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Ilustración:Extraído de página de Diego Molina

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Conmocionado, se tocó la cabeza con las manos temblorosas tratando de asimilar la realidad. Tenía que encontrar una explicación lógica y razonable en aquel episodio. Se miró las manos y la ropa, revisó la cerradura de la puerta principal y las ventanas, examinó el huerto. Con mucha cautela, decidió acercarse a examinarlo nuevamente. Estaba frío, sin pulsos ni latidos, igual que ayer.

 

A pesar de ser un hombre racional, por un momento temió que abra súbitamente los ojos y se eche a andar, por lo que trató no moverlo demasiado. Había leído alguna vez que aún después de muertas, algunas personas continúan moviéndose, aunque desprovistas de toda voluntad, como resultado de la lenta extinción de la circulación sanguínea. En las crónicas de la Edad Media recuerda haber encontrado el relato sobre un hombre condenado a muerte que, luego de habérsele cercenado la cabeza, se alejó dando tumbos hasta el final de la plaza, para finalmente caer a los pies de su esposa. Mentes místicas han interpretado eso como la lucha del cuerpo por aferrarse a la vida, o la posibilidad de sobrevivir a la muerte; quizá es lo que le sucedió a su compañero.

 

Pero la mañana anterior no tenía pulso ni latidos, no parpadeaba ni resollaba, estaba rígido como una escultura de mármol, clínicamente muerto; y ahora estaba frente a él, sentado y expresivo, como si conversara. Trató de razonar nuevamente: una vez vio a un mago hindú desacelerar su pulso hasta niveles críticos, a un norteamericano ordenar a su corazón que se detenga en un programa de entretenimientos bastante serio; la historia médica registra muchos casos de ahogamiento en el mar, en el que el individuo estuvo cerca de media hora bajo el agua y pudo sobrevivir.

 

Si bien aquellos antecedentes eran escasos para explicar lo que había ocurrido, le brindaban una idea propincua acerca de la capacidad del cuerpo humano para no doblegarse. Esto le tranquilizó mucho, y le permitió concluir que su compañero, como consecuencia de la inanición, entró en una especie de trance muy parecido a la muerte en sus síntomas, y que durante la madrugada había recuperado el conocimiento, para luego ingresar nuevamente a la casa. Y él mismo sabía de su condición, de allí que le hiciera ese extraño último pedido. Enterrarlo cuando estuviese bien muerto.

 

Quedaba ahora por establecer cuál era su verdadero estado en este momento.

 

Resuelto a no tomar decisiones apresuradas, esperó todo el día junto a él a que despertara. Lo extrañaba más ahora que antes, pues aunque de vivo casi no le dirigía la palabra, de muerto se convirtió en su confesor. Quizá era la culpa por haberlo sepultado tan prematuramente. Le arropó con suavidad una manta, frotándole los hombros; luego tomó dos tazas de porcelana y las puso en la mesa silbando la ribereña, que era la única melodía que podía recordar; inclinó la tetera sobre ellas y las llenó de café imaginario. Así permaneció hasta el anochecer, bebiendo sorbos de aire entre cada anécdota mal relatada.

 

La propia certeza de estar condenado a una muerte muy lenta, lo obligaba a rodearse de acciones cotidianas. Es extraño, pero cuando ya nada tenemos, nos aferramos a las cosas que menos valoramos. Aquella tarde lloró emocionado al observar la salida de una larva de su capullo, y sintió una pena profunda cuando las arañas del techo se lo devoraron. A veces cerraba los ojos durante un largo rato, tratando de recordar cuándo fue la última vez que le habló tiernamente a su esposa.

 

La noche fue una vorágine. Antes de sentarse a cuidar a su compañero desde el mueble, se le ocurrió una prueba de vida: tomó una pelusa de su camisa y la colocó en sus fosas nasales, para comprobar si durante la noche respiraba. Vigiló el cuerpo durante horas sin pestañear, esperando alguna reacción; pero no observó ningún movimiento. Desde la ventana, el viento ingresaba para agitar sus cabellos, sólo eso. A intervalos regulares, el sueño le hacía perder la noción del tiempo, como si desconectara involuntariamente sus sentidos y cayese rendido al abúlico sopor de la noche; pero tan pronto recordaba lo que estaba haciendo, se ponía de pie y estiraba vehementemente las cejas, respirando muy hondo.

Los rayos del sol lo sorprendieron absorto en sus divagaciones, contemplando a su compañero como quien contempla a un perro gruñendo sordamente. Cuando la luz terminó de llenar la habitación, se levantó para examinarlo de cerca. La pelusa estaba intacta, pero hizo otro descubrimiento: por acción del calor, el cuerpo empezaba a emanar los olores propios de la descomposición. Devastado, pero tranquilo de haber corroborado su muerte, procedió nuevamente a enterrarlo.

 

Hacía ya varios días que había dejado de escribir, y quiso retomar sus notas científicas. Tenía mucho que registrar acerca de este extraordinario evento que seguramente cerebros más preclaros y menos desgastados sabrán explicar. Recordó que también su compañero solía escribir mientras permanecían sin hablarse, y que incluso cuando su lapicero agotó la tinta, tuvieron que turnarse para tomar apuntes. Él lo hacía de día, mientras el occiso esperaba la quietud de la noche.

 

Al intentar ubicar los apuntes de su compañero, dedujo con cierto desdén que era muy probable que las haya enterrado con él, pues siempre las guardaba en sus bolsillos. De todos modos, pensó que la humanidad no se perdía gran cosa. La noche volvió como siempre, ensombreciendo despiadadamente sus fuerzas. Sin deseos siquiera de levantarse y trancar la puerta del jardín (una supersticiosa medida de prevención), cerró los ojos y desplomó su cabeza sobre el poyo del viejo sillón.

 

En las horas escasas que antecedieron al día no soñó nada, tal vez por cansancio. La noche surtió un mágico efecto reparador; pero al despertar, toda la energía de la que disponía para levantarse se evaporó ante el horrendo cuadro que tenía frente a sí: su compañero estaba nuevamente sentado a la mesa, cubierto de tierra, bañado en hedor, mirándolo fijamente igual que ayer, con las apergaminadas manos dispuestas en tono acusador; delgado y sereno como la muerte.

 

Un vértigo incontenible se apoderó de él, sacudiendo sus percepciones hasta sentir una dolorosa presión en las sienes. Las imágenes a su alrededor comenzaron a moverse mientras la vista se le nublaba lentamente. Desesperado, exhaló un tembloroso gemido mientras se dirigía a la cocina para coger un cuchillo. Al ponerse frente a él, le gritó:

 

– ¿Qué quieres de mí, maldito enfermo? He hecho todo lo que hemos acordado. Tú estás muerto ¿Entiendes? Muerto. Respeté tu decisión, ahora tú respeta la mía. Quiero que te quedes enterrado en el jardín. No existes más para nadie.

 

Lo cogió de hombros y lo tiró al suelo para arrastrarlo nuevamente hasta el hoyo, que empezaba a encharcarse. Luego se arrodilló y empujó la tierra que sobresalía con sus brazos, asentándola con golpes desesperados. Al ingresar a la casa, se aseguró de trancar la puerta con el picaporte y arrimó una silla contra la manija. Ahora lo único que le preocupaba era estar perdiendo la razón, motivo por el cual se aferró a sus apuntes mucho más. En sus notas analizaba largamente lo que estaba pasando, evitando explicaciones metafísicas, pero sin poder estar completamente satisfecho. A medida que se tranquilizaba, fue descartando posibilidades hasta convencerse de que la única explicación razonable era que alguien más estuviera en la casa; después de todo, era inmensa y sólo estaba ocupando la sala. A la derecha quedaba un corredor, y a mitad de él, una escalera conducía al segundo piso.

 

Imaginó que, probablemente, haya un sobreviviente más que asalta la habitación muy entrada la noche. Un hambriento, como él, que tal vez ahora esté agazapado en algún escondido armario, viéndolo reaccionar con insania, poniendo a prueba su cordura, aguardando para devorarlo en cuanto se abandone del todo. Con un último acopio de fuerzas, tapió la entrada al corredor con la mesa y aseguró la puerta de la calle con una barreta, enclaustrándose completamente en la sala. Luego retomó sus apuntes escribiendo, tembloroso:

 

– No me cogerán sano… No me cogerán sano.

 

Al principio se resistía tenazmente a cerrar los ojos y descansar, pero las extremas condiciones a las que estaba sometido desde hace días terminaron por abatirlo. En su memoria desfilaban los recuerdos de su hogar; la discusión con su esposa antes de partir, ella llamándolo desde la sala para hacer las paces, él alejándose sin escucharla, orgulloso y tirano, azotando la puerta por última vez. Mataría por oír su voz de nuevo. Pensaba ahora, desde la lejanía, en sus tontos planes de trabajar en el ministerio, conducir hasta Nauta de madrugada, terminar la novela que empezó hace tanto. La vida es tan frágil que no tiene sentido. Para cuando el sol se rendía ante la luna, se halló entregado a un pesado sueño.

Lo que pasó después sólo puede inferirse del estado en que se encontraron las cosas cuando el Ejército allanó la casa, dos días después. Al desoldar las bisagras de la puerta principal, encontraron a un hombre sentado a la mesa, con las manos extendidas y el cuerpo cubierto de tierra, dejando un rastro que venía desde el jardín. Por el avanzado estado de descomposición, se dedujo que había muerto hace días. Al pie de él, yacía un segundo hombre. Estaba tirado boca abajo, y probablemente no tendría más que unas horas de fallecido. Su cuerpo estaba cubierto de pústulas y escoriaciones, producto del rápido contacto con la misma bacteria que diezmó a la población. El descubrimiento más aterrador fue que había muerto apretando entre sus dedos una rata, cuya cabeza había cercenado con sus propios dientes.

 

Aunque hubieron muchas conjeturas en los periódicos, el informe final de los agentes estatales concluyó, basándose en el minucioso diario del último sobreviviente, que aquella mañana el escribidor se levantó nuevamente conmocionado, al encontrar por tercera vez a su compañero instalado en el mismo lugar, y que, como dejaba entrever en sus escritos, sospechó que estaba siendo manipulado por alguien que seguramente esperaba su muerte con ansias. Preso de la desesperación y sometido por alucinaciones incontroladas, prefirió contaminar su cuerpo con la mortal bacteria antes de ser devorado por aquel extraño imaginario, y la única forma que encontró fue mordiendo una rata infecta. Falto de defensas biológicas como consecuencia de la anemia grave, tardó sólo unos minutos en sucumbir a la enfermedad.

 

Lo ocurrido en aquella casa planteaba a los investigadores dos interrogantes principales. Primero ¿Cómo se mantuvieron inmunes a la bacteria? Y luego, tomando en cuenta el testimonio del escribidor, ¿cómo es que el cuerpo inerte de su anciano compañero aparecía cada mañana en el mismo lugar ? El informe ya referido con anterioridad, respondía contundentemente a la primera cuestión: la bacteria se había propagado a través del tucunaré, proveniente de los ríos contaminados por los desagües industriales. Ambos hombres eran alérgicos al pescado, por lo que nunca se contaminaron.

 

En cuanto a la segunda cuestión, se encontraron en el bolsillo del anciano sus propios apuntes, aquellas que el escribidor no quiso buscar, y que de hacerlo, hubieran significado el fin de sus ilusorios tormentos. En ellas, el último párrafo parece haber sido escrito con desesperación:

 

Perdí la cuenta de los días, sólo espero la noche para dormir y olvidarme de esta pesadilla. El dolor de estómago es fuerte, me canso de respirar, todo se vuelve oscuro. Mi compañero me da miedo. Hace cosas extrañas como levantarse de madrugada a buscar raíces en el jardín. Luego se sacude la tierra, se lava las manos y continúa durmiendo como si nada. A veces toma un cuchillo y escarba entre mis cosas. Una vez me tomó de los hombros y me obligó a levantarme, arrastrándome hasta la mesa. Me sonreía. He intentado detenerlo, pero creo que es malo despertar a un sonámbulo. Ahí está otra vez.

 

Link: Pánico en la vieja casa (I)

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Ilustración: Diego Molina

De pronto, ya nadie quedaba en el pueblo. Sólo aquellos dos hombres ocultos en la casa que da al parque. Como estaban conscientes de ser los únicos sobrevivientes, se prometieron que el primero en morir sepultaría al otro bajo el árbol de guayaba, pues no deseaban que sus cuerpos quedaran expuestos a merced de ratas y gallinazos. No querían salir por temor a contagiarse, y contemplando la ventana, el espectáculo era aterrador: el río vomitaba cada día nuevos cuerpos a las playas, y desde el cielo una lacerante lluvia los descomponía con extrema eficacia. El aire era apenas respirable, tampoco se veían aves en el cielo. Sólo consumidores de carroña que ejecutaban su trabajo con precisión, obedeciendo a un macabro ecosistema que marchaba sin alterar el orden impuesto por la despiadada naturaleza.

 

En los días que siguieron, ambos hombres pasaban las horas muertas especulando su posible salvación. Por algún motivo la enfermedad no los había tocado aún, y se mantenían vigorosos; pero el agotamiento de los víveres les empezó a preocupar. Al principio confiaban en que la extinción de todo un pueblo sería rápidamente advertida en los caseríos adyacentes, sobre todo al verse privados del suministro de tucunarés; pero luego de dos semanas de espera, temieron estar abandonados para siempre. En la cabaña que les servía de refugio, el último plátano fue consumido con la sopa de la mañana, y el día estaba por terminar.

Siendo hombres bastante fuertes, no permitieron que tal eventualidad los abatiera rápidamente. Uno de ellos escribía lo que hacía cada día para sobrevivir, pensando quizá en convertirlo en algún legado para la ciencia. El otro, más viejo que aquel, hablaba de cosas triviales todo el tiempo, como el olor de la pimienta, la forma en que se mecen las hojas de los árboles, ciertas maneras de hacer el amor sin llegar al orgasmo; también garabateaba un poco. Antes, el continuo parlar de aquel individuo molestaba al escribidor, mas luego entendió que era una forma de sobrellevar la tragedia, como escribir es la suya.

 

– ¿Crees en Dios, amigo? – preguntó un día el más anciano de los hombres.

 

– Ahora sí, con urgencia – respondió, en tono desdeñoso, el escribidor.

 

– Puede que jamás nos encuentren…

 

– No pensemos en eso ¿quieres?- Dijo mientras miraba hacia la ventana simulando estar ocupado.

 

– Es necesario…prometimos que el primero en morir enterraría al otro en el jardín, pero es probable que yo muera primero; estoy viejo y diabético, por eso quiero pedirte un favor adicional.

 

Le disgustaba el pesimismo ajeno, porque aún conservaba la esperanza de ser encontrado. Con dureza, y queriendo concluir rápidamente la conversación, preguntó:

 

– ¿Qué cosa?

 

– No me entierres hasta estar seguro de mi muerte.

 

Al no poder comer nada que brotara, nadara o volara fuera de aquel recinto que creían saludable, empezaron consumiendo las hojas del guayabo del huerto; al terminarse éstas, extrajeron las partes blandas de sus ramas, para luego continuar con la tierra llena de savia alrededor de las raíces. Finalmente, comieron sus propios cinturones y zapatos, que estaban hechos de cuero. Durante todo aquel proceso degenerativo, sus cuerpos se alivianaron tanto que excluyeron, casi sin darse cuenta, toda conversación entre ellos. Aquella mutua promesa era lo único que enlazaba sus destinos.

Una mañana, el escribidor despertó y encontró a su compañero mirándolo fijamente desde la mesa, con el rostro endurecido en un gesto de asombro. Acostumbrado a sus ataques histriónicos, no le tomó importancia y salió al huerto para contemplar la plenitud del cielo. Pensó en su familia, y en los buenos amigos que había dejado en la ciudad, mientras los maldecía por no haberlo extrañado a tiempo. La sensación de frío producida por la anemia aguda lo devolvió nuevamente a la casa, ideando otras formas de olvidarse de las punzadas en el estómago. Buscó su libreta al lado de la mesa y notó que su compañero continuaba en la misma posición de hace un rato, pero esta vez con una rigidez pétrea. Se acercó mucho más a él y comprobó que estaba muerto, o al menos que no tenía pulso, ni latidos en el corazón. Espantado, retrocedió hasta caer de espaldas sobre el mueble. La extraña manera de morir lo sobrecogía en extremo. Había muerto, probablemente en la madrugada, con los ojos llenos de angustia mirándolo fijamente. Esbozando quizá alguna súplica no resuelta, algún ruego no comunicado a tiempo.

 

Execrables deseos le hicieron ver lo que su amigo pedía con esa mirada: que lo enterrara según el pacto, sospechando quizá que la agresiva carestía le haría cambiar de parecer. Y no se equivocaba. Bajo condiciones tan extremas, aquel cuerpo inmóvil se le presentaba como un envoltijo de abundante carne, vigorosa y saludable, que se echaría a perder si lo arrojaba sobre un hoyo en el jardín. Al no estar seguro de su muerte y recordando sus enigmáticas palabras, decidió esperar la noche para tomar una decisión.

 

Pero, sea que le quedaban algunos resabios de civilización, o que al imaginarse en la situación opuesta, hubiese deseado no ser consumido por un semejante, o que su religión le obligue a respetar la santidad inmarcesible del cuerpo humano, lo cierto es que al sopesar las circunstancias, optó por no comerse a su compañero y enterrarlo, como lo había prometido. A estas alturas, le pareció que ya estaba bien muerto.

Además, sepultarlo representaba un trabajo agobiante. Esa noche a duras penas arrastró el cuerpo y lo depositó en el hoyo que ambos habían hecho hace unos días, buscando insectos y raíces; lo cubrió con tierra completamente, cual si fuera un delgado manto; elevó una veloz plegaria y retornó a tumbarse, agotado, sobre el mueble.

 

Aquella fue una noche de sueños confusos; soñó que regresó a casa luego de un largo viaje y que al abrir la puerta, encontró a su esposa tan obesa que le causó una deliciosa impresión. Al acercarse a darle un beso en los labios, soñó que se los arrancaba con desesperación, provocando que ella huyera despavorida. Luego se topó con la mirada póstuma de su amigo, lánguida y suplicante; al intentar acercarse para devorarlo, comprobó que las piernas no le obedecían y se quedaba inmóvil, viendo aquella carne descomponerse ante él sin poder hacer nada. Cuando al fin pudo moverse desesperado, cogió un cuchillo, se cortó las orejas y comenzó a comérselas. Allí despertó.

 

Lo primero que vieron sus ojos al permitir el paso de la luz provocó que el corazón se le encogiera súbitamente y la piel del cráneo se le estirara. Aquel hombre que había enterrado con tanto esfuerzo la noche anterior, se encontraba allí nuevamente, sentado a la mesa en igual posición y con la misma expresión mórbida en su rostro. (Continuará)

Conformistas

Publicado: 31 julio 2009 en Martín Wong
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Imagen: Volveré y seré millones

– Bueno. ¿Y qué hacemos ahora? – preguntó la mujer.

El hombre acaricio a su gato, miró a través de la ventana salpicada por la lluvia y suspiró.

– Pondremos un negocio, pues.

Tras varios años de vender maní tostado por las calles, al fin habían reunido un capital decente para tener lo que llamaban “algo propio”. Sus amigos siempre los creían conformistas y, después de tantos años sin progresar, empezaban a creerlo. Pero como pasa con la mayoría de cosas a las que le tomamos cariño, se resistían a romper el chanchito.

– ¿Y si pasa algo? Necesitamos esos ahorros. ¿Recuerdas cuando el Elmer enfermó de hepatitis y pudimos comprarle las medicinas?

– Pero Elmer ya no está, vieja.

– No sé. No quiero. Mejor no.

Le costó alrededor de un año convencerla de que sus huesos ya no estaban para esos trotes, y cuando alguna mañana no podía levantarse debido a sus piernas varicosas, se lo recordaba aún más. Al fin, una noche, Erlinda se acercó al oído de Miguel y le dijo:

– ¿Y qué quieres hacer con el dinero?

Cinco mil soles, reunidos a lo largo de quince años, tomaron forma en la cabeza del marido.

– Quiero poner una bodega.

Al día siguiente salieron a caminar, pero esta vez sin la bandeja de maníes sobre sus cabezas. Se sentían casi desnudos, relajados y desenvueltos. Se tomaron de la mano cuando pasaron por la cantina donde se conocieron, ella como mesera y él como parroquiano. Eran otros tiempos, pero la taberna no había cambiado nada. Hacía mucho que no salían a la calle solamente a caminar.

Alquilaron una covacha en la avenida más concurrida del mercado y la llenaron de abarrotes de toda clase. Miguel se encargaría de las compras y Erlinda, con su habitual carisma, atendería a sus nuevos clientes.

Uno de los primeros resultó ser un chico bien plantado, de gafas oscuras y maletín ejecutivo. Le hizo un pedido de treinta soles y cuando le extendió la boleta le dijo:

-Ahí no más señora. Soy de la SUNAT.

A Erlinda le tembló súbitamente la mano que sostenía el comprobante. El inspector examinó el pedazo de papel como si fuera un perito en busca de indicios de criminalidad: Nombres,RUC, descripción del negocio, pie de imprenta, numeración. Ya se resignaba a retirarse desalentado cuando decidió comprobar la dirección exacta. La boleta decía: Abtao 481-A, pero la placa en la puerta simplemente decía Abtao 481.

-¿De dónde salió esta letra “A”, señora?

– Ah, es que, joven, esta casa es tiene dos cuartos de alquiler, y para no confundirme con el de al lado, el dueño la dividió en A y B.

– Présteme la autorización de impresión de las boletas.

Erlinda buscó entre sus papeles y encontró lo que le pedía.

-¡Ajá! Dijo el muchacho con aire de triunfo, felicitándose por ser tan meticuloso. La dirección registrada en SUNAT no consigna esa letra A.

-Si, ya lo sé, pero para que los clientes nos puedan ubicar fácilmente y no nos confundan con la bodega de al lado…

-Usted debió poner la dirección tal y como lo indica la orden, señora.

Erlinda le clavó una mirada suplicante. Había escuchado que la SUNAT no reparaba en errores y cerraba tiendas con la misma rapidez con la que alguien dice ¡Dios mío!

– Esta bien -le dijo al fin el chico, luego de darse un pausa de suspenso- Por esta vez la voy a pasar, pero consígase algo para ocultar esa A de allí, o dígale al dueño del local que haga los trámites ante la Municipalidad para dividir su predio.

– Muchas gracias, joven.

– Bien, le voy a dejar esta constancia de descargo para que la lleve cuando tenga tiempo a la SUNAT. Que tenga buen día.

Cuando llegó Miguel, Erlinda le contó su primer encuentro con la autoridad. Este le avisó inmediatamente a su contador, un joven aficionado a empinar el codo. Al leer el documento, dijo muy suelto de huesos:

– ¡Ah, con que esas tenemos. No te preocupes. Así te quieren asustar esos cabrones, pero no pasa nada!

Dicho esto, se guardó el documento en el bolsillo y le anunció que iría mañana a primera hora. Erlinda y Miguel continuaron trabajando. Eran los únicos que abrían desde las seis de la mañana y ya empezaban a tener clientes entre algunas empresas importantes. De seguir así, Miguel pensaba abrir una sucursal en el mismo puerto Masusa para eliminar intermediarios y mejorar los precios.

Seis meses después, cuando ya contaban con dos empleados y habían alquilado la casa de al lado para no perder tiempo y dinero en transportes, les llegó una resolución que les partió por el eje.

Una multa de mil quinientos soles por haber consignado en el comprobante de pago una dirección distinta a la registrada en SUNAT, en flagrante violación del artículo ciento setenta y tantos del Código Tributario.

El contador se deshizo en excusas por no haber descargado el documento y se excedió en improperios contra el Estado, anunciando con mucha pompa que nunca había perdido un solo proceso con la Superintendencia y que con la reclamación que estaba preparando conseguiría la victoria final.

Dicha reclamación, llena de pleonasmos y carente de sintaxis, transcrita de un viejo libro de contabilidad y salpicada de argumentos no jurídicos; si bien para Erlinda y Miguel resultó incomprensible, para los funcionarios estatales resultó aún más abstrusa y resolvieron devolverla por no tener firma de abogado.

Miguel y Erlinda fueron a ver a un abogado que el contador les recomendó. El doc los recibió en su enorme oficina con una sonrisa de gato despensero. Al escucharlos, levantó las cejas y les dijo que no había por qué preocuparse, pues era un procedimiento de rutina y si ellos querían podía llevar el caso hasta el mismísimo Tribunal Fiscal, donde pasarían años antes de que expida sentencia, y mientras tanto el cobro de la multa quedaría suspendido. Les comentó que el error de ambos fue de estrategia, y que debieron consultarlo con un abogado desde el principio.

Cuando le preguntaron por sus honorarios, intimidados por la elegancia del estudio, el doctor les dijo que no se preocuparan, que cuando se trataba de una injusticia latente como ésta, en lo último que pensaba era en cobrarles por adelantado. Miguel y Erlinda respiraron aliviados.

El doctor reformuló la apelación y le dio un nuevo aspecto, con profusión de frases en latín y referencias históricas que llegaban hasta el mismo Justiniano. A su lado, la apelación del contador empírico lucía como una columna de chismes de un periódico de medio pelo. La pareja quedó satisfecha.

Al lunes siguiente, el enorme auto del abogado se estacionó frente a la bodega, y bajaron de él una mujer y dos adolescentes, diciendo que los había enviado el doc a cobrarles por el servicio. Sacaron, arroz, menestras, latas de conserva, salchichas, leche, huevos, jugo y azúcar por un monto de casi seiscientos soles. Miguel y Erlinda veían vaciarse sus anaqueles sin poder hacer nada porque, después de todo, el trabajo estaba hecho.

A estas alturas las rentas de la pareja empezaban a mermar. Tres meses después llegó la resolución de multa, que desestimaba la apelación del doctor. Debido al tiempo transcurrido, el monto de la sanción había ascendido a mil ochocientos soles. El abogado, fingiendo pesar, les dijo que esto agotaba la vía administrativa, mas no la judicial y que si ellos quisieran podrían seguir litigando. La pareja respondió al unísono: no gracias.

Volvieron entonces al contador, que les dijo que lo mejor que podían hacer era aceptar la sanción y acogerse al fraccionamiento. Ahora, aparte de pagar el impuesto mensual (que ascendía a ciento cincuenta soles aproximadamente), debían pagar ciento ochenta soles durante diez meses, lo que quiere decir que sus tributos se habían duplicado, aunque sus activos estén disminuyendo.

Luego de cuatro meses haciendo malabares para poder cumplir con el impuesto y la multa a la vez, vendiendo algunos muebles y deshaciéndose del gato que les hacía gastar mucho en comida, el quinto mes no pudieron cumplir con la obligación, e inmediatamente les llegó una nueva Resolución en la que les comunicaban que, por semejante incumplimiento, acababan de perder su derecho a fraccionamiento, por lo que debían abonar la totalidad de la deuda en el más breve plazo posible o se haría efectiva la cobranza coactiva.

Nuevamente desfilaron entre contadores y abogados, sin que nadie pueda o quiera ayudarles realmente. La bodega se descuidaba cada día más y a veces permanecía cerrada para esquivar al prestamista particular que los había socorrido hace unos meses para mantenerse a flote.

Finalmente, un día ingresó una señora muy elegante que se presentó como la ejecutora coactiva y, con un lenguaje bastante técnico y presuntuoso, les explicó su misión. Hizo un inventario de los artículos y luego cargó con ellos, comunicándoles que su cuenta estaba saldada.

Miguel Paredes y Erlinda Rengifo aún venden maní tostado por las calles, aunque evitan pasar por la calle Abtao. A veces se encuentran con el prestamista y reciben insultos, pero Miguel se reserva la furia para descargarla con el primer imbécil que les diga conformistas.

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Se ha dicho que el clima y la geografía influyen en la idiosincrasia de un pueblo. Que la idea de equilibrio de poderes y democracia no habría surgido en Grecia si esta no hubiera sido un conjunto de islas más o menos independientes entre sí, pero con una sólida identidad común. Que los habitantes del hemisferio norte son más serenos y circunspectos que sus festivos vecinos del ecuador. Que Japón no sería hoy una potencia en tecnología y productos manufacturados si nunca hubiese tenido la necesidad (debido a su árida y volcánica geografía), de importar materias primas. Que el frío hace al hombre trabajar y el calor lo vuelve un haragán sin remedio; y que el mundo sería un mejor lugar si los ricos del norte gozaran del mismo clima que los pobres del sur.

Y debo admitir que todo esto empieza a parecerme cierto. Iquitos tiene una temperatura que oscila entre los 28 y 35 grados centígrados, nada que envidiar a los árabes del desierto, y a veces el calor al mediodía es tan insoportable que si vas en moto es imposible dejar de bajar los brazos en cada semáforo rojo, pues parece que ardieran como conciencia de congresista. Entre las dos y las cuatro de la tarde las calles de Iquitos parecen las de un domingo: casi vacías. A esa hora el iquiteño se guarda del sol y aprovecha para descansar. No hay diligencia que se programe durante ese tiempo y es muy conocida la frase “cuando baje el sol”, usada como pretexto para dejar para mañana lo que se debió hacer hoy.

Casi ningún negocio acata la moda de la capital del “horario corrido” y hasta las grandes galerías, como Quispe, suelen cerrar entre la una y las tres. Saben que en esas horas venderán tanto como el infeliz al que se le ocurrió vender “curichis de yogurt” y que ahora no se encuentran ni para recuerdo.

Entonces ¿puede que en ciertas costumbres poco esforzadas de mis coetáneos tenga mucho que ver el calor? Analicemos un poco más:

Se ha dicho que somos inmorales y promiscuos; y es porque puertas y ventanas se abren casi todo el día, dejando ver cosas que asustarían al más flemático limeñito.

Se ha dicho que somos confianzudos, porque la escasez de privacidad a que nos obliga el calor nos libera de formalidades y prejuicios; y no lo pensamos dos veces antes de abrazar al extraño, compartiendo el mismo vaso de cerveza o invitándolo a conocer hasta el último rincón de nuestra casa.

Se ha dicho que nuestras mujeres son ardientes y fáciles, y esa no es más que una mala impresión producto de su brevísima vestimenta; conclusión tan estúpida como llegar a una tribu aborigen y pensar que todas las mujeres de allí son unas zorras que andan mostrando lo que no deben. Las iquiteñas son efusivas en su trato y desprejuiciadas en su vestir, pero el problema no está en lo que hacen, sino en la interpretación que se la da a lo que hacen. Y antes de aceptar que vengan moralistas de otros lares a querer decirnos lo que ellas deben vestir, deberían someterlos primero a un test de Roschard para saber en qué piensan ellos cuando se topan con una fémina entrepierna desnuda. Tal vez simplemente estén tratando de luchar con sus propios demonios.

Y bueno, la acusación final, que es la idea central de este artículo y hiere profundamente mi orgullo de varón: se ha dicho que el hombre charapa es un haragán. ¿Cuánto de verdad encierra esta afirmación? Quienes la defienden argumentan el manido discurso de la fuerza y el empuje del inmigrante de la sierra, que llega a Iquitos con una mano adelante y otra atrás, que duerme en una covacha y come cuando puede, pero a los pocos años de intenso trabajo (de horario corrido, por cierto) llega a ser propietario, cuando no un gran empresario. Ellos son las hormigas y nosotros la cigarra. Entre ellos y los chinos circula casi el 60% del flujo de caja de la ciudad. ¿Y qué es lo que piensan ellos de nosotros? Que carecemos de: buenas costumbres, disciplina en el trabajo, sentido del ahorro, visión de futuro, y que si no cambiamos de actitud siempre seremos sus empleados en sus fábricas y almacenes.

Dicen que en economía casi hemos sido expropiados. Y nosotros felices. Menos responsabilidad, más reventón. Nos basta con recibir nuestra paga semanal para volar al Complejo y canjearla por cerveza; y luego andar prestando el lunes para el mercado, o lo que es peor, empeñando la tele. ¿Han advertido el crecimiento inopinado de las casas de empeño? ¿Otro espejo de un deficiente sentido del ahorro, producto de nuestra idiosincrasia improvisada y facilista?

Jorge Bruce dijo alguna vez que el tráfico de una ciudad es el reflejo de su gente. Dime como manejas y te diré qué tienes en la cabeza. Un tráfico desordenado refleja una ciudad que crece a empellones. Y si tuviera que elegir al ícono que mejor represente lo que no queremos ver de Iquitos, sería el motocarrista. Ser motocarrista es la primera opción para salir de un apuro, el dinero fácil al que recurren los mocosos sin brevete para invitar a la enamorada a la pollería o comprarse el celular de moda. Son todo un caso aparte. La proyección de nuestros defectos. Como conductor de motocicleta he tenido la oportunidad de verlos interactuar y he soportado muchas de sus impertinencias. El Reglamento de Tránsito establece que los vehículos lineales deben transitar por el lado derecho de la pista, pero aquí esa es letra muerta, pues desde siempre esa parte de la vía le ha pertenecido a los motocarristas, que circulan a diez kilómetros por hora cuando andan buscando pasajeros y casi a ochenta cuando ya lo tienen. El motocarrista es sin duda el rey de las pistas. Nunca andan en línea recta, y hay que encomendarse a Dios cada vez que debemos pasar al lado de ellos, pues cambian de carril intempestivamente. La Próspero es casi imposible de cruzar no tanto por la afluencia de vehículos, sino porque no bien te colocas al borde de la vereda un enjambre de motocarros se estaciona tu lado como apristas en busca de ministerio. Hay que estar continuamente negando con la cabeza para que empiecen a circular. Tanta es la gravedad del problema que a todo lo largo del Jirón hay varias policías con una sola función: evitar que los motocarros se estacionen a esperar pasajeros.

Y es que en eso de estacionarse a esperar nadie les gana. Cuando no están yendo a donde no los llaman están… estacionados. En la puerta de las universidades, colegios, almacenes, en las plazas, en los mercados, y en donde sea que la Policía no los eche. Entonces, se tienden a dormir a pierna suelta o conversan con sus compañeros del gremio, intercambiando los últimos chismes o quejándose de lo baja que está la plaza hoy y lo injusta que es la vida porque a pesar de trabajar como burros todo el santo día no pueden salir de pobres.

Improvisados, quejumbrosos, haraganes, despreocupados, juergueros, impresentables… tal vez nos molesta demasiado que existan tantos motocarristas en esta ciudad porque todos tenemos un poquito de lo que a ellos les sobra. Antes hubiera puesto el grito en el cielo si me hubieran dicho que el iquiteño es haragán, ahora puedo responder que no somos haraganes, sólo nos gusta disfrutar la vida al máximo. Tal vez no nos fascine hacer planes para el futuro, ni nos guste ahorrar. Tal vez somos desorganizados y pasionales. Tal vez no hallamos mejor manera de demostrar aprecio hacia el amigo que invitándole una chela bien helada o un trago calienta-tripas. Pero en fin, no nos sintamos miserables por lo que piense la gente. Digamos que el calor hizo su poquito, y mandemos otra ronda más.

Se llamaba Clara

Publicado: 17 julio 2009 en Martín Wong
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Cuando mis padres me dijeron que estaban en bancarrota y que tendríamos que mudarnos a un barrio más pobre en la periferia, me dolió tener que separarme de Clara. No me importó dejar de tener mi propia habitación, pelearme por el baño cada mañana con mis hermanos, comer arroz con lentejas seis de los siete días de la semana, cambiarme a una escuela pública y hacer nuevos amigos en un vecindario hostil. Lo único que desgarraba mi alma era saber que Clara ya no estará allí para escucharme, que ya no podré tomarla de la mano todas las tardes y pasear por el parque de la vuelta, que ya no le contaré lo que me pasó en clases ni ella me hablará de lo creídas que son sus amigas, porque 70 kilómetros nos separarán.

Cuando somos chicos, el mundo también lo es para nosotros. Yo no podía imaginarme una vida después de Clara. Recuerdo que pensaba ¿cómo pueden mis padres ser tan insensibles y dejar que muera de dolor? Me encerraba en mi cuarto durante días y cuando bajaba a comer tenía el aspecto de un zombie, pero no se daban cuenta pues también ellos la estaban pasando muy mal. Hasta podría desaparecer y no lo notarían. Podría desaparecer… y llevar a Clara conmigo.

Una tarde antes de despedirnos, le propuse escaparnos. Nervioso como un niño al que se le pide que pase al frente a recitar la poesía que aprendió, le hablé de los fuertes lazos que nos unen y la importancia de permanecer juntos no importa qué o quién trate de separarnos. Le dije que estaba consciente de que encontraríamos muchos obstáculos, pero debíamos tomar ese riesgo porque si nos separan poco a poco moriremos, porque somos dos personas con un solo corazón. Ella accedió, pero se veía un tanto confundida. Acordamos encontrarnos en el parque a las cinco. Preparé mis cosas, junté algo de dinero y dejé una nota para mis padres. La esperé sentado en nuestra banca durante tres horas. Nunca apareció. Al volver a casa mis padres me dieron un buen sermón.

Cuarenta años han pasado y desde entonces, guardo aquel intento de fuga como mi más grande locura de amor. Luego de eso jamás volví a enamorarme hasta el punto de dejar todo por alguien. Cada vez que sentía que empezaba a depender demasiado de una persona, me apartaba. Con los años me mudé a la capital, me casé con una buena mujer que no me exigía tanto y tuvimos dos hijos que nos salieron buenos. Ya no viven en casa, y qué trágico fue darme cuenta que ellos eran el mayor vínculo entre mi esposa y yo. Nos dedicamos tanto a educarlos, olvidándonos de nosotros mismos, que cuando partieron dejando la casa sola y vacía a menudo me preguntaba ¿quién es esta mujer que duerme junto mí? ¿quién es aquel hombre que se acuesta junto a ella y me mira fijamente desde el espejo?. Las cosas fueron más evidentes tras mi jubilación. Ella pasaba tanto tiempo con sus amigas que estaba claro que le aburría tenerme el día entero en la casa. Yo por mi parte me encerraba en el estudio, dejando que el silencio envolviera nuestra relación. Descubrí que algo valioso se había apagado en mí aquella tarde en el parque, algo que me hizo elegir la manera en que viviría el resto de mi vida .

Mentiría si dijera que salí inmediatamente en busca del remedio para mi deprimente situación. No fue así. Acostumbrado como estaba a soportar en silencio la carga de una existencia mediocre, reprimí aquel deseo o quizá lo sublimé a través de alguna actividad menos compleja: Ejercí la docencia. Así pasó algún tiempo.

Mi nuevo trabajo me dio la oportunidad de volver a Iquitos luego de tantas décadas, y estando allí experimenté una insaciable curiosidad por saber de Clara. Un amigo común me puso al día en pocas horas: se casó una vez a los veintiún años luego de fugarse con su novio a Brasil. Al poco tiempo retornó sola y abandonada. Como sus padres no quisieron recibirla, se fue con sus abuelos. Se desempeñó en oficios ocasionales tan diversos como los hombres que llevaba a casa. Se hizo alcohólica y estuvo un tiempo en prisión por robo. Al morir sus abuelos, vendió la casa y se mudó con su pareja (de entonces) lejos del vecindario. Al parecer él la abandonó poco tiempo después llevándose todo el dinero. Mi amigo no supo decirme nada más.

Me pregunto qué hubiera pasado si nos hubiésemos fugado. Teníamos dieciséis años y todo un horizonte por descubrir ante nuestros ojos. La amé como a nadie, y sé que ella también, sólo que no estaba preparada para enfrentarse al mundo. De haberse aparecido aquella tarde, la vida nos hubiera llevado por caminos distintos. Tras mi partida se sintió tan culpable por no tomar más riesgos en su vida, tan culpable de su cobardía que parecía encadenarla a una vida sin emociones, que no permitió que aquello le volviera a pasar. Y yo me sentí tan decepcionado porque me abandonó luego de abrirle mi corazón y entregarle todo, que tampoco permití que aquello me volviera a pasar. Algo murió en nosotros desde entonces. Si se hubiera aparecido por el parque, yo sería más humano, ella más feliz, y tal vez hoy no estaría aquí, escribiendo esto al pie de su tumba.