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Cada cierto día de Junio tiene lugar en el mundo una oscura celebración, que ya lleva once años convocando soterradas multitudes.

Es el día del orgullo pedófilo, o mejor dicho, el “International Boy Lovers Day”. Jornada en la que pederastas de todo el mundo coordinan una serie de actividades para convencer a la sociedad de que su pasión por mantener relaciones sexuales con los niños no los convierte en depravados.

El origen de esta celebración se remonta, para variar, a EEUU. Data de 1998 y tiene lugar el primer sábado después del solsticio de verano de ambos hemisferios. El año pasado fue el 24 de Junio. Este año será el próximo sábado 27. Básicamente las actividades son las mismas:

– Organizarse políticamente (en el sentido amplio de la palabra).

– Crear conciencia de que los pederastas tambien tienen derecho a difundir sus opiniones por muy condenables que sean y expresar libremente su sexualidad, según el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, el artículo 11 de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea y la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.

– Enviar cartas a los periódicos en las que se exhorta a la tolerancia para con los “amantes de los niños” y se deslindan de los violadores de menores, pues segun ellos, la relación con un menor debe ser “consentida por ambos” (¿?).

– Encender una vela azul en la ventanas como muestra de solidaridad (el azul representa a la niñez, segun dicen) al tiempo que se escuchan coros infantiles.

– Exigir que la American Psychiatric Association (APA) y otras instituciones afines retiren a la pedofilia de su lista de desórdenes mentales severos, tal como se hizo con la homosexualidad a principios de los años 70.

La polémica celebración pedófila salió a la luz el año pasado en España, cuando varias organizaciones marcharon para repudiar el evento y pidieron al gobierno que tomara medidas contra sitios de pornografía infantil que promueven el abuso sexual.

Tiempo después se supo que la convocatoria publicitada por los pederastas no era de 2008 sino de 2006. Sin embargo, la página del “Día Internacional del Amor por los Muchachos” nunca dejó de actualizarse ni de invitar a los pedófilos de todo el mundo a protestar contra quienes, según ellos, los califican como “monstruos”. El sitio se jacta actualmente de haber recibido casi 250 mil visitas.

Según la información proporcionada por el sitio, escasa y llena de pleonasmos, la posición los organizadores de esta celebración es muy simple: No somos depravados porque no mantenemos relaciones sexuales con niños que así no lo quieran. La pregunta sería entonces: ¿Puede un niño de seis, ocho, diez o doce años saber qué cosa es lo que conviene a su bienestar? Permitir que el simple consentimiento del niño(a) baste para legalizar la relación sexual equivaldría a ponerlos en un estado de indefensión, porque la pobreza extrema de la víctima generalmente es la razón por la que decide “consentir”, a menudo, aleccionada por sus propios padres. Recordemos que Iquitos es una de las ciudades con mayor índice de explotación sexual infantil.

El año pasado, en Holanda, Marthijn Uittenbogaard invitó a varios amigos en su ciudad, Leiden, para brindar por el Boy Love Day. A sus 26 años, preside el Partij voor Naastenliefde, Vrijheid en Diversiteit (Partido del Amor al prójimo, la Libertad y la Diversidad, PNVD). Esta enseña, fundada en 2006, reclama la reducción, de 16 a 12 años, de la edad mínima para que un niño pueda tener relaciones sexuales.

-Elegimos los 12 años porque a esa edad un niño puede decidir si vivir con su padre o con su madre, si quiere jugar al fútbol o ir al cine. -¿Le parece comparable jugar al fútbol con tener sexo con adultos?
-Sí. En una sociedad perfecta, no debería ni existir edad mínima para que un niño tenga relaciones sexuales- declara a Crónica Marthijn Uittenbogaard, sin alterar su apagado y monocorde tono de voz.
El paranoico programa del PNVD, bautizado en su país como “el partido pedófilo”, incluye la legalización del bestialismo -sexo con animales-, la pornografía infantil y el exhibicionismo. Un vistazo al currículo de sus dirigentes explica este muestrario de trastienda de sex shop: el número dos, Ad van der Berg, fue condenado en 1987 por acosar a un niño de 11 años. El secretario, Norbert de Jonge, también figura en los registros de pedófilos. Al contrario que sus camaradas, él prefiere las niñas.
La ley les tendió una alfombra roja electoral, pero no pudieron concurrir a falta de las 570 firmas públicas que todo partido debe reunir. Sólo 200 se atrevieron a poner su nombre, DNI y dirección.
Pero aunque parezca increíble, promover la pedofilia no es un delito. Tanto en España, Holanda y Estados Unidos, al tratar de detener las actividades celebratorias las autoridades han chocado con un vacío legal. Es el precio que tenemos que pagar por respetar la libertad de expresión. Sólo nos queda estar atentos y expresar nuestro rechazo de la misma forma en que ellos lo hacen: a través de Internet.

Existen alrededor de 500 foros en la red dedicados a la apología de la pedofilia. No se ocultan y pretenden crear debate y legitimar el sexo con niños. Aluden a fantasiosos estudios científicos y por ello no circulan imágenes pedófilas explícitas, pero sí comentarios como éste: “Fijaos en los niños en bañador de los folletos de venta de viajes. Con esas joyitas pasaría yo mis vacaciones”.

Este año diversas instituciones civiles en todo el mundo han coordinado acciones de rechazo. Italia y España han bloqueado el acceso a dichas páginas desde sus respectivos países, y en Argentina, un acto de repudio de la Cadena Internacional de Oración por Niños y Adolescentes, se realizó ayer miércoles 24, coincidiendo con la fecha que los pedófilos eligieron el año pasado para el evento mundial. Finalmente, la propia Wikipedia ha eliminado, desde el 14 de Junio, la entrada sobre el “Internacional Boy Love Day” en su página.

Escalofriante. A este paso estaremos celebrando pronto el Día del tratante de personas, el Día del caficho y el Día de la violencia contra las vacas en los campamentos militares.

extrañavidajuan

Un adolescente acaba de salir de la secundaria. Se llama Juan, y sus padres nunca le preguntaron qué quería ser de grande porque, sea lo que quiera ser, la plata no alcanzará. Papá don Artemio siempre le decía que lo mejor que puede hacer un hombre es trabajar desde pequeño, juntar dinero y poner un negocio. Y así lo hizo. Desde que estaba en el segundo año en el MORB, trabajaba cargando agua. Aquí es pertinente hacer un alto y explicar qué cosa es un cargador de agua. Iquitos, como casi todas las ciudades provincianas del Perú, es una urbe en la que el agua potable y el desagüe son un privilegio. En las zonas más pobres, la cisterna es esperada con ansiedad: mujeres, hombres y niños hacen largas colas cargando tantos baldes como puedan. Pero algunas familias autodefinidas como “de rancio abolengo”, es decir, los ricos de barrio que se sienten importantes porque tienen una casa de ladrillos, no pueden exponerse haciendo cola como simples plebeyos. Por eso, juntando hasta el último céntimo, contratan a un cargador, de preferencia un niño a quien se pueda contentar con propinas. Durante tres años, Juan había sido el cargador mimado de la cuadra. Ahora, hecho todo un hombre de seiscientos soles, esperaba su fiesta de promoción para largarse de una vez de la casa.

A estas alturas algunas de mis lectoras probablemente estarán preguntándose si nuestro amigo tenía enamorada, sobre todo cuando les confirme el hecho de que, debido a sus faenas, había desarrollado un cuerpo vigoroso y su estatura no se redujo a pesar del peso que cargaba sobre los hombros. Pues bien, lamento desilusionarlas, pero Juan estaba enamorado de Camila. Se conocieron en el colegio, y hace tiempo que se habían jurado amor eterno, entregándose completamente el uno al otro. Camila lo creía único, porque mientras sus compañeros se pasaban los fines de semana empinando el codo en los bares de Moronacocha, levantando meseras y fanfarroneando acerca de quién es el más macho, Juan sólo pensaba en el futuro. ¿Sabes cuánto se gana vendiendo ropa? – le preguntaba a veces – Iquitos es una ciudad bien mona. La ropa sale como el pan. Cuando terminemos el quinto año compraré un puesto en el mercado. Ya hablé con el señor Inga. Me lo dejará en mil soles, lo pagaré en partes.

Luego volvía a quedarse callado, a seguir imaginando.

Pero no crean que por muy soñador se le quemó el pan. Hizo lo que tenía que hacer, porque papá Artemio nunca le dijo que tenía un abanico de opciones en la vida. Sólo le mostró un camino: el del trabajo duro.

Dos años después, encontramos a Juan sentado en una silla tejida, al lado de su puesto de ropas en el mercado Belén. Su dulce Camila consiguió un empleo cerca de allí, como representante de ventas de una conocida cadena de tiendas. Aunque este cargo suene muy pomposo, su trabajo consistía en pararse en la puerta y llamar a los clientes haciendo uso de todas las armas que pueda: desde el piropo hasta la seducción descarada, desde las rogativas hasta el jaloneo de brazos. El turno iba de siete de la mañana a siete de la noche, y el pago era de setenta soles semanales. Hubiera querido acompañar a Juan, pero éste le había dejado en claro que no gustaba de chicas ociosas. Además, si ambos unían sus ganancias, podían ser propietarios en la mitad del tiempo planeado (Juan tenía pensado, en esquemas precisos, abrir su propia tienda el 21 de Marzo del 2019).

Pero una pequeña astilla incrustaba el corazón de Juan: la envidia. Una envidia que le impedía aceptarse como es. Miraba sus manos callosas, su piel tostada, y deseaba haber tenido mejores oportunidades. A veces se encontraba con antiguos compañeros, ahora estudiantes de universidad o de instituto, y cuando les estrechaba la mano las sentía suaves y sus ojos tenían el brillo de alguien que había visto un mundo nuevo más allá de las mugrosas paredes de su habitación. Los que antes admiraron su equilibrio y su actitud estoica, ahora parecían compadecerlo. Cuando pensaba en eso, reía a carcajadas diciendo que algún día tendrá más plata que todos ellos juntos, y ese pensamiento lo fortalecía. Que el pichón Fernández será su doctor de cabecera, el trucho Ramírez su abogado, y el cholo Peter le arreglará las camionetas. Ya verán.

Un día, una chica asomó la cabeza por debajo de las ropas colgadas, buscando prendedores de fantasía. Juan leía una revista de espectáculos y cuando se fijó en ella, sus ojos no volvieron a bajar. Era joven, de cabellos castaños, piel de porcelana y unos ojos color botella de cerveza. Vestía un polo blanco y jeans azules. Calzaba zapatillas y se amarraba el pelo como una cola. Bajo el sol de mediodía su piel parecía brillar, despidiendo un aroma a manzanilla. Pero su presencia no es lo que más sorpresa le causó. Después de todo, chicas bellas las había visto a montones, pero todas creyéndose las reinas del mundo. La llaneza de su trato, su pródiga sonrisa, su amabilidad para alguien que se sentía indigno hasta de estrechar sus manos con sus dedos toscos, terminaron por ilusionarlo. Como ella siempre andaba buscando prendedores y otras monerías (le gustaba participar en certámenes de belleza, con no poco éxito) se hicieron grandes amigos, y cada tarde que pasaban juntos la esperanza de poder llegar a algo con ella algún día aumentaba. De paso, el hecho de tener a una reina de belleza entre sus clientes aumentó su prestigio, y las ventas mejoraron.

Cuando Camila pasaba por él a las siete, cenaban donde los agachaditos, paseaban un rato mirando otros puestos y luego regresaban a casa. A veces ni siquiera tenían fuerzas para contarse el día, menos para hacer el amor, pero existía entre ellos un compromiso tácito de permanecer juntos a pesar de la rutina, o quizá debido a ella.

Juan fue el primero que pensó en revisar aquel compromiso.

Cuando la tomaba de los hombros en el motocarro, y sentía su olor a sudor mezclado con perfume barato; cuando miraba sus labios morenos lanzando improperios contra su jefe explotador, empezaba a sentirse ajeno; y cuando ella se sentía más locuaz que de costumbre y le contaba cada detalle de las horas que no se vieron, era como si le hablara desde la otra orilla de un río agitado.

Camila, ya lo hemos dicho, admiraba la ecuanimidad de Juan, y se lo hacía saber a cada momento. Le decía que lo amaba porque hombres como él no se encuentran así no más. Era único. Desgraciadamente, Juan llegó a convencerse de que era admirable, y terminó deseando algo mejor.

Ella nunca sospechó lo que venía.

Juan cada vez estaba más intolerante y aprovechaba cualquier situación para empequeñecerla, y ella creyó que era un stress pasajero debido a la campaña navideña. Las agresiones fueron subiendo de tono, llegó a decirle que no valía nada. Tal vez quería que terminara con él para no sentirse culpable, por eso la atormentaba con insultos injustos y hasta denigrantes, pero Camila se limitaba a llorar y suplicar, lo que no hacía más que aumentar su furia. Después de herirla, pedía perdón y prometía cambiar, sin darse cuenta que sólo actuaba movido por un insano sentimiento de culpa, e irremediablemente, la escena se repetía unas semanas después.

La relación era intolerable. Juan se atormentaba pensando que cada minuto al lado de ella lo envejecía, como la ansiedad de una espera angustiosa. Camila se hundía en un silencio profundo, convencida de estar atravesando un declive temporal. Sólo cuando él desapareció dejándole una nota, se dio cuenta que todo había terminado.

“Me voy porque no te merezco ni tu a mí, y los sentimientos que alguna vez tuve no volverán jamás. Sé que te romperé el corazón y te haré sentir la mujer más infeliz, pero no puedo permanecer atado a alguien que no amo simplemente por lástima o consideración. He tratado de decírtelo por todos los medios posibles, pero te niegas a aceptarlo. Algún día me lo agradecerás”.

Por supuesto que se involucró con su reina de belleza (a propósito, se llamaba Karina) y se mudó a un cuarto pequeño en otro mercado. Cuando besaba sus labios de porcelana se sentía un hombre realizado, poseedor de la felicidad más absoluta. Después de todo ¿quien no estaría honrado de merecer el amor de un ángel? Karina tenía una belleza natural, casi siempre vestía jeans y zapatillas. Durante meses soñaron con estar hechos el uno para el otro. Ella le presentó su padre, un poderoso empresario a quien las habladurías sindicaban como el más grande lavador de activos; a su madre, una delicada relacionista pública dedicada a la ayuda social; a sus amigos fachosos que adulaban su belleza (mas no sus gustos para elegir pareja); y de vez en cuando salía en los programas de espectáculos, donde el conductor definía a Juan como el hombre más envidiado de Loreto por tener la suerte de levantarse semejante lomazo (sic). Salían a pasear en autos de cortesía, entraban sin pagar a las discotecas más exclusivas, Karina le enseñó a vestirse, a seleccionar perfumes, a acicalarse, en fin. Con ella experimentó lo que los prejuicios por su origen humilde nunca le dejaron experimentar: atención y respeto. Seguramente se preguntarán: ¿acaso Camila no lo atendía, lo respetaba y hasta lo admiraba? Sí, pero no es lo mismo, ustedes saben. No más compasión para el pobre Juan. Karina le había regalado una vida envidiable.

Lo malo era que debía esperar a que su amada cumpliera la mayoría de edad para que pueda darle un mordisco a la manzana. Ése fue el trato desde el principio y no tuvo inconveniente en aceptar. Pero a veces, en las noches solitarias, se mordía la lengua para no pecar.

Llegó el día del mayorazgo. Ya iban por el octavo mes de felicidad y la familia de Karina había convertido el cumpleaños de su primogénita en todo un acontecimiento social. Aquel día estaba bellísima. A su lado, alto y fornido como siempre, Juan desfilaba elegante, saludando a los invitados. Luego del brindis, las fotos y los discursos, la pareja se perdió en una de las habitaciones de la casa. Al ingresar, ella corrió el pestillo, apagó la luz y empezó a besarlo. Aunque estaba perturbado por su determinación, se dejó desnudar. Karina recorrió su cuerpo con sus manos y luego preguntó:

– ¿Juan, tú me amas?

– Sí -respondió, confundido.

– ¿Con todo el corazón, con toda tu alma y con todos tus sentidos?

– Sí – repitió.

-¿Por lo que soy o por lo que tengo?

– Por lo que eres.

– Y si no pudieras tenerme ¿me amarías?

– Si, amor. Si no estás segura, te esperaría hasta el fin del mundo. Karina, si tienes dudas acerca de lo que vamos a hacer…

– Ya no tengo dudas. Enciende la luz.

Lo que Juan vio cuando los fluorescentes circulares de la habitación se encendieron, lo dejó sin aliento. Karina estaba desnuda, trémula, sudorosa, con los dedos entrelazados friccionándose las uñas. Los senos, que tantas noches imaginó delicados y perfectos, coronados por rosas, no eran más que colgajos de piel, torpemente adheridos a su pecho. La cicatriz avanzaba cubriendo el abdomen y se perdía entre sus piernas, dejando a su paso no más que surcos amorfos, profundos, intimidantes.

– Son quemaduras- explicó, ante el prolongado silencio- Hace diez años, viajaba en el auto con mi papá por la carretera. Regresábamos de hacer compras cuando, al evitar a un niño que jugaba con su pelota, se volcó. Él pudo salir inmediatamente pero yo quedé aprisionada bajo la bolsa de mercadería. No podía moverme. Empecé a sentir que el cuerpo me ardía, gritaba tratando de escapar, pero cada movimiento era más doloroso que el anterior. Toda la mercadería se había quebrado, incluyendo la botella de ácido muriático que se empezaba a derramar sobre mí. Papá intentó jalarme pero yo le rogué que no le hiciera porque el dolor era tan grande que pensé que me partiría en dos. Me desmayé.

Ella buscó una sábana y volvió a cubrirse el cuerpo. Se dio la vuelta, y aunque Juan no pudo ver su rostro, supo que lloraba. Comprendió entonces que su silencio la estaba mortificando más, pero no sabía qué decir. Torpemente, caminó hacia ella y la tomó de los hombros, la besó como siempre, acariciándole las mejillas. ¡Cuántas veces había admirado la lozanía de sus mejillas, la suavidad de sus manos, el olor de sus cabellos! La apretó contra su pecho y sin dejar de besarla la acostó sobre la cama. Al principio sus manos daban vuelta sobre sus hombros, resistiéndose a explorar lo que sus ojos habían visto. Pero a medida que lo asimilaba, llegó a convencerse que tenía que actuar responsablemente. Correspondió a sus caricias y besó su cuerpo lacerado.

Un desierto de dudas asaltó su imaginación, como si cavilara al pie de una decisión importante. No podía ser su primer hombre. Ya no estaba seguro de amarla por siempre. Era demasiado egoísta para soportarlo, pero no tanto para dejar de admitirlo. Cuando ella la atenazó con sus piernas, haciéndole sentir la rugosidad de su abdomen, hizo un movimiento reflejo y se apartó. No puedo hacerlo, murmuró, mirándola a los ojos. Se vistió rápidamente y salió de su habitación, de su casa y de su vida.

Caminó dando tumbos entre las calles vacías. No podía dejar de recordar la imagen de su desnudez, tampoco podía dejar de recriminarse por su cobardía. Llegó a su cuarto, se dio un baño y trató de dormir. De pronto, tuvo miedo de haberla herido tanto que su padre mande por él. Eran las doce. Recogió todas sus cosas, incluyendo la mercadería, y tomó un motocarro. En medio de su confusión se acordó de Camila. Recordó que ella, como otras veces, había intentado hablar con él antes de la fiesta. Los miembros de seguridad le impidieron la entrada y cuando le preguntaron, negó conocerla. Sabía que había hecho mal, pero no podía darse el lujo de discutir con una ex en aquella mansión.

Desde que abandonó a Camila ella nunca se mudó. Lo sabía porque las llamadas que recibía en el celular provenían del teléfono que él instaló. Le dijo al chofer la dirección y atravesó las calles salpicadas de borrachos. Al llegar tocó la puerta. Nadie abrió. Cogió entonces la llave e hizo girar la cerradura. Al verla no pudo contener un grito de pavor. El cuerpo de Camila se balanceaba de una de las vigas, con la piel morada y los músculos rígidos. El cuarto se había degradado tanto que parecía que una desquiciada lo estaba habitando. Al encender la luz, algunas las ratas se ocultaron. Recortes de periódico con su nombre cubrían las paredes, y la basura se acumulaba en una de las esquinas. No hay nada más inútil que derramar unas lágrimas por alguien que ya no nos escucha, pero aquella noche Juan se quedó llorando sobre el cadáver de Camila, y sólo después de guardar la nota que dejó, llamó a la Policía.

“Te he amado tanto que ya no me quedan fuerzas para intentar olvidarte. Seguramente pensarás que fui una tonta al suicidarme, pero sólo Dios sabe cuánto he luchado por arrancarte de mí. No te guardo rencor, después de todo, siempre pusiste tus sueños por encima de nosotros. Sólo quería despedirme. Ojala consigas todo lo que te propusiste, y cuando lo hayas logrado, no olvides que yo te ayudé un poquito.

P.D. Lamento que no haya llegado el día en que te agradecería por haberme abandonado.”

La ceremonia fúnebre fue todo un espectáculo. Los padres de Camila vinieron desde Huancayo para llevar el cuerpo de su hija, agarraron a golpes a Juan y no lo dejaron participar del velorio. Él se dejó castigar como una muestra de expiación tardía e inútil, pero no bastaba para menguar su dolor. Ni papá Artemio tendría un consejo para él.

Luego de unas semanas trató de volver a sus quehaceres de subsistencia, aunque dejando de lado sus planes de gran comerciante. Se mudó al Mercado Central, donde alquiló un pequeño local. Aunque debería estar satisfecho por haberlo hecho antes del 2019, se sentía infeliz. Le daba asco planear. Era como si hubiera errado el camino de su vida y quisiera enmendarlo. Las costumbres de su relación con Karina se habían magnificado, y gastaba gran parte de sus ganancias en perfumes, crema de manos, tratamiento capilar y licores finos. Convencía a sus clientes con consejos de belleza y aparentaba ser un hombre de mundo contando viajes que nunca hizo y empleos que nunca tuvo. A veces lo reconocían por las antiguas portadas en que aparecía y entonces su mirada cobraba cierto brillo de antaño. Dejó de ser Juan para llamarse John y después (cuando se dejó crecer el pelo para teñírselo de rubio y empezó a usar ropa ceñida) se llamó Jenny. Las manos descuidadas lo enfurecían tanto que se negaba a venderle a un cliente si éste no temía bien limadas las uñas. Un abdomen perfecto le excitaba al punto de regalar media tienda para tocarlo. Comprendió entonces porqué, desde que nació, siempre había sentido que no pertenecía a este mundo: al mundo de don Artemio y su disciplina espartana, al mundo de la vida dura y el vocabulario soez, al mundo de los hombres.

Por eso, el ebrio que lo atropelló con su auto seis meses después del cumpleaños en la mansión, se sorprendió de encontrarlo diferente. Juan quedó tendido en el pavimento, con el cráneo destrozado bajo una de las llantas, a pocos metros de su local. El trucho Ramírez fue el fiscal encargado de la investigación, el pichón Fernández fue su médico legista, y fue el cholo Peter el único mecánico de turno en la ambulancia que lo condujo hasta la morgue. Nadie derramó una lágrima, porque descubrieron la nota de Camila en uno de sus bolsillos.

El chofer homicida se entregó inmediatamente. Fingía estar tan ebrio que vomitó en sobre el escritorio del comisario. El papá de Karina le pagó la mejor celda en el penal San Jacinto, le consiguió el mejor abogado, hizo uno que otro arreglo con el juez y en tres meses logró liberarlo. Casi nadie fue al entierro de Juan, por lo que la ceremonia fue brevísima. Sólo Karina, vestida de jeans y zapatillas, se mantuvo de pie cerca del féretro hasta el final. Quería asegurarse que el nicho quede bien cerrado

calles peligrosas

A veces, cuando me sentaba en las noches a ver los noticieros limeños, me regocijaba de vivir aquí, lejos de tantos asaltos, delincuencia y muerte. Iquitos es una ciudad tranquila, y sobre todo, solidaria. Cuando alguien se cae de la moto por esquivar un bache o por hacer una mala maniobra, nunca falta un transeúnte o conductor que se acerque a ayudarlo, a preguntarle si se encuentra bien y a sonreírle aconsejándole que tenga más cuidado la próxima vez. Aquellos días me parecen tan lejanos hoy.

El sábado, a las dos y media de la madrugada, un grupo de tres señoras tomaron un mototaxi desde la avenida Freyre hasta la avenida Mariscal Cáceres. Iban despreocupadas, riendo y conversando, festejando la rápida recuperación de una de ellas, que había salido de una agotadora sesión de quimioterapia. Son señoras de su casa, pero cuando salen a divertirse (una vez al año) lo hacen con alma, corazón y vida.

Cuando iban por Putumayo, una de ellas advirtió que el conductor estaba tomando el camino más largo, así lo comentó con sus amigas pero ellas no le dieron importancia. Llevaban 15 minutos de viaje cuando aparecieron dos motocarros a toda velocidad, con tres pasajeros cada uno. Se apostaron uno a cada lado de las señoras y sin ninguna vergüenza les jalaron la cartera. La que sufría de cáncer iba a uno de los extremos y se resistió, cogiendo su cartera con todas sus fuerzas y gritando por ayuda. Los asaltantes, lejos de amilanarse, la cogieron de los pelos hasta hacerla caer del vehículo, rodando varios metros por la pista. La señora que iba al otro extremo, al ver a su compañera caída, dejó que se llevaran su cartera, llena de pavor. Una vez con las manos en el botín, los motocarros se perdieron en direcciones opuestas. El motocarrista que llevaba a las señoras, un mocoso de unos diecisiete años, lejos de frenar para auxiliar a su pasajera, aceleró, y no fue hasta que oyó los gritos pidiendo que se detuviera, cuando lo hizo. Ambas señoras bajaron, corrieron hacia donde su amiga que yacía en el piso con magulladuras y la cabeza rota. Estaba inconsciente. Una de ellas la abrazó llorando desesperadamente, lamentando su partida, pero al poco rato recobró la consciencia. El motocarrista se acercó, la ayudó a subir nuevamente y fueron al hospital.

Aparte del susto, los golpes y magulladuras, la señora tiene una hinchazón en la zona del cuero cabelludo, producto de la tremenda fuerza con la que le arrastraron de los pelos. Según uno de los testigos, la llanta de uno de esos vehículos estuvo a punto de pasarle por la cabeza, sino fuera porque se apoyó en una mano para esquivarla.

Y es en este suceso que me detengo para reflexionar un poco, de una forma que a ustedes seguramente les parecerá ingenua. Hace ya muchos meses venimos escuchando que el índice de criminalidad en la ciudad se ha incrementado, y que las innumerables motopatrullas no parecen tener ningún resultado. Siempre han habido ladrones en Iquitos, ladrones con sigilo, de esos que te roban en un suspiro y que no lo adviertes hasta que se han marchado, pero últimamente nos están invadiendo otro tipo de ladrones: los avezados. Esos que arrancan aretes con pedazo de oreja incluida, que arrebatan carteras de motos en movimiento sin importarles que la víctima perezca al caer de cráneo a la pista o, como es el caso que relato, que exponen a la víctima a un peligro inminente al arrojarla a la calzada para que se entienda con las llantas de su motocarro. ¿Tan poco puede valer una vida para esta clase de personas? Desde mi indignación trato de ponerme en el pellejo de esos asaltantes, y no puedo entenderlos. Sería muy fácil echarle la culpa a la pobreza y la falta de oportunidades y al maltrato que sufrieron en la infancia, pero esas son estupideces. Uno siempre puede elegir. Pobres somos todos y no por eso andamos matando por un puñado de monedas.

Sé que mi indignación también es supina, porque a pesar de que hace mucho que me di cuenta que las calles se han vuelto peligrosas, sólo cuando uno lo sufre de manera personal recién reflexiona sobre la gravedad del problema. Una de aquellas señoras era una tía muy querida, y de no ser por un venturoso azar quizá hoy estaría frente a su tumba, llorando, como tantas veces he visto llorar por la televisión a incontables hijos de padres y madres que mueren de la manera más absurda a manos de un vil delincuente.

En este momento extraño aquel Iquitos de carácter provinciano, en el que cuando alguien robaba y trataba de huir por las calles, los transeúntes le cerraban el paso hasta cogerlo, y luego, en un acto de júbilo comunal, lo conducían maniatado a la comisaría, no sin antes propinarle algunos golpes para que aprenda.

Éramos más rupestres, pero éramos más felices.

¿La indiferencia para con nuestros semejantes será el precio que tendremos que pagar por convertirnos en una ciudad moderna?

¿El egoísmo es el precio del progreso?

Maldita sea.

Imagen: Escena de Calles Peligrosas (o Mean Streets), la espléndida cinta fetiche sobre el hampa dirigida por Martin Scorsese

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En los confines de la ciudad, donde las carreteras terminan para dar paso a los ríos y la hierba crece libre sobre campos de arcilla, una casa se yergue como un punto muerto en el horizonte. Hecha de madera y con piso de tierra, sus ocupantes se preparan para celebrar el quinceaños de su primogénita. Se han repartido invitaciones en cartulina y con intransferible, donde se recomienda “sport elegante” para los varones, y para las nenas “vestido de cualquier color, menos melón”. Los muebles de la sala (una mesa y dos bancas largas) han sido quitados para improvisar la pista de baile. Las paredes están decoradas con serpentinas rosadas y globos blancos. El padrino ha colocado su equipo AIWA en una esquina mientras su hijo busca entre los cedés el “Tiempo de Vals de Challán”.

La gente más distinguida de la cuadra ha sido invitada. Van llegando uno a uno, y mientras esperan, toman chicha morada Royal en vaso descartable. Las mujeres son las más acaloradas, producto de estar embutidas en extraños e incómodos vestidos. Cerca a la medianoche el recinto está lleno. Afuera, los que no fueron invitados, los pobres entre los pobres, no se pierden ningún detalle. Cuando llegue el momento, las cortinas que cubren la entrada a la cocina se abrirán y la quinceañera hará su aparición al son de Timbiriche; maquillada, sudorosa por el vestido melón, incómoda por los zapatos de taco aguja, pero emocionada y feliz de tener la fiesta que siempre soñó. Luego vendrán los discursos del padre, de la madre, del padrino, de la madrina, del amigo, del vecino más notable, del que prestó los platos, y si queda tiempo, de la quinceañera.  Finalmente, el vals un dos tres un dos tres, donde cada galán bailará con ella simulando que el piso está parejo.

Un anciano observa desde fuera aquella puesta en escena. Aunque es bienvenido, se siente incómodo al pasar con sus sandalias, su short y su vieja camisa. ¡Cómo han cambiado las cosas desde que llegó hace veinte años con su mujer y su hijo, y construyó esa misma casa con sus manos! Harto de la pobreza y las enfermedades en las alejadas riberas del Tigre, pensó que Iquitos sería un buen comienzo para él y su familia. Al principio no fue fácil. Todos los días salía a pescar y luego caminaba cuatro kilómetros hasta el mercado para vender sus productos. Poco a poco llegaron más ribereños y empezaron a poblar el lugar. Las nuevas carreteras le acortaron el recorrido. Y aunque necesitaba ayuda, prefirió enviar a su hijo a la escuela para que aprenda a leer y escribir. El hijo se hizo grande, consiguió trabajo en el centro y también mujer. Como el sueldo no le alcanzaba para vivir en la ciudad, la trajo a vivir a la casa. Cuando el anciano conoció a su nuera, estaba tan maquillada que le preguntó si era descendiente de los secoyas. Fue el principio de un mutuo alejamiento. Con la nueva familia llegaron el televisor, la radio, el ventilador, la cocina a gas. Por primera vez aquella casa tuvo una puerta con chapa y picaporte. En ese entonces no se celebraban los quinceaños, pero sí los nacimientos. El día en que su nieta nació dio una gran fiesta con masato en la que todos comieron y bebieron hasta hartarse. ¡Aquellas sí eran fiestas! Sin invitaciones, sin vestidos, sin complejas y absurdas ceremonias.

Cuando la artritis empezó a atrofiar sus músculos, su hijo le pidió que se quedara en casa y dejara de trabajar. Pero él jamás había dependido de nadie. Como ya no podía remar, vendió su vieja canoa y se compró una mesa grande. Ahora todos los días caminaba hasta el río y compraba los pescados a los hombres jóvenes. Luego los traía y los colocaba en la puerta, sobre la gran mesa. Su mujer se encargaba de prepararlos para la venta. A la nuera no le gustó que su futura casa se contaminara con el olor del pescado crudo, pero como el negocio era relativamente exitoso, no podía protestar. Así, el anciano pasaba las tardes conversando con su mujer acerca de los tiempos idos.

Un día, su compañera de toda la vida no despertó más. Tendida allí con la sonrisa de un ángel, parecía estar soñando mientras él le hablaba dulcemente para que despertara. Hacía ya varios días que la neumonía la tenía en cama, y consentía la muerte como algo natural, igual que sus ancestros. Lo único que la abuela quería era ser sepultada en la tierra que un día abandonó para buscar un mejor porvenir. Pero al morir, a pesar de habérselo prometido en vida, su hijo no lo permitió argumentando que el viaje era difícil, que ya no tenían canoa y nadie querría llevar un cadáver.  El anciano enfermo difícilmente podría viajar solo. Resignado, aceptó que la enterraran en el cementerio comunal. Todas las tardes caminaba un kilómetro para ponerle una flor. Lo hacía para estar con ella y conversar como siempre, pero también para evitar a su nuera, que ahora se había convertido en la reina de la casa.

Todo el día su nuera hablaba de cosas que él no entendía, como manicure, cosméticos, un complejo baile con una explosión o algo así. Su hijo hablaba de llevarlo a Lima en avión. ¡Qué locura! Nadie le obligaría a despegar los pies del suelo. Su nieta crecía y era la única luz de sus ojos. Un día le preguntó qué quería ser de grande. Ella le respondió que le gustaría ser experta en redes. Emocionado, al día siguiente la levantó muy temprano para mostrarle sus viejas redes de pesca, prometiendo enseñarle todo sobre ellas. La familia estalló en carcajadas durante largo rato mientras él los miraba sin comprender. Al fin, la niña le explicó que se refería a redes de computadora, esa bendita palabra que estaba en boca de todos. El viejo sonrió dignamente, guardó sus mallas y no preguntó más para no sentirse menos. El hijo besó su frente y dijo que de ninguna manera su nena se dedicaría a la pesca.

Confusión similar tuvo cuando dos hombres de corbata y camisa blanca tocaron a la puerta. En otros tiempos no los hubiera atendido, pues era conocida la impertinencia de algunas sectas religiosas, pero no ahora. Ávido por conversar con alguien, los invitó a pasar y les habló del poder de Dios en su vida y de cuán inclinado estaba a congregarse. Durante media hora habló sin parar mientras aquellos hombres escuchaban y asentían con la cabeza. Pero cuando hijo y nuera llegaron, le explicaron que no eran evangélicos sino agentes del Banco que estaban interesados en concederle un préstamo. La nena estaba a punto de cumplir quince años y al parecer querían hacerle una fiesta como nunca antes vista… en la cuadra. La nuera se disculpó por la locura senil de su suegro y agasajó a los invitados con una Coca Cola de litro.

Así que hoy era el quinceaños de su nieta. Y el estaba allí, parado junto a la ventana, mirando desde fuera tantas cosas que no comprendía. Ajeno en su propio hogar. Sin atreverse a entrar para no avergonzarla. Callado, distraído, confundido entre los que no fueron invitados, preguntándose cómo pudo pasar; en qué momento su hijo aprendió a ocultar sus raíces y olvidar de dónde venía, en qué momento la ciudad se lo tragó para luego eructarlo así, transformado, presuntuoso, indiferente. Lo normal es que los hijos quieran parecerse a sus padres, pero este hijo suyo se ha pasado la vida tratando de ser distinto a él, irrespetando sus deseos, pisoteando sus tradiciones, arrancando de su hogar todo recuerdo de su madre por consideraciones estéticas. Poco a poco sentía a su sangre como un volcán, como si despertara de un largo sueño y cobrara conciencia de su realidad. Casi a medianoche, una vieja idea tomó brillo en sus ojos y se alejó de la fiesta por unas horas.

Como era de esperarse, nadie lo extrañó. La cerveza circulaba en cajas mientras las parejas se apretujaban al compás de una cumbia estridente. Un borracho gritaba desde una esquina ser el hombre más desgraciado del mundo mientras acariciaba una nalga ajena. Una mujer lloraba al fondo por un amor no correspondido, tal vez una infidelidad. De pronto, el viejo apareció en el salón y todos callaron. Cubierto de lodo y tierra, ingresó arrastrando el féretro recién exhumado de su mujer. Lo empujó por toda la sala hasta el huerto, en medio de miradas que reflejaban terror y espanto. Una vez allí, cogió una pala y la enterró con sus manos. No sabemos cuánto tiempo se tomó. Tal vez horas, tal vez días. Lo cierto es que mientras escarbaba la tierra como un milenario roble que hunde sus raíces hasta encontrar el líquido vital, nadie osó decirle nada. Sólo al terminar, exhausto y complacido, se acercó a aquel extraño ser que había engendrado hace ya muchos años y que lo esperaba de pie, molesto, a orillas del huerto. El anciano, con la autoridad que emanaba de todos sus años de resignado silencio, le tomó de las orejas y le acercó hacia él, diciendo:

Eres afortunado. Amé tanto a tu madre que no puedo decirte hijo de puta. ¡Pero lo eres! Cuando estés listo, nos llevas.

niños que sobran

Tamara vino al mundo sin que nadie se diera cuenta. Su madre la tuvo mientras trataba de levantar una enorme batea con ropa húmeda. Su cuerpecito cayó sobre el lecho del río y permaneció allí hasta que alguien la escuchó llorar. Sorprendida, la madre la cogió de las manitas y caminó con ella a cuestas hasta la casa.

Sus ocho hermanos formaron un corrillo para observarla. El padre, que reparaba sus redes de pesca en ese momento, también se acercó, hizo un gesto disforzado y luego volvió a su lugar. Su mujer, asumiendo una culpa inmerecida, le miró como pidiendo perdón. Tamara, como casi todos sus hermanos, venía al mundo sin ser deseada.

A pesar de eso tuvo una infancia sin sobresaltos. La madre lavaba ropa a domicilio y el padre desaparecía varios días con su canoa río abajo. Casi fue criada por sus dos hermanos anteriores, al ser los únicos que se quedaban en casa y que no pocos descuidos cometieron en su labor. Una vez por ejemplo casi se ahoga por perseguir a una tortuga, en otra ocasión se intoxicó tomando agua con lejía de una de las bandejas, también rodó muchas veces por la escalera del emponado, en fin, nada de qué preocuparse.

Una mañana de Enero, cuando Tamara tenía siete años y jugaba con la muñeca de trapo que le habían regalado en una chocolatada del barrio, su madre la llamó con voz de mando para presentarle a su madrina: una señora que usaba zapatos de tacón. Tamara miró a esa vieja como si estuviera viendo a un personaje de terror. Ésta le puso una mano en la cabeza y le revolvió los cabellos mientras le mostraba una sonrisa vacía. Luego la tomó de los hombros y la sentó en sus piernas. La niña respondió con monosílabos a sus preguntas zalameras y no veía la hora en que la dejen volver a la ribera para seguir jugando con su muñeca. De pronto, su madre le ordenó que alistara sus cosas porque su madrina la llevaría a vivir a una casa bonita en la que nada le faltará y podrá tener un futuro mejor.

Tamara empezó a llorar, pero una bofetada de esas que te desdibujan el rostro la obligó a obedecer. Cogió sus dos ropitas, su muñeca de trapo y dejó que su madrina se la llevara en medio de los sentidos agradecimientos de su familia por su noble y altruista corazón.

Su nueva casa era bonita, y tenía muchas cosas que ella nunca había imaginado que existían (una cocina eléctrica, por ejemplo) pero su lugar era un cuarto de dos por tres en el patio, al lado de la lavandería. No tenía puerta, sino una cortina sucia y una tarima. Por la noche los zancudos la devoraban viva. Pero total, ya debes estar acostumbrada ¿no?

Como era de esperarse, el futuro mejor que le aguardaba a Tamara era convertirse en la más eficiente sirvienta del mundo. Aprendió a limpiar los baños, a fregar montañas de platos, a encerar pisos y ayudar a la cocinera picando cebollas. La bondadosa madrina vivía con su esposo y su hijo quien, a pesar de tener la misma edad que Tamara, comenzaba a aprender que no todos nacen iguales. No podía usar el baño de la familia. Tenía prohibido abrir la refrigeradora. Comía con la cocinera y era obligada a bañarse desnuda en el patio con una manguera, tal y como bañaban al perro.

Sólo al llegar la noche, Tamara tenía tiempo de mojar la almohada recordando su vida en la ribera. Todavía esperaba que su madre apareciera a rescatarla, después de todo, nunca se había portado mal con ella. ¿Por qué permitía todo esto? ¿Acaso ya no la quería más? Sentirse rechazada por cosas que no comprendía provocaron cambios en su personalidad.

Empezó a dejar de hacer las labores habituales, o a hacerlas mal. Su madrina reaccionó con ternura al comienzo, luego no tanto. Eres una desagradecida. India de porquería. No sabes las oportunidades de salir adelante que tienes aquí. Lo cual no hacía más que volver a la niña más rebelde. Los maltratos físicos llegaron pronto. La filantrópica madrina estaba dispuesta a hacer de ella una mujer de bien. Además, pagar una empleada en estos tiempos era un lujo que no podía permitirse. Varios palos de escoba perecieron bajo sus piernas, sazonados con insultos, coscorrones y bofetadas. Nada dió resultado. La niña se cogía los vueltos de las compras, desaparecía durante horas cuando le enviaban a hacer algo sencillo, y (lo que más molestaba a la doña) se comía los chocolates de la refrigeradora.

Al fin, sus gritos de auxilio dieron resultado. Su madrina cogió las dos ropitas y la muñeca de trapo e inmediatamente viajó a la casa de su madre para devolvérsela, no sin antes alcanzarle un informe detallado de su conducta. Habían pasado dos años y ahora Tamara tenía nueve.

En cuanto la furibunda madrina desapareció del umbral, la niña corrió a los brazos de mamá para fundirse en un enorme abrazo. Pero ella, que estaba embarazada otra vez, la recibió con la paliza más dolorosa que haya sufrido en su vida: repasó su cuerpo con un ramillete de ishanga, una planta que, al contacto con la piel, provoca laceraciones por las espinas que tiene en las hojas y el tallo. Malcriada, haragana, mala hija ¿qué no entiendes que no tenemos plata para criarte?

Tamara terminó de convencerse de que su madre nunca la quiso. Esa noche, luego de lavarse las heridas, volvió a coger sus dos únicas prendas y su muñeca de trapo. Huyó de la casa.

A su corta edad, sola, sin dinero y sin nadie que se interese en buscarla, muy pronto fue reclutada por un señor que le ofreció trabajo a cambio de complacer a unos clientes. Pedro, que así se llamaba su nuevo protector, le explicó que su labor era sencilla: pasear por el bulevar con un cajón de golosinas colgando del cuello, sandalias, un short brevísimo y un polo blanco. Acercarse a los hombres, conversar con ellos con una sonrisa, y si le hacían una proposición de esas que envilecen la esencia humana, llamar a Pedro, que paseaba no muy lejos de allí. Entonces ambos negociaban mientras ella continuaba su camino.

Así transcurrieron varios días en los que Tamara no entendía la naturaleza de su trabajo, pero se sentía bien porque al final de la noche Pedro la llevaba a comer y la alojaba en una quinta cercana, con una cama suave y un televisor.

Lo que no sabía era que Pedro estaba ofertando su virginidad para venderla al mejor postor, y era cuestión de tiempo antes de que logre cerrar un trato.

Ese día fue desolador. Tamara se encontraba viendo Los Picapiedras cuando un señor alto, rubio y con acento extranjero abrió la puerta y se sentó al lado de su cama. Sacó un fajo de billetes, se los dió a Pedro y éste respondió que era toda suya. Y no se preocupe, mister. Puede gritar lo que quiera, nadie la oirá.

El acto se consumó de la manera más repugnante. Tamara sentía lágrimas ardientes que le escapaban del rostro enrojecido por el dolor. A partir de allí se convirtió en la esclava sexual de Pedro, obligándola a atender hasta nueve clientes por día, sometiéndola a toda clase de humillaciones físicas y sicológicas. Ella no era la única menor en aquella quinta, pero sí la que más rentas le había prodigado al subastar su virginidad. Por eso, aunque parezca increíble, no se le ocurrió otra cosa que traer a un enfermero para le cosa nuevamente la vagina y así volverla a subastar.Tamara recuerda con horror los días que tuvo que pasar postrada en la cama de la quinta, con sangrados continuos y dolores insoportables.

Cuando se recuperó la llevaron por los ríos, donde Pedro se encargaba de ofrecerla como si fuera un bocado a algunos turistas que se alojaban en los numerosos albergues de la amazonía. Su trabajo era discreto, pero siempre encontraba demanda. Tamara varias veces intentó escapar. Un día se resistió a que un cliente la poseyera y éste le dio una paliza. Cuesta creer que existan tipos que se ensañen con tanta violencia con una niña. Cuando la dejó privada en la cama, le exigió a Pedro que le devuelva su dinero, cosa que hizo. Al recobrar el sentido, Tamara estaba encerrada en una jaula de loros. Pedro la mantuvo allí por tres días sin alimento como castigo a su rebeldía. A partir de entonces optó por mantenerla drogada cada vez que recibía a sus desquiciados clientes. En ese estado era incapaz de mover un músculo y apenas tenía conciencia de lo que hacían con su cuerpo, su frágil cuerpo de nueve años.

Veintisiete meses de calvario fueron los que tuvo que soportar para que al fin la dejaran libre. Ya Pedro había notado su rápida disminución de peso y sus fiebres prolongadas, e hizo que un médico rural la revisara para descartar una enfermedad contagiosa. Los exámenes arrojaron positivo en SIDA y TBC.

Después de haberse servido de ella durante más de dos años, puso sus cosas en una bolsa y la abandonó en la calle, recostada y drogada en una de las bancas de la plaza San Juan. Tenía once años

Las autoridades se hicieron cargo y al día siguiente la enviaron a una Aldea Infantil. Allí no pudo quedarse mucho tiempo debido a su peligrosa condición. Ya estaba a punto de ser echada nuevamente a la calle cuando una de las trabajadoras se conmovió al escuchar su historia y tuvo el valor de alojarla en su casa. Doña Aura se encargó de velar por ella a cada instante. Le compró ropa y medicinas, la llenó de cariño y le  prometió hacerla estudiar. Al principio Tamara desconfiaba, pues le habían defraudado tantas veces, pero con el tiempo se dio cuenta que era la única persona en toda su vida que no le había pedido nada a cambio. Tal vez el amor sí exista.

Pero ni todo ese amor consiguió que Tamara se recuperase. Cuatro años después falleció por complicaciones propias de su enfermedad. Doña Aura, en un torbellino de lágrimas, aún recuerda cuando Tamara se sentaba en sus piernas y le preguntaba ¿Por qué ahora que tengo una madre, que puedo ir a la escuela, debo morir?

Y ella nunca supo qué responder.

La historia que he contado es real, aunque no hace falta decirlo. Las palabras sobran cuando historias como éstas te gritan al oído. Millones de Tamaras siguen este libreto cada día, como niños que sobran y son condenados a servir de gozo a aquellas personas que pueden comprarlos. Sus historias no aparecen en la agenda política, ni en los titulares de los periódicos, ni en los carteles de protesta. Tal vez ni siquiera nosotros nos hayamos detenido a pensar en la gravedad del problema. Pero están allí, clamando por nuestra ayuda, esperando, como Tamara, a ser rescatados.

No los dejemos esperar en vano

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Fue así pues, señorita, que cuando escuché que ese hombre le dijo a mi padre ¡Arranca no más, cholo ignorante! Me sentí confundido. Había visto a mi padre cholear a otros, cuando se refería a un congresista o cuando mi madre se quejaba de lo caras que están las cosas en el mercado. Pero nunca, señorita, nunca pensé que a mi padre le dirían cholo. Supongo que él tampoco lo pensó porque lo primero que hizo fue agarrar a trompadas a ese señor hasta dejarlo privado en la vereda. Yo tuve miedo, señorita, pero cuando se calmó, varios días después, le pregunté mientras almorzábamos: papá ¿nosotros somos cholos? Luego vi que las venas de sus ojos saltaron y pensé que me iba a trompear también.

La respuesta que me dio me llenó de más dudas ¿quiénes son los cholos entonces? ¿dónde están? Esa tarde decidí buscarlos, pero necesitaba más pistas. Bajé las escaleras de mi casa y me fui al salón donde mi mamá tomaba el té. Nosotros vivimos en la zona más bonita de la ciudad, rodeados de parques y casas elegantes ¿la conoce? Me senté junto a ella y antes de que tuviera tiempo de decirme que vaya a jugar a otra parte le pregunté: ¿Mami, tú eres chola?

Mi madre, Marlene Rizo-Patrón Villafuerte de Hamann, al escuchar mi pregunta casi se atraganta con el sorbo de té inglés que tenía en la boca. Me miró muy enojada, como si la hubiera ofendido, pero no descubrió ninguna malicia en mis ojos porque mi intención no era otra que llegar a la verdad. Dejó la taza de porcelana fina en la fuente de plata y sonrió. No, mi hijito, por supuesto que no. Entonces –dije– ¿sabes quiénes son los cholos?

Ella lo pensó un momento y luego respondió: los que no tienen un apellido distinguido, los que tienen mal gusto, bueno, casi todos ¿no? esta ciudad se llena cada vez más de cholos. Por eso debes saber bien con quién te relacionas.

Entonces le pregunté dónde podía encontrar a uno. Mi madre miró a todos lados, inclinó la cabeza y dijo en voz baja: El mayordomo, por ejemplo, es uno de ellos. Puedes hablar con él, pero no le digas cholo. A los cholos no les gusta que los choleen.

El mayordomo estaba en la cocina acomodando las fundas de terciopelo que cubren la caja de los cubiertos. Me adelanté y le dije: Elmer ¿sabes dónde están los cholos?

Él no hizo ningún gesto y continuó con su labor. Luego que hubo terminado, por fin me miró sin dejar de arquear una ceja: Búscalos en las barriadas, niño, en los lugares oscuros a donde no llega el agua ni el desagüe, en los arenales y descampados. Son los que han tomado la ciudad y la han sitiado. Visten huachafonamente y se emborrachan los fines de semana bailando una música decadente y llorosa. Son los que gritan en vez de hablar, los que insultan en vez de opinar, los que maltratan a sus mujeres y dan mal ejemplo a sus hijos…

¿Dónde los puedo encontrar exactamente? – pregunté. El mayordomo se levantó y apuntó una dirección en un papel. Búscalos en mi antiguo barrio. Felizmente ahora vivo en una zona decente.

Así que caminé y caminé preguntando hasta dar con el paradero del ómnibus que me lleve a esa dirección. Recorrí toda la ciudad, señorita. Primero vi casas bonitas, luego avenidas enormes, luego edificios imponentes y luminosos, luego casitas otra vez, pero más pobres, terrenos baldíos, callecitas sin luces…pensé que nunca iba a llegar hasta que me bajé en un corralón sin salida, con casas de madera, techos a medio construir, una plaza pequeña y una escuela. Esquivé algunos perros, caminé entre la arena y toqué una de las puertas. Una señora regordeta me atendió muy amable. Adivinó mi cansancio y me ofreció un poco de refresco. Me senté. ¿Señora, usted es chola?

Ella rió con todas sus fuerzas, como si le hubieran aumentado el sueldo. ¿Chola yo? no hijo, te equivocas. Está bien que este barrio esté lleno de cholos, pero ¿no ves que mi piel es más clara? Mira mis ojos caramelos, mira mi cabello castaño oscuro y ondulado (por más que esforzaba mi vista, señorita, a ambos los veía negros). No, mi niño. El medio hermano de mi bisabuelo fue español, y yo heredé todititos sus genes. Se apellidaba Pérez. Yo me apellido Flores. Los cholos tienen apellidos horribles. Aquí todos me dicen la gata. Los que buscas están aquicito nomás, pero no me confundas, no señor. En este barrio inmundo también habemos gente bonita y decente, poca pero la hay. ¿Quieres ver a un cholo de verdad? Anda a la plaza y vas a ver a un guanaco leyendo un periódico. Todo el mundo lo conoce como el cholo Peter, pero no le digas que yo te envié. Recuerda que a los cholos no les gusta que los choleen.

El recorrido se volvía cada vez más trágico, pero no estaba dispuesto a desmayar. Casi sin esperanzas anduve por la plaza sin saber qué buscar. Efectivamente, en una de las bancas encontré a un señor leyendo un periódico deportivo. Cansado de repetir la misma pregunta, me aventuré a asumir su condición. Señor, buenas tardes ¿qué se siente ser cholo?

El hombre cerró su periódico exaltado y, por la cara que puso, concluí que había cometido un error.

Cual es tu cholo, mocoso. Soy norteño de pura cepa. ¿Que no sabes diferenciar? Aquí no hay cholos. A ellos búscalos en la puna. Son chaposos y se les sale el mote ¿que no ves que soy moreno y hablo muy bien?

Abrió su periódico y no me dijo nada más. Salí desanimado de aquella barriada. Estaba cada vez más confundido con las descripciones que iba recogiendo de la gente. Al principio se referían a cuestiones genéricas como el lugar de nacimiento, la zona donde se vive, el apellido, pero después se volvieron más concretas: guanaco, trinchudo, narizón, moreno, cuadrado, eran adjetivos que según ellos, podrían ayudarme en la búsqueda. ¿Cómo es posible que habiendo escuchado a tanta gente hablar de los cholos, no haya podido hasta ahora encontrarme con uno? Mientras más escarbaba, más túneles se abrían ante mí. Así que no tuve otro remedio que viajar cientos de kilómetros hasta una de las ciudades de la puna, señorita, donde seguí preguntando, pero a pesar de mi insistencia nadie me supo dar respuesta del cholo perdido. Algunos me decían que son los indios de la selva, otros que son los del sur.  Todos encontraban una razón para no definirse como cholos. Casi al final del día, algunos se compadecieron de mí y me dijeron que tal vez más arriba, en las comunidades campesinas, lo podría hallar.

Resuelto a hacer un último viaje, ascendí por las montañas hasta una aldea de piedra en medio de la nada, con gente humilde que me acogió con los brazos abiertos.

Y aquí viene lo bueno señorita, porque cuando el alcalde de ese poblado me recibió en su oficina, observé que reunía todas las condiciones que había venido anotando. Se llamaba Eustaquio Huamán, y ya estaba a punto de hacerle la misma pregunta gastada, cuando se acercó y me dio un gran abrazo.


– ¿Cómo estás Robertito?

Mi abuelo era el alcalde de ese poblado. Debí suponerlo cuando lo vi, porque el parecido con mi padre era impresionante. Lo malo es que nunca me habían hablado de él, y tuve que fingir que lo había extrañado todos estos años. Me quedé varios días pensando, decidiendo entre preguntarle o no. Cuando al fin me armé de valor y le espeté la pregunta, se quedó pensando varios segundos. Tal vez nunca se había preguntado aquello. Me dijo que era un hombre orgulloso de su tierra y sus raíces, pero que mi inocente búsqueda había sido en vano. El cholo no existe, me dijo. No es un hombre, sino una categoría; no es una raza, sino un arma con la que defendemos nuestro miedo a la igualdad. Cuando choleamos trazamos límites, levantamos murallas, distinguimos. Pero sobre todas las cosas, nos descubrimos.

De pronto recordé la respuesta de mi padre y ésta cobró un triste sentido, señorita. En aquel almuerzo, cuando las venas de sus ojos saltaron y creí que me iba a trompear por haberle preguntado si éramos cholos, me puso una mano en la cabeza, me miró fijamente y me dijo:

– Nadie es cholo mientras tenga a quien cholear.

Por todo eso señorita, le ruego que califique mi examen de matemáticas. No escribí mal mi nombre. Yo no me llamo Roberto Hamann. Yo nunca me llamé Roberto Hamann. Corríjalo, déjeme ser yo mismo. Y a ustedes compañeros les digo, que al primero que me diga cholo ignorante, le saco la mierda.

Pd: La imagen es original de Choledad Privada

diagnostico

Una casa de dos pisos, austera, bañada por la luz amarilla de un poste empapelado. Una pareja en la vereda, soñando, entrelazados en un abrazo infinito. Los ojos de ella fijos en él, imaginando que la vida entera no alcanzará para disfrutar tanta felicidad. Los ojos de él perdidos en la penumbra, deseando que las horas pasen pronto para irse ya.

Era una pareja de viejos. A pesar de tener veintitantos años de edad, habían llegado a conocerse demasiado bien. La diferencia es que, mientras para ella ese hecho representaba un triunfo que ameritaba un compromiso mayor, para él era el punto final e inicio del declive. A los ojos de Roberto, Pamela era tan predecible que le resultaba difícil encontrar algo que le sorprenda. Podía terminar sus oraciones, sabía cuándo estaba mintiendo y hasta podía adivinar sus pensamientos más sutiles. Lo único que no había podido lograr era convencerla de que la relación estaba perdida.

De los cuatro años que llevaban juntos, los recuerdos felices apenas alcanzaban para llenar dos calendarios. En algún recodo del camino se separó de ella y empezó a caminar a su ritmo. Las peleas se pronunciaron, las lágrimas se convirtieron en chorros de agua viva y los buenos recuerdos empezaron a brillar con más fuerza, porque cuando el presente es un torbellino de injurias, el pasado suele bañarse con la luz dorada de la nostalgia.

Pamela no era una chica cualquiera. Tenía una sensibilidad especial y solía conmoverse con cosas aparentemente sin importancia. Antes de conocerlo, disfrutaba de un variado círculo de amistades con quienes salía a divertirse los fines de semana. Tocaba la batería en un grupo de barrio, organizaba eventos y era una relacionista pública excelente. Roberto en cambio, era reservado. Tenía el rostro endurecido y su sonrisa era más bien una invitación a alejarse de él. Poseía la sensibilidad de un bloque de marfil y Pamela le pareció al principio (y tal vez al final) una chica superficial, tan ajena a sus intereses.

Es irrelevante contar cómo llegaron a estar juntos. Suele pasar. De hecho pasa casi todo el tiempo. El tipo duro y de facciones toscas que cosecha antipatías en su entorno, y la chica extrovertida con instinto maternal que llega a la conclusión de que la dureza de él es sólo una careta para ocultar su verdadero y sensible carácter. Craso error.

Pamela se enamoró demasiado pronto ¿pero quién puede regular sus afectos? La extraña naturaleza de Roberto la sedujo como un zafiro a los ojos de un moro. A veces podía ser muy apasionado y tratarla como una princesa rescatada, pero también podía permanecer callado y perdido mientras ella le correspondía con caricias desbocadas.

Ella estaba en las nubes porque él se dejaba querer. Como una monja al tomar sus votos, paulatinamente abandonó su vida anterior para adaptarse a la de Roberto. El cambio no fue dramático, de haberlo advertido quizá hubiera hecho algo para remediarlo. Simplementequería estar con él, y un día se dio cuenta de todo lo que había dejado atrás en uno de esos recuentos que solemos hacer cuando nos encontramos con viejos amigos.

Había una razón poderosa para creer que debía quedarse con Roberto: el historial amatorio de Pamela reunía una variopinta colección de infidelidades sufridas que le llevaron a pensar que la cornamenta es un mal necesario que había que aprender a soportar. Roberto en cambio era distinto. No parecían interesarle otras mujeres e incluso a veces olvidaba que tenía una. Y hasta donde ella había podido observar, no tenía aquel defecto muy macho de pasear la mirada por cada par de nalgas que cruzase su camino. Como dije, simplemente se dejaba querer. Motivo más que suficiente para que Pamela, tan maternal, lo adore.

Se adaptaron muy bien los primeros meses, incluso llegaron a dar pinceladas a un imaginario futuro juntos. Digamos que miraban en la misma dirección tomados de la mano recorriendo un sendero que parecía verde y llano como una pradera. Hasta que aparecieron los matorrales.

La primera discusión tuvo un motivo intrascendente, uno de esos chismes que dicen que nadie dice que dijo, pero como Pamela solía conmoverse con cosas sin importancia, se sintió devastada. Hizo tanto aspaviento que incluso deslizó la idea de una posible separación. Roberto, que se dejaba querer pero no deseaba que lo obligasen a ser querido, contestó que no había ningún problema, si eso es lo que ella tenía en mente.

En toda relación, las primeras peleas suelen ser el termómetro que utilizan ambos para saber hasta dónde son capaces de renunciar por orgullo, o en su defecto, de avasallar al otro. Bajo palabras aparentemente inofensivas, estas peleas encierran una suerte de cuestión limítrofe, y lógicamente, cada uno tratará de poner los hitos lo más lejos posible de su propia posición. Si el amor fuera un juego, la consigna sería: el que no le teme a la ruptura, es el que dominará en la relación.

Luego de notar que Roberto se mostraba indiferente ante la posibilidad de dar por terminada la relación, Pamela cometió el segundo gran error de su vida: se retractó, con disculpas incluidas . Dijo que no quería dejarlo, que todo fue un malentendido y que por favor, olvidemos el asunto y hagamos como si nunca pasó. Fue el principio del fin de su dignidad.

Los meses pasaron, y Roberto fue tomando las riendas de la relación. A todas luces Pamela estaba enamorada, incluso empezó a decirle que tal vez su amor estaba predestinado por los astros y cosas así, otra prueba más de que se estaba volviendo loca. Como Roberto era bastante antisocial, construyó una teoría para evitar salir a bailar con sus amigas los fines de semana: el nido de amor. Apartémonos del mundo y de sus placeres y hagamos un rincón para los dos, donde podamos emborracharnos de amor sin importarnos los demás. Cuando estoy a solas contigo soy un hombre más tierno ¿acaso no es eso lo que quieres que sea?

Poco a poco se alejaron de todos. Daban largos paseos solitarios, pasaban días enteros en hostales, se obligaban a huir de los compromisos, buscaban siempre la manera de poner barreras alrededor para no ser molestados. Roberto tenía poco que perder, pues no contaba con más de dos o tres amigos, a quienes por cierto, detestaba soterradamente. El sacrificio de Pamela fue todavía mayor. Aun así, ambos sintieron que los primeros seis meses de encierro mental involuntario fueron los más felices de la relación.

Fue en aquellos días que Roberto se dio cuenta que ya sabía todo de Pamela y no podía continuar al lado de una chica que ya no sepa sorprenderle. Y si bien al principio le agradaba la idea de tener un alma gemela, luego se dio cuenta que gran parte del atractivo de una relación de pareja era ir descubriéndola poco a poco. Quizá ella cometió el error de entregarse por completo y amar sin reservas, suprimiendo la aventura. Cobarde como todo hombre dominante, empezó a provocarla para que volvieran a tocar el tema de la separación. Su trato se volvió más áspero y las conversaciones de amor azucaradas sobre el futuro que tanto disfrutaba en la cama del hostal, empezaron aempalagarlo. En el fondo se sentía culpable por abandonarla y quería que ella lo abandone primero. Típico.

Desgraciadamente, Pamela no sólo estaba enamorada, sino ciegamente enamorada. En los cambios de humor de Roberto apenas vislumbraba tormentas pasajeras,fácilmente remediables con una dosis más elevada de tolerancia y comprensión. Él acabó por desesperarse y empezó a insultarla gradualmente. Sobre todo en las mañanas, cuando la descubría al lado de su cama abrazándolo mientras dormía. Ella le escuchaba, derramaba unas lágrimas de impotencia y se retiraba sin decir una palabra. Roberto se irritaba porque supuso que era exactamente lo que haría. A veces la compadecía e incluso trataba de entender su dolor poniéndose en su pellejo, pero casi siempre terminaba concluyendo que ella tenía toda la culpa por no tener un poco de amor propio y autoestima, lo que a su vez lo enfurecía aún más pues no quería pasar el resto de su vida atado a una persona con conflictos emocionales.

Un día le dijo que quería terminar porque ya no la amaba más. La espetó en el marco de una discusión intrascendente que no tenía que ver con los sentimientos ni el estado de la relación. Pamela se quedó helada, suspiró profundamente y empezó a llorar sin control. Dejaron de verse una semana, todo un récord en aquel tiempo. Quizá ella esperaba que su ausencia le hiciera recapacitar, pero Roberto, a pesar de extrañarla un poco, nunca se atrevería a buscarla. Al cabo de siete días Pamela regresó. Estaba delgada, descuidada y con profundas ojeras. Quién sabe las cosas por la que había pasado. Sin fuerzas para argumentar razones, simplemente se arrodilló y le abrazó de la cintura. Roberto se conmovió. La levantó de los hombros, le acomodó los cabellos y la besó.

En los días siguientes trató de componer las cosas. Empezó a imaginar que tal vez es bueno tener a alguien que lo quiera tanto y esté dispuesto a todo por él. Lo que no se daba cuenta es que, al volver con ella sólo por aliviar un sentimiento de culpa tras haberse compadecido de su estado, simplemente estaba prolongando la agonía. Cuando las cosas volvieron a la normalidad y ella empezó a mostrarse feliz, sus deseos de alejarse volvieron con más fuerza.

Las cosas no se parecían en nada a una relación normal. Cada dos por tres discutían, él le amenazaba con abandonarla, y ella terminaba sometiéndose a sus condiciones para que no lo haga. Muy pronto Roberto descubrió que tenía un poder enorme y quiso descubrir hasta dónde ella era capaz de soportar. Saber que aún quedaba algo por explorar en Pamela fue el combustible que les dio cierta continuidad.

Es difícil explicar porqué un hombre como Roberto, criado con una familia normal y sin problemas de ningún tipo se haya convertido en un sádico emocional. Quizá tenga razónHobbes cuando dice que el hombre es malo por naturaleza, y que la bondad es una convención social impuesta por puras razones prácticas. En la medida que nadie se lo impida, el ser humano será capaz de ser todo lo malo y perverso que pueda, a menos que haya alguien más fuerte que se lo prohíba.

O tal vez simplemente era un maldito enfermo.

Las humillaciones se multiplicaron, se retorcieron, se ramificaron, cobraron vida propia. Éstas iban desde la prohibición de conversar con amigos o divertirse, soportar sus bromas en las que le decía obesa o estúpida, hasta disponer de su cuerpo como quisiera y cuando quisiera, todo esto sin derecho a reclamo ni retribución.  Pamela era capaz de soportarlo todo por amor, o por el desquiciado concepto que tenía de ése sentimiento. Él la veía sufrir, pero a veces notaba que se complacía representando el papel de heroína, como si fuese una de esas personas llamada al martirio por sus ideales. Los arrebatos de furia de Roberto seintensificaron. Ella cada vez amenazaba con suicidarse, a veces le mostraba las marcas en sus muñecas, otras veces se arrojaba al piso y le tomaba de los tobillos para impedir que se vaya al trabajo. No había agresiones físicas, pero sí forcejeaban bastante. Solamente cuando ambos se cansaban, se dejaban estar y permanecían quietos uno al otro por varios días, hablando de cosas triviales y evitando tocar el tema. Para él era un receso simplemente, para ella una esperanza, una muestra del amor que se tienen y la posibilidad de reconstruirlo.

Así pasaron otros cuatro años más, en una vorágine de gritos y desencuentros salpicada de sosiegos. Sería muy fácil darle un final dramático a esta historia, como un súbito arrebato en el que Pamela le clava el tenedor en el pecho o le canta sus cuatro verdades y termina abandonándolo. Pero no abundan los finales dramáticos en la vida real. En ella más bien muchas personas suelen acostumbrarse a soportar durante años una situación miserable, desventajosa e inútil por miedo a ser abandonadas.

Por eso aún continúan juntos, se han vuelto viejos y sus peleas intensas han dado paso a la madurez y la sobriedad. Incluso en las reuniones con amigos recuerdan algunos episodios de su tormentosa vida juvenil. A Pamela le brillan los ojos al pensar que no se equivocó, pues a pesar de todo sus esperanzas de permanecer unidos se hicieron realidad. Roberto simplemente la mira, se rasca el trasero y le manda por más cerveza.