Magaly en la cárcel (el libro)

Publicado: 14 mayo 2009 en Diario de IQT
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Magaly Medina en la carcelCon ustedes, un adelanto del libro El precio de ser Magaly Medina: Mi vida en la cárcel, escrito por la famosa y controvertida conductora de televisión,  que lanzará el Grupo Planeta desde este 15 de mayo  a nivel nacional, el cual nos ha sido envíado gentilmente para su difusión en prensa.

El precio del libro es de 19 nuevos soles y en estos tiempos desesperados de golabalización e imperio de los mass media, amenaza con convertirse – para bien o para mal – en todo un suceso en el agónico y flexible mercado editorial peruano.

Mi verdad en la cárcel

Páginas: 24 – 27

Yo estaba en una celda de dos por dos, con un camarote. No había nada más. Era una celda solo para mí. Yo ocupaba la parte de abajo y nunca mandaron a nadie arriba por una cuestión de seguridad. No querían poner a una persona que de repente me pudiera atacar en la noche o me pudiera hacer algo mientras yo dormía. Lo decidieron así, a pesar de que siempre pedí que me pusieran una compañera arriba. Nunca dejaron que nadie compartiera la celda conmigo.

En mi celda, había un colchón que me dio la gente del penal la primera noche. Luego mi familia me compró uno nuevo. Cuando tu familia te consigue un colchón, tú puedes hacerlo ingresar a la prisión. Era un colchón de una plaza que habían comprado en Lince. Ni siquiera era uno de marca. Era demasiado blando porque en la cárcel no están permitidos los colchones de resortes. Mi cama era de tablillas y, cuando me levantaba, me dolía mucho el cuerpo porque estas cedían. Todas las mañanas, mi cama terminaba como un nidito, como con un huequito al medio que no beneficiaba para nada mi columna. Yo siempre he estado acostumbrada a una cama más dura, a una cama más acorde con mi espalda y mi columna y, por eso, terminaba con muchos dolores al día siguiente. Paraba agarrándome la espalda porque siempre terminaba adolorida.

Cuando me levanté el primer día, no sabía cómo era el sistema. Fui al baño con mi toalla. Solo tenía un water, un lavadero, una ducha. Tenía una cortina de plástico hongueada. Era un asco. Fui la primera en bañarme y me dije: «No, no me acostumbro». Yo soy muy celosa con los baños, es una manía que tengo. Me gusta que el baño de mi casa esté limpio, pulcro. Siempre me ha gustado así, oloroso. Por muy pobre que haya sido mi casa, mi baño siempre ha sido como mi templo. Así que me paré y agarré una toalla que encontré ahí. No tenía sandalias y me metí a la ducha a pie pelado, libre para captar todo tipo de bacterias. Yo soy medio asquienta en ese sentido, pero dije: «Bueno, acá no tengo nada con qué meterme y tengo que ducharme». Entonces abrí el caño, como lo haría en mi casa, para que el agua se caliente. Pero en este caso nunca se iba a calentar. El agua estaba helada, y yo soy una cobarde, una maricona para el agua fría. Yo en verano, invierno o lo que sea me baño con agua tibia por lo menos. ¡Dios mío, fue toda una hazaña! Pero necesitaba despertarme.

Entonces me metí. Una manito, otra manito, un pie, otro pie y por último dije:

—Necesito despertarme. ¡Fuaaa! ¡Ya! Sí.

Cuando me lavo la cabeza soy definitivamente ondulada. Ese día tuve que cuidar mi pelo para que no se mojara. Todavía estaba bien peinada, como en las fotos, y no iba a malograr mi cabello. Mínimo me tenía que durar tres días mi lacio. Cuando me lavé espalda, fue como un despertar horrible. Me bañé lo más rápido que pude. Me enjaboné las partes más delicadas. Me lavé los dientes. Me lavé la cara. Me peiné. Me fui a mi cuarto y traté de cambiarme calladita. No sabía qué ponerme. No sabía cómo se pone una en prisión, cómo se viste. Tampoco tenía muchas alternativas. Lo que me habían llevado era como para irme a pasear o para irme de compras a un supermercado o a un centro comercial. En Santa Mónica la gente se viste con jean o buzo y con zapatillas, que es el calzado por excelencia de la prisión. Y la ropa que tenía no era precisamente la más adecuada para estar en una cárcel. Pero encontré un jean y unas zapatillas Puma muy bonitas que uso cuando viajo o quiero caminar y que parecen de vestir. No me habían traído ninguna de las de hacer deporte y las que tenía eran demasiado finas. No había otra, tenía que ponérmelas porque eran las únicas, a menos que me pusiera a andar en tacones.

Había unas españolas… ¡Dios mío! Y las historias que contaban eran historias que tarde o temprano terminaban en la cárcel. Ellas asumían que lo volverían a hacer otra vez. Era gente que ya no tenía remedio. Estaban buscando siempre el lado ilegal de las cosas. Trataban de conseguir marihuana. Estaban desesperadas por conseguir unos tiritos de cocaína por ahí. Eran personas muy metidas en la droga y totalmente indisciplinadas. Finalmente, tú estás, como yo siempre lo llamo, en un «convento», en un «internado de señoritas». Por lo menos, tienes que adaptarte a la rigidez disciplinaria. Y si quieres romper esa disciplina te ganas muchos problemas. Entonces había primero que explicarles: «¡Cálmate! Así no se hacen las cosas, así no se hace esto, no trates de amotinar a la gente porque te va a ir peor. Te van a mandar al “hueco”».

Además, las españolas eran las más adictas en Santa Mónica. Con sus niños o sin ellos, están drogándose y buscando la droga por donde sea. Tanto que la embajada les ha disminuido su mensualidad, todos los euros que les dan convertidos a soles y que no son pocos. Encima se quejan, y son las que más obtienen. Porque, además, si viene alguien del INPE y las castiga, dicen: «Disculpa, tú a mí no me tocas porque llamo a mi embajada». Yo pienso que la mayoría de extranjeras, sobre todo de ciertos países, viven bien. Ahora, además, existe un convenio con España y se pueden ir a cumplir su condena a su país. Creo que con todas las extranjeras sucede eso. Y me decían:

—Nooo, yo me voy a mí país, porque allá tengo ducha, las prisiones son bonitas, diferentes a esta porquería de aquí, del Perú.

—¿A sí? —decía yo—. Yo creo que ninguna prisión en el mundo entero es linda.

Pero muchas españolas eran bastante jactanciosas. Tanto que me daban cólera.

—¡Que me voy a mi país, que esta porquería de país…!

—A esta porquería de país viniste, mamacita, a tratar de negociar su droga para llevártela.

A veces, yo me peleaba con muchas y les decía:

—Todas somos presas, acá nadie es menos ni más. Estamos uniformadas por eso. Y si vamos a hablar de quién es culpable y quién inocente, eso ya es diferente. Pero acá todas somos igualitas. Así que tú te me ubicas bien rapidito acá porque yo no soporto eso, ese tipo de malcriadeces.

Eran muy insolentes, pero algunas me llegaron a tener cariño. Había una que era tan malcriada, tan adicta, que confesaba: «¡Yo soy una yonqui! Yo soy una yonqui, ¡entiende! Yo tengo que fumar. Si no me drogo, fumo». Ella andaba pidiendo cigarros a todo el mundo. Se había peleado con alguien a puño limpio y se salvó del hueco porque tenía un hijo. Su hijo estaba por cumplir un año. Era un bebe lindo, precioso, y ella no le tenía nada de paciencia. Estaba más desesperada por conseguir la droga que por atender a su hijo. Entonces la mandaron a Prevención.

Nosotras tuvimos que soplarnos el llanto de este bebé en las noches, en las mañanas, a toda hora. Y también la desesperación de ella: «¡Tráiganme los pañales, señorita del INPE! ¡Quiero el pañal!», «¡quiero un cigarro, señorita del INPE, un cigarro, mi cigarro, maldita sea, hija de puta!». ¡Dios mío! Y yo estaba ahí encerrada con ella todo el rato, porque mis horarios no me permitían salir tanto tiempo como las demás.

Al principio le agarré cólera. Yo no tengo pelos en la lengua y no tengo paciencia para aguantar a alguien así. Pero luego me fue dando un poco de lástima. Le comencé a dar un poco de cariño y a hablarle, no sé, como madre. Era una chica muy joven y con un niño lindo, y me di cuenta de que ella reaccionaba de una manera diferente cuando le hablaban con afecto. Tendría veintiún o veintidós años. Al final, me obsequió muchas cositas que lucí cuando salí de prisión.

—Yo no te voy a decir que las hice —me dijo—. Solo te voy a decir que yo las compré para mí, pero te las regalo. Es lo único que tengo y te lo voy a regalar.

Entonces me dio unas pititas muy bonitas, de hippie, y me las puso una a una antes de irse a su pabellón. Hace poco, en una carta, me pidió que fuese la madrina de su hijo. Y le dije que, según se portara, aceptaría o no.

******

Con las burriers empecé a practicar mi inglés. Lo había descuidado porque solo lo practico eventualmente. Pero tenía que comunicarme con otras personas y a veces lo hablaba con una sudafricana. Ella me hizo unos masajes porque yo no podía ni doblar el cuello de las contracturas musculares que tenía. Esta sudafricana hablaba solo inglés y le llamaban por el apellido, Zazú. Era muy trabajadora, muy simpática, gordita, una sudafricana de las tantas que llegan al penal. En ese país no todo el mundo es rico, no todo el mundo vive en Cape Town. Estamos hablando de África. Yo conocí ese país y había visto las dos caras de la moneda. Entonces decía: «¡Dios, qué gente! ¡Pobre gente! Venir desde allá pensando en que van a mejorar su estilo de vida… ¡Qué le habrán parecido a ella cinco mil dólares, si veinte dólares o diez dólares para alguna gente de allá es una fortuna!».

Esta chica, Zazú, me hacía los masajes. Ella no hablaba castellano, pero intentaba copiar algunas cosas y aprendió muy bien las lisuras. Es lo primero que aprenden las extranjeras, porque todo el mundo en la cárcel habla con mucha jerga. Entonces conversábamos, yo practicaba mi inglés y era su traductora oficial. Y me gustaba porque no me daba vergüenza. A veces, cuando tengo temor de hablar en inglés, sobre todo cuando lo he dejado de hablar muchos meses, me pongo muda. Se me traba la lengua y no hablo nada o hablo mal. Pero en la prisión me solté con naturalidad. Hablaba con las sudafricanas, con las australianas, de lo más normal, en su propio idioma.

Al principio, la nueva delegada, Mamá Fe, no quiso asumir este cargo. Pero, poco a poco, dijo que sí. Cuando comenzó como delegada, no tenía el control y le faltaban al respeto. Todas le gritaban y no hacían lo que ella mandaba. Las chicas estaban acostumbradas a la otra delegada, la arquitecta, que era mucho más dura de carácter. Todo el mundo hacía lo que ordenaba de puro miedo. Pero Mamá Fe no era como ella. Entonces le gritaban: «¡Vieja de eme, tú qué te vienes a meter!». Y yo decía: «¿Acaso ustedes nunca van a llegar a viejas? Acá se respeta. La edad y las canas se respetan. Así que si ella dice algo, no le grites porque ella puede ser tu madre o tu abuela». Esas cosas me sacaban de quicio.

*******

Con Mamá Fe hubo una simpatía y una química inmediatas, porque a mí la gente mayor me provoca mucha ternura y cariño. Yo nunca tuve abuelos, nunca los gocé y siempre me he sentido bien al lado de la gente mayor. Me parece que se les debe tener toda la consideración del mundo. Le tengo un respeto tremendo a las canas. Cuando la conocí, pensé: «¿Qué hace esta mujer acá?». Entonces, ella me contó su caso y entendí su situación.

Ella había estado en prisión décadas atrás. En Santa Mónica la conocía todo el mundo porque había delinquido antes, «cuando era joven», como ella decía. En esa época, no la habían encontrado contrabandeando droga sino otros productos y estuvo ocho años en prisión. Pagó con sus beneficios y salió. Y luego estableció un negocio propio. Tenía una bodega en su pueblo, en Ayacucho, en donde vendía cosas que traía de Puno. Pero cayó un bus donde ella viajaba y en donde había mucho contrabando. Y, como ella era la única que tenía antecedentes, le dijeron: «Esto es tuyo». Ella dijo: «No, no es mío, eso es del chofer, pregúntele al chofer». Ella dice que por eso la metieron a la cárcel. Ahora veo todo esto desde lejos, pienso que yo me creía todas sus historias y, de verdad, en prisión consideraba que era ella era inocente.

Me parecía muy tierna y muy buena gente. Siempre me decía: «Mamá, ¿quieres un melocotoncito? Mamita, ¿ya cenaste?». Te hablaba con ese cariñoso acento que tienen las mamás de la Sierra, que tiene la mujer del Ande, con ese tono de protección, de mamá. Y yo necesitaba una mamá en la cárcel y ella fue como una madre para mí. Me cuidó mucho: se preocupaba porque comiera, se preocupaba porque no estaba comiendo: «Mami, ¡estás flaca! Mami, ¡come!». Entonces, me decía: «Ven, ven, ven, toma, toma tu comida». Y yo me preocupaba también por su salud. Creo que tenía la presión alta, como mi mamá, y yo sé cómo hacer para que no suba el colesterol. Y le decía: «¿Por qué comes tanto? Ya, tienes que tomar tu pastilla». Cuando ella se iba al patio, me decía: «Cuida a Toña León». Mamá Fe la había tenido siempre bajo su regazo y, por ella, comencé a cuidar a Toña.

Yo no soy quien para juzgarla, pero sabía que Mamá Fe hacía buen negocio conmigo. Y yo me hacía la tonta, la que no se daba cuenta de nada. Por ejemplo, antes de que clasificaran a Zazú, la sudafricana, ella quería lavar ropa. Entonces, yo le mandé comprar unas cosas, detergente, para que empezara su negocio porque no tenía capital. A mí no me quería cobrar, pero yo igual le pagaba. Algunas prendas me las lavaba ella y otras me las lavaba yo. Por ejemplo, nadie tocaba mis calzones. Yo me los lavaba en el baño, como lo haría en un hotel. Los colgaba y en la tarde estaban secos. Y cuando Zazú se fue al pabellón, yo le dije: «Te voy a seguir mandando ropa para que me la laves». Mamá Fe era la encargada de llevarle la ropa y de traerme la lista de lo que costaba, ocho soles, por poner un monto. Y yo siempre le daba veinte soles y le decía: «Dáselo todo». Un día, por una carta que me mandó Zazú, me enteré de que recibía la mitad de la plata: «Gracias por los diez solcitos que me mandaste, solo eran ocho». Entonces, dije: «¡Whaaat! ¡¿Qué está pasando aquí?!». Confronté a Mamá Fe porque ese tipo de cosas no deben suceder.

Link: Si no te basta, lee todo el primer capítulo del libro en la página del Grupo Planeta

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comentarios
  1. Magaly Medina da lo que gusta a la gente Peruana en Promedio (chismes, morbo, escándalos, etc). Creo que venderá mucho libros para alimentar a la buena educación Peruana jajajaja….
    Ya debería gozar en el extranjero con toda la plata que hizo con su programa BASURA…

  2. Danny SM dice:

    A mi me llama seriamente la atención esta frase: “Yo no soy quien para juzgarla…”

  3. yonatan dice:

    el precio de magaly no es ni de 0.10 centimos, el libro es una porqueria prefiero el libro de tongo

  4. yonatan dice:

    mgaly no es periodista es cualquier cosa yesica tapia es mas inteligente que ella, magaly la verguenza del peru

  5. THALIA dice:

    MIRA YONATAN LO QUE TU ESCRIBES AHI ES ALGO QUETU MISMO NO TE LO CREES .PERO MAGALY APESAR DE TODO ES UNA VALIENTE Y SALIO ADENLANTE SOLA ….DEBES DE PENSAR BIEN ANTES DE ESCRIBIRRRRRRRR Cabezon

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