Arroyo que conocí

Publicado: 8 mayo 2009 en Fernando Nájar
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pardre arroyo

Luego de varios días  regreso al mundo urbano y mi primer acto cybercivilizado es averiguar qué me deparó el pasado en mi PC. Mientras saboreo un buen café turco  ( !ya quisiera ese tal pepino Verea probar esta cafeína de ángeles!) me encuentro con el  mail de siempre, el  “que todo me cuenta sobre Iquitos”  . Esta vez me pone al tanto del fallecimiento del sacerdote José María Arroyo.

Mi informante, que no es una persona vinculada a la prensa, ni al mundo de la cultura, me señala, textualmente, que la muerte de Arroyo fue una “novedad” en la prensa y en las autoridades. Luego  de anunciarme otros datos, termina su mensaje con una frase “filosófica”  que tiene visos de autenticidad: “solo se acuerdan de ti, cuando te mueres”.

En la idiosincrasia actual, primero te mueres y luego se acuerdan que existías. Se fue Arroyo y “descubrieron” que vivía; porque este sacerdote, además de periodista, de una impresionante cultura,  probablemente  uno de los pocos que hablaba y escribía  el castellano con propiedad y pulcritud, estuvo en los últimos años de su existencia olvidado de sus amigos mas cercanos y de los que dicen que le apreciaban;  La “justificación” era, me lo dijo uno de ellos en Iquitos, que Arroyo ya no conocía a nadie.

Existir en el anonimato que te imponen los que dicen que te aman, debe ser más doloroso que una enfermedad incurable.

A una semana de su muerte sigo leyendo y escuchando los epitafios; todos me conmueven, y lo digo sin sarcasmo. Hay uno,  publicado el 29 de abril en el diario La Región con el título:” Hasta pronto Chema”. En la elocuencia biográfica, el redactor se confiesa amigo entrañable de JMAA; pero hay un párrafo final que me causa hilaridad. El autor de la nota, se pregunta desconsolado:

¿Por qué te has ido “Chema”, por qué nos hundes en un océano de dolor y pena, negándonos tu egregia presencia?

¡Qué desvarío! Hace seis años Arroyo comenzó con su inexorable partida, pero  al mismo tiempo que “una nube blanca empezaba cubrir su memoria”, su existencia fue sitiada en el olvido y el mundo viviente comenzó a irse de su lado. Corrijo la pregunta del desconsolado  ¿ Por qué nos fuimos de tu lado, cuando más nos necesitabas? Y le respondo al mismo desconsolado: Porqué  somos cada vez inhumanos y frescos;  ¿Qué océano de dolor y pena? puede causar una persona que murió necesitada de la fraternidad humana para soportar el Alzheimer  que al final de cuenta le consumió hasta el alma. Arroyo se fue sin negar su egregia presencia, simplemente nos olvidamos de él.

Aunque no todos. Joaquín García Sánchez, aquel mago de la cultura regional, el impertérrito director de Kanatari, que presagiando los malos tiempos que le depararía  a José Maria, promovió un reconocimiento público con una edición especial, el Nro. 1050, que salió publicado el  31 de octubre de 2004. El titular metafórico del suplemento fue y es:  “De la cátedra al pueblo”. Arroyo era del pueblo

Lo que sí no dudamos es que su fallecimiento fue una triste novedad para aquellos feligreses de la parroquia de Bagazán,  personas anónimas, comunes y corrientes de bajos recursos,  que  le saludaban con cortesía, incluso cuando Arroyo ya no podía responder más que con una mirada vaga. Seguro que las  lágrimas autenticas de esos pobladores no tienen semejanza con las lágrimas de los cocodrilos. Él era, hasta antes de caer enfermo, el confesor de los moribundos del Hospital Iquitos. Alguna vez me contó que fue el único amigo que le asistió y acompañó hasta el último momento al poeta y periodista Moisés Bendayán Cacique, que murió en ese centro de atención. Él no tuvo esa suerte.

Debo precisar que  José María Arroyo no era mi amigo en el término formal de la palabra, como para darme méritos y mandarme con alguna remembranza biográfica. No pasé de ser un amigo fortuito como tantos que tuvo. Yo le conocí a comienzos de los años noventa en la redacción del semanario Kanatari, cuando ya era un jubilado, por momentos  impaciente, a cada momento renegón y  con un capitulo  propio en la historia de Iquitos. Eso si,  conversábamos de algún tema de actualidad, siempre en forma breve.

Él escribía la página internacional, A vuelo de Ronsapa, y otros artículos y yo fungía de reportero gráfico; creo que reemplazaba  a José Álvarez. Cuando el director del semanario se ausentaba, que por esos años era frecuente, entonces era el que escribía los editoriales, definía el titular de la portada, el resto quedaba en manos de la señorita Julia Ramírez, aquella excelente jefa de redacción.

Buen amigo suyo lo fue  el profesor Aurelio Tang Ramírez, otro que no tienes pelos en la lengua para encarar  las cosas anormales que hacen los normales. Y de ese espécimen era José Maria, que renegaba  de las “boberías (palabra suya)- y con otros calificativos- que hacía algún personaje conocido y citadino. Nunca le escuché vociferar alguna palabra soez.

Fue a mediados de los noventa que descubrimos que José María conversaba  continuamente, y en voz baja, con algún ser misterioso e invisible que le seguía o le perseguía a todas partes. Su amena “charla” se interrumpía cuando alguien le saludaba o descubría que  le observaban. Todavía no había indicios de aquella perversa enfermedad que años después se robara su semblante, su corazón y su espíritu.

Durante el tiempo que permanecí en la planta de  Kanatari,  me enteré  de su existencia cotidiana. Álvaro Mesía, otro extraordinario redactor, me contó de su afición al radioteatro en los primeros tiempos de Radio Loreto; Aurelio Tang, me habló mucho de su lado humano y de  un Arroyo que donaba su sueldo de docente universitario al Hogar de la Niña de Loreto. Jaime Vásquez Izquierdo me dio detalles de su capacidad pedagógica; Vásquez Izquierdo también me confesó de ciertos vericuetos sentimentales con una dama ligada a la cultura (Lugo nunca fue ni será una excepción). Jaime Olórtegui me refirió del Arroyo filosofo y filólogo; Alejandro Eléspuru me conversó sobre su erudición literaria; José Verea me platicó  sobre el sacerdote amante de los finos cigarros; el poeta Javier Dávila me relató con gracia del sacerdote irreverente; el fotógrafo profesional, Augusto Falconí nos dijo, durante un desayuno ecológico en la casa del chino Tang, que Arroyo “era el padre más sincero, incluso, más que los demás”; “Chispa” Elgegren  definió al padre Arroyo, en términos humorísticos, como un cura pendejo.

Hasta antes que el Alzheimer le consumiera, su existencia social   transcurría  entre tres puntos geográficos: su parroquia, el Café Express y la oficina de CETA. A esta última llegaba entre martes y sábado y permanecía menos de hora. La excepción eran los jueves que escribía su página. El ritual comenzaba a las 10 de la mañana, cuando entraba a la redacción. Dependía de la forma cómo habría y  cerraba la puerta de esta oficina  para definir si estaba malhumorado o de buen ánimo. Si lo hacía con violencia, sabíamos que andaba con el cerebro revuelto. Gruñía, incluso, hasta cuando se equivocaba de tecla.

No demoraba para concluir A Vuelo de Ronsapa; tras unas indicaciones con la jefa de redacción, se marchaba  hacia su otro reducto, el Café Express .

En este recinto de mágicas conversaciones, Arroyo hablaba con más libertad y franqueza. Bebía una y otra taza de café pasado, mientras departía con aquellos eslabones vivientes del Iquitos urbano de ayer  y hoy.  Charlas amenas  sobre antiguos personajes, alguna anécdota añeja o historias habladas sin confirmar, como aquella que  relató el Dr. Traverso sobre Manuel Clavero que fue obligado a romper la cashuera con el “América”, en el combate del Caquetá, porque el Coronel Oscar Benavides le puso una pistola en la sien.

El mismo Arroyo nos relató con ánimo y burla que cierto día el entonces Alcalde de la ciudad, Luís Arana Zumaeta, olvidándose de su educación e investidura, persiguió a patadas al comerciante maltes Víctor “Pichico” Israel. Acusaba a Israel de vender  a Colombia, en forma dolosa, por 200,000 soles,   los títulos de propiedad, los originales,  de los terrenos del Putumayo de Julio C Arana. Un relato ligado a la realidad y que lo confirma el Dr. Juan Bákula, en el prologo de la reedición, a través de Monumenta Amazónica, del primer  tomo de “Colección de leyes, decretos, resoluciones y otros documentos oficiales referente al departamento de Loreto”, de Carlos Larraburre y Correa.

En las tardes Arroyo volvía al café de Pedro Reátegui, se deleitaba y reía de buena gana con las ocurrencias del “Chavo del Ocho”. Tal vez asemejaba su niñez, que fue pobre y dificultosa, con el personaje de Roberto Gómez Bolaño.

En el 2005 lo vi por última. A una fiel asistente, contratada por su Orden, se le ocurrió llevarle al Café Express. Saludaba con cortesía, estaba delgado, con una camisa blanca cerrada desde el primer botón; presentí que la realidad se le iba, su semblante ya no era de un Arroyo sobrio y seguro de sí mismo, sino de un ser tímido que miraba a todos lados, como quien busca sus pasos.

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comentarios
  1. FRANZ MAX dice:

    Sr. de “la region”, ahi tiene su respuesta, profundo analisis

  2. Me dio mucha pena la parida de José María Arroyo, que a parte de ser secerdoete fue es personaje ILUSTRE de la Amazonia Peruana, y me da mucha alegría que escriban sobre él. Más de 50 años en Iquitos, que ha dedicado su vida a la evangelización,la enseñanza en la UNAP y al periodismo…

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