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Cuentatiempos

Publicado: 4 octubre 2009 en Ronald Paredes
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Las botellas vacías al lado de la cama. Dos cigarrillos a medio fumar y el hijo viscoso del humo que danza en medio del cuarto vacío, a medias.

Las orillas de la cama sostienen en el borde al débil muchacho, que pese a tener toda la juventud del planeta, se siente más viejo que millones de matusalenes bíblicos. Las revistas deshojadas cubren la cama revuelta por las lágrimas de toda una noche en vela. Y no era el fanatismo de sufrir por gusto, no era el fanatismo de sollozos gratis por cualquier niñería. No era el fácil arribo del dolor a sus días porque si, o porque lo quisieran tildar de niñato llorón y emo diarreico cuando la verdad se encontraba en el epílogo de los libros de Sartre?

Era fácil tomar el arma envuelta en papel periódico, o tomar el vaso de raticida puesto en pleno velador, o las pastillas ordenadas en formación de guerra al lado del vaso acusador. La radio no dejaba de vomitar a un Morrissey que predicaba que todos los días son como domingos, contraste que hacía ver todo más tenebroso en aquel cuarto pintado de colores indescifrables, lleno de posters indescriptibles, rodeado de cosas inservibles, vacio en medio de tantas cosas innombrables.

Golpearon salvajemente la puerta. Él solo atinó a levantar las cejas. Era la hora. Pensó que quien se jacte de ser tan valeroso a puertas de aquel último viaje al olvido es un burdo falaz. Las piernas tiemblan como hojas secas al viento, los dientes rechinan como campanas sonando alocadamente, las manos revolotean entre sí como, pajarracos hambrientos despedazando a su victimas y el tic irreverente de los ojos cerrados.

Se abrió lentamente la luz con los párpados semicerrados. Era la luz que engendraba el camino hacia la nada, la luz que le daba la llave a algún tipo de paraíso, la luz que encierra toda la oscuridad y sapiencia de mil demonios encerrados en una sola palabra, el nirvana de todo lo aberrantemente feliz, el némesis divino de palabras dichas a medias.

Llevó arrastrando sus pasos a la puerta que tambaleaba insistentemente tras los golpes que le eran propinados. Abrió lentamente y pudo constatar o que eran las pastillas/raticida/pistola/libros o era esto. Se alisó la rala cabellera y penetró en la oscuridad del callejón, siguiendo el hilo de luz que había tocado a su puerta tantas veces. Era el hilo de salvación que desde lejos lo había venido a buscar. Sintió que sus carnes dejaban su esencia y que nacía nuevamente en su raíz, que las tardes y mañanas tomarían ese cariz de ojos traicioneros arrebatados, que las noches de conjuros se habían encargado de hacerle olvidar, que los talismanes recargados se habían dado al trabajo de ocultar.

Las llantas raspantes de aquel avión dejaron rápidamente la pista que reptaba a lo largo de sus malogrados metros, las turbinas se negaban a flaquear y el sentía que su pecho volvía a llenarse del frío aire del amanecer. A lo lejos podía ver los rayos de sol amazónicos bañando su olvido.

Qué fácil resulta tantas veces tener las llaves a la mano y no tomarlas por puro masoquismo.

Monedas por clavos

Publicado: 22 septiembre 2009 en Ronald Paredes
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Clavos

Estaba decidido, se haría así.

Ya la noche arreciaba inexorablemente con apagar todo atisbo de aquel día confuso, con las idas y venidas de aquel mar de gente correteando cual tropel desbocado por las celebraciones paganas. Le parecía una maroma increíble todas aquellas personas pintadas de rostros amigables, y si embargo tan vacios por dentro.

-Nadie comprende esta basura, yo simplemente me he cansado.

Necesitaba la excusa perfecta. El mamotreto exacto. La pantomima creíble para irse de vacaciones permanentes de aquel desvencijado lugar, de aquel aire rancio, de aquel mar de gente que lo tenía podrido hasta la médula con lastimeros pedidos y quejidos.

¿Acaso lo creían algún tipo de Papa Noel regalón?

-¡Yo soy el mal! lo que tengo que hacer por tomar posesión nuevamente…

Escudriñando entre aquellos que llamabanse amigos suyos, revisando acuciosamente cada pupila, encontró la perfecta excusa en una simple mueca. El desgano era evidente en su mirada y el constante tamborileo en la vieja mesa, llena del par de manjares, lo hacían aún más notorio ante su suspicaz mirada escrutadora.

-Este es mi cuerpo…esta es mi sangre… alguien me traicionara antes que cante el gallo. Tres veces tres.

Las horas pasan lentamente y la negrura de la noche se hace sentir, con el estómago lleno y las ansias a mil por hora, mientras el segundero en forma de relojarena cabalga hacia el abismo. Todo se resume a que él desee hacerle el favor. Lo demás es simple cuestión burocrática, algo dolorosa pero en todo caso necesaria. ¿Clavos? ¿Latigazos? con tal de largarse de aquella pocilga en forma de mundo aceptaría de buen agrado tomar el riesgo, sin pensarlo dos veces.

-Pero no temas, es algo simple, la haces, finges como sabes hacerlo, cual tamborileo de los dedos, exiges lo que quieres y te lo darán, si eso no te satisface pues, mueres y serás mi senescal.

Miro confundido los ojos penetrantes de quien le hablaba y no daba crédito a lo que sus oídos antiguos escuchaban. Estaba tirando por la borda toda creencia que había acuñado desde que lo conoció. Al final el tan mentado diablo de quien tanto se mofaba era él. Vio cómo transmutaban aquellos ojos en multicolores formas, a manera de confirmación de aquella proposición rauda y poco sacrosanta.

El gallo cantó tres veces mientras le tiraban por la cara las monedas oro que había pedido por el intercambio de bienes. Era la enclenque existencia de quien quería deshacerse a toda costa de aquella responsabilidad adquirida en forma de pago obligado, en realidad era más lo que pidió pero el golpe sorpresivo fue tan brutal que su pobre cerebro no terminaba de procesar aquel extrañísimo pedido. Se sintió como el puto salvador de quien esperaba lo salvase y era tan contradictorio hacerle un favor a quien pregonaba tenerlo todo y nada, de quien decía ser salvador pero simplemente quería dejar rápidamente la lastimera manera de vivir de los simples y estúpidos humanos.

A lo mejor se escuchaba la turba enardecida gratificada por aquel simple regalo caído de la nada, todos danzaban como posesos en su esencia y él, pese a las espinas y los latigazos acuñaba una sonrisa macabra en todo su ser, su pupilo había cumplido con su palabra y debía morirse de una vez para recompensarlo en toda su magnitud. Porque la palabra empeñada se cumple.

-Tengo que hacerlo, no podré vivir con la consigna de haber mandado a asesinar a quien tenía por alta estima ¿por qué? ¿Acaso no era su favorito?

Repentinamente, un haz de luz iluminó su demacrada cara. Voces de ultratumba e imágenes recorriendo a velocidades indefinibles repasaban su apocada anatomía, a la par que sentía la energía de un muchacho púber recorriendo nuevamente sus cansinas carnes. Se sentía poderoso, se sentía vivo, sin pena ni culpa. Era el pecador más hermoso que pisase la tierra y estaba feliz de eso. Cantando y danzando fue enrollando firmemente la soga en torno al sicomoro y de la parte más alta que pudo terminó el nudo que le daría su final paga.

Apretó los dientes y con los ojos cerrados vio todo un mar calmado en pleno octubre que se abría ante él. Su paga estaba a un solo paso al vacío y soltando una carcajada grotesca se lanzó al aire, mientras sentía en su piel como cada chicotazo propinado a su maestro lo liberada de forma rápida y burlesca.

Las carnes desgarradas volaban mientras el castigado profería lágrimas de alegría. Había sido completamente liberado de su esencia, la paga estaba consumada y los de arriba nada podían hacer ya, un sutil miedo se apoderó del triunvirato que ofuscados revoloteaban sobre soluciones posibles a lo que estaba consumado, mientras los clavos eran profundizados con cada martillazo. El simplemente lanzaba lágrimas de emoción ante su inminente partida.

Lentamente abrió los ojos y vio difusamente primero, claramente luego, aquel pedazo de tierra azulino que se iba perdiendo a sus pies. Se sentía suave como una pluma y tan libre como un atisbo de aire recorriendo el infinito, se sintió cómodo, se sintió proscrito, se sintió libre al fin, la sonrisa macabra retumbaba en su cabeza y eso era la llave para su reino. Eran él y su mentor esparciéndose por el infinito.

Porque la palabra empeñada se cumple. Se paga.

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El 31 de Julio pasado, Martín Roldán Ruiz presentó su nuevo libro “Este amor no es para cobardes”, bajo el auspicio de Editorial Norma. Particularmente, siento que esta publicación refleja el sentimiento de mucha gente que asiste a las tribunas a dejarlo todo por su equipo, sentimiento que muchas veces va mas allá del desempeño que acompaña a los colores de la camiseta que once jugadores defienden en la cancha.

Tengo entendido, por propia boca de Martín, que “Este amor no es para cobardes” ya tenía tiempo de haber sido gestado, teniendo como título tentativo “Camiseta Ensangrentada” (título que por cierto me parece más cercano a la realidad del libro), empero está ya a la venta en todas las librerías a nivel nacional, teniendo una acogida realmente impresionante, más allá de la expectativa generada por la publicación de la misma y de otra publicación afín de contenido superficial.

Este libro va plagado de 7 historias recalcitrantes, retratadas de manera tal que sólo alguien que ha convivido en las tribunas puede plasmarlas. Doy fe de que cada relato sale de experiencias vividas por quien escribe. He tenido la suerte de compartir con el escritor tribuna muchas veces, tanto en Lima como provincias, y puedo decir que lo escrito se acerca mucho a la realidad de las tribunas, es la copia fiel de realidades que mucha gente y más que contar las glorias o pérdidas de amigos de tribuna, es el grito desesperado de gente que solo tiene como ideal principal seguir y defender los colores del club por quien están dispuestos a darlo todo, incluso la vida.

Los viajes , las guerreadas, las arengas, la manera radical del sentimiento tribunero, la soledad y el compañerismo de gente con la cual solo te identifica el color de la camiseta, el sufrimiento y goce en las tribunas, el grito descarnado del hincha que se resiste a que su canto y aliento quede en el aire y el anonimato, hasta las pugnas internas de barra son retratadas de manera envolvente en este libro, que no se centra en solo algún personaje idealizado, sino que va mas allá y refleja en carne viva el modus vivendi de la tribuna, de todo un pueblo, de todo un sentimiento, que a la par de los hechos políticos/sociales de ese momento sobrelleva el sentimiento, pasando por encima de todo para hacer llegar su mensaje, el mensaje de que los colores que los envuelven es más que la tónica social que estaba reventando en ese momento.

La violencia de ese entonces es el ahora, plasmada en palabras que a más de uno nos sientan a pensar que el fanatismo, los ideales y la vida, de ser absurda pasa a ser parte de una religión inevitable: la de ser escuchados, observados, odiados y hasta venerados.

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“Este amor no es para cobardes” no pretende bajo ningún concepto ser una guía para el barrista consecuente o en potencia. Más que algún libro gurú en estos temas, creo que se proyecta como una luz en medio de la ignorancia que se vive en las tribunas.  A partir de aquí, podremos entender la tónica que mueve a toda persona enfundada en este tipo de creencias. Atípico y e imprescindible “Este amor no es para cobardes” es como  para prenderle una vela a nuestra ideología que no se vende, libro para volver a pintar los murales con nuestras mejores arengas al equipo que nos quita el sueño fecha a fecha, libro que despertará desde lo más profundos recovecos de nuestra conciencia la enervada sonrisa que produce el gol en el arco contrario y toda la vorágine a la cual muchas veces tal cosa nos ha arrastrado. En otras palabras, el grito desesperado por hacer sentir nuestra voz.