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Acaba un año más para el hombre de la ciudad, largo y corto tiempo a la vez para una vida. El 2009 nos deja la esperanza de que algunas cosas cambiaron en el país, pero también nos deja el recuerdo de un dolor que marcó a la Amazonía toda: el enfrentamiento en Bagua y las muertes que trajo consigo. Un hecho que  generó sufrimiento e indignación, pero que también significó un cambio para el hombre y las comunidades amazónicas que alzaron su voz y transformaron la historia, poniendo un alto a la indiferencia y la arrogancia de los poderosos. En el resto del Perú, manifestaciones de solidaridad se levantaron, a pesar del manejo mediático por parte de un  gobierno que desconocía su responsabilidad y un presidente que, con lamentables calificativos, aumentaba la discriminación que sufren los hombres y mujeres de la selva.

Como un reflejo de estos eventos políticos, la acción por parte de intelectuales y artistas de distintas disciplinas, fue determinante para generar un mayor conocimiento sobre la selva y sus pobladores. Fueron iniciativas particulares, sin que nada tuvieran que ver las autoridades y gobernantes de turno. Pero esta identificación con los ideales de los pobladores amazónicos y de amor por la selva,  esta suma de voces y acciones, hacen que podamos llamar orgullosamente a este año que se va como un año amazónico.

Si enumeramos las manifestaciones artísticas de temática amazónica que se produjeron en el 2009, difícilmente acabaríamos. La selva mostró su calor y color en pinturas, fotografías, películas, obras de teatro, cine, video, cuentos, murales, ropa, comida, libros, música, etc. Grandes iniciativas se convirtieron en grandes proyectos, exposiciones multidisciplinarias, festivales multitudinarios,  intervenciones artísticas en las calles, mesas de discusión, publicaciones de todo formato. El arte indígena rompió la barrera de los espacios protegidos, exhibiéndose en galerías comerciales y subastas de arte, dejando atrás la idea de que el arte indígena solo podía ser visto como materia antropológica. Artistas populares de Iquitos, artistas boras, huitotos, shipibos, y de otras naciones amazónicas, exhibieron sus obras en galerías, museos y centros culturales en el Perú y el extranjero. Muchísima gente participó de este movimiento; artistas y gestores culturales de distintas procedencias, son ahora tan amazónicos, y a través de su aporte, la selva encuentra  nuevas posibilidades de expresión y expansión.

De pronto, casi al cierre del año, otro evento entristece el panorama con una amarga noticia; partió para otros mundos el pintor qué más ha influido en la producción amazónica: Pablo Amaringo, hombre nacido en el corazón del pueblo y que compartió con su gente y sus alumnos, hasta el final, todo lo que poseía. Nos deja un invaluable legado; una amplia y compleja obra que es un compendio de sabiduría sobre las infinitas realidades de la Amazonía; Amaringo es el punto de partida para un arte que reúne tradición y modernidad en la selva; él es a la pintura, lo que Juaneco y su Combo, a la música. Eternos, únicos,…después de tantos años seguimos vacilando con ayahuasca, como dice mi compadre Ashuco: ¡Wilindoro vive, no se ha muerto mi abuelo!

En el 2009 el Amazonas se desbordó como nunca antes, sus aguas dulces trajeron sabiduría, arte, música, al corazón de los peruanos; ahora sabemos que todos somos amazónicos. Que en los años venideros, suene otra vez el manguaré y que su voz ruja infinitamente en nuestra conciencia.

Lecciones de Kanatari

Publicado: 27 julio 2009 en Paco Bardales
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kanatari25años

Este semanario cumple 25 años y quien esto escribe debe recordar que nunca como ahora, la vigencia del papel vuelto espíritu ha estado más en crisis. No solamente por el avance incontenible de las nuevas tecnologías de la información, sino, además, por la crisis de recursos humanos que ha hecho del oficio de escribir en un diario una ventolera de tristeza y frustración.

A pesar de ello, llegar a un cuarto de siglo con la mirada fija en el horizonte, al pie del cañón y esperando nuevas batallas en favor de la memoria, la cultura, la reflexión y el análisis, todas aquellas ungidas del gran magma amazónico, debe llevar a la sorpresa. Debe llevar a la perpleja admiración.  Debe llevar al reconocimiento.

A modo de testimonio personal, debo reconocer que he aprendido muchas lecciones en Kanatari. No todas han sido hermosas, por cierto, pero ellas no se motivan necesariamente por el medio, sino quizás por la condición humana. Tienen que ver con los avatares de la política y la sociedad, con las luchas interminables que se gestan a partir de inquietudes perdurables, alejadas de la sordina y el ulular de esas sirenas del inmediatismo. Alude, sin duda, a los encontronazos que el idealismo encuentra en la realidad, a las contradicciones de la fe, a los oscuros  empellones donde choca el dogma y renace el poder sin límites, el dinero y su servidumbre voraz.

Debo reconocer que no hubiera recalado un día de julio del 2000 (9 años atrás y más de 15 kilos menos) en la oficina de redacción si no hubiera sido porque creía con honestidad que Kanatari es probablemente uno de los medios de comunicación más genuinos y serios de la Amazonía. Y tampoco si hubiera tenido interés en conocer, aprender, compartir experiencias, campañas, lanzas y hasta dardos venenosos con gente que conocía apenas, que desconocía personalmente, pero acompañaba semanalmente a través de estas páginas.

Hay tanta gente que me enseñó a través de Kanatari. Recuerdo, sin duda, a July Ramírez, impecable maestra de redacción, oficial de la guardia dura de la corrección de estilo,  implacable generadora de dudas metódicas, sintácticas y ortográficas, que en algún momento pudieron haber desanimado a cualquiera. Porque si algo le debe esta ciudad y este medio a July es haber puesto una valla alta para pasar el filtro en la escritura. Sin ella al liderazgo de la ejecución, por tanto tiempo,  Kanatari no hubiera tenido la pulcritud que mantuvo en este empeño tan difícil por escribir, bien y correctamente. July me hizo sentar un día en una computadora y me dijo “Escribe”. El resto ya saben cuál es la historia.

Aprendí  de Jaime Vásquez. Debo considerar que la época en que Jaime manejó  la jefatura de redacción (suerte de presente griego y honor que te envolvía en el torbellino del stress y compromiso), fue aquella en que la virtud periodística se hizo una fuerza de la naturaleza. Porque Kanatari se volvió periodístico en extremo, no solo por la investigación, sino también por el formato en el que se movía. Se respiraba, se comía, se vivía periodismo, dentro de los postulados exactos que aquello significaba y dentro de la línea maestra pergeñada por su primer consejo consultivo, en 1984. Jaime creyó, antes que nadie, en que podía tener algo de oficio para escribir, y motivó que en 1995, saliese mi primer artículo en estas páginas, llamado proféticamente “El extraño en un tierra extraña”.

Aprendí, sin duda del Padre José María Arroyo. Aunque lo conocí tarde, casi en las postrimerías de sus incursiones permanentes en Kanatari, no voy a olvidar que la columna de internacionales siempre se leía mejor cuando él la escribía. Siempre voy a admirar su talento cierto para la sintaxis y el adjetivo exactos, todo ello salpicado con los más castizos ajos y cebollas (dichos en privado y a veces en público). Aprendí, claro está del Profesor Aurelio Tang, que con sus innumerables viñetas, con su tremendismo exagerado y sus diatribas en forma de humor, ácido, corrosivo y siempre visceral, demostró que un acto de amor por la Amazonía también, de vez en cuando, puede ser romper los platos y alzar la voz para protestar. Aprendí de Guillermo Flores Arrué, la alegría desbordante, el amor por la Amazonía, la expresión corta y coloquial que comentaba la actualidad, que fomentaba el reencuentro, que animaba la fe y expresaba el retorno a la madre tierra. Guillermo, mucho antes que varios, entendió el valor del internet como medio de comunicación y eso es algo invaluable, desde mi modesto punto de vista.

Aprendí  muchísimo de Fernando Nájar, el judío errante, el periodista de raza, el investigador, el sabueso y aquél hombre curtido con el instinto y una brutal honestidad para enfrentar las corruptelas, los abusos, las inclemencias sociales de un pueblo usualmente desconcertante. He aprendido, con mucha humildad, del extraordinario talento del Padre Maximino Cerezo para ordenar, diseñar, crear.  Quiero mucho a Maximino y quiero aún más aquella vasta obra artística que ha dejado como legado a la Amazonía, mucha de la cual es fácilmente ubicable en Kanatari.

He aprendido mucho de aquellos con quienes, en el ejercicio del servicio a la causa, han sido parte integrante del mismo: de Alejandra Schindler, tenaz y persistente como pocas mujeres; Sofía Herrera, reseñista de primera y consultora sobre libros y cultura; Alva Isern, destinada a la diagramación y a la presión intensa; a los tigres de diseño, Norbil Bocanegra y Rony Isern; a la gente de imprenta, Tony De Souza y Madison Flores; a Rosa Guerra, secretaria constante primero y dilecta amiga después; a Máximo García, el gran procurador que todo estén en orden; a aquellos que desde planta cultivaron la alegría, la solidaridad, la amistad.

Sería muy difícil acordarme de todos a quienes he leído con pasión y admiración en Kanatari,  probablemente si los enumerara caería en algunas omisiones u olvidos, en todo caso debo reconocer que este semanario nunca hubiera sido el mismo si por sus páginas no hubieran desfilado innumerables plumas, de diversas edades, signos, ideologías, de diversas tiendas políticas, todos arropados bajo el magma implacable de la identificación de la memoria y el color amazónico. Debería nombrar, sí, algunos a quienes siempre he leído e identificado con la causa de Kanatari: Pepe Álvarez, Alberto Chirif, Ricardo Soberón, César Ching, Moisés Panduro, Pedro del Castillo, Beto Pérez, Roger Rumrrill, Padre Silvino Treceño, Gonzalo Tello, Saúl Collazos, Gabel Sotil, Martín Reátegui, Bibiana Daigle, Alberto Vela, Javier Gutiérrez, Jorge “Chololongo” Arévalo. En fin, son tantos y tan avaro el espacio para recordarlos y reconocerlos como debería.

He aprendido mucho del Padre Joaquín García. He aprendido de su conocimiento enciclopédico de la historia amazónica, de sus atingencias siempre intensas sobre el pasado y el presente de la región, de sus utopías sanas y sabías sobre la identidad cultural, sobre el diálogo constante con las poblaciones, de su obsesiva búsqueda de resquicios de memoria en una comarca donde a veces lo que mejor funciona es el olvido. Si hay algo que reconocerle a Joaquín García es que han sido muy pocos los hombres que han traspasado por cuatro décadas el ir y venir y los dilemas amazónicos con tanto compromiso y actitud creadora. 25 años después de la creación de ésta  – sin ninguna duda- su obra más exitosa en cuanto a perdurabilidad en el tiempo y la memoria de los loretanos y todos aquellos que han estado presentes desde otras latitudes, es posible que estemos ante una nueva reinvención, ante una nueva cruzada, ante un nuevo reto, porque esa es la esencia, esos son los postulados, ese es el ideal de un nuevo día. Porque, finalmente, Kanatari también significa “Amanecer”.  

Pd: Artículo realizado para la edición especial del semanario Kanatari de Iquitos, a raíz de sus bodas de plata de fundación