menor bache.

Algo raro estaba pasando.

Miré por la ventana. Era fácil ver por qué el carro iba muy suave, como si fuera un vapor. Y eso me frunció el ceño.

Muchas personas miraban hacia el sur, de donde el microbús venía. Las mujeres se tapaban la boca del puro susto y las demás comenzaron a correr al sur.

Miré al sur.

Algo se movía algo muy allá en el tráfico.

Me acerqué a la ventana y apegué la cara en el vidrio.

Todo el cuerpo se me pasmó.

—No puede ser —susurré.

Era el microbús Etuisa, el mismo donde me subí, que estuve uno minutos y que lo estuve.

Estaba destruido y había caído sobre un pedazo de pared, en la parte de adelante. El pedazo de escombros era de una tienda de zapatos que había estallado…

No entendí. ¿qué estoy haciendo ahora aquí?. No puede ser.

Era un fantasma.

Estaba muerto…

Muerto.

La niña del asiento más cercano rió, en una risa sepulcral.

Me quedé parado mirándola. No creo que se había dado cuenta.

Pero esto era muy injusto para ella y para mí. Éramos tan jóvenes para morir de repente.

¿Cómo iba a morir en este momento?

Esta no podía ser mi hora final.

— ¿Qué está pasando?

La calle de fuera me resultaba muy extraña. Llena de huecos de una realidad absurda. Desde este punto me di cuenta que esa realidad resultaba absurda.

¡Me agarró la locura!

Comencé a correr por todo el micro, dando vueltas. Grité a algunas personas pero no se movían por nada. Golpeé las paredes fantasmales, produciendo como si golpeara un metal bajo el agua.

— ¡NO PUEDO MORIR EN ESTE MOMENTO, MALDICIÓN!

Gritaba y gritaba. Aunque me daba escalofríos punzantes estar como un fantasma, los pulmones y mi garganta me dejarían gritar hasta romper el tímpano. Hasta romper todas las ventanas…

¡Au!

Sentí otro dolor punzante.

¡Au! ¡Oh! ¡AHHH!

Sentí uno y otro. En el estómago, en el brazo, en los ojos, en todo el cuerpo. Era como si varillas de hierro candente me atravesaran el cuerpo. Entraba por mi carne fantasmal, rotaba, me destrozaban y salían. Luego lo hacían de nuevo.

¡AHHHHHHH!

— ¡BASTA! ¡¡BASTAAA!!

Mis brazos se retorcieron en respuesta del dolor. Mis ojos salían de órbita, y miraban a los otros fantasmas que seguían en sus asientos sin hacer nada. ¡Auxilio!

De pronto…

Mi pecho explotó. Aunque era un alma, se hizo un enorme agujero. Los trozos de carne salieron disparados por todo el micro. Cayeron sobre los otros pasajeros, empapándolos de sangre. ¡AHHHHHHH! Sentí algo que quería emerger por el agujero que había en mi pecho. Se arrastraba por mis órganos y salió una cabeza, que tenía las misma facciones que las mías. Era yo.

—No me interesa lo que digas… ¡Cállate, maldito! Estúpida. Jajajaja. ¡Mierda! ¡No vales para nada, eres una cualquiera! ¡JAJAJAJA!

Explotó mi estómago. Mis intestinos salieron volando y cayeron al suelo. Salió otra cabeza. Esta lloraba descontroladamente. Salió otra cabeza por mi brazo… No me dolía, ¡pero estaba muy aterrador! ¡Por dónde más saldrá! ¡AHHH! Fueron saliendo más cabezas de mi cuerpo y lentamente mi ojo izquierdo se oscureció en rojo. Explotó y salió una pequeña versión de mi cabeza por ella.

Mi grito aterrador fue creciendo, hasta que mi otro ojo se oscureció en rojo, atisbando por un momento un hombre negro frente a mí. Grité de desesperación, pero…

Todo se esfumó. Mi alma estaba como había estado anteriormente. Me toqué el pecho, en respuesta  de mi desesperación. Estaba intacto. Miré en derredor para ver mis órganos tirados por el suelo, pero estaba limpio. Las personas seguían inmóviles como siempre.

Esto me asustaba.

El micro fue alejándose de mi vista.

Maldita sea. Debo regresar a mi cuerpo como sea. Mire hacia el parabrisas delantero y luego atrás. Corrí a la puerta de emergencia. Apoyé mis manos sobre el cristal. Bajé la mano hacia el pestillo, pero no había o no sabía dónde estaba.

Dónde está. Dónde está. ¡Quiero regresar! ¡Quiero regresar a mi cuerpo…!

De repente, mi cuerpo salió volando hacia atrás. Traté de agarrarme por las espalderas de los asientos que pasaban por mi lado en un raudo. Y con sonido estrepitoso, me caí sobre el suelo. Mi cabeza quedó mirando al techo y al rostro oscuro del hombre negro. Entre ese siniestro rostro, una sonrisa se ensanchó, inmensamente macabra.

—Ahhh —gemí.

Me incorporé de un salto… Mis rodillas me impulsaron, al tiempo que una mano fría agarró mi tobillo. Caí de bruces. Mi mandíbula se estremeció en el suelo y se abrió en un grito. Las manos friolentas de aquel hombre negro, comenzó a jalarme hacia él.

—Ahhh… No… AHHH

Sus manos ahora me agarraban por el pantalón. No quise voltear para verlo. Pero él me giro y me quedé  mirándolo. Estaba con la capucha en la cabeza. En su capa parecía estar escrito diferentes nombres. Muerte… Maligno… Mors… Hamach HaMavet… Odín… Ankou… Yama… Tu Muerte… TU MUERTE.

—NOOO…

La Muerte se agitó. Saco una guadaña y de un golpe, todo el ancho del micro se llenó de sus alas negras. La capucha se bajó y revelo la cosa más espantosa. Tenía los ojos clavados en mí como unos prendedores de luz roja. La cabeza era una mezcla de cráneo y carne magullada.

—No, por favor. ¿Qué hice? ¿Qué hice?

Levantó la guadaña y la blandió. ¡NOOO! Fue un filo feroz y punzante. Dio un silbido cuando cayó sobre la cabeza de un pasajero. Un borbotón de sangre salpicó sobre mi cara. El rostro todavía expresaba dolor, mientras la guadaña seguía clavada sobre su sien.

Pero ese acto hizo desencadenar un pandemónium. Los pasajeros recién se movieron y comenzaron a correr hacia atrás. Alguien me tomó por la mano y yo le seguí. Caminé con la cabeza gacha hacia las personas, que estaban agazapadas. Levanté la cabeza y vi que era la niña que me había ayudado.

Estaba con un terror que llenaba su rostro.

La Muerte vino hacía nosotros con un paso desgarbado, con las alas taponando todo el ancho del micro. La guadaña estaba en ristre y llena de sangre.

Me escondí bajo las personas, con la desesperación llenándome. Agarré a la niña por la mano y la bajé. Una pierna me golpeó la cara, pero los nervios (si lo tenía) ocupaban mi pequeño dolor.

Y viendo por entre las piernas, presencie a la Muerte ante nosotros.  Dio una sonrisa macabra, gritos de desesperación y la guadaña cortó a todos los pasajeros uno por uno. ¡AHH!

La guadaña me cortó un pedazo de mi brazo.

De pronto, la puerta de atrás se rompió por el peso de los agazapados. Fui para atrás y cayendo en un metro. Un zapato me golpeó la frente. La niña cayó brutalmente sobre el suelo y yo me lastimé la espalda contra  la puerta zafada y algunas personas. Escuche muchas caídas en el asfalto.

—Levántate. ¡Levántate!

Mi brazo estaba impregnado del vidrio de la puerta. La agité y ella se levantó.

—Corre… —fue sólo lo que dije.

Ella se levantó y comenzó a correr. Hice lo mismo. Pero mientras lo hacía, miré en derredor. La vida estaba por todo el alrededor. Las personas que tenían vida estaban por todos los lados pero de una manera descolorada y distorsionada, como si el tiempo estuviera lento y rápido a la vez.

—Ay

Mire hacia la niña. Se había caído, trataba de levantarse pero no podía. Me puse a su lado y traté de incorporarla.

—Nos va a matar…—dijo ella—. Y se va a repetir todos los días.

—Vamos a escapar de eso…

Se escucho un golpe de viento. Volví a verlo y la Muerte estaba volando encima del micro. Sus alas estaban estiradas a lo máximo. Enormes y colosales. Y desde ese punto, lo descolorido se tornó negro como el carbón.

—Vamos, corre…. ¿Qué pasó?

Sentí como un repentino golpe me jalaba atrás y, tactos agudos en mi pecho derecho y al izquierdo de mi abdomen. Escuché una voz en mi oído izquierdo…

1, 2, 3… ¡Ya!

Escuché un pitido y luego la misma sensación estremecedora… Espera. No. No. No puedo dejarla aquí.

Otra vez ese conteo. Y otra vez ese estremecimiento, que ahora vino con mucho más vigor. La niña no se percató, estaba tan hipnotizada por la Muerte que no veía mi pesar…

—… ¡Ya!

La Muerte vino hacia nosotros. El pitido… El estremecimiento fue tan fuerte. Me aferré por el brazo de la niña… pero fui jalado hacia atrás. Traté de quedarme, pero solo vi como último cuadro a la Muerte abrazar a la niña.

Está respirando.

Fue una voz muy lejana… Muy clara… Sentí que mi pecho estaba desnudo. Estaba mareado y no podía abrir mis ojos… Ni pude abrirlos cuando escuche una línea aterradora.

¿Qué pasó con la niña?

Mi pulso rápido se pudo escuchar por el electrocardiógrafo.

La perdimos…

Mi pulso fue yendo en volátil. El electrocardiógrafo enloqueció.

¿Qué le pasa al muchacho?

Está teniendo una taquicardia.

Tenemos que salvarlo.

No tenía consciencia sobre lo que había escuchado. Mi corazón me estaba doliendo. Me estaba ahogando en la confusión, mientras los doctores trataban de salvarme. Y me desvanecía en una clase de sueño que ni mis propios sentidos podrían tocarlo.