El robo de la Virgen del Bosque

Publicado: 27 junio 2009 en Percy Vílchez
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VIRGEN DEL BOSQUE

El anónimo visitador que en 1600 entró a la espesa selva no tenía la misión de censar poblaciones, repartir solares entre los indios ni sacar partido de los intereses locales. La rapacería guiaba sus pasos. El obispo de Quito, Luís López, le escogió para que cometiera el delito de robar la venerable figura de la Virgen de las Macas. La citada fue obra de la gracia celestial, de la revelación divina, pues de simple dibujo se convirtió una noche, sin intervención de mano humana, en una hermosa figura. El testigo del asombroso cambio  fue un soldado hispano que se había cansado de las campañas militares en el reino del Perú.

El referido se había retirado a la maraña buscando sosiego para su afligida alma. El fue el encargado de difundir la buena nueva. En poco tiempo los avecindados por esos lares iniciaron un culto propio que mezclaba logros católicos y motivos oriundos. Después le construyeron una ermita con adornos boscosos y ornamentos indígenas. Andando los tiempos, de varias partes, de tantos lugares, acudieron en peregrinación hombres y mujeres que buscaban confortamiento para sus tribulaciones. O un milagro para sus cuerpos y sus almas. La virgen se volvió famosa en kilómetros a la redonda. A esa creación popular el citado obispo decidió ponerle las garras.

En cabal y fiel cumplimiento del designio delincuencial, el visitador de marras esperó oculto en el boscaje que no hubiera ningún fiel cerca o en los alrededores a la ermita. Y se zampó la figura venerable. Iba en camino a Quito, cuando los adeptos de la Señora se dieron  cuenta del despojo. Entonces emprendieron la persecución, pero por más esfuerzos que hicieron no lograron dar con el visitador que iba como el cuerpo que conduce  el diablo. En la ciudad de Quito, como un triunfo del saqueo,  la virgen fue paseada en procesión.

Después fue depositada en un lujoso tabernáculo para la admiración de unos cuantos. Pero no se quedó allí por mucho tiempo Fue trasladada a un convento de monjas de Riobamba, donde fue puesta sobre un lienzo y un marco que la embellecieron aún más. Los fieles,  comandados por el soldado hispano, trataron de recuperar la figura con ruegos y razones. Al no conseguir nada iniciaron un juicio en la audiencia de Quito y en el Tribunal Eclesiástico de Lima. Ignoramos el veredicto de los señores del jurado. Pero la virgen del bosque no volvió a la maraña.

En brazos o en hombros del visitador de marras la virgen abandono su lar querido, su sitio primigenio. Abandonó a sus adeptos del campo popular y pasó a soportar la gula del oficialismo religioso de ese tiempo. Alejada de la fe sincera de los excluidos qué debió pensar ella del obispo, de los cardenales y de los purpurados. ¿Qué sintió esa virgen cautiva de la clerecía sin escrúpulos de los que dirigían los destinos de la iglesia colonial? ¿Cuál fue el evangelio del religioso Luis López y de sus compinches  que se arrejuntaron para robar un don del  cielo que era propiedad y uso de los moradores excluidos de la maraña?

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