Estadísticas

Publicado: 16 abril 2009 en Martín Wong
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ausencia

Todavía te recuerdo en el aeropuerto, zapatillas azules y blusa blanca, esperando la llamada de tu vuelo. Aún veo tus manos agitándose delante de mí, tratando de explicarme en palabras serias tus sueños de adolescente ilusionada. Recuerdo que quise pedirte que te quedaras, pero mi deseo parecía tan egoista a lado tuyo, que preferí callar.
 
Hoy he vuelto a leer tus cartas, escritas a mano, con una estampilla de Balzac en el sobre. En aquellos años Internet estaba en el limbo, y las recibía religiosamente cada mes. ¿Recuerdas lo incómoda que te sentías en un país nuevo, con un idioma complicado? Las hojas aún exudan tus lágrimas de rabia e indignación. Y yo, que nada sabía de mundos nuevos, sólo te consolaba diciendo “tranquila chiquita, ya pasará”.
 
Y pasó. Me sentí muy triste cuando me contaste que tenías novio. Sí. Te lo confieso ahora, aunque ya no tenga ningún sentido. Por lo que me cuentas, Marcel parecía un buen muchacho, pero desde un oscuro rincón de mi alma, deseaba que se muera para que vuelvas a mí.
 
Nunca dejaste de escribirme a pesar de todo, y el primer viernes de cada mes me sentaba en la sala toda la mañana, a esperar al cartero. Supongo que yo era el contacto con tu verdadero entorno, y pensar así me consolaba un poco.
 
Un día regresaste con el título bajo el brazo. Pudiste haberte quedado. Tenías un buen trabajo en La Sorbona. Tu madre quería que te quedes. Marcel quería que te quedes. Yo quería que vuelvas. Por un momento pensé que volvías por mí, y cuando indagué tus razones me dijiste: ¿Para qué matarme estudiando en una de las mejores universidades de Europa si no puedo regresar aquí, a restregárselo a los que no creyeron en mí? Y luego sonreíste maliciosa.
 
Jamás te creí, porque nunca volviste a ver a tus amigos. Tampoco entendí porqué preferiste un trabajo tan incierto, en una ONG de escasos recursos que te hacía viajar a sitios inalcanzables, a donde sólo llegan la pobreza y resignación. “Por eso mismo” dirías tú, “porque llevo esperanza”.
 
Tu padre estaba desolado. Quería verte en una enorme oficina ocupando un cargo de esos que se estampan en letras doradas, no repartiendo regalitos a los niños pobres. Pero ¿pudo alguien alguna vez torcer tus convicciones?
 
La mañana que recibí la noticia estaba en el trabajo. Tu madre me llamó desesperada. Apenas podía articular palabras. Fue tan duro. El autobus en que ibas se desbarrancó camino a Puquio, y con un solo golpe de timón se fueron al agua tus sueños, tus metas, tu vida. Vanessa Fuentes, la chica que quería cambiar el mundo, pasó a ser una estadística en los diarios de ocasión. Un número en rojo. Un elemento más de un inventario trágico. Aquella foto del bus destrozado en primera plana resultaba tan injusta para resumir una vida prometedora. No pude dejar de sentirme culpable. Hasta imaginé que Dios me castigaba por haber deseado la muerte de Marcel. La tragedia suele volverme supersticioso ¡Hubieras visto cómo lloraba! Jamás pensé que los franceses fueran tan emotivos. Tal vez conceda que te quiso un poco, pero yo te hubiera querido más.
 
Siempre pensé que estas cosas le pasarían a cualquiera, incluso a mí. Supongo que, muy en mi interior, sentía que el destino te reservaba una tarea importante. Ahora sé que todo es caos, y nuestra noción de orden es subjetiva.
 
Las cifras siguen llegando a los diarios. Los 28 muertos de hoy reemplazan a los quince de ayer. Los que hoy cayeron al abismo reemplazan a los que la semana pasada murieron calcinados. ¿Cuántas historias como las de Vanessa yacen en el asfalto? ¿Tanto nos hemos acostumbrado a la muerte? “Todos somos responsables” dicen los especialistas, que es lo mismo que decir “nadie es responsable”. Morir en un accidente de carreteras en el Perú es tan natural que parece que formara parte de un equilibrio biológico, o de una retorcida teoría maltusiana de control del exceso de población.
 
Como dije, aun te recuerdo. Todavía me siento a esperar al cartero cada primer viernes de cada mes para que me cuentes cómo te va en el otro barrio. Anhelo que me escribas preocupada, pidiendo consuelo, para poder responderte “tranquila Chiquita, ya pasará”. 
 
Pero estoy seguro que estás mucho mejor que aquí.

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comentarios
  1. FRANZ MAX dice:

    MARTIN! cambiando de estilo! interesante post! y es para gritar: “HASTA CUANDO?” !!

    ABRAZOS

  2. Piero Miller dice:

    Bravazo. Si la intención era sacar conciencia y personalizar las tragedias sucitadas bajo las llamadas “accidentes de transitos” y relacionarlo bajo la intensidad de la emoción de un hombre; dejame decirte que si que lo lograron.

    Esa relacion de sueños frustrados (espectativas mueertas) con vidas asesinadas parece sacar en el hombre (yo) esa emoción casi olvidada de “amor al projimo”. Dejame decir que este artículo me acerca mas a esa frase “me puede pasar a mi y a los que amo, pero no a ti” jejjejejjejeje

    Cuidense, gracias.

  3. carlos cook dice:

    la estructura de tu narrativa es muy buena y entretenida, me lo lei todito. me gusto la historia y como termino…jojojo…leere mas seguido tus historias. muchos exitos.

    PD: quiero comunicarme contio para ver un proyecto de revista digital. te dejo mi mail para comunicarnos “quimeracook@yahoo.es”.

    Carlos cook.

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