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enfermo

Mientras almorzábamos mi papá no dejaba de quejarse del dolor de pierna provocado por una ampolla. Él decía que se la aplicaron mal y por eso estaba así. Mientras me siento en la computadora lo veo dirigirse a la puerta cojeando. Sé que le puede doler pero también  está exagerando y busca más atención del que merecen sus pequeñas penurias.

 Me aflige su actitud y sin remordimiento alguno le digo: por qué no vas a la cama, te acuestas de la forma que no te duela y descansa, a la vez dejas tu jodida actitud. Luego de verlo sentado de lo más cómodo y tranquilo viendo un partido de la UEFA, me digo  ¿y para eso hace tanto barullo?  Sin duda  alguna pienso que es parte de un show, que lo hace él y lo hacen muchos, y por eso digo, -chicas repitan conmigo- ¡¡¡hombres tenían que ser!!!!!

Aunque muchos lo nieguen, ustedes (varones) son así. Solo basta que les dé una simple gripe para creer que todo un virus peligroso se ha manifestado en sus cuerpos. Yo acepto que muchos (como mi papá), son muy independientes, decididos, con iniciativa y amén de adjetivos que todas las mujeres buscamos en los chicos, pero basta con “pesquen” un indefenso resfrío y sienten que les arrancan el alma del cuerpo, y el chico inquebrantable que tenemos –o queremos- a lado se termina convirtiendo en un simple muñeco de cera con un cartel bien grande “mírame pero no me toque porque muero”.  Quien diga que no, está mintiendo y lo sabe.

Yo recuerdo hace algún tiempo, un aminovio (un amigo que no es un simple amigo pero tampoco es tu novio),  originaba todo un escándalo para inyectarse. Recuerdo que había pasado varios días desde el día que tenía programado su inyección y cuando le reclamaba del por qué aplazaba tanto algo tan simple, me salía con un montón de excusas, que no le gustan las inyecciones, que no confía en  cualquier enfermera, que esto, lo otro y en fin. Desesperada por esa situación y conciente de la importancia que tenía el hecho que se meta la medicina al cuerpo, le esputé mi veredicto: ¡o te inyectas hoy o no te hablo una semana, te lo juro!. Afortunadamente el muchacho no me permitió que actuara drásticamente. Bueno él también sabía de la importancia de la ampolla, así que igual lo iba hacer. Digamos que sólo le di un empujoncito de voluntad.

Y como decía, que un chico diga que nunca ha actuado de esa forma, miente, y miente por la simple razón que –por encima del dolor- les gustan que los consientan, tener toda nuestra atención y estar subordinadas, aunque sea por minutos, horas o días, a sus inesperados caprichos de niños enclenques. No por las puras, cuando están enfermos, se quejan en todo momento, mismos perros apaleados, con la finalidad de que preguntemos a cada rato por sus dolores. Si tienen una ligera fiebre – y aun sin tenerla- aseguran y quieren que nosotras también aseguremos que están mismo volcán en erupción. Y lo que es peor, si se nos da por ignorarlos, salen con un despliegue de reclamos dignos de telenovela: ¡claro, como a ti no te duele! ¡te apuesto que si tuvieras lo que yo, estarías igual de tendida en tu cama!. Por eso no me extraña ver a mi papá, a pesar de estar feliz y contento viendo el fútbol en la sala, dirigirse a su cuarto donde está mi mamá viendo Sansón y Dalila – en estos días de Semana Santa- para cargarla con su memorial de quejidos, y para variar, cambiarle el canal con el fin de hacerse el consentido.

No voy a asegurar que nosotras somos las del sexo fuerte, las heroínas de la historia, porque los chicos reclamarán, pero de lo que estoy muy segura es que el hecho de saber que seremos madres nos hace menos débiles porque sabemos que en un futuro no muy lejano debemos estar siempre bien para cuidar de otros, entre ellos ustedes, nuestros enfermos favoritos.