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Para todos aquellos necios que dicen hacer publicidad y creen que aquello se circunscribe a unos cuantos culos liberados y un grupo de oligofrénicos haciendo chistes monses, aquí una cachetada a su mediocridad.

No sé si la idea es orginal (si es así me saco el sombrero), pero creo sin dudad que el nuevo comercial de Movistar es sencillamente espectacular. Innovador, técnicamente impecable, pero además emocionante, motivador,  generador de sentimientos positivos.

Ya era hora de que los publicistas no sólo vendan cervezas. Sino también sueños.

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No fui con demasiadas expectativas a mirar “This is it”. En principio, porque no creo en Kenny Ortega, el conocidito productor devenido cineasta (¡como si fuera tan fácil!).  La verdad, Ortega me parece un mercenario, un vendedor de sebo de culebra y, si fuera posible, podría entregar a su misma madre a cambio de una jugosa ganancia. Además, el morbo desatado alrededor de la muerte más inesperada como sentida del showbuzz mundial – la del rey del pop Michael Jackson, sin duda – podría haber encontrado correlato en un vehículo de sensacionalismo, de regodeo a través de tomas inéditas de agonías o dolor a borbotones (o sangre mezclada con hipocresía). Y eso, sin duda, me asqueaba. Está bien ser pop o fan de MJ. Pero no vale  ser un sádico y un obseso. Eso va contra las reglas de la convivencia pacífica.

Repito, temía que las exequias reales de Neverland  se convirtieran en el  festín del rey de la saga High School Musical (si hay algo más deplorable que tener en tu haber la producción de este bodrio, avísenme).  Pero, vaya, una pequeña lección que debemos recordar en este negocio es que los prejuicios son malos si te nublan la mente. Una persona mala puede hacer un trabajo bueno. Mucho mejor si tu objeto de creación es el personaje más notable, vanguardista, zafado, freak y pionero que Jacko. Y al tal Kenny se le chorreara la angurria, pero le sobra – lo reconozco, chicos – talento y sentido de la oportunidad.

Le reconozco a Ortega no haber jugado con alimentar al respetable (monstruo) con carroña en alta definición. No hay alusiones a la muerte (en  principio, porque es claro que sabemos el desenlace). Tampoco espectaculares y convenientes y convenidos episodios inéditos de la vida privada de MJ. No hay fuegos de artificios y Ortega, astuto como inteligente, sabe que no está reanimando cardiacamente a la Newton John ni intenta vender muñequitos plásticos como los de Disney.  El realizador tiene en manos nada menos que todas las grabaciones de los ensayos hechos por la producción de “This is it” antes del gran concierto inaugural de la gira mundial, en Londres, el 2 de julio, una semana antes que sobreviniera la tragedia. Lo que queda de ello, en el trabajo documental es todo lo que quizás no vimos completamente de Jackson. Nos habíamos acostumbrado a hurgar en su interior, pero no habíamos sido capaces de verlo en serio. No lo habíamos visto como artista.

No creo que “This is it” sobreviva entre quienes compran sus discos por millares o quienes creen que un cantante es solo una colección sobre tu repisa. Este film es realismo acelerado al máximo, es la vida cotidiana de un músico y sus huestes por recuperar el tiempo perdido, por ganarle un peldaño superior a la inmortalidad. Y lo interesante es que cuando vemos en menos a Michael, es decir, cuando logramos que parezca uno más de nosotros (esto sucede a menudo y es honesto la mayoría de las veces, aunque algunos podrían creer que Ortega aplica el melodrama para convencer a la multitud), cuando eso pasa, digo, es cuando los contrapuntos dramáticos exudan un aire de incadescencia que dificilmente no se nos arruga el corazón, aunque sea por un instante.

“This is it” empieza bien: los bailarines seleccionados para la gira confiesa a la cámara su emoción por formar parte de la aventura. Algunos lloran. La mayoría lo considera increíble.  Aunque uno le tinque que probablemente  los grabaron despues del fallecimiento, la figura de MJ está presente en todo, como un santo y seña, como el momento epifánico que tanto andaban buscando.  Jackson emerge en medio de todo, frágil en lo físico, pero impresionante en lo musical, abarcándolo todo, desde la selección de bailarines hasta los fraseos, improvisaciones de sonido, las coreografías, el punto operético de la conexión con el gran público. En los ensayos la única multitud es no más de medio centenar de técnicos y asistentes, pero aún ellos son incapaces de no deslumbrarse ante las lecciones del rey, ante su dimensión mágico, ante su presencia zen que predica amor, que da consejos, que asume íntegramente la forma y el fondo del escenario y del espectáculo. Nunca como antes uno siente que Michael, a pesar de él mismo, es tan humano como impactante.  Aunque Ortega quiera por momentos ceder a la tentación de darle un cariz como que pauteado de emociones (cosa que pudiera funcionar con adolescentes despistados), lo importante es que el artista se impone al guión. ¿Por qué? Porque el artista no se adapta a la historia. El artista es la historia.

Pero “This is it”, a la par que es Jackson, también es la música de Jackson. Y los detalles del concierto son simplemente impresionantes. La idea de lo que hubiera podido ser la gira te golpea en la cara por su destreza visual, por sus efectos, por su audacia. Jackson, una vez más, se transforma y pone la valla altísima.  Todos los adelantos de la tecnología se complementan con el fin de entregar un producto notable, donde la voz de MJ jugará papel preponderante, pero también su capacidad para seguir sorprendiendo, para que todos quedásemos marcando ocupado ante sus ideas delirantes, vitales y entretenidas.  Este documental es valioso porque muestra, porque entiende, porque refleja completamente. Es como cerciorarnos que el País del Nunca Jamás sigue vigente y Michael Jackson no solo es extraordinario, post-humano, sino también eterno.

“Deja vu”, primer sencillo de Fuerza Natural, la nueva producción musical de Gustavo Cerati,  ha sido lanzado al mercado con un videoclip bastante extraño, lisérgico, ciertamente autista y bipolar:  el cantante, con guantes de cuero negros, en medio del desierto, conduce un auto que bien podría remitirnos a las proezas de Meteoro. Súbitamente, en medio de la ruta, se encuentra  con un chica hermosa, casi una visión o invento del Diablo.  Cruzándola de cabo a rabo, un tren fantasma, plateado, pasa por ella. Corte. Otra vez música. Otra vez Cerati conduciendo. Una caja de madera sobre el asiento de copiloto destella luces y se calma. La canción acaba rápido, lo mismo que el trayecto, aunque entre el sol que se apaga, una misteriosa frase CONTINÚA le da aire de enigma.

Listo.

Cerati no da truega y tampoco le interesa complacer a la masa. Incluso, los más fanáticos o fervoroso melómanos poperos, hinchas de su carrera deben reconocer que el videoclip de “Deja vu” es raro. Freak. Desconcierta. No calza del todo con el estilo de la canción (que suena algo a Strokes, algo más al Coldplay de “Viva la vida”, todo ello mezclado en clave country y arreglos rockeros bien The Killers).  Además, claro está, las invocaciones sobre el lado futurista,  las advertencias del principio y el fin de los tiempos, las letras crípticas/metafísicas/para-el-bronce y el aroma de cuidadosa melancolía que corrompe cada obra del ex Soda Stereo.

Nunca ha sido fácil seguir a Cerati. Está claro, que los famosos que ya tienen una obra, pueden hacer lo que quieran. Lo que también es cierto que no siempre la atinan. En este caso, luego de abandonar la famosa banda que lo catapultó al megaestrellato (y de mantenerla viva en el recuerdo de millones de fans alrededor del mundo),  la carrera de Cerati como salista siempre ha estado signada por el fantasma de Soda. Evidententemente, le costó mucho tiempo, pero sobre todo le costaron una serie de experimentos musicales y apuestas riesgosas que desde lo formal y desde el uso extremado de la imaginería pop vanguardista le labraron un camino más allá de su pasado.

Cerati siempre ha puesto la valla alta, aún cuando pusiera en peligro a su evidente notoriedad. Claro, luego de Soda, muchos creían que no había nada más que demostrar, sin embargo, sus incursiones  han tenido siempre un espacio vital que lo impregna todo, que le ajusta las tuercas y dinamita lo ya expuesto. El psicodélico Amor amarillo (1993) es digno, pero aún experimental si lo comparamos con, por ejemplo, el grandilocuente, efusivo, sinfónico Bocanada (1999) y a éste, a su vez lo tomamos como  transicional en comparación con el sofisticado Siempre es hoy (2002),  o con el rockero y potente Ahí vamos (2006).  Ninguno de sus álbumes es igual al anterior, pero todos tienen un sello particular, descomunal, megalómano y afrentoso. Cerati nos dispara, directo al corazón, todo su ego, toda su brillante formación melómana, sus disparatados pero incesantes puntos de vista sobre la condición humana, pero aún más, su soledad y su persistencia.

Claro, solo a un persistente y, de paso, talentoso creador se le puede ocurrir reinventarse, más allá de las modas y tendencias mediáticas. Por momentos, Cerati se parece a David Bowie en la capacidad camaleónica para innovar y detectar los sonidos y las pulsiones del futuro. El artista se entrega a la idea de parir, y unir pieza por pieza la creatura frankesteniana que su cabeza y su alma son capaces de moldear. En el proceso de construcción, sin duda, recluta a su equipo, casi todos seres obsesos, talentos de orfebrería y sintetizador, de clásica sinfonía y radical avant garde, capos en su nota, que forman parte integrante, de la partitura perfecta que designa, cual Dios,  GC. La misión es simple: plasmar en un disco lo “inasible”, grabar lo “ingrabable”.

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Fuerza Natural es un álbum excepcional porque no se parece a nada que haya grabado anteriormente Cerati. Pero tiene tantos guiños al pasado, no solo en el plano formal, sino incluso en las letras (que ahora, como antes, envanecen, con el adicional que se acercan peligrosamente a la confesión personal).  Fuerza Natural es tan posmo, pero paralelamente flirtea con el rock clásico, desde Dylan, Neil Young, hasta clásicos populares argentinos como Spinetta o las zambas/chacareras, sin dejar de lado los rasgueos hardcore o la instrumentación computarizada. En medio de todo, estaciones, días y noches, kilómetros transitados , plegarias cósmicas,   viajes espaciales, ausencia y apocalipsis. Lo importantes es que te quedas pagando, con la idea de que algo más vendrá en cualquier instante. No hay parangón en lo que acabas de escuchar (aunque te queden tantas ideas sobre los referentes).

Lo apreciable en el trabajo de Cerati ha sido, a la par de su instrumentación operática,casi perfecta (que en Fuerza Natural alcanza cumbres con la beatlesca “He visto a Lucy”, la  pacífica y oceánica “Sal”, la balada hippienta seudocountry  “Convoy” o la misma canción que da título al disco), la notable combinación de música con letras. Su capacidad para generar versos de primera es inigualable. En esta oportunidad, las colaboraciones incluyen frases que se te graban en la memoria. Aquí algunas:

Y los mèdanos
seràn tèmpanos,
en el vèrtigo
de la eternidad.
Y los pàjaros
seràn àrboles,
en lo idèntico
de la soledad.

(Cáctus)

Un compás de luz
el faro dibujó en el mar.
Con un beso azul
la espuma se convierte en sal.

(Sal)

Cuento hasta diez
y te escondes,
Dioses creados con diez nombres,
Alfa y Omega,
todo principio y final.

(#)

Puedo equivocarme
tengo todo por delante
Nunca me sentí tan bien.
Viajo sin moverme de aquí
Chicos del espacio
Están Jugando en mi Jardín.
Me dirán el azar con el viento

(Fuerza natural)

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Fuerza Natural es un álbum melancólico, que se lo escucha en la ruta y se lo aprecia precisamente en el camino. Es el amor por el trayecto, sin intermediarios, y la búsqueda constante de experimentación, el aprendizaje de la vida. Pero al mismo tiempo es un espacio de madurez en el cual Cerati ha querido aplicar su mayor talento para el fuego de artificio y la capacidad de volverse volatil y entrañable.  Poner la valla siempre más alta a veces asusta a los creadores, porque los fuerza a desgarrarse, a sufrir, a probarse que aún son capaces de sorprender. Cerati demuestra que en la apuesta y el riesgo está la adrenalina, y por cierto, el valor. Si además de ello, se genera un producto poderoso, fresco y vanguardista (como  felizmente sucede aquí), estamos ante la música que escucharemos en el futuro y ante el artista como pionero y profeta.

El mejor disco del año en español, sin duda alguna.

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La hicieron, cayeron simpáticos, se pasearon por Barranco (y levantaron las fotos respectivas en el Twitpic),  asistieron al programa de Gisela Valcárcel, uno de ellos recitó un poema sobre Atahualpa en su conferencia de prensa y, además, dieron un concierto de primera anoche.

Uno se da cuenta entonces que la música no es un asunto de estar de moda, volatil y absurda . Los Pet Shop Boys son buenos, de verdad, y tienen más de 20 años haciendo buenas canciones, construyendo grandes canciones. Encima, son súper vanguardia.

Qué bacán.

Link: Galería de imágenes del concierto (La República)

Será martes. También cae 13. Martes 13. Supuesto día maldito. Supuesto día de mala suerte.

También será martes 13, a las 8 p.m. en el Estadio Monumental de Lima, cuando Depeche Mode inicie su esperadísimo y ansiado concierto como parte del Tour of the Universe.

Wrong.

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Wrong?

Recontra right. Son días como estos que vale la pena vivir.

Un grupo de chicos de treinta se han apostado en las afueras del Miraflores Park  Hotel y han prendido velas. A ratos tararean canciones de viejos tiempos.

Uno de ellos es, sin duda, un clásico de corazones duros y solitarios, Enjoy the silence.

Cuando uno escucha Enjoy the silence, siente que algo ha perdido, pero debe seguir adelante. No sabe si bailar o simplemente quedarse para adentro, como autista, esperando que el fin del mundo llegue y tu sigas con los ojos cerrados, imperturbable.

Aunque existen canciones que me gustan mucho de la época ochentera de DM, como Strangelove, Everything counts o Just can’t get enough (para bailar desaforadamente, con la cerveza en la mano, en mancha), Enjoy the silence es genial, probablemente porque representa a una generación,  el inicio de una oscura y desgarrada, que podía hacer sentir mariposas en la panza incluso a aquellos noventeros nostálgicos del pasado. Además, porque forma parte del Violator, aquel discazo impactante, de la estirpe de los que no han vuelto a salir. Yo la escuché por primera vez a los catorce e inmediatamente supe que hablaba de cosas que me pasaban, de momentos que me estaban pasando. Y después seguí al Violator y supe que allí había oro en polvo: Halo, Personal Jesus, World in my eyes, y, claro, Waiting for the night.

Esperando la noche.

¡Dios, por qué no se vuelven a hacer canciones como aquellas!.

Hubo canciones de fe y devoción, como I feel you y Judas, pero en verdad mi pasión por DM llega con el Ultra. Gracias al Ultra descubrí dos canciones que me motivaron a crear atmósferas oscuras. La primera vez que decidí pensar seriamente en dedicarme a escribir. It’s no good fue un golpe a la cabeza, pero aún más lo fue Barrel of a gun, una canción demasiado extrema como para no sentirse tocado.

A mi me golpeó desde el principio, como la cacha de un revolver.

Resultaría injusto señalar que después del Ultra, DM se dedicó a vivr de la fama.  Personalmente, me gusta mucho el Playing the angel, más, obviamente, que el Exciter (del cual solo salvo Comatose y Shine). Lo siento más electrónico, más sintetizadores y toda e€sa onda (algo que puede dejar como autistas a los amantes del new wave), pero también me parece siniestro. Si no, miren el videoclip de Precious. Demente y autista, al mismo tiempo.

Sounds of the Universe me cae bien. Me parece un buen retorno.  Creo que Hole the feed tiene buena vibra, pero sobre todo creo que Peace es un gran poema visual. Es intenso y por ratos conmovedor y el video es una joya. Tiene de angustia, pero también de redención.

El inminente estreno de “This is it”, documental sobre los preparativos de la gira final de Michael Jackson por los escenarios mundiales – que a la postre sería gira fallida o póstuma, debido a su súbita e inesperada muerte – , ha generado tanta expectativa, que los productores no han tenido mejor idea para acrecentar la expectativa que lanzar la canción inédita de la gira, de título homónimo al documental.

¿Suena realmente al rey del pop?

“This is it” se estrenará en forma simultánea en todo el planeta este 28 de octubre.

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Con mucha razón, Arturo Cavero forma parte de la cultura popular peruana de los últimas décadas.

Extraño, porque la palabra “popular”, acortada en sus tres  primeras letras, equivale a “pop”.

Cavero puede ser considerado con justicia, en este país de héroes ausentes y déficit de idolatrías, un auténtico representante pop.

En principio, porque, dejando de lado las conocidas tonalidades rítmicas de la música criolla y su base de aliento tundete y letras descorazonadas o predecibles, Cavero se encargó de darle al género una voz, un look, una mirada particular.

Cavero era inmenso no solo por su voluminosa anatomía, sino por su presencia mediática. Estaba ahí y era difícil no sentir su capacidad histriónica, su pose de pata que se la sabe y, aún más, se la cree.

Cavero era el “Zambo” para todos quienes jugueteaban gracilmente con el seudo racismo indulgente y la bromita fácil, pero también era una señal inequívoca de afirmación en la diferencia. Cavero se sabía diferente, se sabía distinto. Se sabía artista. Se sabía encantador de serpientes. ¡Qué no va a ser! si bajo su presencia guía se cantaba en voz alta, en peñas, en reuniones sociales, en partidos de fútbol y en ceremonias políticas el postmoderno himno nacional de todos los peruanos (compuesto por Polo Campos y musicalizado por Óscar Avilés), “Contigo Perú”.

Repito, es difícil no sentir que todas aquellas canciones criollas tan clásicas como “Rebecca” o “Cada domingo a las doce después de la misa” adquirían fuerza descomunal con su interpretacón, y además calaban en escenarios o espacios antes prohibidos por la esencia del género. “Contigo Perú” se escucha en pubs y discotecas, se escucha en la tele, se invoca como santo y seña de la peruanidad, como paliativo contra la nostalgia (no es extraño que haya desplazado al “Todos Vuelven” de César Miró en el favoritismo de los expatriados). Y aunque no fueran composiciones propias, la capacidad de crear ilusión con su voz le daban un lugar privilegiado en el recuerdo de quienes lo escuchaban.

Telegénico por excelencia, amigo de políticos, cantante fetiche del presidente Alan García, Cavero supo que en un mundo global, más que saberse bueno, lo importante era difundir sus bondades. Supo manejar el marketing, supo venderse bien, supo estar en todas sin caer espeso, sin convertirse en un típico caserito deleznable de programas cómicos o espacios vaciós en programas de espectáculos. Hasta Lombardi supo de la extraordinaria oportunidad de ponerlo como imagen en una de sus mejores películas, “Bajo la piel”.

Nada más clásico  que la escena del presidente de la junta militar Morales Bermúdez bajando al cesped del Estadio Nacional a cantar, con la camiseta sudada del capitán de la selección peruana, una canción interpretada por Cavero, celebrando la clasificación al mundial de Argentina 78. Como en el caso de Mercedes Sosa en la Argentina (y obviando las evidentes diferencias entre ambos), su figura ya es patrimonio nacional. Su imagen es patrimonio de todos quienes ahora lo veneran y lo recuerdan con dolor, cariño y oportunismo.  En épocas donde lo más pop – en el sentido más estereotipado del término – en el Perú suele corresponderle a las imágenes de  Suárez Vertiz o Gianmarco Zignago,resulta importante que la cultura popular incorpore – también, como en el caso de Jhonny Orosco – a personajes tan representativos de lo mejor de su  esencia, multicolor, contradictoria, compleja y luchadora, pesistente, tenaz y apasionada. En ese rubro está Cavero, sin duda alguna.