Diploma Honoris Causa (Kaametza en París)

Publicado: 2 junio 2009 en Gino Ceccareli
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el primer hombre fue mujer

El otoño en París siempre llega acompañado de lluvias. Y creo que no hay nada peor que las lluvias frías para un artista amazónico. Quita toda inspiración, por lo menos ese es mi caso.

Hacía días que yo venía peleando con un cuadro en mi taller parisino y mirar por la ventana no me ayudaba mucho. La lluvia gris bloqueaba cualquier idea.

Sonó el teléfono.

Génevieve era una amiga muy divertida, culta, lesbiana y feminista. Presidía una asociación en París que ayudaba a las mujeres.

-“Salut Gino”- me dijo con una voz apagada y triste.

-“Hola loquísima”- le respondí. “¿Estás enferma?, se te escucha muy mal”

– “Sí, no puedo moverme de la cama y te llamo porque te necesito…”

Me explicó. Ella tenía que participar en un congreso feminista que se iba a desarrollar en una ciudad del sur, en Clermont Ferrand más precisamente y quería que yo la reemplace…

-“¡¿Qué?! Realmente estás enferma… Yo no tengo nada que hacer ahí, no tengo tiempo y, además, tu sabes que el feminismo es un tema que me aburre”- le dije categóricamente.

Insistió.

Me dijo que sus amigas de la asociación no podían remplazarla, ya tenían comprometido su fin de semana, que yo era su último recurso para representarla, que me pagaban todo, incluso viáticos, que no todas las asistentes eran lesbianas, que por favor y que ya había mandado un mensajero con los pasajes y toda la información a mi casa…

Le agradecí el gesto, una vez más, le dije que no iría y colgué. Vi mi cuadro triste, inconcluso, la lluvia persistente, el cielo gris de París, mi desgano por la vida… acepté la invitación.

Al día siguiente tomaba el vuelo que me llevaría a un congreso de Feministas… después de todo, podía ser divertido.

Me recibieron en el aeropuerto, me llevaron al Hotel, me dieron una identificación con el nombre de la asociación que yo representaba, un fólder con muchos documentos, manifiestos y toda la información necesaria (que no leí, por supuesto) y con una sonrisa en la boca, entré al auditorio donde se iba a llevar a cabo la ceremonia de inauguración.

Era el único hombre.

Ese día entendí lo que es el miedo. Quinientas miradas femeninas y feministas se posaron en mi humanidad. Miradas inquisidoras, destructoras, curiosas, discriminadoras, agresivas, perversas…

Me senté en el lugar que me indicaron y traté de no mirar a nadie.

-“¿A qué mierda vine…?”- era lo único que atinaba a pensar. No es agradable sentirse escrutado por cientos de arpías.

Empezaron los discursos. Es evidente que no prestaba atención, lo único que quería era salir corriendo de ese lugar. Esperé como una media hora, me levanté sin mirar a nadie y salí. Busqué el bar, lo encontré y al barman (era un hombre, Aleluya!) le pedí que me sirviera un Whisky. Ya no me sentía solo… Cuando me dijo que el consumo del bar era gratis para los participantes le pedí que me bajara la botella. Hablamos un poco de todo (rajamos de las feministas también) mientras yo me despachaba la botella. Pasaron como tres horas. De repente una anfitriona vino hacia el bar llamando al representante de la Asociación parisina: yo. Levanté la mano y, cogiéndomela, casi corriendo me llevó al auditorio. Sucede que cuando tengo algunos tragos encima yo soy de los que se ponen dóciles, sobre todo con el sexo opuesto. Casi sin darme cuenta me di cuenta que… ¡me estaban subiendo al escenario! Me dijeron que me tocaba hablar.

De pronto me percaté que estaba frente a un micrófono en medio del coliseo romano como un cristiano rodeado de fieras, pero, para ese entonces el Whisky ya había alterado mi timidez, me había desinhibido y mi espíritu suicida se puso a flor de piel.

Ni siquiera sabía cuál era el título del congreso y si la asociación que yo representaba había preparado alguna ponencia ya que no me di la molestia de revisar ninguna información.

-“¿Y ahora que digo?”- me dije sonriendo.

Suspiré fuerte y largo, escudriñé a mi auditorio, pasaron unos treinta segundos y ahí supe lo que tenía que decir.

“El primer hombre no fue hombre, fue mujer”. Dije fuerte y claro como una sentencia apostólica. “Y se llamó Kaametza”.

Así empecé a contar la historia de la creación del mundo según una versión Asháninka. Hablé fuerte y despacio a la vez, traduciendo con delicadeza cada palabra, cada idea y tratando de alargarla.

“Kaametza ya existía antes que Dios nazca, Pachakamaite, el padre supremo, aun no sabía que iba a existir… nuestra primer ancestro vivía en un mundo donde todo era de ceniza y vivió así en un tiempo sin tiempo. Un día se le apareció un otorongo negro que también era de ceniza. Ella miró a ese ser de ojos luminosos y no tuvo miedo, no sabía lo que era el miedo. El otorongo sacó las garras y se le abalanzó rugiendo. Ella por instinto esquivó el ataque y en ese momento descubrió y aprendió lo que era el miedo. Cuando el animal giró para volver a atacar, Kaametza se sacó un hueso de su cuerpo y esperó la embestida. Con ese instinto natural que solo poseen las mujeres, supo lo que tenía que hacer. Volvió a esquivar y con el hueso le perforó el pecho. El otorongo rugiendo cayó sobre la ceniza y murió”.

“Fue ahí que decidió crear una compañía para ella. Arrojando el hueso y haciendo una invocación que sabía-sabiendo, fue convirtiendo aquel hueso en una llamarada que girando-girando fue tomando la forma de algo-alguien igual y distinto a ella a la vez. Creó a Narowé, creó al hombre”.

Hice una pausa y vi que había logrado hipnotizar a la jauría.

“Cuando Kaametza vio su creación, inmediatamente hubo esa atracción poderosa, instintiva y que no queremos ni podemos explicar cuando sucede. Sin dejar de mirarse a los ojos, ella se recostó despacio sobre la sangre aun caliente del ororongo y abrió sus piernas delicadamente en una invitación explícita”.

“Así como el río Inuya penetra en el Urubamba, tronando fuerte, así entró Narowé en el cuerpo de Kaametza. Hubo vientos, fríos y calores, estrellas y arcos iris, sonidos nuevos, quejidos y gritos. Hubo todo”.

“Cuando juntos llegaron al primer orgasmo, se creó la luz en el universo”.

Miré al auditorio unos segundos, parecía que nadie respiraba y terminé diciendo: “espero que hayan entendido el mensaje”.

También demoraron unos segundos en reaccionar y se desencadenó una tormenta de aplausos. Suspiré aliviado y desde esa tarde, agradezco al Whisky todos los días de mi vida.

Esa noche fui un héroe, todas me buscaban, querían comentar e interpretar el final de mi discurso, cada una tenía una versión distinta de la historia contada. Me sonreían, me engreían, me mimaban! Esas mujeres que cuando aparecí me hicieron sentir que interrumpía un aquelarre, de pronto me parecieron dulces, cariñosas y bellas… ¡me miraban con ternura! Aquella noche fue inovidable e… interminable.

La clausura fue al día siguiente, me había levantado tarde (por agotamiento feliz, se entiende) y cuando me aparecí en el auditorio, vi que casi todas reían, como niñas que habían tramado una travesura. Estaban entregando diplomas a las asociaciones que más habían contribuido durante ese año con las mujeres y la sociedad. Y como último acto, llamaron al representante (yo) de la asociación parisina. Me acerqué al estrado y después de un breve discurso de felicitación por parte de la directora del congreso, me entregaron un diploma (mandado a hacer especialmente para mi) donde se me declaraba “MUJER HONORIS CAUSA”.

Kaametza me salvó la vida.

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comentarios
  1. Miss Lizzy dice:

    ese puma habrá sido un yanapuma..jajajaj… Nada Ginito, muy buen post me encantó. Por un momento me hizo recordar al personaje de “A orillas del río piedras me senté y lloré”, de Paulo Cohelo. Me encantó, sin duda.
    Saludos

  2. Que gracioso! ya me parecia que eras muy inteligente para ser hombre, ya se te siente como una sister…ja,ja,ja

  3. Chevere de la selva dice:

    Gino: “xixiri Honoris causa”

  4. La Maga dice:

    Ummm, esta bien, me gusta, divertido.
    Sigue escribiendo Gino.Lo que si me sorprende que te comparen con un personaje de Cohelo, Cohelo????????.tengo que analizar eso, tal vez te pareces?

  5. Miss Lizzy dice:

    jaja.. no es que se parezca, es que en esa obra el pata, o sea el protagonista, era un seminarista que creía en una teoría en la que dios no es varón sino mujer y exponía de eso, y era obvio que la la gente que iba a escucharlo eran mayoritariamente féminas.Por eso.
    Saludos

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