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Este domingo ha sido el de Hernando de Soto en los periódicos peruanos. Luego de que se exhibiese el video “El misterio del capital de los indígenas amazónicos“, fruto de una investigación del Instituto Libertad y Democracia (ILD), que plantea algunas ideas  sobre cómo administran las comunidades amazónicas temas como recursos o propiedad, tanto Perú21 como La República le han extraído algunas reflexiones y revelaciones al economista peruano más conocido a nivel internacional.

En Perú21, De Soto señala:

¿Cuál es el trabajo que han hecho?
Cinco días después de los sucesos de Bagua ya teníamos tres equipos recorriendo la selva, que para setiembre habrán visitado 200 comunidades y el 70% de las etnias para ver qué instrumentos tienen los indígenas amazónicos para controlar su territorio y para administrar sus recursos. Filmamos todo y hemos hecho el documental que se ha presentado esta semana.

¿Y qué encontraron?
Los propios indígenas apus (líderes amazónicos) señalan que el problema es territorial. Para nosotros, el manejo del territorio significa soberanía o propiedad y lo que hemos visto es que en la selva hay tres tipos de propiedad: la de los nativos, la de los colonos y la de las empresas petroleras o mineras. El problema es que los títulos comunales que se les entregaron a los nativos hace 30 años que son muy débiles y ni siquiera siguen el mismo sistema de coordenadas que el resto del país y se superponen unos a otros. Mientras que los contratos del Estado Peruano con las compañías transnacionales están protegidos por la ley peruana, por tratados internacionales y les permite hacer lo que deseen con el terreno: venderlo, comprarlo, usarlo como garantía para conseguir financiamiento, emitir acciones. Los títulos comunales no les permiten a los nativos hacer nada de esto, pero igual, dentro de los territorios, hay propiedad individual que no está respaldada por documentos pero que ellos igual compran, venden y alquilan sus chacras. La globalización ya les llegó y lo que queremos documentar es cómo hacen el salto del siglo XVII al siglo XX.

¿Y cómo deberían darlo?
Hay que saber a qué se debe el salto. La globalización lo toca a uno. Lo que significa la globalización es la separación internacional del trabajo, que llega en distintos momentos a cada parte del país y, cuando llega, tumba gobiernos, tumba tradiciones y cada cual se adapta como puede. Frente a eso, no hay edificio que resista porque es de tal eficiencia, baja tanto los costos, que implica la reorganización de todo el mundo. Lo que estamos viendo nosotros es la llegada de la revolución industrial a la selva peruana en forma masiva.

Ningún político se acordaba de la selva hasta el ‘Baguazo’.
Ha sido un descuido de varios gobiernos. Los antropólogos, con la mejor intención, los han convencido de que son distintos, que necesitan una ley distinta, artículos constitucionales distintos y se ha dado una especie de racismo al revés. Además, como es el 1% del voto, los hemos ido dejando de lado.

¿Cómo vio la actitud de García? Tuvo un discurso muy confrontacional.
Cuando hay un acto de violencia, todo el mundo se agita y se vuelve emocional, pero no creo que García sea racista. Yo no le debo nada, exceptuando algunos dolores de cabeza por el TLC con EE.UU., pero debo decir que el Convenio 169 de la OIT que favorece a los indígenas fue adoptado por el Perú en su primer gobierno. Lo que ha pasado es que se han descuidado, hay una tendencia a ver a la gran empresa y se han olvidado que hay una gran parte que no va a alcanzar los beneficios del progreso económico si la escalera no se modifica.

Por su parte, en La República, De Soto señala:

¿Siente que en su documental da la razón al presidente García tras el conflicto de Bagua?

No. Yo digo que si del territorio nacen las causas de los conflictos,  una responsabilidad importante le corresponde al Estado peruano, porque las reglamentaciones y las armas efectivas que protegen las propiedades de los indígenas no funcionan. Aclaro que esto no es descuido de este gobierno, sino del Estado a través del tiempo. No considero que estemos saliendo en defensa del presidente García…

García decía que las leyes de la amazonía permiten insertar a los nativos en el mundo, y su propuesta también habla de insertarlos en el mundo económico.

Digo, hay que darles esa oportunidad,  y si vemos que el Estado no lo ha hecho, en cierta forma eso explica la resistencia de los nativos. Si la idea era transformar su derecho de propiedad comunal en uno más privado que permita conectarlos con el mercado internacional, no se iba a poder lograr porque sus títulos estaban mal hechos.

¿Qué recomienda al gobierno y a los nativos, en términos prácticos, para ayudar a formalizar la propiedad de los peruanos en la selva?

Primero, deben ver cómo quieren ellos (los nativos) administrar sus activos, para que las normas que se creen reflejen sus costumbres y permitan hacer propuestas que están de acuerdo a su voluntad. Al Estado le corresponde entregar la certificación de que, efectivamente, esa propiedad o ese territorio es manejado de la forma como los nativos indican.

¿Y qué quieren ellos, según su investigación?

Todo el mundo está de acuerdo con un contacto en el exterior. A los nativos les gusta las cámaras, la maquinaria, los camiones, la atención médica moderna, la cultura, etc. ¿Y cómo pueden comprarlos? Vemos que en cada comunidad hay bienes comunes, pero sobre todo bienes privados. Pero el título que les ha dado el Estado no refleja en nada la forma cómo administrar sus recursos privados, que son sus chacras, sus edificios,  sus animales.

El debate recién comienza.

porquenosmiranasi

En el auditorio de la Biblioteca Nacional en Lima se realizó un conversatorio por demás interesante, que reunió a tres de los artistas más representativos de la Loreto, Rember Yahuarcani, Christian Bendayán y Gino Ceccarelli, quienes presentaron sus posturas en relación a la percepción que tienen los peruanos – limeños en relación a los amazónicos. La cita cursaba entre debatir sobre las leyendas que se han forjado a punta de publicitados ejemplos como la “mujer ardiente” el habla “charapa”, la “haraganería del varón”, lo mágico artístico y estigmas con los que se identifica al que llega o al que vive en Iquitos.

Ceccarelli se esfumó por las bandas y dio una explicación tropical para intentar entender la idiosincrasia amazónica. Para él, el calor era funesto para el trabajo y el ocio fomentaba al extremo la imaginación que a su vez gestaba la “llullampería” inocente como un recurso casi genético en el amazónico. Bendayán fue más sectorial y se fue por la interpretación y sinopsis de lo que el arte a través de la pintura ha representado en Iquitos. Explicó que los urbanos en realidad son distintos a los rurales o ribereños y que, si bien es cierto que existe una definición de los “charapas” en Lima y en el Perú, esta se basa en la idea de un poblador migrante que ha construido sus bases y lenguaje social denostando del indígena.

Rember Yahuarcani fue menos explicitó pero a su vez más directo en torno a la discriminación como artista y poblador indígena. “Si a nosotros (los amazónicos) nos miran como nos miran, al poblador de las comunidades nos miran dos veces peor”, alcanzó a decir con la honestidad que caracteriza a todo arte que se basa en la representación del realismo – imaginario como se podría identificar su obra. Las explicaciones en realidad eran poco estructuradas y hasta sosas y, en el caso de Ceccarelli, incluso se podría decir que se basaba en una interpretación lejana y muy parcializada de lo que realmente ha constituido la referencia para que Lima y el Perú nos miren como nos miran.

Pero ¿Cómo nos miran? Tal vez las preguntas y posiciones del público pudo dar mayores luces a la interrogante pues abordaba los elementos más marqueteros en torno a la Amazonía, pues no sólo hablaban de la “despensa” que representa sino de las “mujeres calientes”, de la variedad del simbolismo sexual como el licor, el exotismo, la chamanería y hasta la pobreza o abuso infantil como los íconos de una cultura que aún en el siglo XXI no se conoce y menos se entiende. Incluso, por un momento uno de los panelistas volteó la pregunta para interrogar a los presentes y decir cómo miran los amazónicos a los peruanos y salieron las conclusiones que en realidad representan también una desvirtuación de lo que pasa en el Perú y la misma idea de fragmentación en la que vivimos y que parece ser nuestro principal problema.

Acaso el amazónico no mira al limeño como el mentiroso pendejo que quiere sacar provecho de todo a cualquier costa, el ladrón que engaña (no miente o llullampea) y que está decidido a todo con la intención de obtener un rédito. Acaso el amazónico no es racista – así como lo es el limeño con él – con el andino, no sucede que también han estigmatizado al “serrano” para identificar al que habla mal, al taciturno, poco aseado, introvertido peligroso y le han creado fortunas mal habidas por el simple hecho de conseguir algo de comodidad en tan poco tiempo.

Aunque no han sabido explicarse muy bien nuestros mejores representantes contemporáneos del arte acerca de esta construcción de ideas forjadas socialmente y al parecer de manera irremediable (porque no se habló de los medios de comunicación como la herramienta que ha trastocado todo y ha impulsado el estigma, en su afán de vender todo y a toda costa), lo que sí ha demostrado una vez más es la causa que ha provocado talvez esta desorbita en buscar unas respuestas más totalizadoras del asunto y esto puede responder a que en la Amazonía aún no han existido los interpretadores de su realidad, aquellos que sepan identificar más allá del juego del selvismo una vocación por entenderla y explicarla.