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Me encuentro con esta maravilla en el canal vimeo de Rafael Pereira, artista visual que fue parte del equipo principal del memorable concierto Contraestructuras, en que participaron Pauchi Sasaki y una serie de artistas de Iquitos. Precisamente, Rafael cuelga imágenes de la ciudad y de los ensayos del concierto, en una edición que muestra en todo su esplendor la belleza latente de un lugar que se niega a abandonarse a su suerte, pese a la ruma de necios que la gobierna temporalmente.

Disfruten de este maravilloso momento (Si no puede verse bien el video, pulse aquí)

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Foto: Globalizado

He prendido el computador y un flashback me devuelve a los años noventa. El amigo Ramiro Celis, joven comunicador loretano y ex alumno agustino, me envía un mensaje en el cual me pregunta por algunas anécdotas o recuerdos de mi paso por el Colegio San Agustín de Iquitos. Celis se ha propuesto armar a partir de testimonios diversos de gente que pasó por allí y sistematizarlos en una suerte de publicación que  – ojalá – tenga pronta distribución en el mercado.

De pronto, me imagino una serie de articulaciones que a través de la palabra escrita puedan narrar sus historias personales.

Me gusta que la gente vuelva a apasionarse por retomar la pasión de la memoria y de la escritura. Me reconforta saber que cada vez haya más gente que esté dispuesta a compartir con mayor entusiasmo sus anécdotas agustinianas. Por ejemplo, los de la Promo 1985, que han sacado suplemento en este diario. También, sin duda todos los escolares que salen de las aulas y cada año plasman sus memorias de rigor en la revista-anuario que atinadamente ha decidido editar el plantel dirigido por Víctor Lozano (y aquí unas palabras sobre él: si hay algo que la historia le reconocerá a Víctor tras su paso por la dirección del SA es su carácter permanente de reformador, motivador y pedagogo). No que hablar de las páginas web de varias promociones – como la mía, Promo 1993 – con fotos, audios, videos, foros de discusión y, claro está, la consabida lista de e-mail colectiva.

Siento que hablar del colegio San Agustín es siempre adoptar un sentimiento. No pasa lo mismo con la universidad, pero quizás pase lo mismo con el equipo de fútbol: en las buenas y en las malas, uno siempre es agustino. Yo soy intransigente y fanáticamente agustino, y siempre que me lo pidan estoy dispuesto a aportar en su beneficio.

Dicen que no hay mejor época de la vida que la del colegio. Yo estoy parcialmente de acuerdo con eso. Pero sí puedo afirmar que es una de las etapas más intensas y memorables. Me he propuesto recordar a todos aquellos profesores que marcaron varios momentos de mi estadía en el San Agustín. En principio, por respeto. En segundo, por cariño. En tercero, por nostalgia.

Me encuentro en una heladería con la profesora Teodelinda Ríos Robledo, que fue mi tutora en tercer grado de primaria. La profesora me sigue recordando sentidamente. Hace 25 años que no me ha vuelto a enseñar, pero me sigue tratando con el mismo afecto. Recuerdo a las incombustibles profesoras Lilia Mass de Córdova y Nilda Chávez de Jarama (que aparte de eficiente y comprensiva, ahora es estrella de la televisión nacional: “¡de Iquitos, su botica!)

Recuerdo al profesor Bardales, que era severo pero muy justo. Recuerdo a Aladino Ríos Vela, tan contrito, tan religioso, tan sachacura, tan generoso. Claro, también a la profesora Rina Langer, que trató de despertar en mí la pasión por las matemáticas, con resultados desastrosos (muy a su pesar). Recuerdo al buen Alberto Valdivia Shapiama, tan divertido cuando en sus clases de Arte nos sacaba al frente a demostrar dotes histriónicas (yo la hice con canciones de Leo Dan y poemas de Vallejo). Recuerdo sin duda alguna a la gran Consuelo Nogueira, de Educación Física, que tenía las piernas más moldeadas y fuerte que varios profesores varones, quien un día de segundo grado de primaria nos sorprendió haciéndonos bailar “Thriller” de Michael Jackson, luego de una clase de fulbito. Recuerdo al profesor Cabrera, tan correcto y formal, papá de la gran Nelly Cabrera Insapillo, atleta  loretana de primera que pudo haber dado más antes que el infortunio la golpeara una tarde del 86 en Paramonga. Cómo no, me acuerdo del profesor Lozano, aficionado al fútbol y a tirarnos puntapiés con borceguíes cuando – supuestamente –  nos pasábamos de faltosos.

Recuerdo también al profesor Artemio Bocanegra, que me enseñó Geografía y se cercioró que aprendiera algo de los ríos mundiales. Me acuerdo del profesor Duilio León Inti, bajito, siempre atento a responder preguntas sobre las Ciencias Naturales. Recuerdo a Elmira Amaya, que tenía fama de monja, pero siempre fue muy amable conmigo. Recuerdo a Lolo Pérez Gatica, que era muy gracioso a la hora de dictarnos las clases del “julbo”. Recuerdo al gran “Negro” Sánchez, que durante tres años toleró mi negado – pero entusiasta –  talento para los deportes con muy buen humor. Me acuerdo de Roque Maury y Armando Angulo, dos patas fuera de serie que sabían cómo conectar directamente con el alumnado.

Me acuerdo de Erwin Schreiber, que trataba por todos los medios de enseñarnos informática en una época en que se usaba aún computadores 386 y discos de 5 ¼. Me acuerdo de Margarita Tapullima y Sonia Ramírez, que descubrieron en mí un insospechado interés por la Química. Me acuerdo del profesor Zumaeta, que era tan bueno Me acuerdo de Víctor Cubas, que enseñaba Biología como si le obligaran, pero era muy didáctico. Me acuerdo, sin duda, del profe Celis, quien tenía una extraña pero entretenida forma de enseñar las matemáticas. Recuerdo a don Ferdinand Jarama, sin duda, quien tenía el aspecto de estar refunfuñando siempre, pero sabía manejar al variopinto como temible auditorio con clase y dignidad. Recuerdo a Antonio Bartolo, quien me caía bien a pesar que cuando debí viajar a los Estados Unidos sus clases aceleradas de inglés no me sirvieron de mucho. Recuerdo al gran profesor Meza, maestro de varias generaciones, mañoso, apasionado, divertido, chévere. Me acuerdo, sin duda de Oswaldo Soto, quien probablemente sea el profesor que más recuerden todas las generaciones que me antecedieron y las posteriores, debido a ese carácter tan jovial, intenso, alucinado, gracioso, pedagógico.  Me acuerdo del profesor Fernando Pérez, de los auxiliares Henry y Yogui (saludos cordiales).

Claro, recuerdo a Eugenio Alonso Román y sus clases de OBE acompañadas de las historias de Gun, Tina y el brujo Cashiuma. Me acuerdo del gran y memorable Silvino Treceño Ríos, mi padrino y profesor de historia. Me acuerdo del más grande, de Maurilio Bernardo Paniagua, maestro, amigo y motivador. Para hablar de estos dos, habría que dedicarles toda una edición.

Quizás esta lista sea injusta porque no están todos los que deberían (así como tampoco algunos de los que vinieron después, como los profesores Estilita, Ahuanari y Quevedo, entre otros), pero creo que es muy importante nombrar a quienes aquí están porque sí están todos los que son. A través de ellos, mi homenaje a todos los maestros agustinianos (y todos los maestros en general), porque ellos hicieron posible que muchas generaciones pudieran dar lo mejor de sí y ahora han decidido seguir transmitiendo a través del tiempo la identidad SA, el cual, como ya lo he dicho reiteradamente y una vez más lo haré, es un noble sentimiento que llevaremos indeleblemente, ahora y siempre, en el ardiente corazón

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Nueva Ola

Publicado: 13 noviembre 2009 en Paco Bardales
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Era uno de aquellos días expectantes, fatigosos e interminables. Tenía 23 años. Mi padre había entrado al quirófano para ver si le podían extirpar el carcinoma  maligno que iba devorando su sistema digestivo. Era una operación de alto riesgo. Los médicos señalaban que la situación del paciente era delicada. “Puede quedar ahí nomás, es un riesgo”.  Nosotros esperábamos fuera de sala de operaciones. Nítidamente, tras ocho horas de espera, él salió en camilla, bajo los efectos de la anestesia, y levemente esbozó una sonrisa escondida tras la mascarilla de oxígeno. No muy lejos, alguien escuchaba una canción de Mari Trini, Yo no soy esa. Mi madre partió a llorar de alivio. Yo sentí que ahí había una conexión, extraña y demasiado poderosa como para tomarla como una señal. Que estaba más fuertemente ligado con aquello de lo que hubiera estado dispuesto a reconocer.

Resulta que Mari Trini siempre había vivido de cuerpo y alma presente en mi casa. No solo ella, por cierto. Con la venia de la familia, convivieron a través de paredes y tocadiscos, a través de estéreos y parlantes una serie de voces que contribuyeron a moldear la cultura melómana de nuestro latino carácter. Son muchos los artistas que tuvieron la buena suerte y, de paso, nos brindaron la suerte de formar parte de un mismo espacio generacional. Quienes fuimos formados en la educación sentimental de los años setenta (post muerte del gran Nino Bravo, por cierto), sabemos que en esta vida lo mejor que podemos tener es música.

Thank you for the music, como cantaron alguna vez los suecos de ABBA.

Los hogares de antaño podrían no tener televisores plasma, pero sabían que el espíritu debía estar limpio. El corazón, obviamente contento y lleno de alegría, como entonaba Palito Ortega. La globalización no era un dato tan certero, pero sí las notas de intensidad que le cantaban al amor, a la libertad, al que se fue, al que volvió, al que estuvo y al que no regresará. Eran las épocas que no se hablaba de descargas a través del internet, sino de sencillos en discos de 45. Los artistas vendían millones, eran chicos dorados y evidentemente la pasaban bien, pero también era cierto que parecían estar mucho más cerca de sus fans. Increíblemente, uno tenía el feeling más desarrollado, menos plástico, más abierto, menos descartable. Uno estaba convencido, en efecto, que había una forma de reforzar sus sentimientos a través de las canciones que escuchaba, que tarareaba, que lo emocionaban o lo henchían de entusiasmo y energías.

Me pongo a pensar y siento que, aunque no pertenezca a esa época, a la de mis padres y sus congéneres, y también a pesar de no pertenecer a las generaciones antecesoras, es imposible no reconocer habían grandes artistas que pululaban el firmamento de los espectáculos y la ilusión. Qué va, habían monstruos, celebridades, colosos, personas  extraordinarias que eran capaces de lograr resultados insuperables con su voz, con su personalidad, con sus letras y sus melodías.  Claro, entre tantos que no estaban a la altura de las circunstancias, como todo en la vida también había chicos y chicas que no pasaron la prueba de la blancura y del tiempo, pero los que pasaron, créanme, esos tiene su sitial en el panteón de la gloria.

Mi educación musical evidentemente se inició en casa,  entre boleros y rancheras, entre rock progresivo y, obviamente, baladas nuevaoleras. Con menos ruido en las calles y menos violencia callejera, los acordes se iban perfilando también en los patios y en la esquina de los barrios. Uno recuerda lo que escuchó y lo atesora en la memoria como símbolo viviente de algo que sería tan bueno que se prolongara, que perdure. Los mejores momentos, dicen, duran instantes, y hay un proverbio chino que señala que la vida es solo un frenesí, una ilusión y no se supone que dure eternamente.

Existen grupos musicales de ahora que tocan música del pasado. La tocan porque tiene el sentimiento, la finura, la elegancia y la ternura de cosas bien hechas, bien hechas porque se supone que perduren para siempre. Por ejemplo, el dúo Los Trece Baladas, generado a partir de integrantes del muy popular grupo de pop-rock peruano Mar de Copas. Como seguramente todos los chicos, adultos-contemporáneos ya, de mi generación, tenemos el oído muy afinado para tantas cosas, y en mi caso, disfruto mucho en general de varios géneros, pero al momento instantáneo en que una canción de estas se escucha a lo lejos, volvemos, como en una máquina del tiempo, al país de nuestros sueños.

Quizás a muchos de los chibolos o achibolados, que se las dan de muy sabihondos y creen que el mundo nace con Panda o Lady Gaga, varios nombres que aquí consignaremos les digan poco, pero pregúntenle a sus viejos o a sus tías y se darán cuenta que estamos hablando de un nombres mayores. Se lo pregunté a una querida señora que ya bordea los sesenta a raíz de la muerte de Mari Trini, una artista a quien no solo respeto y admiro, sino considero como uno de los grandes íconos de la música en español de todos los tiempos,  y lo primero que hizo  fue persignarse. Luego tarareó alegremente una canción, como si le hubieran activado instintivamente el botón de la nostalgia. Eso se llama devoción. Eso se llama eternidad. Eso se llama fe.

Veo a Camilo Sesto en la tele y debo sacarme el sombrero. Miro los videos de Leonardo Fabio y me quedo mudo. Escucho los primeros tiempos de José José y siento que el tipo parecía extraterrestre, por lo fascinante. ¿Acaso Leo Dan, Sergio Murillo, Luis Aguilé, Manolo Galván no eran intérpretes sublimes? ¿Y por ahí Los Iracundos, Los Doltons, Los Pasteles Verdes? ¿Y por ahí también Jeanette, al lado de Tormenta y en la misma sintonía con Rocío Jurado? ¿Roberto Carlos no es de lo mejor? ¿Y Raphael? ¿Y el Puma? ¿Buddy Richard? Hay demasiados, tantos como para llenar toda esta columna solo en cuestiones nominales.

¿Díganme si no es posible sentir que estamos ante todo el universo repleto cuando recordamos a cientos de estrellas? Probablemente si los mencionara a todos habría en esta página más estrellas (las de verdad) que en el cielo. Estos artistas son como un gusto adquirido, transmitido de padres a hijos y afirmado a partir de la calidad, la memoria y la melancolía. Y una alternativa para mantener el sentimiento a cuestas, luchando indomable.

La gran música de aquél entonces movió montañas, tocó fibras difíciles de descifrar y moldeó a muchos, miles y millones de personas. Lo que también hizo fue crear un puente para que las hermandades cósmicas se pudieran conectar, para que la comunicación fuera más concreta, para que el intercambio fuera posible. Sobre todo, y ahora que lo pienso, la música, la Nueva Ola, aquella que ahora rememoro en este artículo, me enseñó que las canciones son solo la banda sonora de cada una de nuestras existencias. Y si eso es cierto, el soundtrack que nos enseñaron a querer nuestros padres, el que tenemos el gusto de imaginar y recrear ahora, da sobrado como para estar en la categoría de mejor disco de toda una generación.

Este es un librazo fundamental, que todo aquél que quiera entender en imágenes a Iquitos debe tener y revisar.

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Producto de la asociación editorial del incansable promotor cultural y artista loretano Christian Bendayán y Estruendomundo, el libro reúne fotografías de Iquitos tomadas por 18 fotógrafos peruanos. Se trata de un álbum íntimo, donde cada imagen nos recuerda a una ciudad vital, cotidiana, recuerda también a su gente, su sabor, su calor, sus colores y la manera en que la vida y el arte se conjugan con tanta naturalidad. “Recuerdo de Iquitos” es también un tratado sobre la estética popular tropical,  ampliamente desarrollada por los artistas callejeros de IQT.

Participan en esta obra de lujo de 250 páginas, a todo color y en papel de primera, los fotógrafos: Paolo Aguilar, Miguel Carrillo, Antonio Escalante, Raúl García, Renzo Giraldo, Ana Cecilia Gonzalez Vigil, Billy Hare, Alex Kornhuber, Christian Bendayán, Yayo López, Musuk Nolte, Adrian Portugal, Rolando Riva, Humberto Ruíz, Verónica Salem, Carlos Sánchez Giraldo, Gihan Tubbeh y Carlos Vela. También se pueden apreciar los murales y pinturas de  Julio Walter Guevara “Piero”, Luis Sakiray, Lu.Cu.Ma. y José “Ashuco” Araujo.

El libro ya está a la venta en librerías y esperamos tenerlo muy pronto en Iquitos.

Link: El editor, Christian Bendayán, es reconocido por el Indecopi

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En la secundaria tenía un profesor aficionado a la arquitectura. Dos de cada cinco clases se la pasaba hablándonos de la proporción y estructura de ciertos edificios limeños. Nunca olvidaré lo que nos dijo sobre el Museo de la Nación: una mole horrible, gélida y sin armonías, que en nada representa el acervo histórico-cultural del país. Mejor debió quedarse como Ministerio.

Desde entonces, siempre me he sentido intimidado por aquel enorme molde de concreto,y cuando me enteré que la muestra fotográficaYuyanapaq se había trasladado allí desde la casa Riva Agüero en Chorrillos, no pude menos que sentir tristeza.

Para quienes no lo saben, Yuyanapaq (que en quechua significa “para recordar”) es el Informe Visual Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Está compuesto por más de 250 imágenes y constituyen un recorrido cronológico del drama vivido por las víctimas de la violencia interna entre los años 1980 y 2000.

Circunstancias totalmente ajenas a mi curiosidad me trajeron de vuelta a Lima por unos días,y debido a que siempre lamenté no haber podido visitar Yuyanapaq cuando se exhibía en Chorrillos, sentí que era un deber ciudadano no perderme en excusas esta vez y recorrer la muestra.

Quizá mi interés no habría sido tan encendido si el debate acerca del Museo de la Memoria y la extraña entrevista de Marco Sifuentes a Magaly Solier en sus instalaciones no la hubieran devuelto a la superficie. La tarde del miércoles 1 de Abril, cogí mi mochila negra anti-robos (por lo vieja) y partí con mi hermana a buscar un bus que nos deje en Javier Prado con Aviación.

El edificio se hacía cada vez más enorme a medida que me acercaba. Entré por la puerta principal y el vigilante me atajó preguntando a dónde iba. Cuando le expliqué, me dijo mecánicamente: Sexto piso. Tome el ascensor. Deje su mochila al fondo a la derecha.

Las puertas del ascensor se abrieron en el sexto piso, donde otro vigilante nos aguardaba. Nos pidió que firmáramos el libro de visitas antes de entrar. Tanto trámite me hacía sentir sospechoso. Al fin, luego de estampar mi rúbrica y preguntarle si podía tomar fotografías, pude iniciar el recorrido.

Loretano de corazón y raíz, el terrorismo y la subversión eran acontecimientos nebulosos, de los que me enteré por libros, revistas, noticias o lecciones de un profesor hablantín. Para nosotros eran cosas que pasaban fuera del terruño, hasta recuerdo haberme regocijado alguna vez por vivir tan lejos del Perú. Por supuesto que tenía un cierto conocimiento teórico del conflicto, los actores y la manera en que se gestó, pero ningún aprendizaje previo me habría preparado para lo que presenciaría en Yuyanapaq.

La primera fotografía es enorme, casi del tamaño de un panel publicitario y en ella se ve a un campesino rescatando de los escombros la imagen del presidente Belaúnde. Luego, a la izquierda, empiezan las salas numeradas. Son veinticuatro las salas o compartimientos que integran esta exposición, cada una de ellas se ocupa de un tema específico, ya sean: las universidades tomadas, los huérfanos del terrorismo, los Asháninkas, Uchuraccay, etc; cronológicamente dispuestas. Comienzan con una breve explicación bilingüe de no más de dos párrafos y el resto constituye un desgarrador testimonio fotográfico. Tanto las imágenes, como las paredes y el piso color cemento transmiten un clima de incomodidad y sobresalto. En todo caso, en algunos tramos se me hizo difícil continuar. A veces ni siquiera ponía atención en la leyenda de la fotografía, pues ésta se explicaba por sí sola. Pero no sólo se tratan de imágenes: en la sala dedicada a María Elena Moyano pueden oírse fragmentos de sus discursos en Villa el Salvador, y en la Sala de Chavín de Huántar podemos apreciar el documental que History Channel preparó sobre el rescate de los rehenes.

A pesar de que muchas de las imágenes allí expuestas circulan con profusión en Internet (por ejemplo la del policía bajando un perro muerto de uno de los postes, o la del edificio  destruido en Tarata) no es lo mismo cuando te enfrentas a ella en dimensiones reales. Es como si te estallara en la cara de tal manera que, ni cerrando los ojos, podrías dejar de mirarla.

Una anciana buscando a su hijo entre una pila de cadáveres descompuestos; la autopsia de un hombre asesinado a machetazos; terroristas muertos, desnudos y puestos en hilera; cuerpos mutilados en la parte trasera de una camioneta enMiraflores; en fin, imágenes que aún hoy, a pesar de todo lo sabido y entendido, me obligan a preguntar ¿cómo dejamos que pasara?

“Se me escarapela el cuerpo” dice mi hermana mientras me toma del brazo, pero se resiste a abandonar la sala. Más pueden su curiosidad y su deseo de entender.

Pero no todo es macabro y horrendo. Hay muchas fotografías que resaltan las emociones y sentimientos de los que aparecen allí: el semblante duro de un campesino que enseña la foto de su hijo desaparecido; una niña que llora ante los policías en el momento en que arrestan a su padre; el saludo irónico y patético de Abimael levantando el puño, enjaulado y con el traje a rayas.

También son conmovedoras las imágenes de los que van a morir: dos estudiantes que son introducidos en la cajuela de una patrulla y cuyos cuerpos aparecerían al día siguiente; los periodistas asesinados en Uchuraccay, fotografiados en el momento en que se acercan a los mismos campesinos que minutos después les darían muerte; un adolescente capturado por las rondas campesinas por terrorista y que tres días después fallecería por los golpes que recibió.

Quizá la imagen más paradójica es la de los militares realizando las llamadas “Jornadas de Acción Cívica”, en la que se obligaba a los campesinos a izar la bandera, cantar el himno y se les enseñaba los símbolos patrios, símbolos de un Estado ausente que nunca significó para ellos más que unescudito rojiblanco en la puerta de la escuela.

Luego de casi una hora y media, el recorrido concluye por donde empezó: la imagen de Belaúnde rescatada de los escombros; paradójica relación entre el campesino y el presidente, entre la víctima y la autoridad llamada a protegerla. El trayecto me deja agotado y con un extraño sentimiento, mezcla de vergüenza, reflexión y miedo. Al principio no lo entendí, pero al leer una frase del folleto guía pude aclarar un poco esta confusa sensación:

“Mirar, entender, procesar, a través de imágenes y testimonios, implica una preocupación de la sociedad peruana por conocer la historia, por acercarse a conocer la verdad. En ese sentido, decidir recorrer esta exposición es optar por el recuerdo”.

Nadie debería olvidar que hubo un tiempo en que nos matábamos unos a otros; que hubo un tiempo en que cerramos los ojos mientras una parte del país se desangraba; que odiamos, que dividimos, que discriminamos entre tus muertos y los míos. Nadie debería olvidar de lo que fuimos capaces de hacer, porque es lo único que nos salvará de repetirlo.

Link: “Nosotros también somos peruanos, señor”