Nadar solo

Publicado: 11 agosto 2009 en Paco Bardales
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Hoy me preguntaron por qué me gusta tanto el cine de Ezquiel Acuña. Yo no tuve mejor forma que responderle que mandando a leer este artículo, que apareció originalmente en marzo de este año y no lo había posteado antes en este blog. Lo hago ahora, esperando fervientemente que “Excursiones”, la nueva peli de Acuña, gane el Gran Premio del Jurado del Festival de Cine de Lima. Se lo merece de largo, no solo porque me dicen que la cinta está re-bien, (ojalá la vea muy pronto) sino porque Ezequiel es lo más. No solo por Nadar solo o por Como un avión estrellado sino porque en algún momento, haber visto algunos momentos de sus cintas fueron al menos, para mí, lo más cercano a la epifanía y la hermandad cósmica de que tanto se habla pero muy poco se llega a encontrar allí, mientra se pulula en este mundo de desconciertos varios.
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En el año 2003 se estrenó una extraña pero hermosa película titulada Nadar solo (ubicable solo en copia pirata en el pasillo 18 del C.C. Polvos Azules). La cinta narraba en slow tempo la travesía de un chiquillo disfuncional,  a través de un viaje que intentaba descubrirle aquellas cosas que consideraba ajenas en su vida: una novia, una familia, un hogar.

Su director, el debutante argentino Ezequiel Acuña, tipo callado y raro pero muy talentoso, dotó de una mirada y un cuerpo bastante sólido, cándido pero al mismo tiempo extraviado a su alter ego. Lo más interesante es que el personaje,  tan freak como taimado, resultaba  nutrido de la esencia de varios arquetipos que han formado el devenir de la historia literaria y cinematográfica acerca de nuestra adolescencia pop.

Los 400 golpes de Francois Truffaut, en el que el protagonista es el increíblemente vulnerable Antoine Donel, es un caso. Otros testimonios son evidentes. Holden Caufield en El cazador entre el centeno de J.D Salinger. Eduardo Manos de Tijera en la adolescente experiencia audiovisual dirigida por Tim Burton. Y, claro, cómo olvidarlo, el chibolo  de la inolvidable peli Casi famosos de Cameron Crowe, que vive con su madre sobreprotectora y consume rock hasta el hartazgo,  quien un día cualquiera – “any given sunday” – decide convertirse en hombre,  tomar el toro por la astas y reportear para la  mítica revista Rolling Stone la gira de una segundona banda roquera en medio de los afiebrados años setenta.

Nadar solo es un suceso casi autista, donde las piscinas y las miradas interiores se funden con la soledad y el tedio. Pero más allá de la monotonía, la película establece una verdad del tamaño de la Iglesia Matriz: un necesario recorrido que debe seguir Martín, el protagonista, para poder descubrirse y encontrarse consigo mismo, con su lucidez y sus miserias, sin importarle en absoluto la opinión de los demás, pues su búsqueda es más grandiosa que los ladridos que se multiplican alrededor.

Durante el breve – o largo – tiempo que no estuve publicando en prensa escrita ni en un blog (que pronto pasó a formar parte de la génesis de éste), me dediqué a mirar con obsesivo detalle la estela de ríos, lagos, cochas y,especialmente,  el sentido de la quietud en las piscinas. Y lo que he visto no me ha parecido para nada solidario, para nada edificante. Porque lo que he visto gente, acaso con maniático afán, era el triunfo de la masa y el tumulto: gente que se reúne con otra gente, gente que  se zambulle en el agua de su apetencia y disponibilidad y tienden, instintivamente, como en un juego indestructible, la formación del grupo, la mancha, la patota, el clan. Todos disfrutan del rito, se reconocen tras de sí, (incluso a pesar de experiencias más pensadas para el  individualismo, como los jacuzzis o hidromasajes). En suma, todos creen que son prójimos e iguales porque chapotean en el mismo espacio y al mismo tiempo.

Pero raras veces he visto a las personas nadar solas; es decir, nadar voluntariamente, ajenas al colectivo. Hay algo de temor casi reverencial a este hecho tan simple como natural (en teoría). Como si hubiese una repelente aversión por el silencio o la quietud y aquella solo fuera una obligación maldita, destinada solo a quienes se recuestan bajo las fauces de la permanente resignación.

Craso error. Nuestra sangre latina debería reconocer un poco más de silencio.

Deberíamos dejar de tenerle miedo a la soledad.

Digo, es hermoso cuando puedes encaminarte, a puras brazadas, hacia el centro mismo de la laguna de Quistococha y mirar a la multitud que, a lo lejos, se refocila en su emoción fingida Es genial cuando puedes nadar de noche en la piscina del Hotel Dorado, que corona una suerte de caverna-gruta que haría las delicias de

Encino man, sin que alguien te diga “su toalla, señor”. Una piscina realmente notable, por lo desvencijada, retro y natural, puede ser ubicable en el patio trasero de La taberna del cauchero, coronada por un árbol de mamey que deja caer pequeñas estampas rosadas de polen sobre el agua.

He nadado en el Conafovicer y en el Parque Zonal y mi impresión es que la experiencia hubiera sido mucho más perdurable si hubiera tenido todo el espacio disponible a discreción. Incluso un pequeño pedazo de Malibú en Iquitos – el restaurante Al frío y al fuego– deja escapar para afuera su belleza cuando algún comensal, aspiracional y adinerado, pretende tomarse un pisco sour en medio de su piscina azul turquesa, mientras asume que es el dueño del mundo solo porque ha pagado 40 soles por un plato de comida.

Nadando – nadando solo, quiero decir – he descubierto algo: usualmente, mucha gente puede armar un país, pero no necesariamente es capaz de armar una sintonía. Por eso gran parte de los conflictos. Porque todos quieren incluir, antes que sumar a partir de las particularidades. Juntos, pero no revueltos. Empujar el coche para adelante, pero de ninguna manera del mismo modo.

Más allá del homenaje al ya-no-tan-joven Acuña (quien, con el tiempo ha estrenado otras obras maestras del minimalismo mínimo llamadas, por ejemplo,  Como un avión estrellado), decidí titular así a una columna periodística mientras me bañaba en una piscina olímpica, una mañana nublada, antes que empezara un remedo de diluvio universal, completamente solo. La sensación de paz y tranquilidad, cual mágica escena, se los confieso, era simplemente indescriptible.

Cada persona son los libros que ha leído, las películas que ha visto, la música que escucha. Son los lugares en donde ha estado. Son las cosas que le han pasado o la gente a quién ama (o dejó de amar). Es en la individualidad que uno afirma su pertenencia a algo (fundamentalmente su ligazón con el mundo).

Nadar solo pretende contar perfiles de personas, a través de ellos mismos o a través de sus obras, más allá de la luz pública, lejos del escrutinio malicioso, frívolo y a veces perverso de los demás. Hablando fuerte, pero liberándose desde adentro. Personajes famosos o seres anónimos, prospectos o impostores, todos juntos en aquello que pueda dar un mayor alcance sobre esos espacios internos. Con sus amores, furores, odios, anhelos. Sin chauvinismos, pensando más allá de nosotros y nuestro ombligo tropical. Con humor, con silencios, con atención.

Introspectivamente.

Tal como en verdad somos en el momento que nadie nos ve.

Como si estuviéramos nadando solos en medio  del río más largo y caudaloso del planeta.


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comentarios
  1. Gino dice:

    No nades solo, te puedes ahogar, lleva tu topa mas que sea.

  2. “En la soledad uno encuentra su dicha, sin caretas, nada más que tu esencia”

  3. lalinka dice:

    quiero ver la peli!!!

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