En busca del cholo perdido

Publicado: 14 mayo 2009 en Martín Wong
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Fue así pues, señorita, que cuando escuché que ese hombre le dijo a mi padre ¡Arranca no más, cholo ignorante! Me sentí confundido. Había visto a mi padre cholear a otros, cuando se refería a un congresista o cuando mi madre se quejaba de lo caras que están las cosas en el mercado. Pero nunca, señorita, nunca pensé que a mi padre le dirían cholo. Supongo que él tampoco lo pensó porque lo primero que hizo fue agarrar a trompadas a ese señor hasta dejarlo privado en la vereda. Yo tuve miedo, señorita, pero cuando se calmó, varios días después, le pregunté mientras almorzábamos: papá ¿nosotros somos cholos? Luego vi que las venas de sus ojos saltaron y pensé que me iba a trompear también.

La respuesta que me dio me llenó de más dudas ¿quiénes son los cholos entonces? ¿dónde están? Esa tarde decidí buscarlos, pero necesitaba más pistas. Bajé las escaleras de mi casa y me fui al salón donde mi mamá tomaba el té. Nosotros vivimos en la zona más bonita de la ciudad, rodeados de parques y casas elegantes ¿la conoce? Me senté junto a ella y antes de que tuviera tiempo de decirme que vaya a jugar a otra parte le pregunté: ¿Mami, tú eres chola?

Mi madre, Marlene Rizo-Patrón Villafuerte de Hamann, al escuchar mi pregunta casi se atraganta con el sorbo de té inglés que tenía en la boca. Me miró muy enojada, como si la hubiera ofendido, pero no descubrió ninguna malicia en mis ojos porque mi intención no era otra que llegar a la verdad. Dejó la taza de porcelana fina en la fuente de plata y sonrió. No, mi hijito, por supuesto que no. Entonces –dije– ¿sabes quiénes son los cholos?

Ella lo pensó un momento y luego respondió: los que no tienen un apellido distinguido, los que tienen mal gusto, bueno, casi todos ¿no? esta ciudad se llena cada vez más de cholos. Por eso debes saber bien con quién te relacionas.

Entonces le pregunté dónde podía encontrar a uno. Mi madre miró a todos lados, inclinó la cabeza y dijo en voz baja: El mayordomo, por ejemplo, es uno de ellos. Puedes hablar con él, pero no le digas cholo. A los cholos no les gusta que los choleen.

El mayordomo estaba en la cocina acomodando las fundas de terciopelo que cubren la caja de los cubiertos. Me adelanté y le dije: Elmer ¿sabes dónde están los cholos?

Él no hizo ningún gesto y continuó con su labor. Luego que hubo terminado, por fin me miró sin dejar de arquear una ceja: Búscalos en las barriadas, niño, en los lugares oscuros a donde no llega el agua ni el desagüe, en los arenales y descampados. Son los que han tomado la ciudad y la han sitiado. Visten huachafonamente y se emborrachan los fines de semana bailando una música decadente y llorosa. Son los que gritan en vez de hablar, los que insultan en vez de opinar, los que maltratan a sus mujeres y dan mal ejemplo a sus hijos…

¿Dónde los puedo encontrar exactamente? – pregunté. El mayordomo se levantó y apuntó una dirección en un papel. Búscalos en mi antiguo barrio. Felizmente ahora vivo en una zona decente.

Así que caminé y caminé preguntando hasta dar con el paradero del ómnibus que me lleve a esa dirección. Recorrí toda la ciudad, señorita. Primero vi casas bonitas, luego avenidas enormes, luego edificios imponentes y luminosos, luego casitas otra vez, pero más pobres, terrenos baldíos, callecitas sin luces…pensé que nunca iba a llegar hasta que me bajé en un corralón sin salida, con casas de madera, techos a medio construir, una plaza pequeña y una escuela. Esquivé algunos perros, caminé entre la arena y toqué una de las puertas. Una señora regordeta me atendió muy amable. Adivinó mi cansancio y me ofreció un poco de refresco. Me senté. ¿Señora, usted es chola?

Ella rió con todas sus fuerzas, como si le hubieran aumentado el sueldo. ¿Chola yo? no hijo, te equivocas. Está bien que este barrio esté lleno de cholos, pero ¿no ves que mi piel es más clara? Mira mis ojos caramelos, mira mi cabello castaño oscuro y ondulado (por más que esforzaba mi vista, señorita, a ambos los veía negros). No, mi niño. El medio hermano de mi bisabuelo fue español, y yo heredé todititos sus genes. Se apellidaba Pérez. Yo me apellido Flores. Los cholos tienen apellidos horribles. Aquí todos me dicen la gata. Los que buscas están aquicito nomás, pero no me confundas, no señor. En este barrio inmundo también habemos gente bonita y decente, poca pero la hay. ¿Quieres ver a un cholo de verdad? Anda a la plaza y vas a ver a un guanaco leyendo un periódico. Todo el mundo lo conoce como el cholo Peter, pero no le digas que yo te envié. Recuerda que a los cholos no les gusta que los choleen.

El recorrido se volvía cada vez más trágico, pero no estaba dispuesto a desmayar. Casi sin esperanzas anduve por la plaza sin saber qué buscar. Efectivamente, en una de las bancas encontré a un señor leyendo un periódico deportivo. Cansado de repetir la misma pregunta, me aventuré a asumir su condición. Señor, buenas tardes ¿qué se siente ser cholo?

El hombre cerró su periódico exaltado y, por la cara que puso, concluí que había cometido un error.

Cual es tu cholo, mocoso. Soy norteño de pura cepa. ¿Que no sabes diferenciar? Aquí no hay cholos. A ellos búscalos en la puna. Son chaposos y se les sale el mote ¿que no ves que soy moreno y hablo muy bien?

Abrió su periódico y no me dijo nada más. Salí desanimado de aquella barriada. Estaba cada vez más confundido con las descripciones que iba recogiendo de la gente. Al principio se referían a cuestiones genéricas como el lugar de nacimiento, la zona donde se vive, el apellido, pero después se volvieron más concretas: guanaco, trinchudo, narizón, moreno, cuadrado, eran adjetivos que según ellos, podrían ayudarme en la búsqueda. ¿Cómo es posible que habiendo escuchado a tanta gente hablar de los cholos, no haya podido hasta ahora encontrarme con uno? Mientras más escarbaba, más túneles se abrían ante mí. Así que no tuve otro remedio que viajar cientos de kilómetros hasta una de las ciudades de la puna, señorita, donde seguí preguntando, pero a pesar de mi insistencia nadie me supo dar respuesta del cholo perdido. Algunos me decían que son los indios de la selva, otros que son los del sur.  Todos encontraban una razón para no definirse como cholos. Casi al final del día, algunos se compadecieron de mí y me dijeron que tal vez más arriba, en las comunidades campesinas, lo podría hallar.

Resuelto a hacer un último viaje, ascendí por las montañas hasta una aldea de piedra en medio de la nada, con gente humilde que me acogió con los brazos abiertos.

Y aquí viene lo bueno señorita, porque cuando el alcalde de ese poblado me recibió en su oficina, observé que reunía todas las condiciones que había venido anotando. Se llamaba Eustaquio Huamán, y ya estaba a punto de hacerle la misma pregunta gastada, cuando se acercó y me dio un gran abrazo.


– ¿Cómo estás Robertito?

Mi abuelo era el alcalde de ese poblado. Debí suponerlo cuando lo vi, porque el parecido con mi padre era impresionante. Lo malo es que nunca me habían hablado de él, y tuve que fingir que lo había extrañado todos estos años. Me quedé varios días pensando, decidiendo entre preguntarle o no. Cuando al fin me armé de valor y le espeté la pregunta, se quedó pensando varios segundos. Tal vez nunca se había preguntado aquello. Me dijo que era un hombre orgulloso de su tierra y sus raíces, pero que mi inocente búsqueda había sido en vano. El cholo no existe, me dijo. No es un hombre, sino una categoría; no es una raza, sino un arma con la que defendemos nuestro miedo a la igualdad. Cuando choleamos trazamos límites, levantamos murallas, distinguimos. Pero sobre todas las cosas, nos descubrimos.

De pronto recordé la respuesta de mi padre y ésta cobró un triste sentido, señorita. En aquel almuerzo, cuando las venas de sus ojos saltaron y creí que me iba a trompear por haberle preguntado si éramos cholos, me puso una mano en la cabeza, me miró fijamente y me dijo:

– Nadie es cholo mientras tenga a quien cholear.

Por todo eso señorita, le ruego que califique mi examen de matemáticas. No escribí mal mi nombre. Yo no me llamo Roberto Hamann. Yo nunca me llamé Roberto Hamann. Corríjalo, déjeme ser yo mismo. Y a ustedes compañeros les digo, que al primero que me diga cholo ignorante, le saco la mierda.

Pd: La imagen es original de Choledad Privada

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comentarios
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  2. Alan Salinas dice:

    Estimadísimo, encontré en tu post, algo concreto y sencillo de sustentar una hipótesis con respecto al racismo. A mi modo de ver, el tema del choleo va por el hecho de encontrar a alguièn a quien someterlo mas no alejarnos de nosotros. Me explico, en realidad, no queremos que se ausente sino que esté presente para demostrar nuestra jerarquía de diversa manera. Ejemplo: el apellido, el lugar de residencia, de origen, de educaciòn. Eso es lo que en realidad define nuestra manera de marcar nuestra identidad “exluyente”. Vale decir, el tema del racismo no tiene un objeto definido de discriminación. Porque el que no tiene de inga tiene de mandinga. Todos casi somos medio marroncitos.

    A mi entender, la mezcla del choleo se compelementa con la idea de jerarquizaciòn o sometimiento. Buen post de lejos!!!

    Saludos,
    Alan Salinas

  3. FRANZ MAX dice:

    acostumbrado a tus nuevos experimentos de cambio de estilo, este me resulta muy interesante, sobre todo por el tema, “siempre hay alguien que trata de hacerte su cholo”

    muchas veces alimentados por los mismos padres, hermanos, amigos, o conocidos “no dejen que te choleen” es igual a decir, no seas su esclavo, no seas su lamebotas, etc.

    muy buen post, como los otros, como sste. saludos

  4. Vier_minuten dice:

    Hola.
    Podríamos reivindicar a la choledad que es como una soledad a gritos de una condición despreciada. ¿Cuándo comenzó a usarse la palabra cholo?. Post-colonial, antes era indio. De resonancias oligárquicas demuestra cómo estamos llenos de prejuicios. El racismo generalizado.

    Este cuento maneja un gran humor. Se celebra. Golpea e invita a re-meditar en lo que somos y cómo nos tratamos. Cómo nos miramos.
    Ah, la choledad.

  5. cholo es igual a mestizo
    mestizo es igual a mezclado
    y mezclados somos todos
    ya que hasta el Alemán resulta ser mezcla de otras razas
    así que el mundo es chola a pura cepa xD

  6. Gianncarlo dice:

    Cholos, cholitos, choledad….de cholos…existen condiciones de vida (todo lo que se dice) muy marcadas, muy diferentes entre si, o entre todos, busquemos convertir a ese cliche de llamar cholos a los que se siente diferentes (pero en el fondo no lo son)…pero tambien hay que ser concientes de esa diferencia y respetarlas buscando por todos los medios acortar las distancias con inteligencia…yo me siento recontra cholo (no es conveniencia), tambien me siento recontra feminista (tampoco es conveniencia….Afrontar el tema del racismo o el machismo o la discriminación (de cualquier indole)o simplemente tocarlo como tema en si es complicado, la razon de la verdad esta en la sinceridad del pensamiento y de la coherencia de los actos (me rehuso a ser sincero del todo y me rehuso a ser racista tambien) se dan cuenta??? la sinceridad es la que cuenta

    buen post…abre polemica

  7. Gino dice:

    La palabra “Cholo” viene de Cholotl que en lengua Nahuatl significa perro calato, el famoso “escuincle” mexicano (que también existe allá).
    Los españoles, después de casi exterminar a los nativos Caribes y Tainos debido a la conquista violenta y enfermedades, se vieron obligados a traer esclavos africanos como mano de obra en algunas islas del caribe ya que éstos podían adaptarse sin problemas a los rigores del clima tropical. Pero solo llevaron hombres. Después de un tiempo éstos esclavos morían y envejecían. Los conquistadores Tuvieron la brillante idea de “cruzarlos” con indias Nahuatl que llevaron de México para mantener la cantidad necesaria de esclavos requeridos. Cuando éstas mujeres empezaron a parir y veían que el niño que salía de sus entrañas era negro lo rechazaban diciendo que habían parido un Cholotl.
    Este término se usó luego para calificar a aquellos a quienes se consideraba inferior y despreciable.
    En algún momento esta palabra y definición llegó al virreynato en el Perú y se empezó a usar como calificativo para los indios y mestizos. Mientras que en todos lados se perdío el uso de este término, en el Perú se afianzó y pasó a ser parte de nuestro vocabulario.

  8. angeldevil dice:

    Ta bueno…. jajajajajaja me hizo reir

  9. Heyner Fernandez dice:

    Cholos de Mierda, dejen de cholear tanto, que todos tenemos algo de cholos, sobre todo tu… Huaman

  10. Muy interesante y reflexivo tu relato, lo voy ha citar en mi blog.
    Me gustaria saber como se vive la choledad, el choleo, la discriminacion, en Iquitos, con tanta gente venida de diferentes partes del Peru.

  11. La Maga dice:

    Escribes muy bien, me he divertido mucho con la historia. El cholear y los cholos es un tema del que se habla siempre. A la hora que lo encaramos todos decimos que no choleamos, pero al final terminamos haciendolo(al margen de las explicaciones etimológicas que se quieran dar). Algunas veces se dice que se cholea por ignorancia, pero me parece , repito que todos caemos en eso. El termino cholo, no solo se usa por racismo, color de piel o clae social. También se da ese adjetivo a gente blanca con bajo nivel cultural , mal gusto, etc.
    En fín es un tema que siempre se toca, todos criticamos , pero no se cambiara. leamos a Bruce, Y nos havíamos choleato tanto.

  12. YOYITO dice:

    QUE TUANIS ESTA ESA BARA | TATUANIS TATUANIS|@Y PINPON ES UN MUÑECO JAJAJAJAJAJA CUAL ES EL NUMERO 911 JEJE

  13. Johnny dice:

    Buenas ,me gustaria saber si la historia es real porque estoy en de una persona llamada Eustaquio Huaman Loayza asi que cualquiera que pueda darme alguna informacion por favor enviarla a mi correo mitox1@hotmail.com
    gracias

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