La muerte del libro

Publicado: 23 abril 2009 en Martín Wong
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Hace unos años, Bill Gates anunció la muerte del libro de papel. Al igual que Nietzsche con su “Dios ha muerto”, el norteamericano más acaudalado del mundo planea privarnos de una de las creaciones más trascendentes de la especie humana. Prevé que en el futuro la gente leerá lo que desee desde una computadora portátil o de bolsillo, podrá comprar libros virtuales y descargarlos directamente desde la red, con acceso ilimitado a obras de todo género. Millones de volúmenes en la palma de la mano.

Los escritores más renombrados (entre ellos nuestro Vargas Llosa) han puesto el grito en el cielo afirmando, entre otras cosas, que la íntima conexión entre autor y lector no podrá establecerse a través de un objeto tan impersonal y luminoso como un ordenador. El crítico y escritor González Viaña afirma que ya en otros tiempos el libro se había enfrentado con agoreros que predijeron su fin. Por ejemplo: cuando se inventó la imprenta de Gutenberg se dijo que significaba el fín de los calígrafos, y por ende los escritores; cuando se publicó la gramática de Nebrija, se creyó que el establecimiento de reglas para la escritura terminaría liquidando a los autores; cuando se inventó la radio, el cine y la televisión se dijo otro tanto de lo mismo. Muchos han tomado las expresiones del hombre fuerte de Microsoft como delirantes, pero no olvidemos que, al margen de sus cuestionables intenciones, Gates se imaginó hace treinta años el mundo de hoy, y tomó la delantera. El mismo delirio provocó hace unos años cuando predijo la muerte del CD como formato musical, y su presagio resultó cierto.

“No, el viejo libro no va a morir” parecer gritar los lectores conservadores, casi como una arenga. Yo no tengo la misma impresión.

En efecto, me parece que el libro de papel no podrá sobrevivir el embate de las nuevas tecnologías. Principalmente porque, a diferencia de épocas anteriores, el cambio que está matando al libro es un cambio global, en el que su fin no es más que un efecto colateral.

El tránsito a la llamada “sociedad de la información” es el paso más devastador de nuestra civilización en toda su historia. Nos hemos vuelto competitivos y especializados, pero también mecanizados e impersonales. Podemos comunicarnos con cualquiera al otro extremo del mundo, pero no queremos saber quién vive al lado nuestro. Encendemos la tele y nos preocupamos por la violencia en Irak, la pobreza en Ruanda o la muerte de un niño palestino, pero en la calle pasamos de largo si vemos un indigente pidiendo limosna, o nos molestamos por la impertinencia de un vendedor de caramelos. En otras palabras, nos estamos acostumbrando a “despersonalizar” nuestras relaciones y entre ellas, el vínculo afectivo-emocional-nostálgico que teníamos con el libro de papel.

Al enviar un mensaje de texto, descargar información de Internet, chatear, pagar con la tarjeta o cancelar las cuentas desde casa, somos testigos de la progresiva extinción del soporte material en nuestras relaciones sociales. A diferencia de la imprenta, el cine, la radio o la televisión, esta nueva forma de comunicación (la comunicación virtual), no ha venido a ser una más entre todas, sino que está llamada a ser la más totalizadora, haciendo que el resto se pliegue a ella. Así, el viejo rollo fotográfico está siendo reemplazado por la fotografía digital, los billetes y monedas por tarjetas de crédito y débito, los trabajos escolares y universitarios se convierten en e-mails al profesor, los comprobantes de pago en pequeños tickets numerados, y el libro en una carpeta de la PC. La consigna parece ser: si no puede convertirse en megabytes, no existe.

Dicen los defensores del viejo libro que una pantalla LCD fatiga demasiado la vista, por lo tanto, el papel siempre será preferible. Sin embargo, las grandes empresas de electrónica planean lanzar al mercado dispositivos que tengan una verdadera apariencia de papel, sin el efecto contraluz y que incluso puedan leerse a pleno sol.

Es comprensible que lectores y escritores de otra generación se muestren incrédulos ante tales presagios, pero también es increíble la forma en que la gente más joven va adaptándose a estos cambios. Un adolescente promedio pasa entre cuatro y seis horas diarias frente a la computadora revisando información de toda clase. Las estadísticas revelan que cada generación es más instruida que la anterior, sin embargo cada vez va menos a las bibliotecas. La historia nos enseña que nada permanece inmutable y que el tiempo convierte lo extraño en cotidiano. Cuando se introdujo la máquina de escribir alrededor de 1870, los viejos escritores acostumbrados al manuscrito afirmaron la poca idoneidad de este aparato por su complicado manejo y pensaron que nunca remplazaría a la pluma y al papel en el proceso de creación literaria. Hoy es impensable que un editor quiera corregir garabatos.

En todo caso, opinan los más optimistas, puede que el libro permanezca, pero sólo de manera supletoria. Estará allí donde el avance tecnológico sea escaso (habla Iquitos) y probablemente seguirá cumpliendo un rol importante en el proceso de alfabetización, por ejemplo en nuestras riberas (algunos extremistas afirman incluso que en el futuro resultará innecesario que los niños aprendan a escribir a mano).

Ciertamente no son noticias alentadoras, pues ello importa profundos cambios en la calidad de la literatura. Cuando el televisor era algo nuevo, allá por la década de 1950, las familias generalmente lo colocaban en un rincón de la casa, como si fuera un macetero o un piano. A la hora del programa, las sillas del comedor se ponían cerca al aparato y disfrutaban así de la emisión. Al concluir, todo volvía a su lugar. En las salas de hoy en día, en cambio, el televisor es el objeto más importante. Todos los muebles están dispuestos hacia él, de manera que nada pueda obstaculizar su visión. Supongo que el libro virtual afectará tanto la producción literaria como el control remoto afectó la producción televisiva.

En efecto, cuando el espectador pudo controlar cómodamente su aparato favorito sin tener que levantarse cada vez para cambiar de canal, los productores y anunciantes recurrieron a todo tipo de artificios para mantener la atención del posible consumidor. Conscientes de estar a un click de ser borrados por otro canal, se enfocaron en la comunicación visual: una calata, una sonrisa perfecta, una historia sórdida, un delicioso manjar. La publicidad empezó a exacerbar nuestros instintos más que nuestro intelecto. Frente a la tele, nos volvimos un cúmulo de emociones instantáneas y necesidades superfluas listas para ser satisfechas por nuestros proveedores.

Muchos de nosotros tenemos un libro de cabecera, que siempre leemos antes de dormir, y es poco probable que si en mitad de la lectura queremos hojear otro texto nos levantemos a la biblioteca a buscarlo. Preferimos soportarlo, como el espectador de antaño soportaba los aburridos comerciales por no desprenderse del sillón a cambiar de canal.

Pero imagínese ahora recostado en su cama con un aparato parecido a un celular, donde tiene almacenado miles de libros de su agrado. Cientos de escritores virtuales tratando de que usted lea su obra hasta el final sin hacer uso del despiadado click. La manera en que logren esa hazaña irá en desmedro de la calidad de sus escritos.

Una vez más nos queda el consuelo de la historia: con la imprenta de Gutenberg y la producción de libros en distintas lenguas se pensó que la literatura terminaría por envilecerse, pues hasta ese momento sólo se consideraban serias las obras escritas en latín. El siglo de oro español y las corrientes literarias posteriores demostrarían todo lo contrario. Ojalá que con el tiempo, este conjunto de cambios en la forma de comunicarnos termine convirtiéndonos en algo más que consumidores exquisitos.

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comentarios
  1. FRANZ MAX dice:

    justo hablamso de eso hoy en la mañana, si pues, en lo perosnal, prefiero leer los libros asi a la antigua, solo leo en internet cosas como blogs, el papel siempre es mejor que la pantalla!

    no se algo tendra!

    saludos

  2. Miss Lizzy dice:

    pues yo tengo is libros de cabecera, y tambien leo blogs y cosas así, pero creo q con el tiempo puede q los libros se extingan, por decirlo de algún modo… yo abriría mi museo de libros…jejeje

  3. Creo que es solo cuestion de acostumbrarse. El Kindle o como se llame es como un libro y la pantalla es muy buena, con la ventaja que no tienes que cargar los kilos y kilos de tus libros favoritos. Yo siempre quise tener uno como el de Hitchhiker guide to the galaxy.

  4. GOODMAM dice:

    uhm muy buena reflexión pero todavía prefiero leer a la antigua pero si viene cosas que facilitan a la accesibilidad vienbenido pues… pero el libro impreso en papel pasa por muchas correcciones y eso le sigue dando más credibilidad y prestigio la cual carecen las virtuales… 🙂

  5. Mmmmm

    creo que la tecnología desfigura lo que es la literatura en sí

    ¿y que es la literatura en si??

    pues para mí, es disfrutar de un buen libro, cómodo, sin una pantalla virtual

    ¿acaso llegará el tiempo donde todo será virtual?

  6. Tal vez sea algo conservador

    pero no me niego al cambio

    xke leo en internet xD

    pero que sigan las hojas impresas

    y ese aroma clásico

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