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Hace no mucho estaba con tres amigas sentadas en un bar “x”,  hablando de mil y un cosas y, claro, también de los últimos episodios sentimentales que habíamos vivido. En medio de la amena charla le comentamos a una de las presentes que un amigo en común –y con el cual mi amiga había protagonizado una mini historia afectiva- preguntó por ella y quería saber si en verdad salía con una nueva persona. Mi amiga, algo molesta, comentó: “¿pero a él que le importa? ¿No que está feliz con su chica? ¡claro, tampoco quiere descuidar  al plato de segunda mesa!”.

Efectivamente, no hay que ser muy audaces para darnos cuentas que muchos chicos funcionan así, están felices y contentos con una chica pero no quieren descuidar a esa persona casi siempre incondicional, con quien han tenido “momentos emotivos” pero que nunca se atrevieron –por falta de amor, voluntad o lo que sea- a concretar algo serio. Esa persona con quien la pasan bien, comparten cosas  y que muchas veces se termina convirtiendo en el “plato de segunda mesa”. Es horrible, es cruel, pero así es. Quién diga que nunca ha tenido uno que tire la primera piedra. Estoy muy segura que muchos ahora están escondiendo las manos.

Me adelanto y acepto que hay muchas chicas que también tienen o han tenido su “vajilla” muy bien guardada, no lo van negar -por si a caso, traigo las manos en la espalda- sin embargo, a diferencia de los varones, nunca lo hemos negado, sólo para que se escuche más “protocolar” los llamamos admiradores, en cambio los varones, saben que existen pero casi siempre lo niegan con el fin que una chica más se vaya sumando  a su colección de loza. En los chicos -o la  mayoría- este plato de segunda mesa tiene un fin específico e insensatamente quieren que sea vitalicio.  Para conservarlo se valen de mil artimañas y esas no las voy a enumerar porque todos y todas las conocemos muy bien y saben cómo funcionan.

Así que, esa preocupación, celos e  interés de esos chicos de ver al dichoso plato alejarse no es más que la desesperación de verse desterrados por una mesa mejor tendida y que en cualquier momento podría convertir al dichoso plato secundario en la fuente  principal que no tuvieron la capacidad o el interés –o las dos cosas juntas- de poner. Por eso, si nos está  tocando vivir una situación similar y notamos un despliegue de atención nunca antes vista por parte de esos malos chicos, mejor es guardar toda la ilusión en una caja con seguro y sacudir sin pena alguna el mantel. No olvidemos que antes de una hay otra y mientras no decidamos dejar ese papel, no nos quedará de otra que confórmanos con ser la ensalada o el postre. Y los chicos que creen que siempre tendrán el papel de los buenos comensales, pues se equivocan, el “plato de segunda mesa” se puede romper en cualquier momento, además no olviden que el juego de la cocinita se ha inventando para las mujeres y somos nosotras quienes sabemos cómo se usa cada enser.

Cuando cursaba el último año de secundaria  y tenía escasos y dulces 15 años, conocí a Nené. Le decían así por una historia que no viene al caso.  Era primo de una de mis mejores amigas y quería que ella hiciera el papel de Celestina para que fuéramos noviecitos. Por más que ella influenció y él se portó más que bien, la señorita Muñoz, lejos de encantarse, interesarse o, en su defecto, compadecerse de Nené, se portó un poquito más que mal. Conversaciones indiferentes con una mezcla de desaires eran nuestros habituales encuentros. Un buen día –a pesar de los nada gratos momentos- Nené ya no “aguantó su angustioso amor” y le entregó a su prima una carta llena de corazones, bonitas frases y perfumada a más no poder para que ella, como si fuera empleada de agencia sentimental, me lo hiciera llegar. Ya tenía 16 y estaba en la academia pre universitaria, era la hora de receso cuando me entregaron la carta, luego de leerla ella me preguntó “¿Y qué vas a hacer?”. “¿Quieres ver?” le dije invitándole a que no pierda de vista lo que iba a hacer. Me puse de pie y empecé a romper el papel en mil pedazos, luego dejé que el viento se llevara hasta el último segmento de su declaración. Lo reconozco, era una niña mimada y él un chico terco.

No sé si ella le contó el final de su carta, no sé qué le habrá dicho para convencerlo de que la chica que él buscaba no era yo. Recuerdo también que le respondí la carta agradeciéndole el gesto pero reafirmándole que entre nosotros no habría nada más que una amistad, y que esa sí, aunque no era de lo más ponderada, por lo menos se encaminaba a ser sincera.

Supe también que después de recibir mi carta no la pasó nada bien y que a pesar de eso –por razones que hasta ahora no entiendo- guardó por un tiempo el papel que le envié. ¡Ah!  claro, nuestra amistad se empezó a tornar cada vez más distante. Me imagino que no quiso saber de mí después de lo que pasó.

Años después yo vine a Iquitos y entre las muchas conversaciones que tuve con su prima –que seguimos siendo muy buenas amigas aunque tenemos menos contacto- le pregunté: ¿Qué es de Nené? Luego de que Rosi – su prima- me dijaera  que él estaba súper bien y que sale con una chica muy linda, le pedí su número de celular para saludarlo. Pensé que como los años pasaron, ambos ya no éramos unos quinceañeros, teníamos nuevas vidas, y nuestros arranques de niñerías ya no eran frecuentes, pensé que no sería mala idea que habláramos y recordáramos con mucho humor aquellos trotes de la época de cuando bailábamos la mayonesa. Le mandé un mensaje, el que, hasta ahora, espero que me responda. Pienso que ya no se acuerda de mí por eso optó por no responder.

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Esta historia que muy pocas veces la cuento y que ahora comparto con ustedes, siempre aflora cuando escucho algunos comentarios sobre qué cosas no hacer para no perder a buen chico. Mi tía, la mamá de Mel,  nos dijo una vez: nunca hagan llorar a un hombre porque les sala la vida. Muchas veces pienso –quejándome de lo mal que se portan los hombres- que Nené saló la mía, y aún más, a toda mi  generación completa. Claro está, bromeando un poco, se que él era un chico bueno que se volvió más bueno y yo una niña no tan buena que a veces agoniza en el intento de ser buena o -con el fin de crear una coraza-  ser mala.

Quiero pensar que mi vida no está salada, que la teoría de mi tía no es más que una leyenda, un mito creado por los propios hombres ante el temor de verse rechazados, que las malas acciones que he tenido que digerir de algunos chicos no son la descarga inconciente o el karma justiciero de un, me imagino, ahora renovado Nené y que es por mi temperamento que no dejaré de quejarme de ellos, de renegar, de odiarlos a veces,  pero también de ceder y enamorarme hasta el cien de los mismos.

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