El baúl

Publicado: 1 octubre 2009 en Llini G
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En la década de los treinta, mi abuelo lo llevaba de pueblo en pueblo conteniendo su vestimenta, recuerdos y más. Con lágrimas en los ojos y su baúl de palo de rosa, muy oloroso y brillante, despedía a su padre cuando era la hora de partir.
Ya adulto, su baúl permaneció escondido durante veinte largos años, conteniendo sus memorias juveniles y a la vez la de mi abuelo.

El baúl era todo un bastión familiar. Veinte años después de la última vez que el baúl pudo ser testigo de un rayo de sol iquiteño, a mi abuelo se le ocurrió abrirlo, aunque el cerrojo ya descompuesto se lo impedía, prefería luchar contra él. Por coincidencia era el turno de que mis quince abriles vengan encima mío, él perfectamente me regalo el hermoso baúl de palo rosa, con un olor indudable, aunque pase el tiempo sigue igual. Me regaló también la colección única de monedas antiguas que tenía dentro; algo realmente valioso ante mis ojos ansiosos por un pedazo de tradición.

Desde aquel entonces puse en mi baúl, también, toda clase de recuerdos preciados de mi vida adolescente (por partes dolorosa…) Dentro contenía miles de miles de páginas de desahogo en mis diarios: amores perdidos, padres que me dejaron, golpes de la vida entre otros más. Allí me convertí en otra lunera que guarda sus recuerdos en una caja preciada, para que nadie más vea la parte más oscura o gris de su alma.

Cuatro largos años desde la última vez en la que dejé mis recuerdos absortos en aquel baúl, se me ocurrió revisar que tenía ahí dentro. Ineludiblemente las lágrimas corrieron por mi rostro, al ver que algunas de mis otrora alegrías se volvieron tristezas, que algunas de mis penas me condenaron y que alguna cosilla, ahora en el presente me hace pensar ¿Quién soy ahora?

No soy aquella niña de aquel entonces. La vida se ha vuelto complicada mucho más aún cada día cuando voy, como dicen algunos, madurando. Pero no quiero volverme más dura. No quiero que mi pequeña dosis de sensibilidad se vea opacada por estrés, mucho trabajo o alguna situación inadecuada. No quiero dejar cerrado ese baúl para siempre, no quiero llevarlo conmigo y que me dé igual si dejo a alguien o no. Quiero sentir aquellos sentimientos tan humanos que muchos olvidan, poner el corazón delante y acordarme quien soy.

Mi abuelo me enseñó algo al regalarme ese baúl, y al haberlo cerrado mucho tiempo cuando era suyo y abrirlo veinte años después. No debo de hacerlo. Las cosas más grandes de la vida se pierden cuando nos encerramos, cuando nos quedamos irónicamente en un lugar del cual no podemos movernos. Tenemos que seguir, sin olvidar lo que realmente vale. Aunque la luna se sienta bien en los instantes más precisos.

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