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20071104160222-solo-una-vez-tu-y-yo-estuvimos-juntos

Era una noche fría, sin duda. Pero era preferible recorrer las calles buscando algún pasajero ebrio antes que volver a casa y reanudar la discusión con su mujer, interrumpida violentamente durante el día. Sin duda la gorda lo estará esperando. Siempre lo espera. Tal vez esté viendo la tele sin mirar, con el oído atento al motor del motocarro, sentada en el mueble con los brazos cruzados, bramando como los toros antes de entrar al redil.

La calle Moore estaba desierta, y salvo por el pitido de los guardianes, el paisaje frente a él parecía una inmensa y lúgubre fotografía. Aguzó la mirada tratando de penetrar la niebla. Creyó ver una silueta. Sin pensarlo demasiado, aceleró metiendo la cabeza entre los hombros para mirar debajo del toldo con cara de confiable. Una pareja salía de un hostal mal iluminado. Ella escondía su rostro bajo sus cabellos y se recostaba en el pecho de su acompañante. ¿A dónde, mister? Fue lo primero que preguntó. El hombre ni siquiera le miró. Ayudó a la chica a subir, se acomodó, volvió a abrazarla y pidió que tomara el camino al aeropuerto.

El chofer esbozó una sonrisa. En vista de la hora, la distancia, el semblante y el vestido de sus pasajeros, calculaba que veinticinco soles era un precio razonable. Si el caballero quiere amoscarse, probablemente lo deje en veinte. A través del espejo podía ver que le hablaba a su compañera en voz bajita. Casi siempre se sonrojan cuando las ven salir de un hostal, pensó, sobre todo si lucen decentes.

Trató de no pensar en la felicidad ajena y se concentró en su propia miseria. Hace mucho tiempo que se sentía desanimado. Las discusiones con su mujer cada noche le enfermaban tanto que prefería hacer doble turno. No soportaba su voz, su rostro, la manera de sentarse en el mueble a ver las novelas ocupando la única espuma en buen estado con su inmenso trasero. Cuando se enamoró de ella nunca imaginó que algún día se llegaría a cansar de respirar su aliento cada noche. Casi sin darse cuenta, descubrió que nada le ataba a ella más que la certeza de saber que sólo se tenían el uno al otro, y la firme convicción de que los años transcurridos pesan más que cualquier deseo de libertad.

Por supuesto que tenían una hija. Una hija cuyo recuerdo se había convertido en el único momento de sosiego entre ambos. Los domingos, cuando visitaban su nicho en el cementerio, se quedaban callados, tomados de la mano, como si temieran que ella pudiera ver cuánto se detestaban. Pero al salir del camposanto las peleas se reanudaban con más fuerza, como desquitándose por haber parado un poco.

Por eso, la escena de amor que presenciaba desde el espejo le parecía patética. Muestras de atención melosa y febril que suele confundirse con amor, y que sólo son restos de mutua gratitud tras una sorda satisfacción biológica. Como cuando uno termina de darse un banquete y luego eructa con placentera fruición.

¿Qué saben ellos de amor? ¿Podría ella amarla si él perdiera su trabajo? ¿Podría él seguir susurrándole mieles al oído si ella se convirtiera en una cerda que se pasa en la sala viendo novelas y repitiéndole que es un fracasado?

Cuando trabajaba en la fábrica también era feliz. Pero nada es para siempre, aunque dure veinte años. Un día te enamoras de una mujer, la llevas al altar, viven años maravillosos en la casita que compraron para convertirla en su nido de amor y de pronto un día despiertas y estás en la calle: sin empleo, sin dinero y con una deuda tan grande como la decepción de la mujer que juró amarte en las buenas y en las malas. Ahora no podía decir en las fiestas que su esposo era gerente de una fábrica de textiles. Ni siquiera había dinero para pensar en asistir a una. Cuando sus amigas lo veían llegar y guardar su motocarro, ella se excusaba diciéndoles que era algo temporal.

La voz de su pasajero lo sacó de sus pensamientos.

– Mi esposa quiere saber si usted es casado – comentó.

El chofer sonrió por cortesía y respondió.

– Sí. Justo estaba pensando en mi esposa.

Ambos pasajeros volvieron a reír, y continuaron murmurando entre ellos. La chica ya no parecía avergonzada.

– No hay nada más lindo que tener a alguien que nos quiera ¿no lo cree? – Dijo el pasajero en voz alta, luego de acomodarse para abrazarla mejor.

– Eso sí no sé, mister.

– ¿Cómo? ¿No dijo usted que es casado?

– Sólo quise a una persona con toda el alma, y ella está muerta. Mi hija Miriam.

– ¡Ah caramba, qué pena! ¿Y cómo murió?

– Un accidente de moto – respondió en tono cortante.

El chofer dejó de oír risas por un momento. Conocía aquel silencio. El silencio de la compasión. No se sentía con ganas de contar su historia.

– ¿Y ustedes? – replicó de pronto, cambiando su tono de voz – ¿Cuánto llevan juntos?

– Hace tres años que prometimos amarnos para siempre. Cuando la vi me enamoré inmediatamente de ella. Al principio no quería darme la oportunidad, y era natural. Yo era un hombre hecho y derecho y ella apenas una estudiante. Me costó mucho convencerla de que estaba soltero y sin hijos. Me costó mucho desprenderla de los prejuicios que le impedían verme como hombre. Pero cualquier esfuerzo era nada comparado con la recompensa de tenerla en mis brazos. Sé lo que está pensando, amigo: este tío sólo es un viejo verde al que le gustan las chibolas; pero créame: he pasado toda la vida esperando a la mujer adecuada y al fin la encontré.

– Yo no pienso nada, mister. Cada uno es libre de encontrar la felicidad a su manera mientras no haga daño a nadie.

– Bien dicho ¿Y qué me dice de usted? ¿A su esposa no le molesta que trabaje hasta tarde?

– A mi señora lo único que le importa es que la tenga como una reina aunque para eso tenga que vender mi sangre.

– Como debe ser. Ellas son las reinas del hogar y nada debe faltarles.

El chofer le clavó los ojos a través del retrovisor.

– Mire señor – replicó- lamento contradecirlo, pero usted apenas lleva tres años con su conjunta y puedo augurarle un par de años más de felicidad. El primer lustro de matrimonio es lo más lindo. Seguro que se comunican mucho y se consultan todo antes de tomar una decisión. Seguro que cuando usted sale a trabajar piensa toda la mañana en ella y cuenta las horas que faltan para regresar a casa, colmarla de besos y comer juntitos, intercalando suaves caricias entre cada bocado. Seguro que cada noche, cuando se acuesta y la rodea con sus brazos como ahora, piensa en lo vacía y triste que era su vida antes de conocerla y hasta se pregunta cómo pudo vivir sin ella. Entonces la abraza con más fuerza y le susurra “dónde has estado todo este tiempo, amor”. Luego ella voltea y acaricia su mejilla con la suya, cerrando los ojos, y usted piensa que nunca, nunca, nunca podrá ser más feliz como en ese instante. Quiere que todos se enteren de lo pleno que se siente. Cuando la lleva a las fiestas la toma del brazo, le tiende el asiento, le dice a sus amigos cuánto la ama tantas veces que empiezan a sentirse miserables. A veces se cree protagonista de una novela de América y cuando va por la calle piensa que no hay más que ustedes dos, y que el mundo entero es apenas un accesorio de la historia de amor que ustedes creen representar.

Notó que el pasajero empezaba a incomodarse, pero no dejó que le interrumpiera.

– Pero al final es sólo eso. Una representación. Paulatinamente, como los granos de arena que se desprenden de las enormes pirámides, el amor mutará en algo peor. ¿Alguna vez ha deseado algo con toda el alma? Cuando era adolescente yo quería una cámara fotográfica. La vi en la tienda de la esquina, era preciosa: flash incorporado, a pilas, lente ajustable, pequeña como la mano de un niño. Desde que la vi no pensé en otra cosa que en la manera de comprarla. Salí a buscar trabajo y lo encontré en una fábrica textil. No sabía nada de remalladoras, agujas ni máquinas de coser, pero mentí para que me dieran el puesto de obrero. La cámara lo valía. Su precio eran tres sueldos míos. Casi repruebo el quinto año porque a las cinco tenía que escaparme para entrar a las seis a la fábrica. Llegaba a casa después de las doce, exhausto y dispuesto a recibir las reprimendas de mamá que empezaba a creerme un vagabundo. Pero la cámara lo valía. Al salir al colegio pasaba por la tienda y me aseguraba que estuviese aún en la vitrina, esperándome. Luego de cobrar mi tercer cheque corrí a la tienda a rescatarla. Cuando la tuve en mis manos fue como si hubiera encontrado mi corazón. Andaba con ella a todas partes, mostrándosela a todos, orgullosísimo, tomando fotos aquí y allá. Pero un día descubrí que sólo era una cámara de aficionado. Había que correr manualmente el rollo por cada foto y el famoso lente ajustable sólo tenía tres modos: paisaje, retrato y poca luz. Me di cuenta que me había fijado en un diseño, en un color, en el cumplimiento de una meta trazada, pero nunca me tomé el tiempo de evaluar si valía la pena comprarla o no, funcionalmente hablando. En menos de un año, aquel aparato fue a descansar en mi baúl de cosas viejas, junto a mi Pantro y mi Robotech.

El chofer hizo una larga pausa, como si examinara lo que acababa de decir.

– Por supuesto que una mujer no es una cámara fotográfica. Con ellas el desencanto tarda un poco más en aparecer. Y no hay mejor lente para ver las imperfecciones que el matrimonio. Por muy enamorado que uno esté, al final el matrimonio se encarga de limpiarnos los ojos, abotagados de tanta miel.

Cuando se detuvo, vio que ambos lo escuchaban absortos y se sintió mal por ello. Decidió entonces dejar de meterse en asuntos ajenos y concentrarse en la cimbreante carretera. Es lo que debió hacer desde el principio: conducir en silencio, sin pensar nada más que en la tarifa.

Pero había algo en sus pasajeros que le molestaba. Dentro de su corazón egoísta aún sentía nauseas por la felicidad ajena. Para variar, su esposa tampoco desaprovechó la oportunidad para culparlo de alguna forma por la muerte de su hija.

– ¿En qué sentido? -preguntó el pasajero.

– ¿Disculpe?

– Dijo usted que su esposa lo culpó de la muerte de su hija. ¿Cómo así?

– ¿Pero qué está diciendo? Ni siquiera abrí la boca.

Por un momento pensó que estaba volviéndose loco, pero inmediatamente recobró la compostura. Tal vez eran demasiadas horas frente al volante. Necesitaba descansar. Notó que sus brazos estaban acalambrados y apenas podía sentirlos. Este será mi último viaje, pensó. La pareja empezó a tener recelos, como si fuera un desquiciado. El chofer no podía dejar de mirarlos a través del espejo. ¿Quiénes eran? Nunca los había visto ¿Por qué el camino al aeropuerto se hacía lento y pesado?

– ¿Cuántos años tenía? – le preguntó nuevamente el pasajero. Él no pudo dejar de responder.

– Dieciséis. Era una linda muchacha. Desgraciadamente su madre le metió esas ideas en la cabeza. Consíguete un buen marido que te haga feliz y tenga plata. No corras la misma suerte que yo. Arréglate, píntate, sé coqueta y tendrás los hombres a tus pies. A mí no me parecía bien que se vistiera como una puta y se quedara hasta tarde en las noches. Un sábado le di una bofetada. Eran las dos de la mañana y la sorprendí en la Plaza de Armas, ebria y sola. Le dije que nunca más saldría de su cuarto y ella respondió que me odiaba con toda el alma. Toda la semana no nos hablamos. El sábado siguiente se escapó a una fiesta y cuando llegó de madrugada, me dijo que estaba enamorada y se iba a casar. Podía sentir su aliento a licor desde el otro extremo de la sala. Su madre dio un brinco y preguntó cómo era él. Yo le dije que si se casaba sólo para largarse nunca sería feliz, pero no me escuchó. Se dio media vuelta y subió a su moto. Fue la última vez que la vimos con vida.

De pronto, la chica, que hasta entonces se había mantenido en silencio, le gritó:

– Eso no fue lo que me dijiste.

El chofer sintió vértigos, como si los recuerdos se mezclaran con la realidad. Giró el torso para mirarlos pero el vehículo trepó sobre el sardinel de la vereda y se volcó antes de que pueda asimilar lo que sucedía.

Cuando recobró el conocimiento vio que nadie había acudido aún a auxiliarlos. Levantó el motocarro con rapidez, mirando varias veces alrededor suyo, pero solo halló al hombre sentado al borde de la acera, llorando, tomándose de la sien y balanceándose.

– ¿Dónde está? – le gritó el chofer, casi suplicante.

Su pasajero no cesaba de llorar.

– ¿Donde está ella? ¡Dígame!

– En casa. Lléveme a casa por favor.

– Está bien. ¿Dónde vive?

El pasajero levantó la mano y señaló hacia un paredón color verde y una pequeña puerta en la parte lateral. Estaba como a cincuenta metros. Le ayudó a levantarse y lo llevó casi cargando. Sus quejidos no hacían más que desesperarlo. Cuando al fin llegaron, lo sentó en las escalinatas de la puerta y tocó el timbre. Inmediatamente unos perros empezaron a ladrar, las luces del interior se encendieron y escuchó que la llave giraba en la puerta. Se preparó para lo peor. Una señora anciana pero robusta, vestida de bata y sandalias, se apareció bajo el umbral.

– Álvaro, estaba preocupada por ti – le dijo mientras trataba de levantarlo, creyéndolo herido. Ambos lo condujeron a la sala y lo acostaron en el mueble. Inmediatamente se quedó dormido.

La mujer se fijó en el rostro pálido del chofer.

– Gracias por traerlo, estaba preocupada por él. El doctor le prohibió salir de casa, pero hoy tuve que salir al mercado y se escapó.

– ¿El doctor?

– El siquiatra. Si es que hizo o dijo algo que le incomodó, le ruego que no lo tome en cuenta.

– ¿Qué problema tiene?

La mujer bajó los ojos como si se disculpara con aquel extraño.

– Hace tres años que su novia falleció en un accidente de moto. La quería mucho. Desde entonces no ha podido superarlo. Él…actúa como si estuviera viva. La trae a la casa, la llama por teléfono, los viernes la invita a cenar y tenemos que reservarle un asiento y un plato de comida al lado de él.

La anciana miró a su sobrino dormido y trató de relajar su garganta, luego continuó.

– Se me parte el alma cuando le veo así, sonriente, hablándole al vacío, cuando acaricia el aire y dibuja su rostro con sus manos, cuando la abraza haciendo un circulo con sus manos y le susurra al oído…

De pronto ella notó sus guantes de motocarrista.

– ¡Ah! Disculpe ¿Cuánto le debo? – preguntó metiendo la mano en los bolsillos de la bata.

– Nada – le dijo. ¿Cómo se llamaba su enamorada?

– Miriam. Era una buena muchacha. Dicen que cuando le contó a su padre que se iba a casar puso el grito en el cielo y la echó de la casa. La pobrecita estaba tan perturbada que rodó con su moto por una zanja recién abierta.

La anciana cerró la puerta y giró la llave. El chofer se quedó un rato más en la vereda, tratando de adivinar las siluetas a través del vidrio catedral de la puerta, pero luego las luces se apagaron. Se convenció de estar loco. Tal vez los recuerdos de la noche le habían afectado sobremanera. Mucho más de lo que imaginó. Encendió su motocarro, cuyos faros estaban inservibles, y manejó lento, hurgando las calles con detenimiento. No vio a nadie más.

Abrió la puerta del garaje y metió el vehículo en él. Se sentó en el comedor y empezó a llorar en silencio. ¡Cuánta fe necesitaba para creer lo que acababa de pasar! Había tantas cosas que desconocía de su hija que le gustaría pensar que sí era ella, que el amor es capaz de vencer a la muerte y que a veces venía aquí, a la casa, a escuchar sus irremediables lamentos por las cosas horribles que le dijo aquella noche.

Entró a la sala y vio que su mujer dormía con el televisor prendido, el cenicero en una mano y el control en la otra. Se acercó a ella despacio, le quitó los objetos y le acomodó los pies sobre el mueble.

Advirtió de pronto que no era un cenicero lo que tenía en sus manos. Su vieja cámara fotográfica, casi olvidada, casi inservible, se balanceaba entre los dedos de su mujer. Aunque la recogió con delicadeza, inmediatamente despertó.

– ¿Qué haces? – le preguntó ella, como si lo hubiera sorprendido tratando de matarla.

– Sólo estoy recogiendo la cámara antes de que se te resbale.

– ¿Tu cámara? ¿Para qué sacaste esa carcacha de la azotea?

– ¿Tú no la trajiste?

– ¡Sabes que tengo miedo a los murciélagos del cielo raso!

Él tomó el aparato, lo examinó durante largo rato como si fuera una joya valiosa y luego suspiró, mirando hacia la ventana.

– ¿Quieres ir a dar una vuelta? – preguntó el hombre.

– ¿No tienes que ir a trabajar?

– No. Hoy quiero estar contigo – replicó, como si fuera la primera vez que dijera eso – ¿A dónde quieres ir?

– No sé. ¿Tienes plata?

– Tú solo dime.

– Quistococha

– Pues vamos a ver a los otorongos. Y trae la vieja cámara. Hay cosas que nunca pasan de moda.

La mujer le miró extrañada.

– ¿Estás llorando?

– No, amor, no – replicó mientras se limpiaba los ojos- Es sólo que ahora veo las cosas con una luz distinta.

hospital nocturno

Su cuerpo se estrelló a seis metros de mi motocicleta. Iba a sesenta kilómetros por hora. Recuerdo el crujido de sus vértebras bajo mis llantas, el rechinar de los frenos, la fría crispación de mi espalda y finalmente, la calzada sobre mis ojos.

Cuando desperté tenía las costillas rotas y un profundo dolor en la parte posterior del cráneo. Mi brazo derecho colgaba de un atril, estaba desnudo y cubierto con una sábana maloliente. A mi costado, una enfermera anotaba con desgano las lecturas del monitor y miraba su reloj.

– Te has salvado de una buena. ¿Cómo estás? ¿Estás bien? ¿Sientes mi mano?- Me preguntó mientras me apretaba el pecho.

– ¿Qué me pasó?

– ¿Sientes mi mano en tu cara? Dime.

Me di cuenta que no me escuchaba. Movía mis labios sin emitir ningún sonido. Pero ese no fue el descubrimiento más aterrador. Cuando la enfermera se cambió de lado para revisarme las pupilas, no la pude ver. Mi ojo izquierdo estaba ciego. Me alumbró con una pequeña linterna e hizo un gesto de resignación, ganado a fuerza de presenciar cada noche trágicas historias de hospital.

– ¿Tranquilito ya? – dijo cuando le solicité explicaciones con la mirada-Tus familiares están en camino.

Entonces me acordé de mi esposa. La dejé en el aeropuerto hace unas horas, iba de regreso cuando aquella mujer se atravesó. Gloria me creerá enojado por nuestra última discusión en la sala de embarque, sabe que no la llamaré hasta que me haya calmado, es decir, en una semana o dos.

– No va a venir nadie -traté de decirle, frenético, pero una silueta baja y regordeta en el umbral hizo que me calmara. La enfermera se acercó a decirle algo en voz baja, moviendo la cabeza y levantando el índice. Luego se marchó.

El visitante tenía un rostro moreno y curtido, vestía camisa de tela impecable y pantalón de poliéster. Bajo las cejas le brillaban los ojos como dos semillas de sandía, y su nariz achatada parecía extralimitar sus carrillos tostados.

– Tengo entendido que se encuentra muy mal, señor Torres, pero puede escucharme. Sólo vine a que me viera la cara. Mírela bien porque es un rostro que verá el resto de sus días. No me importa que esté postrado en un hospital con medio cuerpo en el aire. Cuando salga de aquí irá derechito a la cárcel.

Mi cabeza era un remolino, y las frases rabiosas del pequeño sujeto que me mostraba su mal aliento eran como ráfagas inconexas de recuerdos. Es decir, había atropellado a una persona, pero ella cayó desde un puente de ocho metros de altura a la mitad de la autopista. ¿Qué podía hacer? Aquel hombre parecía ser un familiar indignado, tal vez su padre, o su hermano, no lo sé, pero ¿cómo se le ocurre culparme de su muerte? Me sentí como un niño ante la ira de un desquiciado y traté de llamar a la enfermera, pero él cerró puerta antes que pudiera verme.

– No, señor Torres, que no se le desorbiten los ojos. Tranquilo. No voy a matarlo. Usted no merece descansar en paz. Sería muy fácil ahogarlo con la almohada, ponerle aire en las venas o desconectar el monitor como en las películas, pero voy a dejarle vivir. Considérelo como un regalo de mi parte. Un regalo generoso a cambio de la vida que me quitó.

Puso una mano sobre mi frente como hacen las ancianas para medir la fiebre de sus nietos, y sin saber porqué, empecé a llorar entre agitaciones. Al notarlo me secó las lágrimas con la sábana. Él sólo se quedó ahí, enjugándome los pómulos con la mirada gélida.

– Ella no se suicidó. Conozco bien a mi hija. Ella nunca haría eso. Ella…

Otra enfermera empujó la puerta jalando un carrito lleno de inyecciones y medicinas, dando los buenos días en voz alta y cantando una canción sobre el maravilloso clima de hoy. Le ordenó que saliera un momento y él obedeció. Con mi ojo sano pude ver que me quitaba la sábana mal oliente y la doblaba entre sus piernas. No le importó, digamos, el frío que podría sentir.  Cuando se marchó no ingresó nadie más en toda la mañana. Las horas se hacían lentas y pesadas.  Necesitaba tener las ideas claras para saber cómo llegué aquí. Las enfermeras eran demasiado profesionales para decirme algo, pero actuaban como si fuera un caso sin remedio. Decidí limitarme a mis sensaciones y recuerdos para reconstruir mi situación. Traté de mover todas las partes de mi cuerpo y descubrí, aliviado, que estaba completo. El siguiente paso fue cerrar los ojos y simular estar dormido. Un enfermero, creyéndome en ese estado, le comentó a otro:

– Ya son cinco días y nadie ha venido por él.

– ¿Y el hombre que vino el primer día?

– Dicen que no ha vuelto más por aquí, y que le mintió a la enfermera al excusarse de firmar los papeles, luego de que el doctor le diera el diagnóstico.

A veces recuerdo detalles del accidente, como si las imágenes desfilaran lentas: puedo ver a la chica parada en la barandilla del puente, con el cabello agitado y después, todo se vuelve borroso. Durante muchos días traté de recordar su rostro e imaginar cuál era su expresión antes de caer. A veces me parecía verla llorar, y aunque suene desequilibrado, me regocijaba de que así fuese, pues reforzaba la hipótesis del suicidio. Otras veces me parecía escuchar el jolgorio de sus amigas alrededor, pero siempre era distinta. Con el tiempo me di cuenta de que eran recuerdos fabricados y en realidad no podía recordar nada.

Con el tiempo…¿qué tiempo? No lo sé. Siento llegar la noche cuando las luces se apagan y la quietud envuelve la habitación. Entonces puedo escuchar con claridad mis pensamientos. Al principio llevaba la cuenta de los días, pero había mañanas en que me despertaba sin recordar el número registrado la noche anterior. Me acostumbré al desfile de enfermeras, a las evaluaciones del doctor y a ser auxiliado en mis necesidades básicas. Me cosifiqué. Durante el día permanecía en silencio, mirando un horizonte imaginario, y sólo esperaba la noche para reconstruir los pedazos de una vida pasada que ya no estoy seguro si existió.

Gloria era todo para mí. La conocí en la facultad, cuando ambos nos preparábamos para ser abogados. No era muy bonita. Más bien era pequeña y delgada, pero tenía un espíritu libre. Siempre andaba cultivando amistades por todo el salón, y cuando me tocó a mí, la chispa que sus ojos emanaban no pudo menos que conquistarme. Tenía algo que me hacía querer estar con ella en todo momento, algo que no puedo describir físicamente. Pero, aunque muy dinámica, Gloria era democrática. Así como me trataba a mí, trataba a los demás, y lo que en algún momento me pareció una atención especial, comprendí que era simple cordialidad hacia un compañero cualquiera. Vaya que costó mucho llamar su atención y conquistarla.

Vuelvo otra vez a la noche del accidente. No estoy seguro de haber visto a alguien colgado del puente antes de saltar, pero es necesario que trate de recordar. La chica muerta con los pies en la barandilla me sonríe, pero su sonrisa se parece demasiado a otras sonrisas, lo que demuestra que mi mente está mezclando unos gestos con otros, reconstruyendo por temor un instante que tal vez nunca existió. El cerebro puede ser muy engañoso cuando se trata de salvar el pellejo.

Una vez, cuando era niño, mi abuela me contó una historia que nunca olvidé. Mi hermana, la única hermana que tuve, acababa de morir al caer la avioneta que la traía de Pucallpa. Su cuerpo quedó destrozado y la mitad de su cabeza jamás se encontró. En el velorio mi madre no permitió que la vieran, pero yo estaba tan triste que necesitaba despedirme de ella. Aprovechando un descuido, me subí al reclinatorio y alcancé a levantar la tapa del féretro. Grité como si hubiera visto un monstruo y salí llorando de la casa. Mi padre corrió tras de mí y me trajo cargando como si fuera una enciclopedia. Yo no dejaba de llorar, y cuando me arrojó sobre su cama, empezó a sacarse el cinturón. No me importó, ya estaba acostumbrado. Me puse en posición fetal y escondí la cabeza entre mis rodillas, cerrando los ojos. Estuve así un buen tiempo, pero no sentí ningún azote. Cuando abrí los ojos, temeroso, descubrí a mi abuela sentada, intentando acariciarme la cabeza. Me dijo que no tenía porqué llorar, y que mi hermana estaba con Dios. Recuerdo haberle dicho que no me importaba con quién estaba ahora, lo que me dolía era darme cuenta de la horrible muerte que había tenido. Entonces me sonrió con ternura y me replicó que ella no había sentido ningún dolor, porque un ángel la había cuidado todo el tiempo. Yo le pregunté cómo lo sabía, y me respondió que ella misma se lo acababa de decir. Me dio un beso y me cubrió con la sábana. Cuando la quité, descubrí en mis piernas las marcas diagonales de la paliza, y a mi padre acomodándose el cinturón. Le pregunté a dónde había ido la abuela y me dijo ¿la abuela? la abuela está en el cementerio, cojudo.

No sé porqué recuerdo esto ahora. Quizá en algo me consolaría saber que aquella chica no sufrió tanto, o tal vez me gustaría descubrir que ella no existe, que fue un ángel cuidando la muerte de otro, o que haya sido mi ángel. Pero el tipo que me amenazó el primer día aplastaba cruelmente esa posibilidad. Los policías que vinieron una tarde a mirar mi estado y hablar con los doctores también. Sin duda, esa muerte fue real.

Un día no pude aguantar más y le grité a la enfermera encargada de la limpieza que era una maldita pervertida, pues tenía la costumbre de quitarme la sábana y luego ponerse a asear la habitación, lo cual, a pesar de todo, seguía siendo humillante. Sólo al final, tras haber dispuesto todo lo demás, volvía a cubrirme. Al oír mi insulto, arrojó las botellas de suero al piso, y se puso a buscar como loca una sábana limpia para cubrirme. Podía ver una expresión de sorpresa y terror en sus ojos, lo que demostraba que mi insulto, lejos de ser ofensivo, resultaba descriptivo. Luego corrió a llamar al médico y éste me preguntó desde cuándo podía hablar; le dije que desde que esa loca empezó a dejarme desnudo mientras limpiaba. El médico esbozó una sonrisa y anotó algo sobre mi historia clínica. Luego se marchó. Ese día me convertí en la noticia del día y cada persona que ingresaba a revisarme quería comprobar lo que se rumoreaba: que el olvidado paciente del 203 por fin recuperó el habla, y lo primero que hizo fue quejarse de que la enfermera más bonita del pabellón, Dolly la loca, lo desnude. Ella jamás volvió por aquí.

A medida que mi recuperación avanzaba, los médicos se volvían más festivos, tanto que pensé que no imaginaron que sobreviviría. O también podría ser esa fatua necesidad de andar con un humor impostado para no alarmar al paciente. Como sea, yo no veía la hora de salir de allí. Un día, me avisaron que al día siguiente vendría la policía y el fiscal para hacerme unas preguntas. Entonces comprendí que lo peor apenas había pasado.

Esa noche hice un último esfuerzo por ordenar los sucesos del accidente antes de dar mi versión de lo ocurrido. Dejé a Gloria en el aeropuerto, discutimos porque no quería que se marchara, le dije como siempre que era una puta y que seguro estaba loca por separarse de mí para encamarse con Julián, su compañero de trabajo. Ella me dijo que me largara, yo le dije que no. Intenté arrancarle el billete de avión, forcejeamos, ella lanzó un grito agudo que hizo que dos policías me arrastraran hasta la puerta y me prohibieran el ingreso. Julián me miraba impasible desde la sala de embarque. Desde afuera continué gritándole prostituta, zorra, basura.

– Gloria ¿quieres casarte conmigo?

– ¿Qué dices? – Respondió ruborizada.

– Digo, no ahora, pero ¿prometes casarte conmigo cuando sea un abogado y gane un billetón quitándole propiedades a la gente?

Ella terminó de acomodar sus cuadernos en la mochila, se arrimó el pelo detrás de las orejas y suspiró.

– Sí, tontito.

La abracé fuerte y le dije que, como me hacía el hombre más feliz del mundo, yo la convertiría en la mujer más feliz del universo.

Y así fue, al menos al principio. Nuevamente estoy bloqueando mis recuerdos. Tenues rayos de sol empiezan a dibujar el contorno de las ventanas cerradas de la habitación. Un doctor y dos enfermeras llegaron para acomodarme en una silla de ruedas, aunque podía caminar. Luego de asearme y vestirme, el fiscal y dos policías ingresaron para tomar mi declaración.

– Señor Santiago Torres Salcedo, veintinueve años, natural de Iquitos, de profesión abogado…

Pude conseguir su fecha de retorno, y sin que ella supiera, la esperé en el aeropuerto. Los minutos viendo desfilar a los pasajeros que llegaban a la sala eran agobiantes, pero casi al final, apareció con su pequeña maleta en mano. Me marché antes que me viera y me dispuse a preparar la cena y arreglar la casa.

-… Traumatismo encéfalo-craneano leve, fractura expuesta de cubito y radio…

Nunca llegó. La esperé seis horas en casa pero nunca llegó. Tiré la cena, arrojé la vajilla al suelo y destrocé los muebles. Temiendo lo peor, me dirigí a casa de Julián, me asomé por la ventana… y allí estaba. Recostada sobre su pecho mientras… no. No puedo continuar.

-Señor Torres ¿está consciente de los cargos que se le imputan?

– No, no puedo…

– Se le acusa del homicidio de Gloria Reátegui de Torres, su esposa. El 20 de Julio del 2007 usted la atropelló con su motocicleta, causándole la muerte. ¿Está consciente de eso?

– No, no puedo… ella fue la que acabó conmigo…

Esperé toda la noche a que la puerta de Julián se abriera y vomité a mi esposa. Horas de angustia que terminaron por minar mi cordura. Casi al amanecer, la vi salir. Le estampó a su amante un beso largo y copioso, luego caminó hasta la avenida a esperar un motocarro.

– Necesita un abogado señor Torres. ¿Ya tiene uno? El abogado de la parte agraviada es el padre de la víctima, el doctor José Reátegui.

– Oh! Ya nos conocemos-dijo con fastidio el pequeño hombre de los ojos de sandía- Lo puse al tanto de todo el primer día.

– ¿Tiene algo que decir, señor Torres? -Continuó el fiscal.

Hice una larga pausa antes de poder contestar:

– Sí…mi Gloria no sufrió. Un ángel la cuidaba.

ScreenShot137

Cada cierto día de Junio tiene lugar en el mundo una oscura celebración, que ya lleva once años convocando soterradas multitudes.

Es el día del orgullo pedófilo, o mejor dicho, el “International Boy Lovers Day”. Jornada en la que pederastas de todo el mundo coordinan una serie de actividades para convencer a la sociedad de que su pasión por mantener relaciones sexuales con los niños no los convierte en depravados.

El origen de esta celebración se remonta, para variar, a EEUU. Data de 1998 y tiene lugar el primer sábado después del solsticio de verano de ambos hemisferios. El año pasado fue el 24 de Junio. Este año será el próximo sábado 27. Básicamente las actividades son las mismas:

– Organizarse políticamente (en el sentido amplio de la palabra).

– Crear conciencia de que los pederastas tambien tienen derecho a difundir sus opiniones por muy condenables que sean y expresar libremente su sexualidad, según el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, el artículo 11 de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea y la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.

– Enviar cartas a los periódicos en las que se exhorta a la tolerancia para con los “amantes de los niños” y se deslindan de los violadores de menores, pues segun ellos, la relación con un menor debe ser “consentida por ambos” (¿?).

– Encender una vela azul en la ventanas como muestra de solidaridad (el azul representa a la niñez, segun dicen) al tiempo que se escuchan coros infantiles.

– Exigir que la American Psychiatric Association (APA) y otras instituciones afines retiren a la pedofilia de su lista de desórdenes mentales severos, tal como se hizo con la homosexualidad a principios de los años 70.

La polémica celebración pedófila salió a la luz el año pasado en España, cuando varias organizaciones marcharon para repudiar el evento y pidieron al gobierno que tomara medidas contra sitios de pornografía infantil que promueven el abuso sexual.

Tiempo después se supo que la convocatoria publicitada por los pederastas no era de 2008 sino de 2006. Sin embargo, la página del “Día Internacional del Amor por los Muchachos” nunca dejó de actualizarse ni de invitar a los pedófilos de todo el mundo a protestar contra quienes, según ellos, los califican como “monstruos”. El sitio se jacta actualmente de haber recibido casi 250 mil visitas.

Según la información proporcionada por el sitio, escasa y llena de pleonasmos, la posición los organizadores de esta celebración es muy simple: No somos depravados porque no mantenemos relaciones sexuales con niños que así no lo quieran. La pregunta sería entonces: ¿Puede un niño de seis, ocho, diez o doce años saber qué cosa es lo que conviene a su bienestar? Permitir que el simple consentimiento del niño(a) baste para legalizar la relación sexual equivaldría a ponerlos en un estado de indefensión, porque la pobreza extrema de la víctima generalmente es la razón por la que decide “consentir”, a menudo, aleccionada por sus propios padres. Recordemos que Iquitos es una de las ciudades con mayor índice de explotación sexual infantil.

El año pasado, en Holanda, Marthijn Uittenbogaard invitó a varios amigos en su ciudad, Leiden, para brindar por el Boy Love Day. A sus 26 años, preside el Partij voor Naastenliefde, Vrijheid en Diversiteit (Partido del Amor al prójimo, la Libertad y la Diversidad, PNVD). Esta enseña, fundada en 2006, reclama la reducción, de 16 a 12 años, de la edad mínima para que un niño pueda tener relaciones sexuales.

-Elegimos los 12 años porque a esa edad un niño puede decidir si vivir con su padre o con su madre, si quiere jugar al fútbol o ir al cine. -¿Le parece comparable jugar al fútbol con tener sexo con adultos?
-Sí. En una sociedad perfecta, no debería ni existir edad mínima para que un niño tenga relaciones sexuales- declara a Crónica Marthijn Uittenbogaard, sin alterar su apagado y monocorde tono de voz.
El paranoico programa del PNVD, bautizado en su país como “el partido pedófilo”, incluye la legalización del bestialismo -sexo con animales-, la pornografía infantil y el exhibicionismo. Un vistazo al currículo de sus dirigentes explica este muestrario de trastienda de sex shop: el número dos, Ad van der Berg, fue condenado en 1987 por acosar a un niño de 11 años. El secretario, Norbert de Jonge, también figura en los registros de pedófilos. Al contrario que sus camaradas, él prefiere las niñas.
La ley les tendió una alfombra roja electoral, pero no pudieron concurrir a falta de las 570 firmas públicas que todo partido debe reunir. Sólo 200 se atrevieron a poner su nombre, DNI y dirección.
Pero aunque parezca increíble, promover la pedofilia no es un delito. Tanto en España, Holanda y Estados Unidos, al tratar de detener las actividades celebratorias las autoridades han chocado con un vacío legal. Es el precio que tenemos que pagar por respetar la libertad de expresión. Sólo nos queda estar atentos y expresar nuestro rechazo de la misma forma en que ellos lo hacen: a través de Internet.

Existen alrededor de 500 foros en la red dedicados a la apología de la pedofilia. No se ocultan y pretenden crear debate y legitimar el sexo con niños. Aluden a fantasiosos estudios científicos y por ello no circulan imágenes pedófilas explícitas, pero sí comentarios como éste: “Fijaos en los niños en bañador de los folletos de venta de viajes. Con esas joyitas pasaría yo mis vacaciones”.

Este año diversas instituciones civiles en todo el mundo han coordinado acciones de rechazo. Italia y España han bloqueado el acceso a dichas páginas desde sus respectivos países, y en Argentina, un acto de repudio de la Cadena Internacional de Oración por Niños y Adolescentes, se realizó ayer miércoles 24, coincidiendo con la fecha que los pedófilos eligieron el año pasado para el evento mundial. Finalmente, la propia Wikipedia ha eliminado, desde el 14 de Junio, la entrada sobre el “Internacional Boy Love Day” en su página.

Escalofriante. A este paso estaremos celebrando pronto el Día del tratante de personas, el Día del caficho y el Día de la violencia contra las vacas en los campamentos militares.

extrañavidajuan

Un adolescente acaba de salir de la secundaria. Se llama Juan, y sus padres nunca le preguntaron qué quería ser de grande porque, sea lo que quiera ser, la plata no alcanzará. Papá don Artemio siempre le decía que lo mejor que puede hacer un hombre es trabajar desde pequeño, juntar dinero y poner un negocio. Y así lo hizo. Desde que estaba en el segundo año en el MORB, trabajaba cargando agua. Aquí es pertinente hacer un alto y explicar qué cosa es un cargador de agua. Iquitos, como casi todas las ciudades provincianas del Perú, es una urbe en la que el agua potable y el desagüe son un privilegio. En las zonas más pobres, la cisterna es esperada con ansiedad: mujeres, hombres y niños hacen largas colas cargando tantos baldes como puedan. Pero algunas familias autodefinidas como “de rancio abolengo”, es decir, los ricos de barrio que se sienten importantes porque tienen una casa de ladrillos, no pueden exponerse haciendo cola como simples plebeyos. Por eso, juntando hasta el último céntimo, contratan a un cargador, de preferencia un niño a quien se pueda contentar con propinas. Durante tres años, Juan había sido el cargador mimado de la cuadra. Ahora, hecho todo un hombre de seiscientos soles, esperaba su fiesta de promoción para largarse de una vez de la casa.

A estas alturas algunas de mis lectoras probablemente estarán preguntándose si nuestro amigo tenía enamorada, sobre todo cuando les confirme el hecho de que, debido a sus faenas, había desarrollado un cuerpo vigoroso y su estatura no se redujo a pesar del peso que cargaba sobre los hombros. Pues bien, lamento desilusionarlas, pero Juan estaba enamorado de Camila. Se conocieron en el colegio, y hace tiempo que se habían jurado amor eterno, entregándose completamente el uno al otro. Camila lo creía único, porque mientras sus compañeros se pasaban los fines de semana empinando el codo en los bares de Moronacocha, levantando meseras y fanfarroneando acerca de quién es el más macho, Juan sólo pensaba en el futuro. ¿Sabes cuánto se gana vendiendo ropa? – le preguntaba a veces – Iquitos es una ciudad bien mona. La ropa sale como el pan. Cuando terminemos el quinto año compraré un puesto en el mercado. Ya hablé con el señor Inga. Me lo dejará en mil soles, lo pagaré en partes.

Luego volvía a quedarse callado, a seguir imaginando.

Pero no crean que por muy soñador se le quemó el pan. Hizo lo que tenía que hacer, porque papá Artemio nunca le dijo que tenía un abanico de opciones en la vida. Sólo le mostró un camino: el del trabajo duro.

Dos años después, encontramos a Juan sentado en una silla tejida, al lado de su puesto de ropas en el mercado Belén. Su dulce Camila consiguió un empleo cerca de allí, como representante de ventas de una conocida cadena de tiendas. Aunque este cargo suene muy pomposo, su trabajo consistía en pararse en la puerta y llamar a los clientes haciendo uso de todas las armas que pueda: desde el piropo hasta la seducción descarada, desde las rogativas hasta el jaloneo de brazos. El turno iba de siete de la mañana a siete de la noche, y el pago era de setenta soles semanales. Hubiera querido acompañar a Juan, pero éste le había dejado en claro que no gustaba de chicas ociosas. Además, si ambos unían sus ganancias, podían ser propietarios en la mitad del tiempo planeado (Juan tenía pensado, en esquemas precisos, abrir su propia tienda el 21 de Marzo del 2019).

Pero una pequeña astilla incrustaba el corazón de Juan: la envidia. Una envidia que le impedía aceptarse como es. Miraba sus manos callosas, su piel tostada, y deseaba haber tenido mejores oportunidades. A veces se encontraba con antiguos compañeros, ahora estudiantes de universidad o de instituto, y cuando les estrechaba la mano las sentía suaves y sus ojos tenían el brillo de alguien que había visto un mundo nuevo más allá de las mugrosas paredes de su habitación. Los que antes admiraron su equilibrio y su actitud estoica, ahora parecían compadecerlo. Cuando pensaba en eso, reía a carcajadas diciendo que algún día tendrá más plata que todos ellos juntos, y ese pensamiento lo fortalecía. Que el pichón Fernández será su doctor de cabecera, el trucho Ramírez su abogado, y el cholo Peter le arreglará las camionetas. Ya verán.

Un día, una chica asomó la cabeza por debajo de las ropas colgadas, buscando prendedores de fantasía. Juan leía una revista de espectáculos y cuando se fijó en ella, sus ojos no volvieron a bajar. Era joven, de cabellos castaños, piel de porcelana y unos ojos color botella de cerveza. Vestía un polo blanco y jeans azules. Calzaba zapatillas y se amarraba el pelo como una cola. Bajo el sol de mediodía su piel parecía brillar, despidiendo un aroma a manzanilla. Pero su presencia no es lo que más sorpresa le causó. Después de todo, chicas bellas las había visto a montones, pero todas creyéndose las reinas del mundo. La llaneza de su trato, su pródiga sonrisa, su amabilidad para alguien que se sentía indigno hasta de estrechar sus manos con sus dedos toscos, terminaron por ilusionarlo. Como ella siempre andaba buscando prendedores y otras monerías (le gustaba participar en certámenes de belleza, con no poco éxito) se hicieron grandes amigos, y cada tarde que pasaban juntos la esperanza de poder llegar a algo con ella algún día aumentaba. De paso, el hecho de tener a una reina de belleza entre sus clientes aumentó su prestigio, y las ventas mejoraron.

Cuando Camila pasaba por él a las siete, cenaban donde los agachaditos, paseaban un rato mirando otros puestos y luego regresaban a casa. A veces ni siquiera tenían fuerzas para contarse el día, menos para hacer el amor, pero existía entre ellos un compromiso tácito de permanecer juntos a pesar de la rutina, o quizá debido a ella.

Juan fue el primero que pensó en revisar aquel compromiso.

Cuando la tomaba de los hombros en el motocarro, y sentía su olor a sudor mezclado con perfume barato; cuando miraba sus labios morenos lanzando improperios contra su jefe explotador, empezaba a sentirse ajeno; y cuando ella se sentía más locuaz que de costumbre y le contaba cada detalle de las horas que no se vieron, era como si le hablara desde la otra orilla de un río agitado.

Camila, ya lo hemos dicho, admiraba la ecuanimidad de Juan, y se lo hacía saber a cada momento. Le decía que lo amaba porque hombres como él no se encuentran así no más. Era único. Desgraciadamente, Juan llegó a convencerse de que era admirable, y terminó deseando algo mejor.

Ella nunca sospechó lo que venía.

Juan cada vez estaba más intolerante y aprovechaba cualquier situación para empequeñecerla, y ella creyó que era un stress pasajero debido a la campaña navideña. Las agresiones fueron subiendo de tono, llegó a decirle que no valía nada. Tal vez quería que terminara con él para no sentirse culpable, por eso la atormentaba con insultos injustos y hasta denigrantes, pero Camila se limitaba a llorar y suplicar, lo que no hacía más que aumentar su furia. Después de herirla, pedía perdón y prometía cambiar, sin darse cuenta que sólo actuaba movido por un insano sentimiento de culpa, e irremediablemente, la escena se repetía unas semanas después.

La relación era intolerable. Juan se atormentaba pensando que cada minuto al lado de ella lo envejecía, como la ansiedad de una espera angustiosa. Camila se hundía en un silencio profundo, convencida de estar atravesando un declive temporal. Sólo cuando él desapareció dejándole una nota, se dio cuenta que todo había terminado.

“Me voy porque no te merezco ni tu a mí, y los sentimientos que alguna vez tuve no volverán jamás. Sé que te romperé el corazón y te haré sentir la mujer más infeliz, pero no puedo permanecer atado a alguien que no amo simplemente por lástima o consideración. He tratado de decírtelo por todos los medios posibles, pero te niegas a aceptarlo. Algún día me lo agradecerás”.

Por supuesto que se involucró con su reina de belleza (a propósito, se llamaba Karina) y se mudó a un cuarto pequeño en otro mercado. Cuando besaba sus labios de porcelana se sentía un hombre realizado, poseedor de la felicidad más absoluta. Después de todo ¿quien no estaría honrado de merecer el amor de un ángel? Karina tenía una belleza natural, casi siempre vestía jeans y zapatillas. Durante meses soñaron con estar hechos el uno para el otro. Ella le presentó su padre, un poderoso empresario a quien las habladurías sindicaban como el más grande lavador de activos; a su madre, una delicada relacionista pública dedicada a la ayuda social; a sus amigos fachosos que adulaban su belleza (mas no sus gustos para elegir pareja); y de vez en cuando salía en los programas de espectáculos, donde el conductor definía a Juan como el hombre más envidiado de Loreto por tener la suerte de levantarse semejante lomazo (sic). Salían a pasear en autos de cortesía, entraban sin pagar a las discotecas más exclusivas, Karina le enseñó a vestirse, a seleccionar perfumes, a acicalarse, en fin. Con ella experimentó lo que los prejuicios por su origen humilde nunca le dejaron experimentar: atención y respeto. Seguramente se preguntarán: ¿acaso Camila no lo atendía, lo respetaba y hasta lo admiraba? Sí, pero no es lo mismo, ustedes saben. No más compasión para el pobre Juan. Karina le había regalado una vida envidiable.

Lo malo era que debía esperar a que su amada cumpliera la mayoría de edad para que pueda darle un mordisco a la manzana. Ése fue el trato desde el principio y no tuvo inconveniente en aceptar. Pero a veces, en las noches solitarias, se mordía la lengua para no pecar.

Llegó el día del mayorazgo. Ya iban por el octavo mes de felicidad y la familia de Karina había convertido el cumpleaños de su primogénita en todo un acontecimiento social. Aquel día estaba bellísima. A su lado, alto y fornido como siempre, Juan desfilaba elegante, saludando a los invitados. Luego del brindis, las fotos y los discursos, la pareja se perdió en una de las habitaciones de la casa. Al ingresar, ella corrió el pestillo, apagó la luz y empezó a besarlo. Aunque estaba perturbado por su determinación, se dejó desnudar. Karina recorrió su cuerpo con sus manos y luego preguntó:

– ¿Juan, tú me amas?

– Sí -respondió, confundido.

– ¿Con todo el corazón, con toda tu alma y con todos tus sentidos?

– Sí – repitió.

-¿Por lo que soy o por lo que tengo?

– Por lo que eres.

– Y si no pudieras tenerme ¿me amarías?

– Si, amor. Si no estás segura, te esperaría hasta el fin del mundo. Karina, si tienes dudas acerca de lo que vamos a hacer…

– Ya no tengo dudas. Enciende la luz.

Lo que Juan vio cuando los fluorescentes circulares de la habitación se encendieron, lo dejó sin aliento. Karina estaba desnuda, trémula, sudorosa, con los dedos entrelazados friccionándose las uñas. Los senos, que tantas noches imaginó delicados y perfectos, coronados por rosas, no eran más que colgajos de piel, torpemente adheridos a su pecho. La cicatriz avanzaba cubriendo el abdomen y se perdía entre sus piernas, dejando a su paso no más que surcos amorfos, profundos, intimidantes.

– Son quemaduras- explicó, ante el prolongado silencio- Hace diez años, viajaba en el auto con mi papá por la carretera. Regresábamos de hacer compras cuando, al evitar a un niño que jugaba con su pelota, se volcó. Él pudo salir inmediatamente pero yo quedé aprisionada bajo la bolsa de mercadería. No podía moverme. Empecé a sentir que el cuerpo me ardía, gritaba tratando de escapar, pero cada movimiento era más doloroso que el anterior. Toda la mercadería se había quebrado, incluyendo la botella de ácido muriático que se empezaba a derramar sobre mí. Papá intentó jalarme pero yo le rogué que no le hiciera porque el dolor era tan grande que pensé que me partiría en dos. Me desmayé.

Ella buscó una sábana y volvió a cubrirse el cuerpo. Se dio la vuelta, y aunque Juan no pudo ver su rostro, supo que lloraba. Comprendió entonces que su silencio la estaba mortificando más, pero no sabía qué decir. Torpemente, caminó hacia ella y la tomó de los hombros, la besó como siempre, acariciándole las mejillas. ¡Cuántas veces había admirado la lozanía de sus mejillas, la suavidad de sus manos, el olor de sus cabellos! La apretó contra su pecho y sin dejar de besarla la acostó sobre la cama. Al principio sus manos daban vuelta sobre sus hombros, resistiéndose a explorar lo que sus ojos habían visto. Pero a medida que lo asimilaba, llegó a convencerse que tenía que actuar responsablemente. Correspondió a sus caricias y besó su cuerpo lacerado.

Un desierto de dudas asaltó su imaginación, como si cavilara al pie de una decisión importante. No podía ser su primer hombre. Ya no estaba seguro de amarla por siempre. Era demasiado egoísta para soportarlo, pero no tanto para dejar de admitirlo. Cuando ella la atenazó con sus piernas, haciéndole sentir la rugosidad de su abdomen, hizo un movimiento reflejo y se apartó. No puedo hacerlo, murmuró, mirándola a los ojos. Se vistió rápidamente y salió de su habitación, de su casa y de su vida.

Caminó dando tumbos entre las calles vacías. No podía dejar de recordar la imagen de su desnudez, tampoco podía dejar de recriminarse por su cobardía. Llegó a su cuarto, se dio un baño y trató de dormir. De pronto, tuvo miedo de haberla herido tanto que su padre mande por él. Eran las doce. Recogió todas sus cosas, incluyendo la mercadería, y tomó un motocarro. En medio de su confusión se acordó de Camila. Recordó que ella, como otras veces, había intentado hablar con él antes de la fiesta. Los miembros de seguridad le impidieron la entrada y cuando le preguntaron, negó conocerla. Sabía que había hecho mal, pero no podía darse el lujo de discutir con una ex en aquella mansión.

Desde que abandonó a Camila ella nunca se mudó. Lo sabía porque las llamadas que recibía en el celular provenían del teléfono que él instaló. Le dijo al chofer la dirección y atravesó las calles salpicadas de borrachos. Al llegar tocó la puerta. Nadie abrió. Cogió entonces la llave e hizo girar la cerradura. Al verla no pudo contener un grito de pavor. El cuerpo de Camila se balanceaba de una de las vigas, con la piel morada y los músculos rígidos. El cuarto se había degradado tanto que parecía que una desquiciada lo estaba habitando. Al encender la luz, algunas las ratas se ocultaron. Recortes de periódico con su nombre cubrían las paredes, y la basura se acumulaba en una de las esquinas. No hay nada más inútil que derramar unas lágrimas por alguien que ya no nos escucha, pero aquella noche Juan se quedó llorando sobre el cadáver de Camila, y sólo después de guardar la nota que dejó, llamó a la Policía.

“Te he amado tanto que ya no me quedan fuerzas para intentar olvidarte. Seguramente pensarás que fui una tonta al suicidarme, pero sólo Dios sabe cuánto he luchado por arrancarte de mí. No te guardo rencor, después de todo, siempre pusiste tus sueños por encima de nosotros. Sólo quería despedirme. Ojala consigas todo lo que te propusiste, y cuando lo hayas logrado, no olvides que yo te ayudé un poquito.

P.D. Lamento que no haya llegado el día en que te agradecería por haberme abandonado.”

La ceremonia fúnebre fue todo un espectáculo. Los padres de Camila vinieron desde Huancayo para llevar el cuerpo de su hija, agarraron a golpes a Juan y no lo dejaron participar del velorio. Él se dejó castigar como una muestra de expiación tardía e inútil, pero no bastaba para menguar su dolor. Ni papá Artemio tendría un consejo para él.

Luego de unas semanas trató de volver a sus quehaceres de subsistencia, aunque dejando de lado sus planes de gran comerciante. Se mudó al Mercado Central, donde alquiló un pequeño local. Aunque debería estar satisfecho por haberlo hecho antes del 2019, se sentía infeliz. Le daba asco planear. Era como si hubiera errado el camino de su vida y quisiera enmendarlo. Las costumbres de su relación con Karina se habían magnificado, y gastaba gran parte de sus ganancias en perfumes, crema de manos, tratamiento capilar y licores finos. Convencía a sus clientes con consejos de belleza y aparentaba ser un hombre de mundo contando viajes que nunca hizo y empleos que nunca tuvo. A veces lo reconocían por las antiguas portadas en que aparecía y entonces su mirada cobraba cierto brillo de antaño. Dejó de ser Juan para llamarse John y después (cuando se dejó crecer el pelo para teñírselo de rubio y empezó a usar ropa ceñida) se llamó Jenny. Las manos descuidadas lo enfurecían tanto que se negaba a venderle a un cliente si éste no temía bien limadas las uñas. Un abdomen perfecto le excitaba al punto de regalar media tienda para tocarlo. Comprendió entonces porqué, desde que nació, siempre había sentido que no pertenecía a este mundo: al mundo de don Artemio y su disciplina espartana, al mundo de la vida dura y el vocabulario soez, al mundo de los hombres.

Por eso, el ebrio que lo atropelló con su auto seis meses después del cumpleaños en la mansión, se sorprendió de encontrarlo diferente. Juan quedó tendido en el pavimento, con el cráneo destrozado bajo una de las llantas, a pocos metros de su local. El trucho Ramírez fue el fiscal encargado de la investigación, el pichón Fernández fue su médico legista, y fue el cholo Peter el único mecánico de turno en la ambulancia que lo condujo hasta la morgue. Nadie derramó una lágrima, porque descubrieron la nota de Camila en uno de sus bolsillos.

El chofer homicida se entregó inmediatamente. Fingía estar tan ebrio que vomitó en sobre el escritorio del comisario. El papá de Karina le pagó la mejor celda en el penal San Jacinto, le consiguió el mejor abogado, hizo uno que otro arreglo con el juez y en tres meses logró liberarlo. Casi nadie fue al entierro de Juan, por lo que la ceremonia fue brevísima. Sólo Karina, vestida de jeans y zapatillas, se mantuvo de pie cerca del féretro hasta el final. Quería asegurarse que el nicho quede bien cerrado

calles peligrosas

A veces, cuando me sentaba en las noches a ver los noticieros limeños, me regocijaba de vivir aquí, lejos de tantos asaltos, delincuencia y muerte. Iquitos es una ciudad tranquila, y sobre todo, solidaria. Cuando alguien se cae de la moto por esquivar un bache o por hacer una mala maniobra, nunca falta un transeúnte o conductor que se acerque a ayudarlo, a preguntarle si se encuentra bien y a sonreírle aconsejándole que tenga más cuidado la próxima vez. Aquellos días me parecen tan lejanos hoy.

El sábado, a las dos y media de la madrugada, un grupo de tres señoras tomaron un mototaxi desde la avenida Freyre hasta la avenida Mariscal Cáceres. Iban despreocupadas, riendo y conversando, festejando la rápida recuperación de una de ellas, que había salido de una agotadora sesión de quimioterapia. Son señoras de su casa, pero cuando salen a divertirse (una vez al año) lo hacen con alma, corazón y vida.

Cuando iban por Putumayo, una de ellas advirtió que el conductor estaba tomando el camino más largo, así lo comentó con sus amigas pero ellas no le dieron importancia. Llevaban 15 minutos de viaje cuando aparecieron dos motocarros a toda velocidad, con tres pasajeros cada uno. Se apostaron uno a cada lado de las señoras y sin ninguna vergüenza les jalaron la cartera. La que sufría de cáncer iba a uno de los extremos y se resistió, cogiendo su cartera con todas sus fuerzas y gritando por ayuda. Los asaltantes, lejos de amilanarse, la cogieron de los pelos hasta hacerla caer del vehículo, rodando varios metros por la pista. La señora que iba al otro extremo, al ver a su compañera caída, dejó que se llevaran su cartera, llena de pavor. Una vez con las manos en el botín, los motocarros se perdieron en direcciones opuestas. El motocarrista que llevaba a las señoras, un mocoso de unos diecisiete años, lejos de frenar para auxiliar a su pasajera, aceleró, y no fue hasta que oyó los gritos pidiendo que se detuviera, cuando lo hizo. Ambas señoras bajaron, corrieron hacia donde su amiga que yacía en el piso con magulladuras y la cabeza rota. Estaba inconsciente. Una de ellas la abrazó llorando desesperadamente, lamentando su partida, pero al poco rato recobró la consciencia. El motocarrista se acercó, la ayudó a subir nuevamente y fueron al hospital.

Aparte del susto, los golpes y magulladuras, la señora tiene una hinchazón en la zona del cuero cabelludo, producto de la tremenda fuerza con la que le arrastraron de los pelos. Según uno de los testigos, la llanta de uno de esos vehículos estuvo a punto de pasarle por la cabeza, sino fuera porque se apoyó en una mano para esquivarla.

Y es en este suceso que me detengo para reflexionar un poco, de una forma que a ustedes seguramente les parecerá ingenua. Hace ya muchos meses venimos escuchando que el índice de criminalidad en la ciudad se ha incrementado, y que las innumerables motopatrullas no parecen tener ningún resultado. Siempre han habido ladrones en Iquitos, ladrones con sigilo, de esos que te roban en un suspiro y que no lo adviertes hasta que se han marchado, pero últimamente nos están invadiendo otro tipo de ladrones: los avezados. Esos que arrancan aretes con pedazo de oreja incluida, que arrebatan carteras de motos en movimiento sin importarles que la víctima perezca al caer de cráneo a la pista o, como es el caso que relato, que exponen a la víctima a un peligro inminente al arrojarla a la calzada para que se entienda con las llantas de su motocarro. ¿Tan poco puede valer una vida para esta clase de personas? Desde mi indignación trato de ponerme en el pellejo de esos asaltantes, y no puedo entenderlos. Sería muy fácil echarle la culpa a la pobreza y la falta de oportunidades y al maltrato que sufrieron en la infancia, pero esas son estupideces. Uno siempre puede elegir. Pobres somos todos y no por eso andamos matando por un puñado de monedas.

Sé que mi indignación también es supina, porque a pesar de que hace mucho que me di cuenta que las calles se han vuelto peligrosas, sólo cuando uno lo sufre de manera personal recién reflexiona sobre la gravedad del problema. Una de aquellas señoras era una tía muy querida, y de no ser por un venturoso azar quizá hoy estaría frente a su tumba, llorando, como tantas veces he visto llorar por la televisión a incontables hijos de padres y madres que mueren de la manera más absurda a manos de un vil delincuente.

En este momento extraño aquel Iquitos de carácter provinciano, en el que cuando alguien robaba y trataba de huir por las calles, los transeúntes le cerraban el paso hasta cogerlo, y luego, en un acto de júbilo comunal, lo conducían maniatado a la comisaría, no sin antes propinarle algunos golpes para que aprenda.

Éramos más rupestres, pero éramos más felices.

¿La indiferencia para con nuestros semejantes será el precio que tendremos que pagar por convertirnos en una ciudad moderna?

¿El egoísmo es el precio del progreso?

Maldita sea.

Imagen: Escena de Calles Peligrosas (o Mean Streets), la espléndida cinta fetiche sobre el hampa dirigida por Martin Scorsese