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“Qué hermosa es tu hijita”, “se parece mucho a ti”, “mírala qué educada”, “qué niña tan tierna”. 

Aquellas son frases que solía escuchar cuando tenía cuatro años más o menos, recuerdo a mi mamá orgullosa de tanta maravilla de hija.  Era una niña ( que fue creciendo con el tiempo), una incapaz de valerse por sí misma, que vive bajo reglas, acostumbrada a que los mayores hagan las cosas por ella, sin responsabilidades (porque es una niña y no sabe hacer esto o aquello), sólo tenía la obligación de estar feliz y disfrutar de cuanto tenía a mi alcance.Todo era muy sencillo, nada lo decidía por mí misma, si quería ir a un lugar sólo podía hacerlo si mamá decía que sí, y si decía que no, me aguantaba y me quedaba en casa sin hacer berrinche.Si había un cumpleaños y no quería ir, pues mamá no quería que me quede en casa y tenía que asistir, la ropa que debía usar mamá la escogía, los zapatitos negros tan hermosos mamá los escogió para mí, las amigas que pueden llegar a la casa por ser hijas de familia mamá las eligió. También escogió el shampoo para cabello castaño, el peinado de chilindrina para ir al cole. 

Papi sólo daba la plata y ella compraba las cosas para mí, lo elegía todo, lo decidía todo y yo, como era  una niña, no tenía que preocuparme por nada más que sacar 20 en los exámenes. 

Pero de pronto me doy cuenta que todas esas atenciones ya no son para mí; antes, si me dolía el estómago mamá me preparaba un té y me daba algún jarabe, ahora tengo que verlo todo por mí misma, desde lavar mi ropa hasta  comprarme la pastilla para el dolor de cabeza   intenso, tengo que prepararme el desayuno y plancharme los pantalones, ahora las señoras le dicen todavía ¡qué hermosa hija tienes y qué educada es! Pero lo de tierna ya quedó atrás, en la infancia.

Todavía recuerdo a papá quedándose hasta tarde esperando a que yo me durmiera, ahora me quedo mirando en la televisión algún noticiero o programa para adultos (que no necesariamente es xxx), sola, bebiendo una taza de té que yo misma preparé porque mamá está muy cansada y yo estoy lo bastante grandecita para prepararla.

 Ahora me tratan como adulto, pero aún tengo las restricciones de la niña, ahora soy adolescente según los libros y los doctores, y según mis padres ahora tengo más obligaciones.

¿Y mis derechos? pregunto constantemente. 

No me di cuenta exactamente cuando me convertí en lo que soy ahora: una señorita responsable, según dicen.  

Y eso es lo que significo para mi mamá y mis tías que siempre están interesadas en la vida de los demás, pero no saben lo frustrante que era en un tiempo no poder salir a los lugares que quisiera, con las personas que me diese la gana y hasta la hora que yo decidiera, porque no soy una persona mayor (a pesar de mi DNI azul), y sin embargo tampoco soy una niña. Era muy confuso, no ser ni lo uno ni lo otro. Ojalá y alguien en esa etapa de la vida  te explicara cómo funcionan las cosas y entonces uno estaría preparado para afrontarlas. Pero no, sola tuve que ordenar con el tiempo mis ideas y calmar mi rebeldía (en ese entonces creciente) porque me sentía atada de brazos. Ya no me cuidaban  pero tampoco me daban las libertades de una persona adulta.   

Un día mi padre me dijo que yo era libre de tomar mis propias decisiones y al otro día él mismo, de sus propias palabras me dijo que mientras estuviese bajo su techo era él quien mandaba y que sólo me iría de la casa el día que me case de blanco; para eso yo le había planteado la idea de que algún día (algún remoto día) yo tendría que irme de la casa a vivir sola  porque tendría que asumir mi verdadera independencia (ustedes saben, cosas de muchachos).

¿Dónde está el sentido de sus palabras, entonces?  

Yo me pregunto a veces si estaré cumpliendo bien mi rol de adolescente, ya que los libros se contradicen el uno con el otro y al final no sé quién tiene la razón, y decido que yo, y que todos los demás están equivocados. 

Ojalá hubiese alguien que en el momento preciso te dijese: “desde hoy eres un adolescente y tu comportamiento debe ser el tal; tienes tales obligaciones y tales derechos, desde hoy los adultos te deben tratar así y los niños asá” (algo así como un código de ética del nuevo adolescente). Sin embargo, todo lo tenemos que descubrir, o mejor dicho, nos tenemos que amoldar e ir creciendo conforme pasan los años y acarreamos los problemas. 

Otra pregunta que siempre a estado en un lugar al que llamo “mi limbo mental” es ¿por qué nadie parece entendernos? Si todos, absolutamente todos atravesamos esta etapa de la vida y tal parece que los adultos ya no lo recuerdan y nos recriminan absolutamente  actitudes que ellos califican como malas.

Si nos gusta el rock, somos unos locos dementes, si nos gustan las minifaldas, parecemos unas lolitas y damos mala fama a la familia, peor si nos subimos a la moto de un amigo, somos de lo peor y los avergonzamos, los adolescentes tenemos que vivir dando explicaciones. Pero a los adultos quién les dice algo cuando cometen alguna falta. En general mis padres me juzgan por cosas que con el tiempo se han ido formando en mi carácter, me juzgan por las mismas cosas que ellos generaron en mí, yo debería gritarles en sus caras todas las cosas que me parecen malas de ellos, pero no, no puedo porque yo no soy adulta, sólo soy adolescente.

¿Quién entiende a los padres?