Pásame las pops

Publicado: 25 julio 2009 en Percy Meza
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— ¿No podemos conseguir solo el paco? —dijo Monse. Estaba apegado contra la pared con el rostro inundado por las ojeras, la piel amarilla, ataviado con un polo de Bob Marley y unos jeans rasgados.

— ¡Tas weón, Monse! —le regaño Breamaqui, completamente intranquilo—. El paco tiene mala facha, es horrible… La pop es más bacán…

Breamaqui vino corriendo y le dio una patada a Monse.

—Vamos, cabrón —Monse salió despedido al pasadizo.

Bajaron la escalera y llegaron a la sala pituca. No había rincón en esa casa que no estuviese ocupado por una pequeña huella de un artículo de tecnología de punta, como el enorme televisor de plasma. El viejo de Monse estaba sentado en unos de los sofás, leyendo un periódico sensacionalista con una primicia: “Marido decapita a su mujer con una tenazas” y la vieja estaba lavando los platos.

El viejo dejó de leer en ese momento, cuando aparecieron los tres. Miró por encima de sus cuadrados lentes, pero no dijo ni mierda, sólo examinó con esos ojos escrutadores pelo y caracha de los chicos.

—Pobre si llegas tarde —dijo al fin su viejo, con aspecto inexpresivo.

Monse solo asintió. Los chicos solo dijeron vagamente “Hasta luego, señora…”. Y tras una tensión, salieron a la calle y cerraron la puerta tras ellos.

—Te cuidan como un llullo cagón —espetó Breamaqui.

—Me importa un carajo lo que dicen

—Monse, chochera, pata del alma —dijo Troncho, colocando su brazo alrededor de su cuello, dejando a un lado a Breamaqui—, no te ases. Sólo es una broma… Broma de patas..

— ¡Oe, weón, deja de tus mariconadas que me das bicicleta! —Bramó Breamaqui desde atrás, dando una patada a Troncho, que le hizo sobresaltar—. ¿Cómo hacemos para conseguir la mercancía?

— ¡Oe, sí, chochera: la mercancía…! ¡Trolón me dijo que esta por el centro, cerca al malecón!

— ¿Por el bulevar? —Breamaqui se mostró incrédulo—. ¡Oe, tu estas bien cojudo! El serenazgo puede pillarnos…

—Queda por ahí… —trató de calmarlo. Breamaqui era un irascible—. Está por abajo… por las zonas donde esas malezas… por ahí… ¿Te ubicas?

Breamaqui sólo se quedo mirándolo. Luego puso todo esa mirada en Monse.

—Monse es un maricón que hasta es caña monse… Si por su culpa nos pillan…

—Deja de hablar huevadas, Brea —se defendió Monse—. Tú también eres un cabrón. El otro día casito nos pillan por tu culpa en el bulevar.

Breamaqui reaccionó y fue contra él. Troncho intervino.

—No te metas con Brea. — dijo Troncho, que era más alto que los dos.

Llegaron a la Plaza de Armas de Iquitos. El escenario de ese día estaba un ambiente de chibolitos, chillando por allá, corriendo para pedir un helado o una bolsita de palomitas. Las señoras nos miraban con ojos impasibles, examinándolos. Pero la mayoría de ellas se fijaban en el aspecto enfermo de Breamaqui, con su aire de hombre fornido y que espantó a algunos chibolitos. Caminaron todo bacanes hasta el otro extremo de la Plaza de Armas, frente a la Casa de Fierro. Cruzaron la pista con esos mismos pasos, llegaron al bulevar.

— ¿Dónde es? —preguntó Breamaqui, disimulando, porque había polis cuidando cerca.

—Por allí —llegaron a un balcón, se apoyaron todos bacanes. Miraron al oscuro río Amazonas…—. ¿Ves esas lucecitas?

A lo lejos unos puntos luminosos por la orillas del río Amazonas se impregnaron en la visión.

— ¿Qué cojudezas hay ahí?

Troncho chasqueó la lengua.

—Ahí está la mercancía… —dijo impaciente, sonando obvio para que estaban viniendo aquí.

Troncho se adelantó. Breamaqui se quedo a la misma distancia de Monse. Llegaron al lugar principal del bulevar, donde los cómicos ambulantes, chibolitos, lustradota y muchas personas pasaban una noche diferente y diferente al de ellos. Doblaron a la derecha y bajaron por una escalinata larga que llevaban a otro nivel del bulevar. Las suelas de las zapatillas comenzaron a sonar al ritmo de las pisadas.

Pasando por más personas, pero de poca presencia, llegaron a un pasaje donde la luz venía muy débil. Había un olor penetrante a orine y maleza, chirridos de grillos y chicos escondidos besándose a pleno.

—Aquí —dijo Troncho. Estábamos a medio camino del pasaje. Él se apoyo sobre el balcón y miro hacia abajo. Breamaqui y Monse hicieron lo mismo.

En frente de ellos se ampliaba la visión con un panorama oscuro iluminado por la luna. Bajo el balcón había un sendero levemente marcado que se iba a perdiendo en la distancia en la amplia orilla, que siempre se formaba cuando bajaba su nivel de caudal.

—Hay un guachimán por allá —indicó Breamaqui hacia un enorme bungalow, más allá del pasaje, sostenido por vigas. Bajo ella, el guachimán estaba paseándose con su cachiporra.

El trío se trepó encima del balcón y cayó sobre la tierra. Se agacharon, aprovechando que había arbustos. Bajaron una empinada cuesta a través del sendero.

Aquí, la única fuente de luz era la luna. Ahora el sendero se quedó envuelto por altas malezas que sobrepasaba a Troncho, dando la impresión que estaban corriendo en un campo de trigo. Atrás de ellos, el bulevar se distanciaba.

— ¿Cómo tuvieron la cojuda idea de hacer el club por esta zona? —se preguntó Brea.

—No sé —respondió Troncho—. Después de una semana de búsqueda, damos con este lugar.

—    ¿Qué va a ver por allá? ¿Algo más que la mercancía?—dijo Monse.

—Un pequeño tono con pops, hembritas preparadas para una noche y más pops —dijo Troncho con un tono ansioso.

—Que rico, hembritas —deleitó Brea, mordiéndose el labio.

Monse sonrió ante ese panorama.

Con los pies adormecidos, oliendo la maleza y siendo picados por algunos mosquitos, se escuchó una distante música, cargado de rock, metal, quejidos femeninos y una lujuria desbordante.

Troncho sonrió y salió de ese sendero, luego Brea y Monse. El escenario era de extrema orgía y pops. Trolón, el amigo de Troncho, estaba sentado en el suelo, con el pecho desnudo y  un vidrio donde había líneas blancas. Estaba con el rostro lleno de ojeras, un aspecto sucio y el pelo alborotado. Mientras tres velas iluminaban pobremente el lugar.

—Hola, pata —dijo Troncho saludándolo. Este levantó una mano temblorosa y la estrechó.

Monse se quedo con la mirada hipnotizada donde unos dos chicos y una chica, metidos en un fardo de ropas, tenían una orgía. La chica le lanzaba guiños libidinosos a Monse.

—    ¿Cuánto me das por cuatro líneas? —preguntó Troncho.

Trolón aspiró una línea de pops, con una aspiración sonora. Levantó la mirada y se rascó la nariz. Con la cabeza echada por un lado y la boca medio abierta dijo:

—Nunca me pediste cuatro líneas —hizo sonar su nariz nuevamente—. Pero si lo quiere te costará sesenta cocos…

— ¿Sesenta cocos?

—Sesenta cocos.

—No podías rebajar algo…

Trolón cerró los ojos como si esas palabras lo hubiesen ofendido. Sacudió la cabeza lentamente y se quedó mirando a Troncho.

—Pagas o no pagas…

—Dale —dijo Breamaqui.

—Pero…

—Dale los sesenta cocos…

—Cuncha su mare… Pásame las pops —maldijo Troncho. Llevó su mano al bolsillo de sus jeans y sacó sesenta soles. Entregó a Trolón que lo recibió embriagadamente admirado.

—Te rebajaría si el negocio no fuera así, Troncho —explicó Trolón. Agarró su mochila y sacó una bolsita llena de un polvo blanco—. Te prestaré mi espejo, porque no trajiste el tuyo. —Con cuidado colocó cuatro líneas de pops, al costado de las seis líneas de Trolón.

Breamaqui se junto con Troncho y compartieron las líneas. Monse no se acercó a ellos, sólo se quedó mirando a la chica.

— ¡Monse, ven aquí! —Llamó Troncho—. ¡Prueba una línea!

Monse se acercó a Troncho, mientras Breamaqui se alejó de nosotros y desapareció entre las malezas con una chica.

— ¡Vamos, prueba!

Monse se agachó, sostuvo el tubo de lapicero y aspiró la línea de una sola. Su cuerpo se lleno de una repentina sensación. Sintió como si el aire atravesará su cuerpo y lo dejará flotar en una euforia maldita. Con las pops haciendo efecto, posó otra vez la mirada sobre la chica.

Troncho también desapareció por entre la maleza donde salió Breamaqui. Monse se quedó mirando el espacio, con las drogas haciéndole efecto, de pies a cabeza.

— ¿Cuánto años tiene, chochera? —preguntó Trolón, perdido en su mundo drogado.

—16 —contestó.

Trolón hizo un mohín.

—Recién estás entrando a la juerga… ¿Sabes qué te recomiendo, pata? No dejes que esos idiotas te dominen… Son unos hijos de puta… La última vez, Troncho y Breamaqui, esos cabrones, trajo a un marica… No sé que hicieron con él… Pero…, por poquito, esos concha sumares no me delatan… El brócoli fue a su casa con un problema en el culo…

Él se rió. Monse sólo se quedo mirándolo.

—Los viejos del brócoli acusaron a Troncho y Breamaqui… Al fin de cuentas, el brócoli dijo pura finta… Sabía que si delataba él quedaba frío…

— ¿Qué hizo?

—Mintió que tenía una huevada de hemorroides… Eso le salvó… Hasta ahora… No sé qué hay de su vida de ese marica…

Monse rió. Con los ojos parpadeando por turnos, sacó veinte soles de su bolsillo.

—Pásame más… Una línea…

—Ya estas siguiendo el ritmo, chochera

Sacó la bolsita con el polvito blanco y colocó una línea. Monse con el tubo del lapicero aspiró por completo toda la línea. Luego volvió a ver a la chica, que seguía en su rito sexual.

—No la mires mucho, chochera

Monse volteó a Trolón. Hizo un rictus embriagado. Los párpados le pesaban, pero el efecto era tan exquisito que quería más. Se levantó de ese lugar, dejando a Trolón inmerso en un trance enfermizo, escuchando la música metal. Se acercó a la maleza por donde desaparecieron Troncho y Breamaqui. Escuchó muchas cosas que provenían de ahí. Dando un traspié, se abrió entre ella y se encontró frente a un pequeño charco. A la orilla estaba Troncho y Breamaqui, con el cuerpo desnudo brillando bajo la luz de la luna, mientras la chica se embriagaba con sexo a lo bestia.

Se quitó el polo, mientras se reunía a ese rito.

— ¿Dónde vistes a esos chicos?

—Se bajaron por el balcón —dijo el chico. Agarraba por la mano a su enamorada totalmente perdida en esa conversación—. Sólo bajaron y desaparecieron.

— ¿Desaparecieron? —frunció el ceño el sereno.

Volteo hacia el panorama oscuro del río Amazonas. Examino el balcón y un notorio sendero marcado.

—Esos malandrines… —espetó el otro sereno.

—Llama a los otros —dijo el primero—. Creo que tenemos otros caso como del otro día…

El segundo llevó la radio a su boca. Tenía un tic en los ojos.

—Pérez, llamando a todos, tenemos un problema por aquí. Vengan a la planta baja del bulevar, cerca de Anaconda… cambio

Alejó la radio y la voz de otro guachimán salió de ella.

Entendido. Vamos por allá, cambio.

—Estos chibolos me tienen cojudo… —le dijo a su amigo, procurando que la pareja no le oyera—. Todos los días hay un caso como esto.

Dentro de un rato, aparecieron tres serenos más. Todos ellos con cara de curiosos, intentando averiguar cuál era el nuevo problema. Uno de ellos se fijo en la presencia de la pareja apartada del grupo.

—Ahora qué sucede, Solsol —dijo el guachimán corpulento.

—Saavedra, parece que tenemos otro caso de malandrines… —explicó Salinas. Se acercó al balcón, con ojos completamente inspectores. Apuntó al sendero—. Ves ese caminito… Creo que bajaron por ahí…

—Salinas, ese camino siempre estuvo ahí. Los muchachos bajan para jugar en una cancha que esta por ahí… —contradijo un guachimán que apuntó el caminito con su cachiporra.

— ¿A esta hora? —dijo tajante.

Salinas estaba seguro que había algo más en esa maldita oscuridad. Solsol volteó hacia la pareja.

— ¿Cuántos eran?

— ¿Cómo?

— ¿Cuántos eran?

—Eran tres… —describió el joven—. Uno era alto y flaco y llevaba un polo negro; el otro era muy musculoso y tenía mala cara; y el último era un chibolo algo tímido… como de  16 o 17 años…

Solsol se quedó mirándolo, luego puso los ojos sobre sus acompañantes y regresó a Salinas.

—Vamos…

Los cinco serenos se treparon por el balcón. Encendieron sus linternas, mientras el bullicio nocturno compuesto por grillos, la luz plateada de la luna y el horizonte oscuro del Amazonas parecían no comprender aquella situación.

Bajaron por una empinada cuesta con la ayuda. La caminata duró mucho tiempo, pero no era de esperar que las circunstancias se presentaran súbitamente. Llegaron hasta cierto punto donde todo el bulevar se le describía como un barco brillante, perdido en la deriva.

—Esperen… Escuchan eso… —intuyó Salinas, deteniendo la fila.

Solsol movió la cabeza de un lado para otro, tratando de oír. Entrecerró los ojos por un momento. Miró a Salinas y luego a los demás que también hacia lo mismo. Con al aspecto de total intriga, asintieron. Encima de esa alta maleza, una luz surgía entre ella, iluminando algunos árboles cercanos. A juzgar por su parpadeante iluminación, debía estar alumbrado con velas. Sin embargo, ahora si se escuchaba la música metal muy claramente.

—Vamos… No hagan bulla…

Dieron pasos largos, procurando no hacer pisadas sonoras. La maleza se abrió entre ellos… La música estaba más cerca; la luz de esas velas se intensificaba… Ahora acompañado de quejidos… Un olor fuerte a plástico quemado… La maleza se abría ante ellos…

—Cuncha su mare… —Un muchacho se levantó de pronto, derribando lo que tenía encima. Tenía el pecho desnudo.

—Ven, pedazo de mierda, no te me vas…

Salinas corrió tras él. El muchacho gateó por el suelo, aferrándose a cualquier cosa para impulsarlo y desaparecerlo. Solsol y los demás fueron contra la chica y dos chicos… La chica forcejeó, mientras los chicos estaban amordazados…

— ¡Puta su mare! —Maldijo Salinas—. Se escapó…

La cortina de malezas comenzó a sonar. Todo el ambiente posó su mirada, mientras de allí surgieron tres muchachos en calzoncillos y una jovencita con el pecho desnudo. Cuando cayeron en la cuenta, se pusieron pálidos, putearon lo que sea y echaron a correr.

Uno de ellos tumbó a la chica. Un seno se raspó en el suelo y comenzó a sangrar.

Saavedra, agarrando a la chica, y Salinas fueron tras ellos… Se internaron otra vez en la maleza y oyeron en eco, a los chicos pateándose entre ellos.

Salieron a un terreno medio pantanoso, dominado por un pequeño charco. La silueta de los chicos se contorneó a la luz de la luna. Estaban echando a correr, rodeando el charquito, llevando sus ropas en la mano.

—Síguelos…

Salinas rodeó el charquito, taciturno, reflejando la luna. Dio un traspié en el barro y entró nuevamente a otra zona de malezas. Sintió que los insectos golpearon contra su cara.

¡Cuncha su mare, por tu culpa nos vieron!

No me eches la culpa, cabrón

Estas jodido.

¡Mierda, déjalo! ¡Vamos!

Una zambullida se oyó, seguida de puñetazos.

Toma… Toma… Toma… Que te grabado, maricón

Se escuchó golpe tras golpe, mientras Salinas echo a corre más. ¿Eran  simplemente muchachos? Cuando surgió entre la maleza, su pregunta quedó respondida.

Un chico fornido estaba dando golpizas a un flacuchento, en la orilla de un charco mucho mayor. Este no se defendía. Escuetamente se tapaba con los brazos y recibía cada uno de los puñetes.

Salinas, encendió rápidamente su linterna y proyectó donde ellos. El fornido, miró pálido y con las cejas ceñudas se echó al agua. El flacuchento se movió de su posición…

— ¡Déjame, mierda!

Salinas le agarró de los cabellos. Apagó la linterna, después que esta dejaba distinguir a los dos muchachos escapándose hacia el otro lado, perdiéndose entre más escabrosidad.

Estaba sentado en la comisaría. Cabizbajo, con la cara lleno de moretones, el labio roto y una ceja estropeada. Miró por intervalos a la calle, esperando que en cualquier maldito tiempo sus padres aparecieran. El policía llamado Salinas le había preguntado. Él no respondió, solamente se quedo cabizbajo. Y siguió así… Y siguió así…

—Buenas noches

Su padre entró a la comisaría, seguida de su madre. Miró a su hijo con unos ojos llenos de furia, enrojecidos, impotentes. Su madre no quiso acercarse, porque el padre no se lo permitió. Salinas se acercó donde ellos y preguntó si era su hijo.

—Desgraciadamente —respondió el padre, haciendo temblar el rostro.

Andrés se agachó y comenzó a sollozar. Estaba seguro que su padre le iba a sacar la mierda. Salinas sólo miró impertérrito y contó lo sucedido. Cuando llegó al momento de las drogas y el sexo, el padre parpadeó duramente y la madre se llenó de vergüenza.

—Le pediría, por favor, que lleve a su hijo al hospital —aconsejó Salinas.

—Usted no es nadie para decir que hacer con… este malagradecido —espetó. El personal de la comisaría levantó la mirada. Salinas trató de intervenir—… Usted ya cumplió con su trabajo, comisario. Vamos… Muévete…

Andrés se levantó de la butaca, muerto del miedo y mantuvo una distancia. Salinas no intervino, pero se quedó mirando con un rostro impasible. Salió a la fría noche, con los ojos de los curiosos mirando en Andrés. Era una vergüenza maldita.

Su padre se acercó al Volkswagen y se metió, dando un portazo desmedido. Su madre solamente entró con los ojos enrojecidos en el asiento copiloto.

Andrés entró y cerró rápidamente la portilla. Los curiosos ya estaban hablando huevadas.

El escarabajo arrancó. El trayecto fue tenso, absorto. El padre estaba tan tieso de la furia que no pudo conducir bien. Mientras la madre, solo se inmutó a llorar, y seguir llorando.

—Ya vas a ver en la casa, mierda… Ya vas a ver

Eso hizo temblar a Andrés de pies a cabeza. Seguro esos hijos de puta de Troncho y Breamaqui la estarán pasando tan bien, mientras yo pagaba pato.

Cuando llegaron a la casa, ya no le resulto su hogar, sino una prisión.

Salió lentamente del Volkswagen, mientras sus padres hacían lo mismo. El padre sacó las llaves de su bolsillo… Abrió la puerta… Y Andrés echo a correr.

— ¡Oe, vas a ver, mierda!

Subió rápidamente las escaleras, mientras su padre hacía lo mismo.

— ¡No, Fernando! —gritó su madre, llorando—. ¡Por fa… vor!

Andrés se fue a su cuarto y cerró la puerta, tras él.

— ¡ABRE LA PUERTA! ¡PEDAZO DE MIERDA! ¡OE VAS A VER! ¡ESTE ES TU DÍA!

La puerta retumbó. Andrés se puso tras ella, soportando cada tremendo golpe.

— ¡ABRE LA PUERTA! ¡¡ABRE LA PUERTA!!

¡Déjalo, Fernando!

— ¡ABRE LA PUERTA!

Crack…

El padre entró. Andrés fue despedido al suelo, mientras la puerta se abría. Gateó por el suelo, pero su padre le agarró por los pies.

Inició la condena.

— ¡POR-QUÉ-ME-HICISTE-ESTO! —Bramó, con cada zurra que daba—.  ¡POR-QUÉ-ME-HICISTE-ESTO!

— ¡PERDONÁME, PAPÁ! —sollozó.

— ¡NADA, MIERDA! ¡Y NO ME DIGAS “PAPÁ”!

Un puñete cayó sobre su cuerpo, uno tras otro, como el golpe estridente de mil demonios.

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