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Por: Ana Karina Junes Vásquez

Cuando de niña mi mamá me contaba sus anécdotas de Iquitos solía imaginarla como una pequeña que tenía una casa en pleno monte, que vestía pajas y vivía como Tarzán. Tal vez las películas de Johnny Weissmüller influenciaron en esa percepción que tenía al sentirme hija de una loretana, después de todo hablar de la selva en esos años era como hablar de un mundo extraño y casi inaccesible para una niña que recién empezaba a crecer en la caótica capital. En ese entonces jamás pasó por mi diminuta cabeza que en un futuro sería abrazada por todas aquellas visiones amazónicas, que dejaría la ciudad y usaría chinelas, que calzaría botas para el fango, que viajar en moto se volvería una de mis diversiones favoritas y que transportarme en bote se volvería tan cotidiano como cuando en Lima me subía a una combi.

Para mí  la selva es sinónimo de magia, de energía y de fuerza, quizás porque crecí rodeada de miles de historias de mi madre y mi abuela pero a medida que iba creciendo empezaba a notar las distorsiones que a ella le daban, cuándo el orgullo con el que decía que mi familia materna es completamente amazónica y se transformaba en el estereotipo de la típica broma, por tus venas corre sangre caliente. Entonces podía entender a mi madre y me enojaba, entendía cómo le molestaba cuando ella, una muchacha de 18 años, recién salida de Iquitos en busca de mejores oportunidades tuvo que soportar aquel estereotipo y burla de ser una mujer selvática. Mismo estereotipo que hoy por hoy se ve reforzado en los medios con la tan popular serie “Al Fondo Hay Sitio” y el personaje de la inquieta Gladys a quien El Comercio califica como la sensual ama de llaves cuyos movimientos han conquistado al jefe.

Lo que aparentemente se puede entender como una queja feminista es en realidad una reflexión ante los antecedentes vividos en nuestra televisión nacional, una falta de coherencia entre lo que el usuario reclama y lo que no. Inicialmente fue con la Paisana Jacinta y luego con el Negro Mama lo que generó el debate acerca de los personajes y a los grupos que representan en nuestro país. La gente saltaba en pro y en contra si dichas interpretaciones eran denigrantes tanto para la mujer andina como para los afro-peruanos. Entonces me interrogo ¿Acaso el personaje de Gladys no debería encender el mismo debate? ¿O es que ese estereotipo ha calado tanto en el colectivo que ya no importa?

De todo hay en estas viñas del señor y no pretendo negar que a muchas mujeres les guste explotar aquel calificativo que sus calurosas tierras le dan, pero esas son decisiones propias de personas que independientemente basan su valor en ello. No pretendo hacer un juicio ni de santificar la región, sólo llamar a la reflexión que detrás de esos estereotipos se encuentran muchos rostros serios y trabajadores de muchachas o madres jóvenes que no necesitan movimientos sensuales para poder salir adelante.

(Tarapoto, junio 2010)

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Nada más justo y coherente que el post escrito por Isaac Ocampo en Delaselvasuwebon, para graficar el repudio que merece Aldo Mariátegui y Correo por el torpe intento de desacreditar a la congresista quechuahablante Hilaria Supa con argumentos racistas y discriminadores:

correo-supa

(…)Este país en una verdadera mierda, por ello es que gente como Aldo Mariategui, que se da el lujo de ser el director de un medio nacional, constantemente tenga que denigrar a personajes vinculados con el mundo andino, anteriormente fue Magali Solier, ahora es la congresista SUPA, mañana de seguro será el Chato Grados. El muy imbecil encima muy mofescamente le manda a la señora a leer el libro Coquito.

(…)La señora SUPA es quechuahablante, creo que a la mayoría de personas que no escriben en su idioma natal encuentran algún grado de complejidad a la hora de escribir en otras lenguas. Y en todo caso, alguien es libre de escribir como quiera, y lo que quiera. Sí fue una violación a la intimidad y la señora debe denunciar y abollar a este infeliz.

Que la prensa se preocupe por los vagos y rateros de congresistas y autoridades políticas (en Iquitos el alcalde tiene abandonada la ciudad), por faltarnos a los ciudadanos por sus salvajadas, robos y angurrencias, esa misma prensa siempre vendida a alguien. Que los políticos peruanos se pongan a trabajar y dejar de estar resaltando sus diferencias personales y den el ejemplo no siendo racistas, el ser racista debería ser considerado un retardo mental.

Siento vergüenza por considerarme civilizado, y que algunos de los ilustres civilizados como Aldito (el odia cultura andina), la casi nazi infeliz de Martha Hildebrandt y gente con conceptos antidemocráticos como el mismito Aurelio Pastor.

En el Perú hay más de 3 millones de peruanos con ascendencia indígena y hablando lenguas diferentes al español. Todos ellos representan algo más del 10% de la población. En una democracia real, deberían poder elegir unos 12 congresistas.

Habría que jalar la cadena, cuanto antes.