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Publicado: 19 julio 2009 en Miss Lizzy
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Estaba yo conversando con una amiga mía cuando en medio de la charla tocamos el tema de “los ex”, tratando de contabilizar cuántos enamorados habíamos tenido y dándole el grado de importancia respectiva a cada uno.

Salían los nombres uno tras otro, mientras los dedos se lucían en modo de apoyo (para no perder la cuenta), cada uno por orden cronológico, con su incursión individual en nuestras vidas, terminamos la cuenta de ellos, no fue muy larga que digamos, entonces no pude evitar pensar en aquellos pasaron por mi vida sin llegar a mantener una relación de manera oficial, con quienes los momentos vividos son tan pasajeros y tan fugaces que valen la pena vivirlos, esos que “sin querer queriendo” se constituyen como “el mejor beso que he recibido” o fácil y llega a ser el gran amor imposible de tu vida o sencillamente “tu agarre”.

Con mucha concentración los categorizamos e hicimos una lista con la clasificación, planteando un concepto para cada categoría.  Pondré en lista esas categorizaciones para que conozcan los conceptos básicos:

El agarre.- Es tal vez, el más importante en esta lista. “El agarre” es aquel a quien acudes en cualquier momento, es el que siempre está disponible,  no necesitas cambiarlo porque puedes tener varios a la vez. Y lo mejor de todo es que no tiene derecho a reclamo. Es alguien con quien siempre puedes contar porque con él no hay paltas, conoce sus límites y sabe hasta dónde puede llegar contigo.

El amigo cariñoso.- Se puede decir que es aquel a quien siempre tienes cerca, que te ayuda en lo que puede, pero recibe su recompensa, el amigo cariñoso es en la mayoría de los casos alguien a quien llamarías “tu mejor amigo”, es alguien que te gusta pero con quien no piensas tener una relación seria.

El amigo con derechos.- Este es el único extra-oficial que te puede reclamar porque te vea con otro y viceversa, él sabe lo que tiene contigo aunque el resto del mundo no tenga idea, sabes que no busca algo serio contigo y tú tampoco con él.

El punto.- El punto cumple casi la misma función que “el agarre”, pero como dice su nombre, lo buscas sólo para cosas puntuales que sólo tú y él  saben. Desde ir a fiestas y hacer la finta, hasta cosas que van más allá de besos y abrazos.

El teterita.- “El teterita” es alguien a quien usas vilmente casi sin saber, te das cuenta de que lo fue cuando ya estás con otro, la particularidad del “teterita” es que cree que te está conquistando y te invita a  salir, al cine, a cenar y finalmente nunca tienes nada con él. Se le da ese nombre porque calientan  el agua  para que otro beba el té.

El escalerita.- Este es alguien a quien usas para llegar al objetivo, puedes incluso invitarlo a salir y le dices: “pero vienes con menganito”.

El firme.- “El firme” es nada más y nada menos que tu enamorado, él es al que presentas a tus padres y con quien te muestras en las reuniones que consideras importantes. Si tienes problemas con “el firme” todos tus amigos se enteran, cosa que no sucede con ningún individuo de las otras categorías. “El firme” tiene todos los derechos que le quieras dar. Es el que te aguanta todo. Al que llamas por teléfono para pedirle que te traiga helado.

El otro.- Este es el que se cree “el firme”, “el otro” no debe saber que lo es, es alguien a quien quieres casi tanto como “al firme”, tal vez más. Pero si terminas con “el firme” para hacer al “otro” de “el firme”, entonces necesitarás otro “otro”. “El otro” es el culpable de tus problemas con “el firme”, pero los necesitas a ambos para hacer más emocionante la relación.

El peor es nada.- El es el caso más triste de la lista, es alguien con quien estás por no estar sola, en general “el peor es nada” no es muy agraciado que digamos, lo bueno de él es que es el más sumiso de la lista, sabe que en cualquier momento tendrás que cambiarlo pero aun así está a tu lado.

Bueno, espero que esta lista les sea útil, por lo menos para identificarse. Un consejo: traten siempre de ser “el agarre” o “el firme”, porque son los únicos a los que se les puede considerar indispensables en la vida de las mujeres, ya que cuando dejas al “firme” no siempre hay un  “otro” pero siempre hay un “agarre”.

 

enfermo

Mientras almorzábamos mi papá no dejaba de quejarse del dolor de pierna provocado por una ampolla. Él decía que se la aplicaron mal y por eso estaba así. Mientras me siento en la computadora lo veo dirigirse a la puerta cojeando. Sé que le puede doler pero también  está exagerando y busca más atención del que merecen sus pequeñas penurias.

 Me aflige su actitud y sin remordimiento alguno le digo: por qué no vas a la cama, te acuestas de la forma que no te duela y descansa, a la vez dejas tu jodida actitud. Luego de verlo sentado de lo más cómodo y tranquilo viendo un partido de la UEFA, me digo  ¿y para eso hace tanto barullo?  Sin duda  alguna pienso que es parte de un show, que lo hace él y lo hacen muchos, y por eso digo, -chicas repitan conmigo- ¡¡¡hombres tenían que ser!!!!!

Aunque muchos lo nieguen, ustedes (varones) son así. Solo basta que les dé una simple gripe para creer que todo un virus peligroso se ha manifestado en sus cuerpos. Yo acepto que muchos (como mi papá), son muy independientes, decididos, con iniciativa y amén de adjetivos que todas las mujeres buscamos en los chicos, pero basta con “pesquen” un indefenso resfrío y sienten que les arrancan el alma del cuerpo, y el chico inquebrantable que tenemos –o queremos- a lado se termina convirtiendo en un simple muñeco de cera con un cartel bien grande “mírame pero no me toque porque muero”.  Quien diga que no, está mintiendo y lo sabe.

Yo recuerdo hace algún tiempo, un aminovio (un amigo que no es un simple amigo pero tampoco es tu novio),  originaba todo un escándalo para inyectarse. Recuerdo que había pasado varios días desde el día que tenía programado su inyección y cuando le reclamaba del por qué aplazaba tanto algo tan simple, me salía con un montón de excusas, que no le gustan las inyecciones, que no confía en  cualquier enfermera, que esto, lo otro y en fin. Desesperada por esa situación y conciente de la importancia que tenía el hecho que se meta la medicina al cuerpo, le esputé mi veredicto: ¡o te inyectas hoy o no te hablo una semana, te lo juro!. Afortunadamente el muchacho no me permitió que actuara drásticamente. Bueno él también sabía de la importancia de la ampolla, así que igual lo iba hacer. Digamos que sólo le di un empujoncito de voluntad.

Y como decía, que un chico diga que nunca ha actuado de esa forma, miente, y miente por la simple razón que –por encima del dolor- les gustan que los consientan, tener toda nuestra atención y estar subordinadas, aunque sea por minutos, horas o días, a sus inesperados caprichos de niños enclenques. No por las puras, cuando están enfermos, se quejan en todo momento, mismos perros apaleados, con la finalidad de que preguntemos a cada rato por sus dolores. Si tienen una ligera fiebre – y aun sin tenerla- aseguran y quieren que nosotras también aseguremos que están mismo volcán en erupción. Y lo que es peor, si se nos da por ignorarlos, salen con un despliegue de reclamos dignos de telenovela: ¡claro, como a ti no te duele! ¡te apuesto que si tuvieras lo que yo, estarías igual de tendida en tu cama!. Por eso no me extraña ver a mi papá, a pesar de estar feliz y contento viendo el fútbol en la sala, dirigirse a su cuarto donde está mi mamá viendo Sansón y Dalila – en estos días de Semana Santa- para cargarla con su memorial de quejidos, y para variar, cambiarle el canal con el fin de hacerse el consentido.

No voy a asegurar que nosotras somos las del sexo fuerte, las heroínas de la historia, porque los chicos reclamarán, pero de lo que estoy muy segura es que el hecho de saber que seremos madres nos hace menos débiles porque sabemos que en un futuro no muy lejano debemos estar siempre bien para cuidar de otros, entre ellos ustedes, nuestros enfermos favoritos.

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En el submundo de los sentimientos se ocultan verdades conocidas por todos, pero inaceptables para la mayoría, como la chica a la que sus amigas le dicen:  

-Oye loquita, You Kashi Meahugo está con Zoila K Gonna, ya terminaste con él ¿no?   

Y ella incrédula dice: 

-¡¡¡No!!! Ustedes están locas, eso no es cierto, lo dicen porque se mueren de envidia.  

Pobre María Marimacha, ella no cree que su enamorado la engaña con otra y tiene derecho a ser ilusa, total, si estás con el chico más lindo de tu clase aunque te saque la vuelta puedes estar feliz. Además, si le pagas con la misma moneda él no lo sabrá nunca  y si se entera, no tiene derecho moral para reclamarte nada.  

Sinceramente, yo siento mucha rabia por las chicas que juegan con los sentimientos de los chicos, porque, como que ellos no son tan inteligentes como nosotras y no tienen un buen nivel de autoestima, se malogran, o sea digo, se vuelven jugadores y se desquitan con sus enamoradas siguientes y, como ellas ya se lo hicieron a alguien, creen que están pagando sus culpas. Es un círculo vicioso en el que no es muy agradable caer, pero a veces es inevitable. Una vez me la hicieron y créanme no es gracioso ser la cornudita – porque no puedo ser “la cornuda”, no me da la talla – más inteligente del cole. En principio todos sabían de mi relación con él, luego de la relación de él con “la otra”, que también es una tontita como él.  

Pero yo no soy partidaria de escándalos, además tenía la obligación de cuidar mi reputación a costa de todo, ya que era la chica genio de la escuela, presidenta de mi salón de clase, maestra de coreografía, integrante del grupo de periodismo del colegio, hacía teatro y siempre tenía el papel protagónico, la preferida del profesor de matemática, la que decidía si quería dar examen o quedarse con el 19 bien puesto en el registro, ¡ah! también merecedora del primer puesto en el concurso de ortografía por tres años consecutivos (hoy no estoy segura si taza se escribe así o “tasa”, todo por culpa del Messenger, jejeje). Estaba en el coro del colegio y en otras cosas más que en la vida escolar te hacen importante pero después sólo quedan como un buen recuerdo, como el discurso de promoción que también me correspondió dar.  

No debía permitir que las provocaciones de una niña insolente y las sonseras de un chibolo papirriqui de quinta me afectaran, así que terminé con él con la frialdad del caso, algo así como: “aquí no pasó nada” y si me preguntan, “sí pues, estaba con él pero ya fue y no es un tema relevante”.   

Lo gracioso  era que él negaba lo evidente, o trataba de negarlo. Por eso digo que es un pequeño tontuelo y vivirá tristemente engañado por el resto de su vacía existencia.  

Un día, mis compañeras me dijeron que él estaba con “otra” y que era una de segundo, nosotros estábamos en cuarto; como no me computo niña tonta y no quería que notaran que me afectaba, les di las gracias por pasarme la noticia y el resto era asunto mío, pero ellas estaban dispuestas a verme tirándome de los pelos con aquellas que llamaban “la otra”. Mas no podía darles ese gusto de caer tan bajo.

Lo que sigue es esto, según lo recuerdo (sonido de película de vaqueros, por favor): “la otra” se cruza conmigo en el patio a la hora de recreo. Se ve mucho mayor que yo por cierto. Es morena (tiene un aire de tía Tronchatoro), yo soy blanca tipo Dakota Fanning; ella es crespa y yo tengo el cabello ligeramente ondulado -sólo me faltaría ser legalmente rubia-, ella es alta y yo… sin comentarios (sólo imagínense a la niña de “La guerra de los mundos”), me sentía algo así como Alice de “El huésped maldito” contra su amigo “el monstruo”, o misma Matilda en su salón de clase (hubiera querido mandarla a volar sólo con una mirada). Ella es fea, yo soy bonita (modestia aparte). Me cuadra a media cancha (qué tipa pa´ loca), me pregunta si soy enamorada del chico de la novela. Yo me río. Por qué preguntas -le digo- mi vida personal no te interesa y no tengo tiempo de hablar contigo en estos momentos; si me disculpas…

 Doy un giro de 180 grados y me encuentro con mis compañeras haciendo un muro humano. Las sonsas me dan ánimo para tirarle de los rulos a la otra, yo volteo hacia mi contrincante y me percato de que detrás de ella hay otro muro de gente, son las compañeras de ella y pronto se forma un círculo de personas en pleno patio, un poco más y gritan ¡bronca, bronca! Mientras en los balcones de madera se asoman unas cabecitas para ver el espectáculo desde arriba, espectáculo que, obviamente, no iba a darles. Ella se acerca a mí, se acerca demasiado, hace un ademán de querer golpearme. Yo río, ¿qué te pasa? ¿me quieres golpear? -le digo, con una tranquilidad insoportable para ella- no hagas eso, yo no pienso responderte si lo haces, sólo déjame pasar y esto se acaba ¡ah! y por él, si es ese tu problema, ni te preocupes que nada tiene que ver conmigo, y permiso, tengo cosas importantes que hacer. Me voy de la escena, llego al salón con una mancha de chismosas detrás de mí  ¿Por qué no le pegaste?, tenías para jalarle el pelo, meterle una cachetada o algo, eres una miedosa, cojudita -decían mientras se aglomeraban alrededor de mi carpeta- Yo calmada, imperturbable. Pero, igual, exhausta. Ahí terminó uno de los momentos más bochornosos de mi dulce existencia.  

Lo peor de todo, es que después de fregarla, algunos chicos quieren dizque “salvar la relación”, pero lo hecho, hecho está. Hay que estar muy loco para aceptar una reconciliación, sólo porque prometan cambiar, ese tipo de personas nunca cambian, aunque lloren no se les debe creer, que vayan a otro perro con ese hueso o, como dice la canción, es de mandarlos a llorar a otra parte.   

No me siento tonta por haber sido engañada; me sentiría así si después de esta mala experiencia hubiera decidido hacer lo mismo con otros muchachos que se crucen en mi camino, pero no; es feo que alguien te haga eso, lastima el orgullo, hiere el alma; qué tontería más grande estar con alguien para engañarle; ¿a qué quieren jugar? ¿a quién quieren engañar? sólo tratan de demostrarse a sí mismos que son lindos y rechulos, que pueden estar con la chica o chico que les dé la regalada gana, sin dejar a la anterior, para demostrar que pueden ser guapos. ¡Semejantes cavernícolas! esto no es una jungla prehistórica en la que deban demostrar quién es el más macho o quién es la hembra de la manada, se trata de gente que tiene sentimientos, gente que ama y termina lastimada por el absurdo capricho de alguien. Cuando sean viejos se van a lamentar, cuando nadie los tome en serio, cuando nadie crea en sus palabras, cuando su sinceridad sea como un zumbido de zancudo al oído y sólo quieras darle un manotazo para que se calle. 

 Si estás con alguien que no se siente feliz saliendo sólo contigo, y tiene un par de amiguitas cariñosas escondiditas, no esperes a ser la burla del pueblo y mándalo a rodar.    

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Hace no mucho estaba con tres amigas sentadas en un bar “x”,  hablando de mil y un cosas y, claro, también de los últimos episodios sentimentales que habíamos vivido. En medio de la amena charla le comentamos a una de las presentes que un amigo en común –y con el cual mi amiga había protagonizado una mini historia afectiva- preguntó por ella y quería saber si en verdad salía con una nueva persona. Mi amiga, algo molesta, comentó: “¿pero a él que le importa? ¿No que está feliz con su chica? ¡claro, tampoco quiere descuidar  al plato de segunda mesa!”.

Efectivamente, no hay que ser muy audaces para darnos cuentas que muchos chicos funcionan así, están felices y contentos con una chica pero no quieren descuidar a esa persona casi siempre incondicional, con quien han tenido “momentos emotivos” pero que nunca se atrevieron –por falta de amor, voluntad o lo que sea- a concretar algo serio. Esa persona con quien la pasan bien, comparten cosas  y que muchas veces se termina convirtiendo en el “plato de segunda mesa”. Es horrible, es cruel, pero así es. Quién diga que nunca ha tenido uno que tire la primera piedra. Estoy muy segura que muchos ahora están escondiendo las manos.

Me adelanto y acepto que hay muchas chicas que también tienen o han tenido su “vajilla” muy bien guardada, no lo van negar -por si a caso, traigo las manos en la espalda- sin embargo, a diferencia de los varones, nunca lo hemos negado, sólo para que se escuche más “protocolar” los llamamos admiradores, en cambio los varones, saben que existen pero casi siempre lo niegan con el fin que una chica más se vaya sumando  a su colección de loza. En los chicos -o la  mayoría- este plato de segunda mesa tiene un fin específico e insensatamente quieren que sea vitalicio.  Para conservarlo se valen de mil artimañas y esas no las voy a enumerar porque todos y todas las conocemos muy bien y saben cómo funcionan.

Así que, esa preocupación, celos e  interés de esos chicos de ver al dichoso plato alejarse no es más que la desesperación de verse desterrados por una mesa mejor tendida y que en cualquier momento podría convertir al dichoso plato secundario en la fuente  principal que no tuvieron la capacidad o el interés –o las dos cosas juntas- de poner. Por eso, si nos está  tocando vivir una situación similar y notamos un despliegue de atención nunca antes vista por parte de esos malos chicos, mejor es guardar toda la ilusión en una caja con seguro y sacudir sin pena alguna el mantel. No olvidemos que antes de una hay otra y mientras no decidamos dejar ese papel, no nos quedará de otra que confórmanos con ser la ensalada o el postre. Y los chicos que creen que siempre tendrán el papel de los buenos comensales, pues se equivocan, el “plato de segunda mesa” se puede romper en cualquier momento, además no olviden que el juego de la cocinita se ha inventando para las mujeres y somos nosotras quienes sabemos cómo se usa cada enser.

Cuando cursaba el último año de secundaria  y tenía escasos y dulces 15 años, conocí a Nené. Le decían así por una historia que no viene al caso.  Era primo de una de mis mejores amigas y quería que ella hiciera el papel de Celestina para que fuéramos noviecitos. Por más que ella influenció y él se portó más que bien, la señorita Muñoz, lejos de encantarse, interesarse o, en su defecto, compadecerse de Nené, se portó un poquito más que mal. Conversaciones indiferentes con una mezcla de desaires eran nuestros habituales encuentros. Un buen día –a pesar de los nada gratos momentos- Nené ya no “aguantó su angustioso amor” y le entregó a su prima una carta llena de corazones, bonitas frases y perfumada a más no poder para que ella, como si fuera empleada de agencia sentimental, me lo hiciera llegar. Ya tenía 16 y estaba en la academia pre universitaria, era la hora de receso cuando me entregaron la carta, luego de leerla ella me preguntó “¿Y qué vas a hacer?”. “¿Quieres ver?” le dije invitándole a que no pierda de vista lo que iba a hacer. Me puse de pie y empecé a romper el papel en mil pedazos, luego dejé que el viento se llevara hasta el último segmento de su declaración. Lo reconozco, era una niña mimada y él un chico terco.

No sé si ella le contó el final de su carta, no sé qué le habrá dicho para convencerlo de que la chica que él buscaba no era yo. Recuerdo también que le respondí la carta agradeciéndole el gesto pero reafirmándole que entre nosotros no habría nada más que una amistad, y que esa sí, aunque no era de lo más ponderada, por lo menos se encaminaba a ser sincera.

Supe también que después de recibir mi carta no la pasó nada bien y que a pesar de eso –por razones que hasta ahora no entiendo- guardó por un tiempo el papel que le envié. ¡Ah!  claro, nuestra amistad se empezó a tornar cada vez más distante. Me imagino que no quiso saber de mí después de lo que pasó.

Años después yo vine a Iquitos y entre las muchas conversaciones que tuve con su prima –que seguimos siendo muy buenas amigas aunque tenemos menos contacto- le pregunté: ¿Qué es de Nené? Luego de que Rosi – su prima- me dijaera  que él estaba súper bien y que sale con una chica muy linda, le pedí su número de celular para saludarlo. Pensé que como los años pasaron, ambos ya no éramos unos quinceañeros, teníamos nuevas vidas, y nuestros arranques de niñerías ya no eran frecuentes, pensé que no sería mala idea que habláramos y recordáramos con mucho humor aquellos trotes de la época de cuando bailábamos la mayonesa. Le mandé un mensaje, el que, hasta ahora, espero que me responda. Pienso que ya no se acuerda de mí por eso optó por no responder.

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Esta historia que muy pocas veces la cuento y que ahora comparto con ustedes, siempre aflora cuando escucho algunos comentarios sobre qué cosas no hacer para no perder a buen chico. Mi tía, la mamá de Mel,  nos dijo una vez: nunca hagan llorar a un hombre porque les sala la vida. Muchas veces pienso –quejándome de lo mal que se portan los hombres- que Nené saló la mía, y aún más, a toda mi  generación completa. Claro está, bromeando un poco, se que él era un chico bueno que se volvió más bueno y yo una niña no tan buena que a veces agoniza en el intento de ser buena o -con el fin de crear una coraza-  ser mala.

Quiero pensar que mi vida no está salada, que la teoría de mi tía no es más que una leyenda, un mito creado por los propios hombres ante el temor de verse rechazados, que las malas acciones que he tenido que digerir de algunos chicos no son la descarga inconciente o el karma justiciero de un, me imagino, ahora renovado Nené y que es por mi temperamento que no dejaré de quejarme de ellos, de renegar, de odiarlos a veces,  pero también de ceder y enamorarme hasta el cien de los mismos.

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