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Editorial de esta semana del semanario Kanatari de Iquitos, ante el inicio de una campaña electoral que promete ser bastante agresiva y violenta:

Cuando a alguien cuajado, despierto y honesto, le sugerimos salir a campaña electoral en este país tan vital e ilusionado, el rechazo es seguro. Las manos sobre la cara y casi vueltos de espalda nos dejan entender que salir a la palestra significaría un riesgo demasiado grande. Las razones de este rechazo son muchas. Y cada vez más: la inversión en la campaña, la astucia para vadear los baches importantes, la capacidad de “recuperación” de la inversión, tragarse sapos de inmundicia en la conciencia, etc. Pero hay una que las supera a todas: la infamia sucia, la calumnia despiadada, la vergüenza pública a que te someten los contrarios como si fueras un Ecce Homo. La gente no quiere verse envuelta en charcos de sangre que inmolan su prestigio ante la sociedad, en gritos desalmados de la prensa, en imágenes violentas que desdicen de tu noble imagen de hombre de bien.

Traemos el tema a esta columna editorial a raíz de lemas soeces  que,  como sombras siniestras, han agredido salvajemente los muros del centro de la ciudad. Aun con riesgo de desdoro, nos negamos a ocultarlos, aunque parezcan procaces y nos susciten vergüenza. Así reza: “Vuelve el ladrón, mentiroso y violador”. Sin ningún nombre a quien vaya dirigido, sin más base que lo que darían por supuesto los electores. Sin  pretensión de adelantar nombres o partidos. Pero, ahí está, como una pesada sombra de la noche, como un  ácido corrosivo derramado en la carne. Y, aún estando más que seguros de a quién van dirigidos semejantes insultos, nos creemos en el derecho y el deber desde esta tribuna de KANATARI hacer algunas reflexiones antes que arrecie la batalla.

Sabemos de sobra que un gran porcentaje de quienes se arriesgan a la batalla política lo hacen en función a su utilidad, al lucro, a la trampilla en el manejo de los fondos públicos para sus fines, a la coima en los contratos, al cohecho, a las artimañas criollas. A lo cual, dicho sea en plata, llamamos latrocinio. Por más que se quiera jurídicamente lavar la cara con constelaciones de luminosidades y estrellas de virtudes primorosas. Y aquí hay una cosa cierta: ¿quién puede arrojar la primera piedra? ¿Quién se atreve a echar barro sobre los demás posibles candidatos cuando tiene su propio rostro sucio? ¿ O, como dice el Evangelio, quién quiere sacar la paja del ojo ajeno y no la viga que hay en el propio? Si damos por supuesto que, unos más y otros menos, todos estamos manchados en la misma pocilga, ¿por qué acusamos por adelantado a quienes no se han hecho visibles ni han dado su cara para decirnos para qué cargo público quieren ser elegidos?

Pero si este juicio adelantado no tiene razón de ser, menos podemos ser víctimas de lo que está en el fondo de esta patología: el odio, consecuencia de un afán desmedido de poder que hace que nos ceguemos y consideremos, como Nicolás Maquiavelo, que se puede llegar a un fin bueno a través de medios malos. En ese tiempo de dominio podríamos cubrirnos de una excitación erótica de la cual jamás iríamos a descender.

La pregunta siempre será la misma: ¿qué podríamos nosotros hacer para que tales exacerbaciones e ignominias dejen de existir? Llevamos años y años tratando por todos los medios de atacar a la corrupción en las distintas dimensiones de la vida regional y nacional. Sin embargo, a medida que avanzamos sentimos que nuestros proyectos se desmoronan, que nuestras ilusiones se esfuman en el aire, que nuestros empeños y estrategias se van convirtiendo en mera retórica y que las  posibilidades de que el bien y la verdad triunfen son cada vez más remotas.

¿Qué hacer? ¿Por dónde atacar la cultura del mal y convertirla en cultura de la verdad, a la que están inseparablemente unidos el sentido de la justicia, del desarrollo, de la calidad de vida, de los valores que se traducen en términos de unas relaciones humanas equitativas y solidarias?

Estos vergonzosos grafitis, por los que desbordan venenos tan letales, nos muestran que nada hemos avanzado en la vida social. Estaremos siempre, como el cangrejo, regresando a niveles de conciencia mucho más bajos de lo que pudiéramos imaginar.

Lecciones de Kanatari

Publicado: 27 julio 2009 en Paco Bardales
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kanatari25años

Este semanario cumple 25 años y quien esto escribe debe recordar que nunca como ahora, la vigencia del papel vuelto espíritu ha estado más en crisis. No solamente por el avance incontenible de las nuevas tecnologías de la información, sino, además, por la crisis de recursos humanos que ha hecho del oficio de escribir en un diario una ventolera de tristeza y frustración.

A pesar de ello, llegar a un cuarto de siglo con la mirada fija en el horizonte, al pie del cañón y esperando nuevas batallas en favor de la memoria, la cultura, la reflexión y el análisis, todas aquellas ungidas del gran magma amazónico, debe llevar a la sorpresa. Debe llevar a la perpleja admiración.  Debe llevar al reconocimiento.

A modo de testimonio personal, debo reconocer que he aprendido muchas lecciones en Kanatari. No todas han sido hermosas, por cierto, pero ellas no se motivan necesariamente por el medio, sino quizás por la condición humana. Tienen que ver con los avatares de la política y la sociedad, con las luchas interminables que se gestan a partir de inquietudes perdurables, alejadas de la sordina y el ulular de esas sirenas del inmediatismo. Alude, sin duda, a los encontronazos que el idealismo encuentra en la realidad, a las contradicciones de la fe, a los oscuros  empellones donde choca el dogma y renace el poder sin límites, el dinero y su servidumbre voraz.

Debo reconocer que no hubiera recalado un día de julio del 2000 (9 años atrás y más de 15 kilos menos) en la oficina de redacción si no hubiera sido porque creía con honestidad que Kanatari es probablemente uno de los medios de comunicación más genuinos y serios de la Amazonía. Y tampoco si hubiera tenido interés en conocer, aprender, compartir experiencias, campañas, lanzas y hasta dardos venenosos con gente que conocía apenas, que desconocía personalmente, pero acompañaba semanalmente a través de estas páginas.

Hay tanta gente que me enseñó a través de Kanatari. Recuerdo, sin duda, a July Ramírez, impecable maestra de redacción, oficial de la guardia dura de la corrección de estilo,  implacable generadora de dudas metódicas, sintácticas y ortográficas, que en algún momento pudieron haber desanimado a cualquiera. Porque si algo le debe esta ciudad y este medio a July es haber puesto una valla alta para pasar el filtro en la escritura. Sin ella al liderazgo de la ejecución, por tanto tiempo,  Kanatari no hubiera tenido la pulcritud que mantuvo en este empeño tan difícil por escribir, bien y correctamente. July me hizo sentar un día en una computadora y me dijo “Escribe”. El resto ya saben cuál es la historia.

Aprendí  de Jaime Vásquez. Debo considerar que la época en que Jaime manejó  la jefatura de redacción (suerte de presente griego y honor que te envolvía en el torbellino del stress y compromiso), fue aquella en que la virtud periodística se hizo una fuerza de la naturaleza. Porque Kanatari se volvió periodístico en extremo, no solo por la investigación, sino también por el formato en el que se movía. Se respiraba, se comía, se vivía periodismo, dentro de los postulados exactos que aquello significaba y dentro de la línea maestra pergeñada por su primer consejo consultivo, en 1984. Jaime creyó, antes que nadie, en que podía tener algo de oficio para escribir, y motivó que en 1995, saliese mi primer artículo en estas páginas, llamado proféticamente “El extraño en un tierra extraña”.

Aprendí, sin duda del Padre José María Arroyo. Aunque lo conocí tarde, casi en las postrimerías de sus incursiones permanentes en Kanatari, no voy a olvidar que la columna de internacionales siempre se leía mejor cuando él la escribía. Siempre voy a admirar su talento cierto para la sintaxis y el adjetivo exactos, todo ello salpicado con los más castizos ajos y cebollas (dichos en privado y a veces en público). Aprendí, claro está del Profesor Aurelio Tang, que con sus innumerables viñetas, con su tremendismo exagerado y sus diatribas en forma de humor, ácido, corrosivo y siempre visceral, demostró que un acto de amor por la Amazonía también, de vez en cuando, puede ser romper los platos y alzar la voz para protestar. Aprendí de Guillermo Flores Arrué, la alegría desbordante, el amor por la Amazonía, la expresión corta y coloquial que comentaba la actualidad, que fomentaba el reencuentro, que animaba la fe y expresaba el retorno a la madre tierra. Guillermo, mucho antes que varios, entendió el valor del internet como medio de comunicación y eso es algo invaluable, desde mi modesto punto de vista.

Aprendí  muchísimo de Fernando Nájar, el judío errante, el periodista de raza, el investigador, el sabueso y aquél hombre curtido con el instinto y una brutal honestidad para enfrentar las corruptelas, los abusos, las inclemencias sociales de un pueblo usualmente desconcertante. He aprendido, con mucha humildad, del extraordinario talento del Padre Maximino Cerezo para ordenar, diseñar, crear.  Quiero mucho a Maximino y quiero aún más aquella vasta obra artística que ha dejado como legado a la Amazonía, mucha de la cual es fácilmente ubicable en Kanatari.

He aprendido mucho de aquellos con quienes, en el ejercicio del servicio a la causa, han sido parte integrante del mismo: de Alejandra Schindler, tenaz y persistente como pocas mujeres; Sofía Herrera, reseñista de primera y consultora sobre libros y cultura; Alva Isern, destinada a la diagramación y a la presión intensa; a los tigres de diseño, Norbil Bocanegra y Rony Isern; a la gente de imprenta, Tony De Souza y Madison Flores; a Rosa Guerra, secretaria constante primero y dilecta amiga después; a Máximo García, el gran procurador que todo estén en orden; a aquellos que desde planta cultivaron la alegría, la solidaridad, la amistad.

Sería muy difícil acordarme de todos a quienes he leído con pasión y admiración en Kanatari,  probablemente si los enumerara caería en algunas omisiones u olvidos, en todo caso debo reconocer que este semanario nunca hubiera sido el mismo si por sus páginas no hubieran desfilado innumerables plumas, de diversas edades, signos, ideologías, de diversas tiendas políticas, todos arropados bajo el magma implacable de la identificación de la memoria y el color amazónico. Debería nombrar, sí, algunos a quienes siempre he leído e identificado con la causa de Kanatari: Pepe Álvarez, Alberto Chirif, Ricardo Soberón, César Ching, Moisés Panduro, Pedro del Castillo, Beto Pérez, Roger Rumrrill, Padre Silvino Treceño, Gonzalo Tello, Saúl Collazos, Gabel Sotil, Martín Reátegui, Bibiana Daigle, Alberto Vela, Javier Gutiérrez, Jorge “Chololongo” Arévalo. En fin, son tantos y tan avaro el espacio para recordarlos y reconocerlos como debería.

He aprendido mucho del Padre Joaquín García. He aprendido de su conocimiento enciclopédico de la historia amazónica, de sus atingencias siempre intensas sobre el pasado y el presente de la región, de sus utopías sanas y sabías sobre la identidad cultural, sobre el diálogo constante con las poblaciones, de su obsesiva búsqueda de resquicios de memoria en una comarca donde a veces lo que mejor funciona es el olvido. Si hay algo que reconocerle a Joaquín García es que han sido muy pocos los hombres que han traspasado por cuatro décadas el ir y venir y los dilemas amazónicos con tanto compromiso y actitud creadora. 25 años después de la creación de ésta  – sin ninguna duda- su obra más exitosa en cuanto a perdurabilidad en el tiempo y la memoria de los loretanos y todos aquellos que han estado presentes desde otras latitudes, es posible que estemos ante una nueva reinvención, ante una nueva cruzada, ante un nuevo reto, porque esa es la esencia, esos son los postulados, ese es el ideal de un nuevo día. Porque, finalmente, Kanatari también significa “Amanecer”.  

Pd: Artículo realizado para la edición especial del semanario Kanatari de Iquitos, a raíz de sus bodas de plata de fundación