José María Arroyo y la pérdida de la memoria

Publicado: 2 mayo 2009 en Paco Bardales
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Me aturde pensar que un hombre de una memoria tan impresionante en el pasado como José María Arroyo haya finalmente decidido ceder en la batalla que libraba contra una enfermedad como el Alzheimer, cuyo síntoma primordial es precisamente la pérdida inexorable de la memoria.

Recapitulemos que el Alzheimer es un fenómeno degenerativo que va suprimiendo los recuerdos de una persona, aquellos que se remontan a ayer o de lo que se hizo por la mañana si estamos por la tarde (la memoria a corto plazo). El Alzheimer está asociado a trastornos del pensamiento abstracto, juicio, funciones corticales superiores y modificaciones de la personalidad, bastante importante como para interferir en las relaciones interpersonales del afectado. Poco a poco la capacidad de rememorar se hace inútil, y la mente va borrando todo el disco duro de la historia personal de quienes padecen el mal. El cambio de personalidad es brutal, la tendencia al aislamiento social es invencible y la relación con el mundo exterior es tan solo una burbuja desprovista de sentido y de norte.

Refiero en este pequeño artículo al Alzheimer porque, más allá de haber pasado por experiencias directas con personas que lo padecían, explica de modo palpable, en forma metafórica, aquella acelerada pérdida de la memoria y el linaje histórico que ha ido dándose en nuestra región, todos aquellas virtudes y valores y cualidades que formaron parte del espíritu, el talento y la capacidad del Padre Arroyo.

Por ejemplo, se ha ido perdiendo en la memoria, impresionantemente, la vocación por el conocimiento, el cultivo constante de la pedagogía, la declaración permanente de la honestidad, la solidaridad y la generosidad

Además, en estos tiempos temblorosos se ha ido eliminando de la memoria el conocimiento y la práctica del  buen castellano, así como a la difusión impenitente de todas aquellas manifestaciones tan vinculadas con la cultura amazónica.

Ni qué decir de la pérdida constante y masiva del trabajo – religioso o no – plagado de dedicación, humildad y  devoción.

Porque ese hombre carismático, de carácter fuerte, locutor de radios, escritor impecable del idioma, analista enciclopédico de la realidad internacional desde este semanario en su “A vuelo de ronsapa” (que nunca más volvió a ser el mismo desde que dejó de redactarlo, hay que señalarlo), ese amante de la prosa bien escrita, ese consultor preciso de la concordancia idiomática, ese motivador escolar y universitario, ese periodista de polendas, ese fiel cultor de los radioteatros, ese hombre casado con su vocación y con los diccionarios, aquél cosmopolita parlante de cinco idiomas, ese incansable propulsor de tertulias, ese maestro de las cosas dichas directamente y sin rodeos (aunque de por medio mediaran ajos y cebollas), ese cariñoso aficionado y difusor de los mitos y leyendas de nuestra tierra, ese hombre, repito, llamado José María Arroyo, ahora, entre la barbarización de la lengua, la indiferencia cuasi criminal con nuestro linaje y el culto a la ineptitud, parece ser un anacronismo, un incierto dato de tiempos inmemoriales y olvidados que ahora se lo deja en el baúl de los trastes antiguos o en las palabras huecas que se las llevará el viento en cualquier momento.

Hemos dejado, en otras palabras, que nuestro propio Alzheimer social  nos prive de la memoria del saber, el legado y la cultura. Nos prive de todo aquello que tan bien representaba la vida y la obra del Padre Arroyo.

Recuperar un poco  – o bastante – del sentido y la sensatez del pasado, recordar que la dignidad del ser humano está afincada en su valor de conocimientos y de sinceridad  es enseñar a las generaciones que la memoria es una sola, es indisoluble en el tiempo y en el espacio y, felizmente, como la materia, no solo se destruye, sino más bien se transforma. De la materia de que estuvo formada la figura de José María Arroyo debería salir el magma necesario para transformar o reconstruir nuestra tradición, nuestro espacio y nuestro sendero más adecuado.

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