Nueva Ola

Publicado: 13 noviembre 2009 en Paco Bardales
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Era uno de aquellos días expectantes, fatigosos e interminables. Tenía 23 años. Mi padre había entrado al quirófano para ver si le podían extirpar el carcinoma  maligno que iba devorando su sistema digestivo. Era una operación de alto riesgo. Los médicos señalaban que la situación del paciente era delicada. “Puede quedar ahí nomás, es un riesgo”.  Nosotros esperábamos fuera de sala de operaciones. Nítidamente, tras ocho horas de espera, él salió en camilla, bajo los efectos de la anestesia, y levemente esbozó una sonrisa escondida tras la mascarilla de oxígeno. No muy lejos, alguien escuchaba una canción de Mari Trini, Yo no soy esa. Mi madre partió a llorar de alivio. Yo sentí que ahí había una conexión, extraña y demasiado poderosa como para tomarla como una señal. Que estaba más fuertemente ligado con aquello de lo que hubiera estado dispuesto a reconocer.

Resulta que Mari Trini siempre había vivido de cuerpo y alma presente en mi casa. No solo ella, por cierto. Con la venia de la familia, convivieron a través de paredes y tocadiscos, a través de estéreos y parlantes una serie de voces que contribuyeron a moldear la cultura melómana de nuestro latino carácter. Son muchos los artistas que tuvieron la buena suerte y, de paso, nos brindaron la suerte de formar parte de un mismo espacio generacional. Quienes fuimos formados en la educación sentimental de los años setenta (post muerte del gran Nino Bravo, por cierto), sabemos que en esta vida lo mejor que podemos tener es música.

Thank you for the music, como cantaron alguna vez los suecos de ABBA.

Los hogares de antaño podrían no tener televisores plasma, pero sabían que el espíritu debía estar limpio. El corazón, obviamente contento y lleno de alegría, como entonaba Palito Ortega. La globalización no era un dato tan certero, pero sí las notas de intensidad que le cantaban al amor, a la libertad, al que se fue, al que volvió, al que estuvo y al que no regresará. Eran las épocas que no se hablaba de descargas a través del internet, sino de sencillos en discos de 45. Los artistas vendían millones, eran chicos dorados y evidentemente la pasaban bien, pero también era cierto que parecían estar mucho más cerca de sus fans. Increíblemente, uno tenía el feeling más desarrollado, menos plástico, más abierto, menos descartable. Uno estaba convencido, en efecto, que había una forma de reforzar sus sentimientos a través de las canciones que escuchaba, que tarareaba, que lo emocionaban o lo henchían de entusiasmo y energías.

Me pongo a pensar y siento que, aunque no pertenezca a esa época, a la de mis padres y sus congéneres, y también a pesar de no pertenecer a las generaciones antecesoras, es imposible no reconocer habían grandes artistas que pululaban el firmamento de los espectáculos y la ilusión. Qué va, habían monstruos, celebridades, colosos, personas  extraordinarias que eran capaces de lograr resultados insuperables con su voz, con su personalidad, con sus letras y sus melodías.  Claro, entre tantos que no estaban a la altura de las circunstancias, como todo en la vida también había chicos y chicas que no pasaron la prueba de la blancura y del tiempo, pero los que pasaron, créanme, esos tiene su sitial en el panteón de la gloria.

Mi educación musical evidentemente se inició en casa,  entre boleros y rancheras, entre rock progresivo y, obviamente, baladas nuevaoleras. Con menos ruido en las calles y menos violencia callejera, los acordes se iban perfilando también en los patios y en la esquina de los barrios. Uno recuerda lo que escuchó y lo atesora en la memoria como símbolo viviente de algo que sería tan bueno que se prolongara, que perdure. Los mejores momentos, dicen, duran instantes, y hay un proverbio chino que señala que la vida es solo un frenesí, una ilusión y no se supone que dure eternamente.

Existen grupos musicales de ahora que tocan música del pasado. La tocan porque tiene el sentimiento, la finura, la elegancia y la ternura de cosas bien hechas, bien hechas porque se supone que perduren para siempre. Por ejemplo, el dúo Los Trece Baladas, generado a partir de integrantes del muy popular grupo de pop-rock peruano Mar de Copas. Como seguramente todos los chicos, adultos-contemporáneos ya, de mi generación, tenemos el oído muy afinado para tantas cosas, y en mi caso, disfruto mucho en general de varios géneros, pero al momento instantáneo en que una canción de estas se escucha a lo lejos, volvemos, como en una máquina del tiempo, al país de nuestros sueños.

Quizás a muchos de los chibolos o achibolados, que se las dan de muy sabihondos y creen que el mundo nace con Panda o Lady Gaga, varios nombres que aquí consignaremos les digan poco, pero pregúntenle a sus viejos o a sus tías y se darán cuenta que estamos hablando de un nombres mayores. Se lo pregunté a una querida señora que ya bordea los sesenta a raíz de la muerte de Mari Trini, una artista a quien no solo respeto y admiro, sino considero como uno de los grandes íconos de la música en español de todos los tiempos,  y lo primero que hizo  fue persignarse. Luego tarareó alegremente una canción, como si le hubieran activado instintivamente el botón de la nostalgia. Eso se llama devoción. Eso se llama eternidad. Eso se llama fe.

Veo a Camilo Sesto en la tele y debo sacarme el sombrero. Miro los videos de Leonardo Fabio y me quedo mudo. Escucho los primeros tiempos de José José y siento que el tipo parecía extraterrestre, por lo fascinante. ¿Acaso Leo Dan, Sergio Murillo, Luis Aguilé, Manolo Galván no eran intérpretes sublimes? ¿Y por ahí Los Iracundos, Los Doltons, Los Pasteles Verdes? ¿Y por ahí también Jeanette, al lado de Tormenta y en la misma sintonía con Rocío Jurado? ¿Roberto Carlos no es de lo mejor? ¿Y Raphael? ¿Y el Puma? ¿Buddy Richard? Hay demasiados, tantos como para llenar toda esta columna solo en cuestiones nominales.

¿Díganme si no es posible sentir que estamos ante todo el universo repleto cuando recordamos a cientos de estrellas? Probablemente si los mencionara a todos habría en esta página más estrellas (las de verdad) que en el cielo. Estos artistas son como un gusto adquirido, transmitido de padres a hijos y afirmado a partir de la calidad, la memoria y la melancolía. Y una alternativa para mantener el sentimiento a cuestas, luchando indomable.

La gran música de aquél entonces movió montañas, tocó fibras difíciles de descifrar y moldeó a muchos, miles y millones de personas. Lo que también hizo fue crear un puente para que las hermandades cósmicas se pudieran conectar, para que la comunicación fuera más concreta, para que el intercambio fuera posible. Sobre todo, y ahora que lo pienso, la música, la Nueva Ola, aquella que ahora rememoro en este artículo, me enseñó que las canciones son solo la banda sonora de cada una de nuestras existencias. Y si eso es cierto, el soundtrack que nos enseñaron a querer nuestros padres, el que tenemos el gusto de imaginar y recrear ahora, da sobrado como para estar en la categoría de mejor disco de toda una generación.

comentarios
  1. Juan dice:

    No soy chibolo, no niego q haya buenas melodías x ahí, pero .. ishhhh

  2. M dice:

    Quien no ama la Nueva Ola es porque no tiene corazón…

  3. cyber14 dice:

    Mi corazón es metalero… q no es lo mismo q de metal… jajaja

  4. El corazón es un gitano, como diría Nicola di Bari

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