Sábados por la noche

Publicado: 13 mayo 2009 en Gino Ceccareli
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Era sábado, y como todos los sábados Lucas y yo salíamos de parranda. Adictos a la belleza femenina, más que al baile y la borrachera, nos encontrábamos en algún lugar de la ciudad para cenar y beber vino, para luego hacer un recorrido por los diversos bailódromos de la ciudad a fin de mostrarse, escojer y seducir a muchachas que también salían los sábados, como todos los sábados y hacían lo mismo que nosotros.

Ambos éramos muy exigentes en cuanto a la belleza, discutíamos sobre los atractivos y cualidades que veíamos en las chicas. De la misma manera que, seguramente, hacen las chicas cuando ven chicos que puedan interesarles.

Lucas, gran lector de literatura era también muy polémico y apasionado cuando tocábamos este tema, al punto que algunas veces dejamos pasar bellas oportunidades de romances con guapas chicas por estar enfrascados en descifrar la poesía de Mallarmé o Góngora. Otras veces llegábamos a una discoteca y arrimados sobre una baranda nos dedicábamos a descifrar la poesía y el lenguaje de los cuerpos bailando. Había “descubierto” que ciertos cuerpos debían moverse más (o menos) que otros porque no todas las anatomías eran compatibles con la salsa, el merengue o el rock. “La estética o la belleza es el resultado de una armonía, de un equilibrio entre la forma y el fondo. El secreto y el misterio de la belleza radica en saber compensar y saber deshacerse de lo vacuo, aunque parezca importante. El baile es el arte de hablar y seducir con las posibilidades que te da el movimiento de un cuerpo, y cada cuerpo debe encontrar un equilibrio entre el ritmo y la forma de ese cuerpo”, decía. En fin…

-“Ella baila para el público, no le interesa su pareja”

-“Y su amiga está aburrida, ni siquiera mira con quién baila”

-“¿Viste a la de blusa verde? No sabe qué hacer para seducir al pata”.

-“¿Por qué a algunas mujeres les incomoda estar cerca de una chica más atractiva que ellas?”

-“Están las infaltables, las del fondo trajeron una amiga nueva”.

Un salón de baile es más que eso. Para algunas (y algunos) es una pasarela donde pueden lucir sus cuerpos o la ropa nueva, para otras es un espacio ritual en el que a través del baile y la música embriagante dan rienda suelta a sus instintos de seducción y actuación, para algunas es un espacio de reencuentro y de conocer gente, para otras es simplemente un espacio visual, casi un teatro, a donde van a observar y divertirse mirando a los demás y, para casi todas, es todo lo antes mencionado.

Existen ciertos códigos para abordar una muchacha (y viceversa) en un bailódromo:

Primero, tienes que estar seguro que no te va a chotear de entrada, es decir, haberse dado cuenta que ya se fijó en ti y que “la corriente pasa”.

Segundo, ser divertido y ocurrente cuenta mucho, nadie va a una disco a contar sus problemas (ni escuchar) o hablar de temas laborales… Requisito importante: nunca bailar mejor que tu pareja, hay que dejar que se luzca, que no se sienta intimidada ni apocada. Ella es la reina de la noche. Tampoco hay que excederse en halagos ni exagerar en hacerse el interesante. Una vez que ella “te dio entrada” no puedes ni debes mirar a otras mujeres. Básico.

Las mujeres “huelen” las feromonas masculinas. Por más que ella esté interesada en uno, no se debe poner mirada de vampiro ni hacer muy evidente los impulsos (¿torpezas?) sexuales o de atracción. A todas les gusta ser tratadas con elegancia y alegría. De la misma manera es importante, cuando las circunstancias obliguen, a ser elegante y oportuno emprender la retirada cuando te mandaron indirectas (o directas al mentón) advirtiéndote que no vale la pena que continúes en tu acoso o, cuando te has dado cuenta que su interés está en otro fulano. Se entiende que estos códigos (con sus matices respectivos) también se dan en las mujeres que salen a divertirse.

Estas recomendaciones no son recetas, ya que existen muchas más formas (incluso vulgares y agresivas) de abordar al sexo opuesto, pero como no es mi estilo ser vulgar y tampoco me interesa la chambonería, no opinaré sobre eso.

Más de una vez, Lucas y yo nos encontramos en situaciones como ésta (hablándonos al oído): “ella quiere venir conmigo, pero me dice que no le gustas a su amiga” o “me dijo que tú le gustas, me pone a su amiga pero, ella no me gusta…” o “no hay futuro acá, solo quieren beber y bailar, vinieron en mancha y se irán en mancha”.

Se entiende que las salidas con Lucas a recorrer y adentrarnos en los vacilones que nos ofrecía la ciudad se debía también a que ambos estábamos sin compromisos formales y, con desenfadada alegría, caímos en la espiral de la juerga sabatina.

Para los verdaderos adictos a las fiestas, más que un espacio de “cacería”, un lugar de baile es una forma de ser y estar en cierta onda. Ahí descubrimos y entendimos una faceta más de un sector social muy particular que conforma ese mosaico que es la sociedad iquiteña. Un modus vivendi inclasable socialmente y variopinto. Salir a vacilarse religiosamente en discotecas o bailódromos todos los fines de semana es, para muchos, la razón de existir y que, incluso, llega hasta involucrar la chamba ya que, una parte del salario está indefectiblemente destinado a cubrir los gastos casi sagrados del fin de semana. Todo o casi todo gira en torno a los viernes y sábados. Es hasta una forma inconsciente de encontrar un equilibrio psíquico. El bailongo es la única actividad o factor de integración social capaz de aglutinar multitudes con regularidad y de identificación cultural en Iquitos y, es también, una vía de escape ante una realidad difícil e injusta.

Aquellos meses que nos dedicamos a seducir (y dejarse seducir) en esa vorágine sabatina-nocturna que ofrece la ciudad, fuimos conociendo gente y aprendiendo y asimilando ciertos códigos sutiles de conducta y costumbres muy particulares de ese medio. Por ejemplo: todosesabe, todos llegábamos a enterarnos de todo, incluso de novedades y privacidades de gente que no conocíamos. En un espacio tan reducido como una discoteca, llega a ser natural que los asiduos asistentes se vean, encuentren y frecuenten con quien fue su primera enamorada, con las que siguieron, con las amantes fieles y cruzarse (todos los fines de semana, durante años) con aquellas que en alguna borrachera o por angurria tuvieron “algo”. De la misma manera con todo el pasado y presente sentimental de los amigos. Se entiende que las féminas pasan inevitablemente por la misma rutina.

Como si el tiempo, los afectos, las frustraciones y los deseos íntimos no tuvieran un espacio propio, todo se confunde y se hace público. El pasado siempre está presente, cada fin de semana lo tienes al frente, está ahí, lo ves. Sin querer y hasta por inercia morbosa, los caseritos terminan siendo y haciendo una radiografía pública de tus sentimientos y pasiones (sumado a las exageraciones, inventos y deformaciones). Tu vida privada pasó a ser un tema más en ese círculo. Estás en un universo (chiquito felizmente) donde todos están hipócrita y desenfadadamente involucrados y enterados de tus vaivenes sentimentales, aunque no lo quieras. Las intimidades terminan siendo vitrinas expuestas al comentario, juicio y regocijo del grupo juerguero. Entraste en un espacio descarnado, teatral, morboso y desenfadadamente “natural”. Este fenómeno sórdido se da en círculos cerrados y en todos lados, no inventamos nada, pero, así como Iquitos tiene rasgos culturales únicos y originales debido a su geografía, a su desconexión (atizada por un chauvinismo ingenuo) y a su matiz tropical, tengo que reconocer que ese mundo fiestero, seductor, embriagante, divertido y sensual, termina siendo fatigante y frívolo, por lo menos para mi.

–         Gino ¡hola!, hay una amiga linda que quiere conocerte porque quiere que le enseñes a pintar (?)… ven, te la quiero presentar” –y casi mordiéndome la oreja me dijo- “preséntame a tu amigo”. Mientras nos llevaba al rincón donde su collera chupaba y divertía y, que obviamente nos recibieron y saludaron como a intrusos en luna de miel, ya que nuestra presencia significaba un reordenamiento de planes (seguramente programado) del grupo, un probable desequilibrio de intereses afectivos,  orgullos invadidos y una posible desagregación del grupo. Mi curiosidad por conocer a mi supuesta admiradora era más fuerte que incomodar a ese grupo. Cuando mi amiga la alcahueta me presentó a su amiga que “quería que le enseñe a pintar” (bellísima) y que, de entrada me devoró con su mirada, es decir, ignorando al grupo me invitó a compartir su silla y cogiéndome tiernamente del brazo nos enfrascamos en una conversación, como por arte de magia hizo desaparecer a sus amigos, la discoteca y el planeta entero.

Mi amiga que había puesto la puntería en Lucas, literalmente se zurró también en sus amigos. No le importó arruinar la supuesta armonía y plan de diversión que implícitamente existe en un grupo que sale de jarana. Sacó a bailar a mi desorejado amigo y bailaron sin parar una docena de canciones (ella colgada del cuello de Lucas). Es sabido que cuando una mujer desea algo con vehemencia, es capaz de todo. Cuando las mujeres se proponen lograr algo, son más decididas que los hombres. La Palabra de una mujer o su fijación para lograr un objetivo, merece mucho respeto, no hacen concesiones. Sépanlo.

Esa noche Lucas y yo la pasamos súper bien (no sé si arruinamos la diversión de aquel grupo, y si fue así, valió la pena).

Lucas no bailaba mal… bailaba rochosamente horrible (su teoría de los cuerpos bailando no se aplicaba en él). Descubrió que podía medir el nivel de interés que despertaba en una chica por su grado de aceptación y desinhibición cuando aceptaban bailar con él. Para que una muchacha acepte exhibirse en una pista de baile (todas las iquiteñas bailan lindo) con un desorejado, significa que vio alguna cualidad capaz de opacar su desacompasado ritmo. Ahí ya no importa si baila mal (se trata también de mostrar a las amigas y a las sapas al cuerazo que se ha interesado en ella, orgullo obliga). La belleza tapa todo.

Para terminar. De repente y sin querer pasaron algunas semanas que Lucas y yo dejamos de contactarnos para salir los sábados. Hasta que un día nos comunicamos por razones profesionales y en algún momento de la conversación me confesó que se había enamorado y estaba en otra onda. “Yo también” le dije. Casi con la misma naturalidad y desenfreno que nos entregamos a la diversión nocturna, pasamos a dedicarnos intensamente a nuestras flamantes parejas. Un par de veces salimos los cuatro a cenar, conocernos y, también fuimos a bailar a esos locales que frecuentábamos antes.  La pasamos bien, pero la magia y el estrenado amor eran demasiado fuertes como para detenerse y resignarse a que la felicidad se remitía a la diversión de un bailódromo. Simplemente pasamos a otro rollo. Nada es imprescindible, ni el mejor vacilón. Hay cosas más importantes.

El se casó, y sé que está en Afganistán con su iquiteña que (por amor) tiene que salir a la calle envuelta en ropajes largos y ocultando su rostro. Religión obliga. Yo, después de un amor intenso pero frágil, volví a estar solo (dizque).

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comentarios
  1. Los STD deben estar a la orden de dia…

  2. FRANZ MAX dice:

    genial descripcion de las noches de iquitos, ami solo me gusta el musmuki (mas que los tragos, la musica)

    saludos

  3. Gianncarlo dice:

    Es la descripcion de un “dandy” y cia, me parece bueno el texto, es muy real lo que describes, pero no coincido de que TODAS LAS IQUITEÑAS BAILAN BIEN, es un halago a las chicas de mi tierra, hay algunas desorejadas tambien…

  4. Gino dice:

    esa frase la puse pensando en la posibilidad de que mi iquiteña preferida lea el artículo. Es desorejada…

  5. Martín Wong dice:

    “Salir a vacilarse religiosamente en discotecas o bailódromos todos los fines de semana es, para muchos, la razón de existir (..) Todo o casi todo gira en torno a los viernes y sábados. Es hasta una forma inconsciente de encontrar un equilibrio psíquico.”

    Excelente. Podría enmarcar esas palabras para recordar uno de nuestros rasgos culturales más famosos.

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