Archipiélago de sierpes

Publicado: 22 enero 2010 en Paco Bardales
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Menudo trabajo tendrá el competente e intelectualmente solvente Javier Medina Dávila cuando el día de hoy viernes 22 le corresponda presentar Archipiélago de sierpes, la más reciente novela de Miguel Donayre, escritor loretano de domicilios ibéricos, siempre bajo el sello editorial de Tierra Nueva.

Menudo trabajo, digo, porque habiendo leído la obra narrativa de Donayre en su integridad, debo confirmar que ésta es, acaso, su propuesta más compleja y ambiciosa.

Menudo trabajo, claro está para el buen investigador Medina, porque probablemente estemos frente a una novela que no está interesada en caerle bien a la comunidad. Que puede ser considerada polémica.

Una novela que retrata espacios oscuros de la sociedad en que vivimos.

Mi amigo, el editor Jaime Vásquez, tuvo a bien confiarme el manuscrito de Archipiélago de sierpes antes que entrará a imprenta. Después de haberlo leído, recuerdo haber tenido que salir a tomar un poco de aire en el Malecón Tarapacá.

Porque, aunque la estridencia no es un atributo de Donayre, su temática es absolutamente chirriante.

Su prosa se vincula con las historias que narra, y es una historia que golpea.

Que quema e incendia.

Una historia que debería causar impacto. Que por lo menos debería levantarnos un poco de la invasión de abulia y apatía en la cual parecemos estar sumiéndonos con irremediable resignación.

Archipiélago de sierpes reactiva nuevamente el discurso de la historia clásica y el héroe que se moviliza a través del telón de fondo de su época. Ante un tema no tan fácil: un submundo de corrupción, traiciones, miserias, que engarzan todos los estamentos públicos, las actitudes de los ciudadanos, pero con mucho énfasis en el ejercicio de las comunicaciones, en el desempeño del periodismo loretano.

Por momentos, uno se sorprende de que el mismo autor de El ocaso de los delfines y Estanque de ranas sea el mismo que escribe este libro, coprolálico, mordiente, histérico, por momentos intoxicado de adrenalina y sabor de tinta roja. Un libro con mala entraña porque nace a partir de la ira, de la estupefacción, del dolor.

Un libro que muerde.

Que quema e incendia (ya lo dije ¿no?)

Una crónica en tiempo retardado sobre el sensacionalismo y la mentira y la conveniencia y los estamentos de la sociedad establecida.

Y en medio de todo, lo que a Donayre menos le importa es quedar bien con alguien. No le interesa quedar bien con nadie.

Solo quiere ser honesto consigo mismo y con su visión de ese mundo que nomina como putrefacto, aún cuando sea en la ficción.

En ese ínterin, el narrador y sus antihéroes disparan con las palabras. Acribillan con  descripciones. Intensifica su resentimiento con frases que se clavan dentro de la memoria más dolientemente que los cuchillos más afilados y lacerantes.

En esa carrera, a veces se equivoca. A veces se excede, es cierto, a veces dice cosas que no se sustentan dentro del esquema mismo que se plantea inicialmente. Por momentos la historia, así como supura  velocidad, se cansa, transpira copiosa y lentamente. Pero son solo detalles, nimiedades, acomodos que se diluyen cuando el narrador empieza a germinar con sus expresiones las típicas muecas de estupor y sorpresa.

Cuando llega, cuando logra conectar, cuando logra moverte de tu asiento y hacerte arquear las cejas o asquearte, es cuando el libro de Donayre cumple con creces su objetivo.

Créanme, hay muchos de esos epifánicos momentos en el libro.

Por momentos, los mejores, Archipiélago de sierpes tiene chispazos que remiten a Conversación en la catedral, uno de los libros capitales de Mario Vargas Llosa.

Por momentos, nos recuerda a Manhattan Transfer, ese alucinado texto de John Dos Passos que todo aquél que quiera estudiar sobre periodismo y entender la condición humana debería leer.

Por momentos, también por momentos, uno se acuerda de Tinta roja, la novela contemporánea del chileno Alberto Fuguet que fue adaptada al cine bajo la dirección de Francisco Lombardi.

Y, claro, cómo no, tiene puentes de conexión con Ídolos de barro, el debut del entonces bisoño periodista Jaime Vásquez.

Pero lo que le interesa, y se muestra oculto, aunque evidente, es la intención del narrador por recordarnos ,  pese  a quien la pese, la estructura aparentemente irrompible e inmodificable del sistema.

Detrás de Archipiélago de sierpes se esconde  una historia de serpientes que circundan un nido de aves y, a lo lejos, raudo y presuroso, un émulo de Emile Zola dispuesto a no dejar con cabeza a ningún canalla, a ningún impostor. De paso, uno de los libros más interesantes y recomendables que se han escrito sobre estos fastos en lo que va de este tiempo reciente.

comentarios
  1. FRANZ MAX dice:

    Interesante analisis!

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