La condena de dos mujeres del ayer

Publicado: 31 mayo 2009 en Percy Vílchez
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cuandoluna amaalsol

El descomunal William Shakespeare alabó el cuerno socarronamente, llegando a decir que en el mundo iba a ser eterno. Es posible que el Cisne de Avon, sospechoso de haber padecido en carne propia ese mal, no estaba enterado de la gravedad insospechada de esa desgracia cuyo símbolo son dos cachos. El señor Lamec, descendiente del asesino Caín,  fue el primer energúmeno que, con descaro, frecuentó el adulterio. No pastaba muy lejos en asuntos de la carne y tenía pereza para ir en busca de la otra, y puso dos mujeres en su propia casa. Las esposas en comanditas y compartidas eran Ada y Zila. Dos mujeres y un camino: La segura ruta hacia la perdición del verdadero placer y la auténtica descendencia. Porque, nunca y jamás, pueden tres personas hacer pareja.

El santo libro no se detiene a describir el infierno diario de Ada y Zila, las dos primeras mujeres que tuvieron que soportar a un mediocre sujeto que no cumplía ni con la una ni con la otra. En ningún terreno, menos en el sexual, puesto que todo amor exige algo de lo eterno y es exclusivo. No se puede compartir el cuerpo amado, salvo que se sea un cerdo. ¿Cómo vivían, bajo un mismo techo, en un mismo piso, en una misma cama, ambas mujeres? ¿Conversaban animadamente de esos asuntos triviales, cotidianos? ¿Salían a pasear entre tres, mirando los campos cercanos, las cosechas? ¿Compartían las visitas a las tiendas? ¿O se querían exterminar a cada instante?

Cualquier hijo de vecino conoce la respuesta, hasta el gran Víctor Hugo que nunca llegó a saber donde esperaba a su mujer el crítico más importante de su tiempo.

El cornudo tolerante es una de las figuras más inquietantes de nuestro tiempo. Considera que esa desdicha no rima con él y piensa que su consorte tiene que serle fiel, porque para eso nació la mujer. Aunque le saquen la vuelta. Eso es inaceptable para cualquier mujer. Además, la mujer nació para que el hombre no sea aplastado por la soledad. El corneador desaforado no cree en nadie y basa su vida en el número de féminas que pasan por las armas, desconociendo que el gallo de mi casa tiene más amantes que nadie. El cuerno puede banalizarse, convertirse en motivo de risa en la juguería o de broma en la taberna, pero no puede dejar de ocultar la catástrofe que realmente es. ¿Qué que dirían Ada y Zila y tantas mujeres de ayer y de hoy si pudieran contarnos, con lujo de detalles y a la franca sobre se ingrata experiencia?

Es corriente creer que el ser humano es infiel por naturaleza, pero nadie ha preguntado con sinceridad a esa naturaleza. Escribas de tres por cuatro, predicadores de miasmas, sostienen que la tentación de la mujer no deja otra alternativa. Pero nadie puede explicar porque todo adulterio acaba en el infierno.

¿Qué placer es aquel que engendra desdichas? La Biblia reiteradamente se opone al cuerno. No solamente por razones religiosas o morales si no por algo más importante.

En el plano de la creación hay un solo varón para una sola varona. Todo cuerpo que vive, que palpita, emite fotones, hace de luz, es luz también. Eso está científicamente demostrado ahora y

esos fotones se enlazan con la poderosa luz del origen, primera fuente de la creación. Cuando Lamec fornicaba con Ada y Zila confundía la materia inicial y oscurecía su propio camino, hasta descender a la sombra de muerte. Es decir, se oponía radicalmente al sentido apostólico de la vida, a la calidad del amor, al verdadero engendramiento.

Imagen: Cuando luna ama al sol, de Gino Ceccarelli

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