La sillita de caoba

Publicado: 10 mayo 2009 en Diario de IQT
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Por: Enrique Dávila

Melancholy_by_drkshp

La anciana tenía medio corazón. Una mitad que sobrevive al tiempo y la otra que desapareció entre sus recuerdos. Siempre sentada en su sillita de caoba observa a la gente pasar por su casa de toronjas maduras y recuerda cada uno de los rostros que se entremezclan con la luz perpetua del sol. Tiene más de setenta años sumidos en sus pensamientos, como si nada importase más que su sillita de caoba y la suave brisa que juega con sus cabellos ahora cenizos. 

Los del caserío apostado a la orilla del Ucayali no saben qué pensar de la anciana de la sillita. Algunos creen que es una loca, otros que solo es una mujer triste. Sea como sea, no ha causado problemas a nadie, en los más de setenta años que lleva viviendo allí no se han metido con ella. Solo algunas mujeres que cultivaron la dedicación a su servicio durante años le hicieron compañía. Otros que trataron de acercarse se encontraron con una barrera impenetrable, su indiferencia. 

Durante veinticinco años se relacionó con doña Inés Martha Tapullima Silvano, quien le llevaba la carne del monte, el pescado y el arroz que necesitase; limpiaba la casa, lavaba la ropa, etc. En otras palabras se ocupaba de ella. Una noche doña Inés Martha Tapullima Silvano se acostó a dormir y no despertó nunca más. Luego su hija que paso a ser doña Martha Olinda Gómez Tapullima pasó a ocupar su lugar, y durante veintiocho años cumplió aquella labor con dedicación y amor, hasta que una madrugada su cuerpo sucumbió a la fiebre dejando a su hija, que paso a ser doña Olinda Lucía Caritimari Gómez a cargo de la señora y su sillita de caoba. Fueron diecisiete años en los cuales doña Olinda puso todo de sí para atender a la enigmática – ahora – anciana que poco hablaba y nada decía. Un día mientras lavaba la ropa sintió un dolor en el pecho y cayó enferma. Sabiéndose cercana a la muerte mando a llamar a su hija Lucía Manuela Ramírez Caritimari (que aún no es doña) a quien no veía en más de quince años. 

Lucia Manuela Ramírez Caritimari regresaba de clases cuando recibió la noticia. Durante un día y una noche pensó en qué hacer porque era de su conocimiento el pasado de las mujeres en la familia. Fue por ese motivo que su padre Don Juan Carlos Criollo Ramírez Godoy la llevó a vivir a Iquitos, porque por alguna extraña razón las mujeres de la familia terminaban al servicio de la ahora anciana. Viendo el futuro que le esperaba a su pequeña hija la tomó en brazos, una madrugada en que los gallos dejaron de cantar y dejó el caserío para nunca más volver.  La cuidó lo mejor que pudo pero hace dos años fue en un viaje por el indomable río Amazonas del cual nadie regresó. Estando sola y con el recuerdo de su madre aún vivo en su mente, Lucía Manuela Ramírez Caritimari arreglo sus cosas dispuesta a saber la verdad, cual sea esta. 

El Ucayali no causó mayores problemas del que puede causar un rio corrompido por el ruido del motor de las surcantes lanchas decoloradas. La joven agobiada por los pensamientos de la madre que se desocupó de ella a los dos años para atender a una anciana loca y quebradiza, y ahora enferma, consumían las horas en que los delfines aplaudían la travesía. Llegó al caserío sin mayor recibimiento que los murmullos de los vecinos chismosos de oficio. Antes de ver a su madre pasó por la casa de la anciana casi sin darse cuenta, observó las toronjas  que rodeaban la vivienda deseosa de cruzar miradas con la anciana, o al menos ver la sillita de caoba inmortal; no obtuvo mayor suerte que el saludo de la toronja madura cayendo a la tierra fangosa. La lluvia empecinada en acelerar los pasos de los humanos hizo que la joven acelerara los pasos entre las trémulas casas de madera y techos de irapay. 

Acostada boca arriba y respirando a duras penas, doña Olinda Lucia Caritimari Gómez observa a su hija posarse empapada a su regazo. Se esfuerza por dibujar una sonrisa y extiende los brazos hasta donde la naturaleza le permite, pero no obtuvo mayor respuesta que la indiferencia. Existía en ese momento una barrera invisible que mediaba las palabras. Mientras la moribunda intentaba no parecer moribunda, más bien llena de vida, insistía en contentar a su retoño de ahora diecisiete años. La joven que no aprendió a quererla pero tampoco a odiarla, permanecía impaciente escuchando la lluvia devorarse el caserío. Cuanto mayor era el tiempo en silencio mayor era el sentimiento de aflicción ante la madre enferma y ante la hija indiferente. Solo cuando la tos flemosa corrompió el momento fue que doña Olinda Lucia Caritimari Gómez chasqueó los dientes, tragó la flema verde y amarga y trató  de soltar algunas palabras que zozobraban al intentar escapar de sus pálidos y partidos labios: 

  • Cuida de la anciana después de me haya ido y hazlo hasta que ella me alcance.

Lucia Manuela Ramírez Caritimari arrugó la frente, se puso de pie, agarró  las  cosas que no desempacó en ningún momento y abrió la puerta dejando pasar los vientos de la lluvia.  

  • Incluso antes de morir te preocupas de ella antes que de mí…

 

Lucía Manuela Ramírez Caritimari supo que no obtendría mayores respuestas en la casa de la moribunda madre que en la casa de las toronjas maduras. Se quitó las zapatillas empapadas, ahora pesadas, y caminó  veloz ante la mirada atenta de los moradores. La anciana sentada en la sillita de caoba observaba la lluvia devorarse el caserío. 

  • ¡¿Por qué he de cuidar de ti?! – preguntó la joven a viva voz.

 

Las toronjas se sacudían con el viento impetuoso. La anciana dirigió su atención ante cuerpo de la muchacha flagelado por las aguas. Y aunque era alcanzada por las mismas aguas flagelantes, sonríe como recordando una escena del pasado y abre los labios dejando ver los pocos dientes que le quedan. 

  • Es curioso, cuando conocí a tu madre me preguntó lo mismo… – comenta mientras hace rechinar la sillita acomodando la cabeza hacia las nubes oscuras en el cielo de la tarde – mira, el firmamento llora por la partida de doña Olinda Lucia Caritimari Gómez, la que se compadeció de esta decrépita mujer.

 

Lucia Manuela Ramírez Caritimari sintió y no sintió deseos de preguntar nada por el momento. La figura enigmática de la anciana de la sillita de caoba la llevó a pensar, creer, o entender que las respuestas no vendrían en ese ahora más que en un posible después. Aún con el ceño fruncido se aventuró a entrar en la casa de las toronjas maduras y observó los platos sucios, la cama desordenada y los pisos sin barrer. Se acercó a la anciana de la sillita de caoba y del medio corazón. 

  • Entra, anciana, y cámbiate las ropas, que el firmamento llora por mi madre y no por enfermarte.
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