Pánico en la vieja casa (II)

Publicado: 13 agosto 2009 en Martín Wong
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Ilustración:Extraído de página de Diego Molina

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Conmocionado, se tocó la cabeza con las manos temblorosas tratando de asimilar la realidad. Tenía que encontrar una explicación lógica y razonable en aquel episodio. Se miró las manos y la ropa, revisó la cerradura de la puerta principal y las ventanas, examinó el huerto. Con mucha cautela, decidió acercarse a examinarlo nuevamente. Estaba frío, sin pulsos ni latidos, igual que ayer.

 

A pesar de ser un hombre racional, por un momento temió que abra súbitamente los ojos y se eche a andar, por lo que trató no moverlo demasiado. Había leído alguna vez que aún después de muertas, algunas personas continúan moviéndose, aunque desprovistas de toda voluntad, como resultado de la lenta extinción de la circulación sanguínea. En las crónicas de la Edad Media recuerda haber encontrado el relato sobre un hombre condenado a muerte que, luego de habérsele cercenado la cabeza, se alejó dando tumbos hasta el final de la plaza, para finalmente caer a los pies de su esposa. Mentes místicas han interpretado eso como la lucha del cuerpo por aferrarse a la vida, o la posibilidad de sobrevivir a la muerte; quizá es lo que le sucedió a su compañero.

 

Pero la mañana anterior no tenía pulso ni latidos, no parpadeaba ni resollaba, estaba rígido como una escultura de mármol, clínicamente muerto; y ahora estaba frente a él, sentado y expresivo, como si conversara. Trató de razonar nuevamente: una vez vio a un mago hindú desacelerar su pulso hasta niveles críticos, a un norteamericano ordenar a su corazón que se detenga en un programa de entretenimientos bastante serio; la historia médica registra muchos casos de ahogamiento en el mar, en el que el individuo estuvo cerca de media hora bajo el agua y pudo sobrevivir.

 

Si bien aquellos antecedentes eran escasos para explicar lo que había ocurrido, le brindaban una idea propincua acerca de la capacidad del cuerpo humano para no doblegarse. Esto le tranquilizó mucho, y le permitió concluir que su compañero, como consecuencia de la inanición, entró en una especie de trance muy parecido a la muerte en sus síntomas, y que durante la madrugada había recuperado el conocimiento, para luego ingresar nuevamente a la casa. Y él mismo sabía de su condición, de allí que le hiciera ese extraño último pedido. Enterrarlo cuando estuviese bien muerto.

 

Quedaba ahora por establecer cuál era su verdadero estado en este momento.

 

Resuelto a no tomar decisiones apresuradas, esperó todo el día junto a él a que despertara. Lo extrañaba más ahora que antes, pues aunque de vivo casi no le dirigía la palabra, de muerto se convirtió en su confesor. Quizá era la culpa por haberlo sepultado tan prematuramente. Le arropó con suavidad una manta, frotándole los hombros; luego tomó dos tazas de porcelana y las puso en la mesa silbando la ribereña, que era la única melodía que podía recordar; inclinó la tetera sobre ellas y las llenó de café imaginario. Así permaneció hasta el anochecer, bebiendo sorbos de aire entre cada anécdota mal relatada.

 

La propia certeza de estar condenado a una muerte muy lenta, lo obligaba a rodearse de acciones cotidianas. Es extraño, pero cuando ya nada tenemos, nos aferramos a las cosas que menos valoramos. Aquella tarde lloró emocionado al observar la salida de una larva de su capullo, y sintió una pena profunda cuando las arañas del techo se lo devoraron. A veces cerraba los ojos durante un largo rato, tratando de recordar cuándo fue la última vez que le habló tiernamente a su esposa.

 

La noche fue una vorágine. Antes de sentarse a cuidar a su compañero desde el mueble, se le ocurrió una prueba de vida: tomó una pelusa de su camisa y la colocó en sus fosas nasales, para comprobar si durante la noche respiraba. Vigiló el cuerpo durante horas sin pestañear, esperando alguna reacción; pero no observó ningún movimiento. Desde la ventana, el viento ingresaba para agitar sus cabellos, sólo eso. A intervalos regulares, el sueño le hacía perder la noción del tiempo, como si desconectara involuntariamente sus sentidos y cayese rendido al abúlico sopor de la noche; pero tan pronto recordaba lo que estaba haciendo, se ponía de pie y estiraba vehementemente las cejas, respirando muy hondo.

Los rayos del sol lo sorprendieron absorto en sus divagaciones, contemplando a su compañero como quien contempla a un perro gruñendo sordamente. Cuando la luz terminó de llenar la habitación, se levantó para examinarlo de cerca. La pelusa estaba intacta, pero hizo otro descubrimiento: por acción del calor, el cuerpo empezaba a emanar los olores propios de la descomposición. Devastado, pero tranquilo de haber corroborado su muerte, procedió nuevamente a enterrarlo.

 

Hacía ya varios días que había dejado de escribir, y quiso retomar sus notas científicas. Tenía mucho que registrar acerca de este extraordinario evento que seguramente cerebros más preclaros y menos desgastados sabrán explicar. Recordó que también su compañero solía escribir mientras permanecían sin hablarse, y que incluso cuando su lapicero agotó la tinta, tuvieron que turnarse para tomar apuntes. Él lo hacía de día, mientras el occiso esperaba la quietud de la noche.

 

Al intentar ubicar los apuntes de su compañero, dedujo con cierto desdén que era muy probable que las haya enterrado con él, pues siempre las guardaba en sus bolsillos. De todos modos, pensó que la humanidad no se perdía gran cosa. La noche volvió como siempre, ensombreciendo despiadadamente sus fuerzas. Sin deseos siquiera de levantarse y trancar la puerta del jardín (una supersticiosa medida de prevención), cerró los ojos y desplomó su cabeza sobre el poyo del viejo sillón.

 

En las horas escasas que antecedieron al día no soñó nada, tal vez por cansancio. La noche surtió un mágico efecto reparador; pero al despertar, toda la energía de la que disponía para levantarse se evaporó ante el horrendo cuadro que tenía frente a sí: su compañero estaba nuevamente sentado a la mesa, cubierto de tierra, bañado en hedor, mirándolo fijamente igual que ayer, con las apergaminadas manos dispuestas en tono acusador; delgado y sereno como la muerte.

 

Un vértigo incontenible se apoderó de él, sacudiendo sus percepciones hasta sentir una dolorosa presión en las sienes. Las imágenes a su alrededor comenzaron a moverse mientras la vista se le nublaba lentamente. Desesperado, exhaló un tembloroso gemido mientras se dirigía a la cocina para coger un cuchillo. Al ponerse frente a él, le gritó:

 

– ¿Qué quieres de mí, maldito enfermo? He hecho todo lo que hemos acordado. Tú estás muerto ¿Entiendes? Muerto. Respeté tu decisión, ahora tú respeta la mía. Quiero que te quedes enterrado en el jardín. No existes más para nadie.

 

Lo cogió de hombros y lo tiró al suelo para arrastrarlo nuevamente hasta el hoyo, que empezaba a encharcarse. Luego se arrodilló y empujó la tierra que sobresalía con sus brazos, asentándola con golpes desesperados. Al ingresar a la casa, se aseguró de trancar la puerta con el picaporte y arrimó una silla contra la manija. Ahora lo único que le preocupaba era estar perdiendo la razón, motivo por el cual se aferró a sus apuntes mucho más. En sus notas analizaba largamente lo que estaba pasando, evitando explicaciones metafísicas, pero sin poder estar completamente satisfecho. A medida que se tranquilizaba, fue descartando posibilidades hasta convencerse de que la única explicación razonable era que alguien más estuviera en la casa; después de todo, era inmensa y sólo estaba ocupando la sala. A la derecha quedaba un corredor, y a mitad de él, una escalera conducía al segundo piso.

 

Imaginó que, probablemente, haya un sobreviviente más que asalta la habitación muy entrada la noche. Un hambriento, como él, que tal vez ahora esté agazapado en algún escondido armario, viéndolo reaccionar con insania, poniendo a prueba su cordura, aguardando para devorarlo en cuanto se abandone del todo. Con un último acopio de fuerzas, tapió la entrada al corredor con la mesa y aseguró la puerta de la calle con una barreta, enclaustrándose completamente en la sala. Luego retomó sus apuntes escribiendo, tembloroso:

 

– No me cogerán sano… No me cogerán sano.

 

Al principio se resistía tenazmente a cerrar los ojos y descansar, pero las extremas condiciones a las que estaba sometido desde hace días terminaron por abatirlo. En su memoria desfilaban los recuerdos de su hogar; la discusión con su esposa antes de partir, ella llamándolo desde la sala para hacer las paces, él alejándose sin escucharla, orgulloso y tirano, azotando la puerta por última vez. Mataría por oír su voz de nuevo. Pensaba ahora, desde la lejanía, en sus tontos planes de trabajar en el ministerio, conducir hasta Nauta de madrugada, terminar la novela que empezó hace tanto. La vida es tan frágil que no tiene sentido. Para cuando el sol se rendía ante la luna, se halló entregado a un pesado sueño.

Lo que pasó después sólo puede inferirse del estado en que se encontraron las cosas cuando el Ejército allanó la casa, dos días después. Al desoldar las bisagras de la puerta principal, encontraron a un hombre sentado a la mesa, con las manos extendidas y el cuerpo cubierto de tierra, dejando un rastro que venía desde el jardín. Por el avanzado estado de descomposición, se dedujo que había muerto hace días. Al pie de él, yacía un segundo hombre. Estaba tirado boca abajo, y probablemente no tendría más que unas horas de fallecido. Su cuerpo estaba cubierto de pústulas y escoriaciones, producto del rápido contacto con la misma bacteria que diezmó a la población. El descubrimiento más aterrador fue que había muerto apretando entre sus dedos una rata, cuya cabeza había cercenado con sus propios dientes.

 

Aunque hubieron muchas conjeturas en los periódicos, el informe final de los agentes estatales concluyó, basándose en el minucioso diario del último sobreviviente, que aquella mañana el escribidor se levantó nuevamente conmocionado, al encontrar por tercera vez a su compañero instalado en el mismo lugar, y que, como dejaba entrever en sus escritos, sospechó que estaba siendo manipulado por alguien que seguramente esperaba su muerte con ansias. Preso de la desesperación y sometido por alucinaciones incontroladas, prefirió contaminar su cuerpo con la mortal bacteria antes de ser devorado por aquel extraño imaginario, y la única forma que encontró fue mordiendo una rata infecta. Falto de defensas biológicas como consecuencia de la anemia grave, tardó sólo unos minutos en sucumbir a la enfermedad.

 

Lo ocurrido en aquella casa planteaba a los investigadores dos interrogantes principales. Primero ¿Cómo se mantuvieron inmunes a la bacteria? Y luego, tomando en cuenta el testimonio del escribidor, ¿cómo es que el cuerpo inerte de su anciano compañero aparecía cada mañana en el mismo lugar ? El informe ya referido con anterioridad, respondía contundentemente a la primera cuestión: la bacteria se había propagado a través del tucunaré, proveniente de los ríos contaminados por los desagües industriales. Ambos hombres eran alérgicos al pescado, por lo que nunca se contaminaron.

 

En cuanto a la segunda cuestión, se encontraron en el bolsillo del anciano sus propios apuntes, aquellas que el escribidor no quiso buscar, y que de hacerlo, hubieran significado el fin de sus ilusorios tormentos. En ellas, el último párrafo parece haber sido escrito con desesperación:

 

Perdí la cuenta de los días, sólo espero la noche para dormir y olvidarme de esta pesadilla. El dolor de estómago es fuerte, me canso de respirar, todo se vuelve oscuro. Mi compañero me da miedo. Hace cosas extrañas como levantarse de madrugada a buscar raíces en el jardín. Luego se sacude la tierra, se lava las manos y continúa durmiendo como si nada. A veces toma un cuchillo y escarba entre mis cosas. Una vez me tomó de los hombros y me obligó a levantarme, arrastrándome hasta la mesa. Me sonreía. He intentado detenerlo, pero creo que es malo despertar a un sonámbulo. Ahí está otra vez.

 

Link: Pánico en la vieja casa (I)

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comentarios
  1. FRANZ MAX dice:

    Lo dije antes, y lo digo ahora, Martin, notable narrador. esta narracion lo demuestra!

  2. lalinka dice:

    me K- gas- t el cerebro weon..jajajja.. qué buena !!1. te pasate…. sos un genio.. joder!!!. jajaja
    sí que lo eres Martín.
    Saludos.

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