El calor tiene la culpa

Publicado: 23 julio 2009 en Martín Wong
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Se ha dicho que el clima y la geografía influyen en la idiosincrasia de un pueblo. Que la idea de equilibrio de poderes y democracia no habría surgido en Grecia si esta no hubiera sido un conjunto de islas más o menos independientes entre sí, pero con una sólida identidad común. Que los habitantes del hemisferio norte son más serenos y circunspectos que sus festivos vecinos del ecuador. Que Japón no sería hoy una potencia en tecnología y productos manufacturados si nunca hubiese tenido la necesidad (debido a su árida y volcánica geografía), de importar materias primas. Que el frío hace al hombre trabajar y el calor lo vuelve un haragán sin remedio; y que el mundo sería un mejor lugar si los ricos del norte gozaran del mismo clima que los pobres del sur.

Y debo admitir que todo esto empieza a parecerme cierto. Iquitos tiene una temperatura que oscila entre los 28 y 35 grados centígrados, nada que envidiar a los árabes del desierto, y a veces el calor al mediodía es tan insoportable que si vas en moto es imposible dejar de bajar los brazos en cada semáforo rojo, pues parece que ardieran como conciencia de congresista. Entre las dos y las cuatro de la tarde las calles de Iquitos parecen las de un domingo: casi vacías. A esa hora el iquiteño se guarda del sol y aprovecha para descansar. No hay diligencia que se programe durante ese tiempo y es muy conocida la frase “cuando baje el sol”, usada como pretexto para dejar para mañana lo que se debió hacer hoy.

Casi ningún negocio acata la moda de la capital del “horario corrido” y hasta las grandes galerías, como Quispe, suelen cerrar entre la una y las tres. Saben que en esas horas venderán tanto como el infeliz al que se le ocurrió vender “curichis de yogurt” y que ahora no se encuentran ni para recuerdo.

Entonces ¿puede que en ciertas costumbres poco esforzadas de mis coetáneos tenga mucho que ver el calor? Analicemos un poco más:

Se ha dicho que somos inmorales y promiscuos; y es porque puertas y ventanas se abren casi todo el día, dejando ver cosas que asustarían al más flemático limeñito.

Se ha dicho que somos confianzudos, porque la escasez de privacidad a que nos obliga el calor nos libera de formalidades y prejuicios; y no lo pensamos dos veces antes de abrazar al extraño, compartiendo el mismo vaso de cerveza o invitándolo a conocer hasta el último rincón de nuestra casa.

Se ha dicho que nuestras mujeres son ardientes y fáciles, y esa no es más que una mala impresión producto de su brevísima vestimenta; conclusión tan estúpida como llegar a una tribu aborigen y pensar que todas las mujeres de allí son unas zorras que andan mostrando lo que no deben. Las iquiteñas son efusivas en su trato y desprejuiciadas en su vestir, pero el problema no está en lo que hacen, sino en la interpretación que se la da a lo que hacen. Y antes de aceptar que vengan moralistas de otros lares a querer decirnos lo que ellas deben vestir, deberían someterlos primero a un test de Roschard para saber en qué piensan ellos cuando se topan con una fémina entrepierna desnuda. Tal vez simplemente estén tratando de luchar con sus propios demonios.

Y bueno, la acusación final, que es la idea central de este artículo y hiere profundamente mi orgullo de varón: se ha dicho que el hombre charapa es un haragán. ¿Cuánto de verdad encierra esta afirmación? Quienes la defienden argumentan el manido discurso de la fuerza y el empuje del inmigrante de la sierra, que llega a Iquitos con una mano adelante y otra atrás, que duerme en una covacha y come cuando puede, pero a los pocos años de intenso trabajo (de horario corrido, por cierto) llega a ser propietario, cuando no un gran empresario. Ellos son las hormigas y nosotros la cigarra. Entre ellos y los chinos circula casi el 60% del flujo de caja de la ciudad. ¿Y qué es lo que piensan ellos de nosotros? Que carecemos de: buenas costumbres, disciplina en el trabajo, sentido del ahorro, visión de futuro, y que si no cambiamos de actitud siempre seremos sus empleados en sus fábricas y almacenes.

Dicen que en economía casi hemos sido expropiados. Y nosotros felices. Menos responsabilidad, más reventón. Nos basta con recibir nuestra paga semanal para volar al Complejo y canjearla por cerveza; y luego andar prestando el lunes para el mercado, o lo que es peor, empeñando la tele. ¿Han advertido el crecimiento inopinado de las casas de empeño? ¿Otro espejo de un deficiente sentido del ahorro, producto de nuestra idiosincrasia improvisada y facilista?

Jorge Bruce dijo alguna vez que el tráfico de una ciudad es el reflejo de su gente. Dime como manejas y te diré qué tienes en la cabeza. Un tráfico desordenado refleja una ciudad que crece a empellones. Y si tuviera que elegir al ícono que mejor represente lo que no queremos ver de Iquitos, sería el motocarrista. Ser motocarrista es la primera opción para salir de un apuro, el dinero fácil al que recurren los mocosos sin brevete para invitar a la enamorada a la pollería o comprarse el celular de moda. Son todo un caso aparte. La proyección de nuestros defectos. Como conductor de motocicleta he tenido la oportunidad de verlos interactuar y he soportado muchas de sus impertinencias. El Reglamento de Tránsito establece que los vehículos lineales deben transitar por el lado derecho de la pista, pero aquí esa es letra muerta, pues desde siempre esa parte de la vía le ha pertenecido a los motocarristas, que circulan a diez kilómetros por hora cuando andan buscando pasajeros y casi a ochenta cuando ya lo tienen. El motocarrista es sin duda el rey de las pistas. Nunca andan en línea recta, y hay que encomendarse a Dios cada vez que debemos pasar al lado de ellos, pues cambian de carril intempestivamente. La Próspero es casi imposible de cruzar no tanto por la afluencia de vehículos, sino porque no bien te colocas al borde de la vereda un enjambre de motocarros se estaciona tu lado como apristas en busca de ministerio. Hay que estar continuamente negando con la cabeza para que empiecen a circular. Tanta es la gravedad del problema que a todo lo largo del Jirón hay varias policías con una sola función: evitar que los motocarros se estacionen a esperar pasajeros.

Y es que en eso de estacionarse a esperar nadie les gana. Cuando no están yendo a donde no los llaman están… estacionados. En la puerta de las universidades, colegios, almacenes, en las plazas, en los mercados, y en donde sea que la Policía no los eche. Entonces, se tienden a dormir a pierna suelta o conversan con sus compañeros del gremio, intercambiando los últimos chismes o quejándose de lo baja que está la plaza hoy y lo injusta que es la vida porque a pesar de trabajar como burros todo el santo día no pueden salir de pobres.

Improvisados, quejumbrosos, haraganes, despreocupados, juergueros, impresentables… tal vez nos molesta demasiado que existan tantos motocarristas en esta ciudad porque todos tenemos un poquito de lo que a ellos les sobra. Antes hubiera puesto el grito en el cielo si me hubieran dicho que el iquiteño es haragán, ahora puedo responder que no somos haraganes, sólo nos gusta disfrutar la vida al máximo. Tal vez no nos fascine hacer planes para el futuro, ni nos guste ahorrar. Tal vez somos desorganizados y pasionales. Tal vez no hallamos mejor manera de demostrar aprecio hacia el amigo que invitándole una chela bien helada o un trago calienta-tripas. Pero en fin, no nos sintamos miserables por lo que piense la gente. Digamos que el calor hizo su poquito, y mandemos otra ronda más.

comentarios
  1. FRANZ MAX dice:

    y casi te invito una ronda ayer! entonces para la proxima si lo concretamos y conversamos tendido!

    saludos

  2. Sergio dice:

    Ah, y te faltó decir que hay quienes creen que el calor embrutece.
    Hildebrant por ejemplo, escribió esto hace un tiempo: “No tengo la menor duda de que si los trópicos no produjeron filósofos es porque el sopor de la calentura menoscaba las sinapsis, apaga las luces del lóbulo frontal y excita, en cambio, el remanente mamífero del cerebro humano”.

    Patrañas. Te acompaño en esa otra ronda, ¡salud compadre!

  3. radiofoton dice:

    no entiendo, empieces hablando del calor y terminas mencionando a los motocarristas. Qué tiene que ver el calor con ellos?

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