El frustrado golpe gastronómico

Publicado: 13 junio 2009 en Percy Vílchez
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madreselvaEn los códices del golpismo universal destaca la increíble asonada de un glotón irremediable, un sujeto dominado por la gula. El citado se llamaba Adonaís y, por su regalada voluntad, anhelaba el trono ajeno, el poder el otro. Pero no perdió su tiempo en sumar estrategias de emboscada, en desplegar maniobras de asalto. Y un bello día, cuando suponía que la ocasión era adecuada para derrocar el rey de entonces, adquirió veloces carros, reunió gentes levantiscas a caballo y contrató los servicios de 50 varones a pie. A ese contingente se enroló el sacerdote Avistar para bendecir a los revoltosos y que quería su parte en el futuro gobierno. El batallón mazorquero partió con un rumbo preciso y una meta inamovible.

El destino final de los golpistas era el palacio del rey David, y para demostrar el poder de convocatoria el cabecilla, a la altura de una peña, como para celebrar a lo grande y por adelantado el éxito de su faena, compró nutridos corderos,  gordas vacas y otros animales de preciada carne. Allí mismo se armó una suculenta asaduría  campestre y al aire libre. Entre los aromas que se expandían el golpista bíblico envió emisarios a invitar a los hijos del rey que quería destronar, a sus propios hermanos y a otras personalidades notables de Israel.

Entonces la mesa del golpe estaba servida. Está demás decir que los partidarios de David no acudieron a paladear las primicias del banquete. En el desborde de las mandíbulas móviles, de las partes tragadas, no faltaron algunos sobones  que lanzaron hurras al golpista como si ya fuera el rey. Pero no le había ganado a nadie todavía. No sabemos si el glotón conocía que el rey David estaba viejo y achacoso y andaba tendido en su cama. En esas circunstancias es que entró en el tenso escenario Betsabé. Para desmovilizar a las huestes refractarias no necesitó cocinar sus mejores platos, ni inventar suculento menú. La bastó recordarle al postrado soberano su promesa de entregar el cetro a su hijo Salomón.

El golpista de los placeres gastronómicos seguía empecinado en devorar las servidas carnes, cuando en la distancia estalló el retumbar de la trompeta oficial que anunciaba la coronación de Salomón como nuevo rey. Los sentados alrededor del banquete se sintieron aplastados, dejaron de comer con descaro y pusieron las gargantas, los vientres y los pies  en polvorosa. El sacerdote Aviatar se olvidó también de la mesa desbordada y desapareció de la vista de Adonaís que entonces se vio obligado a suspender su especial y culinaria asonada. Con la panza repleta, saboreando las últimas migajas de esas carnes incitantes.

El golpista de los placeres de las papilas gustativas, de los bolos alimenticios ingeridos, no huyó. Se castigo solo, colgándose de los cuernos del altar público. Allí, asido como un buey en la carnicería, esperó la represión inevitable. ¿Qué pensó Betsabé al verle suspendido en el aire sin ganas de comprar ganado ni mandar asar carnes? ¿Qué pensó ella cuando el culinario mazorquero se arrodillo presto y, cobardemente, pidió perdón para que el nuevo rey le perdonara la vida?

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