En coma

Publicado: 16 mayo 2009 en Percy Meza
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Pasó una hora y tenía todo respondido. Sólo estaba escribiendo un ensayo sobre la política actual. Cuando terminé de escribir la última, quede satisfecho. Boté un pre-suspiro y terminé mi ensayo.

Guardé mis útiles en el bolsillo. Me levanté y entregué mi tablón de respuestas a la pedagoga. Ella asintió con una sonrisa que me sobrecogió. Era el tercero de los aproximados 65 que terminó el examen.

Sin mirar a los que continuaban el examen, salí del aula. Libre del examen. Libre. Cuando llegué al salón de bienvenida, me tumbé en un banco y bote un prolongado suspiro.

Sólo tengo que regresar a casa y contar a mis padres y a Alicia, que el examen estaba muy fácil. Estaba muy seguro de que iba a ingresar.

Salí de la UCP. La luz del sol cayó en mí y sentí el cuerpo se relajaba, tras una larga tarea en el examen.

Comencé a caminar hasta la salida, porque para llegar a la universidad tenía que conducir un sendero exclusivo para los carros o motocarros. Pero no era lejos.

Llegué a la salida y a la congestionada avenida Quiñones. Tenía que cruzar la pista y conseguir un motocarro en el otro carril.

Tenía que ser muy precavido y no distraerme. Miré por los dos lados, mientras esperaba que la pista quedara vacía. Cuando lo hizo, corrí y corrí y llegué a la otra orilla de la pista.

Quise ahorrar plata para disfrutar la tarde con Alicia y mis padres. Así en vez de llamar a un motocarro, esperé un microbús. Ellos cobraban más cómodo. Esperé la ruta adecuada, y tuve que esperar quince minutos bajo el sol, hasta divisar uno.

Era un Etuisa.

Lo llamé y se detuvo. El cobrador dijo lo de siempre:

— ¡Todo Próspero! ¡Todo Próspero! Bellavista… Sube, sube…

Subí al microbús.

—Dale… —chilló el cobrador, golpeando el capo del microbús.

El microbús se puso en marcha, pero de manera brusca. Tuve que agarrarme de los pasamanos para no puntearme contra el suelo. Busqué un asiento vació y encontré uno, en el medio, y me senté.

Al sentarme al costado de la ventanilla, vi todas las calles de Iquitos. Era lo particular. La mayoría de casa con solo un piso, pero pocas con dos pisos. Eso se encontraría por el centro.

Quedé mirando vagamente, las calles, viendo cada uno de las personas, los motocarros y el bullicio.

Todas las personas estaban tranquilas haciendo lo que sea. Algunos vendiendo algo de comida, trabajando o haciendo las cosas de la casa.

Pero noté algo raro.

Entre las personas había una que me causaba sopor.

Levanté la cabeza del respaldar del asiento. El micro pasó sobre un bache, me golpeé la cara con el quicio de la ventana y mire otra vez a esa persona.

Era completamente negra. Nada a que se refiera a un hombre de tez negra. Era completamente negro.

Me quedé mirándolo, hasta que en una curva hizo que desapareciera de la visión.

Fruncí el ceño, mientras regresaba a echarme en el respaldar del asiento. Estaba dando mis hipótesis sobre lo que vi. Pero estaba muy cansado que me daba flojera pensar.

Quedé mirando el techo del micro de manera vaga.

Entrecerré los ojos. Me estaba entrando el sueño.

Las calles pasaban muy tranquilas hasta que me dormí…

Tuve un sueño donde todo estaba muy divertido. Mis padres estaban bailando la música de los carnavales, mientras Alicia estaba pintada toda de azul, con puntitos blancos. Parecía una ninfa. Ella me miraba con los ojos llenos de una belleza selvática. Estaba muy feliz.

Pero detrás de ella había alguien más. Era una persona negra.

Alicia se aparto, pero de repente se esfumó.

Mi casa se tensó y sentí terror.

La persona traía una larga capucha. Era toda negra. Tenía casi mi altura. Estaba cabizbaja y vi subir y bajar sus hombros de la respiración. Bajé a ver sus pies…

Todo mi cuerpo sintió ese vientecillo frío experimentado en mi trayecto hacia la universidad.

Esa cosa estaba flotando en el aire.

Sentí algo más de terror. Y cuando supe que ese terror era supremo, la persona alzó la cabeza lentamente y reveló su rostro…

Grité en un segundo. De su rostro salió algo horripilante y mi sueño se mezclo de imágenes. Escuche un ruido ensordecedor y luego sentí un golpe tremendo en la cabeza que me partió la cabeza de dolor…

¡Ah…!

Me levanté de un sobresalto, luego de sentir un vértigo. Me calmé y supe que era solo una pesadilla. Pero fue tan vívido que me asustó.

Miré por todos los lados y aún las personas seguían sentadas. Conservando la mirada al frente. El cobrador estaba sentado en un banco, con el rostro inexpresivo. Y el chofer… y el chofer… ¿dónde estaba el chofer? Lo encontré echado en un asiento, acariciando el rostro de una niña.

Pero alguien conducía. ¿Por qué el microbús seguía moviéndose?

Miré el enorme espaldar del asiento del chofer. Era claro que tapaba la visión, pero no había nadie conduciendo.

— ¿Qué está sucediendo…? —susurré.

Me levanté y me sentí grácil. Como si estuviere hecho de algodón. También que la combi lo estaba, porque no sentía ni el menor bache.

Algo raro estaba pasando.

Miré por la ventana. Era fácil ver por qué el carro iba muy suave, como si fuera un vapor. Y eso me frunció el ceño.

Muchas personas miraban hacia el sur, de donde el microbús venía. Las mujeres se tapaban la boca del puro susto y las demás comenzaron a correr al sur.

Miré al sur.

Algo se movía algo muy allá en el tráfico.

Me acerqué a la ventana y apegué la cara en el vidrio.

Todo el cuerpo se me pasmó.

—No puede ser —susurré.

Era el microbús Etuisa, el mismo donde me subí, que estuve uno minutos y que lo estuve.

Estaba destruido y había caído sobre un pedazo de pared, en la parte de adelante. El pedazo de escombros era de una tienda de zapatos que había estallado…

No entendí. ¿qué estoy haciendo ahora aquí?. No puede ser.

Era un fantasma.

Estaba muerto…

Muerto.

La niña del asiento más cercano rió, en una risa sepulcral.

Me quedé parado mirándola. No creo que se había dado cuenta.

Pero esto era muy injusto para ella y para mí. Éramos tan jóvenes para morir de repente.

¿Cómo iba a morir en este momento?

Esta no podía ser mi hora final.

— ¿Qué está pasando?

La calle de fuera me resultaba muy extraña. Llena de huecos de una realidad absurda. Desde este punto me di cuenta que esa realidad resultaba absurda.

¡Me agarró la locura!

Comencé a correr por todo el micro, dando vueltas. Grité a algunas personas pero no se movían por nada. Golpeé las paredes fantasmales, produciendo como si golpeara un metal bajo el agua.

— ¡NO PUEDO MORIR EN ESTE MOMENTO, MALDICIÓN!

Gritaba y gritaba. Aunque me daba escalofríos punzantes estar como un fantasma, los pulmones y mi garganta me dejarían gritar hasta romper el tímpano. Hasta romper todas las ventanas…

¡Au!

Sentí otro dolor punzante.

¡Au! ¡Oh! ¡AHHH!

Sentí uno y otro. En el estómago, en el brazo, en los ojos, en todo el cuerpo. Era como si varillas de hierro candente me atravesaran el cuerpo. Entraba por mi carne fantasmal, rotaba, me destrozaban y salían. Luego lo hacían de nuevo.

¡AHHHHHHH!

— ¡BASTA! ¡¡BASTAAA!!

Mis brazos se retorcieron en respuesta del dolor. Mis ojos salían de órbita, y miraban a los otros fantasmas que seguían en sus asientos sin hacer nada. ¡Auxilio!

De pronto…

Mi pecho explotó. Aunque era un alma, se hizo un enorme agujero. Los trozos de carne salieron disparados por todo el micro. Cayeron sobre los otros pasajeros, empapándolos de sangre. ¡AHHHHHHH! Sentí algo que quería emerger por el agujero que había en mi pecho. Se arrastraba por mis órganos y salió una cabeza, que tenía las misma facciones que las mías. Era yo.

—No me interesa lo que digas… ¡Cállate, maldito! Estúpida. Jajajaja. ¡Mierda! ¡No vales para nada, eres una cualquiera! ¡JAJAJAJA!

Explotó mi estómago. Mis intestinos salieron volando y cayeron al suelo. Salió otra cabeza. Esta lloraba descontroladamente. Salió otra cabeza por mi brazo… No me dolía, ¡pero estaba muy aterrador! ¡Por dónde más saldrá! ¡AHHH! Fueron saliendo más cabezas de mi cuerpo y lentamente mi ojo izquierdo se oscureció en rojo. Explotó y salió una pequeña versión de mi cabeza por ella.

Mi grito aterrador fue creciendo, hasta que mi otro ojo se oscureció en rojo, atisbando por un momento un hombre negro frente a mí. Grité de desesperación, pero…

Todo se esfumó. Mi alma estaba como había estado anteriormente. Me toqué el pecho, en respuesta  de mi desesperación. Estaba intacto. Miré en derredor para ver mis órganos tirados por el suelo, pero estaba limpio. Las personas seguían inmóviles como siempre.

Esto me asustaba.

El micro fue alejándose de mi vista.

Maldita sea. Debo regresar a mi cuerpo como sea. Mire hacia el parabrisas delantero y luego atrás. Corrí a la puerta de emergencia. Apoyé mis manos sobre el cristal. Bajé la mano hacia el pestillo, pero no había o no sabía dónde estaba.

Dónde está. Dónde está. ¡Quiero regresar! ¡Quiero regresar a mi cuerpo…!

De repente, mi cuerpo salió volando hacia atrás. Traté de agarrarme por las espalderas de los asientos que pasaban por mi lado en un raudo. Y con sonido estrepitoso, me caí sobre el suelo. Mi cabeza quedó mirando al techo y al rostro oscuro del hombre negro. Entre ese siniestro rostro, una sonrisa se ensanchó, inmensamente macabra.

—Ahhh —gemí.

Me incorporé de un salto… Mis rodillas me impulsaron, al tiempo que una mano fría agarró mi tobillo. Caí de bruces. Mi mandíbula se estremeció en el suelo y se abrió en un grito. Las manos friolentas de aquel hombre negro, comenzó a jalarme hacia él.

—Ahhh… No… AHHH

Sus manos ahora me agarraban por el pantalón. No quise voltear para verlo. Pero él me giro y me quedé  mirándolo. Estaba con la capucha en la cabeza. En su capa parecía estar escrito diferentes nombres. Muerte… Maligno… Mors… Hamach HaMavet… Odín… Ankou… Yama… Tu Muerte… TU MUERTE.

—NOOO…

La Muerte se agitó. Saco una guadaña y de un golpe, todo el ancho del micro se llenó de sus alas negras. La capucha se bajó y revelo la cosa más espantosa. Tenía los ojos clavados en mí como unos prendedores de luz roja. La cabeza era una mezcla de cráneo y carne magullada.

—No, por favor. ¿Qué hice? ¿Qué hice?

Levantó la guadaña y la blandió. ¡NOOO! Fue un filo feroz y punzante. Dio un silbido cuando cayó sobre la cabeza de un pasajero. Un borbotón de sangre salpicó sobre mi cara. El rostro todavía expresaba dolor, mientras la guadaña seguía clavada sobre su sien.

Pero ese acto hizo desencadenar un pandemónium. Los pasajeros recién se movieron y comenzaron a correr hacia atrás. Alguien me tomó por la mano y yo le seguí. Caminé con la cabeza gacha hacia las personas, que estaban agazapadas. Levanté la cabeza y vi que era la niña que me había ayudado.

Estaba con un terror que llenaba su rostro.

La Muerte vino hacía nosotros con un paso desgarbado, con las alas taponando todo el ancho del micro. La guadaña estaba en ristre y llena de sangre.

Me escondí bajo las personas, con la desesperación llenándome. Agarré a la niña por la mano y la bajé. Una pierna me golpeó la cara, pero los nervios (si lo tenía) ocupaban mi pequeño dolor.

Y viendo por entre las piernas, presencie a la Muerte ante nosotros.  Dio una sonrisa macabra, gritos de desesperación y la guadaña cortó a todos los pasajeros uno por uno. ¡AHH!

La guadaña me cortó un pedazo de mi brazo.

De pronto, la puerta de atrás se rompió por el peso de los agazapados. Fui para atrás y cayendo en un metro. Un zapato me golpeó la frente. La niña cayó brutalmente sobre el suelo y yo me lastimé la espalda contra  la puerta zafada y algunas personas. Escuche muchas caídas en el asfalto.

—Levántate. ¡Levántate!

Mi brazo estaba impregnado del vidrio de la puerta. La agité y ella se levantó.

—Corre… —fue sólo lo que dije.

Ella se levantó y comenzó a correr. Hice lo mismo. Pero mientras lo hacía, miré en derredor. La vida estaba por todo el alrededor. Las personas que tenían vida estaban por todos los lados pero de una manera descolorada y distorsionada, como si el tiempo estuviera lento y rápido a la vez.

—Ay

Mire hacia la niña. Se había caído, trataba de levantarse pero no podía. Me puse a su lado y traté de incorporarla.

—Nos va a matar…—dijo ella—. Y se va a repetir todos los días.

—Vamos a escapar de eso…

Se escucho un golpe de viento. Volví a verlo y la Muerte estaba volando encima del micro. Sus alas estaban estiradas a lo máximo. Enormes y colosales. Y desde ese punto, lo descolorido se tornó negro como el carbón.

—Vamos, corre…. ¿Qué pasó?

Sentí como un repentino golpe me jalaba atrás y, tactos agudos en mi pecho derecho y al izquierdo de mi abdomen. Escuché una voz en mi oído izquierdo…

1, 2, 3… ¡Ya!

Escuché un pitido y luego la misma sensación estremecedora… Espera. No. No. No puedo dejarla aquí.

Otra vez ese conteo. Y otra vez ese estremecimiento, que ahora vino con mucho más vigor. La niña no se percató, estaba tan hipnotizada por la Muerte que no veía mi pesar…

—… ¡Ya!

La Muerte vino hacia nosotros. El pitido… El estremecimiento fue tan fuerte. Me aferré por el brazo de la niña… pero fui jalado hacia atrás. Traté de quedarme, pero solo vi como último cuadro a la Muerte abrazar a la niña.

Está respirando.

Fue una voz muy lejana… Muy clara… Sentí que mi pecho estaba desnudo. Estaba mareado y no podía abrir mis ojos… Ni pude abrirlos cuando escuche una línea aterradora.

¿Qué pasó con la niña?

Mi pulso rápido se pudo escuchar por el electrocardiógrafo.

La perdimos…

Mi pulso fue yendo en volátil. El electrocardiógrafo enloqueció.

¿Qué le pasa al muchacho?

Está teniendo una taquicardia.

Tenemos que salvarlo.

No tenía consciencia sobre lo que había escuchado. Mi corazón me estaba doliendo. Me estaba ahogando en la confusión, mientras los doctores trataban de salvarme. Y me desvanecía en una clase de sueño que ni mis propios sentidos podrían tocarlo.

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