No hay lugar para los viejos

Publicado: 28 mayo 2009 en Martín Wong
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En los confines de la ciudad, donde las carreteras terminan para dar paso a los ríos y la hierba crece libre sobre campos de arcilla, una casa se yergue como un punto muerto en el horizonte. Hecha de madera y con piso de tierra, sus ocupantes se preparan para celebrar el quinceaños de su primogénita. Se han repartido invitaciones en cartulina y con intransferible, donde se recomienda “sport elegante” para los varones, y para las nenas “vestido de cualquier color, menos melón”. Los muebles de la sala (una mesa y dos bancas largas) han sido quitados para improvisar la pista de baile. Las paredes están decoradas con serpentinas rosadas y globos blancos. El padrino ha colocado su equipo AIWA en una esquina mientras su hijo busca entre los cedés el “Tiempo de Vals de Challán”.

La gente más distinguida de la cuadra ha sido invitada. Van llegando uno a uno, y mientras esperan, toman chicha morada Royal en vaso descartable. Las mujeres son las más acaloradas, producto de estar embutidas en extraños e incómodos vestidos. Cerca a la medianoche el recinto está lleno. Afuera, los que no fueron invitados, los pobres entre los pobres, no se pierden ningún detalle. Cuando llegue el momento, las cortinas que cubren la entrada a la cocina se abrirán y la quinceañera hará su aparición al son de Timbiriche; maquillada, sudorosa por el vestido melón, incómoda por los zapatos de taco aguja, pero emocionada y feliz de tener la fiesta que siempre soñó. Luego vendrán los discursos del padre, de la madre, del padrino, de la madrina, del amigo, del vecino más notable, del que prestó los platos, y si queda tiempo, de la quinceañera.  Finalmente, el vals un dos tres un dos tres, donde cada galán bailará con ella simulando que el piso está parejo.

Un anciano observa desde fuera aquella puesta en escena. Aunque es bienvenido, se siente incómodo al pasar con sus sandalias, su short y su vieja camisa. ¡Cómo han cambiado las cosas desde que llegó hace veinte años con su mujer y su hijo, y construyó esa misma casa con sus manos! Harto de la pobreza y las enfermedades en las alejadas riberas del Tigre, pensó que Iquitos sería un buen comienzo para él y su familia. Al principio no fue fácil. Todos los días salía a pescar y luego caminaba cuatro kilómetros hasta el mercado para vender sus productos. Poco a poco llegaron más ribereños y empezaron a poblar el lugar. Las nuevas carreteras le acortaron el recorrido. Y aunque necesitaba ayuda, prefirió enviar a su hijo a la escuela para que aprenda a leer y escribir. El hijo se hizo grande, consiguió trabajo en el centro y también mujer. Como el sueldo no le alcanzaba para vivir en la ciudad, la trajo a vivir a la casa. Cuando el anciano conoció a su nuera, estaba tan maquillada que le preguntó si era descendiente de los secoyas. Fue el principio de un mutuo alejamiento. Con la nueva familia llegaron el televisor, la radio, el ventilador, la cocina a gas. Por primera vez aquella casa tuvo una puerta con chapa y picaporte. En ese entonces no se celebraban los quinceaños, pero sí los nacimientos. El día en que su nieta nació dio una gran fiesta con masato en la que todos comieron y bebieron hasta hartarse. ¡Aquellas sí eran fiestas! Sin invitaciones, sin vestidos, sin complejas y absurdas ceremonias.

Cuando la artritis empezó a atrofiar sus músculos, su hijo le pidió que se quedara en casa y dejara de trabajar. Pero él jamás había dependido de nadie. Como ya no podía remar, vendió su vieja canoa y se compró una mesa grande. Ahora todos los días caminaba hasta el río y compraba los pescados a los hombres jóvenes. Luego los traía y los colocaba en la puerta, sobre la gran mesa. Su mujer se encargaba de prepararlos para la venta. A la nuera no le gustó que su futura casa se contaminara con el olor del pescado crudo, pero como el negocio era relativamente exitoso, no podía protestar. Así, el anciano pasaba las tardes conversando con su mujer acerca de los tiempos idos.

Un día, su compañera de toda la vida no despertó más. Tendida allí con la sonrisa de un ángel, parecía estar soñando mientras él le hablaba dulcemente para que despertara. Hacía ya varios días que la neumonía la tenía en cama, y consentía la muerte como algo natural, igual que sus ancestros. Lo único que la abuela quería era ser sepultada en la tierra que un día abandonó para buscar un mejor porvenir. Pero al morir, a pesar de habérselo prometido en vida, su hijo no lo permitió argumentando que el viaje era difícil, que ya no tenían canoa y nadie querría llevar un cadáver.  El anciano enfermo difícilmente podría viajar solo. Resignado, aceptó que la enterraran en el cementerio comunal. Todas las tardes caminaba un kilómetro para ponerle una flor. Lo hacía para estar con ella y conversar como siempre, pero también para evitar a su nuera, que ahora se había convertido en la reina de la casa.

Todo el día su nuera hablaba de cosas que él no entendía, como manicure, cosméticos, un complejo baile con una explosión o algo así. Su hijo hablaba de llevarlo a Lima en avión. ¡Qué locura! Nadie le obligaría a despegar los pies del suelo. Su nieta crecía y era la única luz de sus ojos. Un día le preguntó qué quería ser de grande. Ella le respondió que le gustaría ser experta en redes. Emocionado, al día siguiente la levantó muy temprano para mostrarle sus viejas redes de pesca, prometiendo enseñarle todo sobre ellas. La familia estalló en carcajadas durante largo rato mientras él los miraba sin comprender. Al fin, la niña le explicó que se refería a redes de computadora, esa bendita palabra que estaba en boca de todos. El viejo sonrió dignamente, guardó sus mallas y no preguntó más para no sentirse menos. El hijo besó su frente y dijo que de ninguna manera su nena se dedicaría a la pesca.

Confusión similar tuvo cuando dos hombres de corbata y camisa blanca tocaron a la puerta. En otros tiempos no los hubiera atendido, pues era conocida la impertinencia de algunas sectas religiosas, pero no ahora. Ávido por conversar con alguien, los invitó a pasar y les habló del poder de Dios en su vida y de cuán inclinado estaba a congregarse. Durante media hora habló sin parar mientras aquellos hombres escuchaban y asentían con la cabeza. Pero cuando hijo y nuera llegaron, le explicaron que no eran evangélicos sino agentes del Banco que estaban interesados en concederle un préstamo. La nena estaba a punto de cumplir quince años y al parecer querían hacerle una fiesta como nunca antes vista… en la cuadra. La nuera se disculpó por la locura senil de su suegro y agasajó a los invitados con una Coca Cola de litro.

Así que hoy era el quinceaños de su nieta. Y el estaba allí, parado junto a la ventana, mirando desde fuera tantas cosas que no comprendía. Ajeno en su propio hogar. Sin atreverse a entrar para no avergonzarla. Callado, distraído, confundido entre los que no fueron invitados, preguntándose cómo pudo pasar; en qué momento su hijo aprendió a ocultar sus raíces y olvidar de dónde venía, en qué momento la ciudad se lo tragó para luego eructarlo así, transformado, presuntuoso, indiferente. Lo normal es que los hijos quieran parecerse a sus padres, pero este hijo suyo se ha pasado la vida tratando de ser distinto a él, irrespetando sus deseos, pisoteando sus tradiciones, arrancando de su hogar todo recuerdo de su madre por consideraciones estéticas. Poco a poco sentía a su sangre como un volcán, como si despertara de un largo sueño y cobrara conciencia de su realidad. Casi a medianoche, una vieja idea tomó brillo en sus ojos y se alejó de la fiesta por unas horas.

Como era de esperarse, nadie lo extrañó. La cerveza circulaba en cajas mientras las parejas se apretujaban al compás de una cumbia estridente. Un borracho gritaba desde una esquina ser el hombre más desgraciado del mundo mientras acariciaba una nalga ajena. Una mujer lloraba al fondo por un amor no correspondido, tal vez una infidelidad. De pronto, el viejo apareció en el salón y todos callaron. Cubierto de lodo y tierra, ingresó arrastrando el féretro recién exhumado de su mujer. Lo empujó por toda la sala hasta el huerto, en medio de miradas que reflejaban terror y espanto. Una vez allí, cogió una pala y la enterró con sus manos. No sabemos cuánto tiempo se tomó. Tal vez horas, tal vez días. Lo cierto es que mientras escarbaba la tierra como un milenario roble que hunde sus raíces hasta encontrar el líquido vital, nadie osó decirle nada. Sólo al terminar, exhausto y complacido, se acercó a aquel extraño ser que había engendrado hace ya muchos años y que lo esperaba de pie, molesto, a orillas del huerto. El anciano, con la autoridad que emanaba de todos sus años de resignado silencio, le tomó de las orejas y le acercó hacia él, diciendo:

Eres afortunado. Amé tanto a tu madre que no puedo decirte hijo de puta. ¡Pero lo eres! Cuando estés listo, nos llevas.

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comentarios
  1. Gino dice:

    Un buen relato, hace mucho tiempo que no leía algo tan bueno y tan bien escrito. Yo le cambiaría el título.
    Bien!

  2. jozecarloz dice:

    Opino igual. Buena historia y muy bien contada.

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