Yuyanapaq: moriré el día que me olvides

Publicado: 9 abril 2009 en Martín Wong
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En la secundaria tenía un profesor aficionado a la arquitectura. Dos de cada cinco clases se la pasaba hablándonos de la proporción y estructura de ciertos edificios limeños. Nunca olvidaré lo que nos dijo sobre el Museo de la Nación: una mole horrible, gélida y sin armonías, que en nada representa el acervo histórico-cultural del país. Mejor debió quedarse como Ministerio.

Desde entonces, siempre me he sentido intimidado por aquel enorme molde de concreto,y cuando me enteré que la muestra fotográficaYuyanapaq se había trasladado allí desde la casa Riva Agüero en Chorrillos, no pude menos que sentir tristeza.

Para quienes no lo saben, Yuyanapaq (que en quechua significa “para recordar”) es el Informe Visual Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Está compuesto por más de 250 imágenes y constituyen un recorrido cronológico del drama vivido por las víctimas de la violencia interna entre los años 1980 y 2000.

Circunstancias totalmente ajenas a mi curiosidad me trajeron de vuelta a Lima por unos días,y debido a que siempre lamenté no haber podido visitar Yuyanapaq cuando se exhibía en Chorrillos, sentí que era un deber ciudadano no perderme en excusas esta vez y recorrer la muestra.

Quizá mi interés no habría sido tan encendido si el debate acerca del Museo de la Memoria y la extraña entrevista de Marco Sifuentes a Magaly Solier en sus instalaciones no la hubieran devuelto a la superficie. La tarde del miércoles 1 de Abril, cogí mi mochila negra anti-robos (por lo vieja) y partí con mi hermana a buscar un bus que nos deje en Javier Prado con Aviación.

El edificio se hacía cada vez más enorme a medida que me acercaba. Entré por la puerta principal y el vigilante me atajó preguntando a dónde iba. Cuando le expliqué, me dijo mecánicamente: Sexto piso. Tome el ascensor. Deje su mochila al fondo a la derecha.

Las puertas del ascensor se abrieron en el sexto piso, donde otro vigilante nos aguardaba. Nos pidió que firmáramos el libro de visitas antes de entrar. Tanto trámite me hacía sentir sospechoso. Al fin, luego de estampar mi rúbrica y preguntarle si podía tomar fotografías, pude iniciar el recorrido.

Loretano de corazón y raíz, el terrorismo y la subversión eran acontecimientos nebulosos, de los que me enteré por libros, revistas, noticias o lecciones de un profesor hablantín. Para nosotros eran cosas que pasaban fuera del terruño, hasta recuerdo haberme regocijado alguna vez por vivir tan lejos del Perú. Por supuesto que tenía un cierto conocimiento teórico del conflicto, los actores y la manera en que se gestó, pero ningún aprendizaje previo me habría preparado para lo que presenciaría en Yuyanapaq.

La primera fotografía es enorme, casi del tamaño de un panel publicitario y en ella se ve a un campesino rescatando de los escombros la imagen del presidente Belaúnde. Luego, a la izquierda, empiezan las salas numeradas. Son veinticuatro las salas o compartimientos que integran esta exposición, cada una de ellas se ocupa de un tema específico, ya sean: las universidades tomadas, los huérfanos del terrorismo, los Asháninkas, Uchuraccay, etc; cronológicamente dispuestas. Comienzan con una breve explicación bilingüe de no más de dos párrafos y el resto constituye un desgarrador testimonio fotográfico. Tanto las imágenes, como las paredes y el piso color cemento transmiten un clima de incomodidad y sobresalto. En todo caso, en algunos tramos se me hizo difícil continuar. A veces ni siquiera ponía atención en la leyenda de la fotografía, pues ésta se explicaba por sí sola. Pero no sólo se tratan de imágenes: en la sala dedicada a María Elena Moyano pueden oírse fragmentos de sus discursos en Villa el Salvador, y en la Sala de Chavín de Huántar podemos apreciar el documental que History Channel preparó sobre el rescate de los rehenes.

A pesar de que muchas de las imágenes allí expuestas circulan con profusión en Internet (por ejemplo la del policía bajando un perro muerto de uno de los postes, o la del edificio  destruido en Tarata) no es lo mismo cuando te enfrentas a ella en dimensiones reales. Es como si te estallara en la cara de tal manera que, ni cerrando los ojos, podrías dejar de mirarla.

Una anciana buscando a su hijo entre una pila de cadáveres descompuestos; la autopsia de un hombre asesinado a machetazos; terroristas muertos, desnudos y puestos en hilera; cuerpos mutilados en la parte trasera de una camioneta enMiraflores; en fin, imágenes que aún hoy, a pesar de todo lo sabido y entendido, me obligan a preguntar ¿cómo dejamos que pasara?

“Se me escarapela el cuerpo” dice mi hermana mientras me toma del brazo, pero se resiste a abandonar la sala. Más pueden su curiosidad y su deseo de entender.

Pero no todo es macabro y horrendo. Hay muchas fotografías que resaltan las emociones y sentimientos de los que aparecen allí: el semblante duro de un campesino que enseña la foto de su hijo desaparecido; una niña que llora ante los policías en el momento en que arrestan a su padre; el saludo irónico y patético de Abimael levantando el puño, enjaulado y con el traje a rayas.

También son conmovedoras las imágenes de los que van a morir: dos estudiantes que son introducidos en la cajuela de una patrulla y cuyos cuerpos aparecerían al día siguiente; los periodistas asesinados en Uchuraccay, fotografiados en el momento en que se acercan a los mismos campesinos que minutos después les darían muerte; un adolescente capturado por las rondas campesinas por terrorista y que tres días después fallecería por los golpes que recibió.

Quizá la imagen más paradójica es la de los militares realizando las llamadas “Jornadas de Acción Cívica”, en la que se obligaba a los campesinos a izar la bandera, cantar el himno y se les enseñaba los símbolos patrios, símbolos de un Estado ausente que nunca significó para ellos más que unescudito rojiblanco en la puerta de la escuela.

Luego de casi una hora y media, el recorrido concluye por donde empezó: la imagen de Belaúnde rescatada de los escombros; paradójica relación entre el campesino y el presidente, entre la víctima y la autoridad llamada a protegerla. El trayecto me deja agotado y con un extraño sentimiento, mezcla de vergüenza, reflexión y miedo. Al principio no lo entendí, pero al leer una frase del folleto guía pude aclarar un poco esta confusa sensación:

“Mirar, entender, procesar, a través de imágenes y testimonios, implica una preocupación de la sociedad peruana por conocer la historia, por acercarse a conocer la verdad. En ese sentido, decidir recorrer esta exposición es optar por el recuerdo”.

Nadie debería olvidar que hubo un tiempo en que nos matábamos unos a otros; que hubo un tiempo en que cerramos los ojos mientras una parte del país se desangraba; que odiamos, que dividimos, que discriminamos entre tus muertos y los míos. Nadie debería olvidar de lo que fuimos capaces de hacer, porque es lo único que nos salvará de repetirlo.

Link: “Nosotros también somos peruanos, señor”

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comentarios
  1. danelly dice:

    Yo también fui a ver la exposición…nunca antes en mi vida había visto tanta violencia reflejada en imágenes, o sea, no solo son imágenes, sientes que te hablan, te dicen mírame y entérate de lo que paso! reflexiona!…antes de ver Yuyanapaq no conocía casi nada de estos hechos, solo simples referencias y datos, la verdad, no me interesaba mucho. Pero ahora, hasta haremos un trabajo en grupo acerca de esta exposición en la universidad. Y es que de veras te llega hasta el corazón…nunca pude imaginar que aquí pudo haber existido tanto derramamiento de sangre, solo lo había visto en las películas. Fue impactante, pero es nuestra realidad.

  2. jopsy dice:

    bueno meparece muy interesante
    pero kisiera k hayga todas las sal con sus
    imagenes

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