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El ingrediente es…sangre

Publicado: 27 junio 2009 en Percy Meza
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zancudo2

Fue un día demasiado agitado. Los trámites se habían realizado maravillosamente, pero me habían estresado de una manera tal que casi había llegado al bochorno. Salí de la oficina lo más rápido posible, porque estaba seguro que el jodido del ingeniero llegaría de repente y me aprisionaría otra vez en el trabajo hasta dejarme hasta tarde. No había dormido tres días seguidos por dedicarme a una facturación larga y tediosa.

La otra vez estuve a punto de irme a descansar a  casa, cuando de repente apareció el ingeniero. Con su cara de felicidad hipócrita, pidiéndome: “Gustavo, debes arreglar algo en la facturación. Existen algunas fallas en los cálculos.” Cómo quisiera desmayarme en ese momento y que el ingeniero me llevase al hospital. Y que los doctores le dijeran que era un ingeniero totalmente estúpido, arrogante y explotador de trabajadores.

Salí de la oficina, riéndome de esa propuesta utópica. Como era el último en quedarme y siempre pasaba eso, apagué todas las luces. Abrí la puerta con desgana y salí al frío Jirón Próspero. Los motocarros pasaban tan tranquilamente, mientras las luces naranjas de los postes de luz teñían el ambiente nocturno. Aquel frío nocturno me rozó la mejilla y me inducía al sueño. Estaba seguro que si me miraba al espejo, encontraría unas ojeras como si hubiese recibido puñetazos. Agazapé mis cosas hacia mi pecho y mirando todas las tiendas, comencé a caminar hacia el norte.

Pero cuando di unos cuantos pasos, escuché la maldita corneta musical de carro del ingeniero. Cerré los ojos del puro cansancio. Sabía que no iba ceder, así que aumenté la caminata. Mire con ojos envidiosos a esas personas que reían sin desgana.

Sonó otra vez la corneta del carro. Seguí caminando e inicié una charla conmigo mismo, enardecido.

—Carajo, no deja de molestar. Tanto no deja de fastidiar. Por eso algunos de sus trabajadores renunciaron…

Tuve que esconderme en alguna parte para perderlo de vista. Con ojos cansinos observé una heladería. Apresuré y entré. Pasé entre las pequeñas ocupadas, y me acerqué al mostrador.

—Disculpe —dije cansado.

—Buenas noches, señor —me dijo la señorita, examinándome con detalle.

—Me puede hacer un favor —dije casi sin ganas. La señorita entornó los ojos—. El ingeniero… de mi trabajo… esta siguiéndome. Me amanecí tres días y no quiero quedarme otra noche trabajando. ¿Tiene un lugar para esconderme?

—Oh —exclamó ella, seguro fijándose en mis ojos—. Tiene horribles ojeras.

Asentí cansado.

—Sí venga…

Como un niño perdido, la seguí. Pasé por una puertita del mostrador. Habló con un amigo del trabajo que me miraba con desconfianza. Luego me guió hacia un cuarto trasero, lleno de cajas de D’ Onofrio y Lamborghini, y refrigeradoras.

—Sólo quédese aquí…

De repente, sonó mi celular. Miré por la pantallita y vi inscrito “Ingeniero de mierda”. Sabía que era él, porque así ponía para identificarlo cuando llamaba.

—Me está llamando… No se cansa —dije desanimado.

—Apáguelo —me aconsejo la señorita.

Antes de que suene otra vez, apagué el celular.

La señorita me miró con algo de lástima. Salió de la habitación y se fue a lo suyo. Me quedé mirando las cajas, parpadeando levemente para que mis ojos no cedieran ante el sueño. Esta horrorosamente cansado.

Buenas noches —escuché el tono fluido del ingeniero.

Eso me levantó de mi ensimismamiento soñador. Me moví por las cajas, apretando algunas, tratando de oír claramente aquella conversación.

—Estoy buscando a un señor… Me pareció ver que entró a esta heladería…

—Disculpe, pero aquí entran muchas personas… —respondió la señorita.

Escuchando toda la conversación, divisé un hoyito en la pared de madera triplay. Me acerqué más y más, encajoné mi vista en esa herramienta de espía. Vi a la señorita hablando con el ingeniero.

—Tengo que el conocimiento de que entran muchas personas a un lugar público como este… Disculpe, pero el señor estaba con una camisa a cuadros y pantalón jean. Llevaba unos papeles en el brazo…

Hipócrita —dije a lo bajo. Me describía como si fuera un prófugo.

—Perdóneme, señor. No vi a ningún señor con esos detalles. Además, muchas personas que terminan su día de trabajo vienen aquí relajarse, si puede fijarse.

Proferí una risita cansina. El ingeniero dio una pequeña mirada a la gente comiendo entretenidamente sus helados.

—Entonces, gracias… —finalizó el ingeniero.

—Disculpe por no serle de mucha ayuda.

Se giró y salió de la heladería, mirando a la gente.

La señorita disimuló atender algunas personas por la entrada de la heladería y revisó para ver si se alejó. Después de unos minutos, por la entrada vi pasar en un atisbo el carro del ingeniero.

La señorita sonrió y vino a mi escondite.

—Se fue. Subió a un carro.

Boté un prolongado suspiro, que de repente me hizo sentir más sueño. Agradecí a la señorita. Compré un helado en un cono y regresé a mi casa.

Con mi cuerpo muriéndose del sueño, abrí la puerta de mi casa y entré. No me percaté dónde boté mis cosas, solamente caminé por todo mi casa. Subí las escaleras, dando pisadas torpes. Cuando llegué frente a la puerta de mi cuarto, abrí por el pomo y entré como si la gravedad de mi hermosa cama me jalara. Me quité los zapatos, me eché en mi cama con mi ropa de trabajo. Para aprovechar eso, acuné mi cabeza. Rocé la sábana y me quedé echado…

Bzzzzzzzzzzzz

Abrí los ojos cansados, de repente.

BzzzzzzzzzzzzzZZZZZZZZZZZZzzzzzzzzzzzzzzzzz

El zumbido de un insecto llegó cerca de mi oído. Me incorporé de mi cama, fastidiado, mirando la penumbra de mi cuarto. Nunca me gustaron los sonidos de los insectos volando cerca de mí. Me provocaba una reacción inquietante.

Voltee la cabeza de un lado a otro. Escuchaba el zumbido, pero como si estuviera en un punto lejano de mi cuarto. Como un desesperado, tratando de enfocar inútilmente en la oscuridad.

—Carajo, para qué tengo una lámpara de luz —dije enfurecido. Me bajé de la cama y fui al interruptor.

La lámpara de luz blanca iluminó todo el cuarto. Mis ojos enrojecidos recorrieron todo el cuarto.

Escuché un zumbido en mi oído. Giré la cabeza de un golpe. Y con ese zumbido que martillaba la audición, vi pasar frente a mis ojos a un zancudo. Con el cuerpo y patas cubiertas de bandas negras y blancas, trataba de buscar su punto de festín sangriento en mi piel.

—Maldito zancudo…

Alcé mis dos manos entre el zancudo y lentamente comencé a encerrarlo hasta que… PLAP. Mis manos lo aplastaron… Cuando observé para comprobar, encontré con el cuerpo totalmente aplastado, con las patas despilfarradas mezcladas en su lastimado tórax, por donde salía un charquito repugnante de sangre.

—Por fin…

Me limpié la mano con la servilleta que traje junto al helado. Apagué la luz y fui directo a mi cama. Cerré mis ojos… Tratando de dormir.

—Creo que tengo que renunciar a ese trabajo —dije con la voz perdiéndose en mi cansancio—… Tengo que renunciar… Renunciar… Re….

BzzzzzzZzzzzzzzzzzzzz

Abrí los ojos de repente. En eso fruncí el ceño.

En eso sentí una picazón en el brazo.

Y otro en el pie desnudo, en la planta.

—No

Me levanté de sobresalto. Moví todo mi cuerpo para alejar a los zancudos y me caí de la cama. Me arrastré por el suelo, boté mis zapatos por un lado y llegué a encender la luz.

Me incorporé rápidamente, haciendo caso omiso a mi terrible cansancio. Barrí con la mirada mi cuarto. Y donde distinguí a un zancudo revoloteando por la cabecera de mi cama y otro dos por la cómoda.

—Ay, por el santo día que tuve, quiero dormir.

Los puntos donde me picaron los zancudos comenzaron a escocerme. Lo peor era que la picazón en la planta del pie fue una molestia.

Con la furia y el sueño partiéndome el cerebro, tomé mi sábana y mi almohada. Cerré la puerta de un portazo. Bajé hacia la sala y arreglé el sofá para poder dormir ahí. Me acurruqué en el sillón. Cerré mis ojos. Los mantuve así por tres minutos, pero ¿por qué no me dormía?

Me incorporé en el sofá. Tenía sueño, pero no me dormía. Miré mi penumbrosa sala… Estaba siempre ordenada.

Me sobresalté. Algo sonó al otro extremo de mi sala. Entrecerré los ojos y traté de ver en esa oscuridad. Me enfurecí, alargué mi brazo hacia el interruptor y oprimí el botón. La lámpara no se encendió.

Eso me hizo sospechar.

Escuché una pisada y me fijé en el extremo de la sala.

Tratando de enfocar más la visión, pude distinguir un movimiento borroso, bajo la escalera.

TIC TOC

Aquel sonido sonó viscoso. TIC TOC, BZZZZ

zancudo1

El zumbido me causó un pánico. Sonaba tan fuerte que era imposible que un zancudo lo haya proferido.

—No debiste haber escapado assssí, Gustavo —dijo una voz.

Aquella voz me resultó horrorosamente familiar. Era la voz del ingeniero.

— ¿Qué hace aquí? ¿Cómo entró? —Estaba asustado. Me arrastré lentamente hacia atrás, sobre el sofá.

—No debiste haber escapado así del trabajo… Tenías que haber continuado trabajado, Gussssstavo.

— ¿Por qué está hablando así?

—No debiste esconderte en la heladería… porque ssssé que estabas ahí…

— ¿Qué? —proferí, llegando a estar encima del apoya-manos del sofá.

—Tuve que hacerle eso a la señorita… Me obligaste a hacerlo…

— ¿Qué le hizo? —susurré.

Mmmmm… Le chupé la sangre… —dijo con tono deleitoso.

— ¿La mató? ¿La mató…?  Pero qué… Muéstrese… Salga de ahí… —sigilosamente me bajé del sofá. Trataba de no mostrarme tan aterrado pero el terror me invadía—. ¡SALGA DE AHÍ!

Pero él seguía hablando.

—Debes quedarte de amanecidas para hacer la facturación…

— ¡SALGA DE AHÍ!

Su movimiento se hizo raro. Sus pisadas tenían un sonido amortiguado. Salió hacia la luz débil que provenía del foquito de la cocina. Y cuando la luz cayó sobre su paranormal cuerpo, me quede tieso como un palo.

Era del tamaño de un elefante bebé. Tenía seis patas que pisaban el suelo. Un cuerpo alargado y repugnante como si hubiese nacido de una de las maneras más desagradables manera. Pero lo que me hizo dar unas náuseas terroríficas era la cabeza. Era la cabeza del ingeniero, asimétrico, acoplada a ese cuerpo de insecto. De su cabeza sobresalían un par de antenas, llenas de pelos que me inquietaban. La boca estaba alargada como una enorme aguja carnosa, con la punta parecida a una ventosa. Era un zancudo monstruoso.

Sacudió su cabeza con un giro inquietante, mientras se acercaba a mí.

—Debes continuar trabajando… Debes hacerlo…

—No… No se me acerqué…

— ¡DEBES HACER LA FACTURACIÓN! ¡AHORA!

—NO, NO, NO…

—Debes continuar trabajando para mí… AMANECETE…

Me resbalé con mis zapatos. Pero traté estabilizarme. Cuando lo hice, sentí una picazón muy dolorosa en mi pecho. Con el pánico, me fijé que la aguja del zancudo monstruoso estaba clavada en mi pecho.

Tienes que trabajar… para que mes des dinero…

Y comenzó a succionar. Mi pecho se contrajo hacia ese agujero. Comencé a gritar del terror, mientras por el traslúcido tubo de succión se veía mi sangre alimentándolo. Parecía una clase de fuente de energía para él.

—Ahhh… Ahhhhh… Basta… Basta… BASTA

Con ese último grito, vi como mi corazón pasaba por ese tubo… Las arterias, los pedazos de mis órganos. Di un sobresaltó y me levanté de esa pesadilla, con un grito. Me caí del sofá y fui dar de bruces contra el suelo frío. Abrí los ojos lentamente, dejando que la realidad de la mañana invadiera mi visión. Y cuando sucedió, me senté raudamente sobre el suelo y toqué mi pecho. Levanté la camisa a cuadros… Observé un pecho totalmente sano, ejercitado e intacto.

Eso fue la pesadilla más horrible que experimentado. Nunca me lo hubiese imaginado así, porque fue tan real que estaba pasando un pánico descomunal. Observé hacia la puerta de la huerta, y me percaté del algo: había zancudos revoloteando alrededor de un macetero no usado.

Me puse los zapatos. Corrí hacia allí y encontré una multitud de zancudos, mientras el agua estancada del macetero estaba lleno de larvas.

Asqueando, agarré el macetero y la incline para botar el agua estancada. Mojó la tierra, mientras las larvas se zigzagueaban en la tierra, hasta dejar de moverse. Con los zancudos adultos usé un insecticida. Rocíe el lugar, la sala y mi cuarto, hasta que el olor penetrante del insecticida quedará en mi casa.

Pero la manera para matar al ingeniero no era con un insecticida, sino con una buena dosis de demanda. Me preparé para salir a la oficina, mientras el insecticida hacia su trabajo. Caminé hacia la puerta, la abrí y me sobresalté, al ver al ingeniero a punto de tocar la puerta.

—Aquí esta… —dijo alegre.

—Aquí esta… quién —mofé yo con sarcasmo.

—Usted… ¿Por qué se escapó del trabajo? Le falto acabar toda la facturación… Seguro que hoy día acaba, porque debe continuar otro…

—Disculpe, ¿dijo que voy a continuar otro? Acaso se está burlando de mí o qué.

El ingeniero se quedó con los ojos enfocados en mí.

—No me responda así, porque ya sabe que puede pasar… —espetó.

— ¿Qué puede pasar? ¿Despedirme? ¿Sabe qué? No me importa si me despide, además estoy cansado de ese maldito trabajo…

Me miró con ojos furiosos. Levantó la mano y comenzó a puntear con su regordete dedo, en mi pecho. Yo traté de alejarme de él. Aquella acción que hizo me acordó a la pesadilla.

—Usted tiene la valentía de decir eso…

—Sí. ¡Y no tiene el permiso de describir esto como una valentía, porque no soy un dejado! ¡Me mantuve tres días sin dormir! ¡Sin contar las otras veces! ¡Ves estas horribles ojeras que obtuve por trabajar así! ¡Cree que eso es trabajar! ¡Yo soy capaz de demandarlo por abuso de trabajo!

El me miró con ojos anonadados y llenos de ira. En su cara regordeta se reflejó como el miedo y la culpabilidad.

— ¡Demándeme! ¡Hágalo! ¡No creerá las huevadas que dice un trabajador! —dijo con un brillito malicioso de triunfo.

—No soy sólo yo, señor. Pediré ayuda a las personas que renunciaron, anteriormente. Y usted dejará de tomar mi s… de abusar, a parte que quede con otro castigo.

Cerré la puerta de mi casa y fui a la bordilla de la vereda, y llamé a un motocarro. El ingeniero me miraba como actuaba.

— ¿A dónde va?

—Que le interesa…

Un motocarro se acercó.

—Me puede llevar al Palacio de Justicia, por favor… —indiqué al motocarrista.

—Podemos hacer un trato… —farfulló.

—Para que después lo rompa. JAJAJA —ríe. Me embarqué al motocarro—. Vamos, señor… Le recuerdo que vaya al Palacio porque debe estar ahí…

El motocarro avanzó. Miré por uno de los espejos retrovisores y me di cuenta de su rostro completamente consternado, culpable y de miedo. El zancudo estaba a punto de ser aplastado.

 

Bicho chupasangre

Publicado: 23 junio 2009 en Percy Meza
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yelingredienteessangre2

Las cosas cada vez estan peor.

Este viernes, en IQT.

Caso caníbal

Publicado: 20 junio 2009 en Percy Meza
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VIERNES, 29 de Agosto de 2009
11:00 a.m.
Caso sucedido cercano del rio amazonas. Accidente de avioneta y supuesto ataque caníbal a sobrevivientes.
Número de víctimas: 8.
Sobrevivientes: Desconocido.
Nombre del caso: CANIBAL.

canibal

Miraba el rio Amazonas por la ventanilla. Era hermosa esa vista con su trayectoria serpentina y una coloración de amarillo tostado. Mientras la seguía, se fue perdiendo en el horizonte lejano. Una pequeña nube rozó el ala de la avioneta y se dispersó para luego desaparecer.

—Como todos saben… —Explicó la guía de turismo—, el río Amazonas es uno de los ríos más largos del mundo. Su longitud supera la del rio Nilo en más de cuarenta kilómetros.

—Sensacional —dije con admiración.

—Sí, es muy bonito —dijo mi compañero de asiento, con su español mezclado con el acento inglés—. Mirarla en vivo es más impresionante que ver en National Geographic Magazine.

—Una vez la leí cuando mi prima la trajo a Lima, cuando estaba en mi temporada de natación. Había comprado la revista en Colombia. ¿Y tú en dónde consigues las ediciones de las revistas?

—Cerca de Times Square.

— ¡Qué bien! Hablando del Times Square —me acomodé en el asiento—. Cuéntame ¿cómo te decidiste venir a Iquitos?

—Siempre quise conocer Iquitos… En las publicidades apareció como el lugar especial para disfrutar de la máxima cultura del Perú.

—Interesante. Quisiera ver esa publicidad…

—La tengo en mi cámara… —dijo, mientras se acercaba a su mochila y sacaba una cámara Lumix, que se tenía un aspecto de recién comprado. La encendió y busco una galería a la foto. En atisbos pude ver fotos de familiares, gente riendo.

—Aquí está

Era una foto muy nítida de una publicidad brillante y elegante en un panel electrónico:

Want a trip to the warm city of Peru?
Come visit our facilities
and we can give you all the information for you to discover the wonderful city called Iquitos.

— ¿Qué dice? —pregunté. Sabía inglés, pero no tan fuerte para saberlo.

—Dice: “¿Quieres un viaje a la calidad ciudad del Perú?/Ven a nuestras instalaciones/Y te ofreceremos toda la información para que descubras esta extraordinaria ciudad llamada Iquitos”

—Alucinante —exclamé—. Es muy bueno que una ciudad como Iquitos, sea muy famosa a nivel mundial.

—Sí —asintió él con ojos asombrados—. Si me disculpas, me pondré los audífonos

—Oh, no hay problema —dije sin recelo, mientras él sacaba un iPod y se colocaba los audífonos en los oídos. Escuchando el ritmo electrónico, levantó la mirada y miró el río Amazonas por la ventanilla que había a mi costado. La canción era, recuerdo, Sensitized de Kylie Minogue.

Por un tiempo, la guía dejó de describir toda la sorprendente gama que contenía la Amazonia. Se sentó en un asiento reservado. Yo me recosté en el asiento y apoyé en la ventanilla, contemplando todo la alfombra verde de árboles por un largo tiempo. Mi compañero de asiento ahora se entretenía tarareando la música. Estaba muy ansioso de conocer a gente que estaba muy conectada con la naturaleza, donde su única receta de vida es tener una vida completamente familiar, donde la tecnología avanzada no todavía llegaba, pero eran completamente alegres.

De pronto, se formó un barullo que crecía. Una señora estaba cerca a la ventanilla, indicando algo. La guía se levantó de su asiento y se acercó a su lado.

—Hay una persona en esa orilla… Tiene una apariencia muy rara… ¿No se habrá extraviado?

—Puede que sea un poblador de la zona, señora —sugirió la guía—. Pueden aparecer personas caminando solas por algún lugar visible en cualquier momento imprevisto.

La señora quedó mirándola, mientras volvía a observar. Desde mi ventanilla pude ver el aspecto humano de alguien tumbado en el suelo…

—Oh, no… —chilló alguien que estuvo tras mi asiento. Giré a verlo y me di cuenta que llevaba unos binoculares—. No creo que sea un poblador herido… Lo veo muy raro… Tiene algo a su alrededor… como un charco oscuro… Espere…

Todas las personas se levantaron de su asiento para acercarse hacia las ventanillas que dejaran ver lo que siendo indicado. La avioneta se movió levemente por un lado.

—Espere… —dijo el chico de los binoculares—… Oh, por Nuestra Señora de Guadalupe… ¡Esta herido…! ¡Tiene un charco de sangre a su alrededor!

Un francés pregunto a su hermano:

Qu’est-ce qui se passe?

Il ya un homme blessé dans un fleuve Amazone! —respondió el otro.

El primer de los franceses gritó a voz en cuello:

Nouns devons de sauvetage!

—Le pediremos permiso al piloto de aterrizar en las aguas. Tenemos primeros auxilios y una camilla.

La guía salió disparada de la sala, desapareciendo por la puerta hacia sala de máquinas.

Desde ese ángulo, pude ver a todas esas personas desesperadas. Me sentí muy rara. Todas las personas parecían compartir un mismo parecer.

Sorpresivamente, la guía salió de la sala de máquinas y vino a nuestro encuentro.

—Descenderemos. Con los flotadores, aterrizaremos sobre el agua y bajaremos de la avioneta. Me ayudaran a llevar los primeros auxilios y la camilla hasta el herido y subiremos nuevamente a la avioneta. ¿Entendieron todos?

Yo y los demás asintieron.

—Bien. Abróchense los cinturones que aterrizaremos. ¡Podemos bajar! —dirigiendo la voz al piloto.

Todos nos abrochamos los cinturones. Mi compañero de asiento había dejado el iPod por un lado y con la música sonando débilmente.

Los franceses hablaban tan rápido que su conversación parecía hecha de una voz de dos. La guía, sentada en el asiento reservado, llevaba los primeros auxilios en la mano.

Dejé de mirar ese panorama, para mirar el otro que estaba afuera. La avioneta comenzó a dar una vuelta y la vista se amplió alrededor de la zona, mientras el herido seguía tumbado a la orilla del rio Amazonas. El charco se había expandido hacia el agua del río, donde la corriente la llevaba, formando una larga hilera roja.

— ¿Qué es lo que había pasado?

La avioneta descendió y, con estrépito, las patas flotantes rompieron la superficie del agua. Una salpicadura gruesa de agua chocó contra mi ventanilla, mientras la luz del mediodía las hacia brillar.  Desde mi ventanilla, pude ver al hombre tumbado a la orilla del río. Habíamos aterrizado muy cerca del herido.

—Vamos, vamos —indicó la guía, abriendo la portilla, por donde entró un haz de luz caliente—. Algunos quédense aquí. Ustedes dos —indicando a mi compañero de asiento y un oriental— lleven la camilla, por favor. Tú, ayúdame con los primeros auxilios —me indicó.

Será todo un placer —dije en mi mente, algo asustada.

El norteamericano y el oriental saltaron con la camilla hacia el agua. Para no mojarla por completo, la levantaron. Me quedé mirándolos, con los primeros auxilios en mi mano.

—Vamos —me dijo la guía.

Ella saltó al agua. Yo la seguí. Me zambullí, mientras el agua me llegaba hasta la cadera. Estaba algo fría.

—Vamos…

Caminé difícilmente por el agua. Procuré que los primeros auxilios no se mojarán. Cuando llegamos a la orilla, la hilera de sangre me topó la blusa y sentí náuseas.

Oh, my God —gimió el norteamericano, soltando la camilla—. Oh, my God.

—Le sacaron la carne… —chilló el oriental, aterrado.

Eso me erizó los pelos de la nuca. Cuando la guía llegó, dio un gemido que se apagó cuando llevó la mano a la boca. Mientras me acercaba miraba el cuerpo, fui por alrededor y vi lo que dijo el oriental. Toda la comida de mi estómago subió por mi garganta y comencé a vomitar.

Al hombre le habían vaciado todo el pecho, dejando un tórax totalmente limpio de órganos. Era como una clase de muñeco de paja que había sido objeto de diversión. Seguro que aquel hombre lo mataron vivo, porque los ojos se mantenían abiertos.

—¿Quiénes pudieron haberle hecho esto? —dije.

—No sé. Pudieron ser animales que rondaron —supuso la guía—. Seguro el hombre se quedó dormido, y los animales lo atacaron por sorpresa.

—No creo que haya sido animales —rechinó el oriental del miedo—. El… agujero fue hecho limpio. Los huesos no lastimados. Solo arrancados los órganos.

— ¿Qué ocurre? —llamó el piloto desde la ventanilla.

—Está muerto —respondió el norteamericano. El retrocedió un poco para alejarse del cuerpo inerte. Cuando dio unos pasos, chasqueó algo. Él cojeó ante el sonido y se alejó, para luego quedar mirando una cosa en el suelo.

—Eso es una lanza… —tartamudeó el oriental.

—Y está ensangrentada…

—No, no, no. Es imposible. No hay caníbales en la Amazonia peruana.

—Creo que sí ¿Cómo explica esta lanza y el limpio agujero que le hicieron a este hombre?

— ¿Me puedes decir qué sucede? —llamó el piloto desde la avioneta. Giré a verlo y vi que todos los pasajeros estaban en la portilla, observando.

—Dejen de hablar, ya —chillé desesperada—. Si este hombre fue muerto aquí, debemos salir de aquí.

—Vamos… Vamos…

Al movilizarnos de vuelta al agua, los que estaban en la avioneta gritaron en unísono. Escuche movimiento tras mío, y zumbido fuerte y punzante, seguido de un golpe sordo.

La guía dio un gemido. Volví para verla, cuando la punta de una flecha sobresalía de su cabeza como un adorno macabro. Me quedé mirándola con los ojos perdidos, mientras caía al agua inerte.

El norteamericano me agarró del brazo y me llevo a rastras por el agua. El oriental no dejaba de quejarse y quería llegar a la avioneta de cualquier forma.

El piloto activó el motor de la avioneta y ella comenzó a avanzar por el agua. Mi compañero alargó el brazo y tomó la pata de la avioneta. La gente extendía las manos para podernos levantar.

Cuando volteé hacia atrás, vi un gran grupo de  hombres con lanzas y aspecto muy decidido a querer cazarnos. Ahora nosotros éramos su presa.

—Sube, sube, sube —dijo mi compañero, mientras flechas letales zumbaron hacia y chocaba contra la superficie metálica de la avioneta. Una flecha zumbo e impactó contra el brazo de mi compañero. Él gimió de dolor, pero continuó para salvarnos la vida.

Siguieron zumbando las flechas. Las personas desaparecieron de la portilla. Y la avioneta fue alejándose de la orilla, con tumbos. Otras flechas zumbaron.  Uno me rozó el hombro y una rompió la ventana del piloto, entrando sin más remedio para detenerla.

Estaba segura que el piloto fue flechado, porque la avioneta comenzó salirse de control. Pero aún así despegó del agua, sintiendo los pies fuera del agua. Pero un vértigo le avisó que solo fue un salto de la muerte.

La avioneta se agitó.

—Tranquila —me dijo.

Se latigueó por un lado. Y mis manos no soportaron la fuerza del impulso que dejaron de sostenerse y comencé a caer. Igualmente lo hacía mi compañero, y entre mi terror sabía por qué lo hacía.

De pronto, un fuerte golpe de impacto lleno el aire. Cuando me zambullí en el agua, sentí que las pocas fuerzas me dejaban abatirme, pero no quería rendirme. El avión se precipitó hacia el agua, y se incrustó en el río. Una gran masa de agua se levantó.

Después de un segundo, el norteamericano cayó al agua. Tragando agua dulce, ayude a mi amigo a emerger. Tenía todavía la flecha en el brazo y expresaba una expresión muy seria.

—Creo que no nos alcanzaran… Pero donde están.

Estaba muy lejos de la orilla, casi por el centro del río, pero era muy fácil ver desde ahí. Los atacantes no estaban en donde habían empezado a atacar. Presentí algo muy aterrador.

Escuché una salpicadura.

—Oh, no. Viste eso. Comienza a nadar. Nademos hacia la otra orilla —chillé al norteamericano.

Estuve muy segura que esa salpicadura era de un movimiento natatorio. Teníamos que cruzar el río como sea, aunque tan grande sea.

—No. No puedo más —dijo mi amigo. Tenía un aspecto desalentador.

—Vamos…

—No, no. Vete. Go. Go. Tienes que salvar tu vida. Yo seré un peso para ti. ¡VETE!

Estuve a punto de llorar. No quería dejarlo ahí. Así que continué nadando, dejándolo en medio del río.

No quise mirar atrás. Estaba segura que seguí nadando torpemente, hasta escuchar su grito de dolor martillándome los tímpanos. Lo escuché gritar hasta que se ahogó.

Ahora todo dependía de mí. Tenía que salvar mi vida. Y se complicaba más aún cuando la corriente se hacía más fuerte a medida que me iba acercando al centro. Parecía que estaba naufragando.

Sólo tuve en mente que para llegar a la otra orilla era como mi competencia de natación donde mi nombre, Abigail, tenía que existir y no tenía que morir. Así que me puse a nadar con más vigor, mientras ellos, me fueron siguiendo como la presa más escurridiza de sus vidas.

Era vivir o vivir.

caso canibal

Este viernes 19, en IQT, la tercera entrega de los cuentos de terror En coma, de Percy Meza.

Caso caníbal.

Espéralo

En coma

Publicado: 16 mayo 2009 en Percy Meza
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encoma

Pasó una hora y tenía todo respondido. Sólo estaba escribiendo un ensayo sobre la política actual. Cuando terminé de escribir la última, quede satisfecho. Boté un pre-suspiro y terminé mi ensayo.

Guardé mis útiles en el bolsillo. Me levanté y entregué mi tablón de respuestas a la pedagoga. Ella asintió con una sonrisa que me sobrecogió. Era el tercero de los aproximados 65 que terminó el examen.

Sin mirar a los que continuaban el examen, salí del aula. Libre del examen. Libre. Cuando llegué al salón de bienvenida, me tumbé en un banco y bote un prolongado suspiro.

Sólo tengo que regresar a casa y contar a mis padres y a Alicia, que el examen estaba muy fácil. Estaba muy seguro de que iba a ingresar.

Salí de la UCP. La luz del sol cayó en mí y sentí el cuerpo se relajaba, tras una larga tarea en el examen.

Comencé a caminar hasta la salida, porque para llegar a la universidad tenía que conducir un sendero exclusivo para los carros o motocarros. Pero no era lejos.

Llegué a la salida y a la congestionada avenida Quiñones. Tenía que cruzar la pista y conseguir un motocarro en el otro carril.

Tenía que ser muy precavido y no distraerme. Miré por los dos lados, mientras esperaba que la pista quedara vacía. Cuando lo hizo, corrí y corrí y llegué a la otra orilla de la pista.

Quise ahorrar plata para disfrutar la tarde con Alicia y mis padres. Así en vez de llamar a un motocarro, esperé un microbús. Ellos cobraban más cómodo. Esperé la ruta adecuada, y tuve que esperar quince minutos bajo el sol, hasta divisar uno.

Era un Etuisa.

Lo llamé y se detuvo. El cobrador dijo lo de siempre:

— ¡Todo Próspero! ¡Todo Próspero! Bellavista… Sube, sube…

Subí al microbús.

—Dale… —chilló el cobrador, golpeando el capo del microbús.

El microbús se puso en marcha, pero de manera brusca. Tuve que agarrarme de los pasamanos para no puntearme contra el suelo. Busqué un asiento vació y encontré uno, en el medio, y me senté.

Al sentarme al costado de la ventanilla, vi todas las calles de Iquitos. Era lo particular. La mayoría de casa con solo un piso, pero pocas con dos pisos. Eso se encontraría por el centro.

Quedé mirando vagamente, las calles, viendo cada uno de las personas, los motocarros y el bullicio.

Todas las personas estaban tranquilas haciendo lo que sea. Algunos vendiendo algo de comida, trabajando o haciendo las cosas de la casa.

Pero noté algo raro.

Entre las personas había una que me causaba sopor.

Levanté la cabeza del respaldar del asiento. El micro pasó sobre un bache, me golpeé la cara con el quicio de la ventana y mire otra vez a esa persona.

Era completamente negra. Nada a que se refiera a un hombre de tez negra. Era completamente negro.

Me quedé mirándolo, hasta que en una curva hizo que desapareciera de la visión.

Fruncí el ceño, mientras regresaba a echarme en el respaldar del asiento. Estaba dando mis hipótesis sobre lo que vi. Pero estaba muy cansado que me daba flojera pensar.

Quedé mirando el techo del micro de manera vaga.

Entrecerré los ojos. Me estaba entrando el sueño.

Las calles pasaban muy tranquilas hasta que me dormí…

Tuve un sueño donde todo estaba muy divertido. Mis padres estaban bailando la música de los carnavales, mientras Alicia estaba pintada toda de azul, con puntitos blancos. Parecía una ninfa. Ella me miraba con los ojos llenos de una belleza selvática. Estaba muy feliz.

Pero detrás de ella había alguien más. Era una persona negra.

Alicia se aparto, pero de repente se esfumó.

Mi casa se tensó y sentí terror.

La persona traía una larga capucha. Era toda negra. Tenía casi mi altura. Estaba cabizbaja y vi subir y bajar sus hombros de la respiración. Bajé a ver sus pies…

Todo mi cuerpo sintió ese vientecillo frío experimentado en mi trayecto hacia la universidad.

Esa cosa estaba flotando en el aire.

Sentí algo más de terror. Y cuando supe que ese terror era supremo, la persona alzó la cabeza lentamente y reveló su rostro…

Grité en un segundo. De su rostro salió algo horripilante y mi sueño se mezclo de imágenes. Escuche un ruido ensordecedor y luego sentí un golpe tremendo en la cabeza que me partió la cabeza de dolor…

¡Ah…!

Me levanté de un sobresalto, luego de sentir un vértigo. Me calmé y supe que era solo una pesadilla. Pero fue tan vívido que me asustó.

Miré por todos los lados y aún las personas seguían sentadas. Conservando la mirada al frente. El cobrador estaba sentado en un banco, con el rostro inexpresivo. Y el chofer… y el chofer… ¿dónde estaba el chofer? Lo encontré echado en un asiento, acariciando el rostro de una niña.

Pero alguien conducía. ¿Por qué el microbús seguía moviéndose?

Miré el enorme espaldar del asiento del chofer. Era claro que tapaba la visión, pero no había nadie conduciendo.

— ¿Qué está sucediendo…? —susurré.

Me levanté y me sentí grácil. Como si estuviere hecho de algodón. También que la combi lo estaba, porque no sentía ni el menor bache.

Algo raro estaba pasando.

Miré por la ventana. Era fácil ver por qué el carro iba muy suave, como si fuera un vapor. Y eso me frunció el ceño.

Muchas personas miraban hacia el sur, de donde el microbús venía. Las mujeres se tapaban la boca del puro susto y las demás comenzaron a correr al sur.

Miré al sur.

Algo se movía algo muy allá en el tráfico.

Me acerqué a la ventana y apegué la cara en el vidrio.

Todo el cuerpo se me pasmó.

—No puede ser —susurré.

Era el microbús Etuisa, el mismo donde me subí, que estuve uno minutos y que lo estuve.

Estaba destruido y había caído sobre un pedazo de pared, en la parte de adelante. El pedazo de escombros era de una tienda de zapatos que había estallado…

No entendí. ¿qué estoy haciendo ahora aquí?. No puede ser.

Era un fantasma.

Estaba muerto…

Muerto.

La niña del asiento más cercano rió, en una risa sepulcral.

Me quedé parado mirándola. No creo que se había dado cuenta.

Pero esto era muy injusto para ella y para mí. Éramos tan jóvenes para morir de repente.

¿Cómo iba a morir en este momento?

Esta no podía ser mi hora final.

— ¿Qué está pasando?

La calle de fuera me resultaba muy extraña. Llena de huecos de una realidad absurda. Desde este punto me di cuenta que esa realidad resultaba absurda.

¡Me agarró la locura!

Comencé a correr por todo el micro, dando vueltas. Grité a algunas personas pero no se movían por nada. Golpeé las paredes fantasmales, produciendo como si golpeara un metal bajo el agua.

— ¡NO PUEDO MORIR EN ESTE MOMENTO, MALDICIÓN!

Gritaba y gritaba. Aunque me daba escalofríos punzantes estar como un fantasma, los pulmones y mi garganta me dejarían gritar hasta romper el tímpano. Hasta romper todas las ventanas…

¡Au!

Sentí otro dolor punzante.

¡Au! ¡Oh! ¡AHHH!

Sentí uno y otro. En el estómago, en el brazo, en los ojos, en todo el cuerpo. Era como si varillas de hierro candente me atravesaran el cuerpo. Entraba por mi carne fantasmal, rotaba, me destrozaban y salían. Luego lo hacían de nuevo.

¡AHHHHHHH!

— ¡BASTA! ¡¡BASTAAA!!

Mis brazos se retorcieron en respuesta del dolor. Mis ojos salían de órbita, y miraban a los otros fantasmas que seguían en sus asientos sin hacer nada. ¡Auxilio!

De pronto…

Mi pecho explotó. Aunque era un alma, se hizo un enorme agujero. Los trozos de carne salieron disparados por todo el micro. Cayeron sobre los otros pasajeros, empapándolos de sangre. ¡AHHHHHHH! Sentí algo que quería emerger por el agujero que había en mi pecho. Se arrastraba por mis órganos y salió una cabeza, que tenía las misma facciones que las mías. Era yo.

—No me interesa lo que digas… ¡Cállate, maldito! Estúpida. Jajajaja. ¡Mierda! ¡No vales para nada, eres una cualquiera! ¡JAJAJAJA!

Explotó mi estómago. Mis intestinos salieron volando y cayeron al suelo. Salió otra cabeza. Esta lloraba descontroladamente. Salió otra cabeza por mi brazo… No me dolía, ¡pero estaba muy aterrador! ¡Por dónde más saldrá! ¡AHHH! Fueron saliendo más cabezas de mi cuerpo y lentamente mi ojo izquierdo se oscureció en rojo. Explotó y salió una pequeña versión de mi cabeza por ella.

Mi grito aterrador fue creciendo, hasta que mi otro ojo se oscureció en rojo, atisbando por un momento un hombre negro frente a mí. Grité de desesperación, pero…

Todo se esfumó. Mi alma estaba como había estado anteriormente. Me toqué el pecho, en respuesta  de mi desesperación. Estaba intacto. Miré en derredor para ver mis órganos tirados por el suelo, pero estaba limpio. Las personas seguían inmóviles como siempre.

Esto me asustaba.

El micro fue alejándose de mi vista.

Maldita sea. Debo regresar a mi cuerpo como sea. Mire hacia el parabrisas delantero y luego atrás. Corrí a la puerta de emergencia. Apoyé mis manos sobre el cristal. Bajé la mano hacia el pestillo, pero no había o no sabía dónde estaba.

Dónde está. Dónde está. ¡Quiero regresar! ¡Quiero regresar a mi cuerpo…!

De repente, mi cuerpo salió volando hacia atrás. Traté de agarrarme por las espalderas de los asientos que pasaban por mi lado en un raudo. Y con sonido estrepitoso, me caí sobre el suelo. Mi cabeza quedó mirando al techo y al rostro oscuro del hombre negro. Entre ese siniestro rostro, una sonrisa se ensanchó, inmensamente macabra.

—Ahhh —gemí.

Me incorporé de un salto… Mis rodillas me impulsaron, al tiempo que una mano fría agarró mi tobillo. Caí de bruces. Mi mandíbula se estremeció en el suelo y se abrió en un grito. Las manos friolentas de aquel hombre negro, comenzó a jalarme hacia él.

—Ahhh… No… AHHH

Sus manos ahora me agarraban por el pantalón. No quise voltear para verlo. Pero él me giro y me quedé  mirándolo. Estaba con la capucha en la cabeza. En su capa parecía estar escrito diferentes nombres. Muerte… Maligno… Mors… Hamach HaMavet… Odín… Ankou… Yama… Tu Muerte… TU MUERTE.

—NOOO…

La Muerte se agitó. Saco una guadaña y de un golpe, todo el ancho del micro se llenó de sus alas negras. La capucha se bajó y revelo la cosa más espantosa. Tenía los ojos clavados en mí como unos prendedores de luz roja. La cabeza era una mezcla de cráneo y carne magullada.

—No, por favor. ¿Qué hice? ¿Qué hice?

Levantó la guadaña y la blandió. ¡NOOO! Fue un filo feroz y punzante. Dio un silbido cuando cayó sobre la cabeza de un pasajero. Un borbotón de sangre salpicó sobre mi cara. El rostro todavía expresaba dolor, mientras la guadaña seguía clavada sobre su sien.

Pero ese acto hizo desencadenar un pandemónium. Los pasajeros recién se movieron y comenzaron a correr hacia atrás. Alguien me tomó por la mano y yo le seguí. Caminé con la cabeza gacha hacia las personas, que estaban agazapadas. Levanté la cabeza y vi que era la niña que me había ayudado.

Estaba con un terror que llenaba su rostro.

La Muerte vino hacía nosotros con un paso desgarbado, con las alas taponando todo el ancho del micro. La guadaña estaba en ristre y llena de sangre.

Me escondí bajo las personas, con la desesperación llenándome. Agarré a la niña por la mano y la bajé. Una pierna me golpeó la cara, pero los nervios (si lo tenía) ocupaban mi pequeño dolor.

Y viendo por entre las piernas, presencie a la Muerte ante nosotros.  Dio una sonrisa macabra, gritos de desesperación y la guadaña cortó a todos los pasajeros uno por uno. ¡AHH!

La guadaña me cortó un pedazo de mi brazo.

De pronto, la puerta de atrás se rompió por el peso de los agazapados. Fui para atrás y cayendo en un metro. Un zapato me golpeó la frente. La niña cayó brutalmente sobre el suelo y yo me lastimé la espalda contra  la puerta zafada y algunas personas. Escuche muchas caídas en el asfalto.

—Levántate. ¡Levántate!

Mi brazo estaba impregnado del vidrio de la puerta. La agité y ella se levantó.

—Corre… —fue sólo lo que dije.

Ella se levantó y comenzó a correr. Hice lo mismo. Pero mientras lo hacía, miré en derredor. La vida estaba por todo el alrededor. Las personas que tenían vida estaban por todos los lados pero de una manera descolorada y distorsionada, como si el tiempo estuviera lento y rápido a la vez.

—Ay

Mire hacia la niña. Se había caído, trataba de levantarse pero no podía. Me puse a su lado y traté de incorporarla.

—Nos va a matar…—dijo ella—. Y se va a repetir todos los días.

—Vamos a escapar de eso…

Se escucho un golpe de viento. Volví a verlo y la Muerte estaba volando encima del micro. Sus alas estaban estiradas a lo máximo. Enormes y colosales. Y desde ese punto, lo descolorido se tornó negro como el carbón.

—Vamos, corre…. ¿Qué pasó?

Sentí como un repentino golpe me jalaba atrás y, tactos agudos en mi pecho derecho y al izquierdo de mi abdomen. Escuché una voz en mi oído izquierdo…

1, 2, 3… ¡Ya!

Escuché un pitido y luego la misma sensación estremecedora… Espera. No. No. No puedo dejarla aquí.

Otra vez ese conteo. Y otra vez ese estremecimiento, que ahora vino con mucho más vigor. La niña no se percató, estaba tan hipnotizada por la Muerte que no veía mi pesar…

—… ¡Ya!

La Muerte vino hacia nosotros. El pitido… El estremecimiento fue tan fuerte. Me aferré por el brazo de la niña… pero fui jalado hacia atrás. Traté de quedarme, pero solo vi como último cuadro a la Muerte abrazar a la niña.

Está respirando.

Fue una voz muy lejana… Muy clara… Sentí que mi pecho estaba desnudo. Estaba mareado y no podía abrir mis ojos… Ni pude abrirlos cuando escuche una línea aterradora.

¿Qué pasó con la niña?

Mi pulso rápido se pudo escuchar por el electrocardiógrafo.

La perdimos…

Mi pulso fue yendo en volátil. El electrocardiógrafo enloqueció.

¿Qué le pasa al muchacho?

Está teniendo una taquicardia.

Tenemos que salvarlo.

No tenía consciencia sobre lo que había escuchado. Mi corazón me estaba doliendo. Me estaba ahogando en la confusión, mientras los doctores trataban de salvarme. Y me desvanecía en una clase de sueño que ni mis propios sentidos podrían tocarlo.

monja-sin-cabeza

Una monja sin cabeza deambula por las calles que rodean el colegio Sagrado Corazón. Muchos afirman haberla visto en las madrugadas, vistiendo túnica negra y llevando un inmenso rosario hasta los tobillos. Otros dicen que la han visto volar desde una de las ventanas del colegio, con ojos de fuego y pronunciando palabras irrepetibles. No falta quienes aseguran que se trata del propio Satanás, pues llevaba largos y puntiagudos cuernos (algo difícil de creer, dado que no tiene cabeza). Lo cierto es que nadie se atreve a pasear por la calle Huallaga luego de la media noche.

La población esta alarmada, la policía confundida. Las escolares del mencionado centro educativo refieren que lo de la monja sin cabeza no es algo nuevo: siempre ha paseado su espectral presencia por los pasillos y salones de clase durante las noches, y casi no hay niña traviesa que no haya tenido uno o dos encuentros con ella, luego de los cuales quedaba vacunada contra la holgazanería. Pero nunca se había tenido noticia de que la monja haya salido del claustro. Al parecer estaba harta de asustar chiquilines y quería llamar la atención de verdad.

Al jefe de los serenos, un señor de pocas pulgas y muchas barbas, las historias le parecieron habladurías de viejas cotorras y se propuso acabar con el mito: montó guardia nocturna fuera del colegio. Como no había quien le acompañase en tan osada aventura, se agenció de un vehículo, por si las dudas. Al día siguiente lo encontraron en estado catatónico, echando espuma por la boca y rezando el padre nuestro en tropelía. Poco tiempo después entró en coma profundo.

El hecho no hizo más que aumentar el prestigio de la monja, que ahora era el nuevo cuco de la ciudad. La prensa se interesó, y por la tele empezaron a desfilar personajes de toda especie: historiadores, colegialas, sacerdotes, chamanes, políticos (cuándo no), empresarios turísticos, etc. Todos reclamando sus cinco minutos de fama. Al parecer, a principios del siglo pasado existía una sor Mariana en el monasterio del Sagrado Corazón, quien mantenía relaciones licenciosas con el superior del seminario de San Agustín. Al quedar embarazada, sor Mariana le comunicó el hecho a su consorte, quien le dijo que debía abortar. Ella se negó e incluso amenazó con contarlo todo. El superior, temiendo un escándalo que podría arruinar su vida en la Iglesia, la mató de tres puñaladas y la enterró en el huerto del seminario. Al comprender la magnitud de lo que había hecho, se arrepintió tanto que decidió huir. Esa misma noche preparó sus cosas, corrió al huerto a desenterrar a su amada y lloró largamente sobre su cadáver. Luego le cortó la cabeza y se la llevó. Nunca más se volvió a saber de él hasta muchas décadas después, tras la muerte de un humilde profesor de Ancco (una comunidad campesina de la sierra), quien era amado por sus vecinos por su vida austera, virtuosa y consagrada a Dios. Cuando lo hallaron muerto, revisaron el interior de la calavera que siempre llevaba colgada al cuello y encontraron una nota en la que relataba esta trágica historia. Sus vecinos jamás imaginaron que el piadoso profesor pudiera ser el autor de tan horrendo crimen.

Pero ¿era sor Mariana la monja sin cabeza? Al menos las descripciones son congruentes. Nada más faltaría por explicar cómo pudo sobrevivir tantos años sin cabeza. También estaba la posibilidad de que la monja sin cabeza no fuera sor Mariana, sino el alma de sor Mariana, entonces las cosas estarían más claras. Pero los historiadores rechazan la existencia de las almas, no creían que la aparición aquella lo fuera. Los sacerdotes también coincidían en ello: decían que no existe ninguna sor Mariana y que el seminario de San Agustín siempre ha tenido hombres probos. Los chamanes afirmaron que las almas siempre visten de blanco y no vuelan desde las ventanas, porque entonces serían brujas. Un político anunció, con mucha flema y poco tino, la celebración del día del halloween loretano, cosechando algunos aplausos de la muchedumbre. El empresario turístico, por su parte, quiso patentar la aparición y mandó a fabricar souvenirs con el slogan: Iquitos: la mágica tierra de la monja sin cabeza. El jefe de los serenos despertó del coma y se halló en medio de una habitación rodeada de personas que le tomaban la mano. Había una luz blanca que le impedía ver el rostro de todos, pero podía apreciar que eran alrededor de seis tipos que portaban instrumentos y le hablaban de un modo extraño. Por un momento pensó que eran médicos, pero no estaban vestidos de blanco. Se encontraba a punto de rogar que no le hicieran daño, cuando descubrió que eran periodistas. Se había convertido en una celebridad por ser el único que vio al inefable monstruo (ahora así lo llamaban). El editor del diario regional le ofreció quinientos soles por contar su historia, el sereno respondió que muchas gracias, pero no estaba dispuesto recordar una vez más la traumática experiencia…por menos de mil soles.

La historia del sereno es la siguiente: la noche de los sucesos se encontraba dando vueltas al rededor del colegio, cuando al llegar a la esquina de Huallaga con Morona se encontró con ella. El sereno relató que la monja en realidad sí tenía una cabeza con todas las de la ley, sólo que como andaba muy encorvada, ésta se escondía entre el ropaje. Llevaba una túnica negra con capucha y echaba humo por la boca y las orejas. Sorprendido pero aún cuerdo, le dijo que estaba detenida por susto en primer grado e intentó cogerla de los hombros. Aquí sucedió lo extraordinario: no tenía cuerpo. Las manos del sereno se paseaban por la túnica sin encontrar señales de un hombro, un brazo o un cuello. Era inasible. El espectro entonces levantó a cabeza. El rostro de un cadáver con arrugas profundas, pómulos afilados y ojos saltones le miró con una furia indescriptible, casi infernal. El sereno dio un grito andrógino y se desmayó (posteriormente quiso aclarar al editor que había gritado para tratar de asustarla, pero ya era tarde).

La edición del diario se agotó con extrema fluidez. Las oscuras inmediaciones del claustro se volvieron más oscuras aún. Empezando la noche los negocios cerraban, los vecinos se refugiaban en sus casas y apagaban las luces. Los bares y discotecas de por allí quebraron. Ni los barrenderos se atrevían a pasar la escoba. Ante el descuido, la suciedad y el miedo, la población hizo lo que siempre hace en estos casos: culpar al gobierno. El Frente Patriótico presentó su plataforma de lucha y su pliego de reclamos exigiendo un basta ya de tanto atropello del centralismo vendepatria y convocó a un paro regional indefinido. Los parchadores de cámara estaban en su gloria. Pero antes de sacar los vidrios molidos, las llantas, los palos y las piedras; alguien (seguramente un barrendero municipal) sugirió que no nos apresuremos: que si todos aguardamos a que apareciera la monja, trabajando en equipo y con un plan coordinado, podríamos atraparla y expulsarla de la ciudad, pero sólo si estamos juntos. La idea era tan simple que a nadie se le había ocurrido. La propuesta fue aprobada y se corrió la voz para que todo ciudadano esté presente a la medianoche en Huallaga con Morona. Prensa, policía, ministerio público, organizaciones civiles y religiosas se unieron para propagar la noticia. Hombres y mujeres se lanzaron a las calles como tantas otras noches, mas esta vez no estaban sedientos de baile y alcohol, sino de justicia. Aquella noche de sábado, por primera vez el Complejo estaba desierto.

Un brujo informó que los fantasmas se asustan con el ruido, por lo que el comisario de Morona mandó a callar a todos. La quietud se volvió más atemorizante que la espera. A través del silencio se podía escuchar el aleteo de los murciélagos agitando las hojas de los pocos árboles que quedaban en la ciudad. De pronto, el rumor de unos pasos aproximándose provocó murmullos entre la gente. La monja sin cabeza caminaba a través de la calle Morona, dio vuelta por Huallaga, cruzó la pista y se refugió en la casona abandonada de la Beneficencia. Nadie se atrevió a decirle algo (hasta dudo que se haya percatado de que todo Iquitos la observaba). Al fin el comisario, en un supremo esfuerzo de valor y coraje, mandó a cuatro policías a revisar la casa.

Tendida en medio de la sala, desnuda y arrojando humo por la boca, nuestro fantasma fumaba un porrito mientras se imaginaba bailando vallenatos en la luna. Los policías suspiraron aliviados. Cubrieron su cuerpo con una manta y la sacaron para que todos puedan verla. Efectivamente, tenía un aspecto horrible. La pobreza y la adicción la habían convertido en un monstruo; su cuerpo era tan delgado y amarillento que, viéndola dormir, seguramente le hubieran dado sepultura.

Los ciudadanos estaban tan impresionados por la forma en que se habían engañado a sí mismos que decidieron guardar el secreto. Así, la monja sin cabeza continúa asustando a las nuevas generaciones, y lo seguirá haciendo hasta que alguien se atreva a contar la verdad, o se agoten los souvenirs.